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Películas para vivir después de la guerra en Sarajevo

8 Jun

Sarajevo Film Festival

por Carlos Fuentes

Conmueve ser testigo del renacimiento de Sarajevo, la última ciudad mártir de Europa. Ver que sus cuatrocientos mil habitantes pueden pasear en libertad, sentarse en alguno de sus frondosos parques y, quienes lo deseen, incluso pueden ir al cine. Se emociona el visitante cuando recuerda que entre 1992 y 1996 la capital de Bosnia-Herzegovina sobrevivió a un cerco infernal impuesto durante mil días por el Ejército serbio. Ahora, tras el silencio de las bombas y de los francotiradores, el cine regala ilusión cada verano en este cruce de culturas en el corazón de Europa. Conviene recordar los tiempos del martirio para calibrar la magnitud del reto que representa armar un festival cultural en una ciudad que solo lleva dos décadas de vida nueva después del naufragio.

Entre el domingo 5 de abril de 1992 y el jueves 29 de febrero de 1996, militares serbios bajo mando del político Radovan Karadzic y a las órdenes militares del general Ratko Mladic sometieron a tortura a una ciudad que apenas una década antes, en febrero de 1984, había albergado los Juegos Olímpicos de Invierno. Fueron tres años, diez meses, tres semanas y tres días entre violencia cotidiana, vesania premeditada y falta de atención por parte del mundo político occidental a los gritos de auxilio de más de cuatrocientos mil sarajevitas. Los seres humanos que integraban las tres etnias de la región, bosniacos, serbios y croatas, que hasta ese día habían convivido en paz. Resultado: más de cinco mil civiles asesinados y ocho mil soldados muertos.

logo Sarajevo Film Festival

Apenas encauzado el periodo bélico, un grupo de activistas culturales logró poner en marcha un festival de cine en octubre de 1995. No eran tiempos fáciles: el sitio serbio seguía en vigor, apenas congelado durante el proceso de negociaciones forzado por Estados Unidos y una avergonzada comunidad internacional. Desde aquella primera edición del Sarajevo Film Festival, a la que asistieron quince mil personas para contemplar películas procedentes de quince países, el certamen sarajevita no ha perdido su vocación inicial: utilizar el cine, y por extensión la cultura, como herramienta terapéutica útil contra el recuerdo del dolor, contra la ausencia de familiares y la pérdida de amigos.

Para ello, alrededor de un centenar de títulos distribuidos en ocho secciones aspiran ahora a reunir a más de cien mil espectadores en la capital bosnia. Inaugurado el pasado miércoles con la proyección en un gran auditorio a cielo abierto con la película Cuentos sobre la edad dorada, del realizador rumano Cristian Mungiu, ganador hace dos años de la Palma de Oro del Festival de Cannes por su estremecedor relato de la época de abortos clandestinos en la Rumanía de Ceausescu (Cuatro meses, tres semanas, dos días), el festival concluirá el jueves con el pase de El luchador, la resurrección cinematográfica del actor Mickey Rourke, quien tiene previsto asistir al certamen bosnio.

La cita cinematográfica de Sarajevo está lejos de cumplir con convenciones del cine comercial. Ni en continente ni en contenido. La alfombra roja está reducida a un mínimo paseo por las escalinatas del palacio de estilo neoclásico que alberga las oficinas y la programación no tiene espacio libre para concesiones comerciales. En esta edición de 2009, el grueso del programa está dedicado a nuevas producciones realizadas en los países de los Balcanes. De Bosnia a Serbia pasando por Eslovenia, Rumanía, Bulgaria, Croacia, Montenegro o Macedonia. De hecho, el Sarajevo Film Festival toma el pulso anual al estado de salud del cine centroeuropeo, gran desconocido en las pantallas del sur del continente. Y, a veces, salta la sorpresa.

Quizá los dos mejores precedentes de éxito en el festival de cine bosnio hayan sido En tierra de nadie, la película del director Danis Tanovic que después de su estreno en el 2001 terminó por obtener el Oscar a la mejor película en habla no inglesa; y el largometraje Grbavica, la crónica desgarradora de las violaciones masivas como arma de guerra durante los conflictos bélicos en la antigua Yugoslavia que la directora bosnia Jasmila Zbanic dirigió en 2005. Una película estremecedora que no deja de ser un ajuste de cuentas al estar localizada y rodada en el barrio homónimo próximo a la sede del festival sarajevita. Con ella Zbanic obtuvo el Oso de Oro en el Festival de Berlín.

Otros compañeros de viaje en el palmarés del Festival de Cine de Sarajevo han sido largometrajes de directores tan recomendables como el danés Lars Von Trier (Rompiendo las olas), el argentino Juan Villegas (Sábado) o el británico Michael Winterbottom (Camino a Guantánamo). Junto a países de consolidada producción cinematográfica, España aporta cada año algún título al festival bosnio. En esta edición, además de alguna coproducción con países latinoamericanos, el cine nacional cuenta con el cortometrajista Chema García Ibarra: estrena el filme de animación El ataque de los robots de nebulosa-5.

