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Cesária Évora: “África se merece una vida mejor”

7 Dic

Cesária Évora

por Carlos Fuentes

En la distancia que impone una conversación telefónica, la voz de Cesária Évora suena cansada. Pero también suena feliz. Es lunes y la cantante africana que con su música de melancolía y nostalgia ha puesto en el mapa de las músicas del mundo al humilde archipiélago de Cabo Verde está satisfecha. En febrero [de 2004] recibió el premio Grammy al mejor disco contemporáneo y el pasado sábado recogió en París el premio anual Victoria que concede la música francesa.

Ambos reconocimientos llegan por Voz d’amor, su noveno disco, que presentará en concierto en el Auditorio de Tenerife. Cesária Évora nació en la ciudad marinera de Mindelo, en la isla de São Vicente, y tiene ahora 62 años. Aunque han sido los últimos diez los que han marcado la vida de esta mujer que, pese a ganar con el tiempo cariños y reconocimientos, no renuncia a sus raíces, a vivir en su pueblo natal. Huye del falso halago y de creerse más que otros caboverdianos como Teófilo Chantre, Biús, Tito París o Simentera. “Prefiero pensar que, por fortuna, mis músicas han servido para abrir puertas a otros artistas de mi país, que han tenido la oportunidad de emprender carreras en el mercado occidental”, explica desde París.

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Con cuatro millones de discos vendidos en todo el mundo de sus ocho álbumes anteriores, la cantante de Cabo Verde a quien la crítica de París bautizó “la diva de los pies desnudos” tras su aparición en 1993 con Sodade valora el interés que su música ha merecido en la última década. “La acogida de Voz d’amor está siendo muy cálida”, asegura, “durante la promoción internacional estoy comprobando que el público está pendiente de lo que hago y satisface comprobar una vez más el aprecio que tiene el público europeo por mi música”.

Inmersa en una nueva gira europea, que hasta finales de abril la llevará a países como Alemania, Lituania, Estonia, Bélgica y, en especial, a Francia, donde ofrecerá trece recitales (con tres noches consecutivas en el teatro Grand Rex de París), Cesária Évora mantiene su devoción por las gentes de Cabo Verde, los primeros que disfrutaron de su moma melancólica en las tabernas portuarias de Mindelo. “Tengo buenos recuerdos de mi tierra porque todavía vivo allí, aunque salga a cantar a muchos sitios en el extranjero”, señala, “sé que en el mundo hay muchos lugares bonitos, pero prefiero seguir viviendo en mi pueblo, en mi casa, porque allí tengo mis raíces”.

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Observadora privilegiada de la evolución de los países africanos poco favorecidos, Cesária Évora es consciente de que la visión idílica, romántica, que sus canciones ofrecen de África no se corresponde, por desgracia, con la realidad. De las plagas de corrupción, las guerras y el subdesarrollo, la cantante caboverdiana habla con tristeza, pero con esperanza de prosperidad. “Espero que las cosas cambien para mejor, pero desgraciadamente no puedo influir en los problemas que ocurren en el mundo”, asume, “aunque tengo esperanza de que esta situación mejore, sobre todo para África. Todos los pueblos de África se merecen una vida mucho mejor”.

El trasiego internacional por los escenarios de medio mundo no impide que Cesária Évora tenga una visión real de la inmigración clandestina, quizá el mayor mal que asola a los jóvenes africanos. ¿Actúa Europa con justicia ante el drama del nuevo siglo? “La actitud siempre podría ser mejor, pero en mis viajes compruebo que, no sólo los africanos sino otras personas, han encontrado una oportunidad para mejorar sus vidas en Europa y en América”, explica quien hace unos años fue confundida con una emigrante irregular en el bulevar de Cartagena. “Estos viajes son buenos para el progreso de África: sus pueblos pueden ver que existe otra forma de vida, creo que hay sitio para la comunidad africana en estas sociedades”.

