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Alessandro Baricco: “Escribir es como tocar música; si tocas bien, la gente baila”

10 Oct

Alessandro Baricco

por Carlos Fuentes

Con la popular novela Seda aterrizó en el centro del mundo literario, pero Alessandro Baricco (Turín, 1958) es más que un simple escritor. Autor de cine y teatro, editor y crítico musical, Baricco dirige en Turín la reputada Escuela de Escritores Holden. A un mes de la publicación de su octava novela, Emmaus, que toma nombre de la ciudad homónima vecina a Jerusalén citada en los Evangelios, el narrador italiano habló en Madrid del oficio “artesano y plebeyo” de contar historias en la apertura de curso de la Escuela de Escritores.

¿Cómo afecta un éxito comercial mayúsculo al escritor?

Es como correr en los Juegos Olímpicos o jugar un partido de la Champions. Tú tienes que hacer tu trabajo, incluso en situaciones de alta presión.

¿Y no se resiente el caudal creativo con tanto ruido de fondo?

Es un peligro. Corres el riesgo de llegar a no escuchar tu propia voz. Pero la presión pública te da seguridad. Más difícil es escribir cuando no tienes un mínimo éxito. Lo verdaderamente peligroso para un escritor es perder la seguridad, su fuerza.

Sostiene que el escritor está en permanente proceso de fabricación. ¿Altera la fama o el estado de ánimo este ritmo natural?

Es posible, pero hay muchos grandes escritores que han trabajado bajo una enorme presión y han logrado escribir cosas grandísimas. El escritor tiene que ser impermeable a muchas cosas. Es una obsesión.

Baricco¿Y es la tristeza buen manantial creativo?

No. La tristeza, no. Es más importante tener una gran sensibilidad, aunque esto puede llevar al dolor. Pero la sensibilidad no es tristeza.

¿Contamina novelar el dolor ajeno?

Sí, pero no siempre. Algunos libros te pueden producir movimientos internos, psicológicos y emocionales, incluso sin saber por qué. El proceso de creación puede generar momentos difíciles, dolorosos.

¿Cómo encuentra Baricco la voz adecuada para contar una historia?

La espero. Llegado el momento, me cuento la historia y encuentro la voz adecuada.

¿Qué papel juega hoy un escritor?

El papel ha cambiado. En los siglos XVIII y XIX, la narración tenía un lugar central. Hoy no es así. Pero nuestro trabajo es seguir trabajando para construir narraciones con el lenguaje, utilizando toda su potencialidad. Y todavía es un trabajo bastante importante.

A veces, el escritor da la cara por su gente y, en ocasiones, el pueblo luego lo olvida

Sí, sucede ahora y ha sucedido siempre. Esto sólo le afecta a algunos escritores. Muchos no hablaron de la gente ni adoptaron un compromiso social.

¿Debe un escritor trabajar para crear conciencia?

Sí. Pero no necesariamente una conciencia social o política. Puedes tener un compromiso para que la gente descubra su propia geografía sentimental. Y esto no es poco.

¿Qué opina del caso Saviano?

Gomorra ha descubierto problemas muy importante para mi país. Pero este éxito le ha provocado a Saviano problemas graves, sobre todo considerando que él es muy joven.

ANGRM-original sobrecubierta_SEDA¿Cómo sobrevive un escritor en la Italia de Berlusconi?

Con gran amargura. Pero hay gente que ha escrito con Napoleón, con Franco y a veces te preguntas si tú tienes alguna responsabilidad. Mire, hay que ser objetivo y realista. Muchos países europeos le hubiesen votado, no es un caso particular italiano. Es un personaje con una habilidad extraordinaria, una resistencia monstruosa y mucho talento. Un personaje así hubiera tenido igual éxito en España o en Francia. En Estados Unidos tuvieron dos veces a Bush. No es mal peor elegir dos veces a Berlusconi que hacerlo con Bush. Ninguna izquierda de Europa tiene que combatir a un personaje tan listo, a un populista tan hábil.

Ante los alumnos definió al escritor como una mezcla de Dios y camarero

Es que en un escritor hay algo de tramposo. Algo de espabilado. Es un oficio antiguo, artesano y plebeyo.

¿Cómo se logra llevar al lector al tiempo ficticio de una historia?

Escribir es como tocar música y que la gente acepte bailarla. Que acepte tu tempo, tu ritmo. Si tú tocas bien, la gente baila.

Combina escritura, cine y música. ¿No teme a la dispersión?

Los músicos son animales fascinantes. Encajar palabra y música siempre me ha parecido un trabajo fascinante. Se puede alcanzar una intensidad que en los libros, a veces, no se puede conseguir. El cine es un oficio distinto. Es mucho más físico. Pero el peor peligro para un escritor es escribir demasiado. La energía que dedico a otros oficios no me gustaría ponerla en los libros.

A. Baricco

“Escribir es como trabajar el campo”

“Mejor no enseñar a mucha gente para que haya trabajo para todos”, bromea Alessandro Baricco cuando ve la sala llena de aprendices literarios. Está en Madrid para abrir el Máster de Narrativa El arte y el oficio, que se imparte en la Escuela de Escritores. Habla de cómo unas líneas “pueden cambiar una vida” y pone como ejemplo la obra del narrador ruso Nikolái Leskóv. Escuchan treinta alumnos del taller que Isabel Cañelles y Javier Sagarna fundaron hace diez años. En sus sedes de Madrid, Zaragoza y Burgos, un millar de personas aprenden el oficio de escribir. Un trabajo que, según Alessandro Baricco, “toca la geografía sentimental de las personas”. Para ello, el escritor italiano reclama dedicación cotidiana, obsesiva. “Escribir es como trabajar el campo. Tienes que trabajar todos los días para que ocurra algo extraordinario”.

Publicado en el diario Público en octubre de 2009

Flota de islas a la deriva

30 May

Gran Canaria

por Carlos Fuentes

Hay libros que no caducan. Treinta y cinco años después de ser publicado por Ediciones De la Torre, con texto de presentación de Agustín García Calvo y  prólogo de Santiago Aguilar, ahora más que nunca, en estos tiempos de cólera y oportunismo, cuando el arribismo es profesión fértil para ascender por la escalera hacia el éxito fácil, ahora mismo digo, se antoja necesario, cuando no imprescindible, releer Sima Jinámar. La novela valiente que usted tiene entre manos. Escrito con más tripas que corazón, el libro de José Luis Morales vino a fotografiar el paisaje abundante en miseria moral que marcó buena parte de la vida cotidiana de la posguerra civil española en las islas Canarias.

Obra coral, pergeñada en el exilio interior a finales de los años 60, en puertas de ese periodo político que luego se vino a mitificar como etapa de transición a la democracia, Sima Jinámar recupera la memoria de los que ya no están aquí para contarlo. De los que se llevó la mar fea, sí; pero también de todos aquellos que no hallaron otra fórmula de supervivencia que enterrarse en vida, en el no menos duro exilio introspectivo, para contar los días sin siquiera poder mirar de frente a la cara de sus verdugos fratricidas. Afrontar el rostro de los que, quizá, acabaron con el padre. Nada nuevo bajo el sol de España, si por España se entiende esta tierra que una vez fue imperio. Donde aún quedan cincuenta mil cadáveres por rescatar en cientos de fosas comunes sembradas en arcenes y caminos malos de campo. Para que los muertos, nuestros muertos, sean enterrados “como dios manda”, en atinado reclamo de Julio Llamazares.

