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Rubén Blades: “Escribes canciones sobre asuntos difíciles, pero la música se hace fuerte y te respetan”

23 Jun

por Carlos Fuentes

Ha pasado un cuarto de siglo desde que entregó su obra maestra, Buscando América, pero el notario mayor del barrio latino no ha perdido su olfato de francotirador. Ministro de Turismo de Panamá hasta el próximo 1 de julio de 2009, Rubén Blades afila su verbo fotográfico, dispara palabras en tiempo real, rearma su conciencia y prepara disco nuevo. Mucho queda todavía de aquel chico audaz que pasó de mozo de almacén a capitanear la primera división de la salsa.

Vocero cronista de la vecindad, Rubén Blades Bellido de Luna (Ciudad de Panamá, 1948) trasciende con creces el rol de músico, cantautor o como usted quiera llamarlo. Compositor de largo recorrido, abogado y actor, luego político y ahora ministro, concita admiración y respeto por su capacidad probada para pergeñar con canciones el mapa social y emocional de América Latina.

Después de cuatro años de retiro voluntario tras ser nombrado ministro de Turismo por el nuevo presidente panameño, el socialdemócrata Martín Torrijos Espino, Rubén Blades regresó por un rato a los escenarios españoles con el grupo Son de Tikizia. En una suerte de ensayo general de su retorno a la música, el cine y el teatro, el cronista mayor de América Latina afirma que la política le ha permitido crecer como persona y ampliar puntos de vista sobre el futuro del pueblo latinoamericano. “Me ha hecho mejor ciudadano, mejor ser humano, más solidario, menos egoísta, más paciente”. Pero el músico que lleva dentro se rebela: “Cuando vuelva a escribir lo haré con la honestidad de siempre”.

No es fácil ser Rubén Blades, por tiempos alternos músico, actor o político. A mitad de los años ochenta, cuando el cantante panameño entregó su trilogía mayor –Buscando América (1984), Escenas (1985) y Agua de luna (1987)– quince dictadores regían todavía los destinos de otros tantos países latinoamericanos. Él ya había completado su grabación primera con la orquesta de Pete Rodríguez, el disco De Panamá a Nueva York (1970). Cinco años después se graduó abogado en Panamá y en 1973, con su familia de raíces británicas y colombianas, se exilió en Estados Unidos lejos del tirano Noriega.

Desde entonces, y hasta la reconciliación con Panamá en 2004, Rubén Blades grabó una veintena de discos propios y cantó en otros tantos álbumes ajenos: de Willie Colón y Cheo Feliciano a Paul Simon y Calle 13, de Sting a Los Lobos, de Héctor Lavoe a Los Fabulosos Cadillacs. También formó parte durante una década, en los gloriosos años setenta, de la poderosa alineación de la Fania All Stars. Cuando todos los focos del universo latino iluminaban a la salsa.

Gorra calada, apenas camiseta y tejanos (“nadie me ha sabido explicar para qué sirve una corbata, salvo para que te ahorquen con ella”), Rubén Blades toma asiento y retira un cartel postizo que anuncia al ministro de Panamá. Él mismo lo explica (“tengo una licencia de tres semanas sin sueldo y una de vacaciones”), así que quien ahora empieza a hablar es el músico. Será una charla a tres tandas en dos semanas, en persona, ampliada por correo electrónico y, al final, con varias reflexiones extraídas de su bitácora digital, El Show de Rubén Blades.

¿Cómo interpreta hoy el mensaje del disco Buscando América? ¿Siguen vigentes los problemas que denunció en 1984? “Todavía tenemos mucho que hacer para producir gobiernos eficientes y respuestas claras para la población, desde la salud hasta la educación. Y la vigilancia para impedir el regreso de los abusos contra los derechos humanos no puede ser suspendida. La posibilidad de que cometamos los mismos errores se verá limitada solo a través de una continua y consistente participación civil”, explica el autor de Desapariciones, una de esas canciones emblema que resumió los sangrientos años de plomo en América.

Porque Rubén Blades no baja la guardia, reivindica su vocación política en Panamá (“fundé un partido independiente y participé como candidato presidencial planteando respuestas fuera de la partidocracia tradicional y las propuestas ideológicas de siempre”) y reconoce ya algunos beneficios tangibles. “Uno de mis defectos es la impaciencia. Decido algo y lo hago. Pero en la administración pública no es así, hay esquemas estúpidos, y ahora tengo un mayor nivel de paciencia, que es algo que ayuda no cometer equivocaciones”.

De un reto actual, la emigración, la voz del político ayuda a moldear la posición del músico. ¿Qué opina de la directiva de la vergüenza aprobada por la Unión Europea para controlar a los trabajadores extranjeros? “Todos los países tienen derecho a una política de desarrollo de la emigración. Hay que considerar la capacidad de carga”, reflexiona Rubén Blades. “Acá será cuestión de decidir cómo se responde, pero no se debe fundamentar una política migratoria en función de raza, sexo o procedencia. No es lo que se espera de una sociedad”.

