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Rubén Blades: “Escribes canciones sobre asuntos difíciles, pero la música se hace fuerte y te respetan”

23 Jun

por Carlos Fuentes

Ha pasado un cuarto de siglo desde que entregó su obra maestra, Buscando América, pero el notario mayor del barrio latino no ha perdido su olfato de francotirador. Ministro de Turismo de Panamá hasta el próximo 1 de julio de 2009, Rubén Blades afila su verbo fotográfico, dispara palabras en tiempo real, rearma su conciencia y prepara disco nuevo. Mucho queda todavía de aquel chico audaz que pasó de mozo de almacén a capitanear la primera división de la salsa.

Vocero cronista de la vecindad, Rubén Blades Bellido de Luna (Ciudad de Panamá, 1948) trasciende con creces el rol de músico, cantautor o como usted quiera llamarlo. Compositor de largo recorrido, abogado y actor, luego político y ahora ministro, concita admiración y respeto por su capacidad probada para pergeñar con canciones el mapa social y emocional de América Latina.

Después de cuatro años de retiro voluntario tras ser nombrado ministro de Turismo por el nuevo presidente panameño, el socialdemócrata Martín Torrijos Espino, Rubén Blades regresó por un rato a los escenarios españoles con el grupo Son de Tikizia. En una suerte de ensayo general de su retorno a la música, el cine y el teatro, el cronista mayor de América Latina afirma que la política le ha permitido crecer como persona y ampliar puntos de vista sobre el futuro del pueblo latinoamericano. “Me ha hecho mejor ciudadano, mejor ser humano, más solidario, menos egoísta, más paciente”. Pero el músico que lleva dentro se rebela: “Cuando vuelva a escribir lo haré con la honestidad de siempre”.

No es fácil ser Rubén Blades, por tiempos alternos músico, actor o político. A mitad de los años ochenta, cuando el cantante panameño entregó su trilogía mayor –Buscando América (1984), Escenas (1985) y Agua de luna (1987)– quince dictadores regían todavía los destinos de otros tantos países latinoamericanos. Él ya había completado su grabación primera con la orquesta de Pete Rodríguez, el disco De Panamá a Nueva York (1970). Cinco años después se graduó abogado en Panamá y en 1973, con su familia de raíces británicas y colombianas, se exilió en Estados Unidos lejos del tirano Noriega.

Desde entonces, y hasta la reconciliación con Panamá en 2004, Rubén Blades grabó una veintena de discos propios y cantó en otros tantos álbumes ajenos: de Willie Colón y Cheo Feliciano a Paul Simon y Calle 13, de Sting a Los Lobos, de Héctor Lavoe a Los Fabulosos Cadillacs. También formó parte durante una década, en los gloriosos años setenta, de la poderosa alineación de la Fania All Stars. Cuando todos los focos del universo latino iluminaban a la salsa.

Gorra calada, apenas camiseta y tejanos (“nadie me ha sabido explicar para qué sirve una corbata, salvo para que te ahorquen con ella”), Rubén Blades toma asiento y retira un cartel postizo que anuncia al ministro de Panamá. Él mismo lo explica (“tengo una licencia de tres semanas sin sueldo y una de vacaciones”), así que quien ahora empieza a hablar es el músico. Será una charla a tres tandas en dos semanas, en persona, ampliada por correo electrónico y, al final, con varias reflexiones extraídas de su bitácora digital, El Show de Rubén Blades.

¿Cómo interpreta hoy el mensaje del disco Buscando América? ¿Siguen vigentes los problemas que denunció en 1984? “Todavía tenemos mucho que hacer para producir gobiernos eficientes y respuestas claras para la población, desde la salud hasta la educación. Y la vigilancia para impedir el regreso de los abusos contra los derechos humanos no puede ser suspendida. La posibilidad de que cometamos los mismos errores se verá limitada solo a través de una continua y consistente participación civil”, explica el autor de Desapariciones, una de esas canciones emblema que resumió los sangrientos años de plomo en América.

Porque Rubén Blades no baja la guardia, reivindica su vocación política en Panamá (“fundé un partido independiente y participé como candidato presidencial planteando respuestas fuera de la partidocracia tradicional y las propuestas ideológicas de siempre”) y reconoce ya algunos beneficios tangibles. “Uno de mis defectos es la impaciencia. Decido algo y lo hago. Pero en la administración pública no es así, hay esquemas estúpidos, y ahora tengo un mayor nivel de paciencia, que es algo que ayuda no cometer equivocaciones”.

De un reto actual, la emigración, la voz del político ayuda a moldear la posición del músico. ¿Qué opina de la directiva de la vergüenza aprobada por la Unión Europea para controlar a los trabajadores extranjeros? “Todos los países tienen derecho a una política de desarrollo de la emigración. Hay que considerar la capacidad de carga”, reflexiona Rubén Blades. “Acá será cuestión de decidir cómo se responde, pero no se debe fundamentar una política migratoria en función de raza, sexo o procedencia. No es lo que se espera de una sociedad”.

