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Adiós a Doudou N’Diaye Rose, matemático del ritmo africano

4 Nov

Doudou NDiaye Rose 1

por Carlos Fuentes

Cuando las emisoras de radio de Dakar anunciaron su fallecimiento, muchas personas salieron a las calles en señal de duelo. Se repitieron concentraciones en las esquinas, en las plazas de la populosa capital de Senegal. Había muerto un músico, una leyenda africana, pero sobre todo un artista identificado con su gente, siempre con su pueblo. Doudou N’Diaye Rose, uno de los percusionistas que más han hecho por el reconocimiento y la difusión internacional de los vigorosos ritmos del oeste de África, murió el pasado 19 de agosto.

En medio de las vacaciones, a este lado del mar su desaparición pasó, casi, sin pena ni gloria. Aunque su muerte, sin duda, supone un eslabón importante en la extinción de una especie artística. La generación de los primeros músicos africanos que lograron derribar fronteras, ganar prestigio para los sonidos del continente y, también, devolver parte de todo lo recibido al pueblo con la puesta en marcha de la primera escuela para la enseñanza de la percusión en Dakar.

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La historia vital de Doudou N’Diaye reproduce el patrón de los más valiosos protagonistas de la cultura africana contemporánea. Hijo de una familia de griots, esa suerte de notarios del devenir de los pueblos del oeste africano cuyas estirpes van pasando de generación en generación, N’Diaye Rose nació en el verano de 1930 en la Medina, uno de los barrios con mayor solera de la ciudad de Dakar y que décadas después daría uno de los artistas más reconocidos de África, Youssou N’Dour, quien por cierto también comenzó su carrera artística como instrumentista de percusión antes de lanzar su carrera internacional como cantante. N’Diaye Rose fue llamado Mamadou, aunque muy pronto fue apodado Doudou por sus familiares y amigos, y también empezó muy rápido a familiarizarse con instrumentos de percusión aún siendo adolescente, al tiempo que ayudaba a la familia con apaños de fontanería y trabajos en la construcción. Aunque su suerte cambió pronto con la independencia de Senegal en 1960.

Ese año, que luego pasó a la memoria colectiva como el Año de África por ser la fecha en la que varias antiguas colonias africanas lograron la emancipación de las metrópolis europeas, en esencia de Francia y los Países Bajos, Doudou N’Diaye Rose fue ayudado por la diva Josephine Baker, una de las primeras artistas de carrera internacional que tuvo interés por las percusiones africanas y por ayudar a ampliar los horizontes comerciales de sus intérpretes.

Doudou NDiaye Rose 4

Y cuando llegó esa oportunidad, Doudor N’Diaye Rose ya era un maestro del sabar, tambor alto característico de Senegal y de Gambia a partir de su origen en la comunidad serer, que utilizaba su repique como medio de transmisión de noticias entre aldeas y poblados alejados. Junto al sabar, que luego paseó por los principales escenarios del mundo, N’Diaye Rose también manejaba con destreza otros instrumentos de percusión y, acompañado por más de un centenar de instrumentistas, actuó en las celebraciones de la independencia de Senegal ante el primer presidente del nuevo país, el político y poeta Leopold Sedar Senghor. Muy pronto se hizo cargo de la tarea rítmica en el Instituto Nacional de las Artes y también en el Ballet Nacional de Senegal. Comenzaba así su pasión por la enseñanza de los ritmos africanos, una labor docente que con el tiempo le hizo merecer el reconocimiento de todo su pueblo senegalés y la denominación cariñosa de El Matemático de los Ritmos.

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Ya durante los años 80, posiblemente la década más importante para el prestigio y la proyección internacional de las músicas africanas contemporáneas, Doudou N’Diaye Rose desembarcó en Francia para actuar en un festival de jazz en la ciudad de Nancy. Allí desembarcó con un grupo de cincuenta percusionistas. Fue tal el estrépito del concierto, la destreza y la versatilidad de los ritmos de África, que el cineasta Martin Scorsese apostó por esas músicas para incluir algunos pasajes de percusión en la banda sonora de su largometraje La última tentación de Cristo. Después vendrían más aportaciones al cine y, sobre todo, la confianza ganada entre los músicos occidentales como maestro de las percusiones con esos ritmos tradicionales que nacieron para ambientar ceremonias de boda y actos sociales africanos. Con calor y color, el sabar iba a conquistar el mundo.

