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Pedro Juan Gutiérrez: “Mi vida ha sido tan intensa que vale por tres o cuatro vidas normales”

16 Nov

Pedro Juan Gutiérrez

por Carlos Fuentes

Vuelve el animal tropical. El escritor y poeta cubano Pedro Juan Gutiérrez reveló las caras ocultas de La Habana cotidiana en cinco novelas incendiarias sobre el barrio de Centro Habana. Ahora el autor matancero publica Fabián y el caos (Anagrama), la historia real de una amistad entre dos jóvenes durante los días (y las noches) de revolución, frustración y represión en la primera Cuba comunista de los años 60.

A Pedro Juan Gutiérrez (Matanzas, 1950) le fueron a joder la vida cuando lo botaron de Bohemia. En la revista cubana vivió 26 años haciendo periodismo. Fue despedido, sin explicaciones, en enero de 1999. Tres meses antes había publicado Trilogía sucia de La Habana, libro guía de su nueva vida como escritor, y aquello fue un no parar. En cinco años encadenó otras cuatro novelas sobre su barrio de Centro Habana. En el año 2000 Animal tropical obtuvo un premio en Tenerife, la isla de su abuelo, emigrante de Santa Úrsula, y logró luego el italiano Sud del Mondo por Carne de perro. Ahora presenta Fabián y el caos, una historia armada con hechos reales sobre una amistad juvenil en la revolución y la represión en la Cuba comunista de los años 60.

Esta novela casi autobiográfica le costó remover heridas antiguas al escritor matancero. “Es biográfica hasta donde puede ser una novela en aquellos años vertiginosos, caóticos en lo político y en lo social. Años crueles marcados por la testosterona que jodieron la vida a mucha gente mientras otros se lo pasaban bien”, recuerda. “Los escritores cubanos tenemos que escribir sobre esa época para dejar por escrito cómo se vivió, no tanto desde la política sino desde la vida misma”, explica Pedro Juan Gutiérrez sobre una etapa oscura que vio nacer campos de trabajo forzado en el interior de Cuba, la infame UMAP (Unidad Militar de Ayuda a la Producción), para confinar a personas homosexuales, vagos y religiosos. “Durante veinte años pensé si debía escribirla o no por razones de ética”, reflexiona, “hasta que comprendí que era necesario remover el pasado; de hecho, ese es el trabajo del escritor”.

Pedro Juan Gutiérrez en Centro Habana

De aquella amistad en tiempos de cólera entre Pedro Juan y el joven Fabián por las calles efervescentes de la primera Cuba comunista surge un relato intenso, a ratos volcánico y descorazonado “porque habla de todo lo que queremos porque no lo tenemos”. “Detesto hablar de héroes, estoy de héroes hasta la punta de la coronilla, porque el ser humano es un animal con luces y sombras. Nunca se me ocurren personajes luminosos”. ¿Señal de que el animal de Centro Habana aún muerde? “El diablo se tranquiliza de noche para dormir, con los años se ha tranquilizado un poco, aunque la intensidad de vivir es un gran bagaje para escribir. Mi vida ha sido tan intensa que vale por tres o cuatro vidas normales, y mi barrio está igual y así seguirá muchos años”. Continúa Cuba en periodo especial, ¿cambiará la nueva relación con Obama? “El proceso actual no tiene nada que ver con los años 60, de hecho este es un proceso antiheróico en el que la gente está tratando de incorporarse al mundo moderno, al mercantilismo. Vendrán cambios, seguro, pero al ritmo cubano”.

La historia (triste) de un amigo en Cuba

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Despuntan los años 60 en Cuba y dos chicos, el inefable Pedro Juan, fuerte, seductor, y Fabián, flaco e inseguro, miope y homosexual, a priori sin nada en común, se hacen amigos genuinos en los agitados primeros instantes de la Revolución. Viviendo deprisa de espaldas al discurso oficial, buscando siempre esquinas de libertad. Son los mimbres de Fabián y el caos pergeñados por el escritor al que una vez llamaron “el Bukowski habanero” (y no le hace ninguna gracia) por su obra directa, atlética, sórdida e inflamable.

Publicado en la revista C Magazine en octubre de 2015

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Buena Vista Social Club: memoria cubana del son

4 May

Buena Vista Social Club

por Carlos Fuentes

Fue el último bolero del siglo XX. Hace casi veinte años, una casualidad logró reunir en La Habana a los supervivientes de la época dorada de las músicas cubanas. Ahora el disco Lost and Found rescata piezas inéditas de aquellas sesiones antológicas. Omara Portuondo, Eliades Ochoa y el productor Nick Gold glosan a Compay Segundo, Ibrahim Ferrer, Cachaíto y Rubén González en memoria del montuno, el cha cha chá, la guajira y el danzón.

Todo surgió de repente en La Habana. Nick Gold y Juan de Marcos González tenían estudio, pero no muchos músicos. Sí estaban Eliades Ochoa y Cachaíto López. Luego se sumaron Ibrahim Ferrer, Compay Segundo, Rubén González y Omara Portuondo. También Guajiro Mirabal, Puntillita y Pío Leyva. Seis días de marzo de 1996 para grabar lo que sería el álbum de resurrección de una de las músicas más poderosas del planeta, con el aliento de Ry Cooder siempre detrás. Con ocho millones de copias vendidas desde su publicación a final del año siguiente, Buena Vista Social Club fue luego película de Wim Wenders, colección de discos individuales (hasta una docena además del álbum titular), premio Grammy, gira mundial aún en marcha y, en fin, todo un acto de justicia histórica con los escasos supervivientes de la época dorada de la música en Cuba. “Sentía que me había estado preparando toda la vida para esto”, dijo Ry Cooder, que viajó a Cuba vía México para burlar el bloqueo norteamericano a la isla de los barbudos. Otros tiempos, casi ayer. Así renació el son montuno.