Compositor de referencia de lo que se vino a acuñar como salsa intelectual, Rubén Blades rebosa compromiso social. No vende sueños, él es la calle. Y domina como pocos la jerga del barrio, aunque este recurso literario no es más que el medio propio de expresión que busca un fin. “Escribes sobre temas difíciles que logran que las personas se sientan menos solas. La música se hace fuerte y entonces te respetan, son argumentos honestos”, arguye el ganador de seis premios Grammy. “Nunca sé cuándo voy a escribir. Imagino que el proceso es súbito. Y ese proceso no es como sentarse a hacer zapatos. Muchas canciones de contenido social las escribí porque me sentí indignado por cosas que veía. Es como el bolero: se escriben boleros cuando el amor comienza y cuando el amor termina. No hay boleros en el medio porque a nadie le importa. Es la pasión del inicio y el dolor, la miseria, del final del amor. Nadie escribe del medio”.

De entre todas sus canciones a tumba abierta cita Cuentas del alma. “La mujer latinoamericana nunca ha sido reconocida en su aporte al desarrollo del hogar, y tampoco en términos emocionales ni espirituales. Porque la mujer, en general, por la condición machista de nuestra sociedad, aunque va cambiando, no llega a desarrollar todo su potencial. No le dan las oportunidades que merece”.

Observador afilado de voces que están a la vuelta de la esquina, Rubén Blades valora la influencia de la salsa en el gran pueblo latinoamericano, aunque matiza un pronóstico sobre su porvenir. “La salsa va a ser redescubierta porque su futuro ya no se escucha solo en el Caribe. Y continuará siempre al ser un género con mucha vitalidad y energía, y con un baile tan físico. Ya se sabe: baile de lejos, baile de pendejos. La salsa está bien, gracias”, dice con sonrisa de medio lado.

¿Y formar parte del gran negocio de la música es bueno para que no se perviertan los mensajes? “¿Y cuál es el gran negocio?”, se pregunta en voz alta. “En el mundo de la música lo usual es que los piratas se lucren ilegalmente con nuestras canciones, con el apoyo de quienes no entienden que no es correcto”. Pero viéndolo en la política, en el dinero, uno teme que aquel francotirador del barrio haya desaparecido. ¿No se habrá convertido usted en un muchacho plástico? “Es equivocado asumir que todos los que entramos al servicio público estamos en el dinero. Es totalmente falso y forma parte de esos mitos que algunos intereses, apoyados en la ignorancia y la ausencia de criterios, pretenden crear alrededor de toda persona en la gestión política. Imagino que lo preguntas para provocarme. A mis sesenta años, ¿cómo voy a ser un muchacho plástico?”.

Aunque el vate panameño anuncie un “redescubrimiento” de la salsa más allá de las fronteras hispanoparlantes, por ahora a nivel comercial mandan el pop latino más accesible y el rescate de viejas grabaciones de la época dorada de la música latina en Nueva York. Incluso Rubén Blades está regrabando ahora sus discos antiguos para recuperar el control total sobre su obra músical de largo recorrido. ¿Queda por aparecer algo tan bonito y sabroso como las músicas populares de los años setenta y ochenta en América Latina? “Cada generación produce éxitos y fracasos. No sé qué se presentará en el futuro, pero imagino que se producirá atendiendo a las circunstancias y a las realidades que definen su momento. Es inútil tratar de repetir tiempos pasados bajo condiciones pasadas”, reflexiona el veterano músico panameño. “Cada generación brinda su punto de vista. Cada cual vive su momento y reacciona de acuerdo al entorno”.

Quizás por eso, audaz, Rubén Blades contempla el hip hop y el reggaetón como ágiles lenguajes musicales de los tiempos que corren. El producto urbano de décadas de influencias culturales y musicales entre los dos lados de América. ¿Tendrán estas nuevas músicas latinas urbanas un recorrido y una autoridad más allá de la explosión popular actual? “Cada generación interpreta la realidad de acuerdo a sus condiciones y capacidades. No sé qué va a pasar con eso. Acabo de colaborar con el grupo Calle 13 en su reciente disco, en una pieza sobre el barrio de La Perla, en San Juan de Puerto Rico. Es música urbana, es arte urbano. Si tiene o no calidad sostenible que haga que el género sobreviva a la moda, el tiempo lo dirá. Y las futuras generaciones lo defenderán o lo olvidarán”.

Novedades aparte, Rubén Blades también asume que los días que se van no vuelven (“hay que usar el tiempo y usarlo viciosamente. Soy consciente del paso del tiempo y de que me quedan muchas cosas por hacer”) y ya planea nuevos retos para el día después que deje de ser ministro: “Hacer más cine, dirigir teatro y escribir sobre mi experiencia como latino en Estados Unidos. Y comenzaré mi reinserción en la música y en el cine, que es mi trabajo”. ¿Cómo le gustaría ser recordado para la posteridad? “No me detengo a definir la forma en que seré recordado. Eso sería una vana necedad. Sobre cuál ha sido mi aporte, ese es un asunto que habrán de definirlo quienes sepan qué fue lo que hice”. ¿Y le produce nervios la perspectiva de volver en 2009? “Tendía dudas porque cantar es un ejercicio físico que depende del diafragma, que sabemos que es un músculo. Y porque para un artista parar cuatro años es como dar un beso a la muerte”.

