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Para dormir mil y una noches en un riad de Marrakech

2 Ago

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por Carlos Fuentes

Dormir como un sultán en un palacete tradicional con encanto. Es una oferta difícil de rechazar para garantizar un turismo con calidad y sentido histórico. Y en Marrakech, la gran ciudad del sur Marruecos, el sueño de las mil y una noches es posible si se opta por residir en uno de sus riads. Añejas casonas que atestiguan el devenir del tiempo por la medina de una ciudad de pasado imperial y que ahora brilla como Patrimonio de la Humanidad.

Con sus diez largos siglos de historia, Marrakech destaca entre las ciudades del norte de África como un gran destino, accesible y cercano, hacia un primer viaje al exotismo y a los sabores tradicionales de esta esquina del continente. Palacios, mezquitas, zocos y museos trufan sus callejuelas añejas, siempre repletas de vecinos y viajeros, comerciantes y turistas. Siempre alrededor de la legendaria plaza Jemaa el-Fnaa, epicentro de la vida en este rincón tranquilo del mundo. Junto a la esbelta torre de ladrillo rojo de la mezquita de la Kutubía, hermana de la Giralda sevillana, donde es tradición ese deporte tan viajero que es sentarse con un té a la menta a ver la vida pasar. Marrakech, fundada por los almorávides en 1062. De aquí salió el nombre de un país, Marruecos. Una de las cuatro ciudades imperiales marroquíes junto a Rabat, Fez y Meknés. Y también el principal destino nacional por su oferta de turismo, ocio y comercio.

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La gama de alojamientos turísticos en la ciudad de Marrakech es todo lo amplia que usted pueda imaginar. El visitante puede optar por disfrutar del servicio y el entorno tranquilo de hoteles de leyenda como La Mamounia. Ya una institución por su historia: construido en el año 1922 y con un estilo híbrido entre rasgos tradicionales y europeo art decó, este hotel ha recibido a numerosos visitantes ilustres. Políticos como Charles de Gaulle, Ronald Reagan o Nelson Mandela y presidentes en tiempos de guerra como el premier británico Winston Churchill y el norteamericano Theodore Roosevelt, que se reunieron aquí a comienzos de 1943 para estudiar la estrategia aliada en la Segunda Guerra Mundial. También las habitaciones de La Mamounia han recibido a personajes emblemáticos del mundo del cine como la actriz alemana Marlene Dietrich, quien rodó aquí varias escenas de la película Morocco bajo la dirección de Josef von Sternberg. Otro mito del cine de todos los tiempos, el director Alfred Hitchcock, residió en una de sus suites durante el rodaje marroquí de El hombre que sabía demasido.

MamouniaRodeado por recuerdos de tiempos mejores que mezclan el cine con la moda del diseñador francés Yves Saint Laurent, que fue vecino de Marrakech y legó a la ciudad su magnífica casa-jardín azul llamada Majorelle, ahora abierta al visitante como oferta de paseo relajado, el turista también puede apostar por imprimir un toque tradicional a su estancia, no menos tranquila ni relajada, en la ciudad roja. Y nada mejor que un riad para experimentar cómo se vivía en la medina antigua de Marrakech. Levantados sobre añejos edificios de adobe y madera, los riads son residencias tradicionales que se extienden en los barrios más antiguos de las grandes ciudades del norte de África. En Marruecos son numerosos en ciudades como Marrakech, Essaouira, Fez y Meknés. Desde el exterior, una de las principales características de todo riad es la modestia de su aspecto, su capacidad para pasar casi desapercibido entre el trasiego cotidiano por callejuelas y plazas que parecen no tener fin. Pero la primera impresión no es más que un espejismo. De puertas adentro, la vida del riad se desarrolla en torno a sus patios ajardinados donde el agua, fuente de frescor donde habita el desierto, invita a conocer la afamada hospitalidad de la casa árabe. Porque en ciudades como Marrakech son estas viejas casonas tradicionales depositarias de los secretos de la vida cotidiana de los marroquíes, sus rituales diarios, con el aroma de la menta recién cortada y una sugerente invitación a su rica cocina de sopas, carnes, pescados y verdura. Con postre de hojaldre, pistacho y miel.

