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Cesária Évora: “África se merece una vida mejor”

7 Dic

Cesária Évora

por Carlos Fuentes

En la distancia que impone una conversación telefónica, la voz de Cesária Évora suena cansada. Pero también suena feliz. Es lunes y la cantante africana que con su música de melancolía y nostalgia ha puesto en el mapa de las músicas del mundo al humilde archipiélago de Cabo Verde está satisfecha. En febrero [de 2004] recibió el premio Grammy al mejor disco contemporáneo y el pasado sábado recogió en París el premio anual Victoria que concede la música francesa.

Ambos reconocimientos llegan por Voz d’amor, su noveno disco, que presentará en concierto en el Auditorio de Tenerife. Cesária Évora nació en la ciudad marinera de Mindelo, en la isla de São Vicente, y tiene ahora 62 años. Aunque han sido los últimos diez los que han marcado la vida de esta mujer que, pese a ganar con el tiempo cariños y reconocimientos, no renuncia a sus raíces, a vivir en su pueblo natal. Huye del falso halago y de creerse más que otros caboverdianos como Teófilo Chantre, Biús, Tito París o Simentera. “Prefiero pensar que, por fortuna, mis músicas han servido para abrir puertas a otros artistas de mi país, que han tenido la oportunidad de emprender carreras en el mercado occidental”, explica desde París.

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Con cuatro millones de discos vendidos en todo el mundo de sus ocho álbumes anteriores, la cantante de Cabo Verde a quien la crítica de París bautizó “la diva de los pies desnudos” tras su aparición en 1993 con Sodade valora el interés que su música ha merecido en la última década. “La acogida de Voz d’amor está siendo muy cálida”, asegura, “durante la promoción internacional estoy comprobando que el público está pendiente de lo que hago y satisface comprobar una vez más el aprecio que tiene el público europeo por mi música”.

Inmersa en una nueva gira europea, que hasta finales de abril la llevará a países como Alemania, Lituania, Estonia, Bélgica y, en especial, a Francia, donde ofrecerá trece recitales (con tres noches consecutivas en el teatro Grand Rex de París), Cesária Évora mantiene su devoción por las gentes de Cabo Verde, los primeros que disfrutaron de su moma melancólica en las tabernas portuarias de Mindelo. “Tengo buenos recuerdos de mi tierra porque todavía vivo allí, aunque salga a cantar a muchos sitios en el extranjero”, señala, “sé que en el mundo hay muchos lugares bonitos, pero prefiero seguir viviendo en mi pueblo, en mi casa, porque allí tengo mis raíces”.

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Observadora privilegiada de la evolución de los países africanos poco favorecidos, Cesária Évora es consciente de que la visión idílica, romántica, que sus canciones ofrecen de África no se corresponde, por desgracia, con la realidad. De las plagas de corrupción, las guerras y el subdesarrollo, la cantante caboverdiana habla con tristeza, pero con esperanza de prosperidad. “Espero que las cosas cambien para mejor, pero desgraciadamente no puedo influir en los problemas que ocurren en el mundo”, asume, “aunque tengo esperanza de que esta situación mejore, sobre todo para África. Todos los pueblos de África se merecen una vida mucho mejor”.

El trasiego internacional por los escenarios de medio mundo no impide que Cesária Évora tenga una visión real de la inmigración clandestina, quizá el mayor mal que asola a los jóvenes africanos. ¿Actúa Europa con justicia ante el drama del nuevo siglo? “La actitud siempre podría ser mejor, pero en mis viajes compruebo que, no sólo los africanos sino otras personas, han encontrado una oportunidad para mejorar sus vidas en Europa y en América”, explica quien hace unos años fue confundida con una emigrante irregular en el bulevar de Cartagena. “Estos viajes son buenos para el progreso de África: sus pueblos pueden ver que existe otra forma de vida, creo que hay sitio para la comunidad africana en estas sociedades”.

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Además del compromiso africano, Cesária Évora ha prestado su voz y sus canciones a experimentos modernos. En 2003 artistas electrónicos como Carl Craig, 4 Hero o Señor Coconut remezclaron piezas como Angola, Bésame mucho y Miss Perfumado para el disco Club Sodade. “No es mi estilo original, pero creo que ayuda a lograr un mayor interés de las nuevas generaciones, a ampliar el destino de mis canciones y de mi voz”, dice divertida la cantante, “y estoy feliz por ello, pero es evidente que ese no es mi estilo de hacer música”.

Más cómoda se siente Cesária Évora con socios musicales más naturales como el brasileño Caetano Veloso (Regresso), el pianista cubano Chucho Valdés (Negue), el maliense Salif Keita (Yamore) o Jacques Morelenbaum (Café Atlántico). “Todas fueron buenas experiencias porque ayudan a ampliar las influencias en la música, en la mía y en las de ellos”, asegura la caboverdiana para recordar su dúo con el cantautor Pedro Guerra en la canción Tiempo y silencio, de su disco São Vicente di Longe. ¿Existe una particular sensibilidad isleña? “Hay muchas similitudes, en las culturas y en los instrumentos que usamos”, reflexiona Cesária Évora, “porque nuestras culturas son muy parecidas y cantar con él fue una experiencia muy bonita”.

