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David Byrne: “Toda música empieza con la voz humana”

3 Nov

David Byrne

por Carlos Fuentes

Como alquimista de otro milenio, el escocés David Byrne (Dumbarton, 1952) ha vuelto a pergeñar pócimas arriesgadas junto a su mejor aliado, el productor e influyente compositor británico Brian Eno. Músicos de largo recorrido, su disco Everything that happens will happen today profundiza en la formula experimentada hace ya 28 años con el seminal My life in the bush of ghosts. Se trata de once canciones corpóreas fabricadas con una suerte de folk-gospel electrónico en las que han colaborado Robert Wyatt, Phil Manzanera y Jarvis Cocker. Lejos, muy lejos, de Talking Heads, y esquivando cualquier tentación artificial, David Byrne reivindica ahora el valor de lo sencillo: la voz. “Porque todo empieza con la voz humana”, afirma el músico desde Oslo, donde anoche abrió la gira europea que en abril llegará a España con tres conciertos.

¿Por qué volver a trabajar con Brian Eno 28 años después?

Retomamos un contacto intenso cuando hace tres años se reeditó My life in the bush of ghosts. Ambos teníamos algunas ideas inacabadas para nuevas canciones y empezamos a hablar de ellas sin pensar en trabajar en un nuevo disco compartido. Pero intentamos hacer algo juntos con dos o tres primeras canciones y quedamos bastante satisfechos. Vimos que la cosa funcionaba y ampliamos con dos o tres temas más. Todo fue surgiendo de forma natural.

¿Cree que este disco es muy diferente a aquel proyecto de 1981?

Sí, es mucho más un álbum que un puñado de canciones juntas.

Canciones que crecieron vía e-mail. ¿Cómo pueden trabajar así, a distancia, usted en Nueva York y Brian Eno en Londres?

No fue exactamente así. Es cierto que muchas de las canciones nacieron a través de nuestros contactos por correo electrónico, pero también fue importante que nos reuniéramos un fin de semana en Londres y otra semana en Nueva York. Pero sí, el grueso del álbum fue construyéndose enviando archivos con nuestras músicas y esperando respuesta. Y el resultado creo que fue bueno.

¿Cuánto tiempo se prolongó este proceso creativo?

No tengo un cálculo exacto porque mientras uno escuchaba lo que había hecho el otro, ambos seguíamos trabajando en nuestras casas. Ninguno de los dos tiene un gran estudio doméstico, pero ahora puedes construir y registrar tu música con ayuda de un ordenador sencillo. Trabajas en casa y puedes ver en tiempo real cómo han quedado tus ideas previas. Después comentábamos lo que nos gustaba de nuestros trabajos, si esta melodía está bien o si aquella otra parte aún se podía mejorar algo más.

¿Y son las nuevas tecnologías una ayuda para músicos de su clase? Hace poco, un veterano músico de jazz latino, Jerry González, me contaba que es un error pensar en la música como un ejercicio de matemáticas.

Ja, ja, ja Conozco a Jerry y él tiene una manera diferente de trabajar, pero es lógico porque el jazz, como las músicas étnicas, exige un trabajo en equipo, con una banda descargando o improvisando. Y eso es difícil usando Internet. Pero cuando son dos personas, como es nuestro caso, esta nueva vía de comunicación es bastante válida. Estoy seguro de que la Fort Apache Band no hubiera podido trabajar de esta forma, pero para nosotros fue una solución.

David Byrne portrait

El disco suena como la mejor música del nuevo milenio…

Oh, eres muy amable, pero sinceramente no estoy seguro. No sé si la gente puede pensar eso por estar hecho con Internet o por la propia música. Creo que será el tiempo el que diga cuál es el valor real de estas nuevas canciones.

¿Qué busca usted cuando compone: busca músicas o mensajes?

Con frecuencia, el mensaje está en la música. Incluso en los sonidos porque, por mucha información que uno tenga de cualquier estilo, el mensaje lo aportan las voces. Siempre me ha gustado trabajar los textos en profundidad, pero soy consciente de que, al final, el mensaje que transmito está en la música.

¿Qué papel juega el pesimismo, mejor dicho, la melancolía, en su obra?

No creo que ahora sea un pesimista: soy algo más optimista que años atrás. Escribí estas canciones durante la era de Bush y, quizá por eso, instintivamente, intenté buscar esperanza en un tiempo tan oscuro.

Sin embargo, muchos artistas, en especial los poetas, sostienen que para escribir bien es mejor la tristeza, la melancolía. ¿Está de acuerdo?

Sí, quizá sí. Y eso forma parte del riesgo de crear.

David Byrne new

¿Qué papel tiene la religión en su trabajo?

Ninguno directo, pero sí es cierto que lo espiritual es importante cuando te enfrentas a una labor creativa. Aunque no existe una conexión directa.

Es paradójico que ahora se valore lo antiguo, quizá porque se busca lo genuino. ¿Será porque hemos ido muy rápido en los últimos tiempos?

Quizá sea una señal del difícil momento económico que vivimos ahora. Este desastre económico tiene a mucha gente desorientada. Y es bastante natural que muchas personas miren hacia atrás y añoren unos años de comodidad que ahora parecen tan lejanos.

De vuelta a la música, ¿qué busca David Byrne en un cantante?

El sonido, el sonido de la voz. En esencia, todo empieza con una voz humana.

Y Nueva York es la ciudad de las mil voces. ¿Cómo vive allí un escocés?

Lo mejor de Nueva York es que hay mucha gente diferente. Con ellos coincides cada día desde que sales a la puerta de casa. Latinos, africanos, indios o árabes tocando en cualquier esquina, todo ocurre alrededor de ti.