Sima Jinámar novelaNo muy distintos fueron los días y las noches durante cuarenta largos años en las ocho islas habitadas que integran el archipiélago de Canarias. Quizá más duros, acerados y tensos que en la tierra continua de la Península Ibérica. Porque siempre es más duro el sufrimiento en espacios cerrados, donde el mundo posible y los sueños imposibles acaban en la punta del muelle. O en un risco afilado, en un barranco hondo. En aquellos tiempos de calma tensa que, ya lo dijo, alto y claro, el poeta Pedro Lezcano, convirtieron a estas ocho islas atlánticas en “celdas de muros azules”. Ay, las islas, la isla… Capítulo aparte.

Desde su descubrimiento, primero, y después conquista imperial para mayor gloria de la Corona de Castilla, Canarias ha sido terreno abonado para toda suerte de traiciones y engaños. Triunfaron casi siempre personajes oscuros, proclives a la artimaña y al engaño como autopistas hacia el cielo del poder y la gloria. Pero no estamos aquí, en estas páginas, para recordar a conquistadores y adelantados, a menceyes y guerreros, a enviados religiosos e inquisidores, ni a sus lacayos y bufones. Como Sima Jinámar, estas líneas buscan dar refresco a la memoria sobre lo acontecido durante los días canarios de la Guerra Civil y, sobre todo, pretenden ahondar en la influencia perniciosa que el autoritarismo fascista y el miedo del pueblo tuvieron en su desgraciada época posterior.

Bien sabido es que lo que sus acólitos y muchos oportunistas de camisa nueva llamaron rápido “movimiento de liberación nacional” tuvo buena parte de su gestación en los despachos y en los cuarteles canarios. Que bajo los pinos del monte de La Esperanza, al norte de la isla de Tenerife, se reunieron algunos de los militares que más pronto que tarde iban a traicionar al Gobierno legítimo de la Segunda República. Y que luego un Ejército se partió en dos, sin opción intermedia, entre la relativa paz política y social de un sistema político (quizá) demasiado radical para el tiempo que tocaba vivir, y el túnel del terror, la vesania y la violencia como métodos cruentos hacia las cimas del poder.

Sima JinámarEn Canarias, y vuelvo a la isla, a las islas, la hoja de ruta que condujo, primero, a la Guerra Civil y, en una mala suerte de muerte lenta, al periodo de anestesia general del franquismo, las circunstancias tuvieron casi siempre componentes de singularidad insular. Desembarcó el archipiélago en el siglo XX con un error grave heredado de los tiempos imperiales, la supervivencia de los cabildos insulares. Si bien concebidos con astucia en los tiempos reales, han sido desde entonces nidos para poderes de taifas, combustible de pleitos estériles; en fin, alimento de rivales vecinos y chicos. Fosos de división regional que, en el año 1927, dieron fruto amargo con la desgraciada separación de las siete islas en dos provincias enfrentadas. De nuevo, más fuego a la hoguera del miedo al vecino. Dos errores que tanto calor han dado ya al ruin oportunismo político. Todavía hoy, el pleito insular, la envidia, son los motores de la acción pública en las ocho islas. Da igual el color político: nunca divide y vencerás dio tantos réditos.

Sima Jinámar, audaz narración a cien voces, es buen fresco coral del hastío y de la explotación del hombre por el hombre. Situada en una época en la que el silencio y la discreción eran pasaporte de tranquilidad, localizada en esa isla interior que tanto duele y sangra, la seminal novela de José Luis Morales no vende sueños, nace en la calle. En un escenario gris espeso en el que muchos de los supervivientes cargan con la losa de la memoria mancillada en la familia. Donde las culpas pasan de generación en generación y donde, he aquí lo más importante, la venganza y sus amenazas estuvieron siempre en las mismas manos de los que ostentaban el poder político, judicial y económico. Tiempos en los que la venganza no era ya matar y mal enterrar de noche a hurtadillas, sino regatear el trabajo al pobre y el pan ajeno de cada día. En hacer cumplir condenas sin sentencia con las costillas famélicas al aire, sin apenas algo caliente que llevar a la boca. Años, décadas enteras, de terratenientes en el continente y de caciques insulares en ocho porciones de tierra que alguna vez fueron islas de los Bienaventurados, como dijo Píndaro. O Afortunadas, en esa descripción que tanto daño hace todavía por herencia colectiva, que acuñó Lucio Floro.

En Canarias escuché una vez a un funcionario municipal que “aquí cualquier siglo pasado fue mejor”. Es discutible tal afirmación, pero cierto es que cuando llegaron el mal tiempo de la guerra, la violencia y el terror, no hubo Capa ni Taro que retrataran las penas de los pueblos insulares. Ni Hemingway que preguntara por sus campanas ni que narrara sus muchas miserias cotidianas. No tuvieron los ciudadanos canarios a nadie que les escribiera, ni nadie pudo disimular esa guerra en tiempos de paz porque el dolor de los muertos aún estaba vivo. Cuando la isla, las islas, fueron un infierno, el lema fue sálvese quien pueda. Consigna que ha sido heredada por las generaciones venideras, faltas de memoria, ahora que la verdad es mentira y viceversa. Hoy, como en la canción, en este país de ambidextros que no distingue entre preso y carcelero.

Trece Fuencaliente

En mi isla canaria natal, La Palma, como ocurre en la práctica totalidad de la región, aún persiste el miedo a levantar la voz para denunciar la ignominia del pasado. Como en el resto de islas de Canarias, se mantiene el tabú oscuro de la Guerra Civil, de los ajusticiamientos posteriores y de los asesinatos cometidos a mano armada o por ahogamiento marítimo en sacos de papas. Valga un ejemplo. En los montes del sur de La Palma, en el pinar del Lomo de la Faya, en el pueblo agrícola y pescador de Fuencaliente, todavía esperan justicia los cuerpos martirizados y mal sepultados de, al menos, trece militantes palmeros de izquierdas (y aquí, ahora, quiero recuperar sus nombres del olvido cainita: Miguel Hernández, Floreal Rodríguez, Víctor Ferraz, Sabino Pérez, Vidal Felipe, Antonio Hernández, Eustaquio Rodríguez, Manuel Camacho, Dionisio Hernández, Aniceto Rodríguez, Segundo Rodríguez y Ángel Hernández). Fueron detenidos con nocturnidad, juzgados pistola en mano y ajusticiados por un grupo de falangistas fanáticos en una noche infame de enero de 1937. Sus cuerpos no fueron localizados, por iniciativa familiar, hasta el verano de 2006, ante la desidia de administraciones públicas, ayuntamientos y políticos locales.

Más allá de la necesaria reivindicación de la memoria histórica, para todas sus familias, gentes sencillas que apenas aspiran a dar una sepultura digna a sus parientes perdidos, quizá lo más sangrante de esta historia es que su isla, la isla de La Palma, aún conserva en su rotonda de entrada un busto metálico en honor de Blas Pérez González. Abogado, jurista y falangista de segunda hora, fue presidente del Tribunal Supremo en plena contienda civil, ministro de la Gobernación de los gobiernos franquistas entre 1942 y 1957 y procurador en Cortes por decisión directa del dictador. A él y a su memoria, ya digo, se le conceden aún nombres de calles y avenidas en Tenerife y La Palma, donde la rotonda de entrada a la capital conserva “La Palma, a Blas Pérez González”.