En la ciudad de Sylvia

En ediciones recientes, el Festival de Cine de Sarajevo ha programado varias películas españolas. Muy buena aceptación logró el director catalán José Luis Guerin con su largometraje En la ciudad de Sylvia, que fue exhibido en la edición de 2008 dentro de la sección Panorama. En aquella ocasión, Guerin no pudo asistir al certamen sarajevita por encontrarse en la fase previa de rodaje de su nuevo proyecto, Guest. “No estuve en Sarajevo, pero siempre es bueno que tus películas se vean fuera, en otros países. Más importante todavía si En la ciudad de Sylvia se proyecta en un lugar tan especial como Sarajevo”, explica Guerin, director de En construcción, en conversación con este diario.

El cielo gira

Otra reciente experiencia bosnia con acento español estuvo protagonizada hace dos años por la directora Mercedes Álvarez. Su documental El cielo gira se proyectó tras el interés mostrado por el coordinador del Festival de Cine de Sarajevo ante la historia de Aldeaseñor, un pueblo situado en los páramos altos de Soria en el que apenas quedan catorce vecinos. Debido a la enfermedad de un familiar, Mercedes Álvarez tampoco pudo acudir al festival bosnio, pero no por ello guarda un recuerdo amargo. Al contrario, según la información recibida de la organización del certamen bosnio, El cielo gira cautivó al público de un país en el que más de la mitad de sus habitantes aún vive del trabajo agrícola. Quizá porque no haya nada más grato que ver en la gran pantalla vidas ajenas que se parecen a las nuestras.

Publicado en el periódico El Norte de Castilla en agosto de 2009

 

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Corizonas, el triunfo del rock en una economía de guerra

29 Nov

Corizonas

por Carlos Fuentes

Música comunal para hacer de la necesidad virtud. Hace un año, dos grupos españoles de rock unieron esfuerzos para capear tiempos de crisis e intentar encontrar alternativas a la recesión de la industria. Del quinteto madrileño Los Coronas y del trío vallisoletano Arizona Baby surgió Corizonas, una suerte de banda madre para explorar sonidos del rock con acento americano y aromas campestres. El plan cuajó: Corizonas creció en la carretera, grabó conciertos y, al tiempo, fue cosechando una audiencia creciente. Y fiel. Ahora, ya de vuelta a los escenarios, Corizonas defiende su primer disco con canciones propias, The News Today, en una gira que arrancó el año en el Festival Actual Logroño, pasó por Madrid y continuará hasta finales de marzo por otras nueve ciudades.

Fernando Pardo saluda sonriente, parece feliz con Corizonas. Músico de largo recorrido en la escena nacional (en 1985 fundó los seminales Sex Museum), el guitarrista habla del nuevo proyecto con cierto romanticismo: “Empezamos con ánimo de jugueteo, aventura y reto a la vez. A ver qué podía pasar. Y ya en los primeros conciertos vimos que funcionaba, que podía salir algo chulo y había la suficiente comunicación entre las dos bandas para que todo funcionara bien, y nos tiramos de cabeza”. Su homólogo en Arizona Baby, Rubén Marrón, tira de tópico sincero: “Parece que nos conociéramos de toda la vida, coincidíamos en festivales y generamos interés recíproco, porque hay mucho que nos conecta”.

Corizonas 2

No obstante, ambos músicos admiten que el momento complejo de la escena musical actuó como catalizador de esta alianza de fuerzas. “Algo así ocurrió, pero llevábamos tanto tiempo trabajando con economía de guerra que cuando ha llegado la guerra no nos hacía falta mucha adaptación. Conocíamos bien las salas, su capacidad, cómo negociar un concierto o una gira cuando llegó el momento en el que se derrumbó la forma de funcionar al viejo estilo, nosotros ya llevábamos tanto tiempo funcionando de otra manera que tomamos ventaja inmediatamente. Cuando el resto estaba mirando dónde estaba la línea de salida, nosotros ya estábamos ahí”, explica Pardo, que ahonda en un análisis de urgencia. “Algunos grupos que dependen de managers o de compañías grandes han tenido que repensar cómo hacer las cosas y para nosotros, sin embargo, ha sido un puro río revuelto, ganancia de pescadores. Nos ha venido bien que se hayan caído grandes estructuras que tenían monopolizada la prensa y ciertos circuitos, sobre todo en el verano”.