Tiempo antes de que a Thom Yorke se le iluminara la bombilla digital, Rubén Blades ya había experimentado con la venta de su música a través de Internet. En 2003 el panameño colgó unas cuantas canciones y espero reacciones. El invento no funcionó del todo, pero el autor de Siembra (1978) y Maestra Vida (1980), que ya ha participado en una treintena de discos grandes que se publicaron en ocho sellos distintos, no renuncia a las posibilidades del mercado gigante de la era digital. “Si de mí dependiera, el sistema sería colgar los discos en Internet y que la gente mandase al artista el dinero que cree que vale el disco. Siendo serios, sospecho que muy pocos se tomarían la molestia”.

El éxito efímero del disco de Radiohead In Rainbows (2007) vendría luego a darle la razón. Y ahora, ¿qué retos plantean las descargas para garantizar el futuro de las nuevas generaciones de autores? “El reto mayor será cómo mantener la vigencia del producto creativo, a nivel comercial, con tanta oferta que hay en todo el mundo”, admite el músico panameño. “Tiene que darse un nivel de calidad excepcional y consistente para sobrevivir en un mundo tan competitivo como el que plantea mercadear producto por Internet”.

Sabe Rubén Blades que la música no cotiza al alza en la red, pero prefiere agarrarse a estos aprovechamientos nuevos. Al rescate, por ejemplo, de lustrosas grabaciones de antaño. En El Show de Rubén Blades (cómo no, solo en Internet), el cronista de ex señoritas que no saben qué hacer, el creador del Quijote del Harlem, hizo recuento de algunos de sus discos latinos favoritos. A saber: Steppin’ Out (1963), de Joe Cuba Sextette; Jala Jala y Boogaloo (1967), de Ricardo Ray; la canción Perfume de rosa, de los imperiales Rafael Cortijo e Ismael Rivera; Superimposition (1971), de Eddie Palmieri; el tema Montuneando, de Ralph Robles; y el álbum Cosa nuestra (1971), de Willie Colón y Héctor Lavoe. “No son los mejores discos ni las mejores canciones, sino los que más me gustan por estar amarrados a una vivencia”.

 

Publicado en la revista Rockdelux en octubre de 2008

Cesária Évora: “África se merece una vida mejor”

7 Dic

Cesária Évora

por Carlos Fuentes

En la distancia que impone una conversación telefónica, la voz de Cesária Évora suena cansada. Pero también suena feliz. Es lunes y la cantante africana que con su música de melancolía y nostalgia ha puesto en el mapa de las músicas del mundo al humilde archipiélago de Cabo Verde está satisfecha. En febrero [de 2004] recibió el premio Grammy al mejor disco contemporáneo y el pasado sábado recogió en París el premio anual Victoria que concede la música francesa.

Ambos reconocimientos llegan por Voz d’amor, su noveno disco, que presentará en concierto en el Auditorio de Tenerife. Cesária Évora nació en la ciudad marinera de Mindelo, en la isla de São Vicente, y tiene ahora 62 años. Aunque han sido los últimos diez los que han marcado la vida de esta mujer que, pese a ganar con el tiempo cariños y reconocimientos, no renuncia a sus raíces, a vivir en su pueblo natal. Huye del falso halago y de creerse más que otros caboverdianos como Teófilo Chantre, Biús, Tito París o Simentera. “Prefiero pensar que, por fortuna, mis músicas han servido para abrir puertas a otros artistas de mi país, que han tenido la oportunidad de emprender carreras en el mercado occidental”, explica desde París.

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Con cuatro millones de discos vendidos en todo el mundo de sus ocho álbumes anteriores, la cantante de Cabo Verde a quien la crítica de París bautizó “la diva de los pies desnudos” tras su aparición en 1993 con Sodade valora el interés que su música ha merecido en la última década. “La acogida de Voz d’amor está siendo muy cálida”, asegura, “durante la promoción internacional estoy comprobando que el público está pendiente de lo que hago y satisface comprobar una vez más el aprecio que tiene el público europeo por mi música”.

Inmersa en una nueva gira europea, que hasta finales de abril la llevará a países como Alemania, Lituania, Estonia, Bélgica y, en especial, a Francia, donde ofrecerá trece recitales (con tres noches consecutivas en el teatro Grand Rex de París), Cesária Évora mantiene su devoción por las gentes de Cabo Verde, los primeros que disfrutaron de su moma melancólica en las tabernas portuarias de Mindelo. “Tengo buenos recuerdos de mi tierra porque todavía vivo allí, aunque salga a cantar a muchos sitios en el extranjero”, señala, “sé que en el mundo hay muchos lugares bonitos, pero prefiero seguir viviendo en mi pueblo, en mi casa, porque allí tengo mis raíces”.

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Observadora privilegiada de la evolución de los países africanos poco favorecidos, Cesária Évora es consciente de que la visión idílica, romántica, que sus canciones ofrecen de África no se corresponde, por desgracia, con la realidad. De las plagas de corrupción, las guerras y el subdesarrollo, la cantante caboverdiana habla con tristeza, pero con esperanza de prosperidad. “Espero que las cosas cambien para mejor, pero desgraciadamente no puedo influir en los problemas que ocurren en el mundo”, asume, “aunque tengo esperanza de que esta situación mejore, sobre todo para África. Todos los pueblos de África se merecen una vida mucho mejor”.