Rescatados del paso del tiempo, algunos edificios con más de un siglo de viva historia por haber sido propiedad de familias de la aristocracia y la nobleza de Marruecos, los riads se ofrecen ahora como una posibilidad de alojamiento con la comodidad propia de un establecimiento moderno. Y con la ventaja habitual de estar ubicados en el corazón de la ciudad vieja, casi siempre a tiro de piedra de la frenética actividad del zoco. Es el caso de Marrakech, donde un recorrido a espaldas de la plaza Jemaa el-Fnaa permite elegir destino para una estancia con plenas garantías en riads de alto rango como La Sultana. Situado en plena kasbah de Marrakech, junto a las tumbas de los príncipes saadíes del siglo XVI (aunque descubiertas en 1917) y a diez minutos de paseo hasta la gran plaza, este riad con encanto se distingue por el lujo, los servicios y el buen gusto. Con una treintena de habitaciones, piscina interior y baño árabe propio, La Sultana ofrece al huésped unas vistas estupendas desde su azotea sobre la medina, un punto de encuentro para compartir las excursiones urbanas por Marrakech.

Jemaa el-Fnaa

Otro palacete árabe que ha sido reconvertido con éxito en establecimiento para el uso turístico es el riad Enija. Situado a la derecha de la plaza Jemaa el-Fnaa y rodeado de la actividad moderada del barrio Derb Tabachi, este hotel ocupa la residencia que fue del rey Kaid, aunque a finales del siglo XIX fue adquirido por una rica familia de comerciantes de telas procedente del norte del país. En sus habitaciones reina la tranquilidad y el esmero por cada detalle del servicio, casi siempre paseando entre joyas patrimoniales de la arquitectura, la historia y las bellas artes del gran país magrebí. Más cercano al mundo contemporáneo, y no es casualidad que esté situado a apenas dos callejuelas de la gran plaza, el riad Jnane Mogador ofrece una estancia cómoda, moderada en relación a la calidad y el precio, pero sobre todo muy bien situada para el viajero que guste de transitar sin desmayo todos los rincones del gran zoco de Marrakech. Sus habitaciones, austeras pero decoradas con gusto y cierto toque tradicional, son un buen recurso cercano para ir y volver al hotel, dejar las compras, y regresar a la plaza en busca de un vaso fresco de jugo de naranjas recién exprimidas.

Enfocado al gusto de los más pequeños de la casa, aunque quizá los mayores encuentren en Marrakech al niño que llevan dentro, el riad Abracadabra ofrece un establecimiento regentado por una pareja española en el corazón del zoco de la ciudad imperial del sur de Marruecos. También situado en el barrio Derb Tabachi, muy cerca del emblemático Café de France, donde es una costumbre obligada disfrutar de la puesta de sol sobre la Kutubía con un té con menta en la mano, este renovado riad ha buscado en la imaginación su seña de identidad para distinguirse del resto de establecimientos hoteleros en la parte antigua de Marrakech. Sus habitaciones llevan nombres tan sugerentes como Merlin, Oz, Aladin e incluso hasta Harry Potter tiene una suite a su nombre, y también los servicios ofrecen desde un baño refrescante en la piscina de la azotea como la posibilidad de almuerzo y cena en su restaurante temático. Con todo, este riad viene a redondear la amplia oferta de alojamiento con encanto en el corazón de uno de los destinos más atractivos, sugerentes y amables del norte de África.

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¿Cómo elegir un riad para vivir Marrakech?

