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Laureles de Indias: la sombra verde que vino de Cuba

21 Feb

Laureles en Plaza de España (Los Llanos de Aridane)

por Carlos Fuentes

En las islas Canarias, a medio camino entre Europa y América, hay pocos árboles que hayan hecho tanta fortuna como el laurel de Indias. Y en el año que ya acaba, en 2013, se ha celebrado una fecha de referencia para valorar la importancia social que esta especie vegetal originaria de Asia tiene en muchas plazas, paseos, ramblas, parques y calles del archipiélago. El municipio de Los Llanos de Aridane, en la isla canaria de La Palma, conmemora ahora los 150 años de la plantación de los primeros laureles de Indias en su plaza central. Algunos estudiosos consideran que, quizás, estos árboles palmeros fueron los primeros ejemplares que se plantaron en toda Canarias después de su envío por mar desde la isla de Cuba.

La historia canaria del laurel de Indias, de nombre científico Ficus microcarpa, simboliza el trasiego de cinco siglos de historia en las islas, puertos de tránsito de gentes hacia los cinco continentes, aunque también de especies animales y vegetales. Desde los albores del largo proceso de conquista y colonización del archipiélago, ya durante el siglo XV, el aprecio por los espacios naturales y el recurso de lo verde brota en forma de jardines en las viviendas de familias más acomodadas. Son años de casas bajas fabricadas con argamasa y piedras, las mejores con obra de cantería y maderas típicas, pero también del nacimiento del arte de la jardinería en las siete islas de Canarias.

Es un tiempo de patios interiores recubiertos con callaos de roca de basalto recogidos a la orilla del mar, de esos primeros espacios cerrados a las miradas del curioso, el recurso socorrido de la sombra en los tórridos días del eterno verano insular. “En el archipiélago, la pervivencia del patio central interior, ajardinado, debemos considerarla como la evolución de un diseño ancestral”, explica el investigador botánico canario Arnoldo Santos Guerra en su estupendo ensayo divulgativo Paseando entre jardines.

Laureles en cuartel de la Cabaña (La Habana, 1915)

Son estos patios de las primeras casas canarias el escenario de una introducción paulatina de especies vegetales foráneas, de la llegada de plantas florales como rosas, claveles, jazmines y nardos. Venían detrás de las especies destinadas a la agricultura, la alimentación y el comercio, entre ellas, castaños, ciruelos, manzanos, almendros y albaricoqueros. Y con ellas, entre unas en los campos y otras en los patios, fue madurando un mayor aprecio popular por los jardines y las plazas públicas arboladas en los municipios isleños. Colaboraron también las influencias de las tradiciones jardineras europeas procedentes de países como Inglaterra, Portugal y Francia en los siglos de creciente comercio de productos insulares como la cochinilla y el vino con los principales puertos británicos, franceses y portugueses.

Ya a finales del siglo XVIII Alexander von Humboldt alabó la prestancia, a veces exuberante, de los jardines y campos isleños durante su breve visita a Tenerife entre el 19 y el 25 de junio de 1799. “Las colinas está cubiertas con viñas. Naranjeros en flor, arrayanes y cipreses rodean las ermitas. Las fincas están separadas por setos vivos, hechos con agaves y con tuneras. Aquí las casas y los jardines se hallan separados los unos de los otros, lo que aumenta aun la belleza del lugar”, escribió. “En las estrechas calles transversales, entre los muros de los jardines, las hojas colgantes de las palmas y de las plataneras forman pasajes arqueados, sombríos: un refresco para el europeo que acaba de desembarcar y para el que el aire del país es demasiado caluroso”.

Laureles Aridane

Medio siglo después de la emblemática descripción de Humboldt, el catálogo de especies vegetales de Canarias aumentó con un árbol originario de Asia, pero que a las islas llegó por el camino más tradicional que viene de América. De esas relaciones naturales con el nuevo continente, el archipiélago fue sido siempre puerto de escala para especies vegetales de interés agrícola, floral y comercial hacia los principales países de Europa. Pero el laurel de Indias llegó para quedarse. Las primeras noticias que se tienen de su plantación datan de mediados del siglo XIX, periodo en el que un grupo de vecinos notables del municipio palmero de Los Llanos de Aridane consigna en la prensa de junio del año 1863 el “plantado de árboles” en la entonces denominada plaza de la Constitución en el municipio de referencia de la comarca oeste de La Palma.

