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El hada madrina del nuevo Brasil

20 Dic

MARISA MONTE

Por Carlos Fuentes

Hay pocas carreras tan al margen del calendario comercial como la de Marisa Monte. Verso libre de la música popular brasileña, la cantante carioca disfruta de un crédito merecido con apenas cinco discos de estudio, siete si se suman dos álbumes en directo. Aliada estratégica de buena parte de la generación de nuevos músicos brasileños que están revolucionando los sonidos del gigante verde, esta versátil autora e intérprete vuelve ahora con O que você quer saber de verdade, primer disco en cinco años. “Es el ritmo de mi vida, mi ritmo ideal”, explica a Público, “la velocidad que necesito para sentirme cómoda y creativa”. 

Se abre la tarde en Río y la voz de Marisa Monte (Río de Janeiro, 1967) suena serena, sin prisas. Como si hubiera pospuesto un rato de asueto. Nada que ver con el caudal energético de sus conciertos y la tormenta tranquila que transmite a sus músicas. Contenta con el nuevo disco, una suerte de vuelta a la raíz de la canción, recupera parcerias con el músico y poeta paulista Arnaldo Antunes y el hombre-orquesta bahiano Carlinhos Brown. Triángulo básico para explicar la identidad del nuevo Brasil. “Nos une el lirismo en la música, aunque cada uno sea al mismo tiempo diferente y complementario al resto. Arnaldo vive en São Paulo, en un mundo de hormigón, con su poética urbana, simple y sofisticada; y Carlinhos es de Salvador de Bahía, con su experimentación y libertad. Quizá yo esté en el centro porque en Río se une todo”, indica. De los catorce temas de O que você quer saber de verdade, ocho fueron compuestos a dúo o a trío.

Cada momento de la vida puede ser inspirador y yo trato de vivirlos y sacarles todo el partido. Hasta ahora quería un ambiente más familiar, más relajado, sin que eso significara estar en silencio”, indica Marisa Monte al subrayar que da tanta importancia creativa a la etapa de ser madre (y ella atiende ahora a una segunda hija) como al vertiginoso momento de entrar en estudio y, luego, salir de gira. “Las canciones nunca dejan de surgir, quizá no al ritmo como cuando estás sola en la habitación del hotel”, señala el vértice femenino de Tribalistas, su aventura de 2002 con Antunes y Brown. Un disco, trece canciones, escrito en apenas una semana y que vendió dos millones de copias en todo el mundo. 

El de Marisa de Azevedo Monte suena a cuento de hadas. Hija de un ingeniero emparentado con la casa Saboya (un antepasado aspiró a reinar en Portugal), estudió canto, piano y percusión. A finales de los 80, el productor Nelson Motta tradujo para ella E po’ che fa do, del napolitano Pino Daniele. Bem que se quis fue un gran éxito, el primero. En la década siguiente, Marisa Monte eclosionó en mariposa multicolor gracias a Arto Lindsay, zahorí de melodías extraídas del ruido, con Mais, su estreno como autora; y, en 1994, Verde, anil, amarelo, cor-de-rosa e carvão, con temas de Paulinho da Viola, Jorge Ben Jor y Lou Reed, vendió un millón de copias. Tres canciones sonaron en telenovelas de Globo.

Los éxitos se repitieron con el disco en directo Barulhinho bom y el posterior Memórias, crônicas e declarações de amor. 2006 fue el año de los gemelos pero no iguales Infinito particular y Universo ao meu redor. Cuatro estandartes para una nueva manera de entender las tradiciones y el futuro de la música en Brasil. ¿El país de la primera música globalizada? “No lo sé, quizá seamos más producto del avant-garde, de una vanguardia, que de la globalización. Nuestra cultura siempre ha estado anclada a la diversidad. Para los brasileños, mezclar es algo natural. Así creamos la bossa-nova y el samba-rock; nuestra música se nutre de raíces genuinas en la naturaleza mestiza del pueblo brasileño. Por eso nuestras mentes están abiertas: no tememos que las mezclas cambien nuestra forma de ser porque nuestra forma de ser ya es producto de muchas mezclas”. 

Y en los diferentes Brasil encantan Marisa Monte y sus cosechas de serenidad. También que vuelva a la esencia (hace tres años produjo O mistério do samba, documental sobre la mítica escuela sambista Velha Guarda da Portela), quizá el rasgo más característico de su nuevo disco. “Mis canciones están inspiradas por el dominio del tiempo, son mi apuesta por la vida con ritmo humano. Hablo de disfrutar cada instante, ser optimista, elegir lo de verdad importante… quizá sea resultado del momento actual, de tanta información, tanto ruido. Debemos ser capaces de identificar las necesidades de nuestro espíritu y dedicarles todo el tiempo que se merecen”, reflexiona Marisa Monte. Y sus canciones, híbridos de romanticismo pop, ahondan en esa línea. “No podemos negar la importancia del amor en la vida. Ahí está la clave, o al menos una de ellas: déjate llevar por la vida, sepárate de todo lo que te causa problema. Y si quieres algo, inténtalo”. 