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Además del compromiso africano, Cesária Évora ha prestado su voz y sus canciones a experimentos modernos. En 2003 artistas electrónicos como Carl Craig, 4 Hero o Señor Coconut remezclaron piezas como Angola, Bésame mucho y Miss Perfumado para el disco Club Sodade. “No es mi estilo original, pero creo que ayuda a lograr un mayor interés de las nuevas generaciones, a ampliar el destino de mis canciones y de mi voz”, dice divertida la cantante, “y estoy feliz por ello, pero es evidente que ese no es mi estilo de hacer música”.

Más cómoda se siente Cesária Évora con socios musicales más naturales como el brasileño Caetano Veloso (Regresso), el pianista cubano Chucho Valdés (Negue), el maliense Salif Keita (Yamore) o Jacques Morelenbaum (Café Atlántico). “Todas fueron buenas experiencias porque ayudan a ampliar las influencias en la música, en la mía y en las de ellos”, asegura la caboverdiana para recordar su dúo con el cantautor Pedro Guerra en la canción Tiempo y silencio, de su disco São Vicente di Longe. ¿Existe una particular sensibilidad isleña? “Hay muchas similitudes, en las culturas y en los instrumentos que usamos”, reflexiona Cesária Évora, “porque nuestras culturas son muy parecidas y cantar con él fue una experiencia muy bonita”.

Siempre generosa, Cesária Évora habla con cariño sincero de los amigos que le ha regalado la música, pero no se olvida del público. De su público, al que nunca ha dado la espalda pese al aluvión de músicas étnicas que abundan en los anaqueles. ¿Por qué nadie se aburre de Cesária? Ella se quita méritos: “Es el público el que te lleva al éxito y es el público el que sigue queriendo escucharme. No sé decir por qué ocurre, solo que estoy muy contenta de que sea así”.

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Publicado en el periódico Diario de Avisos en marzo de 2004

 

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Músicas de Cabo Verde, los sonidos de las islas de África

13 Sep

cabo verde músicas

por Carlos Fuentes

Con su voz trémula, macerada durante años de olvido y desprecio por ese aguardiente inflamable llamado grogue en las tabernas marineras del puerto de Mindelo, Cesária Évora evocó las alegrías y las penas de Cabo Verde. La reina de la morna situó a sus diez islas en el centro del mundo cultural. Ahora una nueva generación de artistas caboverdianos mantiene vivas las llamas de la melancolía en este archipiélago anclado a medio camino de África y América.

Pocas veces un artista, una cantante, hace más por su pueblo que varias generaciones de políticos. Ocurrió con Cesária Évora: desde su presentación en un teatro de París, el público occidental aprendió a situar en el mapa el archipiélago de Cabo Verde. Gracias a esta tarjeta de presentación en forma de voz veterana, emocionante, ahora otros músicos caboverdianos disfrutan de mayor repercusión social y comercial más allá de las fronteras nacionales.

Son Mayra Andrade, Lura, Neuza, Elida Almeida y Nancy Vieira, aunque antes que ellas estaban Ildo Lobo, Titina, Norberto Tavares, Mário Lúcio, Teófilo Chantre y Tito Paris. Porque las músicas de Cabo Verde ya existían antes de Cesária Évora y no serían lo mismo sin el renovador Francisco Xavier da Cruz, el autor que todo el mundo conocería como B.Leza, responsable de nuevos pespuntes brasileños en la morna contemporánea.

No es sencillo trazar una hoja de ruta por los discos esenciales de las músicas de Cabo Verde. Músicas en plural, porque además de la melancólica morna están la coladeira, el funaná, la mazurca y el batuque. Algunas de estas producciones discográficas incluso permanecen aún inéditas en el gran mercado europeo, aunque merece la pena subrayar la importancia que tienen un puñado de discos cruciales para entender por qué unas islas africanas con medio millón de habitantes (una cantidad similar reside en la diáspora entre América y Europa) terminaron por enamorar al público comercial del otro lado del mundo.

