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Gorée, una isla para no olvidar las lecciones de la historia

26 Ago

por Carlos Fuentes

Pocos lugares condensan tanta historia y tanta carga emocional como esta pequeña isla situada en la bahía de Dakar, frente a la capital de Senegal. Con un pasado marcado por la explotación del ser humano, la esclavitud y el expolio de África, la isla de Gorée es ahora un lugar de recogimiento, respeto y sentido homenaje para recordar aquellos tiempos pasados que fueron peores.

Accesible en una cómoda excursión de media hora en transbordador, a apenas tres kilómetros de distancia del agitado puerto de Dakar, la capital de Senegal, la isla de Gorée tiene una superficie de diecisiete hectáreas con forma de bumerán. Al abrigo de su pequeña rada se encuentran el puerto pesquero y la playa donde locales y vecinos de Dakar acostumbran a disfrutar del descanso, el mar y el sol. Declarada patrimonio de la humanidad por la Unesco en 1978, esta pequeña prolongación isleña del país de referencia del África occidental atesora una historia de intensidad incomparable.

Aquí, en Gorée, se encuentra la Casa de los Esclavos, el lugar desde donde se traficaba con seres humanos hacia las potencias coloniales de Europa y, sobre todo, hacia las grandes plantaciones agrícolas de América. Construida a finales del siglo XVIII, la Maison des Esclaves fue reabierta como museo en 1962 para honrar la memoria de los millones de africanos que fueron secuestrados de sus pueblos, vendidos como cualquier otra mercancía y luego transportados a la fuerza en condiciones infames de salud hacia los puertos del nuevo mundo.

Malecón de isla de Gorée (Senegal)

En la isla de Gorée se puede visitar la Puerta del No Retorno, una pequeña ventana de piedra labrada donde eran embarcados los esclavos capturados en el interior del continente con destino a América. Los traficantes esclavistas, que llevaban a África productos manufacturados, estaban establecidos en puertos europeos como Nantes y El Havre (Francia), Bristol y Liverpool (Gran Bretaña) y Amsterdam (Holanda), adonde llegaban después materias primas, metales preciosos y maderas que lograban en América con los beneficios de la trata. En ese triángulo vicioso, que comenzó en 1619 cuando un barco negrero holandés desembarcó con los primeros esclavos africanos en las costas de Virginia, se estima que fueron transportados más de diez millones de personas africanas.

Ahora en la isla de Gorée la estampa austera de la Puerta del No Retorno, pura piedra marcada por las huellas del salitre, testimonia el último recuerdo africano que los miles de esclavos se llevaban del continente. Punto neurálgico de esta isla senegalesa, la Puerta del No Retorno ha sido homenajeada entre otros por figuras emblemáticas de la raza negra como el primer afroamericano elegido presidente de Estados Unidos, Barack Obama, y el emblemático líder para la emancipación de África Nelson Mandela. “Este es un testimonio de lo que pasa cuando no estamos vigilantes para defender los derechos humanos, pero esta visita me da incluso mayores motivos para defender los derechos humanos en cualquier lugar del mundo”, señaló el presidente Obama en su viaje de 2013. En 1992 el papa Juan Pablo II ya pidió perdón por los siglos de esclavitud.

Casa de los Esclavos en Gorée (Senegal)

Pero la historia de la isla de Gorée no es sólo el recuerdo de una tragedia, de aquella época oscura de la historia que también es reivindicada en otras zonas de las costas de África occidental como las localidades senegalesas de Podor, Matam, Juffure, Saint Louis o Saly, así como en Fort James (Gambia). Esta acogedora isla sin coches ni carreteras asfaltadas ofrece más puntos de interés histórico, social y cultural como el Museo de la Historia de Senegal, el Museo del Mar, el Museo de la Mujer Africana, la veterana escuela William Ponty y la antigua fortaleza que daba protección a Gorée de asaltos navales de piratas.

Puerto de la isla de Gorée (Senegal)

También es interesante la oferta de ocio, centrada en la zona de la pequeña bahía con algunos restaurantes y cafeterías con terrazas que ofrecen comidas típicas senegalesas como el chebuyem de arroz y pescado fresco o bebidas tradicionales como el té hecho con flores del hibisco llamado bissap. Antes de regresar al transbordador que devuelve a los visitantes a la agitada vida urbana de Dakar, merece la pena pasar un rato de descanso en alguna de estas terrazas para disfrutar de una panorámica única sobre el puerto de la isla de Gorée y no olvidar nunca las lecciones que nos deja la historia más trágica de África.  

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Artesanía africana para todos los gustos

Cualquier viaje a Senegal es una buena excusa para pertrecharse de objetos de artesanía africana con los que luego recordar las vacaciones. Y en Dakar la oferta es casi infinita. En la gran metrópoli del África occidental existe media docena de mercados callejeros en los que el visitante puede adquirir vistosas telas estampadas, esculturas fabricadas con maderas nobles y joyería étnica. Si usted regresa de una excursión a la isla de Gorée tiene muy cerca uno de los mercados más interesantes. Instalado en la antigua estación ferroviaria que comunica Dakar con la ciudad de Bamako, capital del vecino Malí, el mercado abunda en abalorios de plata, bolsos de piel y piezas tradicionales con motivos religiosos. Aquí todo viene envuelto en ese reposado saber vivir africano en el que nunca falta la buena música, el trato cordial de los comerciantes y algunas ventas de comida y repostería africana recomendable para todos los gustos.

Publicado en la revista NT en febrero de 2015

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Buena Vista Social Club: memoria cubana del son

4 May

Buena Vista Social Club

por Carlos Fuentes

Fue el último bolero del siglo XX. Hace casi veinte años, una casualidad logró reunir en La Habana a los supervivientes de la época dorada de las músicas cubanas. Ahora el disco Lost and Found rescata piezas inéditas de aquellas sesiones antológicas. Omara Portuondo, Eliades Ochoa y el productor Nick Gold glosan a Compay Segundo, Ibrahim Ferrer, Cachaíto y Rubén González en memoria del montuno, el cha cha chá, la guajira y el danzón.

