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Cesária Évora: “África se merece una vida mejor”

7 Dic

Cesária Évora

por Carlos Fuentes

En la distancia que impone una conversación telefónica, la voz de Cesária Évora suena cansada. Pero también suena feliz. Es lunes y la cantante africana que con su música de melancolía y nostalgia ha puesto en el mapa de las músicas del mundo al humilde archipiélago de Cabo Verde está satisfecha. En febrero [de 2004] recibió el premio Grammy al mejor disco contemporáneo y el pasado sábado recogió en París el premio anual Victoria que concede la música francesa.

Ambos reconocimientos llegan por Voz d’amor, su noveno disco, que presentará en concierto en el Auditorio de Tenerife. Cesária Évora nació en la ciudad marinera de Mindelo, en la isla de São Vicente, y tiene ahora 62 años. Aunque han sido los últimos diez los que han marcado la vida de esta mujer que, pese a ganar con el tiempo cariños y reconocimientos, no renuncia a sus raíces, a vivir en su pueblo natal. Huye del falso halago y de creerse más que otros caboverdianos como Teófilo Chantre, Biús, Tito París o Simentera. “Prefiero pensar que, por fortuna, mis músicas han servido para abrir puertas a otros artistas de mi país, que han tenido la oportunidad de emprender carreras en el mercado occidental”, explica desde París.

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Con cuatro millones de discos vendidos en todo el mundo de sus ocho álbumes anteriores, la cantante de Cabo Verde a quien la crítica de París bautizó “la diva de los pies desnudos” tras su aparición en 1993 con Sodade valora el interés que su música ha merecido en la última década. “La acogida de Voz d’amor está siendo muy cálida”, asegura, “durante la promoción internacional estoy comprobando que el público está pendiente de lo que hago y satisface comprobar una vez más el aprecio que tiene el público europeo por mi música”.

Inmersa en una nueva gira europea, que hasta finales de abril la llevará a países como Alemania, Lituania, Estonia, Bélgica y, en especial, a Francia, donde ofrecerá trece recitales (con tres noches consecutivas en el teatro Grand Rex de París), Cesária Évora mantiene su devoción por las gentes de Cabo Verde, los primeros que disfrutaron de su moma melancólica en las tabernas portuarias de Mindelo. “Tengo buenos recuerdos de mi tierra porque todavía vivo allí, aunque salga a cantar a muchos sitios en el extranjero”, señala, “sé que en el mundo hay muchos lugares bonitos, pero prefiero seguir viviendo en mi pueblo, en mi casa, porque allí tengo mis raíces”.

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Observadora privilegiada de la evolución de los países africanos poco favorecidos, Cesária Évora es consciente de que la visión idílica, romántica, que sus canciones ofrecen de África no se corresponde, por desgracia, con la realidad. De las plagas de corrupción, las guerras y el subdesarrollo, la cantante caboverdiana habla con tristeza, pero con esperanza de prosperidad. “Espero que las cosas cambien para mejor, pero desgraciadamente no puedo influir en los problemas que ocurren en el mundo”, asume, “aunque tengo esperanza de que esta situación mejore, sobre todo para África. Todos los pueblos de África se merecen una vida mucho mejor”.

El trasiego internacional por los escenarios de medio mundo no impide que Cesária Évora tenga una visión real de la inmigración clandestina, quizá el mayor mal que asola a los jóvenes africanos. ¿Actúa Europa con justicia ante el drama del nuevo siglo? “La actitud siempre podría ser mejor, pero en mis viajes compruebo que, no sólo los africanos sino otras personas, han encontrado una oportunidad para mejorar sus vidas en Europa y en América”, explica quien hace unos años fue confundida con una emigrante irregular en el bulevar de Cartagena. “Estos viajes son buenos para el progreso de África: sus pueblos pueden ver que existe otra forma de vida, creo que hay sitio para la comunidad africana en estas sociedades”.

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Además del compromiso africano, Cesária Évora ha prestado su voz y sus canciones a experimentos modernos. En 2003 artistas electrónicos como Carl Craig, 4 Hero o Señor Coconut remezclaron piezas como Angola, Bésame mucho y Miss Perfumado para el disco Club Sodade. “No es mi estilo original, pero creo que ayuda a lograr un mayor interés de las nuevas generaciones, a ampliar el destino de mis canciones y de mi voz”, dice divertida la cantante, “y estoy feliz por ello, pero es evidente que ese no es mi estilo de hacer música”.

Más cómoda se siente Cesária Évora con socios musicales más naturales como el brasileño Caetano Veloso (Regresso), el pianista cubano Chucho Valdés (Negue), el maliense Salif Keita (Yamore) o Jacques Morelenbaum (Café Atlántico). “Todas fueron buenas experiencias porque ayudan a ampliar las influencias en la música, en la mía y en las de ellos”, asegura la caboverdiana para recordar su dúo con el cantautor Pedro Guerra en la canción Tiempo y silencio, de su disco São Vicente di Longe. ¿Existe una particular sensibilidad isleña? “Hay muchas similitudes, en las culturas y en los instrumentos que usamos”, reflexiona Cesária Évora, “porque nuestras culturas son muy parecidas y cantar con él fue una experiencia muy bonita”.

