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Cheikha Rimitti: “Sin mí, Khaled no tendría que cantar”

12 May

 

por Carlos Fuentes

Nació en el puerto mediterráneo de Orán, la segunda ciudad de Argelia, allí donde hace sesenta años abandonó su pobre adolescencia para, a los dieciséis, apenas adolescente, comenzar a ganarse el pan cantando en burdeles de marineros y diletantes. En su vida de largo recorrido ha cantado como nadie composiciones populares ancestrales, surgidas hacia el año 1900 desde la poesía árabe y la música tradicional beduina, pero primero fue famosa por sus letras contestatarias. En el ecuador del siglo pasado puso en solfa aspectos de la vida tradicional para reivindicar los derechos de la mujer en el mundo árabe.

Con 76 años, Cheikha Rimitti exprime su vitalidad en Nouar, un nuevo disco de raï comprometido contra la plaga de fundamentalismo que asola su país. Tantos años ya de guerra. “Canto a las cosas buenas, el amor y la libertad, la rosa y su perfume”, explica la cantante argelina mientras enciende otro cigarrillo y saborea un café negro en un salón desvencijado del madrileño Hotel París.

Vestida con una falda verde, que hace juego con la camiseta de la selección de fútbol de Argelia que lleva puesta, Cheikha Rimitti es el vivo reflejo de la picardía veterana que dan los años. Deja atrás el álbum Sidi mansour, su aventura discográfica en clave tecno-raï pergeñada en 1993 junto a músicos procedentes del rock como Robert Fripp (King Crimson) y Flea (Red Hot Chili Peppers). Un invento moderno con el que la abuela genuina del raï no quedó muy contenta.

Desde Sidi mansour han transcurrido siete años. ¿Qué ocurrió con Cheikha Rimitti?

“Ese disco fue una mala experiencia, cogieron mi voz para hacer la producción sin consultarme nada. Y no lo considero un disco mío. Ahora he recuperado el control de mi carrera para hacer Nouar, que son mis canciones. Nouar es rosa, aroma, todo lo que venga de buena voluntad, amor, cosas buenas… por fin hay un disco de la reina del raï, que soy yo: Cheikha Rimitti”.

Ahora tiene más público, gente joven que descubrió a Rimitti con Sidi mansour

“Y espero que Nouar guste más que el disco anterior. Ojalá, porque al ser más mío, deseo que guste más. Pero no hay que confundirse con el éxito de Sidi mansour, que fue un triunfo sólo en Europa. Con las canciones de Nouar espero triunfar en todo el mundo, en los países árabes”.

En seis décadas de música, hasta el mundo ha cambiado. ¿Y sus canciones? ¿A qué canta hoy Cheikha Rimitti?

“Al amor y la vida, los sentimientos de siempre. Mi canción tiene raíz en la música andalusí del sur de España, sus contenidos no han cambiado demasiado. Sólo el mercado ha forzado algunos cambios por arreglos modernos, pero las canciones son las de siempre. Han llegado jóvenes del raï, Khaled, Faudel, Orchestre National de Barbès… pero están cantando las mismas canciones que yo canto hace años”.

Usted viaja con frecuencia a Orán. ¿Se siente Rimitti respetada por nuevos artistas de raï?

“No. No reconocen que sin mis canciones no tendrían nada que cantar. Llevan mucho tiempo ocultando al público europeo que existe una reina del raï, que se llama Cheikha Rimitti. Estoy muy decepcionada, porque son famosos pero lo han sido a costa de Rimitti. Sin Rimitti no existiría el raï con el que triunfan”.

Entonces, ¿cuál es su referencia musical actual? ¿Escucha nuevos ritmos del Magreb?

“Mi padre sería la flauta y mi madre, la darbouka. Son los instrumentos de mi vida. Puede haber sobre el escenario un montón de sintetizadores, batería y guitarras eléctricas, pero la sonoridad de la flauta y la darbouka es inimitable. Si tuviera que elegir, me quedaría con ella. Pero iré a Estados Unidos a presentar Nouar, ja, ja… a ver qué les parece a los americanos tras Sidi mansour”.

En Argelia, su mensaje optimista choca con la cruel realidad del fundamentalismo. ¿Qué acogida tuvo allí Nouar? ¿Es posible disfrutar en esa vida?

“Ha tenido un éxito sin precedentes en la música raï, el pasado verano fue un gran triunfo. Espero que mis canciones sirvan de ayuda para recuperar la ilusión y olvidar los problemas, Cheikha Rimitti sólo puede esperar eso. ¡Ojalá!”, exclama la cantante antes de recuperar su optimismo de mujer. Se levanta, regala tres besos al periodista y le da un consejo de longevidad: “Esta noche haz el amor, y mañana ven a bailar con Rimitti”.

Publicado en el periódico Diario de Avisos en abril de 2001

 

Té a la menta y dulces de pistacho y miel para celebrar el Año Nuevo Islámico

15 Dic

adeje 5

por Carlos Fuentes

Son setenta mil en Canarias, veinte mil en Tenerife. En el sur de esta isla reside una nutrida comunidad de musulmanes que eligieron hacer aquí sus vidas. Formaron familias, educaron a sus hijos y, en fin, aquí comparten la realidad insular con isleños y turistas. Algunos ya cuentan nietos. Y todos valoran con satisfacción la buena acogida por la sociedad canaria ahora que no es fácil ser emigrante.