Publicado en el diario Público en marzo de 2009

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David LaChapelle, fotógrafo pop en una isla surrealista

28 Oct

6533 ANGELINA

por Carlos Fuentes

Para acercarse al arte tuvo que falsear su edad y trabajar como camarero en bares de ambiente en Nueva York. Amigo de Andy Warhol y Jean-Michel Basquiat, el fotógrafo norteamericano David LaChapelle (Connecticut, 1963) se ha especializado en el retrato hiperrealista de la fama y el glamour, del cine y la música. Ahora este artista, que también dirige videoclips y películas, ha dado un giro a su carrera para volver a las galerías de arte donde se crió.

En la isla canaria de Tenerife, en su capital Santa Cruz, expone estos días en la galería de arte contemporáneo Leyendecker una selección de sus fotografías más conocidas y habla del rol que juega el arte en la vida de la gente y de la necesidad de mirar alrededor para reducir la velocidad cotidiana. “Tenemos que ser capaces de mirar nuestro interior y de relajarnos con más frecuencia. Nos sobra demasiada prisa”, explica este retratista pop que ya ha trabajado con Michael Jackson, Elton John, Björk, Madonna, Lady Gaga o Leonardo DiCaprio.

Elton John - David LaChapelle

No es fácil defender la identidad artística de David LaChapelle, famoso por sus portadas para las revistas Vogue, Vanity Fair y Rolling Stone. Tampoco resulta sencillo hablar de arte y lujo en tiempos de crisis. ¿Le resulta complicado que el público vea más allá de la apariencia de una obra que intenta mostrar el lado más amable de la vida? “El arte siempre es complicado, al menos el buen arte como yo lo entiendo. Pero en mis fotografías no utilizo la belleza como un fin sino como medio para contar cosas del mundo que habitamos. Pero soy consciente de que es una forma de enseñar un tipo de mundo particular cuando hay otras personas que viven cada día una realidad muy diferente”, explica David LaChapelle, satisfecho de que su regreso a las galerías se haya entendido. “Dejé la fotografía hace cinco años y aposté por volver a las galerías, que es donde realmente empezó mi carrera artística. Y me he dado cuenta de que es mi mejor ámbito de trabajo. Esta vuelta es un regalo que viene del pasado”.

David LaChapelle¿Y ya sabe qué tipo de artista quiere ser? “Me tomo muy en serio el trabajo para galerías de arte, porque la fotografía para revistas no tiene la importancia ni el impacto artístico que existe en las salas de arte. Intento que mis fotos tengan tantas capas de contenidos y significados como sea posible. Y es un privilegio que mi trabajo fotográfico se exponga en salas de arte y también en museos contemporáneos, así que ahora intento hacer todo lo mejor que sé porque quiero que mis fotografías puedan ser vistas por el mayor número posible de personas”, señala convencido David LaChapelle.

Empeñado en volver a las calles donde se inspiró al arrancar su carrera, el fotógrafo estadounidense pretende ahora que su arte “sea accesible a la mayor cantidad de gente”. David LaChapelle quiere que su obra sea entendida por la sociedad, “ahora que la mayoría del arte lleva a que gran parte del público se sienta intimidado. Y no me gusta que se excluya a parte de la población. Por eso trabajo con imágenes con mensajes claros. Todavía tengo cosas que decir; me siento joven. Cada vez que saco una foto lo hago por una razón determinada. Y cada foto tiene una razón de ser, o al menos así me planteo cada trabajo”.

Michael Jackson - David LaChapelle

En Tenerife a David LaChapelle le han hablado de André Breton y su excursión surrealista en los años treinta. Y el fotógrafo pop asegura entender los delirios interiores del patrón del surrealismo en su visita legendaria a esta isla volcánica. “Esta luz de Tenerife tiene algo mágico y su arquitectura colonial me recuerda a La Habana, pero también me ha gustado el silencio de la isla”, explica el artista. “Dependo mucho de mi vida interior y me guío mucho por la intuición. Me gusta pasar momentos solo, encontrarme conmigo mismo y tomar decisiones. No decido mi rumbo sólo con la cabeza, me gusta madurar decisiones con el corazón y tomarme tiempo. Es lo que no se hace con la frecuencia necesaria. La gente debería reducir su velocidad de vida, sería beneficioso”.

¿Y de dónde surge el aura mística de su obra? “Mi trabajo requiere inspiración y ahora la encuentro donde hay naturaleza, abundante en lo que llamas aura mística”, afirma David LaChapelle. Lo mágico es un componente importante de sus retratos, una constante presente en toda su obra, “tan importante como la tranquilidad: me gustaría un mundo más calmado, alejado del móvil y los ordenadores. Tenemos que ver quiénes somos realmente y quiénes queremos ser. Es como aquella canción de Michael Jackson, ¿recuerdas? Man in the mirror. Ahora nos sobra demasiada prisa”, reitera el fotógrafo de la era pop.

Publicado en el diario Público en diciembre de 2010

Vampire Weekend: pop nuevo entre el cielo y el suelo

29 Jun

Vampire Weekend 1

por Carlos Fuentes

Grupo patrón para sondear la influencias de las músicas de África en el pop contemporáneo, Vampire Weekend vuelve con su tercer trabajo en cinco años. Sereno pero intenso, a veces introspectivo, entre lo marcial y lo celestial, Modern Vampires Of The City cierra trilogía y, atención, anuncia reconversión sonora en el proyecto liderado desde Nueva York por Ezra Koenig y Rostam Batmanglij.

Síntoma de los tiempos que corren, Vampire Weekend ha velado con esmero el contenido de su tercer disco. De Modern Vampires Of The City, que sale el 6 de mayo en XL Recordings, el cronista apenas dispone de una oportunidad de escucha. Una y una única vez. En un portátil con auriculares en el bar de un hotel. Un par de pisos más arriba, Rostam Batmanglij atiende a un carrusel de entrevistas clónicas. Van catorce desde primera hora de la mañana del único día de promoción en España. A esa misma hora Ezra Koenig ya debe acumular un bagaje similar en Berlín. Nuevo álbum, parecidas preguntas. Aunque entre canción y canción, luego hablaremos, surge un primer punto de enganche entre el conjunto neoyorkino y sus para nada disimuladas influencias de África y sus músicas. En la portada del nuevo disco, trabajado durante el verano pasado en Los Ángeles con el productor Ariel Rechtshaid (The Hippos), una imagen añeja de un día de niebla densa en Nueva York, su geometría urbana y sus aires de tiempo detenido, evoca paisajes antónimos en el corazón en tinieblas de África.