Siempre generosa, Cesária Évora habla con cariño sincero de los amigos que le ha regalado la música, pero no se olvida del público. De su público, al que nunca ha dado la espalda pese al aluvión de músicas étnicas que abundan en los anaqueles. ¿Por qué nadie se aburre de Cesária? Ella se quita méritos: “Es el público el que te lleva al éxito y es el público el que sigue queriendo escucharme. No sé decir por qué ocurre, solo que estoy muy contenta de que sea así”.

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Publicado en el periódico Diario de Avisos en marzo de 2004

 

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Sucupira, un mercado africano para conocer Cabo Verde

17 May

Sucupira 1

por Carlos Fuentes

Los mercados de África son un mundo aparte. En esta suerte de centros comerciales de lo cotidiano se dan cita cada mañana la vida, las noticias y los sueños de pequeños vendedores que salen adelante suministrando cualquier cosa que necesiten los vecinos. Y cualquier cosa abarca lo vivo y lo muerto, lo nuevo y lo viejo, lo propio y lo extraño. Como si fuera posible ofrecer África entera en un ramillete de calles. En la ciudad de Praia, la capital de Cabo Verde, el mercado africano se llama Sucupira. Y es un mundo aparte.

No está claro el origen del término Sucupira, al menos aquí en la isla grande de Cabo Verde. Se sabe, eso sí, que en Brasil da nombre a un árbol del que, además de madera y forraje, se nutre la población de hojas para infusiones medicinales. En la ciudad de Praia, Sucupira es otra cosa. Es el gran mercado de la capital, el pulmón comercial de la vida cotidiana. Abierto todos los días del año. Sucupira, además, está rodeado por varios hitos importantes de la geografía urbana de Praia. Sucupira es vecino del estadio de Várzea, ubicado en el popular barrio del mismo nombre. Es el campo donde la selección de fútbol jugaba sus partidos hasta el año 2013, cuando se mudó al nuevo estadio del barrio Achada São Filipe. Ahora juegan aquí equipos de Praia, Sporting Clube, Boavista, Clube Desportivo Travadores y Académica, pero no es lo mismo. Quizá por eso, por esa sensación de días mejores que son pasado, Várzea contagia aires de saudade a los aledaños de Sucupira.

Sucupira 2

Desde el estadio, dejando atrás el Palacio de Gobierno y el cementerio, la avenida Cidade de Lisboa desemboca en la puerta principal del mercado de Sucupira. Puertas hay más, pero conviene tomar esta como referencia para intentar orientarse luego en el ramillete de calles, callejones y callejuelas que dan forma al mercado africano. Al otro lado, la nueva iglesia apostólica también es una señal para orientar los paseos por el mapa cotidiano de Sucupira. En el cruce que bordea el templo está la salida principal por carretera al centro de la isla de Santiago y abundan paradas de furgonetas que se encargan del transporte de pasajeros y de abundante carga menor que se compra en Sucupira. Son las populares Hiace, modelo de Toyota que se antoja fundamental para entender cómo funciona la economía de mercado (y el mismo mercado de Sucupira) en Santiago. Con ellas cada día se hacen viajes que distribuyen mercancía a los pueblos todo lo comprado en Praia.

Sucupira 3

En Sucupira se vende de todo. A la pieza y al peso. El tramo inicial es un conglomerado de pequeños puestos de textiles, bolsos y productos domésticos. El espacio es reducido, pero sobre las mesas lucen botes de champú y otros productos de baño y cocina. Alguna peluquería avisa de que en la parte central del bazar los salones de belleza al estilo africano serán los protagonistas. Más propio de un mercado es encontrarse con artesanos del cuero y el metal. También hay artistas que aprovechan el vaivén comercial para vender cuadros en los rincones más insospechados. Una señora anuncia una remesa de bolsos de Senegal elaborados con hilos de plásticos de colores. Ochocientos escudos la pieza, poco más de siete euros. Más baratas son las telas estampadas, importadas de Dakar y Costa de Marfil, que vende otro puesto regentado por una pareja caboverdiana. Un vecino ofrece fruta de baobab y flores de hibisco para hacer bissap. Todo rodeado por un sinfín de souvenires multicolores que cuelgan de alambres por todo el mercado.

Por un latera del mercado, camino del parque 5 de Julio, se encuentra la zona de productos frescos, desde frutas y hortalizas a pequeños animales de crianza. Ricos plátanos caboverdianos, pequeños y sabrosos, para un tentempié sobre la marcha en el paseo por Sucupira. Al fondo se venden pollos y lechones, también algunas gallinas como las que cocinan en los restaurantes caseros que dan a la avenida Machado Santos. Tres euros por un plato de gallina estofada con verduras y arroz. En el mercado sigue el trasiego. Los puestos se repiten, pero siempre aparece algo diferente. Una esquina con pinta de garaje es la tienda de música más antigua de Sucupira, y conviene aprovechar la ocasión para conocer la morna y algunas otras músicas que pusieron al archipiélago africano en el mapa mundi de la cultura internacional con figuras como Cesária Évora, Ildo Lobo o el grupo Simentera.

