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‘Ernestina’, un barco cargado de ilusiones hacia América

14 Mar

por Carlos Fuentes @delocotidianocf

Con el viento en las velas y las maletas repletas de ilusiones para buscar una vida mejor, miles de hombres y mujeres de Cabo Verde se jugaron todo a la carta de la emigración desde mediados del siglo pasado. Actor principal y testigo directo de estos viajes fue el barco Ernestina, un velero del que ahora se cumplen 125 anos de su botadura el día 1 de febrero de 1894 en Estados Unidos. Años después de su primera singladura, cumplida su etapa como buque pionero de la investigación pesquera en el Artico, el barco fue comprado por un empresario caboverdiano para dedicarlo a viajes del éxodo migratorio entre las costas africanas y Estados Unidos.

La historia del Ernestina refleja como pocas los viajes de los barcos la emigración desde las diez islas del archipiélago de Cabo Verde a las prósperas ciudades de la costa este de Estados Unidos. El barco fue construido en los astilleros de Gloucester (Massachusetts), donde en 1894 primero fue bautizado Effie M. Morrissey con el primer cometido de dedicarse a la búsqueda de grandes bancos de peces en las ricas aguas árticas. Después el barco fue derivado al transporte de mercancías en los duros años de la Segunda Guerra Mundial y, ya en la segunda mitad del siglo pasado, al transporte de pasajeros entre las costas de África y las emergentes ciudades de América del Norte. Se considera que el Ernestina fue el último velero que llevó a centenares de emigrantes a Estados Unidos de América y Canadá antes de que el éxodo americano de los ciudadanos europeos, africanos y asiáticos que apostaban por la emigración pudieran acceder al amplio mundo de oportunidades que abrió la aviación comercial internacional.

Fue en el año 1947, después de sufrir un grave incendio que dejó dañado este barco de 47 metros de eslora, cuando el capitán caboverdiano Henrique Mendes compró el velero para dedicarlo a los viajes de la emigración. Mendes lo rebautizó Ernestina en homenaje a su hija pequeña y con él hasta 1965 realizó decenas de viajes desde los puertos insulares de Praia y Mindelo, los dos principales de Cabo Verde, hasta la región norteamericana de Nueva Inglaterra. Los primeros viajes fueron comandados por el propio Mendes, pero otros nombres importantes en la historia del la tripulación del Ernestina fueron Ricardo Lima Barros, João Baptista, Arnaldo Mendes y Valentin Lucas, que han pasado a la historia de Cabo Verde gracias a la labor de documentación del marinero Traudi Coli.

Retirado de las travesías transatlánticas, la historia del velero Ernestina no se detuvo. Hasta 1972, este pailebote fue utilizado para viajes de cabotaje entre las islas de Cabo Verde. Cuatro años después, ya en 1976, los organizadores del bicentenario del encuentro de barcos en la costa este de Estados Unidos escribieron al presidente de la recién nacida República de Cabo Verde para solicitar el envío del Ernestina al cónclave marítimo. El presidente Aristides Pereira dio su visto bueno y el 11 de junio de 1976 el velero emprendió el viaje desde el puerto de Mindelo. Pero no fue una travesía fácil: el barco sufrió una avería de gravedad cerca de la costa americana y un posterior intento de remolque se saldó con daños severos en la estructura del velero. Su reparación llevó seis años de trabajo y una alta inversión que fue sufragada en parte por varios emigrantes caboverdianos y el propio gobierno del país africano.

El último viaje del velero Ernestina tuvo lugar en 1978, cuando Cabo Verde regaló el barco al pueblo de Estados Unidos como símbolo de las relaciones fructíferas con los emigrantes del archipiélago. Desde entonces esté atracado en el antiguo muelle ballenero de New Bedford, donde está abierto a las visitas de quienes quieran conocer esta historia emocionante del velero que ayudó a hermanar a dos países, dos pueblos, tan dispares como los Estados Unidos de América y la República de Cabo Verde. En las islas, no obstante, este capitulo histórico se guarda cada día en los bolsillos de isleños y visitantes: su estampa marinera, con las velas a todo trapo, ilustra una de las caras del billete de doscientos escudos caboverdianos.

 

Publicado en la revista de viajes NT en febrero de 2019

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Gorée, una isla para no olvidar las lecciones de la historia

26 Ago

por Carlos Fuentes

Pocos lugares condensan tanta historia y tanta carga emocional como esta pequeña isla situada en la bahía de Dakar, frente a la capital de Senegal. Con un pasado marcado por la explotación del ser humano, la esclavitud y el expolio de África, la isla de Gorée es ahora un lugar de recogimiento, respeto y sentido homenaje para recordar aquellos tiempos pasados que fueron peores.

