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Músicas populares… cuando el tamaño no importa

26 Jul

zydeco

por Carlos Fuentes

“La miel nunca es buena en una sola boca”. Ali Farka Touré solía repetir este viejo proverbio africano cuando le preguntaban por el motivo que le llevaba a salir de su pueblo, Niafunké, en el desértico norte de Malí, para enseñar al mundo dónde nació el blues. Y explicaba el carismático guitarrista malí que la música popular, en su más amplia extensión, sólo cumple su papel de altavoz de los pueblos cuando sirve para tender puentes con otras regiones, con otras culturas. Hasta aquí, todos podríamos estar de acuerdo. Pero la pregunta aún sigue sin encontrar una respuesta justa: ¿Qué es, en verdad, música popular?

Si respetamos el valor semántico del término popular, las músicas tradicionales son aquellas que han logrado llegar a nuestros días después de cubrir una ruta con mil etapas, de generación en generación, para ofrecer un retrato sobre las costumbres, aspectos étnicos y hechos relevantes de la historia de los pueblos que las albergan. Hasta aquí, otra vez, todos de acuerdo. Pero, ¿son entonces músicas tradicionales el flamenco de España, el tango de Argentina, el soukous de Congo y, ejem, el rock de Estados Unidos? Sin duda. Como también lo son la bossa y el samba en Brasil, la cumbia en Colombia, la plena en Puerto Rico, la guajira, el son y el bolero en Cuba, la ranchera en México, el chaabi en los países del Magreb, el ágil mbalax en Senegal y la marrabenta en Mozambique.

music stampsHasta aquí llega el consenso. Pero, ¿qué papel juega ahora la música popular? ¿Son buenos tiempos para la lírica que nace en las calles, en los bares y en las fondas? Podemos convenir, que no es poco, que las músicas populares están disfrutando del respeto creciente del público mayoritario. No es casual que este giro a las raíces coincida ahora con el mayor auge de la técnica y la tecnología vinculada a la creación sonora. Hace unos meses, un portal de subastas puso a la venta una copia del primer álbum de Ali Farka Touré, editado en Francia a finales de los años 70, de tirada mínima y nunca más editado en disco de vinilo. Tras una semana de pujas, el disco grande superó un precio de cien dólares. E igual revalorización de lo antiguo disfrutan nuevas ediciones en formato digital de grabaciones africanas, latinas o europeas de difícil acceso hasta entonces. Por no hablar del giro vintage que han experimentado campos que definen la identidad y los hábitos de un colectivo como la alimentación, el vestuario, las lecturas, el cine o los viajes. Hoy mola lo viejo, y mola lo viejo porque, digamos, es auténtico. Se regresa al mueble de madera noble después de que nuestra generación anterior, nuestros padres, malvendieran el viejo arcón de la abuela para poder comprar una librería de contrachapado. Una mesita de metacrilato.

Hasta aquí esta somera observación sociológica, un arrebato de antropología. Porque usted se preguntará: ¿no veníamos aquí para leer sobre música? Sí, faltaría más. Pero primero hay que saber de dónde venimos para atisbar hacia dónde nos dirigimos. Podemos coincidir, si no es mucho pedir, que la actual era de velocidad con banda ancha y conexiones inalámbricas portátiles, en tiempos de wi-fi callejero como servicio público, está determinando pautas de consumo y de producción de bienes. Tangibles o no. Y es un mercado sobreexcitado el que contagia la confusión entre contenido y continente. Hoy, a lo peor, parece que es (mucho) más importante comprar un dispositivo digital que sea capaz de almacenar más de un millar de discos que velar por la calidad de las doce mil canciones en cuestión. En los tiempos del trending-topic diario parece que el motivo de orgullo está en el tamaño de la herramienta y no en su buen uso.