Aquí no hay cava frío ni turrones, ni mucho menos trajes o corbatas. Huele a té verde con hortelana y las bandejas rebosan de baklava, los ricos pasteles de hojaldre, almendras y pistachos bañados en miel típicos del mundo musulmán. En la mezquita de Adeje están de fiesta para celebrar el Año Nuevo Islámico, el año 1437 según el calendario musulmán que marca la hégira, la peregrinación del profeta Mahoma de la Meca a la ciudad de Medina en el verano del año 622 de la era cristiana. Este primer día de Muharram es la fiesta anual de una comunidad musulmana que es cada vez más numerosa en la isla de Tenerife. Aquí residen veinte mil de los setenta mil musulmanes que viven en Canarias.

Para la mayoría de los cincuenta mil vecinos de Adeje, hoy es un miércoles más de otoño, el 14 de octubre para ser exactos. Nada del otro jueves. Pero un nutrido grupo de voluntarios trabaja contra el reloj (aunque la entrada del año depende del ciclo lunar y en cada país musulmán varía según la geografía, es común celebrar con la puesta de sol) para que nada falte en la mezquita de este importante municipio turístico del sur de Tenerife. En el casco urbano, el templo islámico situado en el 23 de la calle Piedra Redonda apenas llama la atención. De no ser por un par de rótulos escritos en árabe, podría pasar por un local comercial más. Muy discreto entre una tienda de mascotas y una librería.

Dentro reina el silencio. No se oye un alma. Un modesto mihrab fabricado con madera barata orienta hacia el este, a la alquibla en dirección a la Meca. Y guía cinco veces al día a los fieles que acuden a cumplir con las cinco oraciones diarias, uno de los cinco preceptos fundamentales del Islam. En la mezquita de Adeje, que se llama Al-Ihsan utilizando un término que significa espiritualidad y caridad, los protocolos sociales y los formalismos civiles quedan en la puerta. Como en el resto de las doce mezquitas que hay en Canarias, el local funciona como recinto religioso, pero también como un lugar de encuentro, convivencia y apoyo para los musulmanes de diferentes países que residen en las islas.

En Adeje la mayoría de los fieles musulmanes residentes proceden del Magreb, sobre todo del norte de Marruecos. También del sur, de la costera Agadir y de varias ciudades del Sáhara Occidental. Este colectivo musulmán del sur de Tenerife se completa con otros musulmanes venidos de países como Jordania, Argelia, Túnez, Libia y Turquía. Muchos ya están arraigados desde hace años en Tenerife, con familia criada e hijos ya escolarizados. E incluso algunos con nietos, los primeros nacidos aquí. La mayoría trabajando, los que pueden, en el turismo, en tiendas de playa y hoteles situados en la comarca turística del sur.

Abdesalam Hammaud tiene 47 años, trabajo y tres hijos. Se siente afortunado. Con raíces en el rural Rif marroquí y familia originaria de Monte Arruit, llegó a Tenerife en el verano de 1988, primero a buscar trabajo. Vivió en Lanzarote y Fuerteventura del dinero del ladrillo, pero luego eligió Tenerife para quedarse. “Aquí me sentí bien tratado, mejor que en otros sitios de España. En Canarias soy un paisano más”, asegura Hammaud. “Hemos aportado gente pacífica, sin buscar conflictos sino convivir con canarios y turistas, y espero que la confianza mutua siga creciendo desde el respeto”. A su lado, Mhamad El-Fahmi asiente con la cabeza. Él procede de Nador y lleva quince años en Tenerife. Gestiona una tienda de zapatos en Playa del Duque y preside la Comunidad Musulmana de Adeje. Casado y con dos hijas, valora el encaje de los musulmanes. “Aquí hay cariño, respeto, y eso no abunda fuera para un emigrante”, dice Mhamad. “Tengo amigos que han probado fuera, en Alemania, Holanda o Francia, y vuelven rápido. Prefieren ganar mil euros aquí que trabajar allá por dos mil”.

Como para tantos isleños, el empleo es una inquietud para los musulmanes del sur de Tenerife, incluso hay quien ve pasar la crisis a la vez como empleado y empresario. Moussa El Bouaazzati trabaja al cuidado de una piscina en un hotel de Playa de las Américas. Aquí lleva doce años, ganándolo tan bien que ha podido abrir una carnicería halal en Ruzafa (Valencia). “Se vive bien aquí, estamos integrados y es difícil ver un problema”. También lo ve así el saharaui Moussa El Mojhdi, 32 años, casi un recién llegado a Adeje tras una década en Lanzarote. “La convivencia es buena”, afirma este saharaui de Tan Tan, ahora ayudante de cocina en un restaurante de Los Cristianos. Más experiencia tiene Ali Abouhammadi, de 46 años. Trabajador en un bazar de Puerto de Santiago, este marroquí de Nador llegó a la isla el último año del siglo pasado, “según vuestro calendario”, y sonríe. Está casado y tiene tres hijos. En Marruecos estudió Derecho y Políticas, allí buscó sin éxito trabajo seis años y apostó por venir a Tenerife con un visado de turista. “No hay quejas, de verdad, ninguna”.