Entre la abundante oferta de alojamientos que posee la ciudad de Marrakech, desde el austero hostal de mochileros hasta el lujo exótico de hoteles que más bien parecen palacios, los riads continúan aumentando su cuota de mercado en el turismo de esta ciudad roja del sur de Marruecos. ¿Pero cómo se valora un riad? ¿Cómo elegir una casona tradicional árabe que se ajuste a nuestras necesidades? Conviene primero saber que los riads se valoran en función no sólo de los servicios que ofrecen al visitante, ya que sus características físicas, su arquitectura y el estilo de sus estancias y mobiliario también son factores de importancia a la hora de llamar la atención del viajero. Debido a que este tipo de casas sufrió el abandono durante décadas, sobre todo cuando a mediados del siglo pasado las familias más pudientes optaron por trasladar su residencia a las partes de nueva construcción en la ciudad, son muy valorados los riads que han logrado recuperar y poner en valor parte del diseño arquitectónico de la edificación original realizada en estucos de yeso, maderas de mil colores y azulejos o mosaicos de cerámica tradicional. También destacan por puertas fabricadas a mano en talleres artesanales con maderas nobles. La entrada a un mundo de tranquilidad, de vida intramuros, para conocer la esencia de un país. 

Publicado en la revista NT en mayo de 2014

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Morir en el centro del mundo

7 Abr

Jemaa el-Fna Marrakech

Por Carlos Fuentes

Si en África la vida es la calle, Yemaa El Fna es el salón de Marraquech. Y por aquí desfila el trasiego cotidiano del millón de vecinos de la ciudad matriz de este país que una vez fue imperio. Plantada en el siglo XI, esta plaza con forma de flecha acoge cada día una metamorfosis infinita: amanece con aromas de té verde y ruido de venta ambulante, gangocheros de menta y limón, zumos de clementinas recién exprimidas, pero también fulleros con dentaduras postizas de segunda boca y encantadores de cobras drogadas. El mediodía es la hora de los vivos: guías de ocasión que buscan turistas de euro fácil, extranjeros temerosos de entrar solos en el avispero del zoco. Pero si el miedo es gratis, se regatea al doblar la esquina. No hay que temer al moro amigo; no engaña más allá de la triquiñuela de ocasión. Botellas de Orange Crush que no están frescas, aunque sonría el fresco detrás del mostrador. Y luego lo contará, feliz, a sus compinches, cigarrillo de quif a pachas, mientras aguarda la puesta de sol.

No hay ocaso como el de Yemaa El Fna, apenas comparable con el que luego vimos en la plaza Naghsh-i Jahan de Isfahán. Luz trémula que abre las noches para el aterrizaje de carromatos que trocan en parrillas con corderos al carbón, bandejas con pastela de carne de pichón y dulce baklava de pistacho con miel de azahar. Es la fiesta del final de cada día, que el turista bebe a sorbos desde la terraza del Café de France o en el martirizado restaurante Argana, a los pies de la intangible Kutubía. Los más listos, con una cerveza helada en el Hotel du Tazi, entre flores secas y flirteos de sexos iguales. Volveremos a Marraquech, quizá mañana, para ver la vida más viva. Para escuchar el eco de las letanías del repentista de halqa y celebrar que aún estamos vivos. Aunque pueda venir, escondido y cobarde, un abyecto a intentar matarnos en el centro del mundo.

Publicado en el periódico Diario de Avisos en abril de 2011

El Aaiún, recuerdos añejos entre el mar y el desierto

8 Mar

Barcas en El Aaiún

Por Carlos Fuentes

Principal ciudad a las puertas del desierto, El Aaiún concita historias de leyenda maceradas durante siglos y recuerdos del tiempo de la colonia española. Pero la capital del Sáhara Occidental no sólo vive de nostalgia. En El Aaiún surge ahora una oferta creciente para hacer turismo de naturaleza, ocio y posibilidades comerciales. Con un clima que esquiva el frío junto al océano Atlántico, para disfrutar de un viaje a este balcón sobre el Sáhara.

“¿Y tú, hermano, desvélame cuál es tu tierra de origen, cubierta como está por un abigarrado manto verde?”. Se lo preguntó el noble saharaui Ma al-Aynayn a un paisano originario del Sáhara Occidental durante su viaje de peregrinación a la Meca en el siglo XIX. Desde entonces, incluso antes, este vasto territorio que se encuentra al sur de Marruecos ha concitado el interés de muchos viajeros africanos y extranjeros. Su capital, El Aaiún, ha sido testigo del paso constante de caravanas comerciales, de ejércitos y aventureros. Pero hoy El Aaiún es más que recuerdos de un asunto en litigio: la capital saharaui ofrece al viajero paseos por su historia y también oportunidades para visitar áreas naturales.