El siguiente artista europeo en apostar por la destreza rítmica de Doudou N’Diaye Rose fue el compositor francés de músicas celtas Alan Stivell. Después llegarían sus trabajos con artistas de la talla de Dizzy Gillespie, Miles Davis, The Rolling Stones y Peter Gabriel. Con este último, además, produjo uno de los álbumes más influyentes de las percusiones africanas, Djabote (1994), que en otro signo de compromiso con su pueblo senegalés fue registrado en vivo en Gorée, la pequeña isla situada en la bahía de Dakar desde donde se realizó gran parte del infame tráfico de esclavos negros hacia Europa y América.

Ya en 1988 se había producido su primera presentación en Estados Unidos con un concierto celebrado en el teatro Beacon de Nueva York junto a treinta percusionistas, un recital que generó comentarios entusiastas en The New York Times. “Incluso sin contemplar la puesta en escena”, escribió entonces el crítico norteamericano Jon Pareles, “la riqueza de estos ritmos africanos llevaría hasta el límite a cualquier percusionista occidental”.

Doudou NDiaye Rose 5

La desaparición de Doudou N’Diaye Rose provocó sentidas manifestaciones de duelo entre los ciudadanos senegaleses, también en las autoridades africanas que en 2006 impulsaron su reconocimiento como tesoro vivo de la humanidad por parte de la Unesco. Aunque quizá haya sido un músico joven el que mejor ha puesto en valor al gran maestro del sabar para las nuevas generaciones. Apenas conocer su fallecimiento (que, por cierto, coincidió con la desaparición de otro genio de la percusión senegalesa, Vieux Sing Faye, músico de la todopoderosa Super Êtoile liderada por Youssou N’Dour), el rapero Didier Awadi afirmó que “Doudou N’Diaye Rose conocía el lenguaje de nuestros tambores porque para muchos africanos los instrumentos de percusión fueron los primeros teléfonos móviles para comunicar noticias importantes entre pueblos”. “Y él fue capaz de convertir los sonidos de un centenar de tambores en una sinfonía delicada”, incidió el fundador de Positive Black Soul, que en 2010 se apoyó en el ritmo veterano de Doudou N’Diaye Rose para abrir con Dans mon revê su proyecto Presidents of Africa en uno de los videoclips mejor facturados en lo que va de siglo XXI en las músicas de toda África.

Publicado en El Confidencial en septiembre de 2015

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Músicas populares… cuando el tamaño no importa

26 Jul

zydeco

por Carlos Fuentes

“La miel nunca es buena en una sola boca”. Ali Farka Touré solía repetir este viejo proverbio africano cuando le preguntaban por el motivo que le llevaba a salir de su pueblo, Niafunké, en el desértico norte de Malí, para enseñar al mundo dónde nació el blues. Y explicaba el carismático guitarrista malí que la música popular, en su más amplia extensión, sólo cumple su papel de altavoz de los pueblos cuando sirve para tender puentes con otras regiones, con otras culturas. Hasta aquí, todos podríamos estar de acuerdo. Pero la pregunta aún sigue sin encontrar una respuesta justa: ¿Qué es, en verdad, música popular?

Si respetamos el valor semántico del término popular, las músicas tradicionales son aquellas que han logrado llegar a nuestros días después de cubrir una ruta con mil etapas, de generación en generación, para ofrecer un retrato sobre las costumbres, aspectos étnicos y hechos relevantes de la historia de los pueblos que las albergan. Hasta aquí, otra vez, todos de acuerdo. Pero, ¿son entonces músicas tradicionales el flamenco de España, el tango de Argentina, el soukous de Congo y, ejem, el rock de Estados Unidos? Sin duda. Como también lo son la bossa y el samba en Brasil, la cumbia en Colombia, la plena en Puerto Rico, la guajira, el son y el bolero en Cuba, la ranchera en México, el chaabi en los países del Magreb, el ágil mbalax en Senegal y la marrabenta en Mozambique.

music stampsHasta aquí llega el consenso. Pero, ¿qué papel juega ahora la música popular? ¿Son buenos tiempos para la lírica que nace en las calles, en los bares y en las fondas? Podemos convenir, que no es poco, que las músicas populares están disfrutando del respeto creciente del público mayoritario. No es casual que este giro a las raíces coincida ahora con el mayor auge de la técnica y la tecnología vinculada a la creación sonora. Hace unos meses, un portal de subastas puso a la venta una copia del primer álbum de Ali Farka Touré, editado en Francia a finales de los años 70, de tirada mínima y nunca más editado en disco de vinilo. Tras una semana de pujas, el disco grande superó un precio de cien dólares. E igual revalorización de lo antiguo disfrutan nuevas ediciones en formato digital de grabaciones africanas, latinas o europeas de difícil acceso hasta entonces. Por no hablar del giro vintage que han experimentado campos que definen la identidad y los hábitos de un colectivo como la alimentación, el vestuario, las lecturas, el cine o los viajes. Hoy mola lo viejo, y mola lo viejo porque, digamos, es auténtico. Se regresa al mueble de madera noble después de que nuestra generación anterior, nuestros padres, malvendieran el viejo arcón de la abuela para poder comprar una librería de contrachapado. Una mesita de metacrilato.