Accesible en una cómoda excursión de media hora en transbordador, a apenas tres kilómetros de distancia del agitado puerto de Dakar, la capital de Senegal, la isla de Gorée tiene una superficie de diecisiete hectáreas con forma de bumerán. Al abrigo de su pequeña rada se encuentran el puerto pesquero y la playa donde locales y vecinos de Dakar acostumbran a disfrutar del descanso, el mar y el sol. Declarada patrimonio de la humanidad por la Unesco en 1978, esta pequeña prolongación isleña del país de referencia del África occidental atesora una historia de intensidad incomparable.

Aquí, en Gorée, se encuentra la Casa de los Esclavos, el lugar desde donde se traficaba con seres humanos hacia las potencias coloniales de Europa y, sobre todo, hacia las grandes plantaciones agrícolas de América. Construida a finales del siglo XVIII, la Maison des Esclaves fue reabierta como museo en 1962 para honrar la memoria de los millones de africanos que fueron secuestrados de sus pueblos, vendidos como cualquier otra mercancía y luego transportados a la fuerza en condiciones infames de salud hacia los puertos del nuevo mundo.

Malecón de isla de Gorée (Senegal)

En la isla de Gorée se puede visitar la Puerta del No Retorno, una pequeña ventana de piedra labrada donde eran embarcados los esclavos capturados en el interior del continente con destino a América. Los traficantes esclavistas, que llevaban a África productos manufacturados, estaban establecidos en puertos europeos como Nantes y El Havre (Francia), Bristol y Liverpool (Gran Bretaña) y Amsterdam (Holanda), adonde llegaban después materias primas, metales preciosos y maderas que lograban en América con los beneficios de la trata. En ese triángulo vicioso, que comenzó en 1619 cuando un barco negrero holandés desembarcó con los primeros esclavos africanos en las costas de Virginia, se estima que fueron transportados más de diez millones de personas africanas.

Ahora en la isla de Gorée la estampa austera de la Puerta del No Retorno, pura piedra marcada por las huellas del salitre, testimonia el último recuerdo africano que los miles de esclavos se llevaban del continente. Punto neurálgico de esta isla senegalesa, la Puerta del No Retorno ha sido homenajeada entre otros por figuras emblemáticas de la raza negra como el primer afroamericano elegido presidente de Estados Unidos, Barack Obama, y el emblemático líder para la emancipación de África Nelson Mandela. “Este es un testimonio de lo que pasa cuando no estamos vigilantes para defender los derechos humanos, pero esta visita me da incluso mayores motivos para defender los derechos humanos en cualquier lugar del mundo”, señaló el presidente Obama en su viaje de 2013. En 1992 el papa Juan Pablo II ya pidió perdón por los siglos de esclavitud.

Casa de los Esclavos en Gorée (Senegal)

Pero la historia de la isla de Gorée no es sólo el recuerdo de una tragedia, de aquella época oscura de la historia que también es reivindicada en otras zonas de las costas de África occidental como las localidades senegalesas de Podor, Matam, Juffure, Saint Louis o Saly, así como en Fort James (Gambia). Esta acogedora isla sin coches ni carreteras asfaltadas ofrece más puntos de interés histórico, social y cultural como el Museo de la Historia de Senegal, el Museo del Mar, el Museo de la Mujer Africana, la veterana escuela William Ponty y la antigua fortaleza que daba protección a Gorée de asaltos navales de piratas.

Puerto de la isla de Gorée (Senegal)

También es interesante la oferta de ocio, centrada en la zona de la pequeña bahía con algunos restaurantes y cafeterías con terrazas que ofrecen comidas típicas senegalesas como el chebuyem de arroz y pescado fresco o bebidas tradicionales como el té hecho con flores del hibisco llamado bissap. Antes de regresar al transbordador que devuelve a los visitantes a la agitada vida urbana de Dakar, merece la pena pasar un rato de descanso en alguna de estas terrazas para disfrutar de una panorámica única sobre el puerto de la isla de Gorée y no olvidar nunca las lecciones que nos deja la historia más trágica de África.  

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Artesanía africana para todos los gustos

Cualquier viaje a Senegal es una buena excusa para pertrecharse de objetos de artesanía africana con los que luego recordar las vacaciones. Y en Dakar la oferta es casi infinita. En la gran metrópoli del África occidental existe media docena de mercados callejeros en los que el visitante puede adquirir vistosas telas estampadas, esculturas fabricadas con maderas nobles y joyería étnica. Si usted regresa de una excursión a la isla de Gorée tiene muy cerca uno de los mercados más interesantes. Instalado en la antigua estación ferroviaria que comunica Dakar con la ciudad de Bamako, capital del vecino Malí, el mercado abunda en abalorios de plata, bolsos de piel y piezas tradicionales con motivos religiosos. Aquí todo viene envuelto en ese reposado saber vivir africano en el que nunca falta la buena música, el trato cordial de los comerciantes y algunas ventas de comida y repostería africana recomendable para todos los gustos.