Trece de FuencalienteEn Érase una vez la URSS, una excursión más emocional que literaria realizada en automóvil por el imperio soviético de los años 50, el escritor francés Dominique Lapierre recupera el recuerdo conmovedor de una campesina que encontró en un pueblo perdido de la extinta Unión Soviética. “Nos pidió que desinfláramos una rueda de nuestro coche. ¿Para qué? Me gustaría respirar el aire de París”. En Sima Jinámar, obra inspiradora de posteriores títulos de enjundia como El fogueo de Vallehermoso, La justicia de los rebeldes o La semana roja de La Palma, José Luis Morales retrata con esmero la vida en el limbo en un tiempo en que mejor fue callarse que hablar en voz alta. Cuando más de tres personas reunidas eran ya un grupo del que desconfiar. Y ese temor que heredamos de nuestras madres, mucho menos libres que nuestras abuelas: “Hijo, tú no te destaques”. El miedo a vivir, la vida temblando.

Es la tercera vez que escribo libro valiente, y de veras que Sima Jinámar lo es, pero atesora, además, la narración del cronista de Agüimes los ritmos ricos del habla isleña. Concebida lengua propia en oleadas que llegaron a través del mar con árabes, castellanos, portugueses, flamencos, británicos… padres del vigor bailable de las palabras construidas y pronunciadas al singular modo isleño. Quizá la más notable aportación contemporánea que el pueblo de Canarias ha hecho al universo cultural latino y americano. Sima Jinámar, toda una novela canaria escrita por un francotirador canario para que no la olviden los canarios. Que no es poco.

Publicado como prólogo de la edición final de Sima Jinámar (Turpin, 2010)

Pde la edición final de Sima Jinámar (Turpin, 20XX)

Javier Marías: “Cada vez leo menos novedades, se pierde mucho tiempo en eso”

10 Sep
El escritor, que en octubre publica Mala índole. Cuentos aceptados y aceptables, trabaja en una nueva novela y no se resigna a que el castellano deje de ser “un instrumento preciso y lleno de matices”

Por Carlos Fuentes

Aaliya frisa los setenta años. Trabaja en una librería de Beirut y complementa su pasión literaria con encargos de traducción. Aaliya es la voz de La mujer de papel, el libro nuevo del jordano Rabih Alameddine, y ella cita a Javier Marías entre sus autores preferidos junto a titanes como Faulkner, Magris, Calvino y Bolaño. La historia emocionante de Aaliya, que coincide en los anaqueles con un monográfico de la revista Ínsula dedicado a Marías, se antoja la prueba más reciente de la jerarquía del escritor español en la cima de la literatura actual en castellano. Autor de largo recorrido, dueño de una obra de enjundia que tuvo su primer episodio en la publicación en 1971 de la novela Los dominios del lobo, escrita durante una estadía en París, Javier Marías entregó en 2011 la novela Los enamoramientos. Una trama hilvanada con sentido de intriga en la que, ya es costumbre, las reflexiones éticas juegan un rol primordial. El libro ya ha sido traducido al alemán y, en breve, será editado en otros veintiséis países, entre ellos Estados Unidos, Reino Unido, China, Australia, Rusia, Sudáfrica e Israel.

A Javier Marías (Madrid, 1951) las letras lo encontraron en el domicilio familiar. Educado con el sistema liberal krausista impartido por la Institución Libre de Enseñanza, Marías flirteó primero con el comunismo en su etapa juvenil en la Universidad Complutense, donde cursó Filosofía y Letras, aunque luego marcó distancias ideológicas para reivindicar la libertad individual de no pertenecer a grupo político alguno. Hijo del filósofo y discípulo de Ortega y Gasset Julián Marías, creció entre viajes y domicilios distintos. En Estados Unidos su familia se alojó en la casa del poeta Jorge Guillén. En el piso de arriba residía Vladimir Nabokov, que con los años se iba a convertir en referencia obligada para aquel niño que aún no sabía que sería escritor y traductor, entre otros, del autor ruso, y de Updike, Yeats, Dinesen, Browne, Hardy, Faulkner, Stephenson, Salinger y Conrad. Ya en 1979 obtuvo el Premio Nacional de Traducción por su versión en español de The Life and Opinions of Tristram Shandy, de Laurence Sterne.

Diez años y dos novelas después (El siglo y El hombre sentimental), la carrera de Javier Marías concitó atención mayoritaria con Todas las almas, novela en la que varios estudiosos de su obra sitúan un punto de inflexión, un no retorno confirmado un trienio después por Corazón tan blanco y, en 1994, por Mañana en la batalla piensa en mí. Rara vez una novela escrita en castellano obtuvo tal unanimidad. Fue el primer español que obtuvo el Rómulo Gallegos, y también logró el premio Fastenrath, el francés Fémina y el italiano Ciudad de Palermo. Cuatro hitos que coincidieron tiempo después con el descubrimiento de Marías por la crítica y los lectores alemanes. De él, el pope Reich-Ranicki afirmó sin ambages que “es uno de los mayores autores vivos del mundo, está a la altura de García Márquez, su nivel literario no tiene comparación actualmente con otros autores contemporáneos”. En 1997, la ciudad Dortmund le concedió el premio Nelly Sachs por toda su obra “a favor de la tolerancia y la reconciliación de los pueblos”. Y en 2011 recibió en Austria el premio de la literatura europea.

Pero no todo ha venido derecho en la carrera de este escritor zurdo. Autor de una columna semanal en el diario español El País, referencia obligada para las mañanas de domingo, Marías no recurre a zarandajas al opinar sobre casi todo lo humano. No escurre el bulto al abordar asuntos de política, de economía o de religión, e incluso en el ámbito deportivo, él, quizá uno de los más críticos aficionados del Real Madrid. Tampoco ha tenido suerte con el cine. En 1996 se sintió tan defraudado por la adaptación de su novela Todas las almas que llevó el pleito a tribunales, y ganó, para que se eliminara cualquier mención a su nombre en la película El último viaje de Robert Rylands.

Monarca regente del ficticio Reino de Redonda, ubicado en la isla homónima que Colón descubrió en su segundo viaje y cuyo trono, según el propio Marías, se hereda por “ironía y por letra y nunca por solemnidad y sangre” en defensa de la nobleza y la dignidad intelectuales, el escritor español ya lleva vendidos más de seis millones de libros (sólo en Alemania, Corazón tan blanco alcanzó 1,3 millones), entre ellos más de 175.000 ejemplares de Los enamoramientos en países de América Latina. Para calibrar el calado de su obra basta con recordar que durante un homenaje que le hicieron recientemente en Madrid, críticos españoles y extranjeros especializados en su obra (traducida a más de 40 idiomas) lo consideraron uno de los novelistas europeos más renovadores y que sus propios pares, en más de una oportunidad, han pedido para él el Nobel.

Eduard Punset rebatía hace días la afirmación de que “cualquier tiempo pasado fue mejor” y lo hacía para poner en solfa la esencia de esta crisis. ¿Está usted de acuerdo?

“No sé qué dijo exactamente el señor que usted menciona, pero es mi creencia (en este campo sólo se pueden tener creencias e intuiciones) que ningún tiempo pasado fue mejor? ni peor. Yo me imagino que en todas las épocas los seres humanos han sentido parecidos grados de temor y esperanza, de sensación de plenitud y de decadencia, de amenaza y de ilusión. Parecidos, ya digo, con algunas excepciones. Yo trato de pensar, ahora que la gente está muy angustiada, que más angustiada y sin horizonte se hubo de sentir entre 1939 y 1945, por no irnos demasiado lejos. Y quizá la gente de entonces se quejó menos y tuvo más entereza. En lo único en lo que estoy casi seguro de que nuestra época es peor que otras anteriores es en el nivel de infantilización de las personas y en el nivel de tontería. O quizá sea sólo que a los idiotas se les prestaba menos atención y se los podía tachar de idiotas sin que eso supusiera un cataclismo social”.