Todo surgió de repente en La Habana. Nick Gold y Juan de Marcos González tenían estudio, pero no muchos músicos. Sí estaban Eliades Ochoa y Cachaíto López. Luego se sumaron Ibrahim Ferrer, Compay Segundo, Rubén González y Omara Portuondo. También Guajiro Mirabal, Puntillita y Pío Leyva. Seis días de marzo de 1996 para grabar lo que sería el álbum de resurrección de una de las músicas más poderosas del planeta, con el aliento de Ry Cooder siempre detrás. Con ocho millones de copias vendidas desde su publicación a final del año siguiente, Buena Vista Social Club fue luego película de Wim Wenders, colección de discos individuales (hasta una docena además del álbum titular), premio Grammy, gira mundial aún en marcha y, en fin, todo un acto de justicia histórica con los escasos supervivientes de la época dorada de la música en Cuba. “Sentía que me había estado preparando toda la vida para esto”, dijo Ry Cooder, que viajó a Cuba vía México para burlar el bloqueo norteamericano a la isla de los barbudos. Otros tiempos, casi ayer. Así renació el son montuno.

Buena Vista Social Club (1999)

OMARA PORTUONDO: LA REINA DEL BOLERO

Antes fue la novia del filin, aquel bolero preñado de jazz que hizo fortuna en los años 50, pero Omara Portuondo (La Habana, 1930) es mucho más que una voz cualquiera de mujer. En 1996, en una carrera con altibajos (cantó con Nat “King” Cole en Tropicana, luego su eco se opacó), anuló una gira por Vietnam para quedarse en La Habana. “La culpa de todo fue del inglés. Quería grabar con unos africanos y con Celina González, pero aquellos músicos africanos no llegaron y, como no tenían dama, me llamaron a mí”, explica divertida. Era un ajuste de cuentas con la historia. “Así es la vida. La música cubana se había olvidado, como ocurre en la vida con otras muchas cosas. Mira el rock, aún se hace en todas partes y los jóvenes no saben que por mucho tiempo la música cubana fue así. En todos lados se cantaba bolero, mambo y son campesino. La música tradicional es tan de Cuba como el guajiro o la bandera, y no exagero”.

Ya no están Compay Segundo (1907-2003), Rubén González (1919-2003) ni Ibrahim Ferrer (1927-2005). ¿Cómo era trabajar con ellos? “Muy fácil, todos eran magníficas personas. Eran tres maravillas de hombres”. Desde París, poco antes de volar para cantar en Australia, la voz de Silencio evoca también el tesoro humano del club de la Buena Vista. “Aquel éxito descubrió al mundo a esos grandes artistas, también sus historias humanas, que a veces no fueron tan alegres como parece”. Omara sabe de lo que habla: de reinar en la noche habanera a casi eclipsarse en discos de pobre repercusión en los duros años ochenta. Y ha hecho casi de todo. “He sido bailarina de rumba, mambo y cha cha chá”, dice. “Canté bolero, que nació para enamorar a las muchachas, y esa ha sido mi suerte, he podido hacer de casi todo. Y seguiré cantando hasta que me llegue el momento. La canción es parte de mi vida; sin ella me siento mal”.

En Lost and Found (World Circuit-Music As Usual, 2015), Omara interpreta dos piezas nutritivas: el seminal bolero-son de Matamoros Lágrimas Negras, grabado a última hora en las sesiones de 1996; y un guiño histórico registrado ocho años después: una versión de Tiene Sabor con el etéreo aire vocal que el cuarteto Las D’Aida interpretaba con Nat “King” Cole en las noches únicas del mítico salón de Marianao. “Era un tipo muy inteligente y como persona, muy decente. Cantaba muy bien, tenía un conocimiento musical extraordinario. En Cuba entonces había mucha afinidad con los músicos norteamericanos, venían a La Habana para gozar e intentar coger influencias de nuestro ambiente”.

Eliades Ochoa

ELIADES OCHOA: EL GUAJIRO DEL SON

Secundó en su grabación postrera al legendario Ñico Saquito, rescató al añejo Cuarteto Patria y mantuvo viva la llama del son cubano frente al olvido hasta la aparición de Compay Segundo con la antología Semilla del Son de Santiago Auserón. Guajiro de monte adentro, Eliades Ochoa (Santiago de Cuba, 1946) domina como pocos en Cuba la guajira campesina que hizo grande Portabales. Él ya estaba en el estudio EGREM cuando prendió la chispa de Buena Vista. “Me dijeron de grabar con africanos, pero esa gente nunca llegó. Y el productor decidió hacer un disco con los cubanos. A mí no me fueron a buscar, ya estaba sentado esperando para grabar”, recuerda el músico de Oriente, cuna del son. “Y me alegro de haber estado. Este disco abrió las puertas del mundo a las músicas cubanas. Los sonidos tradicionales estaban algo abandonados y llegó una ráfaga fuerte. Con Buena Vista todo lo que tenía olor a son cubano salía para el extranjero. Fue tremendo: llamaban desde cualquier rincón del mundo”.

Eliades Ochoa asume la herencia que recibió de los veteranos desaparecidos. “Eran los verdaderos maestros de nuestras músicas. Ahora tratamos de seguir su ejemplo para conservar la riqueza de su obra, su seriedad en el trabajo y la manera de proyectarse sobre el escenario. Marcaron el camino para llegar, nos señalaron una autopista para la música cubana”, indica el cantante, que ahora rescata Macusa a dos voces con Compay Segundo, similar combinación que bordó el emblemático Chan Chan que abre el disco original. “¿Qué me queda por hacer? Todavía mucho. Estoy empeñado en llevar estas músicas que tanto bien hacen por el ánimo de la gente a todos los rincones del mundo. Allá donde voy me reciben con cariño, con amor, y eso me da las fuerzas necesarias para continuar mi trabajo. Amor con amor se paga, y mientras respire y pueda mover mis manos, allí estaré enseñando al mundo qué es la música cubana”, añade Ochoa, a quien le gustaría ser recordado “como lo que soy, el Eliades que soy, un tipo de pueblo que camina por las mismas calles que camina el pueblo”.