La visita del alcalde de Adeje impone ahora cierta cortesía. Viene a felicitar el Año Nuevo Islámico y departe con interés con sus vecinos musulmanes. Kefah Jibil agradece el gesto de José Miguel Rodríguez Fraga. Ella sabe bien lo que es no tener un lugar en el mundo. Nació hace 35 años en una familia palestina emigrada a Jordania, y en Tenerife lleva desde 2005. Primero vino su marido, a esta hora trabajando como repartidor de muebles, y luego ella y sus tres hijos solicitaron la reagrupación familiar. “Todo fue fácil, pero al principio es verdad que me preguntaba cómo me iban a ver aquí con el pañuelo”, admite Kefah, que trabajó como vendedora ambulante en Alcalá y Los Cristianos, aprendió a hablar español y ahora da clase de árabe a los niños musulmanes de Adeje.

Como madre de tres niños, otra preocupación de Kefah Jibil fue la comida de cada día. Es decir, si en Tenerife habría posibilidad de comprar alimentos halal elaborados bajo rigurosos preceptos musulmanes que prohíben comer carne de cerdo y cualquiera de sus derivados ya sea en embutidos o en repostería. “Cuando llegué era más complicado encontrar algunos productos, pero ahora ya tenemos hasta seis carniceros en el sur de Tenerife”, dice Kefah. Y cuando se le hace ver la paradoja de no comer cerdo en la isla de los guachinches y la carne-fiesta, ella se encoge de hombros y sonríe. Como dejando pasar la vez.

Tijani El Bouji puede estar tranquilo. Este joven marroquí ejerce desde 2011 como imán de la mezquita de Adeje, uno de los doce centros musulmanes que existen en Tenerife. Formado en la Universidad de Qarawiyyin de la ciudad de Fez, uno de los centros islámicos más antiguos y prestigiosos del mundo, El Bouji preside la Federación Islámica de Canarias. Su móvil no para de sonar, pero atiende con gusto al visitante. “El perfil más habitual es un ciudadano de origen marroquí, con familia y con un arraigo consolidado en Tenerife”, indica el religioso, que atiende cinco veces al día, seis días a la semana, el rezo en la mezquita, no solo templo religioso sino también lugar para el encuentro social y que dos días después albergará una jornada altruista de donación de sangre.

Cae el primer sol de 1437 y la fiesta casi termina en la mezquita de Adeje. En una esquina, siempre discreto, el veterano de la comunidad musulmana pasa casi de puntillas. Más por timidez que por otra cosa. Pero, otra vez, la suya es una historia que merece la pena escuchar. Abdillah Lakdar tiene 63 años y lleva veintitrés viviendo en Canarias, primero en Gran Canaria y desde 1998 en Tenerife. Se acaba de jubilar de trabajos en el mar y el campo. Fue pescador en aguas del Sáhara Occidental y terminó como peón agrícola en el norte de la isla. Abuelo de dos nietos y padre de seis hijos, Abdillah retrata la mejor cara de los residentes marroquíes en las islas. “Todo ha ido demasiado bien”, indica con discreción porque sabe que otros compatriotas no tuvieron tanta suerte. “Aquí encontramos todo lo que necesitábamos, trabajo, escuela para los chicos y un buen servicio de sanidad”, explica Lakdar. Ahora, ventajas de la jubilación, el abuelo pasa dos o tres meses al año con sus nietos en Agadir, su ciudad natal. Pero siempre vuelve a la isla. Quizá ya más canario que marroquí. “No hay por qué elegir”, responde con educación, “nadie sabe dónde va a morir”.

“Somos gente de paz con  ganas de mejorar la sociedad” 

Desde Los Cristianos, la Federación Islámica de Canarias agrupa a la mayoría de asociaciones de musulmanes que residen en las islas. En Tenerife, donde gestiona la actividad social y religiosa de doce mezquitas, promueve algunos objetivos básicos: buscar la prosperidad de los musulmanes, mejorar la imagen de la comunidad, aumentar el aprecio social por el colectivo, así como fomentar la colaboración entre las comunidades de musulmanes. “Nos gusta vivir en este lugar, es tranquilo y se nos aprecia”, explica Esam Masad, natural de Jordania y residente en Tenerife desde hace once años. “Nunca tuve ningún problema”.

Escrita en la mezquita de Adeje, una azora del Corán recuerda el compromiso de los fieles musulmanes con la solidaridad entre los pueblos: “Tu señor, si hubiera querido, habría hecho de los hombres una sola comunidad”. Tijani El Bouji, imán del modesto templo islámico que ocupa un antiguo local comercial, avala la idea. “Somos gente de paz, trabajamos como todos nuestros vecinos y tenemos ganas de ayudar a mejorar la sociedad en la que vivimos cada día”, explica el joven religioso de origen marroquí. “Porque el verdadero islam es una religión de paz y convivencia, hermandad, colaboración, armonía, y desde aquí trabajamos cada día para lograrlo”.