Suena algo intangible en el disco de Marisa Monte que siembra paz interior. Rico en canciones, catorce, para lo que se estila hoy, O que você quer saber de verdade rebosa poesía de profundidad cotidiana. “Después de soñar tantos años, de hacer tantos planes, de un futuro para nosotros”, canta, con la mirada atrás, en Depois. Melancolía cálida en una simbiosis de pop y samba, como si ahora en Marisa Monte confluyan las corrientes que plasmó en sus dos discos anteriores, ambos de 2006: el contemporáneo Infinito particular, de su cosecha y amigos, y el ágil Universo ao meu redor, con sambas de Argemiro Patrocínio, Paulinho da Viola y Adriana Calcanhotto. Siempre cómoda compartiendo focos: “No confundo mi persona con mi arte. Hoy existe una gran confusión entre arte y artista, como si la línea tenue que los divide no existiese. Y yo estoy cómoda haciendo música, no tengo la vanidad de querer aparentar más que la música”.

Publicado en el diario Público el 20 de diciembre de 2011

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Poeta de la melancolía cotidiana

2 Jun

LEONARD COHEN

Por Carlos Fuentes

Si una prueba del algodón para cualquier canción que aspire a la eternidad es que sea capaz de brillar desnuda, apenas voz y guitarra, el corpus creativo de Leonard Cohen (Montreal, 1934) se antoja una imprescindible hoja de ruta para comprender a carta cabal al cronista contemporáneo. Cosechada en las calles y cultivada por décadas en la penumbra melancólica de bares y fondas, la obra del vate de Quebec retrata con esmero y enjundia los recovecos emocionales que rodean, y en buena medida condicionan, la vida del ser humano. Poeta de talla gigante, Leonard Norman Cohen recibe ahora el Príncipe de Asturias de las Letras por una literatura que abarca el último medio siglo (su primer libro de poemas, Comparemos mitologías, data de 1956), siempre bajo el faro de la cotidianidad y el ejemplo de Yeats, Whitman y otro puñado de luminarias. Pero es también un acto de justicia histórica para la nunca bien ponderada labor del cronista de arrabal, aquel escritor o músico que devuelve a las calles lo que la calle le confió. Con afección y sentimiento, sin atisbo de autocompasión. Ya lo admitió Cohen, hace una década, tras superar una etapa borrascosa: “Cuando estás golpeando tu cabeza contra una pared, te sientes bien cuando acabas”. 

Retratista de la belleza del perdedor, cronista de las ilusiones muertas, Cohen aprendió en casa la poética del desarraigo. Hijo de emigrante polaco y judía lituana, familia de apellido con olor a incienso, se trasladó al Nueva York de los sesenta para frecuentar a Andy Warhol y Joni Mitchell. Muy pronto se puso en manos del productor Bob Johnston, cerca del que también revoloteaban otros superhéroes de la canción contemporánea, Johnny Cash y Bob Dylan. En 1970 ya estaba sobre el escenario de la isla de Wight, aunque sus canciones llenas de lirismo y melancolía esquivan los patrones fáciles de la revolución silvestre. Porque Leonard Cohen es otra cosa, mucho más. Alejado de la mítica del rock, el bardo canadiense se arrimó al folk y al country, y asumió herramientas que, vaya paradoja, ahora vuelven a cotizar al alza en este tiempo de galardones. Atrás quedó la crítica oportunista por su manera de no cantar, olvidado quizás por sus recurrentes periodos de introspección y su conversión al budismo para asumir el rol de monje tranquilo bajo el seudónimo de Jikan (Silencio) en 1996. 

Como un alma en paz lo recuerda Javier Mas, músico aragonés cuya destreza con la bandurria y el laúd le abrió las puertas de la banda que Cohen armó en su gira de regreso a los escenarios en febrero de 2008. “No sé si es curioso o no que a un músico como él le hayan dado ahora el Príncipe de Asturias de las Letras, pero tengo claro que su obra, como músico, escritor y poeta, goza de un gran prestigio en todo el mundo”, explica el instrumentista zaragozano, que apunta algunas claves de la vida íntima de su tutor: “Leer y escribir son dos de las actividades cotidianas en su vida, aunque su dedicación a la música y a los conciertos en estos tres últimos años han sido fundamentales”. Como persona de trato complejo, pero “humilde y generosa” (y aquí generoso pesa en oro, si se valora que Cohen perdió varios millones cuando su ex agente le estafó con un fondo de pensiones), ¿estará contento con este premio? “Supongo que le hará mucha ilusión”, sugiere Javier Mas, sobre el autor de Songs from a room, Suzanne, Hallelujah y de los libros Flores para Hitler y Los hermosos vencidos