Rostam Batmanglij sonreirá luego, satisfecho de que la foto de portada evoque sensaciones cruzadas: “En la ciudad la niebla se origina por la contaminación, al menos una buena parte, mientras que en muchos lugares de África será algo natural. Pero sé lo que quieres decir: la foto de Nueva York no aclara si vemos la ciudad de hoy o la de varios años anteriores, o quizá nos enseña cómo será la ciudad en el futuro, no lo sé. Esa incertidumbre fue lo que sentí cuando vi la foto y pensé rápido que sería una buena portada para un disco, aunque aún no sabía de cuál”. La foto, en verdad hecha en 1966, es un trabajo de Neal Boenzi para The New York Times captando el sur desde la cúspide del Empire State.

Vampire Weekend Modern vampires of the cityEsta gris mirada austral enlaza con las huellas de la (relativa) sorpresa que los primeros discos de Vampire Weekend causaron entre la audiencia occidental. Dos trabajos notables (Vampire Weekend, de 2008; y Contra, publicado en 2010) y siete años después, el cuarteto que completan el bajista Chris Baio y el batería Chris Tomsom se ha convertido en una suerte de mecanismo de sondeo para comprobar hasta dónde han llegado las influencias africanas en el pop y el rock contemporáneos. De acuerdo, Ry Cooder ya se había arrimado a África, como Damon Albarn en busca de otro pop posible, Manu Chao trabajó con Amadou & Mariam, y luego llegaron otras aventuras interesantes, ya en forma de alianza coyuntural (Tinariwen + TV On The Radio, AfroCubism) o de adopción migrante (The Very Best). Pero el mérito de estos cuatro chicos de Vampire Weekend no es desdeñable: con audacia y desparpajo su pop de colores exprimió la austeridad de recursos en aras de la creatividad. Frescura sin corsés. Con el latido de la ciudad moderna, pero también con la vista puesta en ritmos de solvencia probada. ¿Cómo llegan a la música africana, en la calle, en casa? “Al comenzar como grupo nuestros instrumentos eran muy básicos, simples. Y cuando nos planteamos empezar a hacer música juntos, ya en serio, nos dimos cuenta de que la música africana dispone de una gran gama de sonidos con instrumentos básicos o tradicionales de fabricación sencilla. Y sin embargo la música era limpia, fabulosa, tenía una identidad muy marcada. Todo eso nos inspiró a la hora de hacer música con nuestros primeros instrumentos de plástico”, recuerda Batmanglij. “Siempre nos ha parecido muy aburrido reducir la música, el ritmo, a los estilos y los medios de grabación que tienes cerca. No hay nada más aburrido que un ritmo básico, convencional, y siempre nos interesó más el mundo rítmico caribeño y sus increíbles conexiones con las músicas de África”.

Ocurre algo así en el colofón de Don´t Lie, quinto tema del disco, donde se huelen aires del Caribe anglosajón, quizá mento de Jamaica, quizá calypso de Trinidad, en un punteo trémulo de Rostam. “Oh, bien. Me gusta mucho más esta apreciación que la que tiene alguna otra gente que dice que suena a The Strokes. Me gusta más esa referencia caribeña”. ¿Y se siente el grupo concernido por este debate de la utilización del acervo africano en pop nuevo? Rostam Batmanglij cree que no: “Es que nosotros nunca hemos escondido que algunos músicos africanos nos han influido, que nos han inspirado, como nos influye mucha música que nos gusta. Quiero pensar que vivimos en un mundo en el que cualquiera puede hacer la música que más le plazca. Es estúpido tratar de decir quién puede o quién no puede hacer según qué música. ¿Quién está realmente en la posición de juzgar lo que se puede hacer o no con la música? Nadie. Todo depende de quién eres y qué quieres hacer. No nos hemos apropiado de nada, sí que nos hemos inspirado en otras músicas y muchos músicos que nos gustan”.

Vampire WeekendDe vueltas al nuevo disco, Modern Vampires Of The City es a la vez último capítulo de una trilogía temática y, atención, anuncio de un giro estilístico en Vampire Weekend. Por partes. ¿Por qué una trilogía y por qué acaba ahora? “El primer disco fue como un juego visual, pensamos que nuestros primeros tres discos tuvieran una identidad visual parecida. De hecho, queríamos que si ves los tres juntos en la tienda se puedan distinguir con facilidad. Luego llegó lo musical y, si soy sincero, creo que ha existido una especie de mano invisible que nos ha guiado. Porque hay conexiones en canciones de los tres discos, en la música y en las letras. Hanna Hunt, por ejemplo, tiene siete años. Primero la tocamos en concierto y ahora vimos que funcionaba para este disco”. ¿Y ya saben qué vendrá luego? “Si me preguntas a mí, te diría que hacer un disco de guitarras, un gran disco de guitarras. Así me imagino lo siguiente de Vampire Weekend”. Sin embargo, por ahora se mantiene otra marca de la casa, un sutil pero estudiado equilibrio entre piezas ágiles y tiempos serenos. “Sí, aunque en este disco íbamos concienciados para no abusar de las canciones lentas”.