samba brazilQuizá por esta corriente cultural contagiosa, más pendiente de las formas que del fondo, la reacción del consumidor de música con fundamento lucha ahora por evitar lo que el anterior ministro brasileño de Cultura y unos de los padres fundadores del tropicalismo, Gilberto Gil, denuncia como “econometría” feroz de la dictadura del capitalismo: “una econometría que mide todo y que provoca un cambio extraordinario en el alma humana, en la psique y el cuerpo humano”. Pero no todo progreso es malo. El paulatino abaratamiento de los medios de grabación y producción musical también ha ayudado a la recuperación y, por qué no decirlo, puesta en valor de las músicas tradicionales. Ya no hace falta movilizar a un regimiento de ingenieros de sonido para viajar hasta los centros comunales de conservación e interpretación de las músicas populares y lograr enseñar al mundo que abundan músicas por descubrir más allá de las ciudades de distribución del primer mundo. Otra vez Ali Farka Touré, el recuerdo de un músico genuino y sincero: “la miel nunca es buena en una sola boca”.

Porque si hay algo mejor que la música, como solía decir el productor Mario Pacheco (a quien van dedicadas estas líneas apresuradas), ese algo mejor es hablar de música. Y conversar sobre música significa continuar hasta el infinito la cadena oral de transmisión de unos sonidos populares que llegaron una vez al mundo para hacer la vida más interesante y entretenida, para tejer toda una memoria colectiva y sentar acta del desarrollo de los pueblos que las albergan. Ya se lo recordó Quincy Jones hace unos meses al periodista Carlos Galilea, apelando a un viejo consejo que el productor de Thriller (el disco más vendido de la historia, verdadera crónica popular contemporánea) recibió del saxofonista Ben Webster: “Allá donde vayas, escucha la música que escucha la gente del lugar, come la comida que comen, y aprende treinta o cuarenta palabras de su idioma”. Para continuar alimentando la cultura popular…

Publicado en el anuario de la SGAE en 2011

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Regreso a La Mar de Músicas

11 Jul
Falta una semana para La Mar de Músicas,
así sonó el año pasado el festival de Cartagena
www.lamardemusicas.com

Canciones al dente para todos

Por Carlos Fuentes

No hay nada como las apreturas económicas para incentivar la imaginación. En Cartagena, donde ya es milagro que un festival de sonidos étnicos sobreviva con la que está cayendo, la última finta a la crisis ha sido reducir presupuesto, acortar el calendario y, sobre todo, combinar un cartel de pesos pesados con medianías de menor caché pero efectivas entre el público menos avezado. No es mala fórmula para sobrevivir, en la confianza de que venga un tiempo mejor.