El trasiego internacional por los escenarios de medio mundo no impide que Cesária Évora tenga una visión real de la inmigración clandestina, quizá el mayor mal que asola a los jóvenes africanos. ¿Actúa Europa con justicia ante el drama del nuevo siglo? “La actitud siempre podría ser mejor, pero en mis viajes compruebo que, no sólo los africanos sino otras personas, han encontrado una oportunidad para mejorar sus vidas en Europa y en América”, explica quien hace unos años fue confundida con una emigrante irregular en el bulevar de Cartagena. “Estos viajes son buenos para el progreso de África: sus pueblos pueden ver que existe otra forma de vida, creo que hay sitio para la comunidad africana en estas sociedades”.

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Además del compromiso africano, Cesária Évora ha prestado su voz y sus canciones a experimentos modernos. En 2003 artistas electrónicos como Carl Craig, 4 Hero o Señor Coconut remezclaron piezas como Angola, Bésame mucho y Miss Perfumado para el disco Club Sodade. “No es mi estilo original, pero creo que ayuda a lograr un mayor interés de las nuevas generaciones, a ampliar el destino de mis canciones y de mi voz”, dice divertida la cantante, “y estoy feliz por ello, pero es evidente que ese no es mi estilo de hacer música”.

Más cómoda se siente Cesária Évora con socios musicales más naturales como el brasileño Caetano Veloso (Regresso), el pianista cubano Chucho Valdés (Negue), el maliense Salif Keita (Yamore) o Jacques Morelenbaum (Café Atlántico). “Todas fueron buenas experiencias porque ayudan a ampliar las influencias en la música, en la mía y en las de ellos”, asegura la caboverdiana para recordar su dúo con el cantautor Pedro Guerra en la canción Tiempo y silencio, de su disco São Vicente di Longe. ¿Existe una particular sensibilidad isleña? “Hay muchas similitudes, en las culturas y en los instrumentos que usamos”, reflexiona Cesária Évora, “porque nuestras culturas son muy parecidas y cantar con él fue una experiencia muy bonita”.

Siempre generosa, Cesária Évora habla con cariño sincero de los amigos que le ha regalado la música, pero no se olvida del público. De su público, al que nunca ha dado la espalda pese al aluvión de músicas étnicas que abundan en los anaqueles. ¿Por qué nadie se aburre de Cesária? Ella se quita méritos: “Es el público el que te lleva al éxito y es el público el que sigue queriendo escucharme. No sé decir por qué ocurre, solo que estoy muy contenta de que sea así”.

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Publicado en el periódico Diario de Avisos en marzo de 2004

 

Terrazas musicales frente a la bahía de Praia (Cabo Verde)

4 Dic

Quintal da Música (Praia)

por Carlos Fuentes

La capital de la isla más africana de las diez que forman el archipiélago de Cabo Verde, la añeja ciudad de Praia, es la puerta de entrada a uno de los países más jóvenes del continente. Es su centro administrativo y su corazón comercial, pero también su interesante polo cultural donde las músicas y los bailes caboverdianos animan cada noche restaurantes, cafeterías y terrazas repartidos entre las calles peatonales y las plazas más populares de Praia.

Con algo más de cien mil vecinos residentes, una quinta parte del medio millón de personas que habitan Cabo Verde, Praia cambia cada noche de piel. Del agitado trasiego comercial del día, el casco histórico de la ciudad está situado en el barrio de Plateau y ofrece una notable oferta de locales de ocio en los que locales y visitantes disfrutan de cenas con gastronomía típica caboverdiana. Al caer cada noche, en un ramillete de escenarios, es posible conocer canciones como la morna, suerte de melancólico bolero africano con el que Cesaria Évora situó a estas islas volcánicas en el centro del mapa mundi de los ritmos étnicos.

Quintal da Música 1

El viaje por las músicas de Cabo Verde puede comenzar en la tranquila plaza de Alexandre de Alburquerque, dedicada al gobernador de las islas a finales del siglo XIX, y en la cercana terraza Morabeza, término que en idioma criollo significa hospitalidad. A través de la calle 5 de Julio, arteria peatonal de Praia, abundan locales con música en vivo. En la terraza-restaurante Avis, además de degustar un plato de cachupa, un cocido elaborado con carne de vaca o cerdo (cachupa rica) o con pescado como chicharros (cachupa pobre), todo servido con verduras y papas guisadas, se puede disfrutar casi cada noche de una actuación musical diferente. Muy cerca de Morabeza se encuentra Harmonía, tienda de discos de referencia en Praia con grabaciones de mitos de la música caboverdiana como Cesaria Évora, Ildo Lobo y Simentera, el conjunto del ministro de Cultura, Mário Lúcio, o de nuevas voces como las de Mayra Andrade y la joven Élida Almeida, vecina de esta isla de Santiago.

Frutería calle Praia

De aspecto descuidado y ambiente auténtico, el pequeño Bar José da Rosa pervive en Praia como testimonio de las antiguas tabernas vinculadas al alma marinera de la ciudad de Praia. Conviene probar aquí el poderoso vino de Fogo, un blanco de alta gradación, y los más valientes pueden intentarlo con un vaso de grogue, el aguardiente elaborado con caña de azúcar y ron que Herman Melville ya citaba en su novela Moby Dick por sus vínculos con la errante vida del marinero y sus viajes transatlánticos. También hay refrescos y la cerveza local, la apreciable Strela Kriola. Algo más moderada es la oferta de licores en Praia Kapital, uno de los locales de moda del barrio de Plateau junto a su vecino Bistro 90, que ofrece una animada terraza a pie de calle donde cada fin de semana se citan los caboverdianos con sus trajes elegantes.