¿Qué puede, o qué debe, hacer un escritor en estos tiempos de miedo y furia?

“Deber no debe hacer nada. Poder, lo que pueda para ayudar. Pero, en fin, hay una frase de Edmund Burke que no recuerdo con exactitud pero que viene a decir algo así como “en tiempos de desesperación, seguid trabajando”. Intento recordármela a menudo, y creo que todo el mundo debería aplicársela, se dedique a lo que se dedique”.

¿Y un escritor que, además, es el hijo de un filósofo?

“No veo que eso cambie en nada la cosa. Da lo mismo de quién sea uno hijo, ¿no cree? Hay hijos de filósofos que son unos verdaderos zotes, e hijos de albañiles que son lumbreras”.

Sus columnas semanales reflejan, con frecuencia, no poco hartazgo por cómo la mediocridad campea a sus anchas, aun más en tiempos difíciles. ¿Cómo hace para compartimentar su obra literaria de la labor como columnista de opinión?

 “Bueno, he explicado muchas veces que las columnas de prensa las escribe sobre todo el ciudadano, el cual ni entra ni sale en las novelas que escribo, que, por así decir, son más salvajes e irresponsables. Si uno escribe en prensa, con su propio nombre, se siente responsable de lo que opina, y también intenta no ser tan pesimista como pueda uno serlo en una ficción, en la que uno se enfrenta con lo que le parece verdadero sin responsabilidad ninguna y a través de voces ficticias, sean la del narrador o las de los otros personajes. No me cuesta separar al ciudadano del novelista: el día es largo y hay horas para los dos”.

¿No ha sentido el riesgo de que una labor crítica contamine su veta creativa?

“No. Si hay tal riesgo (que puede ser), yo no lo he sentido nunca”.

¿Puede un escritor reputado y de éxito llegar a un punto en el que no tema por las consecuencias tras ofrecer su opinión sobre un determinado asunto?

“No he temido nunca las consecuencias de decir lo que opino de verdad, porque si las temiera no tendría sentido que escribiera en prensa y expresara opiniones. Ni siquiera cuando no era “escritor reputado y de éxito”, como dice usted. Me he creado muchos enemigos, claro que sí, en particular en mi país. Pero si uno no quiere creárselos en modo alguno, mejor que se limite a sus novelas, y aun así podría creárselos igualmente, en España a uno le salen sólo por el mero hecho de existir. Por otra parte, las “consecuencias” en mi caso no sé cuáles pueden ser, aparte de antipatías e inquinas. No me trato con políticos, no acepto invitaciones ni premios de ministerios, Institutos Cervantes, embajadas. No tengo nada que ver con instituciones oficiales de mi país. Eso me da libertad mayor que a otros autores, supongo”.

¿Aun a riesgo de lo que llamen agorero, pesimista o pedante?

“Si uno publica, se expone a ser llamado cualquier cosa. Y debe aceptarlo, son gajes del oficio. Me parece un riesgo mínimo. Y además, los pedantes son a menudo graciosos, si es que se me llama eso con frecuencia, que no lo sé”.

Hablemos de literatura. ¿Cuántos escritores hay en Marías escritor?

“No soy quién para responder esa pregunta. Yo me veo como el mismo en toda ocasión, pero seguramente no lo seré”.

Pregunto esto porque, en su obra, muchos sitúan un ecuador definitivo a partir de la publicación en 1989 de Todas las almas. ¿Existe esa línea divisoria o es más una convención de la escena literaria?

“Insisto, no soy yo a quien debe preguntar al respecto. Lo último a lo que me dedicaría sería a auscultarme y examinarme, mi obra menos aún. Nada hay tan aburrido como la introspección o la autoobservación. A muchos autores les encanta mirar lo que han hecho, y hasta se releen. A mí me aburriría infinitamente. Sé que algunos de mis libros aún se leen (porque se reeditan) pese a ser ya antiguos. Lo cual me alegra infinitamente. Pero yo los leí al escribirlos, y tengo muchas otras cosas de las que ocuparme, y que leer o releer”.

¿Y ha cambiado también el hombre?

“Sin duda habrá cambiado, o sería un caso clínico, teniendo en cuenta que mi primera novela la publiqué a los diecinueve años. Así que más me vale haber cambiado, como cualquier hijo de vecino, por lo demás. Si ha habido algo en lo que he intentado no cambiar, o lo menos posible, es en conservar cierto grado de ingenuidad y de confianza en las personas que uno trata, porque sin eso no se puede vivir, en mi opinión. Uno se lleva muchos desengaños y sufre traiciones, claro está, pero eso no sería motivo para retirarle la confianza al mundo entero, ¿no le parece?”.

¿Cuándo se percata de que ha dado con la voz adecuada para narrar una historia?

“No me percato. ¿Cómo puedo yo saber si una voz es “la adecuada”? Es como si me preguntara: ¿cuándo se percata de que ha escrito una buena novela? No me toca a mí decirlo ni saberlo. Uno avanza, cruza los dedos confiando en que le esté saliendo algo aceptable o digno, y nunca tiene la seguridad de haberlo conseguido. Ni siquiera si el libro en cuestión es celebrado y elogiado por muchos. Lo que uno nunca pierde es la inseguridad: antes de empezar, durante la escritura y tras concluir. Es una lata”.

¿Y qué ha ocurrido para que sea María quien narre Los enamoramientos?

“Era una historia que sólo podía contar una mujer. Pruebe a cambiar el sexo de los principales personajes, verá que sería inverosímil todo. Ésa es la razón, no hay otra, no es un “experimento” ni un “reto” ni nada de eso. Es sólo que lo que ocurre en la novela lo tenía que contar una mujer”.

¿Por qué muchos de los protagonistas de sus novelas son personas que, en cierto modo, han abdicado de su voz propia para decir lo que muchos no se atreven a decir o a escribir?

“La mayoría de mis narradores son intérpretes en un sentido amplio del término. No intervienen ni actúan mucho; ven, observan, son testigos a menudo pasivos. Y tienen profesiones en las que transmiten saberes (un profesor) o sirven a la voz de otros (un “negro”, un intérprete en el sentido de traductor, un intérprete de vidas como en Tu rostro mañana). En cierto sentido son fantasmas, y he dicho en muchas ocasiones que el punto de vista de un fantasma me parece un excelente punto de vista para narrar: uno ya no está, ya nada puede pasarle, pero a la vez no es indiferente a los hechos (por eso los fantasmas vuelven y rondan)”.

Sin embargo, hay quienes reprochan su, y permítame el término, “buenismo” al desarrollar los personajes femeninos en sus novelas. ¿Se equivocan?

“Es la primera vez que lo oigo. Me han reprochado que sean con frecuencia víctimas, si es eso a lo que se refiere. Bueno, aunque hay mujeres espantosas y despreciables, creo que ellas, como sexo, y en conjunto, siguen llevando la peor parte en la vida. Así que sólo reflejaría un poco lo que sucede en la realidad. Mire, lo pensaré”.