Compositor de referencia de lo que se vino a acuñar como salsa intelectual, Rubén Blades rebosa compromiso social. No vende sueños, él es la calle. Y domina como pocos la jerga del barrio, aunque este recurso literario no es más que el medio propio de expresión que busca un fin. “Escribes sobre temas difíciles que logran que las personas se sientan menos solas. La música se hace fuerte y entonces te respetan, son argumentos honestos”, arguye el ganador de seis premios Grammy. “Nunca sé cuándo voy a escribir. Imagino que el proceso es súbito. Y ese proceso no es como sentarse a hacer zapatos. Muchas canciones de contenido social las escribí porque me sentí indignado por cosas que veía. Es como el bolero: se escriben boleros cuando el amor comienza y cuando el amor termina. No hay boleros en el medio porque a nadie le importa. Es la pasión del inicio y el dolor, la miseria, del final del amor. Nadie escribe del medio”.

De entre todas sus canciones a tumba abierta cita Cuentas del alma. “La mujer latinoamericana nunca ha sido reconocida en su aporte al desarrollo del hogar, y tampoco en términos emocionales ni espirituales. Porque la mujer, en general, por la condición machista de nuestra sociedad, aunque va cambiando, no llega a desarrollar todo su potencial. No le dan las oportunidades que merece”.

Observador afilado de voces que están a la vuelta de la esquina, Rubén Blades valora la influencia de la salsa en el gran pueblo latinoamericano, aunque matiza un pronóstico sobre su porvenir. “La salsa va a ser redescubierta porque su futuro ya no se escucha solo en el Caribe. Y continuará siempre al ser un género con mucha vitalidad y energía, y con un baile tan físico. Ya se sabe: baile de lejos, baile de pendejos. La salsa está bien, gracias”, dice con sonrisa de medio lado.

¿Y formar parte del gran negocio de la música es bueno para que no se perviertan los mensajes? “¿Y cuál es el gran negocio?”, se pregunta en voz alta. “En el mundo de la música lo usual es que los piratas se lucren ilegalmente con nuestras canciones, con el apoyo de quienes no entienden que no es correcto”. Pero viéndolo en la política, en el dinero, uno teme que aquel francotirador del barrio haya desaparecido. ¿No se habrá convertido usted en un muchacho plástico? “Es equivocado asumir que todos los que entramos al servicio público estamos en el dinero. Es totalmente falso y forma parte de esos mitos que algunos intereses, apoyados en la ignorancia y la ausencia de criterios, pretenden crear alrededor de toda persona en la gestión política. Imagino que lo preguntas para provocarme. A mis sesenta años, ¿cómo voy a ser un muchacho plástico?”.

Aunque el vate panameño anuncie un “redescubrimiento” de la salsa más allá de las fronteras hispanoparlantes, por ahora a nivel comercial mandan el pop latino más accesible y el rescate de viejas grabaciones de la época dorada de la música latina en Nueva York. Incluso Rubén Blades está regrabando ahora sus discos antiguos para recuperar el control total sobre su obra músical de largo recorrido. ¿Queda por aparecer algo tan bonito y sabroso como las músicas populares de los años setenta y ochenta en América Latina? “Cada generación produce éxitos y fracasos. No sé qué se presentará en el futuro, pero imagino que se producirá atendiendo a las circunstancias y a las realidades que definen su momento. Es inútil tratar de repetir tiempos pasados bajo condiciones pasadas”, reflexiona el veterano músico panameño. “Cada generación brinda su punto de vista. Cada cual vive su momento y reacciona de acuerdo al entorno”.

Quizás por eso, audaz, Rubén Blades contempla el hip hop y el reggaetón como ágiles lenguajes musicales de los tiempos que corren. El producto urbano de décadas de influencias culturales y musicales entre los dos lados de América. ¿Tendrán estas nuevas músicas latinas urbanas un recorrido y una autoridad más allá de la explosión popular actual? “Cada generación interpreta la realidad de acuerdo a sus condiciones y capacidades. No sé qué va a pasar con eso. Acabo de colaborar con el grupo Calle 13 en su reciente disco, en una pieza sobre el barrio de La Perla, en San Juan de Puerto Rico. Es música urbana, es arte urbano. Si tiene o no calidad sostenible que haga que el género sobreviva a la moda, el tiempo lo dirá. Y las futuras generaciones lo defenderán o lo olvidarán”.

Novedades aparte, Rubén Blades también asume que los días que se van no vuelven (“hay que usar el tiempo y usarlo viciosamente. Soy consciente del paso del tiempo y de que me quedan muchas cosas por hacer”) y ya planea nuevos retos para el día después que deje de ser ministro: “Hacer más cine, dirigir teatro y escribir sobre mi experiencia como latino en Estados Unidos. Y comenzaré mi reinserción en la música y en el cine, que es mi trabajo”. ¿Cómo le gustaría ser recordado para la posteridad? “No me detengo a definir la forma en que seré recordado. Eso sería una vana necedad. Sobre cuál ha sido mi aporte, ese es un asunto que habrán de definirlo quienes sepan qué fue lo que hice”. ¿Y le produce nervios la perspectiva de volver en 2009? “Tendía dudas porque cantar es un ejercicio físico que depende del diafragma, que sabemos que es un músculo. Y porque para un artista parar cuatro años es como dar un beso a la muerte”.