Las noticias del 28 de febrero de 1864 fueron más explícitas. El periódico El Time informa de que la plantación de laureles es una demanda de los vecinos del barrio agrícola de Argual, “los que pudieran plantarse son los llamados plátanos del Líbano, o los llamados laureles de la India. Los primeros pueden llevarse de los jardines de Argual, y no dudamos que nuestros paisanos residentes en Cuba nos remitan algunos de los segundos, como ya han hecho para la plaza de este pueblo”. Son las primeras noticias de la llegada del laurel de Indias a las calles añejas de Canarias. “Estos árboles son una de las señas más queridas de los aridanenses y de quienes nos visitan. Su frondosidad y frescura dan identidad propia a la ciudad”, indica la cronista oficial de Los Llanos de Aridane, María Victoria Hernández, autora de un tríptico divulgativo de la historia de nuestros primeros laureles de Indias para conmemorar este hito en la ciudad palmera.

Laurel Aridane

Desde entonces, este árbol robusto y agradecido continúa poblando rincones, plazas, avenidas y calles de las siete islas canarias. Otorgando una singular seña de identidad a sus espacios comunes. Medio siglo después de su llegada a Canarias, cualquier rambla isleña que siga adornada, y protegida, por viejos ejemplares de laureles de Indias rivaliza en esplendor con el paseo arbolado de la villa agrícola de Cabaiguán, capital histórica de la colonia canaria en Cuba. En el plano de la ciencia, no obstante, la ruta que ha seguido el laurel de Indias no es una excepción, según Arnoldo Santos: “En algunos casos estas plantas, tanto ornamentales como alimenticias, llegan indirectamente desde lugares diferentes a sus centros de origen, como la caña de azúcar, proveniente de la isla de Madeira vía Mediterráneo, el plátano introducido desde África o el popular laurel de Indias llegado desde América, probablemente Cuba, pero todos con origen asiático”.

En Los Llanos las primeras noticias confirman esta vía de llegada. A finales de 1864 el mismo diario El Time publica que un isleño afincado en La Habana, el indiano Antonio Carballo, había fletado un barco con plantones de laureles de Indias para embellecer el paseo de su ciudad natal. Por esas fechas, en diciembre, el periódico tinerfeño El Guanche informa de la llegada de “lindos laureles de la India” a bordo de un barco fletado por Domingo Serís para su posterior plantación en la alameda del Príncipe de Santa Cruz de Tenerife.

Arbol Aridane

Con los años, los siglos ya, el laurel de Indias continuó llamando la atención de propios y ajenos en Canarias. A caballo entre los siglos XIX y XX visitas como las que el antropólogo francés René Verneau realizó al archipiélago entre 1876 y 1935 contribuyeron a consolidar la importancia y el respeto creciente de los espacios naturales en las siete islas. En La Palma el estudioso viajero francés anotó que “hay que descender hasta Los Llanos para ver aparecer los árboles frutales, las palmeras, los cereales y los nopales”. Contemporánea es la narración que la viajera inglesa Olivia M. Stone plasmó a finales del siglo XIX y que aún se puede leer en algún jardín público de Los Llanos de Aridane, a la sombra de una araucaria centenaria que entonces se encontraba “junto a una acequia de la cual goteaba agua sobre la orilla del camino”, donde la humedad y el sol cálido “hicieron que creciera un talud exuberante de helechos y flores”.

Canal Argual

Un árbol de presencia mundial

Poderosos árboles del laurel de Indias poblaron San Cristóbal de La Habana y el interior entero de Cuba. En Canarias su estampa generosa está presente en todas las islas, ya sea en ramblas y parques de Santa Cruz de Tenerife, en la popular calle de San Bernardo del centro de Las Palmas o en el recuerdo de la antigua carretera de subida a Tamaraceite. Fuera de las islas, el mapa mundial del Ficus microcarpa se completa con localizaciones en América Latina y Asia.

Publicado en la revista Océanos en febrero de 2014

 

Flota de islas a la deriva

30 May

Gran Canaria

por Carlos Fuentes

Hay libros que no caducan. Treinta y cinco años después de ser publicado por Ediciones De la Torre, con texto de presentación de Agustín García Calvo y  prólogo de Santiago Aguilar, ahora más que nunca, en estos tiempos de cólera y oportunismo, cuando el arribismo es profesión fértil para ascender por la escalera hacia el éxito fácil, ahora mismo digo, se antoja necesario, cuando no imprescindible, releer Sima Jinámar. La novela valiente que usted tiene entre manos. Escrito con más tripas que corazón, el libro de José Luis Morales vino a fotografiar el paisaje abundante en miseria moral que marcó buena parte de la vida cotidiana de la posguerra civil española en las islas Canarias.

Obra coral, pergeñada en el exilio interior a finales de los años 60, en puertas de ese periodo político que luego se vino a mitificar como etapa de transición a la democracia, Sima Jinámar recupera la memoria de los que ya no están aquí para contarlo. De los que se llevó la mar fea, sí; pero también de todos aquellos que no hallaron otra fórmula de supervivencia que enterrarse en vida, en el no menos duro exilio introspectivo, para contar los días sin siquiera poder mirar de frente a la cara de sus verdugos fratricidas. Afrontar el rostro de los que, quizá, acabaron con el padre. Nada nuevo bajo el sol de España, si por España se entiende esta tierra que una vez fue imperio. Donde aún quedan cincuenta mil cadáveres por rescatar en cientos de fosas comunes sembradas en arcenes y caminos malos de campo. Para que los muertos, nuestros muertos, sean enterrados “como dios manda”, en atinado reclamo de Julio Llamazares.