Mercado de El AaiúnUna ciudad africana que tiene nombre de agua. La denominación El Aaiún es el término fonético llevado al español de la palabra árabe al-‘ayyūn, que significa “manantial”. Surge de la existencia y explotación en tiempos antiguos de una proliferación de pequeños arroyos y charcas de agua dulce en torno al lugar en el que hoy está situada la capital del Sáhara Occidental, en el antiguo cauce de Saguia el Hamra. Aquí, a apenas trescientos kilómetros de Las Palmas de Gran Canaria y a unos mil ochocientos de Dakar, la primera gran capital del África negra, El Aaiún tiene hoy unos doscientos mil habitantes que en su mayoría se dedican a las tareas comerciales, a la pesca, la agricultura y al trabajo en la explotación de recursos minerales en yacimientos de fosfatos. Hermanada con las ciudades españolas de Almería, Málaga y Avilés, también con Caracas (Venezuela), la añeja capital del Sáhara Occidental es actualmente lugar de paso para el trasiego continuo de mercancías entre las zonas ribereñas del Magreb y la vecina Mauritania.

Iglesia católica de El AaiúnUna visita a la veterana ciudad capital del Sáhara Occidental permite ahora recordar, inevitablemente, que El Aaiún fue también la principal ciudad de la antigua colonia española, cuando las tierras saharauis constituyeron la provincia número 53 del reino de España. Aunque la historia de El Aaiún es más antigua. Mucho antes, en 1476, había sido el noble Diego García de Herrera, con dominios en la isla de Lanzarote, el responsable de la primera construcción: un pequeño fuerte que bautizó Santa Cruz de la Mar Pequeña. Siglos después, en 1860, la victoria española en el norte de Marruecos permitió el reconocimiento del dominio en estos territorios del Sáhara Occidental. Ya en 1934 el español Antonio de Oro, un explorador natural de Tetúan que llegó a la zona como comandante del ejército junto al capitán Galo Bullón, se adentró en el interior de la región, levantó un fuerte militar y cuatro años después, en 1938, oficializó la fundación de la ciudad. Este asentamiento español en El Aaiún consolidó los dominios logrados años atrás a lo largo de la costa norteafricana. En 1916 tropas españolas se asentaron en el puerto norte de Cabo Juby (actual Tarfaya) y en 1920 llegaron a la costa sur de La Güera, a través de 940 kilómetros de litoral saharaui, junto a la frontera sur con Mauritania. El pionero Antonio de Oro, por cierto, publicó en 1949 un divertido cuento sobre la reunión de saharauis y españoles en el Sáhara titulado El hombre del norte y el hombre del sur.

Vendedores de fruta en El Aaiún (foto cf)Desde entonces, la zona disfrutó de un desarrollo incipiente hasta que a finales de los años sesenta llegó el cambio. A raíz de los Acuerdos de Madrid que la última dictadura firmó con el rey de Marruecos en noviembre de 1975, la región de El Aaiún, y por extensión la mayor parte de territorios del Sáhara Occidental, se encuentra bajo administración marroquí. Aunque varias huellas de la última presencia española aún dibujan en la ciudad una suerte de ruta nostálgica por la antigua colonia, donde los automóviles llevaban matrícula con las letras SH (en 1971 se homologó la numeración con el resto del país) y eran conducidos por personas con documento nacional de identidad español. Para recordar esos tiempos, el paseo puede empezar en la parte alta de El Aaiún, donde se mantiene aún en funcionamiento el Hotel Parador, instalado en lo que hasta noviembre de 1975 fue Parador Nacional de Turismo. Cerca quedan el Palacio de Congresos, la Oficina Regional de Turismo y el mercado de los artesanos. En el otro lado de la balanza, el antiguo cine Las Dunas no tuvo tanta suerte: su fachada de leve aire modernista espera reforma improbable. En su taquilla desvencijada se citaron durante años novios y amigos para disfrutar de una de las pocas ofertas de ocio en la antigua provincia africana. En las cercanías también destacan la plaza principal de la ciudad vieja, en la actualidad sede del gobierno provincial, y la iglesia católica de El Aaiún, una de las misiones de fe cristiana más antiguas de África y en la que aún se puede asistir a los cultos.