Publicado en la revista C Magazine en noviembre de 2015

Canciones de amor y lucha para el futuro del mundo árabe

23 Sep

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SOUAD MASSI

por Carlos Fuentes

Canción militante con voz de terciopelo. La intérprete y compositora argelina Souad Massi regresa a los anaqueles con un quinto disco de estudio edificado en torno a la arraigada tradición poética del mundo árabe. En este nuevo álbum El Mutakallimun, la cantante magrebí ofrece argumentos para la vida y la lucha, el amor y el optimismo, frente a las convulsiones que padece el mundo árabe debido, en gran parte, a conflictos sociales nunca resueltos, una desigualdad que parece una plaga bíblica y, en esencia, para recordar las raíces nutritivas de la cultura musulmana ante las tentaciones del fanatismo político-religioso.

No es una voz cualquiera la de Souad Massi. Muchas veces comparada con las de colegas occidentales como Joan Baez, Tracy Chapman o incluso Patti Smith, esta joven cantante nacida en 1972 se ha revelado en la última década como uno de los altavoces más potentes, sentidos y respetados por las nuevas generaciones de hombres y mujeres de los países de la cornisa mediterránea de África, sobre todo ellas, en el convulso mundo árabe contemporáneo. “Creo en la gente de nuestros pueblos que pelea por su libertad y con mis canciones intento transmitir esperanza en la lucha por nuestro futuro mejor”, indica Souad Massi sobre el motivo central de esta nueva producción discográfica, cuyo título se traduce como “maestros de la palabra” en clara intención de dotar a clásicos poemas musicados la voluntad de ser arma política frente al fanatismo. “Por supuesto que mi intención es política”, afirmó la cantante en entrevista con el diario británico The Guardian para presentar El Mutakallimun. “Siempre he soñado con una democracia real en el mundo árabe, también en los países de África, pero cierta gente, ciertos poderes, no quieren una vida en libertad”.

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El acercamiento de Souad Massi a la vasta tradición poética árabe no es fruto de nueva cosecha, ni tampoco producto de la desesperación o el oportunismo. Criada en Argel en una familia que incluye también un escritor y una bailarina, Souad Massi estudió los orígenes de la música árabe-andaluza antes de subir a un escenario apenas adolescente. Con 17 años ya cantaba a la manera de las cantautoras tradicionales, guitarra en mano y sin más apoyo instrumental. A la vez, por aquello de no cerrar puertas a las músicas que trajo el mar, también practicaba el flamenco en un conjunto aficionado llamado Las Trianas de Argel. Todo con una pátina amateur que, poco a poco, fue dando paso a la vocación de vivir profesionalmente de la canción. Y el primer fruto fue Atakor, el conjunto con el que Souad Massi se dio a conocer en numerosas provincias de Argelia con las campañas de nacionalismo cultural impulsadas tras la batalla de Argel.

Soaud Massi 4

Pronto vino el salto continental. En el invierno de 1999 Souad Massi aterrizó en Francia buscando una oportunidad en la vibrante escena franco-argelina de los barrios de París. Con Cabaret Sauvage, acompañada de otras voces árabes de mujer, Souad Massi comenzó a llamar la atención con su ágil mezcla de formas amables y verbo combativo. Comenzaron a caer los muros de la indiferencia y la audiencia occidental, que por aquellas mismas fechas disfrutaba del atlético rai de Khaled y de la canción añeja de la septuagenaria Cheikha Rimitti, hizo un hueco en sus corazones para la joven argelina. Estuvo ágil la disquera Island, que firmó a Souad Massi para su sello Mercury y, ya en 2001, publicó un primer disco realizado con Bob Coke, reconocido por sus trabajos para Ben Harper. La alianza surtió efecto. A la voz trémula de Souad Massi, entre la música folk y el rock, se unieron los sonidos envolventes de la instrumentación tradicional: laúd árabe, el bajo acústico llamado gumbri y la percusión metálica de la karkabous. Y así quedaron definidas las líneas estructurales del sonido de Souad Massi.

Con una carrera que se fue afianzando con pasos firmes, la cantante argelina también amplió perspectiva con sus asociaciones con bandas como Orchestra National de Barbès o el cantante Idir, con quien compartió una gira apenas un año después de haber llegado a París. Ahora, después de dos años de trabajo entre traducciones y adaptaciones de poemas, así como sesiones de estudio, Souad Massi reivindica los mensajes de poetas de la época preislámica como Zouhair Ibn Abi Salma o Ahmed Matar, autor iraquí exiliado en Londres que ha aportado dos piezas de hondo significado político como The visit y Freedom. Del poeta tunecino Abou El Kacem Chebbi, autor de las estrofas centrales del himno nacional, fulge la contundente A message to the tyrants o The world, que los jóvenes tunecinos cantaban en las calles para protestar contra el dictador Ben Ali durante la única primavera árabe que trajo cierta democracia a un país africano. “Ese poema tiene un verso que dice “Ten cuidado de que la primavera no te embauque”, y lo elegí porque me pareció una premonición de lo que iba a ocurrir”, indica Souad Massi sobre una de las piezas clave de El Mutakallimun.