Hasta aquí esta somera observación sociológica, un arrebato de antropología. Porque usted se preguntará: ¿no veníamos aquí para leer sobre música? Sí, faltaría más. Pero primero hay que saber de dónde venimos para atisbar hacia dónde nos dirigimos. Podemos coincidir, si no es mucho pedir, que la actual era de velocidad con banda ancha y conexiones inalámbricas portátiles, en tiempos de wi-fi callejero como servicio público, está determinando pautas de consumo y de producción de bienes. Tangibles o no. Y es un mercado sobreexcitado el que contagia la confusión entre contenido y continente. Hoy, a lo peor, parece que es (mucho) más importante comprar un dispositivo digital que sea capaz de almacenar más de un millar de discos que velar por la calidad de las doce mil canciones en cuestión. En los tiempos del trending-topic diario parece que el motivo de orgullo está en el tamaño de la herramienta y no en su buen uso.

samba brazilQuizá por esta corriente cultural contagiosa, más pendiente de las formas que del fondo, la reacción del consumidor de música con fundamento lucha ahora por evitar lo que el anterior ministro brasileño de Cultura y unos de los padres fundadores del tropicalismo, Gilberto Gil, denuncia como “econometría” feroz de la dictadura del capitalismo: “una econometría que mide todo y que provoca un cambio extraordinario en el alma humana, en la psique y el cuerpo humano”. Pero no todo progreso es malo. El paulatino abaratamiento de los medios de grabación y producción musical también ha ayudado a la recuperación y, por qué no decirlo, puesta en valor de las músicas tradicionales. Ya no hace falta movilizar a un regimiento de ingenieros de sonido para viajar hasta los centros comunales de conservación e interpretación de las músicas populares y lograr enseñar al mundo que abundan músicas por descubrir más allá de las ciudades de distribución del primer mundo. Otra vez Ali Farka Touré, el recuerdo de un músico genuino y sincero: “la miel nunca es buena en una sola boca”.

Porque si hay algo mejor que la música, como solía decir el productor Mario Pacheco (a quien van dedicadas estas líneas apresuradas), ese algo mejor es hablar de música. Y conversar sobre música significa continuar hasta el infinito la cadena oral de transmisión de unos sonidos populares que llegaron una vez al mundo para hacer la vida más interesante y entretenida, para tejer toda una memoria colectiva y sentar acta del desarrollo de los pueblos que las albergan. Ya se lo recordó Quincy Jones hace unos meses al periodista Carlos Galilea, apelando a un viejo consejo que el productor de Thriller (el disco más vendido de la historia, verdadera crónica popular contemporánea) recibió del saxofonista Ben Webster: “Allá donde vayas, escucha la música que escucha la gente del lugar, come la comida que comen, y aprende treinta o cuarenta palabras de su idioma”. Para continuar alimentando la cultura popular…

Publicado en el anuario de la SGAE en 2011

Cheikh Lô, el hijo del baobab

12 Jul

Cheikh Lô

por Carlos Fuentes

Cuando Nick Gold recibió la primera maqueta de Jamm comprobó que Cheikh Lô había endurecido su música. Mucho, demasiado. Y sugirió al senegalés que volviera a Dakar para grabar sin tanta energía, que intentara poner sordina al vibrante mbalax. Del reto planteado por el productor inglés salió un álbum luminoso, contemplativo y espiritual. En efecto, piezas como Warico, Il N’est Jamais Trop Tard o Conia antojan más sofá que pista de baile, y Seyni, ese guiño sabroso a la era dorada de la pachanga africana (y Cuba en la memoria), tiene la virtud del clásico rejuvenecido. Gran concierto de Cheikh Lô, el hijo del baobab, que nunca tiene noche mala, con una banda contenida pero atlética, timoneada por el legendario guitarrista Cheikh Tidiane Tall. Sin aspaviento, con el cantante baye fall saltando como un lince de la guitarra a los timbales o la batería, donde comenzó su carrera. E igual da que Cheikh Lô se enfrente a un público grande, festival al aire libre, o que sea invitado a un ciclo de jazz en un teatro. No es casualidad que Youssou N´Dour lo haya señalado como el sonido del Senegal contemporáneo. Y ahora, más rescoldo que llama viva, en su mejor estado de forma. Al final, Nick Gold sonreía satisfecho: gran cierre para la gira europea.

Publicado en la revista Rockdelux en diciembre de 2011