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Turistas nuevos por las viejas calles de Madeira

5 Abr

Funchal Madeira

Por Carlos Fuentes

Hay lugares pequeños repletos de historias grandes. Y las islas de Madeira y Porto Santo están a la altura del paso del tiempo. Descubiertas por marinos portugueses a principios del siglo XV, estos dos pedazos de región atlántica de Portugal atesoran suficientes argumentos para que el viajero visite su historia añeja y contemple las riquezas que la naturaleza brinda en apenas ochocientos kilómetros cuadrados de tierra firme.

Aunque hay vestigios anteriores a la conquista portuguesa, la vida conocida de Madeira, la isla, y de Porto Santo, su hermana pequeña, hunde sus raíces en los albores de la navegación transatlántica. Y comenzó con una casualidad: en 1418 los barcos de João Gonçalves Zarco y Tristão Vaz Teixeira, caballeros del Infante Henrique en la ocupación portuguesa de Ceuta ocurrida tres años atrás, recalaron en la costa de Porto Santo después de sufrir una avería durante su navegación por el litoral africano. Al año siguiente, seguidos por Bartolomeu Perestrelo, los tres navegantes sentaron los reales portugueses en Madeira. Y en 1425, decidida la ocupación estable de las dos islas con las miras puestas en su elevada importancia estratégica en las rutas comerciales, impulsaron el establecimiento de primeros núcleos poblados. Fue un caso singular: las tres familias portuguesas de los navegantes descubridores fueron las primeras en fijar residencia, con una representación de la nobleza del continente e incluso algún ex presidiario, en estas dos islas atlánticas recién conquistadas para la corona de Portugal. Por ubicarnos en el mapa: a 450 kilómetros al norte de Canarias y a 700 kilómetros al oeste de la costa africana frente a Marruecos. De la capital nacional, Lisboa, la isla de Madeira se encuentra a 975 kilómetros.

Madeira FunchalCon Funchal como primer epicentro portuario y ciudad en ciernes, el ingenio portugués y la abundancia de bosques para extraer madera (de ahí el nombre de la isla grande) permitieron distribuir agua natural desde la comarca norte a la más seca zona sur de la isla. Y con el agua llegó el trabajo en el campo. La agricultura se convirtió en un creciente factor de riqueza en las islas y, junto a la pesca, originó las primeras explotaciones de entidad. El buen trigo de Madeira pronto dio para abastecer a la incipiente población local y luego se convirtió en el primer producto de exportación al continente. Otra casualidad, la crisis coyuntural en el cultivo de cereales, llevó al Infante Henrique a ordenar la plantación de caña de azúcar. La decisión se confirmó como un gran acierto y, como ocurrió también en Canarias, las islas portuguesas vieron pasar el siglo XVI en una situación ventajosa. El prensado de la caña permitió el auge de la labor de refinado, cuyos méritos eran reconocidos en los principales mercados europeos. Y al igual que en Canarias, la riqueza del azúcar se plasmó en obras de arte flamenco que eran instaladas en las iglesias más antiguas de Madeira.

Madeira palmCon el siglo nuevo, ya en el diecisiete, estas dos islas portuguesas dieron otra vuelta de tuerca al trabajo en el campo. Al calor de la creciente proyección internacional de los vinos portugueses en Europa (a finales de siglo el añejo vino de Oporto ya será un clásico en las mejores mesas continentales), Madeira y Porto Santo también se apuntaron a la fiebre vinícola impulsada por el interés británico en los caldos portugueses. De hecho, la declaración de puerto de escala para la flota inglesa entre 1660 y 1704 permitió que comerciantes de esa nacionalidad arraigaran en Madeira, fundaran negocios, impulsaran el comercio con el continente y, a la postre, terminaran por definir buena parte de la idiosincrasia de los isleños. Un último apunte histórico tomado al vuelo se puede escribir en clave individual: originario de Madeira era el fotógrafo Jordão da Luz Perestrello, autor de las primeras imágenes de uso turístico en su isla natal y en Canarias, sobre todo a partir de su residencia desde 1900 en Las Palmas de Gran Canaria. Fotógrafo no exento de perfil polémico porque, aprovechando la escasa comunicación que existía entre ambos archipiélagos, posesiones insulares de países rivales, llegó a falsificar imágenes y nombres de ambas regiones. Tan fácil situaba el mismo paisaje en un jardín de Funchal como vendía otra postal con el mismo escenario aunque databa la foto en el norte de Tenerife. Con todo, Jordão da Luz Perestrello dejó su sello en el álbum clásico de la fotografía en Canarias.