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Con este nuevo disco, el primero en cinco años después de Raoui (2001), Deb (2003), Mesk Elil (2005) y Ô Houria (2010), la cantante hace valer sus raíces familiares bereberes que permitieron desde muy pronto una conciencia propia para la defensa de los lugares de encuentro entre culturas, en aras del respeto y la comprensión mutuas frente a las tentaciones del enfrentamiento fanático. Por eso Souad Massi cuestiona con vigor tanto el fundamentalismo religioso como la asociación viciada de vincular la fe musulmana con la violencia social. Y no está por la labor de callarse para pasar desapercibida ante la adversidad: “Quedarse en silencio significaría que los terroristas han triunfado y que todos los intelectuales del mundo árabe que han muerto asesinados murieron para nada”, afirma la cantante argelina, que se define como “una mujer feliz, pero melancólica”, porque “no puedo ignorar todo lo qué está pasando en el mundo”.

Publicado en el diario El Confidencial en julio de 2015

Nuakchot, la ciudad que nació en el desierto del Sáhara

9 Ene

Nuakchot

por Carlos Fuentes

Es una de las capitales más jóvenes de África y un buen ejemplo de trabajo y superación frente a adversidades de la naturaleza en la República Islámica de Mauritania. Con un millón de habitantes, la ciudad de Nuakchot se ofrece como una puerta de entrada renovada a una región que busca el desarrollo social y económico en la frontera occidental entre el Magreb y el África subsahariana.

Aunque ocupa unas tierras que tienen siglos de historia, la ciudad de Nuakchot es una de las capitales más jóvenes de África. Su creación fue una de las primeras decisiones que adoptó la nueva República Islámica, surgida a finales de 1958 pero que hasta dos años después no obtendría el pleno reconocimiento de independencia por parte de Francia, su antigua potencia colonial. La construcción de Nuakchot se decidió a partir de la existencia en el lugar de un pequeño emplazamiento militar francés. El nombre de la ciudad proviene del término bereber Nawākšūṭ, que según diversas transcripciones puede significar “lugar de vientos”, “playa-bahía” o “lugar donde aparece el agua cuando se cava un pozo”. Fue a partir del periodo de dominio francés, y Nuakchot entonces apenas contaba con un escaso destacamento compuesto por quince soldados, cuando el medio millar de habitantes inició un crecimiento sostenido que ya no se detendría hasta el casi millón de personas que ahora residen en la capital administrativa de la República Islámica de Mauritania.

mezquita Nuakchot

Con la aprobación de las autoridades francesas e impulsada por las incipientes fuerzas nacionalistas de Mauritania, la construcción de la ciudad de Nuakchot se concebió sobre un mapa diseñado en las postrimerías de 1959 por el arquitecto francés André Leconte. Su propuesta principal consistió en diseñar y programar la construcción de dos nuevos núcleos poblacionales que hicieran crecer la ciudad africana. Un barrio surgió alrededor de la pequeña fortaleza de piedra superviviente de la época colonial, lo que a la postre se convirtió en el denominado barrio europeo; y otro núcleo poblacional se desarrolló junto a la mezquita central de Nuakchot, que ahora es una de las estampas más emblemáticas de la capital mauritana.

Cuando comenzaron las obras, la proyección de población para el futuro apuntaba a ocho mil habitantes en 1980. En los siguientes años, varias etapas de sequía consecutivas arruinaron buena parte de la agricultura y la ganadería en pueblos y ciudades del interior, lo que produjo un éxodo de antiguos campesinos hacia la capital en busca de un puesto de trabajo. En la actualidad, los habitantes de Nuakchot no bajan de ochocientos mil debido al auge económico nacional experimentado en los últimos tiempos por el aumento de la construcción de obra pública, edificios e infraestructuras básicas.

pesca Nuakchot

Situado a escasos cuatro kilómetros de la línea de mar, el centro de Nuakchot rodea las zonas de actividad administrativa y política, ya que una ciudad tan joven como la capital de Mauritania carece de acervo histórico monumental de importancia. Nuakchot es una urbe de casas bajas repartidas en nueve distritos, con pocos edificios de diez o más plantas y numerosos barrios creados por la llegada sobrevenida de nuevos emigrantes interiores. Las zonas de la ciudad más transitadas son las del centro administrativo, que además ofrecen posibilidad de realizar visitas culturales a lugares como el Museo Nacional, donde se expone una colección de objetos de la vida nómada, restos arqueológicos y muestras de las ciudades antiguas de Mauritania. Otra área destacada de la ciudad es el barrio de Tevragh Zeina, zona residencial del norte donde se ubican las sedes de la Presidencia de la República y de la Embajada de Francia. Aquí también están las redacciones de algunos de los periódicos más importantes del país y se encuentra la popular librería El Irvan.

En la sede del Instituto Francés, una de las instituciones más activas en la vida cultural de Nuakchot, exponen artistas nacionales, se organizan conciertos y se proyectan las últimas novedades del cine europeo. Para aprovechar una corta estancia de turismo o negocios en la capital de Mauritania, también es interesante consultar los programas de actos del Centro Cultural Marroquí, con exposiciones de pintura, artesanía y cursos de árabe; del Conservatorio de la Música y de las Artes, donde se imparten cursos de música, danza y también se organizan conciertos; y la Asociación de Artistas y Pintores de Mauritania, que tiene una muestra permanente. Otras salas de arte con exposiciones en Nuakchot son Zeinart Concept, que ofrece arte afro-mauritano, y Galerie Sinaa, con artesanía y joyería.

