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Ute Lemper: voz esencial para escuchar qué fue del siglo XX

1 Jul

Ute Lemper

por Carlos Fuentes

Voz que no envejece, Ute Lemper atesora una firme trayectoria como intérprete de cabaret de entreguerras. Con música de Kurt Weill y textos de Bertolt Brecht como ejes cardinales de veinticinco años de canción, apareció por una esquina con Edith Piaf (Elle Fréquentait la Rue Pigalle) para volver a suelo alemán con Happy End y La Ópera de los Tres Centavos. Su voz de luna llena marcaba ya el paso al Vogler Quartet con aires clásicos y melodías de arrabal manouche (L’Accordéoniste). Estremeció con dos piezas atípicas: Tyomnaya Notch, oscura noche en la trinchera rusa “con las balas silbando en la oscuridad”; y Stiller Abend, en yidis, uno de los seis idiomas que usó en dos horas. Con el arreglista Stefan Malzew al quite en clarinete, acordeón y piano. Quizá sea esta la novedad: vestir de contemporaneidad, con arreglos vivaces, casi bailables, melodías añejas de los años del cólera. Con Piazzolla y Ferrer, la opereta Yo Soy María y La Última Grela, flotó la memoria de la emigración melancólica, el tango por llegar a puertos nuevos. Oblivion, de Zippel, cima de emoción, y una breve pavana de Ravel llevaron a Jacques Brel y su canción crepuscular. Genuino es el mito cuando logra que clásicos con medio siglo (Ne Me Quitte Pas, Amsterdam) huelan a pan caliente, entre la congoja y el alivio. Al final regaló Speak Low, refulgir último de esta voz esencial para escuchar hoy lo que fue el siglo pasado.

Publicado en la revista Rockdelux en enero de 2013

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La hermosa (y triste) Habana de Los Aldeanos

4 Jul

LOS ALDEANOS

Por Carlos Fuentes

Los Aldeanos llevan nueve años cantando en alto, diciendo lo que sienten aunque se tengan que esconder. En un arrabal de La Habana, Aldo Rodríguez y Bian Rodríguez se retratan como los voceros del pueblo y la verborrea de su rap paga esa factura popular, a veces populista. Más por necesidad que por pose, el hip hop de este dúo cáustico vuelve a un valor primario del género: comunicar por encima de la canción. Más consigna que música, un concierto de Los Aldeanos confirma que si el rap es guerra, el fin es el mensaje. En cien minutos lo gritaron alto en temas rocosos como “Miseria humana” (“hagamos algo a tiempo o vendrán tiempos peligrosos”), “Mi herencia” (“esto es por si mañana no estoy, por si mañana me voy, aquí te dejo mi herencia”) o, lo nuevo de El B, “Me lo gané” (“yo soy mal hablado,  tú mal agradecido”). Se echaron en falta piezas clave: “La naranja se picó”, su primer aldabonazo internacional, y la reciente “Hermosa Habana”, letanía fúnebre sobre un original doo-wop de Los Zafiros. Se agradeció la bocanada de aire fresco, con Bebe de invitada, en “Siempre me quedará”. Y quedó pendiente una escucha con mejor sonido. Por ahora, si alguien quiere saber qué es una crisis… Los Aldeanos dan dos tazas.

Publicado en la revista Rockdelux en junio de 2012

Genuino sabor americano

10 Sep

LOS LOBOS

Por Carlos Fuentes

Hubo un tiempo, casi hasta ayer, en que la música popular latinoamericana sufrió con peyorativos del público occidental. Luego vinieron francotiradores de clase para reivindicar un cancionero tan suculento, o más, como otros de buena vista. Olvidado el complejo, en el batallón de voceros del pueblo sigue brillando Los Lobos con su heterodoxa visión de rock, blues y ritmos bailables. En plena forma tras cuatro décadas, la banda de David Hidalgo vino a divertir y a divertirse. Arrancó con cumbia sabrosa y rock con maracas (sí, y cencerro), con César Rosas bajando al sur (Chuco´s Cumbia), esperando por Hidalgo para ejecutar medios tiempos añejos (Burn It Down) que conectan al grupo con el mejor rock de todos los tiempos. Tejiendo grandes puentes, solos de miedo: hay más música en estos gigantes que en toda la generación 2.0. Bastó este concierto, equilibrado entre lo antiguo (Why Do You Do, Emily, Maricela, Cumbia Raza) y lo reciente (Tin Can Trust, Yo canto), para reivindicar otra vez el valor de la música popular. Esa memoria colectiva que reverdece con Anselma, Volver, Volver, Estoy Sentado Aquí y las piezas adoptadas de Ritchie Valens (Come On, Let´s Go) y Fats Domino (The Fat Man). Muy grandes Los Lobos, como es tradición, una banda para ver y bailar antes de morir.