¿Por qué? “Porque hemos intentado conservar la energía de los primeros álbumes, aunque también explorar nuevas sensaciones, tal vez más sutiles. Y porque es muy fácil escribir canciones lentas. Recuerdo que una vez Mick Jagger dijo que para él sería muy sencillo escribir baladas, que podría hacer una balada al día todos los días. Aunque siempre intentamos tener un par de canciones de éxito en cada disco”, asume Rostam Batmanglij. Por cierto, ¿cómo nace un tema de Vampire Weekend? “No tenemos una única manera de hacer música. A veces trabajamos juntos y otras alguien llega con una idea. Nos preguntamos adónde queremos ir y cómo podríamos hacer de esa idea una buena canción final. En el primer disco trabajamos mucho así, en Contra hubo también mucho trabajo en estudio, explorando sonidos y efectos que queríamos incluir. A veces llega el sonido primero y luego la letra, o al revés, no hay un guión fijo para trabajar”, explica el músico norteamericano.

Vampire WeekendOtro rasgo mayor en Modern Vampires Of The City –titulado con el primer verso de One Blood, del jamaicano Junior Reid (“modern vampires of the city hunting blood”)— sea la influencia de la música religiosa. Porque hay órganos afectados que resplandecen sin artificios, sonidos entre lo marcial y lo celestial. Ecos de Elvis con vocoder, casi plegarias de aires trip-hop. Y finales recitados desde un altar pop. “En estas canciones hay plasmadas muchas intenciones que vienen de las músicas religiosas, no de la religión sino de la manera que ha condicionado la música popular”. ¿Y la melancolía, qué influencia tiene en el concepto artístico de Vampire Weekend? “Juega un cierto papel. Yo soy el único miembro que es hijo de emigrantes. Mis padres tuvieron muy difícil lograr que la familia tuviera sensación de identidad en Francia, donde nació mi hermano [Zal Batmanglij, director de Sound of My Voice y The East]. Ya en Estados Unidos, mis padres intentaron que todos tuviéramos una identidad americana e iraní, a la vez. Justo lo que no había sido posible en Europa, donde mi hermano se sentía como un iraní que crecía en Francia”, explica Rostam Batmanglij para enlazar sentimiento de pertenencia a un pueblo con identidad artística y nostalgia de algo que no se vivió. “Lo que ocurrió en mi familia me ha aportado una perspectiva interesante: ahora hay cosas de ambos mundos que son tus fuentes de inspiración. Siento que la cultura americana es la mía, aunque también dispongo de una memoria familiar. Por eso entiendo a los asiáticos, a los africanos, a los emigrantes que viajan buscando un futuro mejor. Esas influencias de la tierra natal son fuertes y soportan bien el paso del tiempo. Quizá por eso sientes algo de melancolía al escuchar esas canciones, y mirándolo bien puede ser una de nuestras principales señas de identidad”.

Vampire  WeekendPequeño catálogo de pespuntes africanos

La radiografía, digamos, étnica de Vampire Weekend ya está inventada. Cada canción del cuarteto, y no digamos la resultona Cape Cod Kwassa Kwassa, es analizada de inmediato por críticos y seguidores en medios convencionales y blogs de todo pelaje. Que sí, Ezra Koenig, Rostam Batmanglij y compañía suenan al Paul Simon de Graceland, y del rock ágil de The Kinks han bebido bastante. Que sí, en el patch-work sonoro de los vampiros también hay ecos de Miriam Makeba y pespuntes tomados de ritmos juju yoruba del nigeriano King Sunny Adé. Arreglos de cuerdas que no desentonarían en un concierto de Tarika en Antananarivo y aromas clásicos de la OK Jazz del maestro Franco. Pero Rostam Batmanglij prefiere poner el foco en el valor inmenso de la voz como instrumento musical en África. “Durante un tiempo escuchamos mucho Malaika, la canción de Angélique Kidjo, pero también a la sudafricana Brenda Fassie… siempre nos interesó mucho esa forma de entender el pop que tienen esas cantantes africanas”, explica el músico de Vampire Weekend, sin ocultar sorpresa cuando esta escucha (primera y única) de Modern Vampires Of The City encuentra una tendencia provechosa para hacer fácil lo complejo. “¿De verdad crees que el disco gustará a los niños?”. Sí, a mis sobrinos seguro. “Oh, muchas gracias. Eso es lo que queremos, crear aromas con los que te sientas bien, cómodo, que nos acojan en sus vidas. Esa es una de las sensaciones más gratas de hacer música, llegar a entrar en la vida cotidiana de la gente”.

Publicado en la revista Rockdelux en mayo de 2013

Cabeza Borradora: retrato efímero de un sueño pop

20 Jun

Cabeza Borradora (2013)

por Carlos Fuentes

1993, Tenerife. Cinco pibes hacen música con nombre de David Lynch… y dos veranos después Cabeza Borradora ya no era el título de una película de culto. Más bien fue una sorpresa, una presencia inesperada. Con un discurso musical poco visto hasta esa fecha en el pop de Canarias y letras de enjundia pergeñadas en inglés, el quinteto nucleado en torno al cantante Carlos Robles y al multiinstrumentista Jomi González se defendió pronto como líder destacado del pelotón de grupos isleños que buscaban, cada uno por su vera, conectar con las seminales corrientes sonoras de los bailables años noventa. Hubo entonces en las islas Canarias cierto efervescente (y efímero) instante en el que, al menos un par de grupos, pujaron por alcanzar la primera división del pop español. En aquellos días de surrealismo y amores soviéticos. Entre noches en escenarios de alcurnia indie y tardes de fotomatón para revistas con pedigrí rock.

Cabeza Borradora (disco)Cabeza Borradora no fue el único conjunto isleño que lo intentó, quizá sí el que más cerca estuvo, ay, de vivir de su canción. Pero por aquel sueño ya marchito de alimentarse del pop no cabe melancolía. Si no hubo derrota, no cabe la pena retrospectiva. Tal vez cierto anhelo de lo que pudo ocurrir y no fue (sí, la culpa es un invento poco generoso) que recordamos ahora, veinte años después, con este doble álbum, Everything Went Wrong, con treinta y cuatro canciones, testimonio sonoro de aquel momento evanescente que tocó gozar. Y sin dejar de caer en la tentación de pensar, apenas por un segundo, qué hubiera sido de aquellos cinco hijos putativos de Henry Spencer en este febril Madrid de 2013.