Rubén González & Nick Gold NICK GOLD: NUESTRO HOMBRE EN LA HABANA

El productor Nick Gold (Londres, 1961) todavía se emociona cuando habla de aquellos días en La Habana. “Hace poco volví a escuchar las cintas originales y fue muy extraño: la música, como se grabó, me transportó de nuevo al estudio. Nunca creímos que fuera a pasar lo que pasó, ni tampoco nos dimos cuenta de lo que estábamos haciendo. Siempre había un ambiente increíble, la confianza de los músicos era absoluta, todos tocando para todos con mucho entusiasmo. La atmósfera era extraordinaria, muy orgánica, energética”, explica el director de World Circuit, disquera para la que nada fue igual tras editar Buena Vista. “Lo que vino después nos sorprendió a todos. El fenómeno fue creciendo poco a poco, empezó con el primer disco y fue cogiendo camino cuando se editaron los discos de cada músico. Ayudó mucho actuar en Amsterdam y Nueva York, también la película, por supuesto. A los tres años aquello ya era imparable”.

Para Gold, que antes había grabado al bluesman malí Ali Farka Touré y luego rescató a la senegalesa Orchestra Baobab, el éxito fue cuestión de apostar por la calidad dormida de los últimos de Cuba. “Nunca había escuchado una voz como la de Ibrahim. Era un maestro en las piezas lentas y también muy bueno con las bailables. Como persona era un tesoro, siempre amable y disciplinado. Nunca se creyó que era una estrella”. También añora los ratos compartidos con Rubén González. “Era un tío increíble. Tuve una suerte extraordinaria al poder sumarlo al proyecto. No podía parar de tocar, en 1996 ya llevaba mucho tiempo sin piano en casa. Y en el estudio estaba realmente on fire. Era muy inventivo, con un talento enorme y un gran sentido del humor. Cuando no tocaba, y eso ya era raro, siempre estaba con bromas”, explica el productor, quien apunta el primer disco en solitario del pianista como su capítulo preferido de la aventura cubana. “Aún recuerdo su grabación, a dos días de dejar el estudio. Él llegaba siempre muy temprano, siempre era el primer músico en llegar, y ya tenía en la cabeza todo lo que quería tocar. En ese disco yo sólo tuve que pulsar el botón de grabación, de algún lado de su memoria emergía una música poderosa”.

Catorce años después de Buena Vista Social Club, Nick Gold rescató aquella idea original de grabar con músicos africanos y cubanos. En Madrid logró reunir a Eliades Ochoa, Toumani Diabaté y Bassekou Kouyate para registrar el disco Afrocubism (2010). Son y guajira con kora y ngoni, pero ese ya es otro cantar.

Carnegie Hall

Aquel sonido ardiente y pegajoso

El mundo siguió girando tras Buena Vista Social Club y, en Londres, World Circuit continuó publicando buenas músicas cubanas y africanas, aquí bajo distribución primero de Nuevos Medios y ahora de Music As Usual. El disco más reciente, además, ajusta otra cuenta histórica. Abelardo Barroso fue una voz suprema de la música bailable del ecuador del siglo XX en Cuba. Lideró la Orquesta Sensación y, sorpresa, su fama engordó en África, donde su voz de exboxeador se equipara en popularidad con las de Benny Moré o la primera Celia Cruz. “Es otro cantante que realmente adoro. Escuché por primera vez su voz en algún lugar de África, Malí o Senegal, porque en toda África occidental sus canciones son tremendamente populares”, explica Nick Gold, satisfecho de poder invertir los réditos cubanos en redescubrimientos de la época dorada.

En la isla de Cuba, no obstante, tardó en calar el sonido añejo del rescate histórico del son y el bolero, músicas con las que se reconcilió buena parte de la población más joven que no conoce otra Cuba que la revolucionaria. El productor habanero René Espí dirigía Los Grandes Todos en Radio Ciudad de La Habana, una de las escasas ventanas a las gloriosas músicas de ayer en Cuba, e incide ahora en que “lo más positivo” del fenómeno Buena Vista Social Club “fue, sin duda, las oportunidades que dio a algunos músicos muy veteranos para reaparecer tras demasiados años de silencio y ostracismo”. “Compay Segundo, Ibrahim Ferrer y Rubén González tuvieron la segunda oportunidad de sus vidas”, explica el autor de la antología La Habana era una fiesta. “Por aquellos días en La Habana, el público más avezado, el más veterano, echaba en falta el empaste, la calidez y el timbre sólido que tenían los conjuntos cubanos en la época dorada”. En el disco, el ingeniero Jerry Boys apostó por un sonido más reposado que atlético. “Quizás fuera intencionado, quizás Ry Cooder tuviera en su cabeza el sonido de una casete reproducida hasta el desgaste absoluto”.

Publicado en la revista Rockdelux en abril de 2015

 

Les Ambassadeurs de Bamako: aquí (en África) empezó todo

10 Abr

Les Ambassadeurs du Motel de Bamako

por Carlos Fuentes
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Pocas veces un regreso ha estado a la altura de la leyenda. En los años 70 reinaron en los guateques de África con un sonido ardiente pespuntado de soul, rock y jazz, también de valse musette, tango y aromas latinos. Se extinguieron en 1985 entre el éxodo europeo y la desidia africana. Salif Keita, Amadou Bagayoko y Cheick Tidiane Seck traen de vuelta a Les Ambassadeurs du Motel de Bamako.

La línea ferroviaria que comunica Bamako (Malí) y la capital de Senegal, Dakar, se estira 1.287 kilómetros sobre la tierra dura del Sahel. La cicatriz que separa el gran Sahara de la enorme sabana africana. Creado a finales del siglo XIX por las autoridades coloniales francesas para llevar cosechas y minerales, el tren se convirtió pronto en vehículo de cohesión para malíes y senegaleses. Y las estaciones finales, puntos de encuentro con las culturas de ambos países. En este escenario febril surgieron en 1970 dos conjuntos musicales dedicados a amenizar las horas de espera en la estación ferroviaria y el hotel de Bamako, y que iban a sentar las bases de las músicas nutritivas del oeste africano: la Rail Band y Les Ambassadeurs. Proyectos comunicantes (pero distintos: la Rail Band más clásica, Les Ambassadeurs más cosmopolita y chic), con músicos que cambiaban a veces de bando, estos grupos integran una seminal lista de artistas africanos de ámbito supranacional junto a la guineana Bembeya Jazz, la congoleña OK Jazz de Franco o la Orchestra Poly-Rythmo de Cotonou.