Publicado en la revista Rockdelux en septiembre de 2011

Pequeño catálogo de (futuras) voces grandes

1 Jun

por Carlos Fuentes

Pues sí, este arranque de siglo quedará marcado por la reconciliación del pop y el rock con sus raíces más o menos tradicionales. Como han hecho apóstoles anglosajones del folk y el country, el mundo latino no se queda atrás al asumir este signo en los tiempos de crisis y confusión. Nada mejor, se antoja, que los acervos populares para dotar de enjundia a las obras nuevas. Y la segunda cita de Viva la Canción, impulsado por Casa América y Zona de Obras, subrayó la meta. Ofrecer una plataforma de lanzamiento a una generación de cantantes y autores que, sin los complejos que sufrieron (algunos) hermanos mayores, se arriman sin miedo a rumba y cumbia, bossa, tango y bolero. En fin, a las raíces.

Pero no conviene no dejarse confundir por el optimismo general. Hay artistas (casi) consagrados, otros que empujan de lo lindo y algunos, ay, que quedarán en la orilla. Vamos por partes. Si Jorge Drexler ejerció de padre protector, Javiera Mena va bien dirigida. Su pop cristalino, deudor de lo más melifluo de los 80 pero apuntalado con un armazón contemporáneo, madurará a pleno sol: grandes crónicas de desamor sincero, aromas naïf y susurros cándidos, a veces ajenos (Oye mamá, oye papá, de Pic-Nic). Lisandro Aristimuño condensa medio siglo de rock argentino con ecos vocales de lo mejor del Cono Sur: de Spinetta a Fito Páez, con Charly García y Baglietto sonando de fondo. Sólido en cuarteto, arrimado al jazz y al tango como pocos hoy. Fernando Milagros domina la distancia corta. Folk de paseo por Atacama, entre nueva trova y ecos de ángeles silvestres, ukelele mediante. Adanowsky defiende como el caradura que es su brillante beat equidistante del folk y la chanson. No tiene abuela, ni falta que hace, pues personalidad y ciclotimia sobran. Bigott ya es reconocido, así que bien valga un resumen comprimido: cada vez más grande, nunca dará una mal noche. Sí, un antihéroe para una gran amistad.

La fanfarria platense de Onda Vaga acerca lo balcánico a Cabo Polonio, y lo hace sin embustes. Convencidos de que los tabúes no sirven para bailar. Las Acevedo, Anabel y Cristabel, dieron la nota simpática, pero mejor no caer en la tentación de reducirlas a la anécdota. Simples pero con enjundia, inocentes hasta que secundaron, casi pidiendo perdón, a la sobreactuada Jesyy Bulbo con, glups, Quiero se santa. El venezolano Algodón Egipcio, la mitad de Jóvenes y Sexys, se la juega como posible renovador electrónico de la canción americana. Meritorio primer intento: ya se sabe, el que no arriesga no gana. Pero Cheky Bertho salió indemne. A doble o nada apuesta Ana Tijoux con sus ritmos primarios, spoken-word a lo chileno para declamar sin tapujos entre hip hop de manual y chanson lounge. Apenas un peldaño por encima de las canciones para entristecer el alma del guatemalteco El Gordo, la ortodoxia cantautora del colombiano Andrés Correa, el pop con sabor de la gaditana Zahara y la obviedad brasileña de la paulista Mallu Magalhães. Seguro que vendrán noches mejores. Porque, como diría el inefable del bigote que no tiene amigos, estamos trabajando en ello. Buena suerte.

Publicado en la revista Rockdelux en junio de 2011

Canción grande entre ruido rojo

12 Sep

Por Carlos Fuentes

Hace tres lustros que está marcado en el santoral de las músicas del mundo. Como cada julio, Cartagena congregó buena parte de la oferta nacional de ritmos étnicos (aunque no solo de África vive el hombre) en el festival La Mar de Músicas. En su decimosexta edición, con Colombia como país invitado, este clásico del verano musical osciló entre los valores consagrados, media docena de revelaciones al alza y lo que está por descubrirse. Vayamos por partes.