Sucupira 4

Todos los pasillos de Sucupira desembocan en la zona de los bidones, otra singularidad del mercado. Al fondo, en un patio triangular techado con plásticos y chapas metálicas, veinte vendedores despliegan cada día la ropa y el calzado usado que llega a Praia en grandes bidones plásticos con cierre hermético. Si las tiendas de nuevo están en la parte alta de la ciudad, casi todas en el barrio administrativo de Plateau, en Sucupira se venden camisas y pantalones a precios para todos los bolsillos. Remites pintados en los bidones explican el negocio: desde Boston, Londres o Lisboa, emigrantes, familiares y ONGs envían bienes usados que abastecen el mercado de ropa y calzado barato en Sucupira. Cualquier prenda de bidón llegada en barco con meses de travesía se paga con escudos caboverdianos. El billete de 200 escudos reproduce a Ernestina, un pailebote que hasta 1965 llevó a muchos africanos a la emigración americana. Antes fue barco de exploración científica y militar en la II Guerra Mundial. Un guiño a la historia compleja de un país que cuenta tantos residentes como emigrantes lejos de sus diez islas atlánticas.

Publicado en la revista NT en marzo de 2016 

Tarrafal, un pueblo entre luces y sombras en Cabo Verde

28 Abr

Caroline Granycome - Tarrafal

por Carlos Fuentes

La amplia bahía abierta al oeste aparece al fondo, al pie del modesto Monte Graciosa, entre leves montañas moldeadas por el viento y el salitre del mar. No sobra la vegetación, tampoco el agua. Las primeras casas escoltan una carretera de adoquines en línea recta que desemboca en el centro de la población. Hemos llegado a Tarrafal, la localidad más importante del norte de la isla de Santiago, en el archipiélago de Cabo Verde. Un destino ahora apreciado por los viajeros del mar y la naturaleza, pero que hace medio siglo fue escenario de uno de los capítulos más infames del declive colonial portugués en África.

Como en la fotografía de Caroline Granycome, el pueblo de Tarrafal lleva toda la vida mirando al mar desde la Serra Malagueta, hoy parque natural y límite sur del municipio. Creado en 1917 a partir de la separación del vecino pueblo de Santa Catarina, muchos de los veinte mil habitantes de Tarrafal se dedican a labores asociadas al puerto, ya sea en la pesca tradicional, el comercio o los servicios. También la agricultura tiene un papel notable con cultivos de maíz y caña de azúcar o frutas como plátano, mango y lima. En la época de la construcción del puerto de piedra volcánica, el auge del comercio de la jartrofa, el piñón de tempate, fue uno de los sustentos de la población. En el casco antiguo viven siete mil vecinos, siendo Chão Bom y Achada Tenda otros núcleos importantes situados a setenta kilómetros de la capital, Praia.

Campo de Tarrafal

La imagen tranquila de Tarrafal, sus acogedoras calles de adoquines, como pocas quedan ya en la isla, contrasta con un momento crucial en la historia de Cabo Verde y también en la historia de la que fue su potencia colonial hasta 1975. Durante el dominio de Portugal sobre este archipiélago africano, los dirigentes de la dictadura cívico-militar de Lisboa utilizaron el municipio de Tarrafal como lugar de confinamiento y destierro para líderes políticos y sindicales de Portugal y de otros países africanos. En 1936 el pueblo albergó uno de los centros de represión más crueles puestos en marcha por la dictadura del Estado Novo: la colonia penal de Tarrafal, cuyos muros de arena y piedras aún custodian la carretera de entrada al casco antiguo.

Apenas dos kilómetros de carretera empedrada separan el centro del pueblo y la entrada al campo de concentración. Sopla el viento, aunque es un día tranquilo. El sol, eso sí, no da tregua. Quince minutos de paseo es tiempo suficiente para hacerse una idea de cómo pudo ser la vida aquí de los presos políticos que fueron encerrados en la prisión, algunos durante décadas. Un viejo portal levantado con ladrillo hace de primer control, no lejos de la puerta principal. Bajos las almenas, entre muros sólidos, aquí acababa la libertad de los confinados. Rodeados por un foso que dobla la altura de una persona, alambrada y guardia armada permanente, la soledad, el hambre y los malos tratos acabaron con las vidas de treinta y dos personas entre 1937 y 1948.

Tarrafal penal

La Colonia Penal de Tarrafal fue creada por decreto del gobierno portugués el 23 de abril de 1936. En octubre llegó un primer grupo de 152 presos, en su mayoría por vínculos con las revueltas de Marinha Grande en 1934 y la rebelión de marineros a bordo de barcos de guerra en el río Tajo de dos años después. Las órdenes del gobierno surgido del golpe de estado del general Salazar en 1926 eran concluyentes: reclusión mayor sin derecho a visitas para reprimir las protestas políticas y las revueltas sociales. La condena se convirtió en una visita a la muerte para los líderes más destacados de la oposición.

Casi intacto, aunque bastante descuidado, el antiguo campo de concentración de Tarrafal ofrece una visita a uno de los capítulos más oscuros de la historia de Portugal. El lugar de condena para más de trescientas personas durante los quince años que recibió presos. Rodeado por un muro de planta rectangular y siete metros de altura, el penal es un grupo de edificios de aspecto militar que, en general, se mantienen en buen estado. Los cuartos son paredes desnudas, sin mobiliario, en la mayoría de las estancias. Hay una habitación de cocina y un viejo cuarto con letrinas excavadas en unas piedras sobre el suelo. Ahora todo rebosa malas hierbas, apenas unos paneles informan sobre la historia del lugar, esperando quizás un proyecto de rehabilitación en el que está involucrado el ministro de Cultura de Cabo Verde, el músico Mario Lúcio, sin duda el vecino más popular de Tarrafal.

pescadores

La visita a lo que queda de la Colonia Penal de Tarrafal concluye a las puertas del pueblo de Chão Bom, ya de vuelta al casco antiguo que bordea la bahía por el mismo empedrado de adoquines de la llegada. Si no es muy tarde, todavía hay tiempo para disfrutar del desembarco diario del pescado en el muelle, junto a una de las pocas playas de arena amarilla en Santiago.