Sin salir del barrio de Plateau, en la avenida Amílcar Cabral, héroe y mártir de la independencia de Cabo Verde obtenida en 1975, la ruta musical de Praia continúa en Art Kafé, un oasis de tranquilidad entre el ruido cotidiano. Situado junto al Palacio de Cultura Ildo Lobo, este local es un clásico para disfrutar de un almuerzo a mediodía, un café de Fogo o un té a media tarde, una actuación musical vespertina en su recoleto auditorio y, ya de noche, un rato de copas y baile junto a los más jóvenes de Praia. La fiesta puede continuar en la terraza Buteku, también con música en vivo, o en el que es el verdadero templo de la música en directo en la capital de Cabo Verde.

Enclavado al final de la avenida Amílcar Cabral, Quintal da Música es una referencia imprescindible de la noche musical en Praia. En su escenario cantó Cesária Évora, pero la lista de artistas invitados es amplia: Ildo Lobo, Nancy Vieira, Mayra Andrade, Lura, Neuza o Nhá Reinalda interpretaron aquí sus mornas, funanás y coladeiras. De todos ellos hay un retrato colgado en las paredes, seña de identidad de la sala junto a las estampas tradicionales africanas que decoran su fachada principal.

Nhó Nani

Fuera del circuito principal de Plateau, una visita a los bares musicales de Praia no está completa sin un pequeño viaje urbano hasta el vecindario Tira Chapéu, en la salida sur de la capital que conecta con la antigua Cidade Velha. El barrio humilde es ahora un punto de referencia en las noches, especialmente durante los fines de semana, gracias a la labor desarrollada por el empresario y músico Nhô Nani al frente de la sala Fogo d’Africa. Aquí se sirven cenas y copas, pero lo más interesante ocurre cuando el propietario se anima con el violín para dar testimonio de su conocimiento de los ritmos tradicionales de Cabo Verde. Este local, remodelado recientemente para dar acomodo, cenas y copas al creciente número de asistentes, es uno de los lugares más auténticos de toda la música caboverdiana y, por extensión, de otros ritmos africanos populares llegados del interior del continente y originarios de países lusófonos como Angola, Guinea Bissau o Mozambique.

Publicado en la revista NT en septiembre de 2015

Adiós a Doudou N’Diaye Rose, matemático del ritmo africano

4 Nov

Doudou NDiaye Rose 1

por Carlos Fuentes

Cuando las emisoras de radio de Dakar anunciaron su fallecimiento, muchas personas salieron a las calles en señal de duelo. Se repitieron concentraciones en las esquinas, en las plazas de la populosa capital de Senegal. Había muerto un músico, una leyenda africana, pero sobre todo un artista identificado con su gente, siempre con su pueblo. Doudou N’Diaye Rose, uno de los percusionistas que más han hecho por el reconocimiento y la difusión internacional de los vigorosos ritmos del oeste de África, murió el pasado 19 de agosto.

En medio de las vacaciones, a este lado del mar su desaparición pasó, casi, sin pena ni gloria. Aunque su muerte, sin duda, supone un eslabón importante en la extinción de una especie artística. La generación de los primeros músicos africanos que lograron derribar fronteras, ganar prestigio para los sonidos del continente y, también, devolver parte de todo lo recibido al pueblo con la puesta en marcha de la primera escuela para la enseñanza de la percusión en Dakar.

Doudou NDiaye Rose 2

La historia vital de Doudou N’Diaye reproduce el patrón de los más valiosos protagonistas de la cultura africana contemporánea. Hijo de una familia de griots, esa suerte de notarios del devenir de los pueblos del oeste africano cuyas estirpes van pasando de generación en generación, N’Diaye Rose nació en el verano de 1930 en la Medina, uno de los barrios con mayor solera de la ciudad de Dakar y que décadas después daría uno de los artistas más reconocidos de África, Youssou N’Dour, quien por cierto también comenzó su carrera artística como instrumentista de percusión antes de lanzar su carrera internacional como cantante. N’Diaye Rose fue llamado Mamadou, aunque muy pronto fue apodado Doudou por sus familiares y amigos, y también empezó muy rápido a familiarizarse con instrumentos de percusión aún siendo adolescente, al tiempo que ayudaba a la familia con apaños de fontanería y trabajos en la construcción. Aunque su suerte cambió pronto con la independencia de Senegal en 1960.

Ese año, que luego pasó a la memoria colectiva como el Año de África por ser la fecha en la que varias antiguas colonias africanas lograron la emancipación de las metrópolis europeas, en esencia de Francia y los Países Bajos, Doudou N’Diaye Rose fue ayudado por la diva Josephine Baker, una de las primeras artistas de carrera internacional que tuvo interés por las percusiones africanas y por ayudar a ampliar los horizontes comerciales de sus intérpretes.

