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Para dormir mil y una noches en un riad de Marrakech

2 Ago

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por Carlos Fuentes

Dormir como un sultán en un palacete tradicional con encanto. Es una oferta difícil de rechazar para garantizar un turismo con calidad y sentido histórico. Y en Marrakech, la gran ciudad del sur Marruecos, el sueño de las mil y una noches es posible si se opta por residir en uno de sus riads. Añejas casonas que atestiguan el devenir del tiempo por la medina de una ciudad de pasado imperial y que ahora brilla como Patrimonio de la Humanidad.

Con sus diez largos siglos de historia, Marrakech destaca entre las ciudades del norte de África como un gran destino, accesible y cercano, hacia un primer viaje al exotismo y a los sabores tradicionales de esta esquina del continente. Palacios, mezquitas, zocos y museos trufan sus callejuelas añejas, siempre repletas de vecinos y viajeros, comerciantes y turistas. Siempre alrededor de la legendaria plaza Jemaa el-Fnaa, epicentro de la vida en este rincón tranquilo del mundo. Junto a la esbelta torre de ladrillo rojo de la mezquita de la Kutubía, hermana de la Giralda sevillana, donde es tradición ese deporte tan viajero que es sentarse con un té a la menta a ver la vida pasar. Marrakech, fundada por los almorávides en 1062. De aquí salió el nombre de un país, Marruecos. Una de las cuatro ciudades imperiales marroquíes junto a Rabat, Fez y Meknés. Y también el principal destino nacional por su oferta de turismo, ocio y comercio.

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La gama de alojamientos turísticos en la ciudad de Marrakech es todo lo amplia que usted pueda imaginar. El visitante puede optar por disfrutar del servicio y el entorno tranquilo de hoteles de leyenda como La Mamounia. Ya una institución por su historia: construido en el año 1922 y con un estilo híbrido entre rasgos tradicionales y europeo art decó, este hotel ha recibido a numerosos visitantes ilustres. Políticos como Charles de Gaulle, Ronald Reagan o Nelson Mandela y presidentes en tiempos de guerra como el premier británico Winston Churchill y el norteamericano Theodore Roosevelt, que se reunieron aquí a comienzos de 1943 para estudiar la estrategia aliada en la Segunda Guerra Mundial. También las habitaciones de La Mamounia han recibido a personajes emblemáticos del mundo del cine como la actriz alemana Marlene Dietrich, quien rodó aquí varias escenas de la película Morocco bajo la dirección de Josef von Sternberg. Otro mito del cine de todos los tiempos, el director Alfred Hitchcock, residió en una de sus suites durante el rodaje marroquí de El hombre que sabía demasido.

MamouniaRodeado por recuerdos de tiempos mejores que mezclan el cine con la moda del diseñador francés Yves Saint Laurent, que fue vecino de Marrakech y legó a la ciudad su magnífica casa-jardín azul llamada Majorelle, ahora abierta al visitante como oferta de paseo relajado, el turista también puede apostar por imprimir un toque tradicional a su estancia, no menos tranquila ni relajada, en la ciudad roja. Y nada mejor que un riad para experimentar cómo se vivía en la medina antigua de Marrakech. Levantados sobre añejos edificios de adobe y madera, los riads son residencias tradicionales que se extienden en los barrios más antiguos de las grandes ciudades del norte de África. En Marruecos son numerosos en ciudades como Marrakech, Essaouira, Fez y Meknés. Desde el exterior, una de las principales características de todo riad es la modestia de su aspecto, su capacidad para pasar casi desapercibido entre el trasiego cotidiano por callejuelas y plazas que parecen no tener fin. Pero la primera impresión no es más que un espejismo. De puertas adentro, la vida del riad se desarrolla en torno a sus patios ajardinados donde el agua, fuente de frescor donde habita el desierto, invita a conocer la afamada hospitalidad de la casa árabe. Porque en ciudades como Marrakech son estas viejas casonas tradicionales depositarias de los secretos de la vida cotidiana de los marroquíes, sus rituales diarios, con el aroma de la menta recién cortada y una sugerente invitación a su rica cocina de sopas, carnes, pescados y verdura. Con postre de hojaldre, pistacho y miel.

Rescatados del paso del tiempo, algunos edificios con más de un siglo de viva historia por haber sido propiedad de familias de la aristocracia y la nobleza de Marruecos, los riads se ofrecen ahora como una posibilidad de alojamiento con la comodidad propia de un establecimiento moderno. Y con la ventaja habitual de estar ubicados en el corazón de la ciudad vieja, casi siempre a tiro de piedra de la frenética actividad del zoco. Es el caso de Marrakech, donde un recorrido a espaldas de la plaza Jemaa el-Fnaa permite elegir destino para una estancia con plenas garantías en riads de alto rango como La Sultana. Situado en plena kasbah de Marrakech, junto a las tumbas de los príncipes saadíes del siglo XVI (aunque descubiertas en 1917) y a diez minutos de paseo hasta la gran plaza, este riad con encanto se distingue por el lujo, los servicios y el buen gusto. Con una treintena de habitaciones, piscina interior y baño árabe propio, La Sultana ofrece al huésped unas vistas estupendas desde su azotea sobre la medina, un punto de encuentro para compartir las excursiones urbanas por Marrakech.