Ya que hablamos de sexos, y quizá de amores, ¿es mejor, más productivo, escribir en tiempos de zozobra emocional? Dicho en plata: ¿son la tristeza y el desasosiego íntimos dos buenos combustibles para la creación literaria?

“No lo creo, como tampoco lo son la euforia o la felicidad exultante. Hablo de mí, claro está. Cuando mejor escribo es cuando la realidad no me sacude con demasiada fuerza, en un sentido o en otro. Cuando, digamos, estoy razonablemente contento y tranquilo. Si está uno muy alterado por lo que sea, puede llegar a ocurrir, para empezar, que sentarse ante la máquina le parezca ya una frivolidad y un engorro, ¿no?”.

Háblenos, por favor, de los duques del Reino de Redonda, de Coetzee y Eco, de Cabrera Infante y Lobo Antunes, de Magris y Max Sebald? ¿por qué ellos?

“Bueno, algunos de ellos son “Duques” porque ganaron el Premio Reino de Redonda que se convoca anualmente y en el que yo no voto, sin embargo, sólo lo organizo y financio. Es el caso de Eco, Coetzee o Magris. Autores a los que admiro mucho, por lo demás (el jurado de “Duques” suele elegir bien). Los que yo nombré (Cabrera, Sebald y otros), bueno, eran autores con los que yo tenía algo de trato (aunque fuera sólo epistolar como en el caso de Sebald) y que admiraba mucho. Todos entraron en el juego divertidos, y yo me limité a continuar una tradición redondina, iniciada por los anteriores reyes locos y borrachos, sobre todo John Gawsworth, el segundo “monarca”. La idea de una “aristocracia intelectual” no es mía, sino de él, que tuvo entre sus “Duques” a Dylan Thomas, Durrell, Henry Miller o Arthur Machen. También a Vincent Price”.

¿Podría pedirle unas recomendaciones de lectura de, digamos, los últimos tres o cuatro años? ¿Qué destacaría en letras y autores en esa última temporada?

“No mucho. Cada vez leo menos novedades, se pierde mucho tiempo en eso, ya lo hice durante demasiados años con resultados poco satisfactorios en general. Claro que cuando se insiste mucho en lo maravilloso que es algún contemporáneo, acaba uno asomándose a su obra, por si acaso, para llevarse frecuentes decepciones. Hay que desconfiar de los ditirambos del presente. Desde luego, si no me viera obligado (ya que los escribo), no iría a leer los libros míos. ¿Quién es ese Javier Marías para quitarles horas a Dickens o a Tucídides, a Montaigne o a Conrad? Pero en fin, me han gustado las últimas novelas de John Banville y alguna de Colm Tóibín, que recuerde ahora. En español, El ruido de las cosas al caer de Juan Gabriel Vásquez y Un día de cólera de [Arturo] Pérez-Reverte. Pero no me haga caso por las ausencias: he leído poco contemporáneo en años recientes”.

Disculpe la impertinencia y la curiosidad, ¿en qué está trabajando ahora? ¿Tiene fecha de publicación prevista para nueva obra?

“No, nunca tengo fechas previstas. Bueno, en octubre saldrá un volumen que reunirá mis cuentos, los aceptados y los aceptables (dejaré fuera los inaceptables), pero en él no habrá nada estrictamente inédito, aunque sí algunos relatos nunca antes recogidos en libro. Intento empezar a escribir una nueva novela posible. Intento empezar a? los dos verbos son exactos. Ni siquiera sé aún si el proyecto cuajará o no”.

Cambio de tercio. ¿Qué estado de salud atraviesa la lengua española?

“Malo, ya lo sabe usted. Hace poco se han reunido en un volumen todos los artículos que a lo largo de años he escrito sobre ese asunto, Lección pasada de moda se titula. Me temo que, lo abra por donde lo abra, la respuesta a su pregunta será: malo”.

¿Existen diferencias en la evolución de la lengua entre España y los países americanos? En España siempre se tuvo la impresión de que son los latinoamericanos quienes mejor utilizan nuestra lengua común?

“Eso tal vez era antes, hace unos años. Ahora tengo la impresión de que la utilizamos igual de mal. Me temo que los países americanos están aún más colonizados que nosotros por los anglicismos absurdos e innecesarios. Quizá nos llevan ventaja en cierta capacidad para iniciar y completar frases con sentido, algo que los españoles -con excepciones- son cada vez más incapaces de conseguir. Pero me temo que tenemos la lengua igual de “invadida”, si no los países americanos más”.

¿Cuáles son los retos pendientes para la promoción del español en el exterior?

“Ni idea. Nada me preocupa menos que la promoción de la lengua, o incluso de la literatura, para el caso. Todo eso es un asunto de marketing, a lo que no me dedico”.

Se suele creer que los jóvenes son los primeros agresores del idioma, pero también esos jóvenes siempre han sido los que han liderado la evolución de cualquier lengua. ¿Quién lleva razón en este pleito?

“Yo creo que las lenguas son maltratadas por igual por gentes de todas las edades. A mí me hieren los oídos (o la vista) muchas barbaridades y expresiones, muchos términos ridículos y superfluos, pero entiendo que nací en 1951 y que además soy escritor, y los escritores somos muy maniáticos con las palabras, tenemos fobias y filias, etcétera. Mire, si un día el castellano o español es sustituido por otra cosa, qué se le va a hacer, más grave fue lo del latín. Ahora bien, mientras yo viva, no renunciaré a la mayor riqueza posible para la lengua en que me expreso. Lo contrario me parecería una claudicación. Y sería una lástima que un instrumento que ha llegado a ser preciso y lleno de matices se volviese primitivo”.

¿Cuáles son los riesgos de la expansión de ese lenguaje metatecnológico que ahora reina en Internet, en teléfonos móviles, sobre todo en las redes sociales?

“No sé si eso es un verdadero riesgo. Una cosa es cómo la gente escribe cuando lo hace rápida y escuetamente, otra cómo lo hace en general. Más peligro veo en las televisiones, donde en general se dicen cosas disparatadas y ridículas y erradas, y que contaminan a los hablantes a gran velocidad”.

Porque usted, por lo que sé, carece de teléfono móvil y no utiliza el correo electrónico. ¿Le puedo preguntar por qué?

“Escribo a máquina porque me gusta hacerlo sobre papel. Sacar luego el papel y corregirlo a mano, con mis tachaduras, mis flechas, mis rectificaciones. Luego lo paso a limpio a máquina otra vez, y así cuantas veces juzgue conveniente. Cada vez que tecleo la página me acostumbro a ella, la asumo, la hago más mía. En el ordenador ese proceso no sería posible, a menos que imprimiera cada borrador, y la verdad? En cuanto al móvil, es un instrumento de control, y aun de esclavización de quienes trabajan. Casi nada es nunca tan urgente que no pueda esperar a que uno regrese a casa y oiga sus mensajes, como sucedía antes del móvil. No deseo recibir llamadas mientras paseo, o voy en tren, o estoy en un restaurante, o en el cine. Estar ilocalizable me parece una bendición. Estar siempre localizable, por tanto, la mayor maldición”.