Doudou NDiaye Rose 4

Y cuando llegó esa oportunidad, Doudor N’Diaye Rose ya era un maestro del sabar, tambor alto característico de Senegal y de Gambia a partir de su origen en la comunidad serer, que utilizaba su repique como medio de transmisión de noticias entre aldeas y poblados alejados. Junto al sabar, que luego paseó por los principales escenarios del mundo, N’Diaye Rose también manejaba con destreza otros instrumentos de percusión y, acompañado por más de un centenar de instrumentistas, actuó en las celebraciones de la independencia de Senegal ante el primer presidente del nuevo país, el político y poeta Leopold Sedar Senghor. Muy pronto se hizo cargo de la tarea rítmica en el Instituto Nacional de las Artes y también en el Ballet Nacional de Senegal. Comenzaba así su pasión por la enseñanza de los ritmos africanos, una labor docente que con el tiempo le hizo merecer el reconocimiento de todo su pueblo senegalés y la denominación cariñosa de El Matemático de los Ritmos.

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Ya durante los años 80, posiblemente la década más importante para el prestigio y la proyección internacional de las músicas africanas contemporáneas, Doudou N’Diaye Rose desembarcó en Francia para actuar en un festival de jazz en la ciudad de Nancy. Allí desembarcó con un grupo de cincuenta percusionistas. Fue tal el estrépito del concierto, la destreza y la versatilidad de los ritmos de África, que el cineasta Martin Scorsese apostó por esas músicas para incluir algunos pasajes de percusión en la banda sonora de su largometraje La última tentación de Cristo. Después vendrían más aportaciones al cine y, sobre todo, la confianza ganada entre los músicos occidentales como maestro de las percusiones con esos ritmos tradicionales que nacieron para ambientar ceremonias de boda y actos sociales africanos. Con calor y color, el sabar iba a conquistar el mundo.

El siguiente artista europeo en apostar por la destreza rítmica de Doudou N’Diaye Rose fue el compositor francés de músicas celtas Alan Stivell. Después llegarían sus trabajos con artistas de la talla de Dizzy Gillespie, Miles Davis, The Rolling Stones y Peter Gabriel. Con este último, además, produjo uno de los álbumes más influyentes de las percusiones africanas, Djabote (1994), que en otro signo de compromiso con su pueblo senegalés fue registrado en vivo en Gorée, la pequeña isla situada en la bahía de Dakar desde donde se realizó gran parte del infame tráfico de esclavos negros hacia Europa y América.

Ya en 1988 se había producido su primera presentación en Estados Unidos con un concierto celebrado en el teatro Beacon de Nueva York junto a treinta percusionistas, un recital que generó comentarios entusiastas en The New York Times. “Incluso sin contemplar la puesta en escena”, escribió entonces el crítico norteamericano Jon Pareles, “la riqueza de estos ritmos africanos llevaría hasta el límite a cualquier percusionista occidental”.

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La desaparición de Doudou N’Diaye Rose provocó sentidas manifestaciones de duelo entre los ciudadanos senegaleses, también en las autoridades africanas que en 2006 impulsaron su reconocimiento como tesoro vivo de la humanidad por parte de la Unesco. Aunque quizá haya sido un músico joven el que mejor ha puesto en valor al gran maestro del sabar para las nuevas generaciones. Apenas conocer su fallecimiento (que, por cierto, coincidió con la desaparición de otro genio de la percusión senegalesa, Vieux Sing Faye, músico de la todopoderosa Super Êtoile liderada por Youssou N’Dour), el rapero Didier Awadi afirmó que “Doudou N’Diaye Rose conocía el lenguaje de nuestros tambores porque para muchos africanos los instrumentos de percusión fueron los primeros teléfonos móviles para comunicar noticias importantes entre pueblos”. “Y él fue capaz de convertir los sonidos de un centenar de tambores en una sinfonía delicada”, incidió el fundador de Positive Black Soul, que en 2010 se apoyó en el ritmo veterano de Doudou N’Diaye Rose para abrir con Dans mon revê su proyecto Presidents of Africa en uno de los videoclips mejor facturados en lo que va de siglo XXI en las músicas de toda África.

Publicado en El Confidencial en septiembre de 2015

Canciones de amor y lucha para el futuro del mundo árabe

23 Sep

Souad Massi 1

SOUAD MASSI

por Carlos Fuentes

Canción militante con voz de terciopelo. La intérprete y compositora argelina Souad Massi regresa a los anaqueles con un quinto disco de estudio edificado en torno a la arraigada tradición poética del mundo árabe. En este nuevo álbum El Mutakallimun, la cantante magrebí ofrece argumentos para la vida y la lucha, el amor y el optimismo, frente a las convulsiones que padece el mundo árabe debido, en gran parte, a conflictos sociales nunca resueltos, una desigualdad que parece una plaga bíblica y, en esencia, para recordar las raíces nutritivas de la cultura musulmana ante las tentaciones del fanatismo político-religioso.