Playa de El Aaiún (foto cf)Con menos historia, pero también situado en el casco histórico de El Aaiún, el bulevar Lala Al Yaqout alberga un gimnasio dotado de una casa de baños (hamman) en una calle que tuvo acento canario. Hasta finales de los años setenta, esta calle albergó el único terrero deportivo en el que se practicaba la lucha canaria en El Aaiún. Ahora los más jóvenes prefieren el fútbol. El primer club deportivo de la ciudad es el Jeunesse Sportive El Massira, fundado en 1977 y que en recientes temporadas ha participado en la liga Botola, la primera división del balompié marroquí. Sus partidos se juegan en el estadio Sheikh Mohamed Laghdaf, con capacidad para veinte mil personas. Para los aficionados a la naturaleza y a los deportes al aire libre, las condiciones climáticas de la región de El Aaiún (clima muy seco, en especial los meses de verano) permiten visitar todo el año zonas de gran interés para amantes de los animales y la vegetación del desierto. A campo abierto pueden ser avistados ejemplares de hubara, gacela, dromedario y reptiles. Tras la excursión, para reponer fuerzas, la gastronomía tradicional está basada en cuscús, tajine, verduras, quesos y carnes de cabra y camello. Su oferta se extiende en restaurantes situados en las principales avenidas del casco central de la ciudad, aunque el puerto de El Aaiún ofrece la posibilidad de degustar pescado fresco y, de paso, contemplar una de las iglesias más pequeñas del planeta. Quizá antes de planificar el regreso desde el aeropuerto Hassan I, que conecta con Canarias y las principales ciudades de Marruecos.

El último paraíso de la foca monje

Foca monjeEn las aguas atlánticas del Sáhara Occidental todavía se conserva una de las escasas colonias de focas monje del mundo. Curioso animal este mamífero: catalogado en 1822 por el naturalista escocés John Fleming, el origen de la especie se data más allá del periodo Pleistoceno y su primera cita histórica se halla en las páginas de la épica Odisea de Homero. Amenazada por la imparable caza abusiva durante varios siglos (hace más de diez mil años ya se utilizaban como fuente de carne, piel, huesos y grasa), en la actualidad se calcula que la población total mundial de este mamífero no supera los quinientos ejemplares. Y de ellos, unos doscientos habitan las aguas próximas a la península de Cabo Blanco, junto a la frontera con Mauritania. En sus tiempos de mayor expansión, la foca monje abundaba en el Mediterráneo y en otras zonas del Atlántico norteafricano como las islas de Cabo Verde. En las Islas Canarias su presencia frecuente en las aguas de las dos islas más orientales puso nombre al islote de Lobos. También en las islas Chafarinas, situadas al sur del Mediterráneo occidental, pueden ser avistados algunos ejemplares de este animal que ahora lucha por su supervivencia con la ayuda de especialistas africanos y europeos.

Publicado en la revista NT en marzo de 2012

Casablanca: una ciudad entre la leyenda y la modernidad

9 Feb

Mezquita de Casablanca

Por Carlos Fuentes

No hay mayor atractivo para una ciudad que presentarse ante el visitante con una historia repleta de incógnitas por desvelar. Interrogantes de leyenda que incluso ponen en duda la fecha de fundación de la urbe antigua. Ocurre con Casablanca, la primera ciudad del reino de Marruecos por número de habitantes y principal capital económica del país magrebí.

