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Cuerdas no tan lejanas

21 Oct

ARNALDO ANTUNES, EDGARD SCANDURRA & TOUMANI DIABATÉ

por Carlos Fuentes

Si fuera boxeo, sería un combate (sin golpes) de pesos pesados. La última pirueta de los brasileños Arnaldo Antunes y Edgard Scandurra es A Curva da Cintura, un disco compartido con el emperador malí de la kora Toumani Diabaté. ¿World music? Qué va: genuino vaso comunicante entre dos culturas no tan lejanas.

La idea es más fácil de explicar que de alcanzar: trazar un puente sonoro entre los instrumentos de cuerdas de Brasil y Malí. Y nadie mejor para intentarlo que el cantautor tribalista Arnaldo Antunes y el tañedor de kora Toumani Diabaté. El proyecto surgió en 2010 cuando el músico paulista y su socio guitarrista Edgard Scandurra coincidieron en Río de Janeiro con el africano para compartir recital en el festival Back2Black. Aquel intento embrionario despertó el apetito de unos artistas versátiles que antes colaboraron, anoten por el lado del exmiembro del grupo Titãs, con Chico Buarque, Tom Zé o Marisa Monte. Y Toumani Diabaté tampoco sabe lo que es estar quieto: Ali Farka Touré, Björk, Herbie Hancock, Taj Mahal y el Cuarteto Patria de Eliades Ochoa. “Quisimos acercarnos a la kora sin la pretensión de hacer un disco de “world music”, más bien crear algo completamente nuevo que trasciende una (im)posible y previsible sonoridad”, explican los dos músicos brasileños. “El álbum permitirá que la música de Malí sea conocida en un país donde estaban olvidando sus conexiones con África. Y hay colores que nunca se habían visto antes en las músicas de Brasil”, asegura Toumani Diabaté.

A Curva da Cintura, editado por el sello Um Discos, incluye catorce canciones que oscilan entre el pop ágil de los brasileños y la destreza a prueba de bomba del malí. Y en las catorce letras abundan referencias a la melancolía cotidiana, quizá el principal signo de identidad del también poeta Arnaldo Antunes, aunque es el campo sonoro de este cruce de orillas lo más deslumbrante. Laten, claro, esencias del samba y de la bossa-nova, también un ligero aroma de melismas árabes flotando entre guitarras brasileñas y kora. “Hay gran musicalidad entre ambos instrumentos, que se acercan a través de la improvisación. Y hay ritmos que mezclan de forma estupenda con las influencia del blues”, señala Edgard Scandurra. “Como ya ocurrió con Björk y otros artistas que han viajado a Malí, la atmósfera que se respira allí para crear es algo muy especial, y es muy difícil que suceda en una ciudad occidental. Bamako tiene otra magia”, dice Toumani Diabaté, “y ellos fueron valientes al aceptar el reto de mi invitación, no se arrepintieron”.

En efecto, A Curva da Cintura se trabajó en los dos países. En São Paulo, en una etapa inicial, Antunes y Scandurra pergeñaron el esqueleto sonoro. Luego, en el estudio de Bamako, los tres músicos completaron un viaje sin precedente entre los sonidos de Brasil y África occidental. Nos dimos cuenta de que sería una sonoridad única, una gran afinidad musical, y no podíamos dejar pasar esa oportunidad. La mezcla entre la guitarra eléctrica y la kora es genial”, reivindica el guitarrista brasileño. “Como llevo demostrando hace más de veinte años, la kora conecta con todo y con todos. Aunque no existan precedentes, la realidad es que funciona. Y se aprecia en mi hijo Sidiki, de veinte años, la generación número 72 de la familia Diabaté que toca la kora, que ha grabado efectos que no habían sido registrados antes con la kora. Muchos piensan que es la guitarra eléctrica”, indica Diabaté sobre piezas de satén como Ir, mão, Kaira o Grão de chãos que, además, ponen banda sonora a un documental que retrata el viaje africano.