Tiempo antes de que a Thom Yorke se le iluminara la bombilla digital, Rubén Blades ya había experimentado con la venta de su música a través de Internet. En 2003 el panameño colgó unas cuantas canciones y espero reacciones. El invento no funcionó del todo, pero el autor de Siembra (1978) y Maestra Vida (1980), que ya ha participado en una treintena de discos grandes que se publicaron en ocho sellos distintos, no renuncia a las posibilidades del mercado gigante de la era digital. “Si de mí dependiera, el sistema sería colgar los discos en Internet y que la gente mandase al artista el dinero que cree que vale el disco. Siendo serios, sospecho que muy pocos se tomarían la molestia”.

El éxito efímero del disco de Radiohead In Rainbows (2007) vendría luego a darle la razón. Y ahora, ¿qué retos plantean las descargas para garantizar el futuro de las nuevas generaciones de autores? “El reto mayor será cómo mantener la vigencia del producto creativo, a nivel comercial, con tanta oferta que hay en todo el mundo”, admite el músico panameño. “Tiene que darse un nivel de calidad excepcional y consistente para sobrevivir en un mundo tan competitivo como el que plantea mercadear producto por Internet”.

Sabe Rubén Blades que la música no cotiza al alza en la red, pero prefiere agarrarse a estos aprovechamientos nuevos. Al rescate, por ejemplo, de lustrosas grabaciones de antaño. En El Show de Rubén Blades (cómo no, solo en Internet), el cronista de ex señoritas que no saben qué hacer, el creador del Quijote del Harlem, hizo recuento de algunos de sus discos latinos favoritos. A saber: Steppin’ Out (1963), de Joe Cuba Sextette; Jala Jala y Boogaloo (1967), de Ricardo Ray; la canción Perfume de rosa, de los imperiales Rafael Cortijo e Ismael Rivera; Superimposition (1971), de Eddie Palmieri; el tema Montuneando, de Ralph Robles; y el álbum Cosa nuestra (1971), de Willie Colón y Héctor Lavoe. “No son los mejores discos ni las mejores canciones, sino los que más me gustan por estar amarrados a una vivencia”.

 

Publicado en la revista Rockdelux en octubre de 2008

Cheikha Rimitti: “Sin mí, Khaled no tendría que cantar”

12 May

 

por Carlos Fuentes

Nació en el puerto mediterráneo de Orán, la segunda ciudad de Argelia, allí donde hace sesenta años abandonó su pobre adolescencia para, a los dieciséis, apenas adolescente, comenzar a ganarse el pan cantando en burdeles de marineros y diletantes. En su vida de largo recorrido ha cantado como nadie composiciones populares ancestrales, surgidas hacia el año 1900 desde la poesía árabe y la música tradicional beduina, pero primero fue famosa por sus letras contestatarias. En el ecuador del siglo pasado puso en solfa aspectos de la vida tradicional para reivindicar los derechos de la mujer en el mundo árabe.

Con 76 años, Cheikha Rimitti exprime su vitalidad en Nouar, un nuevo disco de raï comprometido contra la plaga de fundamentalismo que asola su país. Tantos años ya de guerra. “Canto a las cosas buenas, el amor y la libertad, la rosa y su perfume”, explica la cantante argelina mientras enciende otro cigarrillo y saborea un café negro en un salón desvencijado del madrileño Hotel París.

Vestida con una falda verde, que hace juego con la camiseta de la selección de fútbol de Argelia que lleva puesta, Cheikha Rimitti es el vivo reflejo de la picardía veterana que dan los años. Deja atrás el álbum Sidi mansour, su aventura discográfica en clave tecno-raï pergeñada en 1993 junto a músicos procedentes del rock como Robert Fripp (King Crimson) y Flea (Red Hot Chili Peppers). Un invento moderno con el que la abuela genuina del raï no quedó muy contenta.

Desde Sidi mansour han transcurrido siete años. ¿Qué ocurrió con Cheikha Rimitti?

“Ese disco fue una mala experiencia, cogieron mi voz para hacer la producción sin consultarme nada. Y no lo considero un disco mío. Ahora he recuperado el control de mi carrera para hacer Nouar, que son mis canciones. Nouar es rosa, aroma, todo lo que venga de buena voluntad, amor, cosas buenas… por fin hay un disco de la reina del raï, que soy yo: Cheikha Rimitti”.

Ahora tiene más público, gente joven que descubrió a Rimitti con Sidi mansour

“Y espero que Nouar guste más que el disco anterior. Ojalá, porque al ser más mío, deseo que guste más. Pero no hay que confundirse con el éxito de Sidi mansour, que fue un triunfo sólo en Europa. Con las canciones de Nouar espero triunfar en todo el mundo, en los países árabes”.

En seis décadas de música, hasta el mundo ha cambiado. ¿Y sus canciones? ¿A qué canta hoy Cheikha Rimitti?

“Al amor y la vida, los sentimientos de siempre. Mi canción tiene raíz en la música andalusí del sur de España, sus contenidos no han cambiado demasiado. Sólo el mercado ha forzado algunos cambios por arreglos modernos, pero las canciones son las de siempre. Han llegado jóvenes del raï, Khaled, Faudel, Orchestre National de Barbès… pero están cantando las mismas canciones que yo canto hace años”.

Usted viaja con frecuencia a Orán. ¿Se siente Rimitti respetada por nuevos artistas de raï?