Aún hoy no existe un consenso histórico absoluto sobre los orígenes de esta gran ciudad portuaria por cuyas aguas atlánticas pasaron romanos, fenicios, portugueses y españoles. Quince siglos después de la primera presencia del hombre en sus costas, Casablanca alberga actualmente a cuatro millones de habitantes que protagonizan una animada actividad urbana en torno a la economía, el comercio, el turismo y el ocio. Conviene, no obstante, conocer antes del viaje la historia del lugar. Las raíces de esta ciudad legendaria.

Puerta de HassanNo se sabe bien si fundada por los romanos como Anfa, como defendió en su día el legendario viajero Hassan al-Wazzan, conocido por el nombre cristiano de León el Africano, o por iniciativa de pobladores bereberes, como sostiene la tesis más aceptada, las primeras huellas fiables de Casablanca datan de 1468, cuando tropas portuguesas atacaron Anfa para evitar el saqueo de sus barcos por piratas. Durante el siglo siguiente, la ciudad cayó en un cierto olvido hasta que el sultán alauita Sidi Mohamed impulsó su resurgimiento a partir de la segunda mitad del siglo XVIII. Fue en ese momento histórico, con el dominio monárquico asentado, cuando la ciudad recobró el nombre original que los navegantes lusos habían dejado en el camino de sus vueltas al mundo: De “casa branca”, en portugués, a Casablanca, por una pequeña casamata de ese color que los marinos avistaban en el promontorio de la costa africana atlántica.

A medio camino de Fez y Marrakech, las ciudades imperiales que concentran el comercio histórico de pieles, cerámicas, platería y productos artesanales en Marruecos, Casablanca se ha visto favorecida por el apoyo decidido de la monarquía al asentamiento de negociantes y artesanos. Este proceso de crecimiento paulatino alcanzaría su reconocimiento internacional en 1912 con la construcción del primer gran puerto comercial de la era moderna en el país, hoy pulmón del comercio internacional marroquí. La inversión llamó al empleo y el trabajo hizo aumentar la población. Y el auge urbano se hizo notar en las nuevas construcciones: un paseo por la historia del urbanismo en Casablanca permite visitar las huellas modernistas propias de los años veinte, cuando en la ciudad trabajaban más arquitectos que en todo el país de Túnez, con marcadas influencias francesas; el estilo neomorisco de los años treinta, con la aparición de los primeros edificios de lujo, Levy Bendayon y Moretti-Milone, así como las villas edificadas en torno al barrio del Parque y el bulevar  Moulay Youssef. De los años cincuenta se mantienen en pie los aires de grandeza a la americana plasmados en la villa Sami Suissa, el edificio Liberté y la zona de Tit Mellil.

Casablanca Morocco

Atrás quedaron los tiempos de la administración colonial francesa, casi medio siglo, que comenzó como respuesta militar a una rebelión popular en 1907 y que concluyó con la independencia lograda en 1956. Entre medias, el nombre de Casablanca dio la vuelta al mundo en forma de película de éxito hecha en Hollywood y protagonizada por Humphrey Bogart e Ingrid Bergman. Y aunque realmente el largometraje dirigido por Michael Curtiz en 1942 no se rodó en esta ciudad del norte de Marruecos (y, por tanto, Bogart no se despidió, “creo que este es el principio de una gran amistad”, en el aeropuerto de Casablanca), la famosa trama de amor imposible entre los personajes de Rick Blaine e Ilsa Lund se desarrolla en el convulso periodo colonial del protectorado francés.

De vueltas a la realidad, con la nueva organización administrativa marroquí, a primeros de los años ochenta, la ciudad se convirtió en la capital de la wilaya denominada Gran Casablanca, que además de los ocho distritos de la ciudad titular incluye la prefectura vecina de Mohammedia y las provincias de Nouaceur y Mediouna. De la importancia nacional de este conglomerado de calles, avenidas e instalaciones industriales y comerciales queda reflejado en las estadísticas: la región de Casablanca abarca un tercio de la actividad empresarial de Marruecos, un 56% de la producción industrial y otro tercio de la actividad bancaria marroquí. Por sus dos puertos transitan actualmente exportaciones de productos textiles y de material electrónico, procesado de alimentos, pesca, marroquinería y elaboración de cigarros de marcas punteras, en un trasiego que supone más de la mitad de la actividad portuaria nacional.