Buena Vista Social Club (1999)

OMARA PORTUONDO: LA REINA DEL BOLERO

Antes fue la novia del filin, aquel bolero preñado de jazz que hizo fortuna en los años 50, pero Omara Portuondo (La Habana, 1930) es mucho más que una voz cualquiera de mujer. En 1996, en una carrera con altibajos (cantó con Nat “King” Cole en Tropicana, luego su eco se opacó), anuló una gira por Vietnam para quedarse en La Habana. “La culpa de todo fue del inglés. Quería grabar con unos africanos y con Celina González, pero aquellos músicos africanos no llegaron y, como no tenían dama, me llamaron a mí”, explica divertida. Era un ajuste de cuentas con la historia. “Así es la vida. La música cubana se había olvidado, como ocurre en la vida con otras muchas cosas. Mira el rock, aún se hace en todas partes y los jóvenes no saben que por mucho tiempo la música cubana fue así. En todos lados se cantaba bolero, mambo y son campesino. La música tradicional es tan de Cuba como el guajiro o la bandera, y no exagero”.

Ya no están Compay Segundo (1907-2003), Rubén González (1919-2003) ni Ibrahim Ferrer (1927-2005). ¿Cómo era trabajar con ellos? “Muy fácil, todos eran magníficas personas. Eran tres maravillas de hombres”. Desde París, poco antes de volar para cantar en Australia, la voz de Silencio evoca también el tesoro humano del club de la Buena Vista. “Aquel éxito descubrió al mundo a esos grandes artistas, también sus historias humanas, que a veces no fueron tan alegres como parece”. Omara sabe de lo que habla: de reinar en la noche habanera a casi eclipsarse en discos de pobre repercusión en los duros años ochenta. Y ha hecho casi de todo. “He sido bailarina de rumba, mambo y cha cha chá”, dice. “Canté bolero, que nació para enamorar a las muchachas, y esa ha sido mi suerte, he podido hacer de casi todo. Y seguiré cantando hasta que me llegue el momento. La canción es parte de mi vida; sin ella me siento mal”.

En Lost and Found (World Circuit-Music As Usual, 2015), Omara interpreta dos piezas nutritivas: el seminal bolero-son de Matamoros Lágrimas Negras, grabado a última hora en las sesiones de 1996; y un guiño histórico registrado ocho años después: una versión de Tiene Sabor con el etéreo aire vocal que el cuarteto Las D’Aida interpretaba con Nat “King” Cole en las noches únicas del mítico salón de Marianao. “Era un tipo muy inteligente y como persona, muy decente. Cantaba muy bien, tenía un conocimiento musical extraordinario. En Cuba entonces había mucha afinidad con los músicos norteamericanos, venían a La Habana para gozar e intentar coger influencias de nuestro ambiente”.

Eliades Ochoa

ELIADES OCHOA: EL GUAJIRO DEL SON

Secundó en su grabación postrera al legendario Ñico Saquito, rescató al añejo Cuarteto Patria y mantuvo viva la llama del son cubano frente al olvido hasta la aparición de Compay Segundo con la antología Semilla del Son de Santiago Auserón. Guajiro de monte adentro, Eliades Ochoa (Santiago de Cuba, 1946) domina como pocos en Cuba la guajira campesina que hizo grande Portabales. Él ya estaba en el estudio EGREM cuando prendió la chispa de Buena Vista. “Me dijeron de grabar con africanos, pero esa gente nunca llegó. Y el productor decidió hacer un disco con los cubanos. A mí no me fueron a buscar, ya estaba sentado esperando para grabar”, recuerda el músico de Oriente, cuna del son. “Y me alegro de haber estado. Este disco abrió las puertas del mundo a las músicas cubanas. Los sonidos tradicionales estaban algo abandonados y llegó una ráfaga fuerte. Con Buena Vista todo lo que tenía olor a son cubano salía para el extranjero. Fue tremendo: llamaban desde cualquier rincón del mundo”.

Eliades Ochoa asume la herencia que recibió de los veteranos desaparecidos. “Eran los verdaderos maestros de nuestras músicas. Ahora tratamos de seguir su ejemplo para conservar la riqueza de su obra, su seriedad en el trabajo y la manera de proyectarse sobre el escenario. Marcaron el camino para llegar, nos señalaron una autopista para la música cubana”, indica el cantante, que ahora rescata Macusa a dos voces con Compay Segundo, similar combinación que bordó el emblemático Chan Chan que abre el disco original. “¿Qué me queda por hacer? Todavía mucho. Estoy empeñado en llevar estas músicas que tanto bien hacen por el ánimo de la gente a todos los rincones del mundo. Allá donde voy me reciben con cariño, con amor, y eso me da las fuerzas necesarias para continuar mi trabajo. Amor con amor se paga, y mientras respire y pueda mover mis manos, allí estaré enseñando al mundo qué es la música cubana”, añade Ochoa, a quien le gustaría ser recordado “como lo que soy, el Eliades que soy, un tipo de pueblo que camina por las mismas calles que camina el pueblo”.

Rubén González & Nick Gold NICK GOLD: NUESTRO HOMBRE EN LA HABANA

El productor Nick Gold (Londres, 1961) todavía se emociona cuando habla de aquellos días en La Habana. “Hace poco volví a escuchar las cintas originales y fue muy extraño: la música, como se grabó, me transportó de nuevo al estudio. Nunca creímos que fuera a pasar lo que pasó, ni tampoco nos dimos cuenta de lo que estábamos haciendo. Siempre había un ambiente increíble, la confianza de los músicos era absoluta, todos tocando para todos con mucho entusiasmo. La atmósfera era extraordinaria, muy orgánica, energética”, explica el director de World Circuit, disquera para la que nada fue igual tras editar Buena Vista. “Lo que vino después nos sorprendió a todos. El fenómeno fue creciendo poco a poco, empezó con el primer disco y fue cogiendo camino cuando se editaron los discos de cada músico. Ayudó mucho actuar en Amsterdam y Nueva York, también la película, por supuesto. A los tres años aquello ya era imparable”.