Publicado en la revista NT en febrero de 2015

Arcos de arena, osos, géiseres y bisontes camino de Yellowstone

6 Ago

Montañas Rocosas 2

por Carlos Fuentes

Edmund Hillary dejó dicho que los humanos “no conquistamos las montañas, sino a nosotros mismos”. Y Belén Prieto y Paco Sánchez, dos apasionados por los grandes picos, no están por la labor de llevar la contraria al héroe del Everest. El verano pasado estos madrileños realizaron una excursión de altos vuelos: recorrer buena parte de los 3.220 kilómetros de las Montañas Rocosas, la gran cordillera que transcurre entre Nuevo México (Estados Unidos) y Columbia Británica (Canadá). “Elegimos este destino porque somos grandes amantes de las montañas”, recuerda ahora esta pareja de treintañeros. “Y es cierto que las Rocosas son una maravilla natural, pero también nos impresionó la calidez y la amabilidad de muchos estadounidenses que conocimos”, agregan.

El itinerario de Belén y Paco comenzó en Colorado y acabó en Montana. Por el camino pararon en los parques nacionales de Rocky Mountain y de Grand Teton, en el desierto de Utah y en Yellowstone y Glacier. El Parque de los Glaciares sólo conserva 27 de las 150 masas de hielo originales. Y en Utah se encuentra la mayor concentración de arcos de arenisca naturales del mundo, extraordinarios fenómenos geotérmicos como géiseres y manantiales de agua caliente”, explica la pareja, cuyos paseos entre rocas se vieron acompañados por abundante fauna salvaje. Desde ciervos, alces, linces, bisontes, coyotes y lobos hasta los peligrosos osos negros y grizzlies. “Pasamos algo de miedo los primeros días, mientras hacíamos senderismo y montañismo, por la presencia de osos”.

Bisontes Yellowstone

Belén y Paco buscaron remedio: en el parque de Yellowstone se apuntaron a una charla práctica con los guardas forestales para conocer cómo se puede prevenir un encuentro fatal con un oso salvaje: “Se debe ir haciendo ruido al caminar, cantando o dando palmas, para avisar de nuestra presencia. Si los osos notan la presencia humana tienden a esconderse, pero pueden atacar si se sienten amenazados”. ¿Pies para que os quiero? Pues no, todo lo contrario. “No hay que correr ni trepar a los árboles porque los osos corren más y trepan mejor”. ¿Entonces? “Si eres atacado, debes tirarte al suelo bocabajo para proteger el estómago y esperar a que el oso se aburra de zarandearte”. Belén y Paco no tuvieron problemas con los osos. “Seguimos la recomendación y sólo los vimos a distancia segura, con prismáticos. También hay que tener cuidado con los bisontes: son herbívoros, pero si se les molesta pueden atacar”.

Yellowstone

Al final de la aventura americana, estos viajeros madrileños se toparon con otra amenaza: los efectos del calentamiento del planeta. “El Parque de los Glaciares, en Montana, apenas conserva 27 de los 150 glaciares que existían a mediados del siglo XX. De continuar el efecto invernadero se prevé ya no quedará ninguno en el año 2030”, lamentan Belén y Paco. Preocupaciones ambientales aparte, el balance del viaje dejó un grato sabor de boca en los españoles. “Nos alojamos en el interior de los parques nacionales, donde se puede disfrutar de la experiencia de dormir en cabañas fabricadas de forma artesanal con maderas del bosque. Fue allí donde, ya maravillados por el paisaje, comprobamos que la amabilidad de los locales nos permitía hacer amigos, ver que mucha gente se interesa por la naturaleza salvaje y que entre todos podemos ayudar a que la conservación del planeta sea una realidad”, concluyen, optimistas, Belén y Paco.

Publicado en el diario Público en agosto de 2011

Viperina lengua latina

13 Jun

Calle 13

CALLE 13

por Carlos Fuentes

Aquí no cuadra el cuento fácil de la flor de un día. Casi una década después, la música atlética del dúo puertorriqueño formado por los hermanos Residente y Visitante campea a sus anchas por las venas abiertas de América Latina. Deslenguado y excesivo, y sin embargo comercial, el discurso de Calle 13 va creciendo por el camino entre rap, tango, trova y congas de solar. Genuinas músicas urbanas para retratar todo un continente. Abran paso, y olvídense del reggaetón.

En el trasiego de ritmos, estilos, ya casi géneros, por el solar de las músicas latinas, la aparición de nuevos artistas de procedencia urbana se contempló (casi) siempre con la suspicacia de lo fácil bailable. Ni siquiera la estupenda contaminación del lenguaje sincopado, en esencia, del hip hop y su altavoz en formas de rap, quedó al margen de recurrentes prejuicios anglófilos. Todo iba, y era previsible, camino de cierta marginalidad. Apenas otra reseña más en la esquina de los anaqueles latinos (a lo peor, con la etiqueta “latin”). Hasta que algunos francotiradores de la primera división de la salsa, Rubén Blades y Papo Lucca, Oscar D´León y Papo Vázquez, saltaron como leones al rescate. Contra el tópico que ellos mismos padecieron por años. Y revindicaron a este puñado de muchachos nuevos que llegaban cantando las cuarenta desde el barrio.