Casablanca map

Hermanada con ciudades de la solera de Atenas, Alejandría, París, Estambul y Río de Janeiro, Casablanca ofrece al visitante una panoplia de actividades de ocio y de negocio. También algunas paradas estratégicas, como un paseo por el bulevar de la Corniche con destino a la imponente mezquita de Hassan II, con capacidad para acoger hasta cien mil personas durante el culto al amparo del minarete más alto del mundo, con 210 metros. La antigua catedral católica no desmerece la visita y el parque de la Liga Árabe ofrece un momento de paz entre el trasiego de un distrito a otro. Para los más interesados en la ciencia y el negocio está el moderno espacio Techno Park, el primer parque tecnológico del país que actualmente alberga a más de 130 empresas especializadas en el comercio electrónico, las nuevas tecnologías y el uso de energías renovables.

Publicado en la revista NT en febrero de 2013

Triángulo añejo al sur de Marruecos

16 Ene

naranjas

AGADIR-ESSAOUIRA-MARRAKECH

Por Carlos Fuentes

Los mapas del hombre marcan triángulos geográficos que la historia construye antes de que lleguen las carreteras, antes incluso de que el viajero dibuje su camino en el atlas. Entre las ciudades de Agadir, Marrakech y Essaouira late gran parte de la historia magrebí antigua de lo que hoy conocemos como el reino de Marruecos.

tiendaTierra abonada con cuentos ancestrales que conectan con el espíritu del sur en el país del noroeste africano, un recorrido intenso a través de estas tres grandes ciudades permite al viajero adentrarse en sus callejuelas añejas y sus mercados de vida vertiginosa, también visitar vetustos edificios religiosos y contemplar reliquias del pasado imperial, museos de lo antiguo. Un viaje cercano para hacer bueno aquel viejo refrán marroquí: “Mira dos veces para ver lo justo, pero no mires más que una vez para ver lo bello”.

Agadir surge renovada a los pies salados del océano Atlántico. La historia de esta ciudad, a 413 kilómetros al noreste de Lanzarote, está marcada por un día crucial. El 29 de febrero de 1960 un violento terremoto arrasó la ciudad antigua, cuyo nombre en lengua berebere significa pared y cuyos orígenes se sitúan en la presencia portuguesa en 1505. Aquella medianoche de 1960 hubo quince mil muertos, pero pronto surgió el deseo de reconstruir lo perdido. Mohamed V, el abuelo del rey actual, impulso el levantamiento de una ciudad nueva situada a dos kilómetros al sur de la antigua urbe, de la que apenas sobrevivió la kasbah. Es el Agadir de hoy, moderno y comercial, turístico y relajado. Con setecientos mil habitantes y un puerto deportivo al alcance de la mano. Conviene empezar la visita en el barrio nuevo de Talborjt, donde quedan a tiro el ayuntamiento y el mercado central. Un paseo urbano de media hora conduce a la primera línea de playa, verdadero epicentro en los días de sol en Agadir. Arenas doradas y centros náuticos ofrecen al visitante una panoplia de posibilidades para el ocio.

Jemaa El Fna (noche)

Los más interesados en la cultura tienen una ruta alternativa que pasa por el delicioso jardín de Olhão, recuerdo verde de la amistad entre Agadir y la ciudad portuguesa homónima. Con aires de jardín andaluz, ofrece un rato de sombra y tranquilidad al mediodía o, ya por la tarde, un bonito marco para la merienda. El cercano museo municipal, junto al bulevar de Mohamed V, exhibe piezas de arte sahariano de la colección del profesor holandés Bert Flint. A pocos metros al norte, en la avenida Moulay Abdallah, está la oficina de turismo y una buena parte de la oferta de alojamientos populares. Fuera de la ciudad, visitada ya la colina norte con las ruinas de la zona antigua, al sur de Agadir se encuentra la reserva natural del estuario de Oued Souss, que además de dar nombre a toda la provincia ofrece un buen lugar para el avistamiento de aves silvestres.

