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Nuevo tropicalismo africano

25 Sep

Batida

por Carlos Fuentes

Invento de francotirador para un siglo nuevo, Batida es el proyecto personal del músico portugués de raíces angoleñas Pedro Coquenão. Una audaz batidora de folclore africano cocinado con aromas a pista de baile global. Con apenas un disco homónimo, y ya viene otro en camino, este artista radicado en la ciudad de Lisboa ha trazado una hoja de ruta sin visados ni pasaportes. Para superar anacrónicas fronteras culturales y alimentar públicos nuevos.

Antes, mucho antes de que las músicas africanas fueran redescubiertas por el público grande del norte de Europa, Portugal ya ejercía como puerta de entrada de los sonidos del continente negro. Cuestión de herencia: la presencia colonial en África hilvanó intensos lazos de comunicación cultural entre ambas orillas. Y el lisboeta Pedro Coquenão es hijo de este acervo. Criado con un pie en cada lado, este músico también conocido como DJ Mpula ha ensamblado con éxito aromas de pistas de baile contemporáneas y pespuntes sonoros rescatados de grabaciones añejas de los setenta. Batida, alter ego que también titula su disco de estreno, rebosa tropicalismo africano sin concesión alguna a la melancólica saudade. “La cultura portuguesa está presente en algunos países de África y rasgos de esos países también están en nuestra cultura, y yo lo único que hago es intentar potenciar la comunicación entre ambas partes”, afirma Batida.

Todo empezó en la radio. En 2006 Pedro Coquenão propuso al canal nacional un programa de música enfocado a la investigación y el rescate de grabaciones antiguas que mostraran el vínculo emocional entre Portugal y los cuatro países africanos con raigambre lusa. Era un buen plan, pero la música presente acabó por imponerse a la historia. “De pronto”, explica el músico desde Lisboa, “me di cuenta del empuje de la nueva electrónica que se está haciendo ahora en las ciudades de África”. Eran años de eclosión para ritmos como el kuduro, cóctel de hip hop, house y kizomba angoleño que invitó a mirar a África con ojos de modernidad. Batida ya estaba en camino. Coquenão comenzó a grabar bases instrumentales para enviar por la red a jóvenes raperos de Luanda, la capital efervescente de Angola. Pronto comenzaron a llegar de vuelta pistas de sonido alimentadas con la vehemencia rapera de los africanos. “No estaba buscando algo en particular, más bien una vía de expresión personal para crear algo que sienta de veras. Porque la música africana forma parte de mí desde que tengo uso de razón. Mi madre dice que ella solía cantar cuando estaba embarazada, así que esa influencia siempre estuvo ahí. Luego apareció la primera banda de África que recuerdo, el dúo Ouro Negro, y también el angoleño Bonga, que me llamó la atención de niño por su figura elegante y ese nombre tan poderoso”.

Batida DJ MpulaEl disco Batida (Soundway Records-Music As Usual, 2012) fue el primer capítulo de la alianza luso-angoleña. Ocho canciones repletas de aportaciones de artistas urbanos desconocidos fuera de las fronteras culturales de África como Circuito Feixado, Ikonoklasta, MCK, Ngongo y Bob da Rage Sense, más dos piezas propias (Alegria, Bazuka). Todo fue procesado, con vocación híbrida, en los estudios del productor Beat Laden en Lisboa. “Como músico y como persona me siento cómodo oscilando entre géneros, y creo que no estoy obligado a elegir. Porque la música electrónica puede ser tan tradicional como el folclore. Y como las tradiciones pueden llegar a ser tan sofisticadas como la electrónica, no tengo por qué elegir entre una y otra”, indica Batida, convencido de que “lo contemporáneo será la tradición del futuro”. En esta dirección Pedro Coquenão reivindica influencias seminales del rock y del pop de su época, de The Clash a New Order, del jazz al house noctámbulo. “El vínculo entre culturas no es algo nuevo ni tiene una ruta que trazar con facilidad. ¿Quién empezó qué? No lo sé, porque incluso el fado tiene unos orígenes variados a partir del diálogo entre Portugal, los países africanos e incluso Brasil. Y ahora las influencias de países como Angola o Cabo Verde están muy activas en muchos barrios de Lisboa”.