b leza

B.Leza. Con él empezó todo, o al menos con él arrancó la fructífera pero azarosa trayectoria musical caboverdiana moderna. Introductor en el código musical isleño del llamado medio tono brasileño, Francisco da Cruz protagonizó la renovación de muchos sonidos isleños a partir de la década de los años cincuenta. Natural de Mindelo, en la isla de San Vicente, B.Leza escribió muchas mornas que forman parte del repertorio clásico del género, al que también dotó de profundidad en las letras de la canción caboverdiana por antonomasia. Su sobrina Cesária Évora es la voz más conocida entre sus intérpretes, aunque canciones suyas han cantado Titina, Tito Paris y todo artista que quiera hacerse un hueco en la escena musical de Cabo Verde.

cesaria evora

Cesária Évora. Narrar su vida atribulada requiere un libro. Apenas adolescente comenzó a cantar en tabernas de Mindelo, pero en 1975 abandonó la música para dedicarse a su familia. Pronto cayó en depresión, ahondada por el alcoholismo. Una década después, su amigo compatriota Bana luchó para que viajara a cantar en Lisboa. En 1988 se presentó en París en un recital memorable, siempre descalza en el escenario. Cize, como le decían sus amigos, se consagró con los discos La diva de los pies desnudos y Miss Perfumado. Ganó un Grammy y en 2009 recibió la Legión de Honor francesa. Su retrato está en un billete, su cara en un sello y su voz, siempre, en la memoria por una mujer noble que esquivó oropeles de fama y nunca dejó de pisar los adoquines de su pueblo.

Música - Concerto em honra do PM português

Ildo Lobo. La voz melódica de Cabo Verde lideró el conjunto Os Tubarões entre 1976 y 1994, cuando continuó carrera en solitario. Autor de álbumes emblemáticos como Tchon di Morgado y Tabanca, Ildo Lobo era natural del pueblo pescador de Pedra da Lume, en la isla de Sal. Artista querido por el público caboverdiano por su compromiso político con el país tras la independencia de Portugal, sus discos Nôs morna, Intelectual e Incondicional son una referencia para cualquier voz masculina del archipiélago. Para asistir a su funeral, celebrado el miércoles 20 de octubre de 2004, el gobierno de Cabo Verde dio la tarde libre a sus empleados. Tenía 51 años.

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Tito Paris. Además de compositor y cantante, Arístides Paris es un nombre clave en la proyección internacional de las músicas de Cabo Verde desde la sala B.Leza de Lisboa. Nació en la ciudad de Mindelo en 1963 y comenzó como baterista del grupo del veterano cantante Bana, quien mantuvo una presencia constante como puente entre Lisboa y Cabo Verde para los nuevos músicos nacionales. En 1987 Tito Paris publicó un primer disco a nombre propio, Fidjo maguado, al que siguió el álbum Dança ma mi criola. Acompañó durante muchos años a Cesária Évora, de cuyo grupo fue director y para la que escribió nuevas canciones. También fue quien protegió a la gran dama de la canción caboverdiana de tentaciones comerciales derivadas del enorme éxito logrado por la morna en los principales escenarios europeos. Su grabación más reciente es Acústico, donde Tito Paris recopila algunas de las mornas más emblemáticas de Cabo Verde.

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Mayra Andrade. Aquí podrían estar sus coetáneas Lura y Nancy Vieira o la veterana Titina. Pero pocas voces están a la altura de tomar relevo de la reina de la morna como la de esta hija de la diáspora nacida en Cuba y criada entre Senegal, Angola y Alemania. En Praia dio sus primeros pasos, luego actuó como telonera de Cesária Évora y ya en 2003 se estableció en París. Ha grabado duetos con Chico Buarque, Caetano Veloso y Lenine, también con Charles Aznavour, la fadista Mariza y el pianista Roberto Fonseca. Su trilogía Navega, Stória stória y Studio 105 refleja los renovados vuelos de la canción de Cabo Verde con una voz emocionante por sencilla y natural. Recuerden su nombre, será una estrella.

Elida Almeida. El penúltimo regalo de Cabo Verde es esta joven nacida en 1993 en el pueblo de Pedra Badejo, isla de Santiago. Comenzó vendiendo fruta en mercados callejeros y acaba de debutar con Ora doci, ora margos (Ahora dulces, ahora amargos). Fiel reflejo del corazón partido del pueblo caboverdiano: entre la saudade de tiempos mejores que no terminan de llegar y el anhelo por salir del pozo del subdesarrollo africano. Trece canciones, en fin, sobre el milagro cotidiano de vivir en estas islas de África interpretadas con emoción en kriolu, el singular idioma hijo de Portugal, África y Brasil.