“No. No reconocen que sin mis canciones no tendrían nada que cantar. Llevan mucho tiempo ocultando al público europeo que existe una reina del raï, que se llama Cheikha Rimitti. Estoy muy decepcionada, porque son famosos pero lo han sido a costa de Rimitti. Sin Rimitti no existiría el raï con el que triunfan”.

Entonces, ¿cuál es su referencia musical actual? ¿Escucha nuevos ritmos del Magreb?

“Mi padre sería la flauta y mi madre, la darbouka. Son los instrumentos de mi vida. Puede haber sobre el escenario un montón de sintetizadores, batería y guitarras eléctricas, pero la sonoridad de la flauta y la darbouka es inimitable. Si tuviera que elegir, me quedaría con ella. Pero iré a Estados Unidos a presentar Nouar, ja, ja… a ver qué les parece a los americanos tras Sidi mansour”.

En Argelia, su mensaje optimista choca con la cruel realidad del fundamentalismo. ¿Qué acogida tuvo allí Nouar? ¿Es posible disfrutar en esa vida?

“Ha tenido un éxito sin precedentes en la música raï, el pasado verano fue un gran triunfo. Espero que mis canciones sirvan de ayuda para recuperar la ilusión y olvidar los problemas, Cheikha Rimitti sólo puede esperar eso. ¡Ojalá!”, exclama la cantante antes de recuperar su optimismo de mujer. Se levanta, regala tres besos al periodista y le da un consejo de longevidad: “Esta noche haz el amor, y mañana ven a bailar con Rimitti”.

Publicado en el periódico Diario de Avisos en abril de 2001

 

Luis Alberto Spinetta: “El rock latino es comida basura”

31 Mar

Luis Alberto Spinetta

por Carlos Fuentes

“Es el destino, siempre estuve más o menos en el mismo lugar y si ahora vine es más por destino que por lógica”. Fiel a una trayectoria de coherencia que hunde sus raíces en la recta final de los años 60, el músico argentino Luis Alberto Spinetta (Buenos Aires, 1950) condensa con aire metafísico el porqué de su debut en los escenarios españoles cuatro décadas después. Desembarca aquí con el disco Viejas canciones, una compilación retrospectiva formada por veinte piezas del compositor y guitarrista porteño que artistas como Charly García, Fito Páez o Gustavo Cerati reivindican como parte importante, sin duda crucial, del mejor rock compuesto en español.

Luis Alberto Spinetta culmina en la ciudad de Granada una gira de conciertos que le trae por primera vez a los escenarios españoles después de liderar proyectos de enjundia como Almendra, Pescado Rabioso, Invisible o Jade. Cuatro aventuras esenciales para comprender a carta cabal la cara más nutritiva del rock hecho en castellano. Sentado en el anonimato sorprendente de un hotel de medio pelo situado en las proximidades de la añeja Estación del Norte de Madrid, el seminal músico bonaerense reafirma pronto sus principios. “Me interesa la gente, no vender. Vengo a cantar, no a vender porque no lo hice ni en mi lugar y mal haría si lo hiciera acá. Aunque este disco titulado Viejas canciones no coincide con lo que estoy presentando en estos recitales, un nuevo disco llamado Para los árboles. Y con ese eclecticismo de intenciones es con el que quiero conectar con el público español porque el público argentino ya consumió mi mito. Ahora pretendo contactar con este público y brindarle la lírica, que es nuestra lengua común”.

Spinetta retrato

“Conquistar es propio de una mente de conquistador y eso no es lo mío. Nunca lo fue. Yo solo creo ser capaz de conquistar pero a un nivel muy efímero. La idea es mostrar mi música para que agrade sin la finalidad de vender nada. Que me vean y saquen sus propias conclusiones”, explica Luis Alberto Spinetta sin concesión alguna a la fama en este desembarco tardío en los escenarios españoles. “No hay estrategia porque es un plan sin plan. Aspiro a conectar a partir del lenguaje común que hablamos argentinos y españoles, que es la riqueza de nuestra lengua, y también volcar poesía en nuestro idioma. Porque nuestra historia literaria es inmensa y tanto el español como el argentino hoy muestra una decadencia muy grande. Quisiera ser como un Rimbaud en castellano, quisiera ser poeta además de músico. Y que el espectador español reflexione sobre su lengua y sobre todo lo que brinda esa parte ínfima que yo puedo expresar en mis canciones”.

Spinetta gafas

¿Y cuánto pesa la ambición en Spinetta? “Acá, en España, se conoce el mito de Luis Alberto Spinetta, pero yo nunca he sido un comemetas, alguien que únicamente quiera realizar su meta. La mía ha sido escribir y cantar, y eso es lo único que sé hacer bien. Ya es un halago poderme cruzar hasta acá y encontrar un lugar para mostrar en público mis canciones. Es un gran honor y a la vez un gran desafío destruir mi propio mito. Que pase del estado de la idealización al estado de la carne que está encima de la tarima”.