Siempre generosa, Cesária Évora habla con cariño sincero de los amigos que le ha regalado la música, pero no se olvida del público. De su público, al que nunca ha dado la espalda pese al aluvión de músicas étnicas que abundan en los anaqueles. ¿Por qué nadie se aburre de Cesária? Ella se quita méritos: “Es el público el que te lleva al éxito y es el público el que sigue queriendo escucharme. No sé decir por qué ocurre, solo que estoy muy contenta de que sea así”.

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Publicado en el periódico Diario de Avisos en marzo de 2004

 

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Películas para vivir después de la guerra en Sarajevo

8 Jun

Sarajevo Film Festival

por Carlos Fuentes

Conmueve ser testigo del renacimiento de Sarajevo, la última ciudad mártir de Europa. Ver que sus cuatrocientos mil habitantes pueden pasear en libertad, sentarse en alguno de sus frondosos parques y, quienes lo deseen, incluso pueden ir al cine. Se emociona el visitante cuando recuerda que entre 1992 y 1996 la capital de Bosnia-Herzegovina sobrevivió a un cerco infernal impuesto durante mil días por el Ejército serbio. Ahora, tras el silencio de las bombas y de los francotiradores, el cine regala ilusión cada verano en este cruce de culturas en el corazón de Europa. Conviene recordar los tiempos del martirio para calibrar la magnitud del reto que representa armar un festival cultural en una ciudad que solo lleva dos décadas de vida nueva después del naufragio.

Entre el domingo 5 de abril de 1992 y el jueves 29 de febrero de 1996, militares serbios bajo mando del político Radovan Karadzic y a las órdenes militares del general Ratko Mladic sometieron a tortura a una ciudad que apenas una década antes, en febrero de 1984, había albergado los Juegos Olímpicos de Invierno. Fueron tres años, diez meses, tres semanas y tres días entre violencia cotidiana, vesania premeditada y falta de atención por parte del mundo político occidental a los gritos de auxilio de más de cuatrocientos mil sarajevitas. Los seres humanos que integraban las tres etnias de la región, bosniacos, serbios y croatas, que hasta ese día habían convivido en paz. Resultado: más de cinco mil civiles asesinados y ocho mil soldados muertos.

logo Sarajevo Film Festival

Apenas encauzado el periodo bélico, un grupo de activistas culturales logró poner en marcha un festival de cine en octubre de 1995. No eran tiempos fáciles: el sitio serbio seguía en vigor, apenas congelado durante el proceso de negociaciones forzado por Estados Unidos y una avergonzada comunidad internacional. Desde aquella primera edición del Sarajevo Film Festival, a la que asistieron quince mil personas para contemplar películas procedentes de quince países, el certamen sarajevita no ha perdido su vocación inicial: utilizar el cine, y por extensión la cultura, como herramienta terapéutica útil contra el recuerdo del dolor, contra la ausencia de familiares y la pérdida de amigos.

Para ello, alrededor de un centenar de títulos distribuidos en ocho secciones aspiran ahora a reunir a más de cien mil espectadores en la capital bosnia. Inaugurado el pasado miércoles con la proyección en un gran auditorio a cielo abierto con la película Cuentos sobre la edad dorada, del realizador rumano Cristian Mungiu, ganador hace dos años de la Palma de Oro del Festival de Cannes por su estremecedor relato de la época de abortos clandestinos en la Rumanía de Ceausescu (Cuatro meses, tres semanas, dos días), el festival concluirá el jueves con el pase de El luchador, la resurrección cinematográfica del actor Mickey Rourke, quien tiene previsto asistir al certamen bosnio.

La cita cinematográfica de Sarajevo está lejos de cumplir con convenciones del cine comercial. Ni en continente ni en contenido. La alfombra roja está reducida a un mínimo paseo por las escalinatas del palacio de estilo neoclásico que alberga las oficinas y la programación no tiene espacio libre para concesiones comerciales. En esta edición de 2009, el grueso del programa está dedicado a nuevas producciones realizadas en los países de los Balcanes. De Bosnia a Serbia pasando por Eslovenia, Rumanía, Bulgaria, Croacia, Montenegro o Macedonia. De hecho, el Sarajevo Film Festival toma el pulso anual al estado de salud del cine centroeuropeo, gran desconocido en las pantallas del sur del continente. Y, a veces, salta la sorpresa.

Quizá los dos mejores precedentes de éxito en el festival de cine bosnio hayan sido En tierra de nadie, la película del director Danis Tanovic que después de su estreno en el 2001 terminó por obtener el Oscar a la mejor película en habla no inglesa; y el largometraje Grbavica, la crónica desgarradora de las violaciones masivas como arma de guerra durante los conflictos bélicos en la antigua Yugoslavia que la directora bosnia Jasmila Zbanic dirigió en 2005. Una película estremecedora que no deja de ser un ajuste de cuentas al estar localizada y rodada en el barrio homónimo próximo a la sede del festival sarajevita. Con ella Zbanic obtuvo el Oso de Oro en el Festival de Berlín.

Otros compañeros de viaje en el palmarés del Festival de Cine de Sarajevo han sido largometrajes de directores tan recomendables como el danés Lars Von Trier (Rompiendo las olas), el argentino Juan Villegas (Sábado) o el británico Michael Winterbottom (Camino a Guantánamo). Junto a países de consolidada producción cinematográfica, España aporta cada año algún título al festival bosnio. En esta edición, además de alguna coproducción con países latinoamericanos, el cine nacional cuenta con el cortometrajista Chema García Ibarra: estrena el filme de animación El ataque de los robots de nebulosa-5.