Publicado en la revista NT en mayo de 2016

Mindelo, el pueblo de la diva de los pies desnudos

3 Sep

Cesaria  Evora

por Carlos Fuentes

Ocurre a veces que un hecho histórico, un acontecimiento extraordinario, pone un lugar en el centro del mapa del mundo. Pero también ocurre que ese mérito deba atribuirse a una única persona, ya sea por su fama internacional, por su prestigio profesional o, y es el caso de la cantante caboverdiana Cesária Évora, por convertir su canción en altavoz de un pueblo entero. Dos años después de su muerte, la añeja ciudad portuaria de Mindelo recuerda a su mito cultural con un festival que coincide con la luna llena de agosto.

Del archipiélago volcánico de Cabo Verde ya se tenían noticias antiguas por haber sido durante siglos lugar de parada y paso obligado en las grandes rutas del comercio marítimo hacia importantes destinos de Europa, América y Asia. Esta antigua colonia portuguesa, que dispone de gobierno independiente desde la independencia lograda en 1975, de pronto regaló al mundo la voz trémula de una cantante veterana que supo retratar con humildad y emoción la compleja idiosincrasia insular de estas diez porciones de tierra macaronésica, apenas cuatro mil kilómetros cuadrados, mil seiscientos kilómetros al sur de Canarias.

Cesária Évora, que este mes de agosto hubiera cumplido 72 años, falleció el 17 de diciembre de 2011, pero tuvo tiempo de enseñar al mundo la melancolía de la morna, la canción tradicional caboverdiana que algunos expertos consideran crónica de un pueblo que siempre miró al mar con saudade. Saudade, palabra con la que medio millón de habitantes del archipiélago denominan a la morriña. Porque Cesária Évora sacó la saudade a pasear por los principales escenarios del mundo y ya entonces la gran audiencia occidental supo situar a Cabo Verde en un atlas. Y en la geografía se localiza una de las principales singularidades de las músicas de Cabo Verde: el intenso trasiego histórico por sus puertos fue dejando en las diez islas aspectos culturales de la metrópoli portuguesa, pero también pespuntes de músicas brasileñas y de ritmos africanos continentales. Con instrumentos acústicos como el cavaquinho, una suerte de guitarra de cuatro cuerdas que es prima hermana del timple canario y del ukelele y que terminó por complementar los sonidos más europeos del violín, el clarinete y el acordeón. La cosecha de esta hibridación, macerada como todos los buenos vinos, ha sido una música de profundo poder evocador, triste y contemplativa.

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En la antigua colonia portuguesa, que había sido descubierta por exploradores del reino luso a mediados del siglo XV y que muy pronto se ganó un lugar como puerto de aprovisionamiento en travesías transoceánicas, nació Cesária Évora el 27 de agosto de 1941. Como muchas otras mujeres del archipiélago menos desarrollado de África, la joven estaba llamada al duro trabajo doméstico, pero ella se rebeló contra la tradición social que, por entonces, separaba por clases a las personas de raza negra de la minoría selecta blanca que gozaba de cierta comodidad de medios para vivir. Marginada en su propia ciudad, Cesária Évora optó por salir a cantar cada noche para tratar de ganarse la vida en tabernas marineras de mala muerte que años atrás abundaban en los arrabales del puerto de Mindelo, su ciudad natal en la isla de San Vicente. Su primer público fueron marineros, pescadores y navegantes varados en tierra de nadie, entre alcohol barato y mucha desesperación. Gentes, en fin, del escalafón más bajo de la sociedad isleña. Y allí fue donde emergió la morna, esa canción triste que se podría definir como el trasunto caboverdiano del fado portugués. Porque la morna es para los habitantes de Cabo Verde lo que el bolero y el son montuno son para Cuba, el tango para Argentina y el flamenco para España. La sincera banda sonora del pueblo, de sus días de pena y de contadas alegrías efímeras.