Jemaa el-Fnaa

Otro palacete árabe que ha sido reconvertido con éxito en establecimiento para el uso turístico es el riad Enija. Situado a la derecha de la plaza Jemaa el-Fnaa y rodeado de la actividad moderada del barrio Derb Tabachi, este hotel ocupa la residencia que fue del rey Kaid, aunque a finales del siglo XIX fue adquirido por una rica familia de comerciantes de telas procedente del norte del país. En sus habitaciones reina la tranquilidad y el esmero por cada detalle del servicio, casi siempre paseando entre joyas patrimoniales de la arquitectura, la historia y las bellas artes del gran país magrebí. Más cercano al mundo contemporáneo, y no es casualidad que esté situado a apenas dos callejuelas de la gran plaza, el riad Jnane Mogador ofrece una estancia cómoda, moderada en relación a la calidad y el precio, pero sobre todo muy bien situada para el viajero que guste de transitar sin desmayo todos los rincones del gran zoco de Marrakech. Sus habitaciones, austeras pero decoradas con gusto y cierto toque tradicional, son un buen recurso cercano para ir y volver al hotel, dejar las compras, y regresar a la plaza en busca de un vaso fresco de jugo de naranjas recién exprimidas.

Enfocado al gusto de los más pequeños de la casa, aunque quizá los mayores encuentren en Marrakech al niño que llevan dentro, el riad Abracadabra ofrece un establecimiento regentado por una pareja española en el corazón del zoco de la ciudad imperial del sur de Marruecos. También situado en el barrio Derb Tabachi, muy cerca del emblemático Café de France, donde es una costumbre obligada disfrutar de la puesta de sol sobre la Kutubía con un té con menta en la mano, este renovado riad ha buscado en la imaginación su seña de identidad para distinguirse del resto de establecimientos hoteleros en la parte antigua de Marrakech. Sus habitaciones llevan nombres tan sugerentes como Merlin, Oz, Aladin e incluso hasta Harry Potter tiene una suite a su nombre, y también los servicios ofrecen desde un baño refrescante en la piscina de la azotea como la posibilidad de almuerzo y cena en su restaurante temático. Con todo, este riad viene a redondear la amplia oferta de alojamiento con encanto en el corazón de uno de los destinos más atractivos, sugerentes y amables del norte de África.

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¿Cómo elegir un riad para vivir Marrakech?

Entre la abundante oferta de alojamientos que posee la ciudad de Marrakech, desde el austero hostal de mochileros hasta el lujo exótico de hoteles que más bien parecen palacios, los riads continúan aumentando su cuota de mercado en el turismo de esta ciudad roja del sur de Marruecos. ¿Pero cómo se valora un riad? ¿Cómo elegir una casona tradicional árabe que se ajuste a nuestras necesidades? Conviene primero saber que los riads se valoran en función no sólo de los servicios que ofrecen al visitante, ya que sus características físicas, su arquitectura y el estilo de sus estancias y mobiliario también son factores de importancia a la hora de llamar la atención del viajero. Debido a que este tipo de casas sufrió el abandono durante décadas, sobre todo cuando a mediados del siglo pasado las familias más pudientes optaron por trasladar su residencia a las partes de nueva construcción en la ciudad, son muy valorados los riads que han logrado recuperar y poner en valor parte del diseño arquitectónico de la edificación original realizada en estucos de yeso, maderas de mil colores y azulejos o mosaicos de cerámica tradicional. También destacan por puertas fabricadas a mano en talleres artesanales con maderas nobles. La entrada a un mundo de tranquilidad, de vida intramuros, para conocer la esencia de un país. 

Publicado en la revista NT en mayo de 2014

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Morir en el centro del mundo

7 Abr

Jemaa el-Fna Marrakech

Por Carlos Fuentes

Si en África la vida es la calle, Yemaa El Fna es el salón de Marraquech. Y por aquí desfila el trasiego cotidiano del millón de vecinos de la ciudad matriz de este país que una vez fue imperio. Plantada en el siglo XI, esta plaza con forma de flecha acoge cada día una metamorfosis infinita: amanece con aromas de té verde y ruido de venta ambulante, gangocheros de menta y limón, zumos de clementinas recién exprimidas, pero también fulleros con dentaduras postizas de segunda boca y encantadores de cobras drogadas. El mediodía es la hora de los vivos: guías de ocasión que buscan turistas de euro fácil, extranjeros temerosos de entrar solos en el avispero del zoco. Pero si el miedo es gratis, se regatea al doblar la esquina. No hay que temer al moro amigo; no engaña más allá de la triquiñuela de ocasión. Botellas de Orange Crush que no están frescas, aunque sonría el fresco detrás del mostrador. Y luego lo contará, feliz, a sus compinches, cigarrillo de quif a pachas, mientras aguarda la puesta de sol.

No hay ocaso como el de Yemaa El Fna, apenas comparable con el que luego vimos en la plaza Naghsh-i Jahan de Isfahán. Luz trémula que abre las noches para el aterrizaje de carromatos que trocan en parrillas con corderos al carbón, bandejas con pastela de carne de pichón y dulce baklava de pistacho con miel de azahar. Es la fiesta del final de cada día, que el turista bebe a sorbos desde la terraza del Café de France o en el martirizado restaurante Argana, a los pies de la intangible Kutubía. Los más listos, con una cerveza helada en el Hotel du Tazi, entre flores secas y flirteos de sexos iguales. Volveremos a Marraquech, quizá mañana, para ver la vida más viva. Para escuchar el eco de las letanías del repentista de halqa y celebrar que aún estamos vivos. Aunque pueda venir, escondido y cobarde, un abyecto a intentar matarnos en el centro del mundo.

Publicado en el periódico Diario de Avisos en abril de 2011