En tres lustros de vida, en plena efervescencia por la independencia nacional lograda en 1960, Les Ambassadeurs encarnó los anhelos de panafricanismo, negritud y socialismo. Y pergeñó la banda sonora para toda una generación de africanos que, por vez primera en siglos, se sentía libre del cepo colonial. Eran años de música social, con debido respeto a la tradición ancestral de los griots, en los que una orquesta solo era orquesta si combinaba con descaro ritmos y bailes: soul, rock y jazz, pero también vals, mambo, tango y pachanga. Porque cada noche, el salón del motel de Bamako fulgía como el crisol que África quiso ser. Ahora, casi tres décadas después de su desaparición, Les Ambassadeurs vuelve a los escenarios con su trilogía de comandantes al frente: la voz líquida del albino Salif Keita, la guitarra sinuosa de Amadou Bagayoko y el teclista y arreglista Cheick Tidiane Seck. El 25 de julio abre gira mundial en La Mar de Músicas (Cartagena). Con una música que, según Toumani Diabaté, el imperial griot malí de la kora, “es nuestro algodón, nuestro oro, nuestros diamantes”.

Salif Keita Les Ambassadeurs

¿Por qué regresa Les Ambassadeurs y por qué ahora? (Salif Keita): “Por nostalgia, sin duda. Estoy en un punto de inflexión en mi carrera y quiero revivir esos grandes momentos”. (Amadou Bagayoko): “Teníamos ganas de revivir ese pasado, redescubrir la música que hicimos juntos”. (Cheick Tidiane Seck): “Estábamos unidos por fuertes vínculos, éramos una familia musical y social. Y ahora queremos sentir otra vez la unión sagrada que nos convirtió en orquesta legendaria. Hoy el mundo necesita aún más alegría y un mensaje de paz”.

¿Y qué puede ofrecer un grupo como Les Ambassadeurs después de 30 años? ¿Cómo será uno de sus conciertos? (Seck): “Revisitaremos nuestro añejo repertorio. El instinto de juventud nos obliga y, lo dijo Amadou Hampâté, “el viejo es el que posee el conocimiento”. Preferimos ser jóvenes de sesenta porque, digamos, somos viejos de diecisiete que dominan su trabajo”. (Keita): “Queremos sumergirnos en la nostalgia de aquellos momentos mágicos que vivimos en el motel de Bamako, aunque allí no hacíamos conciertos sino unas sesiones de baile nocturno. Guardo muy buenos recuerdos de aquellos viejos tiempos”. (Bagayoko): “Nuestros nuevos conciertos se van a parecer a los que dábamos en aquella época, porque la gente quiere volver a escuchar esas canciones”. (Seck): “Nuestra sinceridad musical es nuestra única arma real”.

Les Ambassadeurs de Bamako

Nostalgia genuina para tiempos de crisis. Pero mucho ha cambiado la escena musical en África desde 1970, cuando Les Ambassadeurs se convirtió en grupo de referencia para gran parte de la juventud negra en África occidental. Ahora los músicos del continente poseen estimable cuota de mercado (world music la llaman), algunos incluso atesoran cierto éxito mundial (Miriam Makeba, Cesária Évora,  Youssou N´Dour, Ali Farka Touré, Khaled) y no dejan de surgir relevos de enjundia (Femi Kuti, Bassekou Kouyaté, Konono Nº1). Pero nada como Salif Keita y su vida entre dos mundos: ya estrella en la Rail Band y luego en Les Ambassadeurs (su marcha en 1973, junto al guitarrista Kanté Manfila, provocó un cisma histórico y marcó un hito en el reclamo por los derechos del músico en África: “como si Mick Jagger se hubiera ido a The Beatles en 1964”, asegura Andy Morgan), la voz de Malí dio el salto europeo año antes de la desaparición de Les Ambassadeurs. Desde 1984 el autor de discos seminales como Soro y Moffou conoce los claroscuros del negocio musical. Y habla por experiencia.

¿Qué ha cambiado de la música africana en este tiempo? (Keita): “Hoy la música es demasiado eléctrica por las aportaciones de los DJ´s. Cada vez es más techno. Las nuevas tecnologías traen muchas cosas interesantes, pero no debemos perder de vista la esencia de las músicas”. (Seck): “En la música africana, como en la universal, la aparición de nuevas máquinas ha cambiado el concepto de la producción. Parece como si hubiera acabado la necesidad de dominar un instrumento. Y han aparecido productores y discográficas que no saben ni qué es una clave de sol. Hubo un tiempo en el que para grabar había que hacerlo todos juntos, sin equivocarse, porque no existían multipistas. Había que conocer el instrumento y saber tocarlo en beneficio de todos”. (Bagayoko): “Mucho cambió. Hubo mucha mezcla entre música la africana y la occidental”.

Mirando atrás, ¿qué aportó África a la escena cultural actual? (Bagayoko): “Las músicas africanas trajeron cierto sentido de la rítmica, melodías originales y, por supuesto, la aportación de nuestros instrumentos musicales tradicionales”. (Keita): “La música africana ha aportado su contenido y sonoridad, y ha permitido inspirarse a músicos de otros ámbitos para realizar algunas mezclas extraordinarias”. (Seck): “Las músicas africanas han restituido las bases fundamentales de la cultura contemporánea e incluso más”.

Ambassadeurs

El regreso europeo de Les Ambassadeurs conecta, además, con una lectura en clave africana. Y no sólo desde el prisma cultural. Amparadas, y algunas veces creadas desde los gobiernos de turno, estas orquestas tuvieron un rol social y político en la creación de conciencia de país en las sociedades africanas de la última mitad del siglo pasado. En 1960, el año del África libre, el continente era un conglomerado de colonias separadas con escuadra y cartabón. En 2014 su población es cinco veces mayor, los jóvenes piden el relevo en las calles y, ay, el hambre y la violencia duran ya tanto que parecen plagas bíblicas. Pero no siempre fue así: en los años setenta la ilusión contagiaba todo. Y en el oeste de África, los clubes de Bamako, Dakar o Abiyán bailaban con Les Ambassadeurs y compañía mientras Malick Sidibé captaba unos retratos que son leyenda de época. Imagínese usted cómo estaba el patio que en 1974 se tuvo que disputar en Bamako una batalla de orquestas para, voto popular, elegir la mejor. Ganó, por cierto, Les Ambassadeurs con una pieza, Kibaru, de veintiún minutos.