Old FunchalEn la actualidad la postal turística ha caído en desuso, pero las visitas siguen siendo un motor económico para Madeira. Puerto habitual de cruceros, como antes lo fue de barcos transatlánticos, la ciudad de Funchal condensa buena parte de las actividades de interés turístico. De hecho, una ruta por esta capital regional de 112.000 habitantes comienza por su puerto de larga trayectoria, ya que frente a la rada está el histórico barrio de Santa María, primero que acogió a la población venida del continente, y uno de los tres barrios viejos de Funchal junto al barrio de la catedral Sé, también al pie de la bahía, y el de San Pedro, ya en las estribaciones de la loma principal sobre este puerto de bella estampa. Por el camino, el paseo permite indagar en la historia de la obra civil, militar y religiosa en Madeira. Se conservan edificios añejos como la iglesia-monasterio de Santa Clara, construida a finales del siglo XV. Respuesta a los saqueos fue la edificación del sólido palacio-fortaleza de San Lorenzo, con su singular torre almenada ante la bahía. El culto cristiano se radicó en la emblemática catedral de 1514, a la altura de las necesidades cuando Madeira fue la capital religiosa de la Iglesia Católica en las tierras conquistadas en América. En este templo se puede contemplar una cruz de plata maciza donada por el rey Manuel I y que está considerada uno de los mejores diseños de la orfebrería portuguesa.

Antes de salir de excursión por la isla conviene visitar algún museo en Funchal. Y los hay para casi todos los gustos. De arte flamenco y portugués se nutre el de Arte Sacro, el Museo Vicentes ofrece una retrospectiva de la historia de Madeira y Porto Santo a través de sus fotografías y el Arte Contemporáneo exhibe nuevas tendencias en el antiguo fuerte de San Tiago. Los amantes del vino y su historia legendaria tienen dos paradas estratégicas: el Museo del Vino, el Bordado y la Artesanía y el museo-bodega que rescata la historia de John Blandy, uno de los pioneros del vino espirituoso de Madeira a partir de su establecimiento en la isla en 1808. Para quienes busquen momento de sosiego entre paseos está la Quinta de las Cruces, interesante parque con orquidario en la que fue segunda residencia del descubridor João Gonçalves Zarco, o el Museo Regional de Madeira, ubicado en el Palacio de San Pedro como colofón de la historia pasada y reciente de este archipiélago portugués en el Atlántico.

Porto Santo MadeiraConocida la historia junto al mar, las tierras altas de Madeira permiten disfrutar de una panorámica imponente sobre la bahía de Funchal, que para muchos barcos es el último puerto europeo antes de afrontar la travesía trasatlántica, y también adentrarse en uno de los últimos boques de laurisilva que se conversan en Europa. Esta excursión debe comenzar en la localidad de Monte, situada a unos nueve kilómetros de la costa capitalina y donde se puede visitar la iglesia de Nuestra Señora de Monte, venerada en la región desde 1470, y pasear los ocho kilómetros de jardínes y bosques en el Largo das Babosas. Aunque el tesoro verde espera monte adentro. Declarado Patrimonio de la Humanidad en 1999, el bosque de laurisilva de Madeira brinda aromas de árboles milenarios como el til, el laurel, el viñátigo y el palo blanco junto al brezo y el acebiño de Madeira. Entre ejemplares de paloma torcaz endémica, de petrel de Madeira y de cernícalos y pinzones, el visitante del Parque Natural de Madeira puede contemplar la zona de reserva integral con la que se intenta conservar esta reliquia vegetal de pasado, unos bosques de historia legendaria que apenas sobreviven en otras áreas de Canarias, Azores y Cabo Verde.