También para pasear por los alrededores del mercado municipal, visitar la escuela de música y artesanía (que ocupa el antiguo mercado) y el Parque de las Meriendas, donde es posible probar platos típicos cocinados con pescado de Tarrafal. El Café Maracuyá sirve helados antes de que la tarde-noche sea competencia del cine-pub Anonymus, en la plaza central de esta ciudad marcada por la historia que ahora vive del mar, del turismo y la naturaleza.

Publicado en la revista NT en febrero de 2016

 

Madredeus regresa renovado sin la voz de Teresa Salgueiro

2 Mar

Madredeus

por Carlos Fuentes

Pocos daban un euro por el grupo Madredeus sin la voz imponente de Teresa Salgueiro, pero el conjunto portugués nunca tiró la toalla. Después de un año sabático ahora hay disco nuevo, acreditado a Madredeus e A Banda Cósmica. Más que garantía de buena salud para la formación lisboeta que puso el fado portugués en el mapamundi musical, Metafonia viene a abrir nuevas vías. “Tratamos de inventar otra concepción de música cantada en portugués, enfocada a grandes espectáculos e inspirada en arreglos populares de África y Brasil”, explica Pedro Ayres Magalhães, fundador de Madredeus en 1985.

Atrás quedan dos décadas como faro de la lusofonía. El rescate de la tradición musical portuguesa a través de Madredeus permitió, entre otros hitos, que una nueva generación de fadistas encontrara su lugar en el mundo. Y el gran público internacional descubrió las músicas taciturnas de Mariza y Katia Guerreiro o, en clave masculina, la voz inmensa de Camané. Fue tan grande la sorpresa que, por poco, las hijas mataron al padre. ¿Hubo riesgo de que Madredeus pasara a peor vida? “No, nunca”, aclara Pedro Ayres. “Madredeus siempre tuvo misión militante para divulgar la cultura portuguesa y no sentimos esa competencia. Incluso hoy lo somos aunque nadie nos lo pidió; pero quise enseñar mi ciudad y mi cultura y la de los países lusófonos de África. No sólo ser famoso y ganar dinero, sino estar en viaje permanente por el corazón de la cultura lusa”.

En la búsqueda de un “camino contemporáneo”, la trayectoria de Madredeus se ha edificado con sólidos pilares eléctricos. El conjunto surgido en el convento de Xabregas, en el barrio del que tomaría nombre, ha añadido ahora guitarra eléctrica, percusiones africanas, batería, arpa y dos cantantes: Rita Damásio y Mariana Abrunheiro. ¿Son Madredeus e A Banda Cósmica la versión radical del fado? El guitarrista Pedro Ayres lo explica sin aspavientos. “Hace tiempo que queríamos tocar más alto, para más personas, porque recibimos muchas peticiones para actuar en conciertos al aire libre”, explica el guitarrista. “Ahora podemos tener conciertos de cámara, que es la primera tradición del grupo, o presentarnos con la Banda Cósmica. Sí, ahora Madredeus suena más alto”.

Madredeus color

El perfil nuevo nació en un año sabático, 2007. El parón coincidió con la salida de Teresa Salgueiro de la alineación original del grupo de Lisboa. “Ella quiso parar y nosotros nos preguntamos si debíamos seguir. Entonces yo comencé a tocar con la arpista Ana Isabel Dias, y vi que podíamos cambiar. Fue un momento difícil cuando Teresa confirmó que no quería volver”, recuerda el guitarrista fundador de Madredeus. Del vértigo a la ilusión. Pedro Ayres sonríe al recordarlo: “Muchas cantantes nos escribieron. Fue un estímulo que planteó otro horizonte”. “Nos empeñamos en mirar más a África y Brasil que a Europa”, abunda el teclista Carlos Maria Trindade, “más experimentación”.

¿Y un público tan grande y tan variado, cómo reaccionó a la renovación de Madredeus? “Hubo opiniones divididas. En muchos, entusiasmo. Otros nos vilipendiaron. Pero Madredeus siempre fue un grupo muy particular. No nos preocupa la fama y que en tiempos de crisis hayamos vendido diez mil discos es para estar satisfechos”. ¿No les molesta que ahora Portugal se asocie sólo al fútbol de Cristiano Ronaldo? “No, Madredeus debe su vida a la comunidad internacional, no sólo a mi país. Y antes de Ronaldo ya estaba Figo. Pero nosotros no somos un invento de dos años: ya son veinte años de Madredeus”.

Publicado en el diario Público en marzo de 2009

Un paseo por la historia del fútbol en las calles de Lisboa

21 Ago

futebol

por Carlos Fuentes

El fútbol es un invento inglés y se vive con gran pasión en España e Italia. Portugal también es un país futbolero de profunda tradición y con una afición popular. Con la Copa del Mundo que en 2014 se celebra en Brasil, la capital de su antigua metrópoli ofrece una ruta antológica por la historia lusa del deporte rey y, para el viajero más curioso, lugares abiertos para seguir los partidos del Mundial.