Publicado en el diario La Nación (Buenos Aires) en agosto de 2012

Con Ismaíl Kadaré en el agujero negro de Albania

17 Oct

por Carlos Fuentes

El camino que lleva a la casa de Ismaíl Kadaré es una metáfora de su vida. Un trazado sinuoso, escondido en el costado izquierdo de Durres, el gran puerto mediterráneo por el que durante los años 90 muchos albaneses buscaron una vía de escape clandestino del último país comunista de Europa. En esta casa de verano, rodeada de pinos hasta el borde mismo el mar, pasa el veterano escritor los meses de calor. Y con él su familia, aumentada por el retorno de su hija, de su cuñado y de un nieto que no parará de revolotear durante la entrevista. Viven en Estados Unidos. Pero ni la distracción familiar ni los rigores del verano albanés impiden que el oficio literario siga adelante. Ismaíl Kadaré escribe cada mañana, cinco horas al día, con horario inquebrantable, mientras espera el regreso a París, donde reside en invierno desde que hace veinte años solicitó asilo político y consiguió abandonar el feudo del dictador Henver Hoxha. El férreo estalinista que usurpó el poder democrático durante cuatro décadas y que, he aquí otra paradoja, era natural de Gjirokastra, la ciudad bastión del interior del país en la que el nuevo Premio Príncipe de Asturias de las Letras nació hace 73 años, el 28 de enero de 1936.

Las dictaduras y la literatura auténtica son incompatibles”, afirmó entonces el autor de novelas como El palacio de los sueños, Abril quebrado, El cortejo nupcial helado en la nieve o Los tambores de la lluvia. Un escritor genuino, Ismaíl Kadaré, dotado de un ojo de francotirador y responsable de una sólida obra narrativa. Traducidas a más de cuarenta idiomas, sus novelas, ensayos y poemas retratan como pocas han logrado después las pesadillas y los anhelos de los habitantes del último medio siglo en el corazón geográfico de Europa.

Ismaíl Kadaré

Heredero de una tradición narrativa que hunde sus raíces en la Grecia clásica, en Homero, Shakespeare, Cervantes o Chéjov, así como en la literatura de entreguerras en los países balcánicos, con Ivo Andric, Danilo Kis y Milovan Djilas en el friso de los recuerdos, Kadaré fue testigo infantil de los rigores de la violencia fratricida en la península balcánica. Sobrevivió en una ciudad rural que ha visto pasar invasiones italianas, griegas y alemanas nazis. Luego, ya en la capital albanesa, cursó estudios de Historia y Filología en la Universidad de Tirana y se especializó en Literatura internacional durante una breve estancia académica en el Instituto Gorki de Moscú en 1960. Desde la capital soviética regresó a la fuerza cuando la URSS y Albania rompieron relaciones al año siguiente. Empezaba el más crudo invierno albanés. La noche.

Tirana museo Albania

De vuelta a Tirana, Ismaíl Kadaré trabajó en el periódico albanés en lengua francesa Les Lettres y comenzó a publicar sus primeros trabajos poéticos. Su primera novela, El general del ejército muerto, escrita durante su estancia en Moscú, vio la luz en 1963. En la década de los 70, el escritor ocupó un escaño parlamentario como diputado en la Asamblea del Pueblo y se salvó de purgas estalinistas gracias a su incipiente prestigio literario en el extranjero, sobre todo en Francia, y por la amistad personal que mantenía con el hijo escritor del que fue primer ayudante del dictador Hoxha. Desde entonces, la sombra alargada de la colaboración con el sistema comunista le ha granjeado algunas críticas dentro y fuera de Albania. Ganador del Premio Booker Internacional en el 2005 y finalista en 1992 del prestigioso galardón Grinzane Cavour por La ciudad de piedra, Kadaré es miembro asociado foráneo de la Academia de las Ciencias Morales y Políticas de París, de la Academia de las Artes de Berlín y doctor honoris causa por la South East European University de la República de Macedonia.

Reconocido con la Legión de Honor Francesa y candidato frecuente al premio Nobel de Literatura, el próximo viernes recibirá en Oviedo el Premio Príncipe de Asturias de las Letras, otorgado en reconocimiento a su papel de representante de “la cima de la literatura albanesa que, sin olvidar sus raíces, ha traspasado fronteras para alzarse como una voz universal contra el totalitarismo”. Historias balcánicas que han sido traducidas al castellano por el vallisoletano Ramón Sánchez Lizarralde, que en 1993 ganó el Premio Nacional de Traducción por la novela de Kadaré El concierto. “Es un autor que asume y reutiliza la tradición homérica, la épica medieval”, explica su traductor. Kadaré, abunda el jurado del Príncipe de Asturias presidido por Víctor García de la Concha, director de la Real Academia Española, “narra con lenguaje cotidiano, pero lleno de lirismo, la tragedia de su tierra, campo de continuas batallas. Dando vida a los viejos mitos con palabras nuevas, expresa toda la pesadumbre y la carga dramática de la conciencia. Su compromiso hunde las raíces en la gran tradición literaria del mundo helénico, que proyecta en el escenario contemporáneo como denuncia de cualquier forma de totalitarismo y en defensa de la razón”.

¿Se siente reconocido en Albania y, en general, en los países balcánicos?

Me siento honrado por este Premio Príncipe de Asturias, aunque no sea un galardón muy conocido por el público general. Pero la élite intelectual y literaria sí que lo conoce y aprecia lo que significa su reconocimiento”.

¿Y Kadaré es bien conocido en Albania o es una especie de Quijote albanés?

Conozco a Don Quijote, no hay un solo escritor en el mundo que no conozca al Quijote y a Shakespeare. Pero a ningún escritor se le puede comparar con Don Quijote. Ni tampoco con Sancho Panza”.

Kadaré Abril quebrado

¿Qué papel pueden jugar ahora los escritores? Hace treinta o cuarenta años, la labor de un escritor era importante en el plano político. ¿Ahora?

El papel de la literatura no ha cambiado en esencia. Hay que seguir creando aunque en mi caso hayan salido unas obras algo delirantes. Pero todo lo que puedo aportar a mi país es a través de mi obra literaria. Literatura y nada más. Si he desempeñado un papel en otros terrenos es a través de la literatura”.

Pero los creadores también juegan un papel importante a la hora de moldear las actitudes de una persona, de un pueblo. ¿Qué puede hacer un escritor?

No se puede inventar un papel nuevo, no acepto este punto de vista. Creo que existe una especie de malentendido porque si hay una cosa que es global es la literatura. Es la literatura la que ha ayudado a globalizar el conocimiento. Porque la literatura siempre fue global. En naciones distintas, pero cada pueblo que crea una literatura crea para el resto de los pueblos, no sólo para sí mismo. Y no hablo de la literatura pequeña, de la literatura mediocre, sino de la gran literatura”.

Sus libros no son autobiográficos, pero sí están basados en experiencias personales. ¿Cuánto pesa en el escritor su memoria personal y colectiva?

Es la misma verdad para todo el mundo, porque yo no tengo una verdad específica. Y con la literatura ocurre igual, las leyes de la literatura son iguales para todos. No existe nada específico en mi caso”.

¿Qué papel juega el pesimismo en un escritor?

No creo que el pesimismo juegue un papel especial en la tarea de un escritor. El pesimismo forma parte de la naturaleza humana, forma parte de cada uno. Es una dimensión eterna de la humanidad. Es el papel que desempeña la naturaleza en el hombre, como el odio o el amor”.

¿Y no es el pesimismo una buena fuente de inspiración para escribir?

No, no lo creo. La gran literatura está por encima de todo esto, del pesimismo y del optimismo. No conoce optimismo o pesimismo, le son indiferentes. Es la pequeña literatura la que se ocupa de esto y de otras obsesiones del ser humano”.