Cantautor de música popular, quizá el más honrado adjetivo que debe definir su obra, Leonard Cohen regresará en otoño a España y echará en falta a otro visionario. Con Enrique Morente saltaron los corsés de los idiomas distintos en beneficio de dos almas gemelas. Gracias a Alberto Manzano, que hizo posible aquel encuentro de 1993, el cantaor del Albaicín rescató la vena lorquiana del trovador de Montreal y dotó a sus canciones de vuelo nuevo, rock eléctrico mediante, en Omega. Ya no está Morente, qué pena más grande. Pero nos queda su amigo Leonardo. Y las metáforas del hombre de gris que nos canta sobre el fin del amor. Con sus fragmentos del anuncio del fin del mundo. 

Publicado en el diario Público el 2 de junio de 2011

Pirómanos para una guerra relámpago

21 Nov

ARCADE FIRE

Por Carlos Fuentes

Detrás de la exageración suele esconderse el vacío”. Lo dijo un alcalde que sabía algo de rock, aunque por entonces no conocía a Arcade Fire. El grupo canadiense que anoche abrió su doble viaje de regreso a España (hoy repite en Barcelona) con más de dieciocho mil personas saltando en Palacio de los Deportes de Madrid al ritmo de canciones aceleradas como puñetazos en la boca. Cantando como si la vida les fuera en ello. Afianzada en el repertorio de su disco más reciente, The suburbs, y en lo más efectivo de los precedentes Funeral y Neon bible, la banda de Montreal revalidó su situación de jerarquía en la liga de las estrellas independientes, competición que quizá quede corta.

No es fácil enfrentarse al grupo del momento con, digamos, sano escepticismo. Sin tremendismos, reivindicando el término medio. Porque no están las cosas para medias tintas ante un concierto en el que no se hacen prisioneros. Con ese aire marcial que ya es marca de la casa, el conjunto liderado por la pareja formada por Win Butler y Régine Chassagne arrancó a pleno pulmón. Tienen Arcade Fire el mejor coche de la parrilla, lo saben y explotan sus posibilidades con el entusiasmo de los principiantes. Bastó contemplar el arranque con Ready to start y Month of May, dos eslabones consecutivos del tercer disco, como pruebas evidentes de que la banda ha evolucionado para bien, mejor aún si es en concierto. Sin más artificio que una pantalla mínima colocada sobre el escenario, Arcade Fire reivindicaron su poderoso rock arty elaborado superponiendo capas de instrumentos convencionales (con dos baterías y un bajo trotón marcando siempre el paso) y aportaciones de cierto riesgo. No decepcionaron con sus canciones chirriantes, donde acordeón, piano y violines luchan por hacerse sitio y encontrar oxígeno entre muros de guitarras de hormigón armado y ecos de megáfono. Haciendo todavía más denso el ruido organizado, como si estuvieran tocando la banda sonora para la noche del fin del mundo. 

Hubo un primer guiño a los años del amateurismo, con Win Butler signando la señal de la cruz, cuando interpretaron Neighborhood #2 (Laika), del álbum Funeral. De los tiempos en los que ninguno de estos ocho chicos de Quebec pensaban que iba a llegar el día en que vivirían para (y de) la música. Cogieron aliento banda y aficionados con Haiti, una pieza deliciosa, por momentos emocionante, que en cualquier otro grupo sería un medio tiempo y que Arcade Fire convierte en hija putativa de David Bowie, Björk y The Ramones. La cantó Régine Chassagne, que sabe bien de lo que habla. Descendiente de exiliados haitianos en Canadá, la líder de Arcade Fire viene aprovechando su creciente fama musical para promover programas de ayuda a los damnificados por el terremoto del 12 de enero a través de la ONG Kanpe. Ayer, de hecho, no hubo venta de camisetas del grupo, sino un puesto de Kanpe (“levántate”, en idioma creole haitiano) para recaudar fondos que financien actuaciones de asistencia médica, alimentación y alojamiento para las víctimas. Uno de los 35 euros de cada entrada de esta gira europea también se utilizará con finalidad benéfica. 