En la ciudad de Sylvia

En ediciones recientes, el Festival de Cine de Sarajevo ha programado varias películas españolas. Muy buena aceptación logró el director catalán José Luis Guerin con su largometraje En la ciudad de Sylvia, que fue exhibido en la edición de 2008 dentro de la sección Panorama. En aquella ocasión, Guerin no pudo asistir al certamen sarajevita por encontrarse en la fase previa de rodaje de su nuevo proyecto, Guest. “No estuve en Sarajevo, pero siempre es bueno que tus películas se vean fuera, en otros países. Más importante todavía si En la ciudad de Sylvia se proyecta en un lugar tan especial como Sarajevo”, explica Guerin, director de En construcción, en conversación con este diario.

El cielo gira

Otra reciente experiencia bosnia con acento español estuvo protagonizada hace dos años por la directora Mercedes Álvarez. Su documental El cielo gira se proyectó tras el interés mostrado por el coordinador del Festival de Cine de Sarajevo ante la historia de Aldeaseñor, un pueblo situado en los páramos altos de Soria en el que apenas quedan catorce vecinos. Debido a la enfermedad de un familiar, Mercedes Álvarez tampoco pudo acudir al festival bosnio, pero no por ello guarda un recuerdo amargo. Al contrario, según la información recibida de la organización del certamen bosnio, El cielo gira cautivó al público de un país en el que más de la mitad de sus habitantes aún vive del trabajo agrícola. Quizá porque no haya nada más grato que ver en la gran pantalla vidas ajenas que se parecen a las nuestras.

Publicado en el periódico El Norte de Castilla en agosto de 2009

 

Medallas comunistas entre risas y zapiekanka en Polonia

13 Jul

grafiti Cracovia

por Carlos Fuentes

A Dorota Malecka los mercadillos populares le saben a días de encuentros con sus amigos, domingos de vida social al sol. Porque en su ciudad, Cracovia, en el sur de Polonia, siempre fue así: “Cuando era pequeña, mi madre casi siempre lo compraba todo en el mercadillo. En nuestro barrio había uno con mucha comida (fruta, verdura, quesos, flores…), pero también algo de ropa y cosméticos. Era como el prototipo de los centros comerciales de hoy”, explica esta joven polaca, que cursó Sociología en su ciudad natal antes de trasladarse a Bilbao para estudiar en la Universidad de Deusto. Ahora Dorota Malecka, de 26 años, aprovecha sus visitas a Cracovia para ponerse al día con familiares y amigos.

zapiekanka

“Antes todos comprábamos muchas cosas, pero ahora la función de los mercadillos es más que nada social, son un punto de encuentro con los amigos. La actividad comercial en la calle dura unas cuantas horas, así que siempre aprovechas para buscar alguna cosa que necesitas y ver a los amigos. Para bastante gente mayor, el mercadillo sí es más importante. Mi madre va con sus amigas, hablan de sus cosas, intercambian recetas, compran fruta, verdura”, explica Dorota Malecka. “La función de estos rastros es social más que de compra, es un lugar de encuentro con los amigos”.

Hala Targowa Cracovia

También en la añeja Cracovia, Tomasz Lelek suele ir a los puestos callejeros que los sábados se instalan en el animado mercadillo de Hala Targowa, en la avenida Josefa Dietla, frente a la galería Krakowska. Tomasz busca libros, discos y antigüedades entre recuerdos de la época comunista, ropas militares y medallas con la hoz y el martillo. Este joven arquitecto de 28 años participa en movimientos ciudadanos para mejorar su ciudad natal. “Nuestro Proyecto Miejski se abre al ciudadano para recibir propuestas sobre el funcionamiento de los espacios públicos”, cuenta Tomasz Lelek, quien antes de volver a Cracovia cursó estudios de Arquitectura en la Universidad Politécnica de Madrid.

Plac Nowy Cracovia

“Queremos escuchar a expertos, artistas y activistas, pero también a los vecinos de nuestra ciudad”, señala este joven desde Plac Nowy, otro lugar singular de Cracovia. En esta zona del barrio judío, entre sinagogas y lugares de culto, un puñado de antiguos edificios del siglo XVII y XVIII alberga a colectivos de artistas, cafés de ambiente animado y mucha vida nocturna. “Y también hay espacio para venta callejera, tiendas de antigüedades, objetos de colección y puestos al aire libre con recuerdos típicos, verduras y bisutería”, indica Tomasz mientras merienda un zapiekanka. Todo un acontecimiento en Cracovia esta suerte de bocadillo de una sola cara compuesto por media baguete untada con queso, mayonesa o salsa de tomate y surtida de verduras picadas, champiñones o aceitunas. Una receta polaca de comida rápida que hace verdadero furor en los puestos populares que están instalados en el centro de Plac Nowy.

Cracovia coche

¿De dónde viene la tradición polaca por la compra-venta? “Quizá no sea muy diferente a otros países del norte de Europa, donde ahora está muy de moda comprar objetos antiguos y volver a las costumbres de antes, eso que en inglés llaman vintage“, explica Dorota Malecka, que pone como ejemplo de este auge el gran mercado dominical de Kolo, en el barrio homónimo de Varsovia.

Es en la capital de Polonia, en la extensa y bonita Varsovia, donde los paseos entre muebles de época, libros antiguos y jarrones del siglo pasado pueden ser interminables. Y, además, se puede ir a llenar la cesta de la compra. “En un país con tanta tradición agrícola como Polonia, mucha gente aprovecha el día de descanso para pasear con familiares y amigos y para comprar la comida de la semana, en especial verduras, frutas y flores”, explica Tomasz. “Mi madre, por ejemplo, lo hace todos los sábados en Cracovia porque puede comprar directamente al agricultor, los productos son más frescos y a precios baratos”.