Para Gold, que antes había grabado al bluesman malí Ali Farka Touré y luego rescató a la senegalesa Orchestra Baobab, el éxito fue cuestión de apostar por la calidad dormida de los últimos de Cuba. “Nunca había escuchado una voz como la de Ibrahim. Era un maestro en las piezas lentas y también muy bueno con las bailables. Como persona era un tesoro, siempre amable y disciplinado. Nunca se creyó que era una estrella”. También añora los ratos compartidos con Rubén González. “Era un tío increíble. Tuve una suerte extraordinaria al poder sumarlo al proyecto. No podía parar de tocar, en 1996 ya llevaba mucho tiempo sin piano en casa. Y en el estudio estaba realmente on fire. Era muy inventivo, con un talento enorme y un gran sentido del humor. Cuando no tocaba, y eso ya era raro, siempre estaba con bromas”, explica el productor, quien apunta el primer disco en solitario del pianista como su capítulo preferido de la aventura cubana. “Aún recuerdo su grabación, a dos días de dejar el estudio. Él llegaba siempre muy temprano, siempre era el primer músico en llegar, y ya tenía en la cabeza todo lo que quería tocar. En ese disco yo sólo tuve que pulsar el botón de grabación, de algún lado de su memoria emergía una música poderosa”.

Catorce años después de Buena Vista Social Club, Nick Gold rescató aquella idea original de grabar con músicos africanos y cubanos. En Madrid logró reunir a Eliades Ochoa, Toumani Diabaté y Bassekou Kouyate para registrar el disco Afrocubism (2010). Son y guajira con kora y ngoni, pero ese ya es otro cantar.

Carnegie Hall

Aquel sonido ardiente y pegajoso

El mundo siguió girando tras Buena Vista Social Club y, en Londres, World Circuit continuó publicando buenas músicas cubanas y africanas, aquí bajo distribución primero de Nuevos Medios y ahora de Music As Usual. El disco más reciente, además, ajusta otra cuenta histórica. Abelardo Barroso fue una voz suprema de la música bailable del ecuador del siglo XX en Cuba. Lideró la Orquesta Sensación y, sorpresa, su fama engordó en África, donde su voz de exboxeador se equipara en popularidad con las de Benny Moré o la primera Celia Cruz. “Es otro cantante que realmente adoro. Escuché por primera vez su voz en algún lugar de África, Malí o Senegal, porque en toda África occidental sus canciones son tremendamente populares”, explica Nick Gold, satisfecho de poder invertir los réditos cubanos en redescubrimientos de la época dorada.

En la isla de Cuba, no obstante, tardó en calar el sonido añejo del rescate histórico del son y el bolero, músicas con las que se reconcilió buena parte de la población más joven que no conoce otra Cuba que la revolucionaria. El productor habanero René Espí dirigía Los Grandes Todos en Radio Ciudad de La Habana, una de las escasas ventanas a las gloriosas músicas de ayer en Cuba, e incide ahora en que “lo más positivo” del fenómeno Buena Vista Social Club “fue, sin duda, las oportunidades que dio a algunos músicos muy veteranos para reaparecer tras demasiados años de silencio y ostracismo”. “Compay Segundo, Ibrahim Ferrer y Rubén González tuvieron la segunda oportunidad de sus vidas”, explica el autor de la antología La Habana era una fiesta. “Por aquellos días en La Habana, el público más avezado, el más veterano, echaba en falta el empaste, la calidez y el timbre sólido que tenían los conjuntos cubanos en la época dorada”. En el disco, el ingeniero Jerry Boys apostó por un sonido más reposado que atlético. “Quizás fuera intencionado, quizás Ry Cooder tuviera en su cabeza el sonido de una casete reproducida hasta el desgaste absoluto”.

Publicado en la revista Rockdelux en abril de 2015

 

Laureles de Indias: la sombra verde que vino de Cuba

21 Feb

Laureles en Plaza de España (Los Llanos de Aridane)

por Carlos Fuentes

En las islas Canarias, a medio camino entre Europa y América, hay pocos árboles que hayan hecho tanta fortuna como el laurel de Indias. Y en el año que ya acaba, en 2013, se ha celebrado una fecha de referencia para valorar la importancia social que esta especie vegetal originaria de Asia tiene en muchas plazas, paseos, ramblas, parques y calles del archipiélago. El municipio de Los Llanos de Aridane, en la isla canaria de La Palma, conmemora ahora los 150 años de la plantación de los primeros laureles de Indias en su plaza central. Algunos estudiosos consideran que, quizás, estos árboles palmeros fueron los primeros ejemplares que se plantaron en toda Canarias después de su envío por mar desde la isla de Cuba.

La historia canaria del laurel de Indias, de nombre científico Ficus microcarpa, simboliza el trasiego de cinco siglos de historia en las islas, puertos de tránsito de gentes hacia los cinco continentes, aunque también de especies animales y vegetales. Desde los albores del largo proceso de conquista y colonización del archipiélago, ya durante el siglo XV, el aprecio por los espacios naturales y el recurso de lo verde brota en forma de jardines en las viviendas de familias más acomodadas. Son años de casas bajas fabricadas con argamasa y piedras, las mejores con obra de cantería y maderas típicas, pero también del nacimiento del arte de la jardinería en las siete islas de Canarias.

Es un tiempo de patios interiores recubiertos con callaos de roca de basalto recogidos a la orilla del mar, de esos primeros espacios cerrados a las miradas del curioso, el recurso socorrido de la sombra en los tórridos días del eterno verano insular. “En el archipiélago, la pervivencia del patio central interior, ajardinado, debemos considerarla como la evolución de un diseño ancestral”, explica el investigador botánico canario Arnoldo Santos Guerra en su estupendo ensayo divulgativo Paseando entre jardines.