¿Cómo ayudó la música africana a crear conciencia de África después de la independencia? (Seck): “Como fenómeno sociocultural ha acompañado siempre toda la evolución de la sociedad africana. En momentos de dolor o de alegría, la música ha sido elemento omnipresente en las vidas de los africanos. Y es una suerte de espejo de nuestra sociedad tras siglos de esclavitud y de colonización”. (Keita): “Ha logrado dar a conocer el continente, su gente y sus culturas”. (Bagayoko): “Entonces la música tuvo gran papel. Hubo auge de músicas africanas que apoyaron al pueblo ante la nueva situación política”.

¿Y aquellos sueños de África se hicieron realidad? (Keita): “Sí, porque los países han conocido la democracia. Sin embargo, no todo es perfecto. El lado negativo es que la democracia no ha sido bien entendida, no está realmente al servicio de la población, de los ciudadanos”. (Seck): “África está progresando, pero sus sueños mueren. La dependencia y la corrupción ligada a la pobreza son los problemas principales. Y hay que decir que las grandes potencias no nos ponen las cosas fáciles. Tengo la esperanza de que África deje atrás todo esto”. (Bagayoko): “Algunos sueños se hicieron realidad, pero otros jamás”.

¿Y los sueños de sus músicos? Porque si un artista africano no graba con una disquera occidental parece que no existe… (Keita): “Es triste, pero esto es lo que se constata tristemente. Y ahora la música está en peligro por la piratería y las descargas ilegales”. (Seck): “Hay muchos artistas africanos que han sido reconocidos por el trabajo hecho en África como Fela Kuti o Youssou N´Dour, sólo por mencionar algunos. Y a pesar de la masiva inmigración de artistas africanos al extranjero, tenemos derecho a hacernos valer. Luchamos para tener más visibilidad y más reconocimiento. Mi visión del mundo de la música es que no debe estar bajo el control del poder, se debe abrir a una verdadera mezcla de culturas, fuera del control del sistema”. (Bagayoko): “Es cierto que puedes ser reconocido trabajando solo en África, pero es innegable que si eres reconocido fuera se te abre un público mayor. Porque el futuro de la música pasará por las nuevas experiencias entre los países del norte y el sur. El futuro de la música está en su lado universal que permite esos encuentros”.

Guía (mínima) por el guateque de África

Les Ambassadeurs du Motel de BamakoNo es sencillo trazar la hoja de ruta de la discografía africana de los efervescentes años 60 y 70. Tiempos marcados por la independencia en lo político y por una amplitud de estilos y ritmos ejecutados por mil orquestas en lo sociocultural. Pero también por las limitaciones de la incipiente industria musical en el continente. No es fácil seguir la pista de Les Ambassadeurs du Motel de Bamako, el nombre oficial que tomó un proyecto auspiciado por el Ministerio del Interior y el militar golpista Tiékoro Bagayoko para rivalizar con la Rail Band du Buffet Hotel de la Gare de Bamako promovida por el Ministerio de Transporte. Aunque la alineación de los embajadores era imbatible: el saxo de Moussa “Vieux” Cissoko, las voces de Salif Keita y Ousmane Dia, las guitarras de Kanté Manfila y Amadou Bagayoko, también el griot guineano Mory Kanté (ausente ahora por enfermedad) y el teclista y arreglista Cheick Tidiane Seck.

De 1975, bajo la dirección de Kanté Manfila, es el sencillo Ambassadeur/Mana Mana (Sonafric). En esta disquera saldría un primer álbum en 1976, titulado como el grupo, y al año siguiente, dos discos sin título que gozarían de gran popularidad. En 1978 el sello Amons editó la epopeya mandinga Mandjou a una banda ya convertida en Ambassadeur International y afincada en Costa de Marfil. A principios de los años 80, la orquesta encadenó cinco discos notables (luego reeditados) como Seydou Bathily, Bithiéloulé, Mani Mani, Tounkan o Djougouya. En 2010 Universal editó Mandjou y Toukan en sendos discos dobles. ¿Habrá nuevo álbum? Cheick Tidiane Seck lanza el reto (“sería un broche de oro para esta gira, se debería hacer”), Salif Keita deja una puerta abierta (“vamos a ver, Dios dispondrá”) y Toumani Diabaté, que vio triunfar a Les Ambassadeurs, aplaude la vuelta inesperada: “No solo fueron embajadores verdaderos, lograron que el talento musical malí del siglo XX conquistara el mundo. Les Ambassadeurs son un símbolo de Malí como potencia cultural”.

Publicado en la revista Rockdelux en julio de 2014

 

Tinariwen: “El pueblo tuareg no renunciará a su identidad”

16 Ene

Otoño Cultural - Tinariwen. Espacio Cultural de Cajacanaias © Aarón S. Ramos

por Carlos Fuentes

Su música narra la vida nómada al norte del mayor desierto del planeta, una tradición con más de diez siglos de historia. Tinariwen, grupo de Malí ganador de un Grammy al mejor disco de músicas étnicas, reivindica la forma de vida del pueblo tuareg, sus ansias de desarrollo pacífico en el corazón de África y el deseo de autogobierno en la región de Azawad.

Eyadou Ag Leche frisa dos metros de altura. Impresiona este músico tuareg de edad mediana (“en el desierto no celebramos cumpleaños, allí cada día es un regalo”) que timonea el rumbo de Tinariwen, grupo de Malí que ha sorprendido al mundo con una música intensa, espesa y tremendamente emotiva. Sonidos con olor a blues macerados en el norte del desierto del Sáhara que lograron un Grammy en 2012 y, quizás más importante, el respeto de artistas de alcurnia como Keith Richards o Tom Yorke. De vuelta a estas islas para actuar en la Fundación CajaCanarias, el bajista y director musical de Tinariwen aborda la situación de su país, sacudido por cíclicas revueltas en el norte, la amenaza del fundamentalismo y la necesidad social de un mayor desarrollo económico que frene la sangría de la emigración clandestina de africanos hacia Europa.