Publicado en el diario Público en agosto de 2011

La vieja Lisboa y el sereno encanto de lo antiguo

2 Oct

Por Carlos Fuentes

“Lisboa, vieja ciudad, llena de encanto y belleza…”. Poco ha cambiado el aire amable de la capital de Portugal desde que Amália Rodrigues cantó en 1952 este fado preñado de melancolía por tiempos pasados que fueron mejor. Con medio millón de habitantes (otros tres residen en la región), en Lisboa conviven el pasado sereno y los sueños de futuro, barrios populares tejidos de callejuelas y avenidas nuevas que pregonan grandeza. Huellas vivas de esta ciudad que una vez fue capital de un imperio. Con paseos por lugares donde parece que el tiempo se detuvo, museos clásicos y modernos, el mar y el río siempre cerca, y no pocas paradas estratégicas en comedores de enjundia. Lisboa, la mítica Lisboa, pocas capitales europeas ofrecen tanto al viajero en tan poco espacio.

Conviene decirlo claro: prepárese para caminar. Lisboa son siete colinas y una gran plaza-balcón sobre el Tajo. Y casi cada rincón de esta “vasta, irregular y multicolorida aglomeración de casas”, como escribió Fernando Pessoa, suele despertar la curiosidad del viajero. Conviene, además, ubicarse antes de iniciar la visita: al este, en las colinas de São Jorge y São Vicente, están los barrios de Castelo, con el imponente castillo que el rey João I mandó levantar en el siglo XIV; y los de Alfama y Mouraria, dos de las cunas del fado antiguo en Portugal. El pétreo castillo de los moros y la iglesia de Graça ofrecen una panorámica sin par hacia el otro lado de Lisboa: los barrios Chiado y Alto aparecen derramados sobre otras dos colinas, las de Santa Catarina y de São Roque. En estos cuatro puntos cardinales están buena parte de las razones que nos llevan a Lisboa.

Cualquier viajero atento a la historia comenzará su visita lisboeta en la Praça do Comércio, con 36.000 metros cuadrados una de las mayores de Europa. El Arco Triunfal, de 1875, abre camino hacia la Rua Augusta y al conjunto de ruas y praças que se extienden en llano hasta la estación ferroviaria de Rossio. Es el corazón social de la Lisboa antigua. Con sus escaparates añejos rodeados por tiendas de marca, las plazas de Figueira, Pedro IV y Martim Moniz, las ruas Áurea y Prata. Atrás hemos dejado la Rua do Arsenal, que comunica Comércio con la estación de Cais de Sodré, con breve parada ante el Ayuntamiento para contemplar su preciosa escalinata. Antes de alcanzar el mercado de Ribeira y el jardín de Dom Luis quizá apetezca un tentempié. O una cerveza Sagres en el British Bar, vestigio vivo del bar marinero que fue en los días de esplendor. En la Baixa abundan menús para turistas urgentes, pero también hay casas de comida en las calles traseras, más tranquilas y sinceras con la cocina nacional, destacable en guisos, pescados, quesos, vino bueno y repostería tradicional.

Apetece siempre un café a los pies del Elevador de Santa Justa. Qué ingenio de su tiempo. Con 45 metros de altura, este enjambre de hierro inaugurado en 1901 comunica con el Largo do Carmo, junto al Museo Arqueológico, ya en el barrio de Chiado. Quizá recuerde usted el nombre por el pavoroso incendio de 1988, pero las llamas, por fortuna, son olvido en Chiado. Aquí late el esplendor de la Lisboa de entre siglos. Y el primer brindis está cerca: el café A Brasileira debe su fama a Pessoa, de escultura presente en la acera, aunque el escritor era habitual del Martinho da Arcada, en una esquina de la Praça do Comércio. Sigamos subiendo. En Chiado dos arterias se reparten el interés del visitante: a partir de la plaza Luís de Camões, la Rua Loreto sale del barrio hacia el oeste y permite contemplar, entre otros sitios de interés, la iglesia de Santa Catarina, el Palacio de São Bento, edificio neoclásico donde se reúne la Asamblea de la República y reside el primer ministro, la Basílica da Estrela (1790) y el tranquilo jardín homónimo, inaugurado en 1852 y que posee varias palmeras canarias. También de la plaza Camões parte, hacia el norte, la Rua da Misericordia, de casas azulejadas, siempre imponentes, camino del mirador Pedro de Alcântara.

Viene bien un descanso para contemplar el Castelo de São Jorge, con el inicio de la Lisboa moderna a la izquierda de la vista panorámica. Ya en el Barrio Alto, por el día abundan tiendas nuevas de jóvenes creadores, galerías de arte, restaurantes de clientela fiel y librerías de viejo. También está el Teatro da Trindade y, arriba, el Jardim Botânico con especies traídas de Asia, América, un gran drago y un rato de tranquilidad. De noche todo muda de piel y la vida alegre sale a la calle en el Barrio Alto, con aroma de bares y conversación en sus esquinas de adoquines. Otro vestigio de siglos pasados, el Elevador da Glória (1885), permite salvar la cuesta que enlaza el Barrio Alto con la plaza de Restauradores, cuyo obelisco celebra la independencia de España lograda en 1640. Aquí nace la Avenida da Liberdade, con su bulevar de aire francés que alberga hoteles, tiendas de lujo y espacios culturales. Sobre la plaza del Marqués de Pombal, que emprendió la reconstrucción de la ciudad tras el gran terremoto de 1755, el Museo Calouste Gulbenkian expone obras de Rubens, Rembrandt y Manet, entre otros pintores.