El escenario de la ciudad de Nuakchot, capital de una república islámica, está dominado por la presencia de las numerosas mezquitas que cada viernes congregan a los fieles de la primera ciudad de Mauritania. El templo más emblemático y de mayores proporciones es la llamada Gran Mezquita o Mezquita Saudí, por el diseño de sus pintorescos minaretes y también por el apoyo financiero que Arabia Saudí prestó a las obras de su construcción. Levantada en 1963 al sur de la avenida que honra al presidente egipcio Abdel Nasser, la denominada Mezquita Marroquí es otra estampa imprescindible del horizonte urbano de la ciudad de Nuakchot, con su único minarete blanco que tratar de emular al de la Kutubía de Marrakech. En la totalidad de los templos religiosos musulmanes de Mauritania, ya que muchos de ellos continúan en uso después de varios decenios, no se permiten visitas.

artesanía Mauritania

De compras sobre calles de arena

Cualquier visita a Nuakchot, ya sea de turismo o por motivos de trabajo (entre noviembre y marzo el clima es suave, con una temperatura media de veinte grados), puede completarse con un tiempo para el paseo y las compras. Cerca de la Mezquita Saudí se encuentra el mercado Capitale, donde es posible encontrar productos artesanos de Mauritania como el tradicional juego de té, abalorios y artículos de joyería, así como prendas confeccionadas en cuero. También es posible encontrar artesanías de los países vecinos como coloridas telas procedentes de Senegal o collares tradicionales de poblaciones nómadas de Mali. Junto a la Embajada de Francia se encuentra un mercado de artesanos donde se pueden adquirir piezas de joyería en plata con diseños típicos de las culturas del desierto, además de cajas y joyeros elaborados en metales finos. En la parte alta de la ciudad, cerca de la avenida de la Embajada de Senegal está abierta al público Zein Art, galería especializada en diseños contemporáneos que expone obras de los jóvenes creadores de Mauritania.

Publicado en la revista NT en noviembre de 2014

 

Mauritania, la puerta al desierto más antiguo

13 Oct

Hombre de Mauritania

por Carlos Fuentes

Con la tenacidad y el esfuerzo de quien vive junto al mayor desierto del planeta, Mauritania se abre al mundo con una oferta turística que combina una historia ancestral con singulares aventuras en la naturaleza en un territorio que supera el millón de kilómetros cuadrados. Para potenciar los crecientes vínculos sociales y comerciales entre las Islas Canarias y el país norteafricano, Binter Canarias inaugura ahora una conexión aérea directa entre las ciudades de Nuakchot y Las Palmas de Gran Canaria.

La historia de Mauritania es un cuento de superación frente a las dificultades. En el siglo XI ya el Imperio de Ghana había gestionado estas tierras duras que se encuentran situadas en la vertiente atlántica del Sahel, la enorme cicatriz geográfica que delimita el África negra de la gran región del Magreb. Fueron los almorávides los que lograron administrar el territorio y, mediado el siglo XVII, enviados de la tribu yemení Beni Hassan lograron imponer su forma de vida y su lengua, el hassanía. Este dialecto árabe de naturaleza oral principalmente, con notables influencias bereberes, se convirtió en la lengua dominante entre la población mayoritariamente nómada de zonas próximas al desierto del Sáhara. En la actualidad, además de en Mauritania, una población estimada en tres millones de personas habla hassanía en amplias áreas de Marruecos, Sáhara Occidental y Argelia, y en zonas más pequeñas de Malí, Níger y Senegal.

Con el siglo XX llegó el periodo de colonización que marcó el devenir de casi todos los pueblos de África. Y Mauritania, enclavada entre Senegal por el sur y el reino de Marruecos por el norte, se incluyó en la zona de influencia colonial de Francia en el noroeste del continente. Entre 1902 y el 28 de noviembre de 1960, el territorio mauritano fue gestionado por la administración francesa. En 1904 sus habitantes fueron considerados ciudadanos franceses, estado que en 1945 reconoció la zona como territorio de ultramar europeo en África. El cruce al siglo XXI ha sido intenso en la vida política y social de Mauritania a partir de sucesivos cambios de gobierno acontecidos desde las revueltas militares de 2005 y 2008. Desde hace cinco años, el gobierno presidido por Mohamed Ould Abdel Aziz trabaja en la estabilidad del país, el refuerzo de su gestión política y la búsqueda de nuevas vías de desarrollo para Mauritania. Las inversiones en el área de la minería y los recursos naturales, el fomento de las relaciones con sus países vecinos, el auge del turismo y el aprovechamiento de sus relaciones históricas con Canarias son algunos puntos clave del futuro de Mauritania.