El caso más rimbombante en la panoplia de protagonistas de la nueva música urbana latinoamericana está protagonizado por dos músicos de Puerto Rico. Hermanastros, procedentes de un barrio acomodado en la ciudad de Trujillo Alto, en la periferia de San Juan, René Pérez Joglar “Residente” y Eduardo Cabra “Visitante” armaron Calle 13 como respuesta al tedio cotidiano, a cierta necesidad de expresión y a un incipiente interés por la realidad latinoamericana desde el punto de vista de una isla colonia. Y hace una década, cuando el baile (fácil) parecía lo primero y la etiqueta adhesiva del reggaetón parecía material tóxico, el dúo borinquén se inventó aquel Querido F.B.I. que venía a trazar la hoja de ruta para una identidad artística controvertida. Tan dentro del sistema discográfico como sea necesario para combatir al mismo sistema, tan cerca del barrio como sea posible para no desconectar con la realidad latina. Odiados por muchos, adorados por bastantes más, los dos de Calle 13 están a punto de culminar una primera década de existencia. Diez años, cinco discos. El nuevo, Multiviral, es el primero que sale en la disquera de la banda, El Abismo, pero (ay) la revolución continúa bajo el paraguas internacional de Sony Music.

Calle 13 Residente Visitante

Eduardo Cabra levanta la voz para hacerse escuchar. El responsable de los contenidos musicales de Calle 13 atiende desde el aeropuerto de Buenos Aires después de participar en la última edición de Cosquín Rock, el mayor festival de música contemporánea de Argentina. Ya casi no queda rincón latino que no haya visto el energético directo de Calle 13, desde el solar marginal a la dorada plataforma de los Grammy: diecinueve desde Atrévete-te-te. ¿Esperaba tanto en tan poco tiempo? “No sé qué decirte. Todo ha sido una mezcla de sorpresa y de casualidad, pero creo que también es el resultado de mucho compromiso. Todavía surgen algunas mezclas con influencias musicales nuevas que aún nos sorprenden, cosas que ocurren sin que las esperemos. Y con este nuevo disco hemos tenido la mejor respuesta de la gente, más que en ninguno de los cuatro anteriores, y eso aún nos sorprende y nos alimenta las ganas de seguir trabajando”. Puede ser. Aunque quizá el quid de Calle 13 sea esa capacidad enorme de hacer pasar por pura casualidad lo que, desde lejos, se antoja una estrategia perfectamente armada. Visitante dice que no, que el grupo se mueve por impulsos. A ritmo de sorpresa. “Valoramos mucho el factor sorpresa, la sorpresa y el hambre para seguir adelante sin quedarnos en el mismo sonido de cualquiera de nuestros trabajos anteriores”, argumenta Eduardo Cabra. “Hemos hecho cada disco con una gama de sonidos distintos y así queremos continuar”.

ResidenteSin embargo, Multiviral ha roto con la norma no escrita en el grupo de trabajar las nuevas canciones durante la gira del álbum anterior, como ocurrió con Los de Atrás Vienen Conmigo (2010) y Entren Los Que Quieran (2012). “Por primera vez hemos parado un año completo para poder trabajar en el disco. Ha sido mucho trabajo de estudio, mucho esfuerzo para pensar bien sobre nuestra relación con la música y con la escena musical”, explica Visitante. “Y creo que este disco es bien personal, un trabajo en el que se ha traducido nuestra etapa vital como personas. Ahora no siento que haya algo mal puesto, que falte o que sobre algo, estamos totalmente satisfechos del resultado en letras y músicas”. Con este equidistante reparto de papeles, Residente en las letras y Visitante con las músicas, ¿cómo se trabaja? ¿Cómo nace una canción de Calle 13? “Trabajamos cada uno en nuestro campo, mi hermano en las letras y yo en las músicas”, explica Eduardo Cabra. “En eso no ha habido cambios desde el principio del grupo, aunque sí creo que en este nuevo trabajo hay mucho más respeto entre una parte y la otra. Algo similar ya nos ocurrió en temas anteriores, en La Bala, por ejemplo”.