Laureles en cuartel de la Cabaña (La Habana, 1915)

Son estos patios de las primeras casas canarias el escenario de una introducción paulatina de especies vegetales foráneas, de la llegada de plantas florales como rosas, claveles, jazmines y nardos. Venían detrás de las especies destinadas a la agricultura, la alimentación y el comercio, entre ellas, castaños, ciruelos, manzanos, almendros y albaricoqueros. Y con ellas, entre unas en los campos y otras en los patios, fue madurando un mayor aprecio popular por los jardines y las plazas públicas arboladas en los municipios isleños. Colaboraron también las influencias de las tradiciones jardineras europeas procedentes de países como Inglaterra, Portugal y Francia en los siglos de creciente comercio de productos insulares como la cochinilla y el vino con los principales puertos británicos, franceses y portugueses.

Ya a finales del siglo XVIII Alexander von Humboldt alabó la prestancia, a veces exuberante, de los jardines y campos isleños durante su breve visita a Tenerife entre el 19 y el 25 de junio de 1799. “Las colinas está cubiertas con viñas. Naranjeros en flor, arrayanes y cipreses rodean las ermitas. Las fincas están separadas por setos vivos, hechos con agaves y con tuneras. Aquí las casas y los jardines se hallan separados los unos de los otros, lo que aumenta aun la belleza del lugar”, escribió. “En las estrechas calles transversales, entre los muros de los jardines, las hojas colgantes de las palmas y de las plataneras forman pasajes arqueados, sombríos: un refresco para el europeo que acaba de desembarcar y para el que el aire del país es demasiado caluroso”.

Laureles Aridane

Medio siglo después de la emblemática descripción de Humboldt, el catálogo de especies vegetales de Canarias aumentó con un árbol originario de Asia, pero que a las islas llegó por el camino más tradicional que viene de América. De esas relaciones naturales con el nuevo continente, el archipiélago fue sido siempre puerto de escala para especies vegetales de interés agrícola, floral y comercial hacia los principales países de Europa. Pero el laurel de Indias llegó para quedarse. Las primeras noticias que se tienen de su plantación datan de mediados del siglo XIX, periodo en el que un grupo de vecinos notables del municipio palmero de Los Llanos de Aridane consigna en la prensa de junio del año 1863 el “plantado de árboles” en la entonces denominada plaza de la Constitución en el municipio de referencia de la comarca oeste de La Palma.

Las noticias del 28 de febrero de 1864 fueron más explícitas. El periódico El Time informa de que la plantación de laureles es una demanda de los vecinos del barrio agrícola de Argual, “los que pudieran plantarse son los llamados plátanos del Líbano, o los llamados laureles de la India. Los primeros pueden llevarse de los jardines de Argual, y no dudamos que nuestros paisanos residentes en Cuba nos remitan algunos de los segundos, como ya han hecho para la plaza de este pueblo”. Son las primeras noticias de la llegada del laurel de Indias a las calles añejas de Canarias. “Estos árboles son una de las señas más queridas de los aridanenses y de quienes nos visitan. Su frondosidad y frescura dan identidad propia a la ciudad”, indica la cronista oficial de Los Llanos de Aridane, María Victoria Hernández, autora de un tríptico divulgativo de la historia de nuestros primeros laureles de Indias para conmemorar este hito en la ciudad palmera.

Laurel Aridane

Desde entonces, este árbol robusto y agradecido continúa poblando rincones, plazas, avenidas y calles de las siete islas canarias. Otorgando una singular seña de identidad a sus espacios comunes. Medio siglo después de su llegada a Canarias, cualquier rambla isleña que siga adornada, y protegida, por viejos ejemplares de laureles de Indias rivaliza en esplendor con el paseo arbolado de la villa agrícola de Cabaiguán, capital histórica de la colonia canaria en Cuba. En el plano de la ciencia, no obstante, la ruta que ha seguido el laurel de Indias no es una excepción, según Arnoldo Santos: “En algunos casos estas plantas, tanto ornamentales como alimenticias, llegan indirectamente desde lugares diferentes a sus centros de origen, como la caña de azúcar, proveniente de la isla de Madeira vía Mediterráneo, el plátano introducido desde África o el popular laurel de Indias llegado desde América, probablemente Cuba, pero todos con origen asiático”.

En Los Llanos las primeras noticias confirman esta vía de llegada. A finales de 1864 el mismo diario El Time publica que un isleño afincado en La Habana, el indiano Antonio Carballo, había fletado un barco con plantones de laureles de Indias para embellecer el paseo de su ciudad natal. Por esas fechas, en diciembre, el periódico tinerfeño El Guanche informa de la llegada de “lindos laureles de la India” a bordo de un barco fletado por Domingo Serís para su posterior plantación en la alameda del Príncipe de Santa Cruz de Tenerife.

Arbol Aridane

Con los años, los siglos ya, el laurel de Indias continuó llamando la atención de propios y ajenos en Canarias. A caballo entre los siglos XIX y XX visitas como las que el antropólogo francés René Verneau realizó al archipiélago entre 1876 y 1935 contribuyeron a consolidar la importancia y el respeto creciente de los espacios naturales en las siete islas. En La Palma el estudioso viajero francés anotó que “hay que descender hasta Los Llanos para ver aparecer los árboles frutales, las palmeras, los cereales y los nopales”. Contemporánea es la narración que la viajera inglesa Olivia M. Stone plasmó a finales del siglo XIX y que aún se puede leer en algún jardín público de Los Llanos de Aridane, a la sombra de una araucaria centenaria que entonces se encontraba “junto a una acequia de la cual goteaba agua sobre la orilla del camino”, donde la humedad y el sol cálido “hicieron que creciera un talud exuberante de helechos y flores”.