Pedro Coquenao (Batida)

Consciente del público creciente que atesoran las músicas de África, Batida se ha propuesto ampliar el eco de los sonidos negros contemporáneos. De hecho, su último proyecto combina música e imágenes en el documental É Dreda Ser Angolano, la historia de una ficticia estación de radio en Luanda que se grabó sobre el terreno, sin apoyo comercial, y en una suerte de ágil ejercicio Dogma. “Primero pensamos en recolectar imágenes para ilustrar un video del Conjunto Ngonguenha, pero luego terminamos acumulando diecisiete cintas con material de Ikonoklasta”, explica Pedro Coquenão, “así que decidimos fusionar todo en una especie de documental hilvanado con samples de mi disco y de algunos conciertos. Fue una suerte dar con este material callejero porque, además de ayudar a que la nueva música angoleña sea más conocida fuera de África, creo que también ofrece una perspectiva diferente del trabajo de Batida”. Porque las músicas de África han vuelto para quedarse. “Ahora hay público más pendiente de las músicas que se están haciendo en todo el mundo y eso ha generado unas audiencias más abiertas en gustos, sin muchos prejuicios al encontrarse con otras culturas. Y ahora la gente viaja más, así que buscar fuera es más fácil que antes. Puede que sea una moda, realmente no lo sé, pero es positivo”. Y en el creciente interés africano de disqueras europeas, ¿no se esconde cierto oportunismo? “No lo creo, yo pienso que es genial que un artista y un sello se encuentren y trabajen al mismo nivel. Al menos es lo que ha ocurrido conmigo en Soundway Records. Yo creo en las personas, no en países ni en mercados”.

Publicado en la revista Rockdelux en septiembre de 2013

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Ráfagas de eléctronica con África sonando de fondo

4 May

Buraka Som Sistema

BURAKA SOM SISTEMA

por Carlos Fuentes

No está claro si fue premeditado o pura casualidad, pero habría que dar un premio al promotor que se las ingenió para hacer coincidir el regreso de los portugueses Buraka Som Sistema con la primera noche del carnaval. Porque pocas músicas se antojan más apropiadas para ambientar el baile de una fiesta de disfraces urbanos. Con el calendario jugando a favor, los seis de Amadora desembarcaron con toda la energía posible: dos baterías enfrentadas sobre el escenario, tres cantantes saltimbanquis y, quizá el armazón del sonido Buraka, un DJ disparando ráfagas de electrónica industrial desde una mesa en el fondo.

Cuentan en Angola que el sonido kuduro, otro hijo putativo de las barriadas de las nuevas ciudades africanas, nació de la simbiosis inteligente entre porciones de electrónica barata, pespuntes infecciosos de ragga, abundante house y no pocos aromas africanos, brasileños y portugueses. Y si kuduro significa “culo duro” en el idioma criollo que se habla en Luanda, ya puede usted hacerse una idea cierta del ritmo frenético de Buraka Som Sistema. Así ocurrió en su festivo regreso madrileño: no hubo tregua durante la apenas hora de concierto, entre un chorreo de bases pregrabadas lanzadas como metralleta Kalashnikov y el baile agitado de tres vocalistas, tres raperos, que sí, carajo, se ganan el sueldo de cada noche. Puede ser que un análisis exhaustivo ponga en solfa que con tanto torbellino las canciones se solapan unas con otras, que en esencia todas las músicas suenan (demasiado) parecidas y que, en fin, la fina ingeniería que incluyen los cuatro discos del grupo pierde la guerra en este huracán casi pogo.