El reparto se hace en casa, pero resulta que la casa de Calle 13 no es una casa cualquiera. En un hogar de matrimonios cruzados, Residente y Visitante crecieron en medio de una negociación constante. Para no pelear había que transar (“la familia ha sido siempre un gran foco de aprendizaje, son cosas que a cualquiera cambia como ser humano, pero creo que, como en la vida, en la música y en el mundo que nos rodea estamos manejando bien las cosas”), así que los pibes se acostumbraron pronto a la diversidad social y cultural. En el respeto al otro. Y de ahí, aseguran, nace la curiosidad por lo ajeno, esencias que tan bien quedan plasmadas en los contenidos musicales de Calle 13, casi siempre cotizando alto por encima de las letras adhesivas. “Antes de empezar a viajar fuera, yo tenía la sensación de que ya vivía en un continente, cuando en realidad lo hacía en una isla. Una isla que, además, es una colonia. Luego, al comenzar a actuar fuera de Puerto Rico, las distancias se te van haciendo más cortas, empiezas a pensar en una clave más amplia, en clave de América Latina. Y aprendes de la historia, de los aciertos y los errores ajenos. Salir de la isla ha sido fundamental, se ve con claridad entre el primer y el segundo disco”.

Mexico News - May 18, 2009

Con Multiviral las fronteras se difuminan aún más. Residente vive ahora entre Puerto Rico y Buenos Aires, Visitante reside entre la isla y La Habana. Cosa de amores. “La vida es influencia continua para la música, y el rumbo de nuestras cosas marca también las canciones”, indica Eduardo Cabra, que ha introducido ecos de chancletas de palo de la conga cubana en la pieza Cuando los pies besan el suelo. Es otra marca de la casa Calle 13: pensar el disco como obra global, y no mero material para el despiece en singles de éxito. “Creo en el álbum como un libro de diferentes cuentos. Como en el disco blanco de los Beatles, como Buscando América de Rubén Blades. Nunca me gustaron ese tipo de discos que parecen diez o doce balas perdidas. Para mí, la música son sensaciones”.

Empero, para buena parte del público mandan las letras y Multiviral abunda en reivindicación. Planea un cierto riesgo de sobreactuación. En Adentro, por ejemplo, Residente parece curarse en salud y salir en autodefensa: “unos me llaman comunista, demagogo cien por cien”. ¿Una disculpa, quizás? “Depende de cómo cada persona escucha las canciones, cómo escucha las músicas y asume las letras. Pero creo que hay una buena comunicación entre los dos campos”, explica su medio hermano sin que la cosa suene a excusa. Nada de eso. “Ahora mucha gente ha agarrado así este disco, pero creo que había más compromiso en el anterior. Multiviral  es más de ideas existenciales, más de pensar que de reivindicar. Ya no es tanto ser un dedo acusador sino tener más conciencia de que todos somos parte de los problemas”. ¿Y no hay riesgo de que el mensaje, tan torrencial, solape a la música y que el público se canse de los pareados consonantes de Calle 13? “No lo creo. Los dos estamos cómodos cada uno en su área. No veo las letras de mi hermano como una amenaza para lo que deben ser las músicas de Calle 13. Sé que sus letras agarran a la gente, aunque también estoy muy seguro de la calidad y de la diversidad de nuestras músicas”. Vamos, que la fiesta del reggaetón queda lejos… “El reggaetón ha quedado como otro género musical más, un género que se utilizó durante una época para experimentar en la propuesta de Calle 13, como también se hizo con la bossa, el tango, la chacarera o el rock. Todo va bien con el reggaetón”.

Calle 13 WikiLeaks

Con Assange y Galeano: conciencia ambulante

Como en un bolero, no se sabe si es por amor o por dinero. En el mapa de Calle 13 la asociación con artistas ajenos al campo de acción musical del dúo de Puerto Rico es una constante nutritiva. La senda arrancó con amigos (Tego Calderón, Julio Voltio) para pronto dar el salto latino (Bajofondo Tango Club, Orishas, Vicentico, Café Tacuba) e incluso español (Mala Rodríguez). También con pesos pesados de la salsa como Rubén Blades o héroes más o menos vecinos (Omar Rodríguez López, Seun Kuti, Susana Baca, Totó la Momposina, Maria Rita). Y Multiviral no es una excepción. El disco incluye alianzas con el cubano Silvio Rodríguez en una delicia titulada “Ojos Color de Sol”, golosinas declamadas por el escritor Eduardo Galeano (El Viaje) y por John Leguizamo (Stupid Is as Stupid Does) y cameos de Diplo y Biga Ranx (Perseguidos).

Pero nada tan fluorescente como el tema que titula el álbum, escrito en Londres con Julian Assange durante su reclusión en la embajada de Ecuador y la laudista palestina Kamilya Jubran, grabado en California con Tom Morello (Rage Against The Machine). “Discutimos mucho a la hora de decidir las colaboraciones para cada disco, porque son un aspecto muy importante de nuestro trabajo”, indica Visitante, para el que la “prioridad absoluta” en cada alianza es que la música responda a las letras. Sin soltar prenda sobre el inefable Assange, para eso ya está Residente (“quisimos hacer más grande su protesta contra las violaciones de los derechos humanos que comete el gobierno de Estados Unidos contra el mundo”, señaló el vocalista en entrevista con Democracy Now!), Eduardo Cabra prefiere subrayar el valor de lo musical y, agit-prop aparte, la colaboración con el vate cubano fundador de la nueva trova. “Fue muy chévere trabajar con un excelente músico como él, lo admiramos mucho. A Silvio lo conocimos en Cuba y bien pronto ya acordamos la colaboración. Primero enviamos la letra y luego trabajamos juntos. Colaborar es una cosa bonita de la música, y siempre intentamos estar bien rodeados”.