CANCIÓN DE LUNA LLENA

En una edición, la decimoséptima, dedicada a Italia, la primera grata sorpresa llegó precisamente del país invitado. De Nina Zilli ya se sabía por 50 mila, la pieza que Ferzan Özpetek incluyó en su película Mine vaganti. Pero resulta que la cantante piacentina es mucho más que un éxito de temporada. Resuelta sobre las tablas, Zilli enarboló su pop con pespuntes soul, sonido que ya busca heredera, con canciones agradecidas como L’uomo Che Amava Le Donne y Cera Una Volta, más puntales adaptaciones de la matriz Motown (My Girl), algunas en clave italiana (You can’t hurry love/L’amore Verrà). Desembarco brasileño hubo por dos: Gilberto Gil dejó la política para mayor gloria de la canción y, vaya, con 69 años sigue en plena forma. El maestro bahiano regaló un recorrido nutrido por los sonidos del nordeste: forró, baião, xote, maxixe… y mucho tropicalismo flotando en dos horas largas que duró la lección. Gigante Gil, no se esperaba menos, profesor absoluto de la guitarra brasileña, ya sea si se arrima al folclor propio (Dança Da Moda, Óia Eu Aqui De Novo, Lamento Sertanejo) como si rescata su homenaje reggae a Marley (Não Chore Mais). Se fue dejando dos mil almas boquiabiertas con O Livre Atirador e a Pegadora, antes de regresar rápido como invitado para susurrar Esses Moços. Abrió sesión nocturna Adriana Calcanhotto, elegante, la gaucha más nutritiva de la penúltima hornada. Vino con el estreno de su disco de sambas, pero es su pop mayestático, puro expresionismo, el que termina por cautivar a quien no la conoce. Ya se sabe de su cancionero rebosante, también del ojo clínico con el que elige parceiros (Lancelotti, Continentino, Morães), incluso de sus golpes de efecto (percusión con pozuelos de café, distorsión con megáfono infantil… hasta un secador de pelo entre confetis). Pero que nadie caiga en la confusión: Adriana Calcanhotto retrata lo cotidiano como pocas (y pocos) hoy en Brasil. De músicas añejas sabe, y mucho, Mavis Staples. Rescatada del olvido por Jeff Tweedy, la gran dama de Chicago inauguró la noche dedicada al blues y, quizá porque sabía lo que vino después, condensó en una hora medio siglo de sabiduría popular. Bastó escuchar su voz trémula rompiendo espejos de edad con Last Train, la resurrección You Are Not Alone o, ya arrimada al gospel, Creep Along Moses. Cierto que regateó esfuerzo, pero su hora de gloria cotizó en quilates mucho más que el simulacro que llegó luego. Y de África, la escasa cuota recayó en el senegalés Cheikh Lô. Más sosegado que en visitas anteriores, el amable baye fall completó un recital espléndido. Sin aspaviento, con tama y batería amortiguados ante una voz que devuelve el precio de la entrada. Se volcó en Jamm, repasó su mbalax lo-fi y reiteró ser el gran exponente del acervo caribeño en el oeste africano: Seyni, preñada de Cuba. Barroso y Portabales: baile bonito y sabroso en la memoria.

CUARTO CRECIENTE

Quiso poner a bailar como salvajes y lo consiguió, aunque al final diera aspecto de más fiesta que chicha. Stewart Copeland encontró en la tarantella y la pizzica aquel espíritu que utilizó para domesticar el ritmo del punk vía new wave. Baterista proteico, eso no se discute, desembarcó con tanta energía que más que abrir puertas salió disparado por la ventana. Triunfó entre multitudes, quizá porque se esperaba una hipérbole, e hipérbole hubo, pero cabe dudar si el percusionista mejor dotado de su generación está sólo para animar la fiesta. Menos efervescencia en el público encontró El Guincho, pero su propuesta de directo sigue madurando. Ya con guitarra y bajo de cuerpo presente, Pablo Díaz-Reixa parece haber encontrado la fórmula que haga accesible el torrencial despliegue de Alegranza y Pop Negro. Su catarata de ganchos a las caderas admite poco debate: Bombay suena casi mejor que en disco y los hermanos mayores (Palmitos Park, Kalise, Fata Morgana) siguen con el viento en las velas. En otro código, también Russian Red continúa en maduración. Ajena a polémicas fanáticas, Lourdes Hernández defendió con solvencia la cosecha nueva de Fuerteventura, con esa veta autoconfesional (Nice Thick Feathers, Braver Soldier) y cierta cadencia beat (I Hate You But I Love You). Camino consolidado que ya tiene Julieta Venegas. Llegó superviviente del Festival de Benicàssim, pero el sonido se la jugó: apenó ver al ruido fagocitar crónicas tan bien armadas. Algo así ocurrió con Instituto Mexicano del Sonido, con la diferencia de que Camilo Lara parece buscar adrede una sobreactuación que termina por empalagar su híbrido cancionero bailable; y Balkan Beat Box, entremés, ejem, mestizo sin mayor enjundia. Para inventos inflamables están Fréderic Galliano y sus chicos contagiosos del Kuduro Sound System. Música urbana de alto octanaje, orgullo y poder. Aviso: no apta para todos los públicos.