Otoño Cultural - Tinariwen. Espacio Cultural de Cajacanaias © Aarón S. Ramos

“En Malí la vida es problemática porque hay muchos refugiados que salieron al exilio por culpa de los combates. Pero mi pueblo está feliz porque ve cerca el momento de la liberación de Azawad y está luchando por defender su vida como tuaregs. Se está negociando una solución, aún no hay resultados, pero los tuaregs esperamos novedades”, explica el músico. Eyadou Ag Leche habla sereno, quizá con la tranquilidad que da la distancia. “Emmaar”, sexto disco de Tinariwen, se grabó en el desierto de California para esquivar el conflicto armado en Malí. “El desierto en América es como Azawad, está en un país rico pero es igual de desierto”, indica el bajista para conectar con el deseo de autogobierno tuareg. “Defendemos nuestros ideales de vida, la vida nómada en un sitio tan duro como el desierto. Europa es responsable de mucho de lo que está pasando en África. La colonización se hizo sin respetar a sus pueblos. Se repartieron nuestro continente como si fuera un campo de fútbol, como si allí no viviera gente. Trazaron fronteras que antes no existían en el mapa de África”.

Política aparte, Eyadou Ag Leche asume que un reto por resolver es la sangría de la emigración clandestina. Un freno al desarrollo de África. “Mucha gente no tiene la más mínima oportunidad de vivir una vida digna. Es un gran problema que África arrastra hace mucho, demasiado tiempo, y ahora sus jóvenes se han cansado de esperar una oportunidad y piden resultados a sus gobernantes”, subraya el bajista, para quien la música juega un papel esencial en África. “Es una fuente de energía tremenda para el pueblo tuareg”, asegura, “nuestras tradiciones musicales tienen muchos siglos y la gente está orgullosa de ellas: representan nuestras costumbres y nos han dado esta identidad como pueblo”.

Publicado en la revista NT en enero de 2015

 

Salif Keita: “África debe asumir que la democracia es un concepto vivo por cuidar”

10 Sep

Salif Keita

por Carlos Fuentes

Nació con linaje de emperador, descendiente de Sundiata Keita, fundador del Imperio Mandinga en el siglo XIII. En Malí, donde los nobles tienen vetada la vida artística, Salif Keita (Djoliba, 1949) tuvo que empezar desde abajo, en las calles de Bamako. A finales de los sesenta entró en la Super Rail Band, que lideró hasta que en 1973 se unió a Les Ambassadeurs. Desde 1982 vuela en solitario, a veces con más éxito comercial que enjundia artística. Cerrada su etapa de exilio en París, donde vivió 15 años, Salif Keita regresó a su país, a la mina musical africana. Ahora publica La différence, que culmina la trilogía acústica abierta con Moffou (2002) y M´Bemba (2005).

“La différence es lo que soy como músico. He intentado profundizar en la música acústica para hacer algo emocionante, regresar a la esencia y nada mejor que la música acústica para lograrlo”, explica el cantante maliense. ¿Supone esta trilogía, en cierto modo, una rectificación de su etapa europea? “Sí, es una especie de rectificación, por supuesto. De hecho, hemos realizado dos cosas: canciones eléctricas y acústicas. Pero siempre he pensado que con la música acústica se pueden hacer muchas cosas bellas”. ¿Y se arrepiente de su marcha a París? “No, no. Mi estancia fue muy buena. Viví buenos momentos, y siempre tuve claro que no me fui de Bamako con idea de no regresar jamás”.

Producido en parte junto al norteamericano Joe Henry, La différence rescata tres clásicos de Salif Keita. “Papa está dedicada a mi padre. Él hizo todo por mí, me ayudó al arrancar mi carrera. Hemos sido grandes amigos. Tenemos un único padre, y es quien te enseña los caminos de la vida”, explica. “En Folon hablé de la democracia en África cuando eso no era tan corriente”, recuerda el cantante maliense. “Es absolutamente necesario que los africanos se den cuenta de que la democracia es un concepto vivo. Es la mejor forma de gobernar un pueblo y hay que hablar de ella para que no se olvide su valor. En muchos países no tuvieron oportunidad de vivir en democracia, y ahora que la tenemos, estamos obligados a cuidarla cada día”, mantiene el influyente músico africano.

Salif Keita 2

Para Salif Keita, África “necesita el compromiso de los africanos”, insiste. “El día que seamos conscientes de que somos nosotros los que debemos construir el continente será el día en que veamos el sol. En Malí ahora vivimos en democracia, tenemos más libertad y estabilidad si miramos otros países de África. Hemos empezado bien y tenemos un gran futuro por delante. Pero el primer problema actual es que en muchos países aún no se permite una oposición real y la verdadera democracia se crea con la existencia de alternativas al poder político. En todo país es necesario que haya oposición fuerte porque sin pluralidad política no hay verdadera democracia”.

¿Y puede ayudar la música a crear conciencia? “La situación del continente es consecuencia directa de la presencia y de la actitud de los gobiernos coloniales europeos. Si desde entonces no se han preocupado de que África funcione, las posibilidades de que el continente prospere son verdaderamente escasas. Pero para los jóvenes africanos, la música representa los valores de su cultura y de sus raíces; es importante que esté presente. Y para los europeos, las músicas africanas son un buen vehículo para entender mejor todo lo que ocurre aquí”.

Salif Keita La différenceEl disco La différence se abre con una canción homónima que reivindica la última lucha emprendida por Salif Keita. Africano de raza negra, el cantante albino conoce el riesgo que afrontan muchos jóvenes africanos con falta de pigmentación en la piel. Los albinos son víctimas de agresiones por ser vistos como transmisores de mal fario y enfermedades. “Es una lacra cultural que viene de antiguo. En los pueblos no hay información sobre qué es un albino y muchos aún nos ven como una maldición. Tradiciones macabras nos ponen en riesgo, incluso para la vida, porque hay quienes ven mágico estrangular o arrancar un brazo al albino”, explica el promotor de una fundación para defender a los albinos en los países de África. “Debemos informar mejor en los pueblos para que se crea que el albino no es una maldición y que nuestra piel tiene un origen genético normal”, abunda Salif Keita, que en su disco proclama ser “un hombre negro, mi piel es blanca, y me gusta. Es mi diferencia. Soy blanco, mi sangre es negra, y me gusta. Porque la diferencia es bonita”.