Sorprende la cosecha si se valora el desconocimiento recíproco previo. Porque Antunes y Scandurra supieron del tañedor de kora en la reunión negra de Río de Janeiro, “pero luego hicimos una intensa búsqueda de sus discos, también a través de YouTube”, admite el guitarrista. Para Toumani Diabaté, la única referencia previa del dúo paulista era Tribalistas, el disco de pop que Antunes grabó en 2002 con Marisa Monte y Carlinhos Brown. “No fue algo premeditado. En una creación a tres bandas cada uno aporta sus experiencias, y en nuestros casos ya son muchas y muy variadas”, explica el malí. “Es la primera grabación entre músicos de Brasil y Malí, quisimos acercarnos a la kora y a esa habilidad que tiene Toumani con pop y rock; es lo mismo que Arnaldo y yo hacemos en Brasil. Me siento ciudadano del mundo que recibe informaciones e influencias, y que busca transcribirlas a sus composiciones. Nunca quisimos hacer un disco folclórico, solo teníamos samba o ritmos africanos”, añade Edgard Scandurra.

De hecho, A Curva da Cintura nació sin un pasaporte cultural predeterminado. “Siempre compusimos sin pensar si debería tener orígenes brasileños o latinos. Hacemos música y punto. Sin embargo, vivimos en una ciudad donde existen grandes influencias del mundo. He escuchado mucho flamenco y, tal vez por eso, hay ciertas influencias árabes en mis canciones. Y Toumani, por vivir en un viaje permanente a través del mundo, también hay cogido otras influencias. Eso explica su internacionalidad”, indica el guitarrista. “No conozco lo suficiente de los ritmos brasileños, pero que en su mayor parte tienen origen en África es algo que no se debe olvidar”, subraya Diabaté. “Y nuestro objetivo es el mismo de siempre: defender la cultura aunque la economía sea la que mande. Porque sin la cultura no vamos a ninguna parte. Y como olvidemos esto, entonces sí habrá crisis. Yo, como griot que soy, estoy aquí para recordarlo a todas horas”.

Publicado en la revista Rockdelux en julio de 2012

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El hada madrina del nuevo Brasil

20 Dic

MARISA MONTE

Por Carlos Fuentes

Hay pocas carreras tan al margen del calendario comercial como la de Marisa Monte. Verso libre de la música popular brasileña, la cantante carioca disfruta de un crédito merecido con apenas cinco discos de estudio, siete si se suman dos álbumes en directo. Aliada estratégica de buena parte de la generación de nuevos músicos brasileños que están revolucionando los sonidos del gigante verde, esta versátil autora e intérprete vuelve ahora con O que você quer saber de verdade, primer disco en cinco años. “Es el ritmo de mi vida, mi ritmo ideal”, explica a Público, “la velocidad que necesito para sentirme cómoda y creativa”. 

Se abre la tarde en Río y la voz de Marisa Monte (Río de Janeiro, 1967) suena serena, sin prisas. Como si hubiera pospuesto un rato de asueto. Nada que ver con el caudal energético de sus conciertos y la tormenta tranquila que transmite a sus músicas. Contenta con el nuevo disco, una suerte de vuelta a la raíz de la canción, recupera parcerias con el músico y poeta paulista Arnaldo Antunes y el hombre-orquesta bahiano Carlinhos Brown. Triángulo básico para explicar la identidad del nuevo Brasil. “Nos une el lirismo en la música, aunque cada uno sea al mismo tiempo diferente y complementario al resto. Arnaldo vive en São Paulo, en un mundo de hormigón, con su poética urbana, simple y sofisticada; y Carlinhos es de Salvador de Bahía, con su experimentación y libertad. Quizá yo esté en el centro porque en Río se une todo”, indica. De los catorce temas de O que você quer saber de verdade, ocho fueron compuestos a dúo o a trío.