Con la colorista Sprawl II (Mountains beyond mountains) se comprobó que el rock de estadio también se puede bailar, aunque era otro guión el que marcaba el paso. Continuó la apisonadora de Montreal, de vueltas al repertorio de The suburbs, con Win Butler de nuevo al mando, con Modern man y Rococo, sobre el coro fácil de dieciocho mil almas en éxtasis. Encantadas todas del estreno de la canción que da título al disco más reciente del grupo, que el director Spike Jonze acaba de dirigir en videoclip y que el cantante interpretó alongado sobre las primeras filas del público como hizo luego con la reposada Crown of love

Pero que no engañen las apariencias. Arcade Fire venían a incendiar ánimos y la ráfaga final rozó el sobrecogimiento. Neighborhood #1 (Tunnels), Keep the car running, We used to wait, Neighborhood #3 (Power out) y Rebellion (Lies) así, de un tirón, convencen de que estamos ante un animal de caza mayor. Un bólido que, ya se dijo, continúa en “pole position”, aunque está por ver si los pilotos siguen órdenes suicidas hasta la derrota del éxito fácil final. Anoche, sirva como conclusión provisional, superaron todas las curvas sin pisar el aceite hasta despedirse en clave acústica, que ya es un decir, con la sobria Wake up. Tres años después de su presentación multitudinaria en Madrid, en aquel festival Summercase 2007 que supuso el canto del cisne de los grandes eventos musicales para días de verano en la capital, Arcade Fire revalidaron en cien minutos de intensidad su jerarquía en la liga de las estrellas. Que les dure la gasolina.

Publicado en el diario Público el 21 de noviembre de 2010

Piano de majestad para una intensa noche de sábado

2 Oct

ELTON JOHN

Por Carlos Fuentes

No hay nada como convertir los problemas en oportunidades. En 1979, Elton John respondió con astucia al férreo control en Rusia, donde fue autorizado a canar bajo la condición de llevar únicamente a un músico acompañante. Y Sir Elton, más sabio por diablo que por viejo, aterrizó en Moscú con Ray Cooper, percusionista de largo recorrido que ha tocado para Eric Clapton, Pink Floyd y Mark Knopfler, entre muchos otros. Con este formato a dúo, rescatado con no escaso éxito el otoño pasado, el cantante de nombre real Reginald Kenneth Dwight desembarcó anoche en un Palacio de los Deportes de Madrid casi lleno de viejos seguidores y algunas caras adolescentes. Nadie salió decepcionado.

Concebido como un recital a medio camino entre la nostalgia de los tiempos que se van y no vuelven, y la confirmación, por si todavía había duda, del buen estado de forma que Elton John mantiene con 63 años, su espectáculo a cuatro manos prescindió de cualquier artificio de pop star (otra cosa es el negocio: entradas de 50 a 134 euros y camisetas a 25 la más barata) en beneficio de los genuinos aromas clásicos que destilan las canciones de un pianista superlativo. Cronista de princesas muertas que ya atesora más de 250 millones de discos vendidos desde que en 1964 debutara con proyectos juveniles escorados hacia el blues.

Con un registro vocal que con el tiempo ha evolucionado en texturas del tenor al barítono reposado, sin dejar de sumar seguidores (entre ellos, un tal Barack Obama), Elton John encandiló a los que anoche ocuparon las gradas del recinto deportivo del barrio de Salamanca. Entre tiendas de alta moda y plazas de duro hormigón, canciones con vuelo propio cada vez más cerca del clásico absoluto. Sobre todo en la primera docena de canciones, interpretadas sólo a piano, donde destacó la energía dramática de Sixty years on, la historia adolescente de The greatest discovery, el piano de carrusel de Red shoes (con recordatorio al silencio cobarde de Reagan por no atender a las víctimas del sida) y un estreno, Never too old. John mostró un un esfuerzo loable por convertir el piano en un instrumento perceptible en un espacio tan amplio. Hubo momentos de gloria genuina cuando interpretó That’s why they call it the blues, Rocket man (piano galáctico que deberían escuchar los adictos a Arcade Fire) o los pespuntes de soul sincopado de Philadelphia freedom y Your song, baladón para arrullar a tu chica.

Ya con la artillería rítmica de Ray Cooper, el concierto se tornó más bailable, con robusto soul, aires de liturgia sagrada (Levon, Gone to Shiloh) y algún comienzo voz en cuello (Indian sunset), que terminaron por imponer un silencio reverencial a un público de primera que siempre halló respuesta en canciones que están grabadas a fuego en la memorias de sus vidas.

Como ya es costumbre en las visitas de las estrellas de la música a España, Elton John felicitó al público por la Copa del Mundo de fútbol. Y lo dijo sonriente, de frac negro adornado de lentejuelas y camisa roja, en un guiño sincero de un músico que en julio modificó los horarios de sus conciertos para disfrutar del espectáculo de La Roja.

A la salida, aún con cara de éxtasis, una aficionada hablaba con sus amigos del próximo capítulo musical de Elton John: un disco grabado junto a su sosias norteamericano Leon Russell bajo producción de T-Bone Burnett. Se titula The Union e incluye colaboraciones de Brian Wilson, Booker T. Jones, Don Was y Neil Young. Saldrá publicado el 19 de octubre, con austera portada de Annie Leibowitz y un documental de Cameron Crowe. Yo de usted no me lo perdería.

Publicado en el diario Público el 2 de octubre de 2010