Canal Argual

Un árbol de presencia mundial

Poderosos árboles del laurel de Indias poblaron San Cristóbal de La Habana y el interior entero de Cuba. En Canarias su estampa generosa está presente en todas las islas, ya sea en ramblas y parques de Santa Cruz de Tenerife, en la popular calle de San Bernardo del centro de Las Palmas o en el recuerdo de la antigua carretera de subida a Tamaraceite. Fuera de las islas, el mapa mundial del Ficus microcarpa se completa con localizaciones en América Latina y Asia.

Publicado en la revista Océanos en febrero de 2014

 

Pablo Milanés: “El socialismo cubano se ha estancado”

25 Feb

Pablo Milanés

Por Carlos Fuentes

Es hora de siesta, pero Pablo Milanés (Bayamo, 1943) responde con brío desde Vigo. Está de nuevo en España, ahora a la espera de ser papá de gemelos (y ya tiene seis hijos) y calentando motores para una nueva gira. Responde resuelto, habla sin tapujos de Cuba, del momento histórico que se avecina. Y considera agotada la etapa de los hermanos Castro. “Este socialismo dio todo lo que iba a dar, estamos paralizados y tenemos que hacer reformas”, afirma el cantautor.

¿Cómo lleva vivir sin La Habana?

“Terrible, la verdad. Ya llevo un mes aquí y nunca me había separado más de veinte días de La Habana. En cuarenta años de oficio no recuerdo haber estado un mes fuera. Y me siento muy extraño, tengo mucha nostalgia, voy aquí a la playa de Samil, pero no es lo mismo que el malecón de La Habana”.

¿Ha sido la nostalgia una fuente de alimentación para su canción?

“Sí, esa nostalgia está perenne en mi obra y se manifiesta a veces de forma indirecta, pero siempre se manifiesta. Es una característica del isleño”.

Ya lo cantó: “El tiempo pasa, nos vamos poniendo viejos”.

“Y amo a esta isla, soy del Caribe esas características no se pueden obviar ni al hablar, ni al reír, ni al disfrutar; ni siquiera cuando sufres o eres pasional. Todo tiene que ver con lo isleño”.

Hábleme de su isla, ¿cómo ha dejado Cuba?

“Bastante mal. Después de tres ciclones, una crisis que no se acaba de solucionar y unos dirigentes que no hacen nada por sacar adelante el país nuevamente en medio de esta parálisis. Si a esto se agrega la crisis mundial, pues estamos bien arreglados”.

¿No confía en que Raúl Castro dé un paso hacia delante?

“Yo no confío ya en ningún dirigente cubano que tenga más de 75 años porque todos, en mi criterio, pasaron sus momentos de gloria, que fueron muchos, pero que ya están listos para ser retirados. Hay que pasar el testigo a las nuevas generaciones para que hagan otro socialismo, porque este socialismo ya se estancó. Ya dio todo lo que podía dar, momentos de gloria, cosas imperecederas que aún perviven en la memoria y en los hechos cotidianos del cubano, pero tenemos que hacer reformas en muchísimos frentes de la Revolución, porque nuestros dirigente ya no son capaces. Sus ideas revolucionarias de antaño se han vuelto reaccionarias y esa reacción no deja continuar, no deja avanzar a la nueva generación que viene implantando un nuevo socialismo, una nueva revolución que hay que hacer en Cuba”.

Y a esos viejos revolucionarios, ¿la historia los absolverá?

“Sí, creo que sí. Simplemente deben retirarse, pero no creo que haya que juzgarlos por nada. Hicieron lo que tenían que hacer en su tiempo. Simplemente, ahora no están haciendo lo que deben hacer”.

Pablo Milanés (retrato)

¿Qué es lo más triste que contempla usted?

“Es tal la situación que está viviendo el cubano que ya no puede vivir más de promesas. Las conquistas antiguas están ahí. Hay que ir hacia nuevas conquistas. Se logran con nuevos pensamientos y una dinámica nueva que [los dirigentes] no son capaces de ejercer . Estamos paralizados en todos los sentidos, hacemos planes para un futuro que nunca acaba de llegar”.

Lo que causa resignación y desasosiego en nuevas generaciones…

“No solamente el desasosiego. Los jóvenes cubanos se forman de un modo muy hermoso, pero luego tienen que emigrar para proyectar lo que estudian. Es muy triste porque ni siquiera un exilio político, sino un exilio económico por las pocas condiciones que hay en nuestro país. Que se divida la familia, que se cercene esa relación filial es absolutamente inadmisible en estos momentos”.

Hace días, Wendy Guerra escribió sobre la caída de estereotipos; ya es políticamente correcto tener amigos gays, ya no hay represión brutal como en los primeros años de la Revolución…

“No es tan brutal, pero tampoco es tan abierta. Hace quince años deciqué la canción Pecado original a mi director artístico, que es gay. En esencia esa realidad no ha cambiado todavía. Hay que ir más allá, pasar de las palabras a los hechos. Todavía hay mucho prejuicio contra los homosexuales en Cuba”.

También con el turismo sexual, y los españoles son campeones…

“Turismo sexual hay en todas partes del mundo. Cuba destacó por una imagen inmaculada ante los ojos del mundo y cuando empezó a ser un país normal, como todos, parecía que se caía el mundo. Prostitución hay en todas partes, y mucho más corrupta que la que existe en Cuba. Simplemente, la imagen de Cuba se ensució, entre comillas, ante la imagen que daban admiradores, entre comillas, de la Revolución”.

¿Qué influencia tiene esta trayectoria política en la poética cubana?