Sima Jinámar novelaNo muy distintos fueron los días y las noches durante cuarenta largos años en las ocho islas habitadas que integran el archipiélago de Canarias. Quizá más duros, acerados y tensos que en la tierra continua de la Península Ibérica. Porque siempre es más duro el sufrimiento en espacios cerrados, donde el mundo posible y los sueños imposibles acaban en la punta del muelle. O en un risco afilado, en un barranco hondo. En aquellos tiempos de calma tensa que, ya lo dijo, alto y claro, el poeta Pedro Lezcano, convirtieron a estas ocho islas atlánticas en “celdas de muros azules”. Ay, las islas, la isla… Capítulo aparte.

Desde su descubrimiento, primero, y después conquista imperial para mayor gloria de la Corona de Castilla, Canarias ha sido terreno abonado para toda suerte de traiciones y engaños. Triunfaron casi siempre personajes oscuros, proclives a la artimaña y al engaño como autopistas hacia el cielo del poder y la gloria. Pero no estamos aquí, en estas páginas, para recordar a conquistadores y adelantados, a menceyes y guerreros, a enviados religiosos e inquisidores, ni a sus lacayos y bufones. Como Sima Jinámar, estas líneas buscan dar refresco a la memoria sobre lo acontecido durante los días canarios de la Guerra Civil y, sobre todo, pretenden ahondar en la influencia perniciosa que el autoritarismo fascista y el miedo del pueblo tuvieron en su desgraciada época posterior.

Bien sabido es que lo que sus acólitos y muchos oportunistas de camisa nueva llamaron rápido “movimiento de liberación nacional” tuvo buena parte de su gestación en los despachos y en los cuarteles canarios. Que bajo los pinos del monte de La Esperanza, al norte de la isla de Tenerife, se reunieron algunos de los militares que más pronto que tarde iban a traicionar al Gobierno legítimo de la Segunda República. Y que luego un Ejército se partió en dos, sin opción intermedia, entre la relativa paz política y social de un sistema político (quizá) demasiado radical para el tiempo que tocaba vivir, y el túnel del terror, la vesania y la violencia como métodos cruentos hacia las cimas del poder.

Sima JinámarEn Canarias, y vuelvo a la isla, a las islas, la hoja de ruta que condujo, primero, a la Guerra Civil y, en una mala suerte de muerte lenta, al periodo de anestesia general del franquismo, las circunstancias tuvieron casi siempre componentes de singularidad insular. Desembarcó el archipiélago en el siglo XX con un error grave heredado de los tiempos imperiales, la supervivencia de los cabildos insulares. Si bien concebidos con astucia en los tiempos reales, han sido desde entonces nidos para poderes de taifas, combustible de pleitos estériles; en fin, alimento de rivales vecinos y chicos. Fosos de división regional que, en el año 1927, dieron fruto amargo con la desgraciada separación de las siete islas en dos provincias enfrentadas. De nuevo, más fuego a la hoguera del miedo al vecino. Dos errores que tanto calor han dado ya al ruin oportunismo político. Todavía hoy, el pleito insular, la envidia, son los motores de la acción pública en las ocho islas. Da igual el color político: nunca divide y vencerás dio tantos réditos.

Sima Jinámar, audaz narración a cien voces, es buen fresco coral del hastío y de la explotación del hombre por el hombre. Situada en una época en la que el silencio y la discreción eran pasaporte de tranquilidad, localizada en esa isla interior que tanto duele y sangra, la seminal novela de José Luis Morales no vende sueños, nace en la calle. En un escenario gris espeso en el que muchos de los supervivientes cargan con la losa de la memoria mancillada en la familia. Donde las culpas pasan de generación en generación y donde, he aquí lo más importante, la venganza y sus amenazas estuvieron siempre en las mismas manos de los que ostentaban el poder político, judicial y económico. Tiempos en los que la venganza no era ya matar y mal enterrar de noche a hurtadillas, sino regatear el trabajo al pobre y el pan ajeno de cada día. En hacer cumplir condenas sin sentencia con las costillas famélicas al aire, sin apenas algo caliente que llevar a la boca. Años, décadas enteras, de terratenientes en el continente y de caciques insulares en ocho porciones de tierra que alguna vez fueron islas de los Bienaventurados, como dijo Píndaro. O Afortunadas, en esa descripción que tanto daño hace todavía por herencia colectiva, que acuñó Lucio Floro.