PastelesPara viajar por carretera hacia Marrakech la opción más cómoda y rápida es la autopista interior (245 kilómetros), pero sin duda es más interesante subir 173 kilómetros por la carretera litoral que enlaza Agadir con la ciudad monumento de Essaouira. Otro vestigio de los días pasados, las huellas de la historia en Essaouira contemplan el trasiego de navegantes cartagineses en el siglo V antes de Cristo, la llegada de los portugueses (que sentaron aquí sus reales en pleno siglo XVI dando a la zona el nombre de Mogador), el ataque y posterior dominio colonial de Francia y, ya en 1956, la conquista de la independencia. Aromas de historia antigua que laten en añejas fortificaciones portuguesas que coronan el frente marítimo de esta ciudad de setenta mil habitantes. Essaouira, “la bien diseñada”. Nombre acertado que comprenderá el viajero cuando visite tesoros urbanos como añejos edificios consulares de Portugal, Gran Bretaña, Francia y Holanda, el cementerio judío, el museo de Sidi Mohammed ben Abdallah, fundador de la ciudad, y el puerto militar, cuya construcción se atribuye a uno de los personajes legendarios que han pasado por Essaouira. El renegado cristiano Ahmed el Inglizi, que a finales del siglo XVIII trabajó para el sultán Abdallah, como también lo hizo el militar francés Théodore Cornut, quizá el verdadero artífice del orden urbano de lo que hoy es la ciudad.

TDe espaldas al Atlántico, la salida de Essaouira toma la carretera nacional para recorrer 167 kilómetros hacia el interior con destino a Marrakech. Pocos sitios están a la altura del mito como esta ciudad legendaria fundada en el año 1062 de la que tomó su nombre el país marroquí. Nucleada en torno a la gran plaza de Jemaa el-Fnaa, verdadero centro neurálgico de la vida social, comercial y de ocio. Aquí está el gran zoco, donde el visitante puede encontrar artesanía y platería, especias aromáticas y dátiles frescos llegados de las plantaciones del interior. También buenas terrazas para tomar un té verde mientras el sol cae a la espalda de la mezquita de Koutubia, cuyo minarete de 77 metros de altura es contemporáneo de la Giralda de Sevilla. Las murallas de la ciudad antigua, fabricadas con adobe rojo, reúnen otros vestigios del paso del tiempo como el antiguo barrio judío, las puertas reales y los palacios Real, Badi y Bahia. Más reciente, con un paseo urbano, es el Jardín Majorelle, diseñado por el artista francés Jacques Majorelle y luego residencia de invierno del diseñador Yves Saint Laurent. Buen lugar de solaz, entre flores, cactus, bambúes cimbreantes y una singular casa pintada de azul para cerrar un apresurado paseo histórico por tres ciudades emblemáticas de Marruecos.

Jemaa el-Fnaa (plaza)

Marrakech de noche: del cine al baile

Joya de la corona marroquí, una de las cuatro ciudades imperiales junto a Fez, Meknés y Rabat, la importancia histórica de Marrakech queda reflejada, entre otros datos, en su hermanamiento con solo tres ciudades en todo el planeta: Tombuctú (Malí), Marsella (Francia) y la española Granada. Sitios de historias míticas que, en el caso de Marrakech, viene evolucionando en los últimos años hacia el diseño de nuevas atracciones culturales y de ocio nocturno para el visitante. Además de los imprescindibles paseos por sus zocos y palacios, por mezquitas y jardines, Marrakech atesora una interesante vida cultural que tiene su faro mayor en el festival internacional de cine, cada primera semana de diciembre. Para visitas en otras fechas conviene consultar la programación del Instituto Cervantes, el Instituto Francés, los centros de arte Dar Al Ma’Mûn y Dar Takafa, el teatro real y la fundación Dar Bellarj. Para los más animados, el portal Made in Marrakech ofrece amplia información sobre restaurantes, bares, discotecas y cabarés en la ciudad que siempre mira a la plaza Jemaa el-Fnaa.

Publicado en la revista NT en enero de 2013