Publicado en el disco Everything Went Wrong (2013)

Leve susurrar de canciones

9 Dic

Juana Molina

JUANA MOLINA

Por Carlos Fuentes

Nunca la etiqueta cantautora sonó tan reduccionista. Ni el adjetivo electrónica distorsionó tanto la comprensión cabal de un universo musical tan delicado. Abstracto verso suelto en el país del rock en castellano, la argentina Juana Molina es todavía una incógnita rara para el público hispano. La mujer que cambió éxito televisivo por canción inteligente habla aquí de fuegos fatuos, África y bosques melódicos.

juana molinaLa casa de Juana Molina es una escapatoria del ruido. Y de la fiebre de vivir. El pueblo de Ricardo Rojas está treinta kilómetros tierra argentina adentro, frente a la capital y al río de la Plata, al costado de la carretera panamericana. Llegar hasta aquí ha llevado dos horas en transporte público y, ahora, por esta calle estrecha, en una esquina perdida de un poblado periférico del conurbano de Buenos Aires, pasa un viejo Ford Falcón color gris verdoso. Guiño de memoria metálica al peor tiempo de la dictadura que, en 1976, obligó al exilio a la familia de la anfitriona. Juana Molina (Buenos Aires, 1962), hija del cantante de tangos Horacio Molina y de la actriz Chunchuna Villafañe (con ella huyó de la vesania y el horror, seis años de exilio, primero Madrid, luego París), ultima los ensayos para dos conciertos solitarios. Está en plena transición tranquila entre discos. El último, Un día (Domino Records), data ya de 2008. Atrás quedan otros cuatro, como Tres Cosas (2002), su osadía equiparada en méritos por The New York Times con Brian Wilson (Smile), Björk (Medúlla) y Kanye West (The College Dropout). Juana Molina sabe que se la espera, pero no tiene prisa. “Las giras me han impedido sentarme a componer. Y no soy de las que componen en los viajes”, explica esta voz leve de la canción pespuntada con electrónica amable.

¿Cómo nace una de sus canciones?

Necesito unos días para sumergirme en el futuro mundo. Y la distracción no me ayuda. Empiezo superficialmente y, de golpe, entro en la historia para ver hacia dónde quiero ir. Esto lleva dos, tres semanas, y una vez dentro no me detengo. Es un túnel por el que voy. Ahí las cosas vienen solas, si vienen de otra forma no me interesan: suelen ser superficiales y probablemente descartables. Cada canción tiene su surgir, una línea musical, una sucesión de acordes o de notas te inspiran hacer otra cosa. Al final llegan las letras, siempre tras la música. Me interesa más la música, la letra es una excusa para cantar melodías. Cuando canto siempre aparece alguna palabra o frase incluida en la melodía, ese es el tema de la canción. A veces resuelvo rápido, otras veces cuesta más porque cuando pongo letra siento que la canción pierde su lenguaje propio y abstracto. De golpe, con la letra, se hace más terrenal. Muchas veces dudo: me convenzo de que esa melodía necesita una letra para ser cantada, pero a veces veo que las letras sacan a las melodías de su lugar y la música se vuelve más pesada.

juana molina poster

¿Qué llevó a este sonido tan cálido en el país del rock en castellano?
No lo sé. Quizá por eso me costó tanto ser acá, siempre me sentí sapo de otro pozo. Será eso. Cada uno es sus influencias, las influencias son despertadores y no son voluntarias. Ocurre aunque no quieras. Y hay otras que te gustan y no te quedan, no son para vos. Cuando era más chica me gustaba mucho el funk y la música negra, pero de eso no hay nada en mí. Me gustaría citarlas como influencias, pero no hay nada en lo que hago. Sí están Ravel, Eduardo Mateo, Beatles, Stewart Copeland, Violeta Parra… los escuché, pero no sé qué tengo de ellos. Nacer en una familia muy crítica hizo que mi forma de escuchar sea tan crítica. Por eso me critico mucho y compongo cosas que luego descarto… son necesarias para limpiarme, aunque me lleve tiempo hacerlas. Sé que no van a ir a ningún lugar, pero me salen y no puedo evitarlo. Lo único que puedo evitar es que se publiquen. Muestro lo que quiero dar. No es lo mismo que te critiquen por algo que te gusta que lo hagan por algo que ni a ti misma te gusta.

¿Utiliza la electrónica como fin o más como medio?
Me sorprende cada vez que me preguntan por la electrónica. No siento que use electrónica, uso teclado. Si un teclado es electrónica, entonces sí. Me gustaría hacer música electrónica, es uno de los lenguajes que más me interesan pero no lo sé manejar. Querría hacer un disco bailable, pero no sé cómo. Imagino algo, pero lo hago y suena a otra cosa. De la idea al hecho hay muchos filtros, las capacidades, las posibilidades. Como un nadador que cree que mueve los brazos como el otro, pero el otro tiene un estilo hermoso y no se sabe bien por qué.

Quizá porque ha sabido encontrar lo hermoso en la sencillez eléctrica…

El tilde de folktrónica que se puso a mi música, que no me parece errado, se debe al simple hecho de que uso guitarra acústica. Si yo hiciera lo mismo con una eléctrica no sé cómo lo llamarían. Uso acústica porque es la que tengo, con la que me siento cómoda, pero si encontrara una guitarra eléctrica igual de cómoda y que me sugiriera la misma cantidad de cosas… son los instrumentos los que te sugieren qué hacer. No es lo mismo una guitarra que otra, no es lo mismo un sonido que otro. Para mí no existe el demo. No me sale componer pensando en que luego sonará distinto, porque ya el timbre del instrumento me sugiere lo próximo que vendrá encima. Y ese timbre no puede ser distinto. Es como un bosque lleno de árboles: el sonido de un demo es el tronco del árbol y el timbre son todas las ramas. Cuando entras a un bosque, las ramas ya están mezcladas, los timbres se van mezclando. Si cambiara todos los instrumentos y tocara la misma música con otros, sería como un bosque sin ramas. ¿Cómo llegó a mi sonido? Es una pregunta sin respuesta, llego yendo.