AMENAZA DE LLUVIA

Si no se sabe, no se puede. Cindy Lauper convocó una noche de blues con sabor a Memphis y terminó convenciendo, es un decir, con su pop avejentado de regusto kitsch. Se pasó una hora de quiero y no puedo (Down Don’t Bother Me, Crossroads, Don’t Cry No More), entre saltitos de ridículo y ceremonias de autocomplacencia. Apenas levantó vuelo, y es otro decir, con True Colors, Time After Time y, obvio, Girls Just Want To Have Fun. Más barato hubiera salido un karaoke. Es lo que tiene generar expectativas. Aprendida se tiene la lección Third World, que hizo lo que sabe. Ni más ni menos. Neo-reggae de fácil consumo, pero con dignidad. Casi como Afro Celt Sound System: pocos conciertos te hacen sentir tan viejo. Y pensar que Simmon Emerson, en 1994, produjo el atlético Firin’ in Fouta de Baaba Maal. Pero para potajes mal cocinados Ojos de Brujo, con su penoso camelo transgénico. Tantos años de intentos de mezclar a Run DMC con faldas de lunares para este triste simulacro que el invitado Peret deja con el culo al aire en diez minutos. Buche y pluma ná más… ahora (dicen) se van. Si es verdad, no se echarán en falta sus fruslerías.

Publicado en septiembre de 2011 en la revista Rockdelux

“La Europa que conquistó el mundo está en crisis”

18 Jul

GILBERTO GIL & ADRIANA CALCANHOTTO

por Carlos Fuentes 

Primero aparece Gilberto Passos Gil Moreira (Salvador de Bahía, 1942), tan ágil y elegante que parece tener un pacto con el diablo. A su lado, Adriana da Cunha Calcanhotto (Porto Alegre, 1965) asume pronto el rol de la estudiante aventajada que es. Se dirige al maestro como “profesor”, sonríen y, como si fueran dos africanos que no se han visto hace tiempo, se preguntan por la vida, las familias, por las cosas de la música. La canción brasileña, un mundo aparte que el licenciado Gil y la alumna Calcanhotto repasarán ante dos mil personas en el festival La Mar de Músicas, que se celebra en la ciudad de Cartagena. Ella estrena O micróbio do samba, y él está de gira con el folclor nordestino de Fé na festa. Dos caras de un mismo Brasil.

Están separados por veinticinco años, una generación, y los tres mil kilómetros entre Salvador y Porto Alegre…

Gilberto Gil: “Eso es Brasil. Una civilización, un proyecto de civilización muy rico y muy diverso, con elementos de varias culturas. Es justo eso. Rio Grande do Sul tiene una cultura muy fuerte, importante, con los temas campesinos y toda la cosa del sur porteño. Además de todo lo italiano, lo alemán… y Bahía es, por supuesto, una fuente permanente de cosas que se han unido todo el tiempo a la cultura de Brasil. Nos separa una distancia, pero cultural y espiritualmente no estamos tan lejos. Todo el tiempo hemos estado cerca. Porque Rio Grande do Sul representa un Brasil específico, propio, un Brasil que se enorgullece de sus características, pero que está encantado también con su condición inaugural. Por el sur, Rio Grande inaugura un país importante y grande como es Brasil. Y Bahía, lo mismo… Caetano [Veloso] gusta decir que los gauchos, allá donde estén, se identifican primero como gauchos. Incluso antes de decir su nombre. Dicen: soy gaucho y luego fulano de tal”.

Adriana Calcanhotto: “Pensaba que eso era algo personal, yo soy gaucha”.

G.G.: “No, no, con todos… se encuentran con nosotros en otros lugares de Brasil, o fuera del país, y lo primero que dicen es que son gauchos”.

¿Son tan diferentes esos dos Brasil?

G.G.: “Son diferentes, pero hay esa cosa de pertenecer, de estar encantados con pertenecer a algo propio, a Brasil, una civilización específica y distinta”.