Entre morna triste, mucha bebida barata y malos humos tabernarios transcurría la vida convencional de Cesária Évora, hija de una cocinera ciega y de un músico aficionado. Hermana de cuatro invidentes. Criada en un monasterio de monjas donde aprendió a cocinar, lavar y planchar. Luego madre con diecisiete años de un marinero que la abandonó. Allí cantaba por unas monedas, por un trago de aguardiente o un paquete de cigarrillos, aunque a veces lograba entrar en los estudios de emisoras de radio locales, Radio Barlovento y Radio Clube de Mindelo, para grabar piezas de B. Leza, el principal compositor de mornas del archipiélago. Pero su suerte pronto iba a cambiar. A finales de los años ochenta su voz frágil, macerada por cada noche de tragos, llamó la atención de un operario del servicio de ferrocarriles portugués. José da Silva se convirtió entonces en su fiel amigo, en un apoyo clave para presentar la morna a las grandes audiencias del mundo entero. Y el resto, valga por una vez el tópico, ya es historia grande. Porque Cesária Évora deslumbró cuando viajó a París, tan descalza como vivía en su austero hogar de Mindelo, para presentar en concierto en 1988 las canciones de su primer álbum, La diva aux pieds nus. Y así se le conoció desde entonces, ella era “la diva de los pies desnudos”.

Cesaria Évora (live)

El enamoramiento del público francés, y poco después de la gran audiencia europea, fue inmediato, instantáneo. Y comenzaron a surgir comparaciones de altos vuelos: que si Edith Piaf, que si Amália Rodrigues, que si Billie Holiday… pero Cesária Évora era una cantante única, con una personalidad arrolladora y combativa. “Nunca he compartido mi casa con un hombre, siempre viví con mi mamá. Para mí estar con un hombre es como beber agua. Te enamoras, te embarazas y ya. Me sorprenden las mujeres que permiten que los hombres las hagan sufrir sin hacerlas felices. No entiendo que sigan ahí, que se queden con ellos. No, no, yo no tengo paciencia para soportar a quien no me trata bien”, repetía en sus entrevistas, “pero lo que canto no es mi sufrimiento sino el de las personas que escribieron estas músicas”. Y con esas canciones ella conquistó teatros del mundo entero hasta su fallecimiento hace dos años. Atrás queda su discografía extraordinaria, canciones como Sodade, que ya está en la memoria colectiva de Cabo Verde, su pasaporte diplomático como embajadora cultural del pequeño país atlántico y su estampa amable de una señora que había comenzado a cantar descalza en las tabernas para denunciar la marginación racista que, durante muchos años, demasiados, impidió caminar por las aceras a los caboverdianos que no tenían dinero ni para comprar un par de zapatos.

Casas de Mindelo

Pasear por la historia de Cesária Évora, a quien sus compatriotas llamaban con cariño sincero Cizé, es también recorrer la ciudad de Mindelo. Situada en la isla de San Vicente, séptima en extensión de las nueve habitadas del archipiélago y capital cultural del país, la población está vinculada a su puerto y al histórico trasiego de barcos en las rutas comerciales hacia América y Asia. La intensa actividad portuaria tuvo su época de esplendor en la segunda mitad del siglo pasado y testimonio de ese auge es el patrimonio arquitectónico colonial que aún se conserva en un aceptable estado en el centro de la localidad. Allí, entre calles empedradas con sabor añejo, se puede visitar el antiguo Palacio del Gobernador, renombrado como Palacio del Pueblo a partir de la independencia de Portugal en 1975, y el Liceo Nacional Infante Henrique, construido en 1917 y ahora Escuela Jorge Barbosa en honor del poeta autor de Archipiélago, hito de las letras insulares. También se puede visitar el histórico colegio infantil Lar de Nhô Djunga, la Iglesia Mayor, el Fortín del Rey, el edificio más antiguo de la ciudad, y una retrospectiva del artista João Cleofas Martins, pionero del retrato fotográfico en Mindelo. Y para los amantes de la música, la luna llena del 21 de agosto iluminará el festival anual que se celebra en la bahía de las Gatas.

Publicado en la revista NT en agosto de 2013