Juana Molina¿Le sorprende el alcance de su obra en países de habla no hispana?

Siempre tengo miedo de que no venga nadie a mis conciertos, siempre viví con ese miedo dentro. No sé muy bien por qué ocurre. La primera vez que toqué en Londres, desde las primeras notas sentí una comunión increíble con el público. Fue estupendo, capté que las trescientas personas aprobaban lo que hacía. No sé si es masivo, pero siento que hay una comunión. Me siento muy celta, lo celta me conmueve, su música, las gaitas me conmueven. No sé dónde tengo ese gen celta, pero en algún lado lo tengo. Yo veo roca, pasto y niebla y ya me siento como en casa. Siento algo mío, aunque nací en Argentina, hija de un cantante de tango y nieta de españoles. Pero escucho canciones de Thomas Campion cantadas por Alfred Deller y no puedo estar con alguien. Me conmuevo, entro en estado casi de shock. La música antigua inglesa me deshace, me deshace realmente porque me llega a un lugar al que no llegan otras. También me pasa con algunas cosas africanas: me dejan perpleja, deshecha, desarmada… es algo realmente profundo que está dentro. No sé de dónde viene, pero lo tengo.

¿Y ayudó esta huella para su conexión africana con Congotronics?

Fue una experiencia muy intensa, por decirlo de la forma más cercana que se pueda decir. Había choques culturales muy fuertes, no fue simple. Los códigos son fundamentales para llevar algo adelante y, al principio, piensas que todos lo entendieron, pero al primer mes ves que nadie entendió nada de nadie. Pero me interesó intentar llegar a entendernos un poco. Es lo que más me gustó de esa experiencia. Ver cómo sienten, por qué sienten, por qué sienten una cosa y no otra. Fui más observadora que otra cosa, como nunca, porque yo de natural soy muy activa. Siempre estoy sacando punta al lápiz para trazar una línea fina a las cosas. Sentí que había mucho que no se decía, muchos percibíamos que había algo flotando que no se decía. Y quise descifrar eso para sentirme más cómoda y no quedarnos en sí, bien, esto es un encuentro con africanos en un proyecto multicultural pero no entendemos nada de nadie. Lo sufrí, pero al final logré lazos fuertes, verdaderos. Fue complejo, pero igual me encantó hacerlo.

Juana Molina en Lunes del ParaninfoDifícil imaginar la carrera de Juana Molina sin una disquera extranjera…

¡Yo qué sé! En Argentina se dio una situación incómoda cuando empezaba: muchos iban a verme porque conocían mi nombre por la televisión. De ese público, y era enorme, no sé cuántos quedaron porque les gustaba. Iba a un concierto y a la mitad había mucha menos gente. Al final, apenas cincuenta. Pero era un alivio, y yo algunas veces preguntaba: ¿empezamos de nuevo ahora que estamos los que queremos estar? A partir de ellos se fue formando otro público. Fichar por Domino hizo que más gente se enterara y se diera ese titular ridículo: “Vuelve triunfante de Europa”. Pero no creo que eso te dé más público, sí da posibilidad de que más gente te conozca. Hoy no estamos para que un disco tenga dos oportunidades, estoy condenada a que a mucha gente nunca le guste lo que hago. Sé que jamás me va a dar segunda oportunidad. Cuando empecé me decían que estaba loca, ¿no quieres poner algunas otras cosas a tus canciones? (risas) Pero yo no sacrifiqué una exitosa carrera de actriz para hacer algo que no me guste. No lo hago para tener éxito, lo hago porque si no lo hago me muero. Y muy de a poco, pero a paso seguro, empecé a tener más adeptos. Aunque sé que a la mayoría de la gente no le gusta mi música a la primera: escucharme es como aprender a aprender otro idioma.

Congotronics vs Rockers

África y las cintas robadas

Lo último de Juana Molina fue el proyecto Congotronics vs Rockers (2011), la reunión de grupos occidentales (Deerhoof, Skeletons, Wildbirds & Peacedrums) con la polirritmia febril de los congoleños Konono Nº1 y Kasai All Stars. Para la argentina era una cuenta pendiente y un mal recuerdo: “Tuve curiosidad por lo africano cuando vivía en Francia, pero ocurrió una desgracia lamentable que no pude remediar. En 1982, cuando ya volvía de Europa, pasé meses grabando discos prestados y programas de radio en cintas caseras. Reuní cuatrocientos casetes de noventa minutos, pero me robaron todo al llegar acá. Y nunca más recuperé esa música”, explica. “No me pude recuperar de la pérdida de gran parte del alimento musical de seis años en Europa, fue como si me hubieran lobotomizado. Olvidé esas músicas y ya nunca más compré discos”. Y ahora, ¿cómo se guía? “Hay tal cantidad de oferta que antes debes informarte, leer para saber qué quieres comprar. Voy a una tienda de discos, me quedo parada en medio de las góndolas y me voy sin nada porque no sé qué elegir”,  admite Juana Molina. “Por suerte, existe YouTube y descubro cosas por casualidad, pero me falta curiosidad. No soy tan curiosa para estar investigando”.

Publicado en la revista Rockdelux en octubre de 2012

La alegre cátedra popular de los cantecitos de Kiko Veneno

12 Oct

Kiko Veneno

por Carlos Fuentes

El día que el Lobo López se encontró a su amada, muchos oyentes españoles supieron de la existencia de Kiko Veneno. Hasta entonces, aquel verano ya casi otoño de 1992, la música popular cargaba aún con un estigma de lamentos. Un maltrato derivado más por ciertas alergias ideológicas, ay, en vez del respeto que merece todo acervo genuino. Y en esas llegó Joselito y sacó el optimismo a bailar las rumbitas de la vida.