Para la historia del deporte, el hito quedó marcado un día de 1875 en la isla de Madeira. Allí se practicó por primera vez esta nueva disciplina deportiva que había nacido veintisiete años atrás en la británica Universidad de Cambridge. Aunque en octubre de 1888 ya se había disputado un primer encuentro de fútbol en la ciudad turística de Cascais, en Lisboa se tuvo que esperar algo más, exactamente hasta el primer día de enero de 1889, para que se celebrara el primer partido de futebol reconocido por la federación lusa. Ocurrió en los terrenos que en la actualidad ocupa la plaza de toros de la capital portuguesa, situada en el barrio de Campo Pequeño, cuando los jugadores de las dos selecciones nacionales de Portugal e Inglaterra disputaron el primer encuentro. Ganaron los portugueses por dos goles a uno, pero aquello no fue más que una anécdota para los libros de historia. Lo importante, lo crucial, es que el nuevo deporte fue acogido con entusiasmo por las clases altas y medias de la capital lusa. Desde entonces, Portugal ya no se entiende sin una pelota.

FBL-PORTUGAL-EUSEBIO-DEATH-OBIT

Eusebio

Un siglo después, el país vecino está entre los pueblos que con mayor pasión viven las vicisitudes de ver a veintidós deportistas correr detrás de un balón. En Lisboa, donde reinan dos de los tres grandes equipos de Portugal, el Sporting y el Benfica, el viajero puede disfrutar de una ruta por las huellas del balompié luso. Comenzamos en Belém, adonde todo turista se acerca a visitar la ribera del Tajo trufada de grandes monumentos. Aquí están el imponente monasterio de los Jerónimos, joya del siglo XVI de estilo manuelino, la Torre del Belém, el monumento a los Descubridores y, más moderno, el Centro Cultural de Lisboa. También la añeja pastelería de Belém, muy conocida por los visitantes, quienes quizá no sepan que a pocos metros del monasterio se encuentra el estadio del tercer equipo lisboeta, Os Belenenses, fundado en 1919 y que fue rival del Real Madrid en la inauguración del estadio Santiago Bernabéu el 14 de diciembre de 1947. En Os Belenenses también jugó Félix Mourinho, padre del entrenador de Setúbal, actual preparador del Chelsea londinense y antes del Real Madrid.

estadio da luz

Otro lugar interesante en la ruta del fútbol por Lisboa se halla en la periferia de la ciudad nueva. Se trata del estadio José Alvalade, así bautizado en honor de uno de los pioneros del balompié portugués y ahora estadio local del Sporting de Lisboa. Sus instalaciones, que se construyeron a principios de este siglo en sustitución del antiguo campo de 1956, fueron inauguradas en agosto de 2003 con un partido entre Sporting y Manchester United. Fue en este encuentro en el que los ingleses quedaron prendados de un joven talento portugués llegado de la isla de Madeira, un delantero llamado Cristiano Ronaldo que con los años se iba a convertir en el mejor jugador de la historia de Portugal, con permiso de las viejas glorias Eusébio da Silva y Mário Coluna, jugadores ambos del Benfica.

Por esas fechas, exactamente el 25 de octubre de 2003, el otro gran equipo de Lisboa inauguró nuevo estadio, conocido popularmente como la Catedral pero de nombre oficial Estadio de la Luz. Situado en el barrio de Santo Domingos de Benfica, apenas a un kilómetro al suroeste del campo del eterno rival, La Luz ofrece algo más que una visita al estadio deportivo, ya que en sus alrededores se encuentra el museo del Benfica, la tienda oficial del club y, en la entrada, la estatua de homenaje a Eusébio, el emblemático jugador del equipo del águila. Con una capacidad para albergar a 65.647 espectadores, este estadio acogió la final de la Eurocopa de Portugal celebrada en 2004 y, más reciente, la final de la Champions disputada en mayo por Real Madrid y Atlético de Madrid.

Cristiano Ronaldo

Para completar un recorrido futbolero por Lisboa, el visitante debe acercarse a la gran avenida de la ciudad, la de la Libertad. Aquí, junto al monumento a los Restauradores, se reúnen a celebrar sus triunfos los aficionados de uno y otro equipo, así como todos los portugueses cuando la selección nacional que dirige Paulo Bento gana un partido importante. Capaz de paralizar al país cuando se celebra un campeonato importante, y con los partidos de Portugal en la Copa del Mundo de Brasil volverá a repetirse la convocatoria frente a Restauradores, la selección nacional lusa ha contado con jugadores de referencia como Luis Figo, que con 127 partidos disputados aún es el que posee el mayor número de encuentros internacionales con el equipo rojiverde, o Cristiano Ronaldo, aún en activo y con 49 goles autor del mayor número de tantos con la camisa nacional. En la estrella de Funchal, que en noviembre protagonizó una proeza al anotar tres goles en el decisivo partido de repesca contra Suecia, están depositadas muchas esperanzas de un país entero ante la actual competición mundial que se está disputando en Brasil, la mayor de las antiguas colonias portuguesas.