No es una voz cualquiera la de Souad Massi. Muchas veces comparada con las de colegas occidentales como Joan Baez, Tracy Chapman o incluso Patti Smith, esta joven cantante nacida en 1972 se ha revelado en la última década como uno de los altavoces más potentes, sentidos y respetados por las nuevas generaciones de hombres y mujeres de los países de la cornisa mediterránea de África, sobre todo ellas, en el convulso mundo árabe contemporáneo. “Creo en la gente de nuestros pueblos que pelea por su libertad y con mis canciones intento transmitir esperanza en la lucha por nuestro futuro mejor”, indica Souad Massi sobre el motivo central de esta nueva producción discográfica, cuyo título se traduce como “maestros de la palabra” en clara intención de dotar a clásicos poemas musicados la voluntad de ser arma política frente al fanatismo. “Por supuesto que mi intención es política”, afirmó la cantante en entrevista con el diario británico The Guardian para presentar El Mutakallimun. “Siempre he soñado con una democracia real en el mundo árabe, también en los países de África, pero cierta gente, ciertos poderes, no quieren una vida en libertad”.

Souad Massi 2

El acercamiento de Souad Massi a la vasta tradición poética árabe no es fruto de nueva cosecha, ni tampoco producto de la desesperación o el oportunismo. Criada en Argel en una familia que incluye también un escritor y una bailarina, Souad Massi estudió los orígenes de la música árabe-andaluza antes de subir a un escenario apenas adolescente. Con 17 años ya cantaba a la manera de las cantautoras tradicionales, guitarra en mano y sin más apoyo instrumental. A la vez, por aquello de no cerrar puertas a las músicas que trajo el mar, también practicaba el flamenco en un conjunto aficionado llamado Las Trianas de Argel. Todo con una pátina amateur que, poco a poco, fue dando paso a la vocación de vivir profesionalmente de la canción. Y el primer fruto fue Atakor, el conjunto con el que Souad Massi se dio a conocer en numerosas provincias de Argelia con las campañas de nacionalismo cultural impulsadas tras la batalla de Argel.

Soaud Massi 4

Pronto vino el salto continental. En el invierno de 1999 Souad Massi aterrizó en Francia buscando una oportunidad en la vibrante escena franco-argelina de los barrios de París. Con Cabaret Sauvage, acompañada de otras voces árabes de mujer, Souad Massi comenzó a llamar la atención con su ágil mezcla de formas amables y verbo combativo. Comenzaron a caer los muros de la indiferencia y la audiencia occidental, que por aquellas mismas fechas disfrutaba del atlético rai de Khaled y de la canción añeja de la septuagenaria Cheikha Rimitti, hizo un hueco en sus corazones para la joven argelina. Estuvo ágil la disquera Island, que firmó a Souad Massi para su sello Mercury y, ya en 2001, publicó un primer disco realizado con Bob Coke, reconocido por sus trabajos para Ben Harper. La alianza surtió efecto. A la voz trémula de Souad Massi, entre la música folk y el rock, se unieron los sonidos envolventes de la instrumentación tradicional: laúd árabe, el bajo acústico llamado gumbri y la percusión metálica de la karkabous. Y así quedaron definidas las líneas estructurales del sonido de Souad Massi.

Con una carrera que se fue afianzando con pasos firmes, la cantante argelina también amplió perspectiva con sus asociaciones con bandas como Orchestra National de Barbès o el cantante Idir, con quien compartió una gira apenas un año después de haber llegado a París. Ahora, después de dos años de trabajo entre traducciones y adaptaciones de poemas, así como sesiones de estudio, Souad Massi reivindica los mensajes de poetas de la época preislámica como Zouhair Ibn Abi Salma o Ahmed Matar, autor iraquí exiliado en Londres que ha aportado dos piezas de hondo significado político como The visit y Freedom. Del poeta tunecino Abou El Kacem Chebbi, autor de las estrofas centrales del himno nacional, fulge la contundente A message to the tyrants o The world, que los jóvenes tunecinos cantaban en las calles para protestar contra el dictador Ben Ali durante la única primavera árabe que trajo cierta democracia a un país africano. “Ese poema tiene un verso que dice “Ten cuidado de que la primavera no te embauque”, y lo elegí porque me pareció una premonición de lo que iba a ocurrir”, indica Souad Massi sobre una de las piezas clave de El Mutakallimun.

Souad Massi 3

Con este nuevo disco, el primero en cinco años después de Raoui (2001), Deb (2003), Mesk Elil (2005) y Ô Houria (2010), la cantante hace valer sus raíces familiares bereberes que permitieron desde muy pronto una conciencia propia para la defensa de los lugares de encuentro entre culturas, en aras del respeto y la comprensión mutuas frente a las tentaciones del enfrentamiento fanático. Por eso Souad Massi cuestiona con vigor tanto el fundamentalismo religioso como la asociación viciada de vincular la fe musulmana con la violencia social. Y no está por la labor de callarse para pasar desapercibida ante la adversidad: “Quedarse en silencio significaría que los terroristas han triunfado y que todos los intelectuales del mundo árabe que han muerto asesinados murieron para nada”, afirma la cantante argelina, que se define como “una mujer feliz, pero melancólica”, porque “no puedo ignorar todo lo qué está pasando en el mundo”.