Mira que tiene gracia: en un Mercedes blanco desembarcó Kiko Veneno para el primer concierto de celebración por los veinte años de Échate un cantecito. Auto de lujo para él, José María López Sanfeliu (Figueres, 1952), quien por aquellos tiempos tiraba de un vetusto Renault cuatro latas. Sería fácil hablar de justicia histórica, que la hay, pero mejor reivindicar el regocijo que generaron diez canciones bienaventuradas. Inesperado arroyo de picardía e ingenio que, como nunca visto antes, combinó el soniquete flamenco más accesible con los ritmos mamados en el sur fronterizo. Y, claro, esa poética fresca de querencia lorquiana, verde que te quiero verde, que contagió las hazañas del Lobo López, de Joselito y sus superhéroes de barrio antes del boca-oreja por la internet.

kiko veneno cantecito

Quizá sea cierto que Kiko Veneno no inventó nada. Ahí están otras figuras pata negra, de Chocolate a Bambino, de Peret a Gato Pérez, de Lole y Manuel a Martirio… en fin, los hermanos Amador y los cuchillos afilados de Baldomero Torre. Sí supo este andaluz por raíces agitar una coctelera sabrosa que pasó mucho tiempo, y ahora ya sabemos que fue demasiado, esquinada en el barrio que no visitaban los turistas porque allí vivía la gente. Atrás quedó el disco seminal de Veneno, marcado a fuego en cuarto kilo de hachís, que muchos no entendieron en su hora. Y el cronista callejero, filósofo de bares y fondas, pagó con tres lustros de suplicios: cuesta creer que no vivió de la música hasta que regresó de Londres con aquella cosecha de una primavera luminosa. El resto, valga el tópico, ya es historia. Rescatada ahora en una edición especial de Échate un cantecito con las diez piezas originales, once temas más, entre versiones de maquetas y memoria del directo (Fuego), tres colaboraciones con Martirio, Albert Pla y Calamaro, un DVD y los diarios de la peregrinación a Londres. Con Santiago Auserón ayudando siempre en la sombra.

Y como historia de la buena se contará en el futuro, veinte años no es nada, el concierto de regreso de los cantecitos. A sala completa, tras cambiar ubicación desde un espacio menor, Kiko Veneno se confirmó en estado de gracia. Mucha culpa tuvo su banda, Los Notas del Retumbe, con el increíble Raúl Rodríguez (carajo, ¿cuántos músicos viven en su guitarra?), el funambulismo eléctrico de Charlie Cepeda y los ricos tumbaos cubanos sonando al fondo. Pero conviene no engañarse: si el cantante forma parte de nuestro patrimonio emocionante es por sus coplas de madrugada. Combustible nutritivo que tiene la santa cualidad de sacar lo mejor de nosotros. Porque ahora que laten días grises, aquí no hay primos ni riesgos que resistan esta sobredosis de entusiasmo. Alegría de vivir, a veces en clave africana con flamenquito saltando a la kora (Dice la gente), que igual emociona con Paco Ibáñez (Palabras para Julia), enternece con sus cuentos cotidianos (Reír y llorar, Salta la rana) y divierte con su revisión pop naif de Dylan (Memphis blues). Hasta la victoria, siempre, por la sencillez.

Kiko Veneno 2

Pero no sólo de rumba vive el hombre, ni de mitos en voz ajena (Volando voy, que cantó Camarón en La leyenda del tiempo). Así que habrá que estar atentos a las nuevas aventuras animadas del campeón guapeao: disco propio con la producción de otro lumbreras ubicuo, Raül “Refree” Fernández, que se anuncia para finales de año y, sorpresa-sorpresa, una alianza transoceánica pergeñada junto al cantautor uruguayo Martín Buscaglia. Hasta entonces, a seguir la ruta venenosa en este otoño del aniversario, con conciertos en Barcelona (Sala Apolo, 20 de octubre), Granada (Auditorio Manuel de Falla, día 27), Santiago de Compostela (Sala Capitol, 23 de noviembre), Burgos (Sala Hangar, 24) y Bilbao (Fever Club, 28 de diciembre). Con botellas de coca-cola llenas de vino de Chiclana, hasta que salten los cachitos de hierro y de cromo.

Publicado en la revista Rockdelux en julio de 2012

Regreso a La Mar de Músicas

11 Jul
Falta una semana para La Mar de Músicas,
así sonó el año pasado el festival de Cartagena
www.lamardemusicas.com

Canciones al dente para todos

Por Carlos Fuentes

No hay nada como las apreturas económicas para incentivar la imaginación. En Cartagena, donde ya es milagro que un festival de sonidos étnicos sobreviva con la que está cayendo, la última finta a la crisis ha sido reducir presupuesto, acortar el calendario y, sobre todo, combinar un cartel de pesos pesados con medianías de menor caché pero efectivas entre el público menos avezado. No es mala fórmula para sobrevivir, en la confianza de que venga un tiempo mejor.