Mercado de camellos (Nuakchot)Con una superficie que es el doble que España, Mauritania se abre al mundo desde Nuakchot, una gran ciudad de ámbito eminentemente comercial que es la puerta de acceso a un país trufado de vestigios de cultura antigua y paisajes apenas transitados. Nuakchot es la capital política y comercial, con población estimada en casi un millón de habitantes, aunque no ofrece grandes atractivos turísticos. Se pueden contemplar las dos grandes mezquitas urbanas, siempre agitado punto de reunión a media tarde en este país con régimen de república islámica, así como visitar la gran zona portuaria y ser testigo de su actividad enfocada a la pesca de altura. Son singulares también las visitas al mercado de abastos y, en el plano histórico, al museo de Nuakchot. Porque los grandes atractivos turísticos de Mauritania se encuentran en el interior: cuatro ciudades de la época medieval que ostentan el título de Patrimonio de la Humanidad.

Testimonio del devenir de los siglos, estas antiguas ciudades fortificadas, aquí llamadas ksour, fueron fundadas durante los siglos XI y XII para garantizar la seguridad y prestar servicios a los viajeros que recorrían el desierto del Sahara en largas caravanas. Son Ouadane, fundada en 1147 por bereberes al noreste de la actual capital; la cercana Chinguetti, que en el siglo XII fue el epicentro de rutas del comercio transahariano; Tichitt, en la esquina sureste de Mauritania y que desde su fundación aproximadamente en 1150 es famosa por sus típicas casas de barro y paja; y Oualata, casi en la frontera sureste con Malí y también reconocida a nivel internacional por su tradicional arquitectura de adobe rojo.

Mercado de pescado (Nuakchot)

Más cerca de Nuakchot, en la costa noroeste se encuentra otro de los grandes atractivos turísticos de Mauritania. Reconocido también como Patrimonio de la Humanidad por la Unesco, el parque nacional de la bahía de Arguin conforma uno de los territorios más singulares del país. En lo político, la zona atesora su historia centenaria desde que el navegante portugués Nuno Tristão descubrió la isla homónima en 1443. Dos siglos después fue ocupada por los holandeses y entre 1655 y 1678 pasó por manos francesas y británicas. Alemania, Francia, Holanda y otra vez Francia dominaron la región, considerada un puerto crucial en las rutas comerciales entre Europa, África y Asia, hasta que en 1728 fuerzas europeas dieron por abandonada la zona. En la actualidad, Arguin es tierra de los imraguen, un reducido pueblo de pescadores que antes fueron agricultores y que utilizan formas tradicionales para la captura y la conserva de los peces.

Mezquita de Chinguetti

El viejo minarete del oasis de Chinguetti

No se sabe bien cuándo ocurrió, pero en algún momento entre los siglos XIII y XIV un oasis situado en pleno desierto se convirtió en un importante centro de culto religioso. Siete siglos después, a seiscientos kilómetros tierra adentro al este de la capital de Mauritania, la ciudad de Chinguetti atesora varios edificios cruciales para todo mauritano. Su mezquita, y en especial su antiguo minarete de adobe, son considerados símbolos del país. De hecho, la vieja estructura del minarete de la región de Adrar se cree que es el segundo más antiguo con uso continuo desde su construcción en la totalidad del mundo musulmán. Con reconocimiento de Patrimonio de la Humanidad desde 1996, la mezquita de la ciudad de Chinguetti lucha ahora por su conservación después de tantos siglos sometida a la continua erosión del desierto. En la ciudad centenaria también se conservan varias bibliotecas con manuscritos medievales del oeste de África.

Publicado en la revista NT en septiembre de 2014

Triángulo añejo al sur de Marruecos

16 Ene

naranjas

AGADIR-ESSAOUIRA-MARRAKECH

Por Carlos Fuentes

Los mapas del hombre marcan triángulos geográficos que la historia construye antes de que lleguen las carreteras, antes incluso de que el viajero dibuje su camino en el atlas. Entre las ciudades de Agadir, Marrakech y Essaouira late gran parte de la historia magrebí antigua de lo que hoy conocemos como el reino de Marruecos.

tiendaTierra abonada con cuentos ancestrales que conectan con el espíritu del sur en el país del noroeste africano, un recorrido intenso a través de estas tres grandes ciudades permite al viajero adentrarse en sus callejuelas añejas y sus mercados de vida vertiginosa, también visitar vetustos edificios religiosos y contemplar reliquias del pasado imperial, museos de lo antiguo. Un viaje cercano para hacer bueno aquel viejo refrán marroquí: “Mira dos veces para ver lo justo, pero no mires más que una vez para ver lo bello”.

Agadir surge renovada a los pies salados del océano Atlántico. La historia de esta ciudad, a 413 kilómetros al noreste de Lanzarote, está marcada por un día crucial. El 29 de febrero de 1960 un violento terremoto arrasó la ciudad antigua, cuyo nombre en lengua berebere significa pared y cuyos orígenes se sitúan en la presencia portuguesa en 1505. Aquella medianoche de 1960 hubo quince mil muertos, pero pronto surgió el deseo de reconstruir lo perdido. Mohamed V, el abuelo del rey actual, impulso el levantamiento de una ciudad nueva situada a dos kilómetros al sur de la antigua urbe, de la que apenas sobrevivió la kasbah. Es el Agadir de hoy, moderno y comercial, turístico y relajado. Con setecientos mil habitantes y un puerto deportivo al alcance de la mano. Conviene empezar la visita en el barrio nuevo de Talborjt, donde quedan a tiro el ayuntamiento y el mercado central. Un paseo urbano de media hora conduce a la primera línea de playa, verdadero epicentro en los días de sol en Agadir. Arenas doradas y centros náuticos ofrecen al visitante una panoplia de posibilidades para el ocio.