Publicado en el diario Público en marzo de 2010

Tombuctú, la biblioteca milenaria del desierto

20 Nov

Tombuctú manuscritos

por Carlos Fuentes

El viajero puede llegar en avión desde Bamako, la capital de Malí, aunque el trayecto resultaría demasiado efímero, fútil. Mejor, tan cautivador como incómodo, es hacerlo en un cayuco de madera, catorce horas río Níger abajo desde Mopti a Niafunké, y luego, en vehículo todoterreno, tres horas de pista arcillosa hasta Tombuctú.

En la capital del desierto, frontera mítica entre la región del Magreb y la inmensidad infinita del África negra, sobrevive la biblioteca Ahmed Baba, donde más de treinta mil documentos manuscritos son la memoria impresa de la presencia islámica en África. “¡Aquí está nuestra historia!”, exclama Ghair Abdel. Y abre una puerta de chapa metálica, la última frontera que nos separa de legajos con hasta mil años de vida que ahora hibernan entre decenas de cajas de cartón, vitrinas llenas de polvo y montañitas de arena amarilla en el suelo.

De nombre oficial Instituto de Investigación y Documentación Islámica Ahmed Baba, la biblioteca de Tombuctú atesora más de 30.000 manuscritos y ediciones de textos religiosos y literarios, mapas de viaje y notas comerciales. Son el disco duro de una ciudad que durante seis siglos tuvo lugar preferente en la historia.

Fundada en el siglo XI por grupos de nómadas de la etnia tuareg para organizar el trueque de esclavos y el comercio de oro procedente del sur por sal y cobre originarios del norte, Tombuctú ejerció como eje neurálgico del Impero Malí. Fue ocupada en el año 1468 por guerreros songhai, arrasada luego por hordas de soldados marroquíes en 1591 y, al fin, reconquistada por el ejército de los hombres azules en 1737. Por este acervo, Tombuctú mereció halagos de “ciudad misteriosa” del desierto, y fue considerada como “la Atenas de África”. En la actualidad, la ciudad malí de los 333 santos acoge a unos 35.000 habitantes.

Timbuktu - Tombuctú

El mayor patrimonio de la capital del desierto, situada a novecientos kilómetros al norte de la capital Bamako, reside en la biblioteca Ahmed Baba y en otro par de centros privados de conservación de manuscritos que gestionan familias de larga estirpe. Creado en 1970 por Naciones Unidas, el Instituto Ahmed Baba concentra el esfuerzo internacional para que la memoria impresa de la presencia islámica en África no se disuelva en la arena. Pero, vistas las condiciones en las que se almacena el legado, el visitante termina por ceder a la tentación pesimista. Aquí no abundan medios de conservación, pero sobran el polvo, el calor infame de los días y el frío, seco y afilado, de las noches de invierno. “No es la mejor manera de cuidar libros, pero trabajamos duro”, indica su vigilante.

Afuera, entre calles resecas por el polvo del desierto y algunas mínimas bibliotecas familiares, como la denominada Kader Haidara, donde se conservan varios miles de legajos y manuscritos del total de cien mil que ahora existen en la ciudad de Tombuctú, la fotografía actual de esta ancestral Meca literaria del Sáhara oscila entre el perfil puntiagudo de sus tres grandes templos de adobe, las mezquitas de Djingareyber (construida en el siglo XIV), de Sankoré y de Sidi Yéhia (edificadas ambas en el siglo XV), y la destartalada plaza de mercado en la que se realiza la actividad comercial, reducida en estos tiempos de penuria a la compra-venta de alimentos, enseres domésticos y productos textiles.

Tombuctú libros

Porque en las calles de Tombuctú niños empobrecidos de cara empolvada trasiegan con pollos vivos que están en venta mientras buscavidas se acercan y tratan de colocar sus navajas repujadas en cuero o pedazos de sal mineral excavados más al norte, en la localidad desértica de Taoudenni. Pero toca regresar a Niafunké, otras tres horas de pista agreste aq través del desierto, el pequeño pueblo rural situado a orillas del río Níger que gobernó como alcalde el mítico bluesman Ali Farka Touré. Una visita a su tumba, modesto enterramiento alicatado de blanco situado bajo un árbol escaso a las afueras de la villa, devuelve al ritmo cansino que marca la vida cotidiana en este lugar de África.

Publicado en el diario Público en abril de 2009

El último blues africano del imperial Ali Farka Touré

3 Oct

por Carlos Fuentes

Pudo exiliarse en la opulencia y el lujo, acomodarse en una vida de primera división, pero eligió siempre permanecer junto a su gente. En el quinto país más pobre del mundo. Cuando se cumplen cuatro años de su muerte, el blues eterno de Ali Farka Touré vuelve a latir. El sello británico World Circuit publica hoy la última grabación que el influyente músico africano realizó poco antes de fallecer por un cáncer óseo el 7 de marzo de 2006. Ali & Toumani, un disco grabado en apenas tres días junto al príncipe de la kora, Toumani Diabaté, y al contrabajista cubano Orlando “Cachaíto” López, reivindica el papel crucial que el guitarrista de Malí jugó en el amplio reconocimiento internacional del blues africano.

Ali Ibrahim Touré nunca supo con exactitud qué día de 1939 vino al mundo. Nació en la villa de Kanau, en el noroeste de Malí. Su madre, campesina, había parido antes a nueve hijos, pero Ali fue el primero que superó la infancia. Por eso fue apodado Farka, que significa asno, animal bien considerado en la sociedad rural africana por su fortaleza. Su padre, alistado en el ejército francés, murió mientras combatía a los nazis en la II Guerra Mundial y la familia se mudó a Niafunké, uno de los pueblos desérticos situados en la ribera del Níger.