En Canarias escuché una vez a un funcionario municipal que “aquí cualquier siglo pasado fue mejor”. Es discutible tal afirmación, pero cierto es que cuando llegaron el mal tiempo de la guerra, la violencia y el terror, no hubo Capa ni Taro que retrataran las penas de los pueblos insulares. Ni Hemingway que preguntara por sus campanas ni que narrara sus muchas miserias cotidianas. No tuvieron los ciudadanos canarios a nadie que les escribiera, ni nadie pudo disimular esa guerra en tiempos de paz porque el dolor de los muertos aún estaba vivo. Cuando la isla, las islas, fueron un infierno, el lema fue sálvese quien pueda. Consigna que ha sido heredada por las generaciones venideras, faltas de memoria, ahora que la verdad es mentira y viceversa. Hoy, como en la canción, en este país de ambidextros que no distingue entre preso y carcelero.

Trece Fuencaliente

En mi isla canaria natal, La Palma, como ocurre en la práctica totalidad de la región, aún persiste el miedo a levantar la voz para denunciar la ignominia del pasado. Como en el resto de islas de Canarias, se mantiene el tabú oscuro de la Guerra Civil, de los ajusticiamientos posteriores y de los asesinatos cometidos a mano armada o por ahogamiento marítimo en sacos de papas. Valga un ejemplo. En los montes del sur de La Palma, en el pinar del Lomo de la Faya, en el pueblo agrícola y pescador de Fuencaliente, todavía esperan justicia los cuerpos martirizados y mal sepultados de, al menos, trece militantes palmeros de izquierdas (y aquí, ahora, quiero recuperar sus nombres del olvido cainita: Miguel Hernández, Floreal Rodríguez, Víctor Ferraz, Sabino Pérez, Vidal Felipe, Antonio Hernández, Eustaquio Rodríguez, Manuel Camacho, Dionisio Hernández, Aniceto Rodríguez, Segundo Rodríguez y Ángel Hernández). Fueron detenidos con nocturnidad, juzgados pistola en mano y ajusticiados por un grupo de falangistas fanáticos en una noche infame de enero de 1937. Sus cuerpos no fueron localizados, por iniciativa familiar, hasta el verano de 2006, ante la desidia de administraciones públicas, ayuntamientos y políticos locales.

Más allá de la necesaria reivindicación de la memoria histórica, para todas sus familias, gentes sencillas que apenas aspiran a dar una sepultura digna a sus parientes perdidos, quizá lo más sangrante de esta historia es que su isla, la isla de La Palma, aún conserva en su rotonda de entrada un busto metálico en honor de Blas Pérez González. Abogado, jurista y falangista de segunda hora, fue presidente del Tribunal Supremo en plena contienda civil, ministro de la Gobernación de los gobiernos franquistas entre 1942 y 1957 y procurador en Cortes por decisión directa del dictador. A él y a su memoria, ya digo, se le conceden aún nombres de calles y avenidas en Tenerife y La Palma, donde la rotonda de entrada a la capital conserva “La Palma, a Blas Pérez González”.

Trece de FuencalienteEn Érase una vez la URSS, una excursión más emocional que literaria realizada en automóvil por el imperio soviético de los años 50, el escritor francés Dominique Lapierre recupera el recuerdo conmovedor de una campesina que encontró en un pueblo perdido de la extinta Unión Soviética. “Nos pidió que desinfláramos una rueda de nuestro coche. ¿Para qué? Me gustaría respirar el aire de París”. En Sima Jinámar, obra inspiradora de posteriores títulos de enjundia como El fogueo de Vallehermoso, La justicia de los rebeldes o La semana roja de La Palma, José Luis Morales retrata con esmero la vida en el limbo en un tiempo en que mejor fue callarse que hablar en voz alta. Cuando más de tres personas reunidas eran ya un grupo del que desconfiar. Y ese temor que heredamos de nuestras madres, mucho menos libres que nuestras abuelas: “Hijo, tú no te destaques”. El miedo a vivir, la vida temblando.

Es la tercera vez que escribo libro valiente, y de veras que Sima Jinámar lo es, pero atesora, además, la narración del cronista de Agüimes los ritmos ricos del habla isleña. Concebida lengua propia en oleadas que llegaron a través del mar con árabes, castellanos, portugueses, flamencos, británicos… padres del vigor bailable de las palabras construidas y pronunciadas al singular modo isleño. Quizá la más notable aportación contemporánea que el pueblo de Canarias ha hecho al universo cultural latino y americano. Sima Jinámar, toda una novela canaria escrita por un francotirador canario para que no la olviden los canarios. Que no es poco.

Publicado como prólogo de la edición final de Sima Jinámar (Turpin, 2010)

Pde la edición final de Sima Jinámar (Turpin, 20XX)