AUDITORIO DE ESTRELLAS

El Parque Torres albergó las actuaciones de pedigrí. Abrió el estreno mundial de AfroCubism, experimento cubano-malí que rescata el plan de lo que en 1994 debió ser Buena Vista Social Club. Eliades Ochoa y Toumani Diabaté capitanean, aunque el verdadero puntal es Bassekou Kouyaté. O, mejor dicho, su ngoni, con punteos a lo Hendrix. Encaja bien la guajira, a mayor gloria de Portabales y Ñico Saquito, con el tintineo del balafón de Lassana Diabaté (Al vaivén de mi carreta), convencen también La Culebra y el rico son Para Los Pinares se va Montoro, con la kora imperial de Toumani Diabaté que no deja rumba escapar viva. Se añora, ay, a los que ya no están, aunque compensa la voz crepuscular de Kasse Mady Diabaté. En esencia, el encuentro de cuerdas de Cuba y Malí bien podría ser Guajira Guantanamera, que a seis manos (Eliades-Toumani-Bassekou) sonó a gloria. Lástima que la educación de muchos prefiriera la tertulia ruidosa para esperar al muchachito de turno.

También de estreno llegaron Toumani Diabaté & Orquesta Sinfónica de Murcia. Como un cuento para escuchar con ojos cerrados y dudar de si los cuarenta músicos se han metido dentro de la calabaza. Con sus violines, chelo y contrabajo balanceándose como bailarinas en África (Djourou Kara Nani, Kaira, Elyne Road). Ante tan espectral belleza, hasta las gaviotas dejaron de graznar para escuchar la música más bella después del silencio.

Volvieron a Cartagena Salif Keita y Youssou N´Dour. El malí, pletórico, no regateó esfuerzos como dos meses antes en Madrid. Afro-pop sólido como roca del desierto, una voz de cuchillo afilado que parece no envejecer. Y un puñado de canciones imbatibles (La différence, Madam, Yambo Yambo), que tuvieron contrapunto acústico (Awa) ante un silencio de sepulcro. Más se podría discutir del arrebato reggae del león de Dakar, cuya voz líquida termina por aburrir entre tanto teclado colchonero. No es Dakar-Kingston joya de su corona, aunque el mbalax que vino luego dejó las cosas en su sitio. Y si ataca Ndakarou o Lima Wessu, mejor dejamos a Bob Marley descansar en paz.

A Patti Smith la anuncia el mito, pero ella sigue a su altura. Ya no suena tanto punk, el punk está en su actitud. Irreprochable, contundente, la chica del Chelsea Hotel picoteó en Stones (Play With Fire) y Van Morrison (Gloria), rescató la honestidad de Horses (Redondo Beach, Free Money), Easter (Because The Night) y alentó la revolución cotidiana (People Have The Power) en recuerdo de su admirado Roberto Bolaño. Lo dicho, gloriosa.

PATIOS DE SILENCIO

A Melody Gardot le tocó cantar ante la euforia ajena, la noche roja del golazo solitario. Y no se dejó amedrentar por cláxones, gritos y cohetes que sonaban fuera. La suya es una historia de superación, y del hospital regresó con jazz y swing de Copa del Mundo. Tenue como seda, a veces ágil cual gata en celo. Siempre con ese savoir-faire que tan bien rinde en inglés (Worrisome Heart, fraseos de A Love Supreme incluidos; My One and Only Thrill) o en francés (Les Etoiles). Quienes ahorraron vítores con el fútbol bien los gastaron aquí.

El azerí Alim Qasimov es maestro del melisma, de la devoción que obliga el mugam estepario. Su voz en trance, que replica su hija Ferghana y Kronos Quartet se encarga de pespuntar con delicadeza, conmocionó el Parque de Artillería. Hubo deserciones antes de tiempo, que se entienden por lo árido del paisaje que viaja en las cuerdas del laúd tar y del violín azerbayano kamancha.