Corizonas 3

El eco creciente de Corizonas se ha plasmado en la buena recepción del disco de canciones propias The News Today, editado por Subterfuge Records. “Con la gira compartida nos rodamos como grupo, ganamos fluidez”, indica Marrón. “Empezamos a funcionar como una sola banda”, añade Fernando Pardo. ¿Y cómo nacen las canciones? “También con naturalidad”, insiste Pardo. “Tocamos todos los meses, había la química necesaria para funcionar con un grupo y meternos a grabar. Y desde el principio, quizá porque no quedaba otra y porque es buen método, decidimos hacerlo muy rápido. Nos reunimos cuatro días en el local y, poco a poco, fueron saliendo canciones. Teníamos claras las jerarquías y muy rodado el trato entre todos, no hubo quejas porque un grupo tirara más que el otro o a alguien no se le hiciera caso. Quizá fue cosa del buen humor del verano, pero funcionó”. Rubén Marrón asiente: “Estas cosas son fruto de la suerte. Quizá el éxito de Corizonas esté en ser un plan poco premeditado, poco pensado, y con mucha espontaneidad”.

Publicado en el diario Público en enero de 2012

Seu Jorge: canción brasileña con voz de actor caníbal

10 Nov

Seu Jorge

por Carlos Fuentes

Habla como “un actor que canta”, pero también como “un cantante que actúa”. El brasileño Seu Jorge no respeta las barreras. Ya lo demostró en 2004, cuando tradujo al portugués buena parte del cancionero de David Bowie para la película Life aquatic. Y ahora dobla su apuesta con un disco de versiones de Michael Jackson, Kraftwerk, Roy Ayers, Jorge Ben y Tim Maia, que defendió en el festival Womad de Las Palmas de Gran Canaria. “Pertenezco al Brasil de la nueva generación, cosmopolita, con sueños de progreso. Y la música es parte de la cultura y la educación de mi país, sobre todo para los que no tienen acceso a los libros”, explica este músico carioca de 40 años, que en 2002 debutó como actor en Ciudad de Dios, retrato de Fernando Meirelles sobre la vida en las favelas.

De aquel Mané Galinha queda el chico de sonrisa contagiosa que se enfrenta al mundo como si la vida no tuviera segunda sesión, pero Seu Jorge reconoce haber ganado en madurez. Y habla con conocimiento de causa: nació en uno de los municipios del cinturón urbano de Río de Janeiro, donde no abundan las oportunidades. Hijo de familia numerosa, con 10 años trabajó como mecánico, luego fue chico para todo en unas oficinas y aprendiz de carpintero.

Seu  Jorge

Desde 1998, cuando grabó su primer disco grande con el grupo Farofa Carioca, Seu Jorge ha pasado de ser un cantante brasileño más de la escena sonora a convertirse en una referencia ineludible como puntal renovador de la música nacional. Y este recorrido ha fortalecido sus convicciones sociales sobre Brasil. “Los artistas estamos preocupados por el futuro; queremos incentivar a las nuevas generaciones a instaurar la ética para impedir que reine la anarquía de la corrupción. Debemos formar a una nueva generación de políticos, educadores y administradores, y ganar espacio para la libertad de expresión”, afirma el cantante, convencido del papel que el nuevo Brasil tiene en el desarrollo de América del Sur.

En lo musical, la obra de Seu Jorge oscila entre la genuina raíz brasileña y los condimentos de rock, soul, funk y electrónica. Actor principal del primer sonido globalizado del planeta, un cantante caníbal. “En la música de Brasil participan músicas de todo el mundo. España, Portugal, África esas culturas aportan a las músicas de Brasil y todas forman parte de nuestro país. Brasil es el producto de muchas influencias distintas”, señala Jorge, cuyo nuevo proyecto integra a músicos de Nação Zumbi, el revolucionario grupo de mangue-beat que Chico Science lideró en Pernambuco. ¿Y qué pensaría Michael Jackson si escuchara su versión de Rock with you? “Diría: ¡Oh, qué hace este chico!”, bromea Seu Jorge. “Es mi homenaje a un ídolo, alguien importante en mi cultura”.

Publicado en el diario Público en noviembre de 2010

La orquesta africana que quiso ser como James Brown

21 Oct

Orchestre Poly-Rythmo de Cotonou Benin

por Carlos Fuentes

En la radio sonaba James Brown y ellos decidieron seguir la ruta africana del funk. En Cotonou, la capital de Benín, los años sesenta estuvieron marcados por los sabores latinos que en muchos lugares de África brillaban con el acento cubano del cantante Abelardo Barroso y la Orquesta Aragón. Pero Mélomé Clément prefería las raíces africanas, la cultura tribal y, sobre todo, el nutritivo acervo vudú. En 1968 armó el conjunto que marcaría la eclosión del funk africano hasta que un tal Fela Kuti eclipsó todo con su atlético afrobeat desde Nigeria. Cuatro décadas después, la Orchestre Poly-Rythmo de Cotonou llega por primera vez a España para actuar en el festival La Mar de Músicas.