Spinetta camiseta

Treinta y tres años después de su aparición inesperada con aquel pionero álbum homónimo firmado por el grupo Almendra que compartió con Edelmiro Molinari, Emilio del Guercio y Rodolfo García, el llamado nuevo rock latino copa ahora revistas y canales de televisión. “Ese rock latino apesta porque ahora son ‘shakiras’ y ‘juanes’, cosas comerciales como A Dios le pido… y eso ya lo escuché desde que mi madre me disfrazaba de baturro. Suena tan antiguo como cualquier canción que me cantaba mi abuela. Si vos escuchás algo así (y comienza a tararear la canción El alma al aire de Alejandro Sanz), eso me gusta, no todo pero por lo menos tiene una lírica, un vuelo. O las canciones de Joan Manuel Serrat, que fue uno de los inspiradores de mis primeros discos en Argentina. Ahora hemos pasado de Tu nombre me sabe a hierba al A Dios le pido, es decir, que vamos evolucionando a peor”.

En esta controversia sobre la valía efectiva de la canción contemporánea en español, Luis Alberto Spinetta no calla. “Vende el rock latino como vende la comida rápida, esa fast food y no la comida del chef. Esas canciones de rock latino son fast food musical, comida basura que se vende dentro de un fenómeno universal que no solo afecta a la música sino que también afecta a todo el lenguaje humano. Llegan artistas presionados para triunfar a toda costa, a cualquier precio, débiles mentales, pero eso no es un triunfo. El triunfo son Charly García, Fito Páez, Gustavo Cerati… ellos sí tienen esencia, no es solo una misión de papel, en sus canciones hay lingote en el fondo”.

Spinetta ventana

Autor de piezas memorables como El anillo del capitán Beto, Muchacha (ojos de papel) o Los libros de la buena memoria, Luis Alberto Spinetta cuestiona el atajo fácil hacia la moda, hacia la tendencia efímera y el éxito fútil. Una corriente de la que no excluye a su compatriota Andrés Calamaro, por ahora afincado en Madrid después de ganar fama con el grupos Los Rodríguez. “Le critico su facilidad para parecerse a Gipsy Kings, que me parecen increíbles al lado de lo que vino luego. Es fácil copiar una fórmula y adaptarla para el gran público como él hizo en Sin documentos, pero esa tonada de rumba ya la escuché millones de veces. Bien es cierto que [Calamaro] ya ha huido un poco de ese tópico, pero sigue muy lejos de lo que hizo allá en la Argentina”.

¿Comparte, entonces, la definición de surrealista maldito que siempre rodea a Spinetta? “Surrealismo es una palabra práctica que globaliza, pero todo argentino que se parezca un poco a Spinetta sufre el hecho de vender poco aunque tenga una obra trascendente. Es un bien y un mal, pero de manera automática deja de vender y muchos no están dispuestos a la clandestinidad porque quieren un éxito palpable. También yo lo he querido, pero ya no. Me importa poco si me llega o no en esta vida. Lo importante es que el alma vibre al escribir y que pueda ser una contraseña para otras generaciones futuras”.

Spinetta abanico

Ante el reciente álbum español Viejas canciones, publicado por la disquera independiente Nuevos Medios por empeño personal de su director, Mario Pacheco, el seminal escritor y compositor argentino advierte del riesgo de la variedad de estilos. El álbum incluye canciones en clave de rock, de blues y de tango. Él, que siempre fue un especialista en dotar a cada grabación de una personalidad propia indiscutible. “Es producto de un eclecticismo de épocas y sentidos por el que temo ser malentendido acá, pero estoy orgulloso de lograr el amor de esta gente en España para publicar porque lo más grande que uno puede tener como artista es el interés por el interés, sin pensar en beneficios ni rendimientos económicos a corto plazo”, asegura Luis Alberto Spinetta.

Ganancias que también se echan en falta en el mercado cultural de Buenos Aires, ahora que las producciones musicales apenas dan réditos por la costumbre nueva de la copia barata de discos y la piratería digital a través de la red. ¿Qué ocurre en Argentina? ¿Qué futuro artístico puede tener un artista de largo recorrido como Spinetta? “Esta situación es un pequeño espejo del mundo. Reflejo de que ahora triunfa la comida basura, el éxito rápido, el artista de reality show barato. Es una ecuación utilitarista planteada por las compañías discográficas, que están más interesadas en llenarse los bolsillos sin ver cómo ni por qué. Mi futuro es poder seguir escribiendo con intensidad. Mi forma de paliar el desastre es una forma heroicista de combatirlo. Es mi trabajo y mi amor, y no me importa mucho si reviento o me arruino mañana”.

Publicado en Diario de Avisos en julio de 2002

Pedro Juan Gutiérrez: “Mi vida ha sido tan intensa que vale por tres o cuatro vidas normales”

16 Nov

Pedro Juan Gutiérrez

por Carlos Fuentes

Vuelve el animal tropical. El escritor y poeta cubano Pedro Juan Gutiérrez reveló las caras ocultas de La Habana cotidiana en cinco novelas incendiarias sobre el barrio de Centro Habana. Ahora el autor matancero publica Fabián y el caos (Anagrama), la historia real de una amistad entre dos jóvenes durante los días (y las noches) de revolución, frustración y represión en la primera Cuba comunista de los años 60.