Ali Farka Touré (perfil)Hijo del río, como gustaba definirse, Ali comenzó pronto a interesarse por la música. Construyó su primer instrumento con una lata de sardinas. Tenía una sola cuerda. De joven no cursó estudios, primero había que trabajar. Fue aprendiz de sastre, conductor de taxis y ambulancias fluviales, y también mecánico. Durante un viaje africano realizado en 1956 conoció al guitarrista guineano Keita Fodeba. “Tras verlo tocar juré que yo también sería guitarrista. Aún no conocía la guitarra, pero ya sentía la música dentro y pensé que podía expresarla”, contó, ya enfermo, durante su penúltimo recital europeo, en el teatro Bozar de Bruselas, en enero de 2005.

Pero la música tuvo que esperar. En 1968 viajó por primera vez al extranjero para actuar en el Festival de la Juventud de Sofía (Bulgaria), donde compró su primera guitarra. Ese año, un amigo le hizo escuchar unos cuantos discos norteamericanos: James Brown, Otis Redding y… John Lee Hooker. “Cuando escuché su blues lo primero que pensé fue que Hooker era africano, aunque no entendía en qué idioma cantaba”, recordaba Touré entre risas. Tanta sorpresa dejó huella. Dos años después, ya establecido en Bamako, logró trabajo como ingeniero de sonido en los estudios de Radio Malí. Allí, con ayuda de su amigo Boubacar Traoré, aprovechaba las horas libres en el estudio para grabar sus primeras canciones. Su música, espiritual como pocas, tuvo la capacidad de ensamblar las tradiciones sonoras de las etnias songhai, peul y tamascheq que conocía bien gracias a los siete idiomas tribales que aprendió de joven.

Ali Farka Touré & Ry Cooder

Su prestigio cruzó fronteras en África. Y llegó hasta París gracias al sello Sonodisc, que editó sus primeros discos en Europa. Uno de ellos llegaría hasta Londres. Su suerte estaba a punto de cambiar. Porque en 1986 Anne Hunt, cofundadora del sello británico World Circuit, viajó hasta Bamako para intentar localizar al misterioso padre del blues africano. Con ayuda de Toumani Diabaté puso un anuncio en la radio nacional y, casualidad, Ali Farka Touré captó el mensaje y se presentó en la emisora. Fue un encuentro que iba a hacer historia.

Ali Farka Touré (Niafunké)

Al año siguiente visitó Londres, donde actuó y grabó su primer disco con World Circuit. De esta relación salió una de las discografías de mayor enjundia en África, aunque el primer compromiso de Ali Farka fue el campo. En 2000, en pleno éxito, abandonó cinco años los escenarios y aceptó la alcaldía de Niafunké (“primero soy campesino, luego artista, y la cosecha es lo más importante”, contó en 2003 en el documental Feel like going home, de Martin Scorsese) para potenciar el cultivo de regadío en una de las tierras más duras del planeta. “Para Ali, su pueblo fue lo primero. Estaba comprometido con el futuro de su gente, siempre se consideró agricultor. Gastó mucho dinero en la agricultura. Y en los viajes aprovechaba para entrevistarse con alcaldes en Roma o Lisboa para reclamar más cooperación para el desarrollo de África. Por eso, su herencia es mucho más que su música. Touré dio sentido a las vidas de mucha gente en África”, indica el productor británico Nick Gold. “Fue un gran amigo. He tenido pocos héroes en la música: John Lee Hooker, Charlie Parker, Ali y pocos más”.

Ali & Toumani (live)

Similar opinión tiene Salif Keita, el otro gran ídolo de la canción maliense. “Ali Farka Touré fue una de las personas a las que tuve, y tendré siempre, en alta estima. Hizo muchas cosas buenas por su gente. Amaba y creía en lo que hacía. Este tipo de personas son extraordinarias. Hemos perdido a un hombre que hizo grandes cosas por su pueblo. Llevó las músicas de Malí al público occidental, a Europa y América. Contribuyó mucho al reconocimiento de las músicas de África en los mercados internacionales”, explica el cantante albino, protagonista de uno de los momentos más emocionantes de los últimos días de Ali Farka. A principios de 2006, con el cáncer asfixiando la vida del guitarrista, Ali mandó llamar al autor de Soro. No quería despedirse sin limar asperezas, desencuentros antiguos. Y en el momento postrero hubo un abrazo fraternal, no hicieron falta muchas palabras. En marzo de 2007, este cronista fue testigo de la influencia de esa reconciliación. Durante un viaje a Niafunké, la caravana musical organizada para asistir al primer festival-homenaje a Touré no necesitó mejor visado para franquear los puestos de control en las complicadas carreteras del norte de Malí que mostrar una foto de Ali Farka Touré y Salif Keita abrazados entre sonrisas. “Estos dos hombres han hecho más por nuestro país que todos los políticos”, dijo entonces, orgulloso, un militar armado con un fusil Kalashnikov.

Ali & Toumani DiabatéTambién conmueve escuchar a Toumani Diabaté, que en 2005 compartió con Ali Farka el segundo Grammy africano por el álbum In the heart of the moon. Diabaté recuerda que su amigo era un héroe para los más pobres. “Para los malienses fue muy importante que un compatriota lograra reconocimiento mundial. Ali siempre habló con orgullo de su tierra, de sus orígenes, sin ninguna impostura. Habló sobre este enorme país que ha sido marginado, pero cuya cultura es muy rica. Malí es el gran corazón cultural del África occidental. Es un país complejo en el que cada región tiene su propia música, sus cosas que decir, pero todos tenemos puntos en común y Ali lo sabía. Vivió y luchó para enseñar al mundo el significado de tener una cultura genuina”, subraya Diabaté. “Ali Farka Touré fue un regalo. Era un fenómeno musical, un pionero. Creo que fue creado por Dios con ese objetivo. Su misión era promover las culturas africanas, la cultura malí, y trabajó toda su vida para lograr ese objetivo. No hizo música sólo para Malí, sino para África y el mundo entero. Fue una persona única. Un historiador, un marabú, nuestro curandero. Ali Farka Touré fue un ser multidimensional”, zanja emocionado Diabaté.

Publicado en el diario Público en febrero de 2010