“Puedo hablar por mí: en Regalo, mi último disco, manifiesto todo mi pensamiento actual sobre la situación cubana e internacional. No es que el artista deba expresarse siempre en estos términos, pero si sus canciones tienen un ápice de realismo y dignidad hay que retratar el momento en el que vive. Así como expresamos la gloria que vivimos en un momento, también debemos expresar lo que estamos sufriendo ahora. Pero hay que tener valor, en primer lugar, y hay que tener dignidad y entereza para poder afrontar la situación que atraviesa Cuba ahora. Mucha gente tiene miedo a hablar porque hay un sistema detrás de censura, de represión callada y oculta que no te permite hablar libremente y que hay que echar abajo ya, cuestionarlo de un modo radical. Son cosas que se han venido planteando anteriormente, inclusive por la dirigencia cubana, pero no se han llevado a cabo”.

¿Es necesario un dictador para que haya canción de autor?

“No, hombre, no. Eso es una barbaridad. Esa pregunta que usted me ha hecho es una barbaridad. No hacen falta dictadores en ningún lugar para nada”.

nueva trova

Política aparte, Cuba sigue de moda. Ha vuelto el bolero…

“En Cuba tenemos un defecto: olvidamos las expresiones que nos han antecedido. Y dos de ellas han sido el filin y la canción tradicional. En 1981 empecé a recuperar el bolero filin y en 1982 inicié la serie Años, que ya tiene seis discos. En aquel momento, esa música estaba completamente olvidada. No quiero decir que todo sea gracias a mí porque sería demasiado pretencioso, pero no hay duda de que fui el primero en tratar de reconquistar esos valores que se habían perdido y que estaban olvidados”.

Tuvieron que ir un guitarrista norteamericano y un productor inglés a grabar Buena Vista Social Club. ¿Cómo le sentó?

“Indudablemente muy mal, porque yo estaba haciendo pobremente, de manera muy artesanal, todo ese trabajo que anteriormente no había sido reconocido. De hecho, a día de hoy aún no ha sido reconocido”.

Al menos, Buena Vista Social Club permitió una vejez cómoda a muchas leyendas…

“Sí, la vejez que siempre debieron haber tenido”.

Que era imposible en Cuba…

“Fueron completamente olvidados”.

Milanés

 ¿Alberga esperanzas en la presidencia de Barack Obama?

“Sí, cómo no. Soy un ciudadano negro y que Estados Unidos haya tenido una ley de derechos civiles conquistada en los años 60 y que, menos de cuarenta años después, ya tenga un negro presidente es tanto o más que lo que hemos logrado nosotros en Cuba, donde los negros aún no tienen ni poder real ni verdaderas oportunidades. Es una vergüenza que en Estados Unidos haya un presidente mestizo no hayan ejercido el poder en cincuenta años”.

Medio siglo también tiene el bloqueo, muchas veces utilizado como mera excusa…

“El bloqueo tiene dos caras: realmente nos ha afectado durante cincuenta años, pero está la otra cara, el auto-bloqueo, que hemos utilizado como una emergencia para defendernos de nuestros errores en determinados momentos”.

En una de sus últimas canciones…

“Quisiera que me preguntaras por algo artístico, parezco un ministro en lugar de un cantante”.

En Suicidio esboza a un creador que está en el ocaso…

“No es que esté en el ocaso, más bien está decepcionado por todo lo que ocurre a su alrededor”.

 ¿Es una canción autobiográfica?

“Sí, totalmente autobiográfica”.

 ¿Y siente Pablo Milanés que le quedan pocas cosas por contar?

“No, me quedan muchas por contar. Cuando canto cosas negativas parece que voy a morir, pero no, estoy vivo todavía”.

Publicado en el diario Público en diciembre de 2008

La hermosa (y triste) Habana de Los Aldeanos

4 Jul

LOS ALDEANOS

Por Carlos Fuentes

Los Aldeanos llevan nueve años cantando en alto, diciendo lo que sienten aunque se tengan que esconder. En un arrabal de La Habana, Aldo Rodríguez y Bian Rodríguez se retratan como los voceros del pueblo y la verborrea de su rap paga esa factura popular, a veces populista. Más por necesidad que por pose, el hip hop de este dúo cáustico vuelve a un valor primario del género: comunicar por encima de la canción. Más consigna que música, un concierto de Los Aldeanos confirma que si el rap es guerra, el fin es el mensaje. En cien minutos lo gritaron alto en temas rocosos como “Miseria humana” (“hagamos algo a tiempo o vendrán tiempos peligrosos”), “Mi herencia” (“esto es por si mañana no estoy, por si mañana me voy, aquí te dejo mi herencia”) o, lo nuevo de El B, “Me lo gané” (“yo soy mal hablado,  tú mal agradecido”). Se echaron en falta piezas clave: “La naranja se picó”, su primer aldabonazo internacional, y la reciente “Hermosa Habana”, letanía fúnebre sobre un original doo-wop de Los Zafiros. Se agradeció la bocanada de aire fresco, con Bebe de invitada, en “Siempre me quedará”. Y quedó pendiente una escucha con mejor sonido. Por ahora, si alguien quiere saber qué es una crisis… Los Aldeanos dan dos tazas.

Publicado en la revista Rockdelux en junio de 2012

Buena Vista Social Club: del solar de Cuba a Nueva York

30 Jun

por Carlos Fuentes

Nació por casualidad, pero llegó justo a tiempo de rendir tributo en vida a los supervivientes de la época dorada de la música en Cuba. Buena Vista Social Club, el disco que esquivó el olvido, resucita ahora con la edición del concierto que la alineación titular de la orquesta cubana ofreció el 1 de julio de 1998 en el Carnegie Hall de Nueva York. Están todos: Compay Segundo, Ibrahim Ferrer, Rubén González, Omara Portuondo, Pío Leiva… y Ry Cooder, el hombre que encontró petróleo donde ya solo había un pozo de tristeza y resignación.