A.C.: “Yo soy gaucha, pero siempre me encantó Bahía por identificación y por contraste. Es interesante porque Caetano me encantó de una manera explícita, arrebatadora… muchos años después, ya trabajando con Moreno [Veloso, hijo de Caetano], me ha mostrado la profundidad de la influencia de Gil en mi labor y en mi vida. La extensión de la influencia de Gil, algo de lo que yo no me había dado cuenta hasta entonces. Moreno me decía “no, no, eso no es Caetano, eso es Gil”. Y yo había puesto todo en la cuenta de Caetano, incluso cosas que no eran de Caetano. Moreno es muy preciso, y muy cuidadoso con esas cosas”.

G.G.: “Recuerdo cuando Moreno era muy pequeño, cuatro o cinco años, y se ponía: “no, papá, esto es Gil, esto es Gil… esto es música brasileña, sí, pero es Gil, es la música de Gil” [risas]. Él siempre ha tenido cuidado de diseñar una identidad propia, con excelencia… Moreno es de los pocos músicos de Brasil que pueden hacer música que yo toco, con los mismos arreglos. Conoce todo”.

¿Y ese respeto por las raíces es extensivo a las nuevas generaciones?

G.G.: “Sí, sí, bastante, muchísimo. Por Chico [Buarque], Milton [Nascimento], por toda la generación anterior; incluso antes, por [Dorival] Caymmi, por João Gilberto, Luiz Gonzaga… por todos los grandes creadores brasileños de todos los tiempos. Desde que tenemos radio y discos hay toda una comunidad de música popular que se comunica, que se reconoce como una unidad y una identidad, con hombres y mujeres cantantes, autores, músicos de Brasil”.

¿Es tan diferente la música que la generación de Gil hacía de la que ahora se trabaja con tecnologías nuevas y comunicación casi inmediata?

A.C.: “Lo mismo ocurrió cuando ellos se apropiaron de la guitarra eléctrica”.

G.G.: “Ella y toda su generación, si escuchamos sus músicas, la forma de componer, cómo escriben poemas, las formas de armonías y melodías… se siente claramente la bossa nova, la Jovem Guarda, Roberto Carlos, todo eso”.

A.C.: “Es que nos gusta hacer las cosas con transparencia”.

G.G.: “Y con gusto, con orgullo, con el sentido de pertenecer, de decir: “yo soy una consecuencia de algo que ocurrió antes y eso me hace lo que soy ahora, me da la cualidad y me da la potencia que tengo. Y puedo pasar adelante”.

A.C.: “Venimos contrastando para avanzar, con mucho respeto y orgullo”.

¿Será que la música brasileña es la primera que ha conquistado el mundo, la primera música globalizada?

G.G.: “Junto a la americana. Se puede decir que América tuvo ayuda, como decía un presidente norteamericano. Los americanos llegaban con la bandera, la conquista, la economía, muchas veces por la guerra, y enseguida llegaba la cultura. Estados Unidos ha estado ayudado por esta fuerza extracultural que utilizaba la cultura para imponerse, para hacerse presente como civilización. Brasil no fue eso: lo hizo a través de su cultura, las músicas, con el Cinema Novo, que eran los medios del siglo pasado. Por eso quizá la cultura brasileña sea más fuerte, porque partía de un país no tan fuerte como Estados Unidos”.

Quizá por eso Brasil no tiene enemigos…

A.C.: “No hay antibrasileñismo, como sí que hay antiamericanismo”.

G.G.: “Sin duda, la música brasileña es una de las más apreciadas y queridas del planeta. Si no la primera, somos la segunda”.