A Pedro Juan Gutiérrez (Matanzas, 1950) le fueron a joder la vida cuando lo botaron de Bohemia. En la revista cubana vivió 26 años haciendo periodismo. Fue despedido, sin explicaciones, en enero de 1999. Tres meses antes había publicado Trilogía sucia de La Habana, libro guía de su nueva vida como escritor, y aquello fue un no parar. En cinco años encadenó otras cuatro novelas sobre su barrio de Centro Habana. En el año 2000 Animal tropical obtuvo un premio en Tenerife, la isla de su abuelo, emigrante de Santa Úrsula, y logró luego el italiano Sud del Mondo por Carne de perro. Ahora presenta Fabián y el caos, una historia armada con hechos reales sobre una amistad juvenil en la revolución y la represión en la Cuba comunista de los años 60.

Esta novela casi autobiográfica le costó remover heridas antiguas al escritor matancero. “Es biográfica hasta donde puede ser una novela en aquellos años vertiginosos, caóticos en lo político y en lo social. Años crueles marcados por la testosterona que jodieron la vida a mucha gente mientras otros se lo pasaban bien”, recuerda. “Los escritores cubanos tenemos que escribir sobre esa época para dejar por escrito cómo se vivió, no tanto desde la política sino desde la vida misma”, explica Pedro Juan Gutiérrez sobre una etapa oscura que vio nacer campos de trabajo forzado en el interior de Cuba, la infame UMAP (Unidad Militar de Ayuda a la Producción), para confinar a personas homosexuales, vagos y religiosos. “Durante veinte años pensé si debía escribirla o no por razones de ética”, reflexiona, “hasta que comprendí que era necesario remover el pasado; de hecho, ese es el trabajo del escritor”.

Pedro Juan Gutiérrez en Centro Habana

De aquella amistad en tiempos de cólera entre Pedro Juan y el joven Fabián por las calles efervescentes de la primera Cuba comunista surge un relato intenso, a ratos volcánico y descorazonado “porque habla de todo lo que queremos porque no lo tenemos”. “Detesto hablar de héroes, estoy de héroes hasta la punta de la coronilla, porque el ser humano es un animal con luces y sombras. Nunca se me ocurren personajes luminosos”. ¿Señal de que el animal de Centro Habana aún muerde? “El diablo se tranquiliza de noche para dormir, con los años se ha tranquilizado un poco, aunque la intensidad de vivir es un gran bagaje para escribir. Mi vida ha sido tan intensa que vale por tres o cuatro vidas normales, y mi barrio está igual y así seguirá muchos años”. Continúa Cuba en periodo especial, ¿cambiará la nueva relación con Obama? “El proceso actual no tiene nada que ver con los años 60, de hecho este es un proceso antiheróico en el que la gente está tratando de incorporarse al mundo moderno, al mercantilismo. Vendrán cambios, seguro, pero al ritmo cubano”.

La historia (triste) de un amigo en Cuba

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Despuntan los años 60 en Cuba y dos chicos, el inefable Pedro Juan, fuerte, seductor, y Fabián, flaco e inseguro, miope y homosexual, a priori sin nada en común, se hacen amigos genuinos en los agitados primeros instantes de la Revolución. Viviendo deprisa de espaldas al discurso oficial, buscando siempre esquinas de libertad. Son los mimbres de Fabián y el caos pergeñados por el escritor al que una vez llamaron “el Bukowski habanero” (y no le hace ninguna gracia) por su obra directa, atlética, sórdida e inflamable.

Publicado en la revista C Magazine en octubre de 2015

Corizonas, el triunfo del rock en una economía de guerra

29 Nov

Corizonas

por Carlos Fuentes

Música comunal para hacer de la necesidad virtud. Hace un año, dos grupos españoles de rock unieron esfuerzos para capear tiempos de crisis e intentar encontrar alternativas a la recesión de la industria. Del quinteto madrileño Los Coronas y del trío vallisoletano Arizona Baby surgió Corizonas, una suerte de banda madre para explorar sonidos del rock con acento americano y aromas campestres. El plan cuajó: Corizonas creció en la carretera, grabó conciertos y, al tiempo, fue cosechando una audiencia creciente. Y fiel. Ahora, ya de vuelta a los escenarios, Corizonas defiende su primer disco con canciones propias, The News Today, en una gira que arrancó el año en el Festival Actual Logroño, pasó por Madrid y continuará hasta finales de marzo por otras nueve ciudades.

Fernando Pardo saluda sonriente, parece feliz con Corizonas. Músico de largo recorrido en la escena nacional (en 1985 fundó los seminales Sex Museum), el guitarrista habla del nuevo proyecto con cierto romanticismo: “Empezamos con ánimo de jugueteo, aventura y reto a la vez. A ver qué podía pasar. Y ya en los primeros conciertos vimos que funcionaba, que podía salir algo chulo y había la suficiente comunicación entre las dos bandas para que todo funcionara bien, y nos tiramos de cabeza”. Su homólogo en Arizona Baby, Rubén Marrón, tira de tópico sincero: “Parece que nos conociéramos de toda la vida, coincidíamos en festivales y generamos interés recíproco, porque hay mucho que nos conecta”.