Jemaa El Fna (noche)

Los más interesados en la cultura tienen una ruta alternativa que pasa por el delicioso jardín de Olhão, recuerdo verde de la amistad entre Agadir y la ciudad portuguesa homónima. Con aires de jardín andaluz, ofrece un rato de sombra y tranquilidad al mediodía o, ya por la tarde, un bonito marco para la merienda. El cercano museo municipal, junto al bulevar de Mohamed V, exhibe piezas de arte sahariano de la colección del profesor holandés Bert Flint. A pocos metros al norte, en la avenida Moulay Abdallah, está la oficina de turismo y una buena parte de la oferta de alojamientos populares. Fuera de la ciudad, visitada ya la colina norte con las ruinas de la zona antigua, al sur de Agadir se encuentra la reserva natural del estuario de Oued Souss, que además de dar nombre a toda la provincia ofrece un buen lugar para el avistamiento de aves silvestres.

PastelesPara viajar por carretera hacia Marrakech la opción más cómoda y rápida es la autopista interior (245 kilómetros), pero sin duda es más interesante subir 173 kilómetros por la carretera litoral que enlaza Agadir con la ciudad monumento de Essaouira. Otro vestigio de los días pasados, las huellas de la historia en Essaouira contemplan el trasiego de navegantes cartagineses en el siglo V antes de Cristo, la llegada de los portugueses (que sentaron aquí sus reales en pleno siglo XVI dando a la zona el nombre de Mogador), el ataque y posterior dominio colonial de Francia y, ya en 1956, la conquista de la independencia. Aromas de historia antigua que laten en añejas fortificaciones portuguesas que coronan el frente marítimo de esta ciudad de setenta mil habitantes. Essaouira, “la bien diseñada”. Nombre acertado que comprenderá el viajero cuando visite tesoros urbanos como añejos edificios consulares de Portugal, Gran Bretaña, Francia y Holanda, el cementerio judío, el museo de Sidi Mohammed ben Abdallah, fundador de la ciudad, y el puerto militar, cuya construcción se atribuye a uno de los personajes legendarios que han pasado por Essaouira. El renegado cristiano Ahmed el Inglizi, que a finales del siglo XVIII trabajó para el sultán Abdallah, como también lo hizo el militar francés Théodore Cornut, quizá el verdadero artífice del orden urbano de lo que hoy es la ciudad.

TDe espaldas al Atlántico, la salida de Essaouira toma la carretera nacional para recorrer 167 kilómetros hacia el interior con destino a Marrakech. Pocos sitios están a la altura del mito como esta ciudad legendaria fundada en el año 1062 de la que tomó su nombre el país marroquí. Nucleada en torno a la gran plaza de Jemaa el-Fnaa, verdadero centro neurálgico de la vida social, comercial y de ocio. Aquí está el gran zoco, donde el visitante puede encontrar artesanía y platería, especias aromáticas y dátiles frescos llegados de las plantaciones del interior. También buenas terrazas para tomar un té verde mientras el sol cae a la espalda de la mezquita de Koutubia, cuyo minarete de 77 metros de altura es contemporáneo de la Giralda de Sevilla. Las murallas de la ciudad antigua, fabricadas con adobe rojo, reúnen otros vestigios del paso del tiempo como el antiguo barrio judío, las puertas reales y los palacios Real, Badi y Bahia. Más reciente, con un paseo urbano, es el Jardín Majorelle, diseñado por el artista francés Jacques Majorelle y luego residencia de invierno del diseñador Yves Saint Laurent. Buen lugar de solaz, entre flores, cactus, bambúes cimbreantes y una singular casa pintada de azul para cerrar un apresurado paseo histórico por tres ciudades emblemáticas de Marruecos.

Jemaa el-Fnaa (plaza)

Marrakech de noche: del cine al baile

Joya de la corona marroquí, una de las cuatro ciudades imperiales junto a Fez, Meknés y Rabat, la importancia histórica de Marrakech queda reflejada, entre otros datos, en su hermanamiento con solo tres ciudades en todo el planeta: Tombuctú (Malí), Marsella (Francia) y la española Granada. Sitios de historias míticas que, en el caso de Marrakech, viene evolucionando en los últimos años hacia el diseño de nuevas atracciones culturales y de ocio nocturno para el visitante. Además de los imprescindibles paseos por sus zocos y palacios, por mezquitas y jardines, Marrakech atesora una interesante vida cultural que tiene su faro mayor en el festival internacional de cine, cada primera semana de diciembre. Para visitas en otras fechas conviene consultar la programación del Instituto Cervantes, el Instituto Francés, los centros de arte Dar Al Ma’Mûn y Dar Takafa, el teatro real y la fundación Dar Bellarj. Para los más animados, el portal Made in Marrakech ofrece amplia información sobre restaurantes, bares, discotecas y cabarés en la ciudad que siempre mira a la plaza Jemaa el-Fnaa.

Publicado en la revista NT en enero de 2013