Como en cada país con selección en Brasil, Portugal disfruta de los partidos en plazas, parques y espacios abiertos. En Lisboa, que se paraliza cuando juega la seleção, las plazas son puntos de encuentro para aficionados, ya sea ante pantallas gigantes o en restaurantes y bares que aprovechan el deporte para ampliar clientela. La plaza de Rossio o el parque de Eduardo VII, que en mayo albergaron las zonas de aficionados de Real Madrid y Atlético de Madrid por la final de Champions, son las preferidas de la afición lusa para ver al equipo. Y si usted gusta del fútbol apasionado, la mejor opción es buscar un bar de la zona antigua para compartir pasión con la hinchada local. Y no olvide las fechas de los partidos de Portugal, pero también de España. A partir del 4 de julio arranca la fase de octavos en el camino hacia la gran final del 13 de julio en Maracaná.

Publicado en la revista NT en julio de 2014

Balcones antiguos de Lisboa colgados sobre el río Tajo

16 Ene

Lisboa calles

por Carlos Fuentes

Pocas capitales europeas hay tan recomendables para el tranquilo paseo callejero como la portuguesa Lisboa. En sus estrechas calles y plazas de adoquines negros late la historia legendaria de una ciudad antigua, lugar añejo como capital que fue de un imperio. Lisboa, la vieja Lisboa, la ciudad blanca, ofrece al visitante buen número de miradores situados en parques y jardines públicos para contemplar desde lo alto su belleza tranquila de lugar detenido en el tiempo. 

La fundación de la ciudad de Lisboa, la capital más occidental de Europa y la segunda más antigua después de la griega Atenas, se cimentó en las buenas características geográficas del terreno situado en la desembocadura del Tajo, apreciado ya en la época de los navegantes fenicios. Al abrigo del estuario del gran río peninsular y de sus siete colinas circundantes nació la ciudad antigua, donde ahora es posible contemplar su fisonomía añeja y, de paso, conocer la vida cotidiana en sus barrios, con un recorrido urbano por miradores públicos situados en paseos, parques y jardines de la capital portuguesa. Donde una amplia docena de balcones ajardinados sobre el Tajo permiten al paseante una visión panorámica del paso de la historia en esta ciudad de vida pausada entre vestigios de historia grande, templos, castillos y canciones de leyenda.

Un atractivo incuestionable de Lisboa, con sus calles en cuesta de adoquines moldeados por el paso del tiempo, costumbristas esquinas y beços, que es como aquí llaman a los callejones, son sus miradouros públicos distribuidos en una ruta urbana que permite contemplar la ciudad en todo su esplendor. Por importancia geográfica, y por ello los mejor conocidos por los visitantes, los miradores que se encuentran en los barrios de Alfama, Sé y Castelo suelen ser los más transitados por el viajero foráneo. En una excursión que parte desde la plaza del Comercio, siempre cuesta arriba, a veces al costado de la línea del histórico tranvía 28, el primer mirador aparece en Santa Luzia, donde un jardín austero adornado con azulejos portugueses ofrece una vista de la parte baja de Alfama, allí donde una vez nació el fado entre marineros y tabernas baratas.

Lisboa mirador

En la actualidad, por fortuna, el barrio de Alfama no ha perdido ese arraigado sabor antiguo de sus calles, aunque el fado, el patrimonio musical de Portugal, se haya convertido en un aliciente más de la noche lisboeta para los turistas. Continuamos camino. A pocos metros de Santa Luzia se encuentra situado el mirador de Portas do Sol, recientemente remodelado para albergar una terraza que permite divisar la desembocadura del estuario del río Tajo. Desde Santa Luzia, hacia la derecha, está la cúpula de la iglesia de Santa Engracia, y hacia la izquierda se pueden ver las añejas iglesias de San Miguel y San Esteban. En el mismo mirador de Santa Luzia se conserva un azulejo de gran tamaño en el que se representa la ciudad antes del gran terremoto de 1755 y la conquista cristiana del Castelo de São Jorge, que José Saramago narró, magistral, en su novela Historia del cerco de Lisboa. Y el castillo será nuestra siguiente parada.

Imagen característica del horizonte urbano de Lisboa, el Castillo de San Jorge alberga un buen número de murallas, fosos y patios en apenas seis hectáreas de terreno, así que las posibilidades de contemplar la ciudad vieja desde esta atalaya histórica son generosas. Según se oriente la vista, el visitante puede mirar hacia las calles de la Baixa, la parte inferior de la ciudad antigua, con sus plazas, sus tiendas tradicionales y el elevador de Santa Justa, desde donde ha partido esta ruta de los miradores de Lisboa. También se contempla desde aquí la zona de Martim Moniz, nombrada en honor de un héroe del cerco cristiano a la ciudad en el año 1147 y una de las primeras ampliaciones modernas en la ciudad antigua. Al fondo, casi a la altura de nuestros ojos, se adivina el jardín de Pedro de Alcántara y su mirador homónimo, otra visita imprescindible. Pero antes es recomendable completar los miradouros de este lado de la ciudad.