Más cercana está la gama de músicas folk que hacen hervir The Penguin Café, versión renacida de la orquesta visionaria de Simon Jeffes. Con su hijo Arthur al frente, más músicos de Suede y Gorillaz, el homenaje ya tiene ramas propias (Swining The Cat) surgidas del robusto tronco original (Music For a Found Harmonium, Telephone And Rubber Band). Músicas para celebrar la vida antes de emocionar con minimalismo en nombre del padre (Harry Pers). Algo que intentan Kings of Convenience. Tan divertido como melifluo, el dúo noruego retrata este país de segunda división del que no nos saca ni el gol de Iniesta. A cualquier nacional se le crucificaría por la sobredosis de insulina de Erlend Øye y Eirik Glambek. Pero Albacete nos es Bergen. O será que uno ya no está para timos indies. Mejor la paulista Céu, que en la Catedral Antigua presentó su tratado del novo Brasil con samba, scratches y afrobeat bailables.

PARA TODOS LOS PÚBLICOS

La fiesta quedó en manos de veteranos. Os Mutantes, aún con fuerza para defender el influyente legado de la tropicália; y Staff Benda Bilili, quienes desde el zoo de Kinshasa desembarcaron en Europa en sillas de ruedas para demostrar que hay que mirar más allá de las apariencias. Su soukous de baja velocidad, su frenético satonge (violín casero fabricado con una lata vieja de leche en polvo y una sola cuerda) y su ejemplo optimista cosecharon la ovación de la noche. Y quizá la más merecida del festival. Dirty Projectors se sacuden la sombra del amigo Ezra Koenig con un directo ágil, quizá no original pero sí bien armado sobre síncopas imparables. Más genuinos que la nueva ola a la que están subidos.

En la plaza del ayuntamiento, abierto al paseante, el escenario callejero es uno de los principales valores de La Mar de Músicas. Su vocación didáctica siempre depara alegrías, este año con la rumana Mahala Raï Banda (a los nietos y abuelos del público solo les faltó recibir gominolas) y Quantic & His Combo Bárbaro (gustó mucho su verbena de parabólica). Palabras mayores se merecen el colombiano Cholo Valderrama, emocionante con joropos del llano que cuentan más y mejor que una novela del boom latinoamericano; y la mítica Orchestre Poly-Rythmo de Cotonou. Han tardado cuarenta años en venir desde Benín, pero su estreno colmó expectativas. Africanos con tumbao en el escalón anterior a la eclosión del afrobeat. Tremenda bomba final.

Publicado en la revista Rockdelux en septiembre de 2010

Como su ritmo no hay dos

6 Sep

 

THE FORT APACHE BAND

Por Carlos Fuentes

Lo dijo Jerry González al despedirse: “Ya eran diez años sin actuar en Madrid, una vergüenza”. Demasiado tiempo sin tomar el pulso a una banda crucial en la evolución del jazz latino. Y visto el resultado, sin ambages, mucho nos hemos perdido desde que el corsario de la Fort Apache fijara aquí su residencia tras el descubrimiento recíproco en Calle 54. Más en forma de lo que los pasaportes delatan (los cinco músicos suman 316 años), el grupo que incendió Nueva York con bebop a lo cubano regaló una clase magistral ante cien afortunados. En dos pases de hora y media, primero se arrimaron los apaches del Bronx al rico acervo rítmico antillano con aromas de tributo genuino a Mario Bauzá, Machito, Palmieri y demás santones del jazz latino. Después de una rumba para Monk, cerrada con nota la asignatura del sabor, la lección de jazz más ortodoxo fue antológica. Como una enciclopedia abierta en las manos de un quinteto que hace música con la naturalidad cotidiana de quien cocina frijoles y plátano frito. Porque como su ritmo no hay dos.

Publicado en la revista Rockdelux en septiembre de 2010

El enterrador de folk oxidado

6 Ene

TOM WAITS

por Carlos Fuentes

Aprendió a cavar zanjas para enterrarse rápido y esquivar las llamas, aunque al final ha resultado que no existe mejor pirómano que él. Herrero con navaja de palo, francotirador de los sin nada, Thomas Alan Waits (Pomona, 1949) ya era viejo antes de nacer. Y con el tiempo se ha convertido en vocero de carreteras sin destino, tugurios de poca monta abiertos veinticuatro horas al día, 365 días al año, y cronista marginal de la pesadilla americana para los que no llegan a fin de mes. Autor inclasificable, quizá especie única en vías de extinción, Tom Waits ha aprovechado el nacimiento del siglo para reivindicarse como afilado vate del desarraigo y la desilusión. De la tragedia cotidiana. Su disco de 2004, Real Gone (Anti-Epitaph), que encabezó la selección anual de esta revista, fue buena prueba de cómo se puede habitar junto al infierno y comprobar que las llamas te pasan por encima. Sin quemarte. “Siempre me tropiezo y termino rompiendo unos cuantos huevos. Pero siempre dejo las cáscaras dentro. La textura lo es todo”, confesó hace ya un lustro a Sylvie Simmons Tom Waits, paseante sobre cristales rotos, funambulista de voz agrietada que se asoma al vacío con la pretensión de averiguar qué se esconde en el fondo. Un perdedor vocacional que huye de la fama fútil como gato del agua hirviendo.