Mélomé Clément, saxofonista y director fundador, sonríe ante la inédita visita musical española. “Costó decidirnos porque antes algunos productores no nos ayudaron a salir de África e incluso los políticos nos negaron apoyo. Y en Libia la policía destruyó nuestros instrumentos porque pretendían hallar drogas escondidas en las guitarras”, recuerda Clément, quien prefiere hablar de las canciones que hicieron bailar a África al ritmo infeccioso de la Tout Puissant Orchestre Poly-Rythmo de Cotonou. ¿Todopoderosa? Lo explica su director: “En los años sesenta, todos los grupos africanos utilizaban ese apelativo para llamar la atención. Era un título que te ganabas ante el público”.

Orchestre Poly Rythmo de Cotonou

¿Y por qué el funk? “Nuestra primera influencia son los ritmos vudú. No puedes caminar por Cotonou y no escuchar tambores vudú. Crecimos con esa tradición, pero en los sesenta llegó la influencia occidental. Era la época ye-yé y comprábamos los discos de James Brown, Roberta Flack y Wilson Pickett, también de cantantes como Dalida o Johnny Hallyday, y empezamos a mezclar sonidos occidentales con nuestro acervo cultural. En Benín hay ritmos que se parecen mucho a lo que el resto del mundo conoce como funk. El vudú está en todas partes, es parte esencial de la cultura popular en África. Ya existía antes de la colonización, antes de la llegada del cristianismo y antes de que el islam llegara a África”, explica Clément. “Somos primos hermanos de los americanos negros porque muchos esclavos abandonaron países como Benín hacia el nuevo mundo. Pero, si te soy sincero, siempre hemos querido imitar a James Brown y sus gritos ¡oh yeah, feel good!”, explica el director de la Poly-Rythmo de Cotonou.

Poly-Rythmo de CotonouCon el papel crucial que tiene la música en las sociedades de África (“es muy importante para el ambiente social: la música se entiende como vía de transmisión de lo que pasa en nuestros países”), la nutrida orquesta bailable de Cotonou mantiene intacto su prestigio artístico. “Por supuesto”, exclama Mélomé Clément, “ahora acabamos de actuar con mucho éxito en ocho países africanos y en Niamey nos consideran una orquesta importante, con una música que es africana al cien por cien. Nos invitan a tocar en bodas, en ceremonias sociales Es que si no tocas con la Poly-Rythmo en Niamey, no eres una orquesta”, bromea el director del numeroso conjunto africano al recordar que no todo tiempo pasado fue mejor.

Aunque su banda llegara a ser considerada el grupo nacional de Benín, la historia de la Orchestre Poly-Rhytmo de Cotonou oscila entre el éxito temprano y el largo olvido postrero. En el tobogán comercial de la música añeja africana. “Éramos la orquesta de la revolución y tocamos para numerosos presidentes africanos, pero te aseguro que desafortunadamente eso nunca nos dio dinero”. ¿Han mejorado las cosas después de medio siglo de independencia? “Por desgracia, las guerras no han desaparecido de África. En la última gira llegamos a las ciudades de Niamey y Bangui tras dos golpes de Estado y la corrupción es un problema, pero confío en que todo mejore”, se despide Mélomé Clément.

Publicado en el diario Público en junio de 2010

Canción contra malos tiempos

11 May

Primavera Sound

PRIMAVERA SOUND

por Carlos Fuentes

Hay quien habla de hecatombe de la música en directo, aunque luego no parece tanto el caos. Más bien se está produciendo una reordenación de un sector aún en auge. Los festivales de verano, que cada año traen una amplia oferta de rock, pop, jazz, electrónica y ritmos étnicos, justo empiezan. Será una temporada [año 2009] marcada por la incertidumbre de si el público fallará a la cita. Por ahora no es así. Basta visitar la primera gran cita del año, el festival Primavera Sound de Barcelona: 146 conciertos en tres días.

Mensaje para pesimistas y agoreros: se venden pocos discos y el dinero para contratar grupos en concierto se ha ajustado a la baja, pero el directo, la opción de ver a un artista en vivo, no falla. Los festivales musicales españoles (aunque no todos han logrado sobrevivir) afrontan los tiempos de crisis económica con razonable buen nivel; y el público, por ahora, no parece que vaya a faltar. En Barcelona, ochenta mil personas acaban de asistir a la apertura de temporada; en el Festival Internacional de Benicássim, a finales de julio, esperan a 45.000 asistentes cada jornada; y entre La Mar de Músicas, en Cartagena, y Pirineos Sur, en Huesca, la oferta estival de ritmos étnicos también estará bien servida.

El festival Primavera Sound inauguró el gran calendario de música en directo. Apostó fuerte y ganó. El quinto certamen catalán se las apañó hace veinte días para ofrecer un cartel abundante en notables pesos medios, tiró de grupos contrastados, algunos ya clásicos en Primavera Sound, y dejó como colofón la primera de las dos únicas actuaciones que el canadiense Neil Young ofrecerá este año en España. 32 años después de su único concierto en Barcelona, el autor de Zuma y After the gold rush culminó tres vibrantes días de conciertos (en total, 146 actuaciones) que, por si restaban dudas, vienen a confirmar la buena salud de la música en directo. Por ahora, la crisis no sube al escenario.