Corizonas 2

No obstante, ambos músicos admiten que el momento complejo de la escena musical actuó como catalizador de esta alianza de fuerzas. “Algo así ocurrió, pero llevábamos tanto tiempo trabajando con economía de guerra que cuando ha llegado la guerra no nos hacía falta mucha adaptación. Conocíamos bien las salas, su capacidad, cómo negociar un concierto o una gira cuando llegó el momento en el que se derrumbó la forma de funcionar al viejo estilo, nosotros ya llevábamos tanto tiempo funcionando de otra manera que tomamos ventaja inmediatamente. Cuando el resto estaba mirando dónde estaba la línea de salida, nosotros ya estábamos ahí”, explica Pardo, que ahonda en un análisis de urgencia. “Algunos grupos que dependen de managers o de compañías grandes han tenido que repensar cómo hacer las cosas y para nosotros, sin embargo, ha sido un puro río revuelto, ganancia de pescadores. Nos ha venido bien que se hayan caído grandes estructuras que tenían monopolizada la prensa y ciertos circuitos, sobre todo en el verano”.

Corizonas 3

El eco creciente de Corizonas se ha plasmado en la buena recepción del disco de canciones propias The News Today, editado por Subterfuge Records. “Con la gira compartida nos rodamos como grupo, ganamos fluidez”, indica Marrón. “Empezamos a funcionar como una sola banda”, añade Fernando Pardo. ¿Y cómo nacen las canciones? “También con naturalidad”, insiste Pardo. “Tocamos todos los meses, había la química necesaria para funcionar con un grupo y meternos a grabar. Y desde el principio, quizá porque no quedaba otra y porque es buen método, decidimos hacerlo muy rápido. Nos reunimos cuatro días en el local y, poco a poco, fueron saliendo canciones. Teníamos claras las jerarquías y muy rodado el trato entre todos, no hubo quejas porque un grupo tirara más que el otro o a alguien no se le hiciera caso. Quizá fue cosa del buen humor del verano, pero funcionó”. Rubén Marrón asiente: “Estas cosas son fruto de la suerte. Quizá el éxito de Corizonas esté en ser un plan poco premeditado, poco pensado, y con mucha espontaneidad”.

Publicado en el diario Público en enero de 2012

Salif Keita: “África debe asumir que la democracia es un concepto vivo por cuidar”

10 Sep

Salif Keita

por Carlos Fuentes

Nació con linaje de emperador, descendiente de Sundiata Keita, fundador del Imperio Mandinga en el siglo XIII. En Malí, donde los nobles tienen vetada la vida artística, Salif Keita (Djoliba, 1949) tuvo que empezar desde abajo, en las calles de Bamako. A finales de los sesenta entró en la Super Rail Band, que lideró hasta que en 1973 se unió a Les Ambassadeurs. Desde 1982 vuela en solitario, a veces con más éxito comercial que enjundia artística. Cerrada su etapa de exilio en París, donde vivió 15 años, Salif Keita regresó a su país, a la mina musical africana. Ahora publica La différence, que culmina la trilogía acústica abierta con Moffou (2002) y M´Bemba (2005).

“La différence es lo que soy como músico. He intentado profundizar en la música acústica para hacer algo emocionante, regresar a la esencia y nada mejor que la música acústica para lograrlo”, explica el cantante maliense. ¿Supone esta trilogía, en cierto modo, una rectificación de su etapa europea? “Sí, es una especie de rectificación, por supuesto. De hecho, hemos realizado dos cosas: canciones eléctricas y acústicas. Pero siempre he pensado que con la música acústica se pueden hacer muchas cosas bellas”. ¿Y se arrepiente de su marcha a París? “No, no. Mi estancia fue muy buena. Viví buenos momentos, y siempre tuve claro que no me fui de Bamako con idea de no regresar jamás”.

Producido en parte junto al norteamericano Joe Henry, La différence rescata tres clásicos de Salif Keita. “Papa está dedicada a mi padre. Él hizo todo por mí, me ayudó al arrancar mi carrera. Hemos sido grandes amigos. Tenemos un único padre, y es quien te enseña los caminos de la vida”, explica. “En Folon hablé de la democracia en África cuando eso no era tan corriente”, recuerda el cantante maliense. “Es absolutamente necesario que los africanos se den cuenta de que la democracia es un concepto vivo. Es la mejor forma de gobernar un pueblo y hay que hablar de ella para que no se olvide su valor. En muchos países no tuvieron oportunidad de vivir en democracia, y ahora que la tenemos, estamos obligados a cuidarla cada día”, mantiene el influyente músico africano.

Salif Keita 2

Para Salif Keita, África “necesita el compromiso de los africanos”, insiste. “El día que seamos conscientes de que somos nosotros los que debemos construir el continente será el día en que veamos el sol. En Malí ahora vivimos en democracia, tenemos más libertad y estabilidad si miramos otros países de África. Hemos empezado bien y tenemos un gran futuro por delante. Pero el primer problema actual es que en muchos países aún no se permite una oposición real y la verdadera democracia se crea con la existencia de alternativas al poder político. En todo país es necesario que haya oposición fuerte porque sin pluralidad política no hay verdadera democracia”.

¿Y puede ayudar la música a crear conciencia? “La situación del continente es consecuencia directa de la presencia y de la actitud de los gobiernos coloniales europeos. Si desde entonces no se han preocupado de que África funcione, las posibilidades de que el continente prospere son verdaderamente escasas. Pero para los jóvenes africanos, la música representa los valores de su cultura y de sus raíces; es importante que esté presente. Y para los europeos, las músicas africanas son un buen vehículo para entender mejor todo lo que ocurre aquí”.