Publicado en la revista Rockdelux en abril de 2014

Músicas populares… cuando el tamaño no importa

26 Jul

zydeco

por Carlos Fuentes

“La miel nunca es buena en una sola boca”. Ali Farka Touré solía repetir este viejo proverbio africano cuando le preguntaban por el motivo que le llevaba a salir de su pueblo, Niafunké, en el desértico norte de Malí, para enseñar al mundo dónde nació el blues. Y explicaba el carismático guitarrista malí que la música popular, en su más amplia extensión, sólo cumple su papel de altavoz de los pueblos cuando sirve para tender puentes con otras regiones, con otras culturas. Hasta aquí, todos podríamos estar de acuerdo. Pero la pregunta aún sigue sin encontrar una respuesta justa: ¿Qué es, en verdad, música popular?

Si respetamos el valor semántico del término popular, las músicas tradicionales son aquellas que han logrado llegar a nuestros días después de cubrir una ruta con mil etapas, de generación en generación, para ofrecer un retrato sobre las costumbres, aspectos étnicos y hechos relevantes de la historia de los pueblos que las albergan. Hasta aquí, otra vez, todos de acuerdo. Pero, ¿son entonces músicas tradicionales el flamenco de España, el tango de Argentina, el soukous de Congo y, ejem, el rock de Estados Unidos? Sin duda. Como también lo son la bossa y el samba en Brasil, la cumbia en Colombia, la plena en Puerto Rico, la guajira, el son y el bolero en Cuba, la ranchera en México, el chaabi en los países del Magreb, el ágil mbalax en Senegal y la marrabenta en Mozambique.

music stampsHasta aquí llega el consenso. Pero, ¿qué papel juega ahora la música popular? ¿Son buenos tiempos para la lírica que nace en las calles, en los bares y en las fondas? Podemos convenir, que no es poco, que las músicas populares están disfrutando del respeto creciente del público mayoritario. No es casual que este giro a las raíces coincida ahora con el mayor auge de la técnica y la tecnología vinculada a la creación sonora. Hace unos meses, un portal de subastas puso a la venta una copia del primer álbum de Ali Farka Touré, editado en Francia a finales de los años 70, de tirada mínima y nunca más editado en disco de vinilo. Tras una semana de pujas, el disco grande superó un precio de cien dólares. E igual revalorización de lo antiguo disfrutan nuevas ediciones en formato digital de grabaciones africanas, latinas o europeas de difícil acceso hasta entonces. Por no hablar del giro vintage que han experimentado campos que definen la identidad y los hábitos de un colectivo como la alimentación, el vestuario, las lecturas, el cine o los viajes. Hoy mola lo viejo, y mola lo viejo porque, digamos, es auténtico. Se regresa al mueble de madera noble después de que nuestra generación anterior, nuestros padres, malvendieran el viejo arcón de la abuela para poder comprar una librería de contrachapado. Una mesita de metacrilato.

Hasta aquí esta somera observación sociológica, un arrebato de antropología. Porque usted se preguntará: ¿no veníamos aquí para leer sobre música? Sí, faltaría más. Pero primero hay que saber de dónde venimos para atisbar hacia dónde nos dirigimos. Podemos coincidir, si no es mucho pedir, que la actual era de velocidad con banda ancha y conexiones inalámbricas portátiles, en tiempos de wi-fi callejero como servicio público, está determinando pautas de consumo y de producción de bienes. Tangibles o no. Y es un mercado sobreexcitado el que contagia la confusión entre contenido y continente. Hoy, a lo peor, parece que es (mucho) más importante comprar un dispositivo digital que sea capaz de almacenar más de un millar de discos que velar por la calidad de las doce mil canciones en cuestión. En los tiempos del trending-topic diario parece que el motivo de orgullo está en el tamaño de la herramienta y no en su buen uso.

samba brazilQuizá por esta corriente cultural contagiosa, más pendiente de las formas que del fondo, la reacción del consumidor de música con fundamento lucha ahora por evitar lo que el anterior ministro brasileño de Cultura y unos de los padres fundadores del tropicalismo, Gilberto Gil, denuncia como “econometría” feroz de la dictadura del capitalismo: “una econometría que mide todo y que provoca un cambio extraordinario en el alma humana, en la psique y el cuerpo humano”. Pero no todo progreso es malo. El paulatino abaratamiento de los medios de grabación y producción musical también ha ayudado a la recuperación y, por qué no decirlo, puesta en valor de las músicas tradicionales. Ya no hace falta movilizar a un regimiento de ingenieros de sonido para viajar hasta los centros comunales de conservación e interpretación de las músicas populares y lograr enseñar al mundo que abundan músicas por descubrir más allá de las ciudades de distribución del primer mundo. Otra vez Ali Farka Touré, el recuerdo de un músico genuino y sincero: “la miel nunca es buena en una sola boca”.