Caso curioso el del Primavera Sound. Es tal la fidelidad que el festival se ha ganado entre su público potencial que no pocos asistentes compraron abonos a final de 2008, cuando aún no se conocía ni la mitad de los grupos que integrarían la alineación definitiva.Voto de confianza (los previsores pagaron 95 euros por abono de tres días que en taquilla costó 155 euros) que el festival catalán recompensó con un cartel plagado de valores seguros, pero sin dar la espalda a bandas nuevas o a proyectos en crecimiento. De la canción asilvestrada de la última revelación nacional, La Bien Querida, que con la voz inocente de la bilbaína Ana Fernández-Villaverde defendió con solvencia su disco de estreno, Romancero, bajo del último sol del jueves, al noise-rock de Sonic Youth, ajustados como reloj suizo, espléndidos, en la madrugada del domingo.

Neil YoungCon todo, y fue bastante, Primavera Sound 2009 pasará a la historia por haber logrado el regreso de Neil Young a Barcelona. Habían pasado tres décadas, pero la nostalgia se fue en un suspiro. Entre numerosos seguidores veteranos y entre los miles de jóvenes habituales del festival catalán, Neil Young apareció pletórico en escena. En el friso de la presunta edad de jubilación (nació en Toronto el 12 de noviembre), el músico canadiense que primero estuvo en Buffalo Springfield, luego integró Crosby, Still, Nash & Young y que desde 1968 vuela en solitario, exprimió en cien minutos un repertorio que no solo conserva su influencia seminal. Quizá sea fundamental, sin exagerar, para comprender los orígenes más nutritivos del rock y su honda ascendencia en las generaciones que vinieron después. Y por eso reconforta ver cómo el último gigante superviviente del rock de los 60 remacha un festival plagado de hijos musicales propios.

Vino Neil Young sin Crazy Horse, su grupo de bandera, pero arrancó sólido, sin fisuras con dos piezas rotundas, Mansion on the hill y My my, hey hey. Guitarra como hacha de leñador, camisa de franela, convincente cuando habla de lucha, de no bajar los brazos en Are you ready for the country?, del histórico Harvest, su obra mayor de 1972. Cantó también Down by the river y Everybody knows this is nowhere, del disco homónimo. Y no esquivó la denuncia histórica (Cortez the killer, de su álbum más prestigioso, Zuma (1975) ni los riesgos que tiene el lado salvaje de la vida. Él, un superviviente, hablándole guitarra en mano, cara a cara, a la heroína (The needle and the damage done: “perdí a mi banda y ví a la aguja tomando a otro hombre”), escrita como aviso premonitorio para Danny Whitten, su primer guitarrista. Treinta y ocho años después de aquella crónica anunciada de una sobredosis, Benjamin Keith y Anthony Crawford (guitarras), Rick Rosas (bajo), Chad Cromwell (batería) y la esposa del cantante, Pegi Young (coros), suplieron con eficiencia los huecos en el parte de bajas.

Neil Young concertSereno, sentado al órgano, Neil Young advirtió del riesgo latente de catástrofe natural (Mother earth) y ya luego arrimó a The Beatles al rock Americano (A day in the life). Cinnamon girl, otra preciosidad añeja con aires silvestres de sus días de estreno con Crazy Horse, alguna novedad de su disco más reciente, Fork in the road, y la combativa Rockin´ in the free world completaron un recital de los que hacen época. Una lección. Sirva un ejemplo: Georgia Hubley e Ira Kaplan, la pareja titular de Yo La Tengo, solicitaron a la organización de Primavera Sound que su concierto no coincidiera con el de Neil Young. Actuaron el jueves, rotundos como siempre Yo La Tengo, afianzados en su rol de apóstoles del ruido (aunque James McNew, el tercero de Hoboken, bordó la susurrante Mr. Tough), y el sábado estaban sobre el escenario principal,discretos en una esquina, viendo al canadiense en primera fila. Como Thom Yorke, el líder de Radiohead, de visita en Barcelona, y The Jayhawks, que actuaron justo antes, se despidieron con una sonrisa en la cara. “Lo mejor”, gritaron después de desenchufar, “es que ¡vamos a ver a Neil Young!”.

Quizá el rasgo característico de este Primavera Sound haya sido la abundancia de grupos que basan en la guitarra, la distorsión y sus sonidos posibles el perfil de sus músicas. En la tienda, camisetas con dibujos de cables y pedales para llevarse de recuerdo a casa; a la entrada, cada día, reparto gratuito de tapones para proteger los oídos antes del aluvión. Buena falta hicieron con My Bloody Valentine, que desembarcaron el jueves en el escenario principal con su ya legendario muro de guitarras. Un despliegue ensordecedor de distorsión en el que la voz de Kevin Shields fue apenas apreciable. En la cabeza, sin protección, la música de My Bloody Valentine parece líquido de batería y acero fundido emitidos en ondas sonoras. Música corrosiva. Alguien habló de 130 decibelios en su momento más álgido, en un final apoteósico. En cualquier caso, apuesta pionera y extrema, y quizá por ello con tanto pedigrí indie, que se repitió en la tarde-noche del viernes a puerta cerrada en el auditorio del Fórum, sede de la parte más elegante y sosegada del festival. Allí se citaron desde el weird-folk renovado de Alela Diane al piano cinematográfico de Michael Nyman.