Publicado en el diario El Confidencial en julio de 2015

Ute Lemper: voz esencial para escuchar qué fue del siglo XX

1 Jul

Ute Lemper

por Carlos Fuentes

Voz que no envejece, Ute Lemper atesora una firme trayectoria como intérprete de cabaret de entreguerras. Con música de Kurt Weill y textos de Bertolt Brecht como ejes cardinales de veinticinco años de canción, apareció por una esquina con Edith Piaf (Elle Fréquentait la Rue Pigalle) para volver a suelo alemán con Happy End y La Ópera de los Tres Centavos. Su voz de luna llena marcaba ya el paso al Vogler Quartet con aires clásicos y melodías de arrabal manouche (L’Accordéoniste). Estremeció con dos piezas atípicas: Tyomnaya Notch, oscura noche en la trinchera rusa “con las balas silbando en la oscuridad”; y Stiller Abend, en yidis, uno de los seis idiomas que usó en dos horas. Con el arreglista Stefan Malzew al quite en clarinete, acordeón y piano. Quizá sea esta la novedad: vestir de contemporaneidad, con arreglos vivaces, casi bailables, melodías añejas de los años del cólera. Con Piazzolla y Ferrer, la opereta Yo Soy María y La Última Grela, flotó la memoria de la emigración melancólica, el tango por llegar a puertos nuevos. Oblivion, de Zippel, cima de emoción, y una breve pavana de Ravel llevaron a Jacques Brel y su canción crepuscular. Genuino es el mito cuando logra que clásicos con medio siglo (Ne Me Quitte Pas, Amsterdam) huelan a pan caliente, entre la congoja y el alivio. Al final regaló Speak Low, refulgir último de esta voz esencial para escuchar hoy lo que fue el siglo pasado.

Publicado en la revista Rockdelux en enero de 2013

Madredeus regresa renovado sin la voz de Teresa Salgueiro

2 Mar

Madredeus

por Carlos Fuentes

Pocos daban un euro por el grupo Madredeus sin la voz imponente de Teresa Salgueiro, pero el conjunto portugués nunca tiró la toalla. Después de un año sabático ahora hay disco nuevo, acreditado a Madredeus e A Banda Cósmica. Más que garantía de buena salud para la formación lisboeta que puso el fado portugués en el mapamundi musical, Metafonia viene a abrir nuevas vías. “Tratamos de inventar otra concepción de música cantada en portugués, enfocada a grandes espectáculos e inspirada en arreglos populares de África y Brasil”, explica Pedro Ayres Magalhães, fundador de Madredeus en 1985.

Atrás quedan dos décadas como faro de la lusofonía. El rescate de la tradición musical portuguesa a través de Madredeus permitió, entre otros hitos, que una nueva generación de fadistas encontrara su lugar en el mundo. Y el gran público internacional descubrió las músicas taciturnas de Mariza y Katia Guerreiro o, en clave masculina, la voz inmensa de Camané. Fue tan grande la sorpresa que, por poco, las hijas mataron al padre. ¿Hubo riesgo de que Madredeus pasara a peor vida? “No, nunca”, aclara Pedro Ayres. “Madredeus siempre tuvo misión militante para divulgar la cultura portuguesa y no sentimos esa competencia. Incluso hoy lo somos aunque nadie nos lo pidió; pero quise enseñar mi ciudad y mi cultura y la de los países lusófonos de África. No sólo ser famoso y ganar dinero, sino estar en viaje permanente por el corazón de la cultura lusa”.

En la búsqueda de un “camino contemporáneo”, la trayectoria de Madredeus se ha edificado con sólidos pilares eléctricos. El conjunto surgido en el convento de Xabregas, en el barrio del que tomaría nombre, ha añadido ahora guitarra eléctrica, percusiones africanas, batería, arpa y dos cantantes: Rita Damásio y Mariana Abrunheiro. ¿Son Madredeus e A Banda Cósmica la versión radical del fado? El guitarrista Pedro Ayres lo explica sin aspavientos. “Hace tiempo que queríamos tocar más alto, para más personas, porque recibimos muchas peticiones para actuar en conciertos al aire libre”, explica el guitarrista. “Ahora podemos tener conciertos de cámara, que es la primera tradición del grupo, o presentarnos con la Banda Cósmica. Sí, ahora Madredeus suena más alto”.

Madredeus color

El perfil nuevo nació en un año sabático, 2007. El parón coincidió con la salida de Teresa Salgueiro de la alineación original del grupo de Lisboa. “Ella quiso parar y nosotros nos preguntamos si debíamos seguir. Entonces yo comencé a tocar con la arpista Ana Isabel Dias, y vi que podíamos cambiar. Fue un momento difícil cuando Teresa confirmó que no quería volver”, recuerda el guitarrista fundador de Madredeus. Del vértigo a la ilusión. Pedro Ayres sonríe al recordarlo: “Muchas cantantes nos escribieron. Fue un estímulo que planteó otro horizonte”. “Nos empeñamos en mirar más a África y Brasil que a Europa”, abunda el teclista Carlos Maria Trindade, “más experimentación”.

¿Y un público tan grande y tan variado, cómo reaccionó a la renovación de Madredeus? “Hubo opiniones divididas. En muchos, entusiasmo. Otros nos vilipendiaron. Pero Madredeus siempre fue un grupo muy particular. No nos preocupa la fama y que en tiempos de crisis hayamos vendido diez mil discos es para estar satisfechos”. ¿No les molesta que ahora Portugal se asocie sólo al fútbol de Cristiano Ronaldo? “No, Madredeus debe su vida a la comunidad internacional, no sólo a mi país. Y antes de Ronaldo ya estaba Figo. Pero nosotros no somos un invento de dos años: ya son veinte años de Madredeus”.

Publicado en el diario Público en marzo de 2009