Porque si hay algo mejor que la música, como solía decir el productor Mario Pacheco (a quien van dedicadas estas líneas apresuradas), ese algo mejor es hablar de música. Y conversar sobre música significa continuar hasta el infinito la cadena oral de transmisión de unos sonidos populares que llegaron una vez al mundo para hacer la vida más interesante y entretenida, para tejer toda una memoria colectiva y sentar acta del desarrollo de los pueblos que las albergan. Ya se lo recordó Quincy Jones hace unos meses al periodista Carlos Galilea, apelando a un viejo consejo que el productor de Thriller (el disco más vendido de la historia, verdadera crónica popular contemporánea) recibió del saxofonista Ben Webster: “Allá donde vayas, escucha la música que escucha la gente del lugar, come la comida que comen, y aprende treinta o cuarenta palabras de su idioma”. Para continuar alimentando la cultura popular…

Publicado en el anuario de la SGAE en 2011

El día que el Che Guevara paseó de turismo por Madrid

30 Mar

Che Guevara en Madrid 1959

Por Carlos Fuentes

La muerte de Hugo Chávez ha devuelto a la iconografía política buena parte de su potencial popular, su indiscutible relevancia en las calles de América Latina. Por encima de Perón, Sandino, Zapata e incluso de Bolívar, el rostro combativo del presidente de Venezuela se equipara al de su sobreviviente mentor cubano, Fidel Castro, y quizá se gane un lugar en el altar revolucionario que preside el retrato que Korda hizo al Che Guevara en 1960. Meses antes de la foto crucial en La Habana, que luego pobló pisos universitarios y ondeó en cualquier lucha por una causa perdida, un reportero madrileño había cubierto, en exclusiva, la primera visita del Che a España. Fue en junio de 1959, pleno Madrid franquista. El dirigente cubano hizo turismo por un día, visitó plazas de toros y avenidas, compró en Gran Vía y evitó cualquier contacto político. De esa visita histórica, el primer viaje de un líder de la Revolución al extranjero, quedó un puñado de fotos que permanecieron inéditas hasta 1996. Entre ellas, un retrato del Che en la Ciudad Universitaria de Madrid: quizá la imagen que mejor condensa rasgos y actitudes en aquel guerrillero heroico que murió fusilado en Bolivia en 1967.

César Lucas tenía dieciocho años y siete días. Quería ser fotógrafo de prensa, reportero gráfico, y ya se había ganado un puesto en la agencia Europa Press. Junto al periodista del diario Pueblo Antonio Olano, que había conocido al Che durante los días de Sierra Maestra, el 14 de junio de 1959, ocho de la tarde, recibió al viajero cubano en el aeropuerto de Barajas. Ernesto Guevara, el Che, había sido despedido en La Habana con honores de comandante al comenzar el periplo internacional que suponía la presentación del nuevo régimen cubano en el exterior. Un viaje oficial de once semanas de duración por Siria, India, Birmania, Japón, Indonesia, Ceilán, Pakistán, Yugoslavia, Sudán y Marruecos. El primer destino era El Cairo, lo que obligó al Che a hacer una escala técnica en el Madrid de 1959. La capital de la dictadura de Francisco Franco, caudillo por la gracia de Dios, quien el 2 de abril había inaugurado la tumba de José Antonio Primo de Rivera en el Valle de los Caídos. El 31 de julio iba a nacer el grupo terrorista ETA y, a final de año, el presidente norteamericano Eisenhower llegaría en visita relámpago para, a la postre, avalar la continuidad franquista.

César Lucas foto Che

A esa España de penurias llegó el Che Guevara con un permiso de estancia de veinte horas, con la única condición de no protagonizar actos políticos. “Fuimos a su hotel en Plaza de España y luego a cenar, él no quería dormir por tener la hora cambiada por el vuelo. Y nos acercamos a la Casa de Campo, a una feria de productos agrícolas regionales”, recuerda César Lucas. A bordo de varios taxis, el Che Guevara, Antonio Olano y César Lucas, también la escolta oficial del líder cubano (el capitán Omar F. Cañizares contaría luego el periplo en su libro Primer viaje del Che al exterior), visitaron a primera hora la ciudad en un domingo de verano. Pasearon de amanecida por la plaza de Oriente, el Palacio Real, varios campos de deporte y la plaza de toros (en Vistalegre, con el Che pisando el albero). “Quiso visitar la Ciudad Universitaria para ver la Facultad de Medicina, pues él era médico de formación”, indica César Lucas ante la imagen más icónica de la visita del Che a Madrid. Su foto de la mañana del 15 de junio de 1959.