Lisboa dibujo

Muy cerca del Castelo de São Jorge, en ligera cuesta arriba, se haya situado el mirador de Graça, vecino de la iglesia del mismo nombre, y también punto de observación sobre los tejados rojos de la Baixa y la esquina menor del castillo. Además de la cercana Feira da Ladra, el rastro de Lisboa (martes y sábado), el barrio de Graça ofrece algunas posibilidades para comer sobre la marcha, ya sea en su tradicional dulcería situada junto a la iglesia o en algunas de las casas de comidas populares que pueblan este barrio tranquilo en plena colina. Porque conviene reponer fuerzas antes de abordar el siguiente trayecto camino del mirador de Nuestra Señora del Monte. Las vistas son espectaculares, casi a la altura de la cuesta que hay que superar. A estas alturas ya sabrá usted por qué a Lisboa se viene a caminar. Desde esta pequeña ermita se contempla una panorámica amplia de la urbe portuguesa, desde el río a la sierra de Monsanto a través del Castelo, las plazas de la Baixa, Chiado y el Barrio Alto de Lisboa.

Cambiando de colina, situados ya en el otro lado de la ciudad antigua, el Barrio Alto es una referencia principal en la ruta de los miradores de Lisboa. Aunque antes conviene detenerse un momento en el elevador de Santa Justa, punto de acceso a la zona alta si, por el mismo precio del ascensor, desea aprovechar estos cuarenta y cinco metros de altura para echar un vistazo a tejados y calles de la antigua Lisboa comercial. Construido en 1902 para superar el desnivel de la Baixa y el Chiado, este elevador de hierro forjado comunica con las ruinas del antiguo convento do Carmo, desde donde se puede empezar a contemplar las vistas de Lisboa orientadas al este. El mirador más emblemático de la zona está situado en el jardín de Pedro de Alcántara, al que también se puede llegar desde el elevador de la Gloria, original de 1885 para superar el desnivel entre la plaza de los Restauradores y el Barrio Alto. Las vistas sobre la Baixa, la vieja catedral Sé y el centro histórico de Lisboa, con el Castelo de São Jorge situado siempre al fondo, son inmejorables desde esta atalaya de flores. Un jardín para el descanso antes de volver al entramado de calles y plazas del Barrio Alto.

Lisboa tranvía 28

Otro ascensor, el de Bica, inaugurado en 1892, permite acceder a otro de los puntos panorámicos de Lisboa. El mirador de Santa Catalina ofrece un sitio para la memoria con vistas al imponente estuario del Tajo sobre los barrios de São Paulo y Lapa. Al fondo, símbolo de modernidad, se encuentra el puente 25 de abril que desde 1966 comunica la ciudad setenta metros por encima del río. Menos transitado por los visitantes, otro mirador ofrece un rato de tranquilidad durante los paseos urbanos por la ciudad portuguesa. El miradouro de Rocha do Conde de Óbidos es un modesto jardín alejado del centro neurálgico de la ciudad desde el que se puede conectar con la avenida Marginal para enlazar con la Casa de América Latina y con el Museo Nacional de Arte Antiguo. Fuera del ambiente urbano, ya en los dominios del parque natural de Monsanto, otros dos miradores ayudan a completar esta fotografía panorámica de Lisboa. Los moinhos de Santana son dos molinos de viento que se construyeron en el siglo XVIII para el abastecimiento de las dominicas irlandesas del vecino convento del Bom Succeso. Gracias a su restauración en 1965, estos dos molinos son el último vestigio de la destacable actividad de molienda del oeste de la ciudad. Ya en el parque, el mirador de los Montes Claros sirve para culminar el paseo de miradouros a los pies de un lago ajardinado con vistas a la sierra de Sintra.

sol de Lisboa

Terrazas al poniente de Europa

La abundancia de miradores populares en Lisboa ha permitido en los últimos tiempos la proliferación de terrazas y lugares de ocio al aire libre. Si en la Baixa aún brillan establecimientos tradicionales ubicados en las plazas de Comercio, Rossio y Figueira, en las siete colinas de Lisboa han florecido sitios de nuevo cuño como la terraza de Portas do Sol, donde cada día se cita gente joven de la ciudad para contemplar la última puesta de sol en Europa. También son populares las dos terrazas que se encuentran situadas en el mirador de Santa Catarina, su tradicional kiosko de jardín y el más moderno café Noobai, donde es posible contemplar la llegada de los trenes a la estación de Cais de Sodré mientras se disfruta de un completo brunch a mediodía. Y también es doble la oferta de ocio callejero en el miradouro de Pedro de Alcántara, donde se puede elegir entre degustar un clásico vino de Oporto en el afamado establecimiento del Solar do Vinho do Porto o, al aire libre, refrescarse con una cerveza Sagres en la terraza del jardín. La panorámica, en todo caso, es compartida: una vista interesante sobre los tejados de la Baixa desde la avenida de la Libertad hasta las puertas del barrio antiguo de Alfama, con el Castelo de São Jorge al fondo.

Publicado en la revista NT en enero de 2014

Nuevo tropicalismo africano

25 Sep

Batida

por Carlos Fuentes

Invento de francotirador para un siglo nuevo, Batida es el proyecto personal del músico portugués de raíces angoleñas Pedro Coquenão. Una audaz batidora de folclore africano cocinado con aromas a pista de baile global. Con apenas un disco homónimo, y ya viene otro en camino, este artista radicado en la ciudad de Lisboa ha trazado una hoja de ruta sin visados ni pasaportes. Para superar anacrónicas fronteras culturales y alimentar públicos nuevos.