Sonic YouthAl aire libre, entre el marasmo de grupo, brillaron Spiritualized, la banda que Jason Pierce (Spacemen 3) estuvo a punto de llevarse a la tumba. Se les recordaba por Ladies and gentleman we are floating in space (1997), pero el reciente Songs in A&E no va a la zaga. El día antes, la otra mitad pensante de Spacemen 3, Peter Kember, había animado la tarde de apertura con Spectrum, sorpresa inesperada y agradable. Tienen un buen disco en directo, Indian giver, con el pianista y cantante  Jim Dickinson, y anuncian On the wings of mercury. También volaron alto Sonic Youth, clásicos que ya merecen una estatua o el nombre de una calle en Nueva York. Pocas bandas contemporáneas hay tan influyente con una trayectoria tan prolongada y nutritiva. Rock ruidoso,música de guitarras ásperas, que ha perfilado a un conjunto único en su especie. Ya habituales en Primavera Sound, estrenaron canciones nuevas, del reciente The eternal, tan marca de la casa como los clásicos que el ahora quinteto (a Kim Gordon, Thurston Moore, Lee Ranaldo y Steve Shelley se ha unido el bajista Mark Ibold, ex Pavement) rescató de capítulos esenciales para entender la evolución del rock alternativo como Evol o Daydream nation.

En otra liga musical, la de los nuevos grupos dirigidos al éxito masivo, Bloc Party cumplió con las expectativas. En la noche del viernes, en el escenario mayor, el grupo de Keke Okereke defendió con solvencia el repertorio de sus tres primeros álbumes. Sonaron entrenados, sólidos, sin desmerecer la grata sorpresa que causó Like eating glass, su aquí estoy de 2005. Throwing Muses tuvieron su momento de gloria en los 90, pero ahora integran la solvente clase media del rock actual. Con la voz de Kristin Hersh al mando hicieron memoria y recordaron líneas maestras de las que emergió la música indie. The Vaselines, otros supervivientes de tiempos mejores, encandilaron en versión acústica con un cancionero que ha sido más conocido en gargantas ajenas. Ay, escuchar Molly´s lips y acordarse de aquel chico triste de Seattle. ¿Qué fue del grunge?

Jarvis CockerPhoenix, más modernos, se las apañaron con rock elegante, casi fashion, que ha reportado cierto crédito. Estrenaron disco, Wolfgang Amadeus Phoenix. En un escenario menor, más cerca de un público que ya es fiel, Shellac volvió con el catedrático ambulante Steve Albini al frente. Su concierto fue otro buen ejemplo de prestigio rock bien ganado: guitarra, bajo y batería ajustados casi al milímetro, precisos como un mecanismo explosivo. Tampoco defraudaron The Drones, prueba palpable de que la mejor cosecha del rock oscuro que viene de las antípodas no se ciñe a las malas semillas que sigue plantando Nick Cave. Al fondo, el punk-core de Fucked Up sonaba fuerte, violento; en directo, todo un despliegue de musculatura como envoltorio de mensajes políticos explícitos. Y de vuelta al universo pop, Jarvis Cocker convenció en su regreso a Barcelona, a tenor de los comentarios de quienes optaron por quedarse frente al escenario principal para pasar revista al ex líder de Pulp, genuino crooner de la clase media. Es lo que tienen los festivales: imposible estar en dos conciertos a la vez. Una buena razón para volver.

Publicado en La Opinión de Tenerife en junio de 2009

Regreso a La Mar de Músicas

11 Jul
Falta una semana para La Mar de Músicas,
así sonó el año pasado el festival de Cartagena
www.lamardemusicas.com

Canciones al dente para todos

Por Carlos Fuentes

No hay nada como las apreturas económicas para incentivar la imaginación. En Cartagena, donde ya es milagro que un festival de sonidos étnicos sobreviva con la que está cayendo, la última finta a la crisis ha sido reducir presupuesto, acortar el calendario y, sobre todo, combinar un cartel de pesos pesados con medianías de menor caché pero efectivas entre el público menos avezado. No es mala fórmula para sobrevivir, en la confianza de que venga un tiempo mejor.