Es una foto redonda, aunque su autor la tomó en formato vertical. Con la luz de la primera hora, Ernesto Guevara de la Serna, 31 años, aparece en un cruce de calles. Uniforme verde olivo y botas militares. En dirección contraria al letrero para los peatones. De gesto marcial con la mano agarrada al cinturón, la otra apretando un periódico. Detrás, al fondo, un autobús que se marcha hacia no se sabe dónde, y el franquista Arco de la Victoria, al que el Che da la espalda. Pocas imágenes condensan tanto la controvertida personalidad del retratado. César Lucas sonríe: “Cuando esta foto salió a la luz en la exposición de 1996 un historiador de la fotografía diseccionó así esta imagen, pero yo lo único que recuerdo cuando la tomé es que no quería que la cámara se moviera por nada del mundo”. La mejor foto madrileña del Che Guevara se tomó con una suerte de ingenio y destreza. Su autor aprovechó el giro de su cámara Rolleiflex para ampliar el alcance: “Eran las siete de la mañana y yo tenía que hacer ver que estábamos en Madrid, que el Che estaba en Madrid”, recuerda César Lucas, “levanté la cámara para poder coger el Arco de la Victoria al fondo y disparé”. Y así hasta completar 42 fotos con cuatro rollos de película en blanco y negro.

Che Gran Vía MadridDe Ciudad Universitaria a Gran Vía, desayuno caliente en la cafetería California y primera anécdota callejera. “En aquellos momentos no había mucha gente que conociera en España las caras de los revolucionarios cubanos, sólo sabían que eran barbudos, así que por la calle escuchabas a peatones decir “mira, esos deben ser los cubanos y el de la gorra debe ser Fidel Castro”, porque entonces pocos sabían quién era de verdad el Che Guevara”, explica César Lucas. “La gente se descolocaba al ver al Che en el Madrid de Franco, perdido en medio de una calle desierta sin saber muy bien adónde ir. Era una imagen con algo de surrealismo”. En el café California, empero, una camarera reconoció al guerrillero cubano e incluso se hizo una foto con él a pie de barra. En esa instantánea con Carmen Muñoz el Che posa despistado, ausente, sin mirar a cámara. “No era muy hablador, sí buen observador, con preguntas interesantes. Tosía bastante, por lo bajo, pero con nosotros fue simpático y cordial. Eso sí, no era muy hablador”, recuerda su fotógrafo español. César Lucas también captó al Che Guevara durante la compra en Galerías Preciados, que abrieron en domingo festivo para él, de una máquina de escribir antes de retomar viaje hacia El Cairo. Ernesto Guevara volvería a pasar por Madrid en su viaje de regreso a Cuba (repitió por tercera vez en 1965, ya disfrazado como el uruguayo Ramón Benítez en su camino hacia el Congo). Pero guerrillero y fotógrafo nunca volverían a coincidir. “Al llegar al aeropuerto me preguntó si fumaba y al decirle sí sacó tres puros de su chaqueta. Me los regaló y yo me los fumé”, recuerda César Lucas.

César Lucas (mosaico Che en Madrid 1959)Fue el único producto de la compañía del Che porque el reportaje gráfico de César Lucas nunca se publicó. “Salió una nota pequeñita en el diario Pueblo, aunque sin foto de la visita”. Así hasta su redescubrimiento público en 1996 a raíz del proyecto sobre la historia visual del franquismo Las fuentes de la memoria. “Con las fotos del Che Guevara en Madrid no gané ni un duro, pero me han proporcionado muchos recuerdos, satisfacciones y prestigio profesional. Pero nunca me han reportado beneficios crematísticos ni yo los reclamo”, explica Lucas, autor también del polémico desnudo de la cantante Marisol para la revista Interviú en 1976, luego primer jefe de fotografía en el diario El País y en varias publicaciones del Grupo Zeta. “Vivimos una gran época para el periodismo en España, cuando se trabajaba en una redacción de periodistas y no en una oficina. Fue un privilegio vivir la profesión en aquellos momentos de finales del franquismo y la llegada de la democracia, esos días se empezaban a abrir las ventanas, aunque duró poco”, reflexiona César Lucas sin excesiva amargura, quizá sí cierto desencanto porque los tiempos ya no vuelven: “El periodismo se empezó a joder cuando el control de los medios lo cogieron los comerciales en vez de los periodistas”, remacha el veterano fotoperiodista mostrando su retrato madrileño del Che. Aquel día del verano de 1959 en que Ernesto Guevara pisó la España franquista y le dio la espalda al triunfo.

Publicado en el diario Zoom News en marzo de 2013