Antes, mucho antes de que las músicas africanas fueran redescubiertas por el público grande del norte de Europa, Portugal ya ejercía como puerta de entrada de los sonidos del continente negro. Cuestión de herencia: la presencia colonial en África hilvanó intensos lazos de comunicación cultural entre ambas orillas. Y el lisboeta Pedro Coquenão es hijo de este acervo. Criado con un pie en cada lado, este músico también conocido como DJ Mpula ha ensamblado con éxito aromas de pistas de baile contemporáneas y pespuntes sonoros rescatados de grabaciones añejas de los setenta. Batida, alter ego que también titula su disco de estreno, rebosa tropicalismo africano sin concesión alguna a la melancólica saudade. “La cultura portuguesa está presente en algunos países de África y rasgos de esos países también están en nuestra cultura, y yo lo único que hago es intentar potenciar la comunicación entre ambas partes”, afirma Batida.

Todo empezó en la radio. En 2006 Pedro Coquenão propuso al canal nacional un programa de música enfocado a la investigación y el rescate de grabaciones antiguas que mostraran el vínculo emocional entre Portugal y los cuatro países africanos con raigambre lusa. Era un buen plan, pero la música presente acabó por imponerse a la historia. “De pronto”, explica el músico desde Lisboa, “me di cuenta del empuje de la nueva electrónica que se está haciendo ahora en las ciudades de África”. Eran años de eclosión para ritmos como el kuduro, cóctel de hip hop, house y kizomba angoleño que invitó a mirar a África con ojos de modernidad. Batida ya estaba en camino. Coquenão comenzó a grabar bases instrumentales para enviar por la red a jóvenes raperos de Luanda, la capital efervescente de Angola. Pronto comenzaron a llegar de vuelta pistas de sonido alimentadas con la vehemencia rapera de los africanos. “No estaba buscando algo en particular, más bien una vía de expresión personal para crear algo que sienta de veras. Porque la música africana forma parte de mí desde que tengo uso de razón. Mi madre dice que ella solía cantar cuando estaba embarazada, así que esa influencia siempre estuvo ahí. Luego apareció la primera banda de África que recuerdo, el dúo Ouro Negro, y también el angoleño Bonga, que me llamó la atención de niño por su figura elegante y ese nombre tan poderoso”.

Batida DJ MpulaEl disco Batida (Soundway Records-Music As Usual, 2012) fue el primer capítulo de la alianza luso-angoleña. Ocho canciones repletas de aportaciones de artistas urbanos desconocidos fuera de las fronteras culturales de África como Circuito Feixado, Ikonoklasta, MCK, Ngongo y Bob da Rage Sense, más dos piezas propias (Alegria, Bazuka). Todo fue procesado, con vocación híbrida, en los estudios del productor Beat Laden en Lisboa. “Como músico y como persona me siento cómodo oscilando entre géneros, y creo que no estoy obligado a elegir. Porque la música electrónica puede ser tan tradicional como el folclore. Y como las tradiciones pueden llegar a ser tan sofisticadas como la electrónica, no tengo por qué elegir entre una y otra”, indica Batida, convencido de que “lo contemporáneo será la tradición del futuro”. En esta dirección Pedro Coquenão reivindica influencias seminales del rock y del pop de su época, de The Clash a New Order, del jazz al house noctámbulo. “El vínculo entre culturas no es algo nuevo ni tiene una ruta que trazar con facilidad. ¿Quién empezó qué? No lo sé, porque incluso el fado tiene unos orígenes variados a partir del diálogo entre Portugal, los países africanos e incluso Brasil. Y ahora las influencias de países como Angola o Cabo Verde están muy activas en muchos barrios de Lisboa”.

Pedro Coquenao (Batida)

Consciente del público creciente que atesoran las músicas de África, Batida se ha propuesto ampliar el eco de los sonidos negros contemporáneos. De hecho, su último proyecto combina música e imágenes en el documental É Dreda Ser Angolano, la historia de una ficticia estación de radio en Luanda que se grabó sobre el terreno, sin apoyo comercial, y en una suerte de ágil ejercicio Dogma. “Primero pensamos en recolectar imágenes para ilustrar un video del Conjunto Ngonguenha, pero luego terminamos acumulando diecisiete cintas con material de Ikonoklasta”, explica Pedro Coquenão, “así que decidimos fusionar todo en una especie de documental hilvanado con samples de mi disco y de algunos conciertos. Fue una suerte dar con este material callejero porque, además de ayudar a que la nueva música angoleña sea más conocida fuera de África, creo que también ofrece una perspectiva diferente del trabajo de Batida”. Porque las músicas de África han vuelto para quedarse. “Ahora hay público más pendiente de las músicas que se están haciendo en todo el mundo y eso ha generado unas audiencias más abiertas en gustos, sin muchos prejuicios al encontrarse con otras culturas. Y ahora la gente viaja más, así que buscar fuera es más fácil que antes. Puede que sea una moda, realmente no lo sé, pero es positivo”. Y en el creciente interés africano de disqueras europeas, ¿no se esconde cierto oportunismo? “No lo creo, yo pienso que es genial que un artista y un sello se encuentren y trabajen al mismo nivel. Al menos es lo que ha ocurrido conmigo en Soundway Records. Yo creo en las personas, no en países ni en mercados”.

Publicado en la revista Rockdelux en septiembre de 2013