CANCIÓN DE LUNA LLENA

En una edición, la decimoséptima, dedicada a Italia, la primera grata sorpresa llegó precisamente del país invitado. De Nina Zilli ya se sabía por 50 mila, la pieza que Ferzan Özpetek incluyó en su película Mine vaganti. Pero resulta que la cantante piacentina es mucho más que un éxito de temporada. Resuelta sobre las tablas, Zilli enarboló su pop con pespuntes soul, sonido que ya busca heredera, con canciones agradecidas como L’uomo Che Amava Le Donne y Cera Una Volta, más puntales adaptaciones de la matriz Motown (My Girl), algunas en clave italiana (You can’t hurry love/L’amore Verrà). Desembarco brasileño hubo por dos: Gilberto Gil dejó la política para mayor gloria de la canción y, vaya, con 69 años sigue en plena forma. El maestro bahiano regaló un recorrido nutrido por los sonidos del nordeste: forró, baião, xote, maxixe… y mucho tropicalismo flotando en dos horas largas que duró la lección. Gigante Gil, no se esperaba menos, profesor absoluto de la guitarra brasileña, ya sea si se arrima al folclor propio (Dança Da Moda, Óia Eu Aqui De Novo, Lamento Sertanejo) como si rescata su homenaje reggae a Marley (Não Chore Mais). Se fue dejando dos mil almas boquiabiertas con O Livre Atirador e a Pegadora, antes de regresar rápido como invitado para susurrar Esses Moços. Abrió sesión nocturna Adriana Calcanhotto, elegante, la gaucha más nutritiva de la penúltima hornada. Vino con el estreno de su disco de sambas, pero es su pop mayestático, puro expresionismo, el que termina por cautivar a quien no la conoce. Ya se sabe de su cancionero rebosante, también del ojo clínico con el que elige parceiros (Lancelotti, Continentino, Morães), incluso de sus golpes de efecto (percusión con pozuelos de café, distorsión con megáfono infantil… hasta un secador de pelo entre confetis). Pero que nadie caiga en la confusión: Adriana Calcanhotto retrata lo cotidiano como pocas (y pocos) hoy en Brasil. De músicas añejas sabe, y mucho, Mavis Staples. Rescatada del olvido por Jeff Tweedy, la gran dama de Chicago inauguró la noche dedicada al blues y, quizá porque sabía lo que vino después, condensó en una hora medio siglo de sabiduría popular. Bastó escuchar su voz trémula rompiendo espejos de edad con Last Train, la resurrección You Are Not Alone o, ya arrimada al gospel, Creep Along Moses. Cierto que regateó esfuerzo, pero su hora de gloria cotizó en quilates mucho más que el simulacro que llegó luego. Y de África, la escasa cuota recayó en el senegalés Cheikh Lô. Más sosegado que en visitas anteriores, el amable baye fall completó un recital espléndido. Sin aspaviento, con tama y batería amortiguados ante una voz que devuelve el precio de la entrada. Se volcó en Jamm, repasó su mbalax lo-fi y reiteró ser el gran exponente del acervo caribeño en el oeste africano: Seyni, preñada de Cuba. Barroso y Portabales: baile bonito y sabroso en la memoria.

CUARTO CRECIENTE

Quiso poner a bailar como salvajes y lo consiguió, aunque al final diera aspecto de más fiesta que chicha. Stewart Copeland encontró en la tarantella y la pizzica aquel espíritu que utilizó para domesticar el ritmo del punk vía new wave. Baterista proteico, eso no se discute, desembarcó con tanta energía que más que abrir puertas salió disparado por la ventana. Triunfó entre multitudes, quizá porque se esperaba una hipérbole, e hipérbole hubo, pero cabe dudar si el percusionista mejor dotado de su generación está sólo para animar la fiesta. Menos efervescencia en el público encontró El Guincho, pero su propuesta de directo sigue madurando. Ya con guitarra y bajo de cuerpo presente, Pablo Díaz-Reixa parece haber encontrado la fórmula que haga accesible el torrencial despliegue de Alegranza y Pop Negro. Su catarata de ganchos a las caderas admite poco debate: Bombay suena casi mejor que en disco y los hermanos mayores (Palmitos Park, Kalise, Fata Morgana) siguen con el viento en las velas. En otro código, también Russian Red continúa en maduración. Ajena a polémicas fanáticas, Lourdes Hernández defendió con solvencia la cosecha nueva de Fuerteventura, con esa veta autoconfesional (Nice Thick Feathers, Braver Soldier) y cierta cadencia beat (I Hate You But I Love You). Camino consolidado que ya tiene Julieta Venegas. Llegó superviviente del Festival de Benicàssim, pero el sonido se la jugó: apenó ver al ruido fagocitar crónicas tan bien armadas. Algo así ocurrió con Instituto Mexicano del Sonido, con la diferencia de que Camilo Lara parece buscar adrede una sobreactuación que termina por empalagar su híbrido cancionero bailable; y Balkan Beat Box, entremés, ejem, mestizo sin mayor enjundia. Para inventos inflamables están Fréderic Galliano y sus chicos contagiosos del Kuduro Sound System. Música urbana de alto octanaje, orgullo y poder. Aviso: no apta para todos los públicos.