Para visitar Alfama, el tranvía 28 ofrece un viaje estupendo. Un paseo de cine en asientos de madera con un generoso recorrido panorámico urbano a baja velocidad entre los barrios de Estrela y de Graça. La ruta, que ya retrataron Win Wenders (Lisboa story), Alain Tanner (En la ciudad blanca) y João César Monteiro (Va y viene), transcurre por el mirador de Santa Luzia y su balcón sobre el Tajo, el Panteón Nacional (donde descansan estadistas y artistas de alcurnia), la cercana Feira da Ladra (martes y sábados) y la iglesia de San Vicente de Fora, consagrada al patrón de la ciudad, Vicente de Zaragoza, mártir ajusticiado en Valencia en el año 304 y cuyos restos reposan en la cercana Catedral de Lisboa. Desde el mirador de Santa Luzia, escalera abajo, el corazón de Alfama brinda la ruta del fado. Aquí está el museo monográfico sobre la canción de Portugal, rodeado de restaurantes, tabernas y bares donde nació esta música triste de marineros varados en tierra de nadie. El fado, reconocido patrimonio inmaterial de la humanidad hace un año, es el imán musical de Lisboa. En las calles cruzadas de Alfama, entre esquinas de adoquín negro, se escuchan voces de experiencia como Celeste Rodrigues, hermana menor de Amália, que con 89 años aún canta en el club Bacalhau de Molho de la Casa de Linhares, y aficionados al fado vadio en tabernas añejas de la calle São Miguel.

De regreso a la Baixa, con parada en la Casa dos Bicos, construida en 1523 y hoy sede de la Fundación Saramago, un sorbo de ginja (licor de cerezas ácidas muy popular en dispensarios pintorescos en toda la ciudad) nos anima a planificar la excursión a la Lisboa más moderna. Al norte, alrededor de la estación ferroviaria de Oriente, obra del arquitecto español Santiago Calatrava para la Exposición Universal celebrada en 1998, el Parque de las Naciones alberga un imponente Oceanário con peces de todos los mares, un museo de ciencias y la torre de acero Vasco da Gama, con 142 metros el edificio más alto del país. Cerca del Puente 25 de Abril, cuyos 2,3 kilómetros de longitud rinden homenaje a la Revolución de los Claveles del 25 de abril de 1974, concluye un recorrido intenso por esta ciudad detenida en el tiempo. Lisboa, la segunda capital más antigua de Europa después de Atenas.

En tren por la historia de Portugal

Toda visita a Lisboa puede completarse con un par de excursiones singulares. Desde la estación Cais de Sodré el tren viaja por la costa a través de Belém, donde se encuentran el imponente Monasterio de los Jerónimos (1501), la Torre de Belém (1514), el Palacio Nacional (1559), el Monumento a los Descubridores (1960) y el centro cultural CCB (1993). El sabor dulce a la historia lo pone Pastéis de Belém, una longeva pastelería de largos salones y paredes de azulejos que desde 1837 es maestra en esta tartaleta de hojaldre y crema de huevo que anima la merienda. Otra vez al tren para llegar a Estoril, célebre como sitio de exilio en el siglo XX, ahora visitado por su playa de Tamariz con castillo al fondo y por las noches en el Casino Estoril, el mayor de Europa e inspiración para el personaje de 007 del escritor Ian Fleming. La última parada del tren es Cascais, escenario de la vida de la aristocracia portuguesa y sus invitados extranjeros en la primera mitad del siglo pasado. Ciudad amurallada devenida en puerto deportivo, Cascais ofrece calma, buen clima y mejores alimentos. También una conexión directa, a través del Parque Natural de Sintra-Cascais, con la emblemática ciudad de Sintra. La que Lord Byron describió como “la ciudad más bella del mundo” fue fundada en 1154 y hoy protagoniza un caso ejemplar de turismo entre historia y naturaleza. Sus calles empedradas conectan con palacios de fama legendaria como los de la Pena, Queluz y Monserrate, tres vestigios de la historia grande de Portugal.

Publicado en la revista NT en octubre de 2012

Con Ismaíl Kadaré en el agujero negro de Albania

17 Oct

por Carlos Fuentes

El camino que lleva a la casa de Ismaíl Kadaré es una metáfora de su vida. Un trazado sinuoso, escondido en el costado izquierdo de Durres, el gran puerto mediterráneo por el que durante los años 90 muchos albaneses buscaron una vía de escape clandestino del último país comunista de Europa. En esta casa de verano, rodeada de pinos hasta el borde mismo el mar, pasa el veterano escritor los meses de calor. Y con él su familia, aumentada por el retorno de su hija, de su cuñado y de un nieto que no parará de revolotear durante la entrevista. Viven en Estados Unidos. Pero ni la distracción familiar ni los rigores del verano albanés impiden que el oficio literario siga adelante. Ismaíl Kadaré escribe cada mañana, cinco horas al día, con horario inquebrantable, mientras espera el regreso a París, donde reside en invierno desde que hace veinte años solicitó asilo político y consiguió abandonar el feudo del dictador Henver Hoxha. El férreo estalinista que usurpó el poder democrático durante cuatro décadas y que, he aquí otra paradoja, era natural de Gjirokastra, la ciudad bastión del interior del país en la que el nuevo Premio Príncipe de Asturias de las Letras nació hace 73 años, el 28 de enero de 1936.