Obviando al sector fetichista del medio millar de espectadores (que, era obvio, recibieron su dosis con Kalemba y fueron contentos a dormir), estos conciertos catárticos vuelven a mostrar que, a veces, es más importante el continente que el contenido. Y los seis chicos de Buraka Som Sistema tienen bien aprendida la lección: baile sin freno, sonidos saturados y a volumen feroz. Una fórmula eficaz para agitar las pistas de baile en este ya viejo siglo nuevo. Porque a ciertas horas de la noche poco importa que su repertorio, aún en fase de crecimiento precoz, intente sumar mensajes de cierto calado social (Candonga), celebre el hedonismo noctámbulo (We stay up all night, Aqui para vocês) o se arrime al origen religioso de las músicas africanas (Komba). Porque a la postre, aquí se vino a bailar duro con Blaya vestida de esqueleto y con Rui Pité disparando alto. Sin hacer prisioneros. Lo resumió bien una chica sudorosa a la salida: “No me lo pasaba tan bien desde los tiempos del house”. Pues eso, bailad malditos.

Publicado en la revista Rockdelux en marzo de 2012

Regreso a La Mar de Músicas

11 Jul
Falta una semana para La Mar de Músicas,
así sonó el año pasado el festival de Cartagena
www.lamardemusicas.com

Canciones al dente para todos

Por Carlos Fuentes

No hay nada como las apreturas económicas para incentivar la imaginación. En Cartagena, donde ya es milagro que un festival de sonidos étnicos sobreviva con la que está cayendo, la última finta a la crisis ha sido reducir presupuesto, acortar el calendario y, sobre todo, combinar un cartel de pesos pesados con medianías de menor caché pero efectivas entre el público menos avezado. No es mala fórmula para sobrevivir, en la confianza de que venga un tiempo mejor.

CANCIÓN DE LUNA LLENA

En una edición, la decimoséptima, dedicada a Italia, la primera grata sorpresa llegó precisamente del país invitado. De Nina Zilli ya se sabía por 50 mila, la pieza que Ferzan Özpetek incluyó en su película Mine vaganti. Pero resulta que la cantante piacentina es mucho más que un éxito de temporada. Resuelta sobre las tablas, Zilli enarboló su pop con pespuntes soul, sonido que ya busca heredera, con canciones agradecidas como L’uomo Che Amava Le Donne y Cera Una Volta, más puntales adaptaciones de la matriz Motown (My Girl), algunas en clave italiana (You can’t hurry love/L’amore Verrà). Desembarco brasileño hubo por dos: Gilberto Gil dejó la política para mayor gloria de la canción y, vaya, con 69 años sigue en plena forma. El maestro bahiano regaló un recorrido nutrido por los sonidos del nordeste: forró, baião, xote, maxixe… y mucho tropicalismo flotando en dos horas largas que duró la lección. Gigante Gil, no se esperaba menos, profesor absoluto de la guitarra brasileña, ya sea si se arrima al folclor propio (Dança Da Moda, Óia Eu Aqui De Novo, Lamento Sertanejo) como si rescata su homenaje reggae a Marley (Não Chore Mais). Se fue dejando dos mil almas boquiabiertas con O Livre Atirador e a Pegadora, antes de regresar rápido como invitado para susurrar Esses Moços. Abrió sesión nocturna Adriana Calcanhotto, elegante, la gaucha más nutritiva de la penúltima hornada. Vino con el estreno de su disco de sambas, pero es su pop mayestático, puro expresionismo, el que termina por cautivar a quien no la conoce. Ya se sabe de su cancionero rebosante, también del ojo clínico con el que elige parceiros (Lancelotti, Continentino, Morães), incluso de sus golpes de efecto (percusión con pozuelos de café, distorsión con megáfono infantil… hasta un secador de pelo entre confetis). Pero que nadie caiga en la confusión: Adriana Calcanhotto retrata lo cotidiano como pocas (y pocos) hoy en Brasil. De músicas añejas sabe, y mucho, Mavis Staples. Rescatada del olvido por Jeff Tweedy, la gran dama de Chicago inauguró la noche dedicada al blues y, quizá porque sabía lo que vino después, condensó en una hora medio siglo de sabiduría popular. Bastó escuchar su voz trémula rompiendo espejos de edad con Last Train, la resurrección You Are Not Alone o, ya arrimada al gospel, Creep Along Moses. Cierto que regateó esfuerzo, pero su hora de gloria cotizó en quilates mucho más que el simulacro que llegó luego. Y de África, la escasa cuota recayó en el senegalés Cheikh Lô. Más sosegado que en visitas anteriores, el amable baye fall completó un recital espléndido. Sin aspaviento, con tama y batería amortiguados ante una voz que devuelve el precio de la entrada. Se volcó en Jamm, repasó su mbalax lo-fi y reiteró ser el gran exponente del acervo caribeño en el oeste africano: Seyni, preñada de Cuba. Barroso y Portabales: baile bonito y sabroso en la memoria.