Kadaré

Pregunté hace años a un famoso cantautor español si es necesario que exista un dictador para que trascienda socialmente la canción de autor. Y para escribir, ¿es mejor sentir una presión política o social encima?

Es un planteamiento muy inocente pensar que un escritor necesita un dictador o tenga que estar bajo presión para ser más lúcido en su labor. Se puede tener una primera impresión de que es necesaria esa constricción, una pérdida de libertad para ser más lúcido, pero en el fondo no es así. Porque, al fin y al cabo, una prisión real o una prisión imaginaria es igual para la literatura. La prisión en la visión global del mundo existe en todos los regímenes porque la tradición de la libertad es algo muy reciente, muy nuevo, en nuestras sociedades. Siempre he pensado que los escritores son capaces de sacar tesoros literarios ya sean felices o infelices. Una situación u otra son muy parecidas. Porque un escritor desgraciado no vale más que un escritor feliz. Las dos situaciones se parecen”.

Camino de esta casa, su editor, Bujar Hudhri, me contaba que su hijo de veinte años le preguntó hace poco quién fue Enver Hoxha. ¿Quién fue Enver Hoxha y cómo era la vida bajo su régimen dictatorial?

Esto no es un problema para la literatura. ¿Por qué los españoles necesitan saber esto para conocer de la dictadura albanesa a través de su literatura? El asunto legítimo es cómo puede percibirse esa situación. No creo que el papel de la literatura sea explicar cómo era un régimen, ya fuera un sistema político dictatorial o liberal. Es algo de cuarto orden que no es muy importante. Como ocurre aquí, en Albania, y en cualquier país del mundo no es normal no saber lo que era la dictadura de Franco. No estoy de acuerdo con esa idea que está tan expandida ahora de que las nuevas generaciones no saben lo que era el comunismo o el fascismo. Depende de que generación se trate. Si hablamos de imbéciles está claro que lo ignoran, pero las personas normales saben quiénes fueron Calígula, César o Nerón. Es igual con la dictadura comunista. La gente juega con esto, parece que nadie entiende quién fue Stalin. Y no es verdad, no es posible admitirlo. Si usted pertenece a una comunidad internacional global, usted está obligado a conocer esto porque es la historia de la humanidad. Es una situación muy triste, así que yo procuro no hablar con gente que no sabe nada. ¿Qué no entiende, qué no sabe? La gente no debe decir que es inocente, que no sabe nada”.

Kadaré Kosovo

¿Fue una buena solución aceptar la declaración de independencia de Kosovo?

Sin duda. Porque la situación de Kosovo era anormal, absurda. Era la única colonia que quedaba en el continente europeo. Y Europa ha equilibrado lo que estaba desequilibrado”.

He pasado unos días paseando por las calles de Tirana, donde ahora hay oficinas de empresas mixtas entre albaneses y serbios, antes enemigos. ¿Cuál es el futuro de la región, del sur de los Balcanes? Porque la política protagoniza primero los conflictos y luego la economía viene a hacer negocios…

No creo que haya relaciones importantes entre los países balcánicos. Serbia piensa que es un gran país, pero la realidad es que es un país pequeño, pobre también, sin importancia. Todos los países balcánicos tienen más o menos la misma magnitud, la misma potencia política y económica, y la misma tradición. Hubo una tragedia en los Balcanes y ahora se ha transmitido una idea falsa porque todos los países son similares. No se puede transmitir desde aquí una idea de grandeza respecto a otros países porque Grecia, Albania, Serbia o Bulgaria tienen más o menos la misma potencia. Hay un equilibro establecido durante muchos siglos que no se puede describir de una manera sencilla”.

¿Es que se han olvidado ya los días de guerra y muerte?

Aquí hubo un conflicto bélico que empezó entre albaneses y serbios, entre serbios y croatas, entre serbios y bosniacos… y Kosovo era la última etapa. No era una guerra tribal ni una guerra religiosa, en absoluto. Los serbios querían decir que era una guerra religiosa pensando que habría gente que iba a apoyar su causa por ser cristianos, al igual que otros apoyarían a los musulmanes. En Albania no se hizo nada con la religión porque se entendió que era una guerra por la libertad. Era sólo un viejo eslogan para esconder que no era un conflicto simétrico. Por un lado había dictadura, Serbia hubo dos estados que se hicieron la guerra. Y en Kosovo no fue igual, no era el mismo marco. A veces se dice que en Kosovo se entremataron, pero no es cierto. Como no se puede defender que en la II Guerra Mundial los alemanes y los judíos se mataron entre ellos. Es una manera de falsificar las cosas, una forma imperdonable de presentar las cosas y dar una visión de la historia totalmente errónea. Ahora existe una cierta propaganda para que se revise la actuación de Europa y de Estados Unidos. No se dice de manera abierta, pero se insinúa que la intervención de la Unión Europea y de Estados Unidos fue un error. Pero yo no lo veo así. Hubiera sido un error si en la ley moral de Europa se hubiera aceptado de nuevo el racismo y que los pueblos no tienen derecho a determinar su destino. Si Europa castigó a Yugoslavia por las masacres fue porque Europa no podía renunciar a esto y volver hacia atrás. Sería muy triste”.

Quizá se castigó a Serbia para evitar males mayores. Quizá porque Europa no se olvida de los Balcanes. Aquí comenzó el siglo XX con el asesinato de Francisco Fernando en Sarajevo y ha terminado con la independencia de Kosovo…

Es justo lo que ha sido la historia de Europa, pero vista de una manera algo poética, romántica, porque la I Guerra Mundial hubiera tenido lugar sin aquel asesinato de 1914 en Sarajevo. Seguro que hubieran encontrado otro pretexto. Es un tema complicado porque existe una contradicción fundamental: por una lado existe una cultura liberal y otra que es conservadora. Es una contradicción esencial que no sé cómo terminará. Cada uno utiliza a Europa contra el otro”.

¿Qué puede aportar Turquía a Europa, y viceversa?

No lo sé. Hay que analizar el mundo de los Balcanes respecto a Turquía. Los turcos reclaman que el término ‘ocupación otomana’ sea sustituido por el de ‘presencia otomana’, pero yo no estoy de acuerdo en absoluto. No se puede cambiar la historia. Los Balcanes y el Imperio Otomano fueron enemigos mortales durante siglos, y ahora no se puede falsificar la historia de manera tan grotesca. Nadie necesita esta falsificación”.

Ismail Kadaré

Usted ha dicho que no hay ningún buen escritor de régimen. ¿Ninguno?

Los escritores oficiales son muy escasos en el mundo, así que no hay que utilizar esta expresión. Es una expresión ridícula. ¿O es que existen escritores oficiales en España?”.