El cuento Buena Vista Social Club tuvo final feliz, aunque vino de improviso. En marzo de 1996, el productor británico Nick Gold viajó a La Habana para grabar a músicos cubanos y africanos. Los segundos, griots de Malí, nunca llegaron. Y Juan de Marcos González propuso aprovechar el estudio Egrem ya contratado para reunir a viejas glorias de la música isleña. El líder de Sierra Maestra buscó a Ibrahim Ferrer, que cantó con Benny Moré y ahora limpiaba zapatos; a Rubén González, pianista retirado que vivió el auge del cha cha chá en la orquesta del compositor y violinista Enrique Jorrín, y a Compay Segundo, veterano de mil bailes, mitad del dúo Los Compadres y antiguo socio de Ñico Saquito.

También a los cantantes Puntillita, Pío Leiva y Omara Portuondo, la novia del filin; al trovador Eliades Ochoa, al trompetista Guajiro Mirabal, también a Cachaíto López, excontrabajista de la Orquesta Cubana de Música Moderna, y al guitarrista Manuel Galbán, de Los Zafiros. Por fin ellos eran las estrellas y el resto (Ry y Joachim Cooder, Angá Díaz, Amadito Valdés, Papi Oviedo…), actores secundarios de una aventura sentimental que iba a marcar época.

Ibrahim Ferrer contaba que solo los cincuenta dólares que pagaban por cantar un tema le convencieron. Pero él no llegó el primer día. Nick Gold lo recuerda: “Fuimos al estudio y estaba cerrado. Iba con el ingeniero Jerry Boys y junto a nosotros, sentado en la calle, había un señor mayor. No sabía quién era. Al abrir corrió a sentarse al piano y empezó a tocar. Era Rubén González, que tocaba la música de tus sueños”. De ese primer sonido del pianista al que Ry Cooder definió como “una mezcla entre Thelonius Monk y el gato Félix”, Nick Gold evoca algo “increíblemente bello y a la vez provocador”.

Buena Vista Social Club comenzó a armarse sobre trozos del cancionero cubano. Clásicos de Isolina Carrillo (Dos gardenias), Sergio Siaba (El cuarto de Tula), María Teresa Vera y Guillermina Aramburu (Veinte años), Guillermo Portabales (El carretero) y El Guayabero (Candela). Pero también tres piezas con historia: Buena Vista Social Club, danzón que Cachao dedicó a la sociedad negra que existió desde 1932 en el popular barrio habanero de Marianao; La bayamesa, escrita por Sindo Garay en 1869, y el añejo arranque de Chan chan (“de Alto Cedro voy para Marcané, luego a Cueto voy para Mayarí…”).

Grabado en seis días, el disco originó una saga y gira mundial, e inspiró el documental homónimo de Win Wenders. También provocó gritos, amenazas de bomba y recitales anulados en Miami. Pero ocho millones de copias vendidas hacen de Buena Vista Social Club el disco cubano más popular de todos los tiempos. Y Rolling Stone lo incluyó en la lista de 500 álbumes imprescindibles.

En esta historia de amor, la noche del Carnegie Hall fue quizá el momento más emblemático. Allí estaban, en lo que Salman Rushdie llamó luego “el verano del Buena Vista”, los supervivientes de la trova y del jazz afrocubano para tocar en el mejor teatro del corazón de Manhattan. “Antes del concierto hubo nervios porque algunos preparativos fueron algo caóticos. Había una energía enorme: aquella gente llevaba mucho tiempo esperando que algo así ocurriera, y allí estaban, en Estados Unidos, en Nueva York”, recuerda Nick Gold en conversación desde Londres. “Había mucha emoción. Y un increíble nivel artístico, inaudito. Había una atmósfera eléctrica por tanto talento”.

Para el productor británico, cuya reputación con World Circuit se ha forjado entre África y Cuba, el éxito de Buena Vista Social Club fue pura justicia. “El impacto emocional fue muy grande. Ellos estaban orgullosos de su cultura, de su música… Rubén había tocado con Arsenio Rodríguez, Compay hizo grandes innovaciones en la música de Santiago de Cuba… habían ayudado a crear esa música genuina. Y ese nivel de músicos se ha perdido para siempre”.

A esa generación pertenece Omara Portuondo. Con 78 años, la cantante de Cayo Hueso ha relanzado su carrera, aunque no olvida los días del milagro. “Buena Vista Social Club llegó cuando tenía que llegar, en el momento justo. Se juntaron la experiencia y la sabiduría, y unas canciones que nunca pasarán de moda. Fue todo tan espontáneo y tan lindo, nada rebuscado. Así es la vida, llovió de suerte”, recuerda Omara, la novia del filin, “muy contenta” de que el público no olvide a las voces que ya se fueron. “Ellos son como El manisero o Lágrimas negras, lindas cosas cubanas que la gente nunca va a olvidar”. O Silencio, el bolero emocionante que la cantante llenó de nardos y azucenas con su amigo Ibrahim Ferrer. “A él le gustaba mucho el bolero, las piezas lentas, todo lo sentimental. Siempre decía, y yo lo creo, que el bolero no caduca. Mientras exista el amor habrá boleros”, cuenta la cantante desde La Habana.

Ry Cooder jugó un papel esencial en el retrato añejo de las músicas cubanas. Entró en La Habana vía México para burlar el embargo, armó un conjunto con músicos de edades comprendidas entre 13 y 89 años y, rápido, organizó las descargas. ¿El hombre correcto en el lugar correcto? “Absolutamente”, afirma Nick Gold. “Ajustó a los músicos en el estudio, los reunió muy cerca para que tocaran en directo. Y evitó el abuso de percusión, sin congas ni timbales. Grabamos un disco clásico, con los micrófonos muy cerca de los músicos. En muchos sentidos, Ry abrió el camino”, asegura el timonel de World Circuit.