Las dictaduras y la literatura auténtica son incompatibles”, afirmó entonces el autor de novelas como El palacio de los sueños, Abril quebrado, El cortejo nupcial helado en la nieve o Los tambores de la lluvia. Un escritor genuino, Ismaíl Kadaré, dotado de un ojo de francotirador y responsable de una sólida obra narrativa. Traducidas a más de cuarenta idiomas, sus novelas, ensayos y poemas retratan como pocas han logrado después las pesadillas y los anhelos de los habitantes del último medio siglo en el corazón geográfico de Europa.

Ismaíl Kadaré

Heredero de una tradición narrativa que hunde sus raíces en la Grecia clásica, en Homero, Shakespeare, Cervantes o Chéjov, así como en la literatura de entreguerras en los países balcánicos, con Ivo Andric, Danilo Kis y Milovan Djilas en el friso de los recuerdos, Kadaré fue testigo infantil de los rigores de la violencia fratricida en la península balcánica. Sobrevivió en una ciudad rural que ha visto pasar invasiones italianas, griegas y alemanas nazis. Luego, ya en la capital albanesa, cursó estudios de Historia y Filología en la Universidad de Tirana y se especializó en Literatura internacional durante una breve estancia académica en el Instituto Gorki de Moscú en 1960. Desde la capital soviética regresó a la fuerza cuando la URSS y Albania rompieron relaciones al año siguiente. Empezaba el más crudo invierno albanés. La noche.

Tirana museo Albania

De vuelta a Tirana, Ismaíl Kadaré trabajó en el periódico albanés en lengua francesa Les Lettres y comenzó a publicar sus primeros trabajos poéticos. Su primera novela, El general del ejército muerto, escrita durante su estancia en Moscú, vio la luz en 1963. En la década de los 70, el escritor ocupó un escaño parlamentario como diputado en la Asamblea del Pueblo y se salvó de purgas estalinistas gracias a su incipiente prestigio literario en el extranjero, sobre todo en Francia, y por la amistad personal que mantenía con el hijo escritor del que fue primer ayudante del dictador Hoxha. Desde entonces, la sombra alargada de la colaboración con el sistema comunista le ha granjeado algunas críticas dentro y fuera de Albania. Ganador del Premio Booker Internacional en el 2005 y finalista en 1992 del prestigioso galardón Grinzane Cavour por La ciudad de piedra, Kadaré es miembro asociado foráneo de la Academia de las Ciencias Morales y Políticas de París, de la Academia de las Artes de Berlín y doctor honoris causa por la South East European University de la República de Macedonia.

Reconocido con la Legión de Honor Francesa y candidato frecuente al premio Nobel de Literatura, el próximo viernes recibirá en Oviedo el Premio Príncipe de Asturias de las Letras, otorgado en reconocimiento a su papel de representante de “la cima de la literatura albanesa que, sin olvidar sus raíces, ha traspasado fronteras para alzarse como una voz universal contra el totalitarismo”. Historias balcánicas que han sido traducidas al castellano por el vallisoletano Ramón Sánchez Lizarralde, que en 1993 ganó el Premio Nacional de Traducción por la novela de Kadaré El concierto. “Es un autor que asume y reutiliza la tradición homérica, la épica medieval”, explica su traductor. Kadaré, abunda el jurado del Príncipe de Asturias presidido por Víctor García de la Concha, director de la Real Academia Española, “narra con lenguaje cotidiano, pero lleno de lirismo, la tragedia de su tierra, campo de continuas batallas. Dando vida a los viejos mitos con palabras nuevas, expresa toda la pesadumbre y la carga dramática de la conciencia. Su compromiso hunde las raíces en la gran tradición literaria del mundo helénico, que proyecta en el escenario contemporáneo como denuncia de cualquier forma de totalitarismo y en defensa de la razón”.

¿Se siente reconocido en Albania y, en general, en los países balcánicos?

Me siento honrado por este Premio Príncipe de Asturias, aunque no sea un galardón muy conocido por el público general. Pero la élite intelectual y literaria sí que lo conoce y aprecia lo que significa su reconocimiento”.

¿Y Kadaré es bien conocido en Albania o es una especie de Quijote albanés?

Conozco a Don Quijote, no hay un solo escritor en el mundo que no conozca al Quijote y a Shakespeare. Pero a ningún escritor se le puede comparar con Don Quijote. Ni tampoco con Sancho Panza”.

Kadaré Abril quebrado

¿Qué papel pueden jugar ahora los escritores? Hace treinta o cuarenta años, la labor de un escritor era importante en el plano político. ¿Ahora?

El papel de la literatura no ha cambiado en esencia. Hay que seguir creando aunque en mi caso hayan salido unas obras algo delirantes. Pero todo lo que puedo aportar a mi país es a través de mi obra literaria. Literatura y nada más. Si he desempeñado un papel en otros terrenos es a través de la literatura”.

Pero los creadores también juegan un papel importante a la hora de moldear las actitudes de una persona, de un pueblo. ¿Qué puede hacer un escritor?