En la España de la dictadura franquista hubo algunos ejemplos…

¿Pero se llamaron ellos mismos escritores del régimen o fue alguien quien los denominó así? En todo caso, no fueron grandes escritores, eran pequeños escritores. Luego estaba la propaganda creada por eslóganes. Si usted quiere hablar contra algún escritor puede decir que era un escritor de Stalin, Hoxha o Ceausescu. O escritores durante el comunismo o el nazismo. Yo nunca fui un escritor oficial, son simplemente calumnias. ¿Cómo podía ser un escritor oficial y escribir un libro como El palacio de los sueños? Después de la caída del comunismo, muchos escritores que eran simplemente escritores fueron objeto de este tipo de calumnias. Todas las policías secretas comunistas tenían poder para calumniar a los escritores, ya fueran locales u occidentales, y tratar de menoscabar el poder de su obra. Imagine usted qué pudieron hacer en los países comunistas. Aquí en Albania, el problema es que no se abrieron los archivos secretos para poder desenmascarar de una vez por todas a los que estaban al servicio del régimen. ¿Por qué? Primero hay una manera de ver la literatura, es decir, sus valores óptimos o mínimos. Los textos literarios de gran valor o de poco valor. Es la primera visión. La otra forma es ver a escritores que estaban al servicio de la máquina de la dictadura. Ésta es la verdadera frontera y no la fantasía. El texto literario, por un lado, y la moralidad que viene de los archivos secretos, por otro. En la mayoría de los casos no se produjo ese descubrimiento de informes secretos, aunque hubo intentos para ver quién estaba con el régimen y quién estaba en contra. La mayoría no lo quiere, ya que la mayoría de los pequeños escritores estaban del lado del régimen y tenían un papel de soplones. Ser escritor oficial o no serlo depende de los textos literarios que uno escribe, y mis libros se han traducido y publicado en el mundo libre. ¿Dónde están los libros oficiales? No tiene sentido, es sólo una especulación”.

¿Cómo le gustaría ser recordado a Ismaíl Kadaré?

Pues no lo sé. No hay que hablar con falsa modestia, no me gusta eso. Cada escritor sabe muy bien lo que vale, y no es megalomanía decir esto”.

¿Entonces no está esperando por el Nobel?

Estoy acostumbrado a esto. Usted puede tener el Nobel, usted puede figurar entre los candidatos… es un problema para los demás, pero no para el escritor. No es una tragedia no tener el premio Nobel, como tampoco tenerlo es una felicidad suprema. No digo que me sea indiferente, no. Es una fiesta y aprecio esta fiesta planetaria de la literatura. Está muy bien que la humanidad tenga esta fiesta de las letras, pero se ha creado un mito universal que no es determinante para un escritor. Hay escritores con el Nobel que ya están olvidados”.

Publicado en el diario El Norte de Castilla en octubre de 2009

Siglo II después de Onetti

27 Jun

Por Carlos Fuentes

¿Puede ser la tristeza motor de creación? ¿Se escribe mejor desde el desasosiego y la melancolía, en una tormenta íntima? El escritor uruguayo Juan Carlos Onetti dejó una lección magistral sobre la influencia del ánimo en la labor creativa. Él ya no está aquí para contarlo, pero Mario Vargas Llosa recupera su figura como eslabón central de la novela hispanoamericana moderna. Ahora, Casa de América conmemora el centenario del natalicio del orfebre de El pozo, La vida breve y del cuento magistral El infierno tan temido.

Un escritor es un escritor más sus obsesiones, y en Onetti este hecho es algo flagrante, un sacrificio, una inmolación”, arrancó Mario Vargas Llosa su repaso de memoria propia sobre la figura de un autor, Juan Carlos Onetti (Montevideo, 1909-Madrid, 1994), que sobrevivió como pudo a un continente desgarrado por la violencia social y la caníbal controversia política. “Su mundo literario es muy negro, es un mundo pesimista y desesperado en el que no hay salida porque todo se corrompe, hasta la honestidad”, abundó Vargas Llosa, “pero a pesar de la mugre, Onetti emociona y cautiva, e incluso genera piedad y solidaridad”.

Al otro lado de la mesa, el escritor y periodista canario Juan Cruz entró pronto al quite. Atribuyó al uruguayo la creación de una “cosmogonía del mal” en su obra y, afilado, señaló que Onetti “halló la desolación para hablar de la desolación”. “Cuando Onetti escribía había varios Onetti, aunque él nunca se impuso temas. Escribía por necesidad, casi como función orgánica”, indicó Vargas Llosa, en la convicción de que “nadie puede reprochar a un escritor su visión del mundo si esa visión es auténtica y conmueve”. Dicho de otra forma, escueta: “Onetti no era totalmente consciente del significado del mundo que creó”. El peruano citó El infierno tan temido, que “estremece y dice muchas cosas más de las que uno puede entender. Es el texto de Onetti que mejor describe el mal y la vocación autodestructiva, que es la fuente de toda catástrofe humana, de la inclinación irreprimible del ser humano por hacer daño y destruirse. Siempre me pregunto si Onetti llegó a darse cuenta de lo que había logrado en ese relato”.

Con óptica isleña, Juan Cruz reivindicó la valía de lo anecdótico en el proceso creativo de un narrador (“son las anécdotas las que producen obras narrativas, la escritura reescribe la realidad”) y Vargas Llosa asumió el valor intangible de la memoria como motor literario. “Los recuerdos germinan en la memoria, aunque con Onetti no tenemos fuentes sobre lo que vivió y que luego transformó. Hay muchas perspectivas para afrontar una obra tan poliédrica. Sus personajes son escapistas como lo es siempre el ser humano que considera que el mundo es insuficiente”, indicó Vargas Llosa, que reconoce al uruguayo como «el primer narrador moderno» de la lengua castellana. “Su influencia desde que lo conocí en los años sesenta nunca me defraudó. Siempre me pareció un verdadero creador, con mundo propio. Onetti leyó bien y aprovechó maravillosamente sus lecturas de Proust, Céline, Faulkner y Joyce, de los fundadores de la modernidad”. “Y esa melancolía le originó cierta fortaleza”, anotó Cruz para recordar que, en los escenarios de su intimidad, Onetti era capaz de “alcanzar la risa y reírse de sí mismo. Era un hombre luminoso que desataba enorme ternura entre quienes le visitaban” en su exilio madrileño, donde residió desde 1975 hasta su muerte.

Del ámbito íntimo también habló Vargas Llosa, cuya introspección en la obra y la vida de Onetti ha quedado plasmada en El viaje a la ficción. “Se abría las entrañas y se las dejaba en la escritura”, afirmó el peruano, quien sin embargo reconoció que Onetti era más de tirar de timidez como arma para encofrar sus relaciones sociales. “Era muy tímido y no salía nunca de la habitación, allí leía novelas policíacas y tomaba su güisqui”, recordó Vargas Llosa sobre uno de los dos encuentros que tuvo en persona con el escritor uruguayo. Ocurrió en San Francisco, cuando Onetti inquirió al novelista por sus hábitos de trabajo en las letras. Y Mario Vargas, ordenado como diplomático en misión perpetua, precisó que él escribe con horario fijo, cual empleado a tiempo completo. “Lo que pasa es que tú tienes unas relaciones conyugales con la literatura y yo, adúlteras”, respondió Onetti en un arranque entre el sarcasmo y la risa útil de sí mismo.

Hubo más conexiones Onetti-Vargas. En 1967, el segundo ganó el premio de literatura Rómulo Gallegos con La casa verde. Y el uruguayo no dejó pasar la ocasión: “Él dijo que ese premio me lo habían dado porque en el burdel de mi novela había orquesta y en la suya no”, recordó entre risas Vargas Llosa. Pero más allá de la risa efímera, Juan Carlos Onetti transitó territorios de tristeza y no poca resignación social. “Los escritores no escriben aislados y si hay una experiencia compartida en América Latina en los años 30 es la frustración y el sentimiento de derrota. Y Onetti padeció íntimamente contexto tan duro”.

Como aquel poeta aislado que devoraba pasteles de merengue para endulzar su penar cotidiano: “Soy una inmensa llaga que no cesa. No me toquéis, que duelo”.

Publicado en el diario El Norte de Castilla el 27 de junio de 2009