Nick Gold fue el primer sorprendido por la explosión cubana que vino luego. “No estábamos preparados. Nunca pensamos en un fenómeno musical así. Al grabar sí éramos conscientes de que algo especial estaba ocurriendo y que lo estábamos capturando en las cintas. Pero no teníamos ni idea del éxito que llego después”, admite Nick Gold, quien sin embargo anota otros dos proyectos (Introducing Rubén González y el álbum de Cachaíto) como sus dos discos preferidos de la saga Buena Vista Social Club. “Era gente muy especial, es difícil destacar a uno. Rubén, Ibrahim, Compay… es imposible elegir solo a uno. Todos tenían ese sonido delicado, con alma, bello, increíble. Esa música cubana tiene un poder como no había visto antes”, comenta el productor.

En Cuba, la emoción es compartida. Eliades Ochoa todavía se entusiasma cuando recuerda la grabación de 1996. “Nadie puede decir, y cada día quedan menos, que esperaba ese éxito”, explica el líder del Cuarteto Patria. Ochoa, heredero del acervo rural de Ñico Saquito y Guillermo Portabales, habla de Buena Vista Social Club como un ajuste de cuentas con las músicas del oriente cubano. “En todo el mundo se aprecia su dulzura, esa cosa que nació en Santiago, cuna del son y el bolero. Es una ciudad musical: allí el que no toca, baila y el que no baila, brinca”. Ahora, Eliades Ochoa espera escuchar el disco grabado la noche del Carnegie Hall: “Seguro que rebosa toda la energía que sentimos esa noche. Fue sentirse realizado de por vida. Es imposible olvidar un momento que supuso tanto para los artistas y también para la música cubana”.

Otro pilar del Buena Vista, el contrabajista Cachaíto López, sonríe satisfecho. El sobrino de Cachao ya tocaba con diecisiete años para Arsenio Rodríguez, pero admite que pasó mucho tiempo “sin oportunidades para hacer la música que más nos gustaba”. El veterano de la Orquesta Sinfónica de Cuba agradece aquel rescate histórico de su generación. “La música cubana empata con el alma de todos los públicos; no sé muy bien por qué, pero hasta en Alemania he visto a mucha gente divertirse con nuestras canciones”, explica Cachaíto desde La Habana. “Quizá el secreto del éxito esté en todos los músicos que participaron. Hubo una buena caída de gente, nos conocíamos de antes y nos llevábamos muy bien. No fue difícil trabajar juntos, y ahora los echo de menos”.

Publicado en el diario Público el 11 de octubre de 2008

La Habana era una fiesta

7 May

 


Cuando La Habana era una fiesta, muchos españoles se apuntaron al baile. En este proceso de transculturación, que venía de antiguo, la música y los músicos jugaron un papel protagonista. Llegados de España, artistas de la canción y del teatro contribuyeron a definir el ADN de la música popular cubana. Otros músicos aportaron aspectos esenciales del folclor afrocubano a la canción española. En una suerte de camino inefable, entre Cuba y España la música siempre ha estado en el aire.

Fue un proceso elemental: después del desastre español de 1898, emigrantes y soldados, bodegueros y marineros llegaron o se quedaron en Cuba, y con ellos sus usos y costumbres. Con los hijos de la metrópoli llegaron las compañías tonadilleras, los grupos de zarzuela y el teatro costumbrista. También las músicas andaluzas, los bailes tradicionales y el genuino flamenco desembarcaron pronto en el puerto de San Cristóbal de La Habana. En el camino de vuelta, cuando salieron de Cuba, los barcos con el oro de América cargaban también nuevas melodías y células rítmicas, giros armónicos y elementos coreográficos de inspiración afroamericana.

En tierra firme, la colonia oriunda española en Cuba fue creciendo en número e importancia. Medio siglo después, cinco millones de personas residían en Cuba. De ellos, a principios de los años 50 del siglo pasado, un millón lo hacía en La Habana. Y 120.000 personas estaban asociadas a alguno de los clubes de emigrantes fundados en la ciudad. Fue allí, en los salones ampulosos de las sociedades de emigrantes gallegos, asturianos, andaluces y canarios, donde se produjo el abrazo de las músicas de las dos orillas. En décimas y coplas, la expresión poética de cubanos y españoles arraigó en la isla de los cantantes. El desembarco de la música española en Cuba refulgió en La Habana con el teatro lírico, cuyas óperas y zarzuelas jugaron siempre en casa.

Apreciadas eran las visitas de Carmen Amaya, Conchita Piquer, Juanita Reina e Imperio Argentina. Desde mediados de los años 30 hasta aproximadamente 1960, punteras estaciones cubanas de radio como la CMQ y Radio Progreso contrataban a los artistas españoles más famosos para emitir actuaciones y galas de variedades con música en vivo de Los Chavales de España, Los Bocheros o Los Churumbeles. El amplio alcance de la radio y el cine, unido a la creciente popularización del disco de vinilo, permitió la rápida expansión comercial de las músicas cubanas con formas de orquestas de danzón, sextetos de son y bandas de jazz a lo cubano. De Rita Montaner y Bola de Nieve a Miguelito Valdés, Antonio Machín, Julio Cueva, Bebo Valdés y Armando Oréfiche. Con ellos, La Habana era una fiesta. Medio siglo antes de Buena Vista Social Club.

 

Documento histórico en formato de doble CD que reúne grabaciones realizadas entre los años 40 y 60 por artistas cubanos interpretando canciones españolas y músicos españoles que grabaron en emisoras de radio de La Habana. Incluye interpretaciones de artistas como Concha Piquer, Celia Cruz, Antonio Molina, Orquesta Aragón, Lola Flores, Ernesto Lecuona, Los Chavales de España, Tito Gómez y Orquesta Riverside.
Selección y producción musical: René Espí
                                                     Prólogo y notas biográficas: Carlos Fuentes
                                                     Discos VampiSoul, 2011