No se puede inventar un papel nuevo, no acepto este punto de vista. Creo que existe una especie de malentendido porque si hay una cosa que es global es la literatura. Es la literatura la que ha ayudado a globalizar el conocimiento. Porque la literatura siempre fue global. En naciones distintas, pero cada pueblo que crea una literatura crea para el resto de los pueblos, no sólo para sí mismo. Y no hablo de la literatura pequeña, de la literatura mediocre, sino de la gran literatura”.

Sus libros no son autobiográficos, pero sí están basados en experiencias personales. ¿Cuánto pesa en el escritor su memoria personal y colectiva?

Es la misma verdad para todo el mundo, porque yo no tengo una verdad específica. Y con la literatura ocurre igual, las leyes de la literatura son iguales para todos. No existe nada específico en mi caso”.

¿Qué papel juega el pesimismo en un escritor?

No creo que el pesimismo juegue un papel especial en la tarea de un escritor. El pesimismo forma parte de la naturaleza humana, forma parte de cada uno. Es una dimensión eterna de la humanidad. Es el papel que desempeña la naturaleza en el hombre, como el odio o el amor”.

¿Y no es el pesimismo una buena fuente de inspiración para escribir?

No, no lo creo. La gran literatura está por encima de todo esto, del pesimismo y del optimismo. No conoce optimismo o pesimismo, le son indiferentes. Es la pequeña literatura la que se ocupa de esto y de otras obsesiones del ser humano”.

Kadaré

Pregunté hace años a un famoso cantautor español si es necesario que exista un dictador para que trascienda socialmente la canción de autor. Y para escribir, ¿es mejor sentir una presión política o social encima?

Es un planteamiento muy inocente pensar que un escritor necesita un dictador o tenga que estar bajo presión para ser más lúcido en su labor. Se puede tener una primera impresión de que es necesaria esa constricción, una pérdida de libertad para ser más lúcido, pero en el fondo no es así. Porque, al fin y al cabo, una prisión real o una prisión imaginaria es igual para la literatura. La prisión en la visión global del mundo existe en todos los regímenes porque la tradición de la libertad es algo muy reciente, muy nuevo, en nuestras sociedades. Siempre he pensado que los escritores son capaces de sacar tesoros literarios ya sean felices o infelices. Una situación u otra son muy parecidas. Porque un escritor desgraciado no vale más que un escritor feliz. Las dos situaciones se parecen”.

Camino de esta casa, su editor, Bujar Hudhri, me contaba que su hijo de veinte años le preguntó hace poco quién fue Enver Hoxha. ¿Quién fue Enver Hoxha y cómo era la vida bajo su régimen dictatorial?

Esto no es un problema para la literatura. ¿Por qué los españoles necesitan saber esto para conocer de la dictadura albanesa a través de su literatura? El asunto legítimo es cómo puede percibirse esa situación. No creo que el papel de la literatura sea explicar cómo era un régimen, ya fuera un sistema político dictatorial o liberal. Es algo de cuarto orden que no es muy importante. Como ocurre aquí, en Albania, y en cualquier país del mundo no es normal no saber lo que era la dictadura de Franco. No estoy de acuerdo con esa idea que está tan expandida ahora de que las nuevas generaciones no saben lo que era el comunismo o el fascismo. Depende de que generación se trate. Si hablamos de imbéciles está claro que lo ignoran, pero las personas normales saben quiénes fueron Calígula, César o Nerón. Es igual con la dictadura comunista. La gente juega con esto, parece que nadie entiende quién fue Stalin. Y no es verdad, no es posible admitirlo. Si usted pertenece a una comunidad internacional global, usted está obligado a conocer esto porque es la historia de la humanidad. Es una situación muy triste, así que yo procuro no hablar con gente que no sabe nada. ¿Qué no entiende, qué no sabe? La gente no debe decir que es inocente, que no sabe nada”.

Kadaré Kosovo

¿Fue una buena solución aceptar la declaración de independencia de Kosovo?

Sin duda. Porque la situación de Kosovo era anormal, absurda. Era la única colonia que quedaba en el continente europeo. Y Europa ha equilibrado lo que estaba desequilibrado”.

He pasado unos días paseando por las calles de Tirana, donde ahora hay oficinas de empresas mixtas entre albaneses y serbios, antes enemigos. ¿Cuál es el futuro de la región, del sur de los Balcanes? Porque la política protagoniza primero los conflictos y luego la economía viene a hacer negocios…

No creo que haya relaciones importantes entre los países balcánicos. Serbia piensa que es un gran país, pero la realidad es que es un país pequeño, pobre también, sin importancia. Todos los países balcánicos tienen más o menos la misma magnitud, la misma potencia política y económica, y la misma tradición. Hubo una tragedia en los Balcanes y ahora se ha transmitido una idea falsa porque todos los países son similares. No se puede transmitir desde aquí una idea de grandeza respecto a otros países porque Grecia, Albania, Serbia o Bulgaria tienen más o menos la misma potencia. Hay un equilibro establecido durante muchos siglos que no se puede describir de una manera sencilla”.

¿Es que se han olvidado ya los días de guerra y muerte?