CANCIÓN DE LUNA LLENA

En una edición, la decimoséptima, dedicada a Italia, la primera grata sorpresa llegó precisamente del país invitado. De Nina Zilli ya se sabía por 50 mila, la pieza que Ferzan Özpetek incluyó en su película Mine vaganti. Pero resulta que la cantante piacentina es mucho más que un éxito de temporada. Resuelta sobre las tablas, Zilli enarboló su pop con pespuntes soul, sonido que ya busca heredera, con canciones agradecidas como L’uomo Che Amava Le Donne y Cera Una Volta, más puntales adaptaciones de la matriz Motown (My Girl), algunas en clave italiana (You can’t hurry love/L’amore Verrà). Desembarco brasileño hubo por dos: Gilberto Gil dejó la política para mayor gloria de la canción y, vaya, con 69 años sigue en plena forma. El maestro bahiano regaló un recorrido nutrido por los sonidos del nordeste: forró, baião, xote, maxixe… y mucho tropicalismo flotando en dos horas largas que duró la lección. Gigante Gil, no se esperaba menos, profesor absoluto de la guitarra brasileña, ya sea si se arrima al folclor propio (Dança Da Moda, Óia Eu Aqui De Novo, Lamento Sertanejo) como si rescata su homenaje reggae a Marley (Não Chore Mais). Se fue dejando dos mil almas boquiabiertas con O Livre Atirador e a Pegadora, antes de regresar rápido como invitado para susurrar Esses Moços. Abrió sesión nocturna Adriana Calcanhotto, elegante, la gaucha más nutritiva de la penúltima hornada. Vino con el estreno de su disco de sambas, pero es su pop mayestático, puro expresionismo, el que termina por cautivar a quien no la conoce. Ya se sabe de su cancionero rebosante, también del ojo clínico con el que elige parceiros (Lancelotti, Continentino, Morães), incluso de sus golpes de efecto (percusión con pozuelos de café, distorsión con megáfono infantil… hasta un secador de pelo entre confetis). Pero que nadie caiga en la confusión: Adriana Calcanhotto retrata lo cotidiano como pocas (y pocos) hoy en Brasil. De músicas añejas sabe, y mucho, Mavis Staples. Rescatada del olvido por Jeff Tweedy, la gran dama de Chicago inauguró la noche dedicada al blues y, quizá porque sabía lo que vino después, condensó en una hora medio siglo de sabiduría popular. Bastó escuchar su voz trémula rompiendo espejos de edad con Last Train, la resurrección You Are Not Alone o, ya arrimada al gospel, Creep Along Moses. Cierto que regateó esfuerzo, pero su hora de gloria cotizó en quilates mucho más que el simulacro que llegó luego. Y de África, la escasa cuota recayó en el senegalés Cheikh Lô. Más sosegado que en visitas anteriores, el amable baye fall completó un recital espléndido. Sin aspaviento, con tama y batería amortiguados ante una voz que devuelve el precio de la entrada. Se volcó en Jamm, repasó su mbalax lo-fi y reiteró ser el gran exponente del acervo caribeño en el oeste africano: Seyni, preñada de Cuba. Barroso y Portabales: baile bonito y sabroso en la memoria.

CUARTO CRECIENTE

Quiso poner a bailar como salvajes y lo consiguió, aunque al final diera aspecto de más fiesta que chicha. Stewart Copeland encontró en la tarantella y la pizzica aquel espíritu que utilizó para domesticar el ritmo del punk vía new wave. Baterista proteico, eso no se discute, desembarcó con tanta energía que más que abrir puertas salió disparado por la ventana. Triunfó entre multitudes, quizá porque se esperaba una hipérbole, e hipérbole hubo, pero cabe dudar si el percusionista mejor dotado de su generación está sólo para animar la fiesta. Menos efervescencia en el público encontró El Guincho, pero su propuesta de directo sigue madurando. Ya con guitarra y bajo de cuerpo presente, Pablo Díaz-Reixa parece haber encontrado la fórmula que haga accesible el torrencial despliegue de Alegranza y Pop Negro. Su catarata de ganchos a las caderas admite poco debate: Bombay suena casi mejor que en disco y los hermanos mayores (Palmitos Park, Kalise, Fata Morgana) siguen con el viento en las velas. En otro código, también Russian Red continúa en maduración. Ajena a polémicas fanáticas, Lourdes Hernández defendió con solvencia la cosecha nueva de Fuerteventura, con esa veta autoconfesional (Nice Thick Feathers, Braver Soldier) y cierta cadencia beat (I Hate You But I Love You). Camino consolidado que ya tiene Julieta Venegas. Llegó superviviente del Festival de Benicàssim, pero el sonido se la jugó: apenó ver al ruido fagocitar crónicas tan bien armadas. Algo así ocurrió con Instituto Mexicano del Sonido, con la diferencia de que Camilo Lara parece buscar adrede una sobreactuación que termina por empalagar su híbrido cancionero bailable; y Balkan Beat Box, entremés, ejem, mestizo sin mayor enjundia. Para inventos inflamables están Fréderic Galliano y sus chicos contagiosos del Kuduro Sound System. Música urbana de alto octanaje, orgullo y poder. Aviso: no apta para todos los públicos.

AMENAZA DE LLUVIA

Si no se sabe, no se puede. Cindy Lauper convocó una noche de blues con sabor a Memphis y terminó convenciendo, es un decir, con su pop avejentado de regusto kitsch. Se pasó una hora de quiero y no puedo (Down Don’t Bother Me, Crossroads, Don’t Cry No More), entre saltitos de ridículo y ceremonias de autocomplacencia. Apenas levantó vuelo, y es otro decir, con True Colors, Time After Time y, obvio, Girls Just Want To Have Fun. Más barato hubiera salido un karaoke. Es lo que tiene generar expectativas. Aprendida se tiene la lección Third World, que hizo lo que sabe. Ni más ni menos. Neo-reggae de fácil consumo, pero con dignidad. Casi como Afro Celt Sound System: pocos conciertos te hacen sentir tan viejo. Y pensar que Simmon Emerson, en 1994, produjo el atlético Firin’ in Fouta de Baaba Maal. Pero para potajes mal cocinados Ojos de Brujo, con su penoso camelo transgénico. Tantos años de intentos de mezclar a Run DMC con faldas de lunares para este triste simulacro que el invitado Peret deja con el culo al aire en diez minutos. Buche y pluma ná más… ahora (dicen) se van. Si es verdad, no se echarán en falta sus fruslerías.

Publicado en septiembre de 2011 en la revista Rockdelux