AMENAZA DE LLUVIA

Si no se sabe, no se puede. Cindy Lauper convocó una noche de blues con sabor a Memphis y terminó convenciendo, es un decir, con su pop avejentado de regusto kitsch. Se pasó una hora de quiero y no puedo (Down Don’t Bother Me, Crossroads, Don’t Cry No More), entre saltitos de ridículo y ceremonias de autocomplacencia. Apenas levantó vuelo, y es otro decir, con True Colors, Time After Time y, obvio, Girls Just Want To Have Fun. Más barato hubiera salido un karaoke. Es lo que tiene generar expectativas. Aprendida se tiene la lección Third World, que hizo lo que sabe. Ni más ni menos. Neo-reggae de fácil consumo, pero con dignidad. Casi como Afro Celt Sound System: pocos conciertos te hacen sentir tan viejo. Y pensar que Simmon Emerson, en 1994, produjo el atlético Firin’ in Fouta de Baaba Maal. Pero para potajes mal cocinados Ojos de Brujo, con su penoso camelo transgénico. Tantos años de intentos de mezclar a Run DMC con faldas de lunares para este triste simulacro que el invitado Peret deja con el culo al aire en diez minutos. Buche y pluma ná más… ahora (dicen) se van. Si es verdad, no se echarán en falta sus fruslerías.

Publicado en septiembre de 2011 en la revista Rockdelux

Pequeño catálogo de (futuras) voces grandes

1 Jun

por Carlos Fuentes

Pues sí, este arranque de siglo quedará marcado por la reconciliación del pop y el rock con sus raíces más o menos tradicionales. Como han hecho apóstoles anglosajones del folk y el country, el mundo latino no se queda atrás al asumir este signo en los tiempos de crisis y confusión. Nada mejor, se antoja, que los acervos populares para dotar de enjundia a las obras nuevas. Y la segunda cita de Viva la Canción, impulsado por Casa América y Zona de Obras, subrayó la meta. Ofrecer una plataforma de lanzamiento a una generación de cantantes y autores que, sin los complejos que sufrieron (algunos) hermanos mayores, se arriman sin miedo a rumba y cumbia, bossa, tango y bolero. En fin, a las raíces.

Pero no conviene no dejarse confundir por el optimismo general. Hay artistas (casi) consagrados, otros que empujan de lo lindo y algunos, ay, que quedarán en la orilla. Vamos por partes. Si Jorge Drexler ejerció de padre protector, Javiera Mena va bien dirigida. Su pop cristalino, deudor de lo más melifluo de los 80 pero apuntalado con un armazón contemporáneo, madurará a pleno sol: grandes crónicas de desamor sincero, aromas naïf y susurros cándidos, a veces ajenos (Oye mamá, oye papá, de Pic-Nic). Lisandro Aristimuño condensa medio siglo de rock argentino con ecos vocales de lo mejor del Cono Sur: de Spinetta a Fito Páez, con Charly García y Baglietto sonando de fondo. Sólido en cuarteto, arrimado al jazz y al tango como pocos hoy. Fernando Milagros domina la distancia corta. Folk de paseo por Atacama, entre nueva trova y ecos de ángeles silvestres, ukelele mediante. Adanowsky defiende como el caradura que es su brillante beat equidistante del folk y la chanson. No tiene abuela, ni falta que hace, pues personalidad y ciclotimia sobran. Bigott ya es reconocido, así que bien valga un resumen comprimido: cada vez más grande, nunca dará una mal noche. Sí, un antihéroe para una gran amistad.

La fanfarria platense de Onda Vaga acerca lo balcánico a Cabo Polonio, y lo hace sin embustes. Convencidos de que los tabúes no sirven para bailar. Las Acevedo, Anabel y Cristabel, dieron la nota simpática, pero mejor no caer en la tentación de reducirlas a la anécdota. Simples pero con enjundia, inocentes hasta que secundaron, casi pidiendo perdón, a la sobreactuada Jesyy Bulbo con, glups, Quiero se santa. El venezolano Algodón Egipcio, la mitad de Jóvenes y Sexys, se la juega como posible renovador electrónico de la canción americana. Meritorio primer intento: ya se sabe, el que no arriesga no gana. Pero Cheky Bertho salió indemne. A doble o nada apuesta Ana Tijoux con sus ritmos primarios, spoken-word a lo chileno para declamar sin tapujos entre hip hop de manual y chanson lounge. Apenas un peldaño por encima de las canciones para entristecer el alma del guatemalteco El Gordo, la ortodoxia cantautora del colombiano Andrés Correa, el pop con sabor de la gaditana Zahara y la obviedad brasileña de la paulista Mallu Magalhães. Seguro que vendrán noches mejores. Porque, como diría el inefable del bigote que no tiene amigos, estamos trabajando en ello. Buena suerte.

Publicado en la revista Rockdelux en junio de 2011