CUARTO CRECIENTE

Quiso poner a bailar como salvajes y lo consiguió, aunque al final diera aspecto de más fiesta que chicha. Stewart Copeland encontró en la tarantella y la pizzica aquel espíritu que utilizó para domesticar el ritmo del punk vía new wave. Baterista proteico, eso no se discute, desembarcó con tanta energía que más que abrir puertas salió disparado por la ventana. Triunfó entre multitudes, quizá porque se esperaba una hipérbole, e hipérbole hubo, pero cabe dudar si el percusionista mejor dotado de su generación está sólo para animar la fiesta. Menos efervescencia en el público encontró El Guincho, pero su propuesta de directo sigue madurando. Ya con guitarra y bajo de cuerpo presente, Pablo Díaz-Reixa parece haber encontrado la fórmula que haga accesible el torrencial despliegue de Alegranza y Pop Negro. Su catarata de ganchos a las caderas admite poco debate: Bombay suena casi mejor que en disco y los hermanos mayores (Palmitos Park, Kalise, Fata Morgana) siguen con el viento en las velas. En otro código, también Russian Red continúa en maduración. Ajena a polémicas fanáticas, Lourdes Hernández defendió con solvencia la cosecha nueva de Fuerteventura, con esa veta autoconfesional (Nice Thick Feathers, Braver Soldier) y cierta cadencia beat (I Hate You But I Love You). Camino consolidado que ya tiene Julieta Venegas. Llegó superviviente del Festival de Benicàssim, pero el sonido se la jugó: apenó ver al ruido fagocitar crónicas tan bien armadas. Algo así ocurrió con Instituto Mexicano del Sonido, con la diferencia de que Camilo Lara parece buscar adrede una sobreactuación que termina por empalagar su híbrido cancionero bailable; y Balkan Beat Box, entremés, ejem, mestizo sin mayor enjundia. Para inventos inflamables están Fréderic Galliano y sus chicos contagiosos del Kuduro Sound System. Música urbana de alto octanaje, orgullo y poder. Aviso: no apta para todos los públicos.

AMENAZA DE LLUVIA

Si no se sabe, no se puede. Cindy Lauper convocó una noche de blues con sabor a Memphis y terminó convenciendo, es un decir, con su pop avejentado de regusto kitsch. Se pasó una hora de quiero y no puedo (Down Don’t Bother Me, Crossroads, Don’t Cry No More), entre saltitos de ridículo y ceremonias de autocomplacencia. Apenas levantó vuelo, y es otro decir, con True Colors, Time After Time y, obvio, Girls Just Want To Have Fun. Más barato hubiera salido un karaoke. Es lo que tiene generar expectativas. Aprendida se tiene la lección Third World, que hizo lo que sabe. Ni más ni menos. Neo-reggae de fácil consumo, pero con dignidad. Casi como Afro Celt Sound System: pocos conciertos te hacen sentir tan viejo. Y pensar que Simmon Emerson, en 1994, produjo el atlético Firin’ in Fouta de Baaba Maal. Pero para potajes mal cocinados Ojos de Brujo, con su penoso camelo transgénico. Tantos años de intentos de mezclar a Run DMC con faldas de lunares para este triste simulacro que el invitado Peret deja con el culo al aire en diez minutos. Buche y pluma ná más… ahora (dicen) se van. Si es verdad, no se echarán en falta sus fruslerías.

Publicado en septiembre de 2011 en la revista Rockdelux