Gilberto Gil en 1992

Porque la música también juega un papel social. Es memoria de conciencia y transmisora de valores, más allá de la política…

G.G.: “Sí, por supuesto. Con todo, con la condición de proponer discursos, evaluaciones de lo que es la vida, cuestiones éticas, morales y espirituales. Una búsqueda de equilibrio entre la materialidad de la vida y la espiritualidad de las cosas del alma. En toda la tradición de la música en Brasil tenemos una fuerza muy profunda de la escritura, de las palabras y, por supuesto, de las músicas. Músicas que utilizan elementos muy profundos mediterráneos, de Portugal y de España, de Italia, Grecia… y otras más recientes desde Estados Unidos y Europa. Y luego están las cosas locales, indígenas, cosas negras de África, que han sido una aportación mayor, extraordinaria, para el desarrollo de la música en Brasil. La cultura brasileña es una cultura propiamente política”.

Adriana Calcanhotto

Dice Rubén Blades que los cinco años que pasó como ministro de Panamá lo habían hecho mejor músico y mejor persona. ¿Y a usted?

G.G.: “Creo que sí, también. No sé si por el hecho de haber sido ministro de Cultura, pero sí por todo lo que significó vivir aquellos casi seis años y todo lo que vino después. Cómo llegaba mi presencia a la vida brasileña y fuera, ya como representante de mi país. Me permitió calmarme, asumir la vida mucho más tranquilo después de haber vivido algo tan difícil como es la política”.

A.C.: “En esa época me preguntaban mucho: ¿Qué piensas sobre Gil como ministro? Y yo decía: bueno, si él está contento, estoy contenta. Pero estaba dividida porque ser ministro no permite escribir canciones, aunque me gustaba mucho ver a una persona ética como él integrando el Gobierno de mi país”.

¿Y está el mundo tan mal como parece?

G.G.: “Está difícil a causa de cambios naturales que no son sólo un cambio sino una mutación muy grande por la imposición definitiva del industrialismo, del consumismo, del productivismo, de la aceleración de la tecnologización de todos los medios de creación. Una econometría que mide todo y que provoca un cambio extraordinario en el alma humana, en la psique y el cuerpo humano”.

A.C.: “Es una situación límite porque el planeta está agotado”.

G.G.: “Y ha provocado una crisis muy fuerte. ¿Cómo preparar el futuro, cómo garantizar el futuro? Con un crecimiento extraordinario de población, ¿cómo producir más y más para satisfacción de toda esta gente? Más coches, más aviones, más barcos, más energía, más bosques, más agua… De ahí esta revuelta de los comunes por lo que debe pertenecer a todos. El capitalismo más el industrialismo más la aceleración tecnológica han impuesto a la vida una aceleración que ha causado esta crisis. No hablo sólo en negativo, hay aspectos positivos: Internet, células madre y nanotecnología… son cambios positivos, pero imponen una mutación de la vida humana”.

A.C.: “Me encanta vivir en este tiempo. Nunca pensé que pudiera vivir esta época, la idea de poder hacer música en mi casa y compartirla con alguien que está en Tokio o en Madrid. Pensaba que eso iba a ocurrir dentro de cien años, en otra generación. Es fantástico y soy optimista, pero la velocidad de esos cambios, la aceleración, ha causado una crisis ética. Y eso es lo más grave”.

G.G.: “Es una crisis de poder. Ahora la humanidad se pregunta: ¿podemos? Algo que antes no se preguntaban tantos, ahora es una pregunta universal”.

A.C.: “Estamos todos tan cerca en Internet, no entiendo por qué hay guerras”.

G.G.: “Ahora se hace muy claro que la guerra no es necesaria para los grandes propósitos del ser humano. Esa secuencia de mayor desarrollo, mayor poder y mayores enfrentamientos ya no es lógica, naturalmente lógica como ha sido en el pasado. Con más poder, más fuerza; con más fuerza, más potencia; y con más potencia, más creación… más, más, más. Hoy se comprende la entropía de la aceleración. Cuánto más rápido se anda quizá menos se alcanza. Esto no había antes, cuando progreso significaba adelante siempre. Ahora el progreso amenaza la vida. En China, para que todos tengan un coche, será un sacrificio absurdo de ríos, tierras, aire… por primera vez en la historia de la humanidad, más puede significar menos y menos puede significar más”.