Cada momento de la vida puede ser inspirador y yo trato de vivirlos y sacarles todo el partido. Hasta ahora quería un ambiente más familiar, más relajado, sin que eso significara estar en silencio”, indica Marisa Monte al subrayar que da tanta importancia creativa a la etapa de ser madre (y ella atiende ahora a una segunda hija) como al vertiginoso momento de entrar en estudio y, luego, salir de gira. “Las canciones nunca dejan de surgir, quizá no al ritmo como cuando estás sola en la habitación del hotel”, señala el vértice femenino de Tribalistas, su aventura de 2002 con Antunes y Brown. Un disco, trece canciones, escrito en apenas una semana y que vendió dos millones de copias en todo el mundo. 

El de Marisa de Azevedo Monte suena a cuento de hadas. Hija de un ingeniero emparentado con la casa Saboya (un antepasado aspiró a reinar en Portugal), estudió canto, piano y percusión. A finales de los 80, el productor Nelson Motta tradujo para ella E po’ che fa do, del napolitano Pino Daniele. Bem que se quis fue un gran éxito, el primero. En la década siguiente, Marisa Monte eclosionó en mariposa multicolor gracias a Arto Lindsay, zahorí de melodías extraídas del ruido, con Mais, su estreno como autora; y, en 1994, Verde, anil, amarelo, cor-de-rosa e carvão, con temas de Paulinho da Viola, Jorge Ben Jor y Lou Reed, vendió un millón de copias. Tres canciones sonaron en telenovelas de Globo.

Los éxitos se repitieron con el disco en directo Barulhinho bom y el posterior Memórias, crônicas e declarações de amor. 2006 fue el año de los gemelos pero no iguales Infinito particular y Universo ao meu redor. Cuatro estandartes para una nueva manera de entender las tradiciones y el futuro de la música en Brasil. ¿El país de la primera música globalizada? “No lo sé, quizá seamos más producto del avant-garde, de una vanguardia, que de la globalización. Nuestra cultura siempre ha estado anclada a la diversidad. Para los brasileños, mezclar es algo natural. Así creamos la bossa-nova y el samba-rock; nuestra música se nutre de raíces genuinas en la naturaleza mestiza del pueblo brasileño. Por eso nuestras mentes están abiertas: no tememos que las mezclas cambien nuestra forma de ser porque nuestra forma de ser ya es producto de muchas mezclas”. 

Y en los diferentes Brasil encantan Marisa Monte y sus cosechas de serenidad. También que vuelva a la esencia (hace tres años produjo O mistério do samba, documental sobre la mítica escuela sambista Velha Guarda da Portela), quizá el rasgo más característico de su nuevo disco. “Mis canciones están inspiradas por el dominio del tiempo, son mi apuesta por la vida con ritmo humano. Hablo de disfrutar cada instante, ser optimista, elegir lo de verdad importante… quizá sea resultado del momento actual, de tanta información, tanto ruido. Debemos ser capaces de identificar las necesidades de nuestro espíritu y dedicarles todo el tiempo que se merecen”, reflexiona Marisa Monte. Y sus canciones, híbridos de romanticismo pop, ahondan en esa línea. “No podemos negar la importancia del amor en la vida. Ahí está la clave, o al menos una de ellas: déjate llevar por la vida, sepárate de todo lo que te causa problema. Y si quieres algo, inténtalo”. 

Suena algo intangible en el disco de Marisa Monte que siembra paz interior. Rico en canciones, catorce, para lo que se estila hoy, O que você quer saber de verdade rebosa poesía de profundidad cotidiana. “Después de soñar tantos años, de hacer tantos planes, de un futuro para nosotros”, canta, con la mirada atrás, en Depois. Melancolía cálida en una simbiosis de pop y samba, como si ahora en Marisa Monte confluyan las corrientes que plasmó en sus dos discos anteriores, ambos de 2006: el contemporáneo Infinito particular, de su cosecha y amigos, y el ágil Universo ao meu redor, con sambas de Argemiro Patrocínio, Paulinho da Viola y Adriana Calcanhotto. Siempre cómoda compartiendo focos: “No confundo mi persona con mi arte. Hoy existe una gran confusión entre arte y artista, como si la línea tenue que los divide no existiese. Y yo estoy cómoda haciendo música, no tengo la vanidad de querer aparentar más que la música”.

Publicado en el diario Público el 20 de diciembre de 2011