Publicado en la revista NT en abril de 2013

 

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Paseantes con isla azul al fondo

12 Oct
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7.10.2012 -- La Restinga, isla de El Hierro (Canarias)
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Regreso a La Mar de Músicas

11 Jul
Falta una semana para La Mar de Músicas,
así sonó el año pasado el festival de Cartagena
www.lamardemusicas.com

Canciones al dente para todos

Por Carlos Fuentes

No hay nada como las apreturas económicas para incentivar la imaginación. En Cartagena, donde ya es milagro que un festival de sonidos étnicos sobreviva con la que está cayendo, la última finta a la crisis ha sido reducir presupuesto, acortar el calendario y, sobre todo, combinar un cartel de pesos pesados con medianías de menor caché pero efectivas entre el público menos avezado. No es mala fórmula para sobrevivir, en la confianza de que venga un tiempo mejor.

CANCIÓN DE LUNA LLENA

En una edición, la decimoséptima, dedicada a Italia, la primera grata sorpresa llegó precisamente del país invitado. De Nina Zilli ya se sabía por 50 mila, la pieza que Ferzan Özpetek incluyó en su película Mine vaganti. Pero resulta que la cantante piacentina es mucho más que un éxito de temporada. Resuelta sobre las tablas, Zilli enarboló su pop con pespuntes soul, sonido que ya busca heredera, con canciones agradecidas como L’uomo Che Amava Le Donne y Cera Una Volta, más puntales adaptaciones de la matriz Motown (My Girl), algunas en clave italiana (You can’t hurry love/L’amore Verrà). Desembarco brasileño hubo por dos: Gilberto Gil dejó la política para mayor gloria de la canción y, vaya, con 69 años sigue en plena forma. El maestro bahiano regaló un recorrido nutrido por los sonidos del nordeste: forró, baião, xote, maxixe… y mucho tropicalismo flotando en dos horas largas que duró la lección. Gigante Gil, no se esperaba menos, profesor absoluto de la guitarra brasileña, ya sea si se arrima al folclor propio (Dança Da Moda, Óia Eu Aqui De Novo, Lamento Sertanejo) como si rescata su homenaje reggae a Marley (Não Chore Mais). Se fue dejando dos mil almas boquiabiertas con O Livre Atirador e a Pegadora, antes de regresar rápido como invitado para susurrar Esses Moços. Abrió sesión nocturna Adriana Calcanhotto, elegante, la gaucha más nutritiva de la penúltima hornada. Vino con el estreno de su disco de sambas, pero es su pop mayestático, puro expresionismo, el que termina por cautivar a quien no la conoce. Ya se sabe de su cancionero rebosante, también del ojo clínico con el que elige parceiros (Lancelotti, Continentino, Morães), incluso de sus golpes de efecto (percusión con pozuelos de café, distorsión con megáfono infantil… hasta un secador de pelo entre confetis). Pero que nadie caiga en la confusión: Adriana Calcanhotto retrata lo cotidiano como pocas (y pocos) hoy en Brasil. De músicas añejas sabe, y mucho, Mavis Staples. Rescatada del olvido por Jeff Tweedy, la gran dama de Chicago inauguró la noche dedicada al blues y, quizá porque sabía lo que vino después, condensó en una hora medio siglo de sabiduría popular. Bastó escuchar su voz trémula rompiendo espejos de edad con Last Train, la resurrección You Are Not Alone o, ya arrimada al gospel, Creep Along Moses. Cierto que regateó esfuerzo, pero su hora de gloria cotizó en quilates mucho más que el simulacro que llegó luego. Y de África, la escasa cuota recayó en el senegalés Cheikh Lô. Más sosegado que en visitas anteriores, el amable baye fall completó un recital espléndido. Sin aspaviento, con tama y batería amortiguados ante una voz que devuelve el precio de la entrada. Se volcó en Jamm, repasó su mbalax lo-fi y reiteró ser el gran exponente del acervo caribeño en el oeste africano: Seyni, preñada de Cuba. Barroso y Portabales: baile bonito y sabroso en la memoria.