Vamos con la cosecha del siglo. Bajo el paraguas punk del sello Anti-Epitaph, donde se estrenó en 1999 con el espléndido Mule Variations (un millón de copias vendidas, premio Grammy al mejor álbum de folk contemporáneo), Tom Waits ha revertido muchos de los patrones musicales de los tiempos que le ha tocado vivir. Cuando el mundo mira al dedo de las canciones superficiales, él sigue empeñado en ahondar en el universo de las agonías instrumentales y las narraciones asfixiantes. Huye de la columna vertebral de la canción americana (ya se sabe: complejidad, desarrollo y movimiento) para ceñirse a patrones de sonido que son más propios del folclore. Melodías ariscas, texturas rugosas y espíritus libres. Como munición, Waits esgrime instrumentos tuneados que, a priori, parecen cualquier cosa menos herramientas ortodoxas para un supremo hacedor de canciones. Órganos sacados del Pleistoceno, guitarras oxidadas de procedencia (casi) tribal y cualesquiera otros elementos de los que pueda extraer sonidos impredecibles. Porque, más allá de sus bandas sonoras para piezas de teatro junto a Robert Wilson (los más que notables discos Blood Money y Alice, ambos de 2002, editados también por Anti-Epitaph), son las sinfonías de ruidos las que han marcado el último resurgir cenital de un músico que también hace cine. De Francis Ford Coppola a Jim Jarmusch, pasando ante los ojos de Robert Altman y Tony Scott… hasta Terry Gilliam, quien le ha vestido de diablo en su nueva fantasía, The Imaginarium of Doctor Parnassus.

El espejo cinematográfico bien vale para auscultar el efecto del paso del tiempo sobre Real Gone, cuyos sonidos añejos parecen haber sido grabados hace un siglo. Estructuradas sobre la voz averna de un Waits que suena como perro callejero recién apaleado, grave y afectado, las dieciséis piezas (se acreditan quince, entre ellas la efímera Clang Boom Steam, pero al final se esconde sin título una dosis de human beatbox) fueron concebidas primero con apenas voz y melodía. Sobre un destilado que por momentos se aproxima al spoken word, su habitual alineación de socios –que incluye al guitarrista Marc Ribot, a los bajistas Larry Taylor (Canned Heat) y Les Claypool (Primus) y al percusionista Brian “Brain” Mantia (Primus)– se encargó luego de travestir al cubista inefable de Pomona con pespuntes de rock noctámbulo, aromas de country lisérgico y canción de cabaret. Hay también rastros de funk, dub y son de monte adentro, pero queda para la posteridad una trilogía imbatible: la epifanía redentora Sins Of My Father, la combativa Day After Tomorrow y la áspera Hoist That Rag.

Para trilogías, empero, mejor está recordar Orphans: Brawlers, Bawlers & Bastards (Anti-Epitaph, 2006). Compuesta por tres discos y 56 canciones, con al menos treinta inéditas, la última hoja de ruta de Tom Waits oscila entre el blues-rock del disco primero, la balada heterodoxa del episodio con nombre de berrido y los hijos putativos que quedaron arrimados en la cuneta. Abundan nombres capitales: Brecht y Weill (What Keeps Mankind Alive), Cash (Down There By The Train), Bukowski (Nirvana) y Ramones (The Return Of Jackie And Judy, Danny Says). Pero conviene no extraviarse con tanto guiño (¿qué diría Cachao del post-mambo Fish In The Jailhouse?) porque, al final, lo que consagra a Tom Waits es la imprevisión. Gato viejo que pasea (con su mujer, Kathleen Brennan, que merecería capítulo aparte) por la Ruta 66 con un termo de café caliente, una guitarra barata y una grabadora desvencijada. Buscando el folk del siglo XXI.

Publicado en la revista Rockdelux en enero de 2010