Aquí hubo un conflicto bélico que empezó entre albaneses y serbios, entre serbios y croatas, entre serbios y bosniacos… y Kosovo era la última etapa. No era una guerra tribal ni una guerra religiosa, en absoluto. Los serbios querían decir que era una guerra religiosa pensando que habría gente que iba a apoyar su causa por ser cristianos, al igual que otros apoyarían a los musulmanes. En Albania no se hizo nada con la religión porque se entendió que era una guerra por la libertad. Era sólo un viejo eslogan para esconder que no era un conflicto simétrico. Por un lado había dictadura, Serbia hubo dos estados que se hicieron la guerra. Y en Kosovo no fue igual, no era el mismo marco. A veces se dice que en Kosovo se entremataron, pero no es cierto. Como no se puede defender que en la II Guerra Mundial los alemanes y los judíos se mataron entre ellos. Es una manera de falsificar las cosas, una forma imperdonable de presentar las cosas y dar una visión de la historia totalmente errónea. Ahora existe una cierta propaganda para que se revise la actuación de Europa y de Estados Unidos. No se dice de manera abierta, pero se insinúa que la intervención de la Unión Europea y de Estados Unidos fue un error. Pero yo no lo veo así. Hubiera sido un error si en la ley moral de Europa se hubiera aceptado de nuevo el racismo y que los pueblos no tienen derecho a determinar su destino. Si Europa castigó a Yugoslavia por las masacres fue porque Europa no podía renunciar a esto y volver hacia atrás. Sería muy triste”.

Quizá se castigó a Serbia para evitar males mayores. Quizá porque Europa no se olvida de los Balcanes. Aquí comenzó el siglo XX con el asesinato de Francisco Fernando en Sarajevo y ha terminado con la independencia de Kosovo…

Es justo lo que ha sido la historia de Europa, pero vista de una manera algo poética, romántica, porque la I Guerra Mundial hubiera tenido lugar sin aquel asesinato de 1914 en Sarajevo. Seguro que hubieran encontrado otro pretexto. Es un tema complicado porque existe una contradicción fundamental: por una lado existe una cultura liberal y otra que es conservadora. Es una contradicción esencial que no sé cómo terminará. Cada uno utiliza a Europa contra el otro”.

¿Qué puede aportar Turquía a Europa, y viceversa?

No lo sé. Hay que analizar el mundo de los Balcanes respecto a Turquía. Los turcos reclaman que el término ‘ocupación otomana’ sea sustituido por el de ‘presencia otomana’, pero yo no estoy de acuerdo en absoluto. No se puede cambiar la historia. Los Balcanes y el Imperio Otomano fueron enemigos mortales durante siglos, y ahora no se puede falsificar la historia de manera tan grotesca. Nadie necesita esta falsificación”.

Ismail Kadaré

Usted ha dicho que no hay ningún buen escritor de régimen. ¿Ninguno?

Los escritores oficiales son muy escasos en el mundo, así que no hay que utilizar esta expresión. Es una expresión ridícula. ¿O es que existen escritores oficiales en España?”.

En la España de la dictadura franquista hubo algunos ejemplos…

¿Pero se llamaron ellos mismos escritores del régimen o fue alguien quien los denominó así? En todo caso, no fueron grandes escritores, eran pequeños escritores. Luego estaba la propaganda creada por eslóganes. Si usted quiere hablar contra algún escritor puede decir que era un escritor de Stalin, Hoxha o Ceausescu. O escritores durante el comunismo o el nazismo. Yo nunca fui un escritor oficial, son simplemente calumnias. ¿Cómo podía ser un escritor oficial y escribir un libro como El palacio de los sueños? Después de la caída del comunismo, muchos escritores que eran simplemente escritores fueron objeto de este tipo de calumnias. Todas las policías secretas comunistas tenían poder para calumniar a los escritores, ya fueran locales u occidentales, y tratar de menoscabar el poder de su obra. Imagine usted qué pudieron hacer en los países comunistas. Aquí en Albania, el problema es que no se abrieron los archivos secretos para poder desenmascarar de una vez por todas a los que estaban al servicio del régimen. ¿Por qué? Primero hay una manera de ver la literatura, es decir, sus valores óptimos o mínimos. Los textos literarios de gran valor o de poco valor. Es la primera visión. La otra forma es ver a escritores que estaban al servicio de la máquina de la dictadura. Ésta es la verdadera frontera y no la fantasía. El texto literario, por un lado, y la moralidad que viene de los archivos secretos, por otro. En la mayoría de los casos no se produjo ese descubrimiento de informes secretos, aunque hubo intentos para ver quién estaba con el régimen y quién estaba en contra. La mayoría no lo quiere, ya que la mayoría de los pequeños escritores estaban del lado del régimen y tenían un papel de soplones. Ser escritor oficial o no serlo depende de los textos literarios que uno escribe, y mis libros se han traducido y publicado en el mundo libre. ¿Dónde están los libros oficiales? No tiene sentido, es sólo una especulación”.

¿Cómo le gustaría ser recordado a Ismaíl Kadaré?

Pues no lo sé. No hay que hablar con falsa modestia, no me gusta eso. Cada escritor sabe muy bien lo que vale, y no es megalomanía decir esto”.

¿Entonces no está esperando por el Nobel?

Estoy acostumbrado a esto. Usted puede tener el Nobel, usted puede figurar entre los candidatos… es un problema para los demás, pero no para el escritor. No es una tragedia no tener el premio Nobel, como tampoco tenerlo es una felicidad suprema. No digo que me sea indiferente, no. Es una fiesta y aprecio esta fiesta planetaria de la literatura. Está muy bien que la humanidad tenga esta fiesta de las letras, pero se ha creado un mito universal que no es determinante para un escritor. Hay escritores con el Nobel que ya están olvidados”.

Publicado en el diario El Norte de Castilla en octubre de 2009