¿Cómo se ve desde un Brasil que crece esta crisis en Europa?

G.G.: “Europa, los que conquistaron el mundo, los de Extremadura que llegaron a Chile, Venezuela, México, los Pinzón, los Valdivia, e Inglaterra con su imperio y Alemania con su pesadilla… están en crisis. Los que eran más ahora son menos, y los que eran menos ahora son más: Brasil, India, Sudáfrica… y es bueno que sea así porque es la única manera de recomponer, reciclar y repensar el mundo”.

¿Será este siglo el momento de América Latina y África?

G.G.: “En este sentido, sí, como nueva contribución al concepto de civilización”.

A.C.: “Cuando yo nací, Brasil era el país del futuro y no se creía que llegaría el futuro, pero ha llegado y somos un país del presente”.

Otro mérito de Brasil es haber superado la barrera racial, ahora que en Europa se vuelven a utilizar las diferencias como armas contra el otro…

G.G.: “En Brasil estamos en un proceso de avance. La construcción del país, de la economía y de la cultura ha sido hecha con contribuciones de todos, de africanos, europeos, asiáticos, indígenas locales… Nos acostumbramos a ser varios, a ser diversos, a conocer la diferencia y a identificar la diferencia como identidad. En Brasil, el diferente es idéntico. Hay tensión, hay conflicto, sí, pero hay un horizonte de solución y de armonización que todos buscan. Brasil es un país que se gusta popular, que se quiere popular, plural”.

A.C.: “En Angola soy el enemigo. No me tratan bien, salvo que me reconozcan como Adriana la brasileña o que yo diga que soy brasileña. Entonces, la reacción cambia: “ah, eres brasileña, no hay problema”.

G.G.: “Brasil es otra cosa, es una mezcla de razas, una mezcla mística”.

Gilberto Gil

Actor principal del tropicalismo, el movimiento que agitó la cultura brasileña en los años sesenta, Gilberto Gil acaba de cumplir 69 años pero mantiene activo su compromiso con la canción como herramienta de progreso humano. Autor carismático, investigador incansable de los orígenes negros y europeos de las músicas brasileñas, en 1968 fue encarcelado y forzado al exilio en Londres con su amigo Caetano Veloso. Compositor de piezas emblemáticas como Soy loco por ti América o Vamos fugir, ha publicado más de medio centenar de discos. En su trabajo más reciente, Fé na festa, explora sonidos del nordeste del país con ritmos y danzas añejas como forró, baião, maxixe, xaxado o xote. Entre 2003 y julio de 2008 fue ministro de Cultura junto al presidente Lula.

Adriana Calcanhotto & Gilberto Gil

Adriana Calcanhotto

Hija de baterista de jazz y bailarina, Adriana Calcanhotto ha hilvanado en veinte años una carrera de prestigio e inmenso aprecio popular. Debutó interpretando a Caetano Veloso, Roberto y Erasmo Carlos, Titãs y Lupicínio Rodrigues, pero pronto desveló una musicalidad propia que oscila entre la bossa-nova, el pop y la electrónica más amable. Autora de miniaturas sonoras que ya están cerca del clásico (Esquadros, Devolva-me), ha colaborado con la generación última que viene abrillantando la nueva canción brasileña (Moreno Veloso, Kassin, Domênico Lancelotti) y con la mejor poética nacional contemporánea (Waly Salomão, Antônio Cícero, Arnaldo Antunes). En 2004 convirtió en disco de oro su delicioso álbum de canciones infantiles Adriana Partimpin. Está casada con la cineasta Suzana de Moraes, hija del poeta y compositor Vinicius de Moraes.

Publicado en el diario Público el 18 de julio de 2011