CUARTO CRECIENTE

Quiso poner a bailar como salvajes y lo consiguió, aunque al final diera aspecto de más fiesta que chicha. Stewart Copeland encontró en la tarantella y la pizzica aquel espíritu que utilizó para domesticar el ritmo del punk vía new wave. Baterista proteico, eso no se discute, desembarcó con tanta energía que más que abrir puertas salió disparado por la ventana. Triunfó entre multitudes, quizá porque se esperaba una hipérbole, e hipérbole hubo, pero cabe dudar si el percusionista mejor dotado de su generación está sólo para animar la fiesta. Menos efervescencia en el público encontró El Guincho, pero su propuesta de directo sigue madurando. Ya con guitarra y bajo de cuerpo presente, Pablo Díaz-Reixa parece haber encontrado la fórmula que haga accesible el torrencial despliegue de Alegranza y Pop Negro. Su catarata de ganchos a las caderas admite poco debate: Bombay suena casi mejor que en disco y los hermanos mayores (Palmitos Park, Kalise, Fata Morgana) siguen con el viento en las velas. En otro código, también Russian Red continúa en maduración. Ajena a polémicas fanáticas, Lourdes Hernández defendió con solvencia la cosecha nueva de Fuerteventura, con esa veta autoconfesional (Nice Thick Feathers, Braver Soldier) y cierta cadencia beat (I Hate You But I Love You). Camino consolidado que ya tiene Julieta Venegas. Llegó superviviente del Festival de Benicàssim, pero el sonido se la jugó: apenó ver al ruido fagocitar crónicas tan bien armadas. Algo así ocurrió con Instituto Mexicano del Sonido, con la diferencia de que Camilo Lara parece buscar adrede una sobreactuación que termina por empalagar su híbrido cancionero bailable; y Balkan Beat Box, entremés, ejem, mestizo sin mayor enjundia. Para inventos inflamables están Fréderic Galliano y sus chicos contagiosos del Kuduro Sound System. Música urbana de alto octanaje, orgullo y poder. Aviso: no apta para todos los públicos.

AMENAZA DE LLUVIA

Si no se sabe, no se puede. Cindy Lauper convocó una noche de blues con sabor a Memphis y terminó convenciendo, es un decir, con su pop avejentado de regusto kitsch. Se pasó una hora de quiero y no puedo (Down Don’t Bother Me, Crossroads, Don’t Cry No More), entre saltitos de ridículo y ceremonias de autocomplacencia. Apenas levantó vuelo, y es otro decir, con True Colors, Time After Time y, obvio, Girls Just Want To Have Fun. Más barato hubiera salido un karaoke. Es lo que tiene generar expectativas. Aprendida se tiene la lección Third World, que hizo lo que sabe. Ni más ni menos. Neo-reggae de fácil consumo, pero con dignidad. Casi como Afro Celt Sound System: pocos conciertos te hacen sentir tan viejo. Y pensar que Simmon Emerson, en 1994, produjo el atlético Firin’ in Fouta de Baaba Maal. Pero para potajes mal cocinados Ojos de Brujo, con su penoso camelo transgénico. Tantos años de intentos de mezclar a Run DMC con faldas de lunares para este triste simulacro que el invitado Peret deja con el culo al aire en diez minutos. Buche y pluma ná más… ahora (dicen) se van. Si es verdad, no se echarán en falta sus fruslerías.

Publicado en septiembre de 2011 en la revista Rockdelux