Salif Keita La différenceEl disco La différence se abre con una canción homónima que reivindica la última lucha emprendida por Salif Keita. Africano de raza negra, el cantante albino conoce el riesgo que afrontan muchos jóvenes africanos con falta de pigmentación en la piel. Los albinos son víctimas de agresiones por ser vistos como transmisores de mal fario y enfermedades. “Es una lacra cultural que viene de antiguo. En los pueblos no hay información sobre qué es un albino y muchos aún nos ven como una maldición. Tradiciones macabras nos ponen en riesgo, incluso para la vida, porque hay quienes ven mágico estrangular o arrancar un brazo al albino”, explica el promotor de una fundación para defender a los albinos en los países de África. “Debemos informar mejor en los pueblos para que se crea que el albino no es una maldición y que nuestra piel tiene un origen genético normal”, abunda Salif Keita, que en su disco proclama ser “un hombre negro, mi piel es blanca, y me gusta. Es mi diferencia. Soy blanco, mi sangre es negra, y me gusta. Porque la diferencia es bonita”.

Publicado en el diario Público en marzo de 2010

La orquesta africana que quiso ser como James Brown

21 Oct

Orchestre Poly-Rythmo de Cotonou Benin

por Carlos Fuentes

En la radio sonaba James Brown y ellos decidieron seguir la ruta africana del funk. En Cotonou, la capital de Benín, los años sesenta estuvieron marcados por los sabores latinos que en muchos lugares de África brillaban con el acento cubano del cantante Abelardo Barroso y la Orquesta Aragón. Pero Mélomé Clément prefería las raíces africanas, la cultura tribal y, sobre todo, el nutritivo acervo vudú. En 1968 armó el conjunto que marcaría la eclosión del funk africano hasta que un tal Fela Kuti eclipsó todo con su atlético afrobeat desde Nigeria. Cuatro décadas después, la Orchestre Poly-Rythmo de Cotonou llega por primera vez a España para actuar en el festival La Mar de Músicas.

Mélomé Clément, saxofonista y director fundador, sonríe ante la inédita visita musical española. “Costó decidirnos porque antes algunos productores no nos ayudaron a salir de África e incluso los políticos nos negaron apoyo. Y en Libia la policía destruyó nuestros instrumentos porque pretendían hallar drogas escondidas en las guitarras”, recuerda Clément, quien prefiere hablar de las canciones que hicieron bailar a África al ritmo infeccioso de la Tout Puissant Orchestre Poly-Rythmo de Cotonou. ¿Todopoderosa? Lo explica su director: “En los años sesenta, todos los grupos africanos utilizaban ese apelativo para llamar la atención. Era un título que te ganabas ante el público”.

Orchestre Poly Rythmo de Cotonou

¿Y por qué el funk? “Nuestra primera influencia son los ritmos vudú. No puedes caminar por Cotonou y no escuchar tambores vudú. Crecimos con esa tradición, pero en los sesenta llegó la influencia occidental. Era la época ye-yé y comprábamos los discos de James Brown, Roberta Flack y Wilson Pickett, también de cantantes como Dalida o Johnny Hallyday, y empezamos a mezclar sonidos occidentales con nuestro acervo cultural. En Benín hay ritmos que se parecen mucho a lo que el resto del mundo conoce como funk. El vudú está en todas partes, es parte esencial de la cultura popular en África. Ya existía antes de la colonización, antes de la llegada del cristianismo y antes de que el islam llegara a África”, explica Clément. “Somos primos hermanos de los americanos negros porque muchos esclavos abandonaron países como Benín hacia el nuevo mundo. Pero, si te soy sincero, siempre hemos querido imitar a James Brown y sus gritos ¡oh yeah, feel good!”, explica el director de la Poly-Rythmo de Cotonou.

Poly-Rythmo de CotonouCon el papel crucial que tiene la música en las sociedades de África (“es muy importante para el ambiente social: la música se entiende como vía de transmisión de lo que pasa en nuestros países”), la nutrida orquesta bailable de Cotonou mantiene intacto su prestigio artístico. “Por supuesto”, exclama Mélomé Clément, “ahora acabamos de actuar con mucho éxito en ocho países africanos y en Niamey nos consideran una orquesta importante, con una música que es africana al cien por cien. Nos invitan a tocar en bodas, en ceremonias sociales Es que si no tocas con la Poly-Rythmo en Niamey, no eres una orquesta”, bromea el director del numeroso conjunto africano al recordar que no todo tiempo pasado fue mejor.

Aunque su banda llegara a ser considerada el grupo nacional de Benín, la historia de la Orchestre Poly-Rhytmo de Cotonou oscila entre el éxito temprano y el largo olvido postrero. En el tobogán comercial de la música añeja africana. “Éramos la orquesta de la revolución y tocamos para numerosos presidentes africanos, pero te aseguro que desafortunadamente eso nunca nos dio dinero”. ¿Han mejorado las cosas después de medio siglo de independencia? “Por desgracia, las guerras no han desaparecido de África. En la última gira llegamos a las ciudades de Niamey y Bangui tras dos golpes de Estado y la corrupción es un problema, pero confío en que todo mejore”, se despide Mélomé Clément.

Publicado en el diario Público en junio de 2010