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Arcos de arena, osos, géiseres y bisontes camino de Yellowstone

6 Ago

Montañas Rocosas 2

por Carlos Fuentes

Edmund Hillary dejó dicho que los humanos “no conquistamos las montañas, sino a nosotros mismos”. Y Belén Prieto y Paco Sánchez, dos apasionados por los grandes picos, no están por la labor de llevar la contraria al héroe del Everest. El verano pasado estos madrileños realizaron una excursión de altos vuelos: recorrer buena parte de los 3.220 kilómetros de las Montañas Rocosas, la gran cordillera que transcurre entre Nuevo México (Estados Unidos) y Columbia Británica (Canadá). “Elegimos este destino porque somos grandes amantes de las montañas”, recuerda ahora esta pareja de treintañeros. “Y es cierto que las Rocosas son una maravilla natural, pero también nos impresionó la calidez y la amabilidad de muchos estadounidenses que conocimos”, agregan.

El itinerario de Belén y Paco comenzó en Colorado y acabó en Montana. Por el camino pararon en los parques nacionales de Rocky Mountain y de Grand Teton, en el desierto de Utah y en Yellowstone y Glacier. El Parque de los Glaciares sólo conserva 27 de las 150 masas de hielo originales. Y en Utah se encuentra la mayor concentración de arcos de arenisca naturales del mundo, extraordinarios fenómenos geotérmicos como géiseres y manantiales de agua caliente”, explica la pareja, cuyos paseos entre rocas se vieron acompañados por abundante fauna salvaje. Desde ciervos, alces, linces, bisontes, coyotes y lobos hasta los peligrosos osos negros y grizzlies. “Pasamos algo de miedo los primeros días, mientras hacíamos senderismo y montañismo, por la presencia de osos”.

Bisontes Yellowstone

Belén y Paco buscaron remedio: en el parque de Yellowstone se apuntaron a una charla práctica con los guardas forestales para conocer cómo se puede prevenir un encuentro fatal con un oso salvaje: “Se debe ir haciendo ruido al caminar, cantando o dando palmas, para avisar de nuestra presencia. Si los osos notan la presencia humana tienden a esconderse, pero pueden atacar si se sienten amenazados”. ¿Pies para que os quiero? Pues no, todo lo contrario. “No hay que correr ni trepar a los árboles porque los osos corren más y trepan mejor”. ¿Entonces? “Si eres atacado, debes tirarte al suelo bocabajo para proteger el estómago y esperar a que el oso se aburra de zarandearte”. Belén y Paco no tuvieron problemas con los osos. “Seguimos la recomendación y sólo los vimos a distancia segura, con prismáticos. También hay que tener cuidado con los bisontes: son herbívoros, pero si se les molesta pueden atacar”.

Yellowstone

Al final de la aventura americana, estos viajeros madrileños se toparon con otra amenaza: los efectos del calentamiento del planeta. “El Parque de los Glaciares, en Montana, apenas conserva 27 de los 150 glaciares que existían a mediados del siglo XX. De continuar el efecto invernadero se prevé ya no quedará ninguno en el año 2030”, lamentan Belén y Paco. Preocupaciones ambientales aparte, el balance del viaje dejó un grato sabor de boca en los españoles. “Nos alojamos en el interior de los parques nacionales, donde se puede disfrutar de la experiencia de dormir en cabañas fabricadas de forma artesanal con maderas del bosque. Fue allí donde, ya maravillados por el paisaje, comprobamos que la amabilidad de los locales nos permitía hacer amigos, ver que mucha gente se interesa por la naturaleza salvaje y que entre todos podemos ayudar a que la conservación del planeta sea una realidad”, concluyen, optimistas, Belén y Paco.

Publicado en el diario Público en agosto de 2011

Medallas comunistas entre risas y zapiekanka en Polonia

13 Jul

grafiti Cracovia

por Carlos Fuentes

A Dorota Malecka los mercadillos populares le saben a días de encuentros con sus amigos, domingos de vida social al sol. Porque en su ciudad, Cracovia, en el sur de Polonia, siempre fue así: “Cuando era pequeña, mi madre casi siempre lo compraba todo en el mercadillo. En nuestro barrio había uno con mucha comida (fruta, verdura, quesos, flores…), pero también algo de ropa y cosméticos. Era como el prototipo de los centros comerciales de hoy”, explica esta joven polaca, que cursó Sociología en su ciudad natal antes de trasladarse a Bilbao para estudiar en la Universidad de Deusto. Ahora Dorota Malecka, de 26 años, aprovecha sus visitas a Cracovia para ponerse al día con familiares y amigos.

zapiekanka

“Antes todos comprábamos muchas cosas, pero ahora la función de los mercadillos es más que nada social, son un punto de encuentro con los amigos. La actividad comercial en la calle dura unas cuantas horas, así que siempre aprovechas para buscar alguna cosa que necesitas y ver a los amigos. Para bastante gente mayor, el mercadillo sí es más importante. Mi madre va con sus amigas, hablan de sus cosas, intercambian recetas, compran fruta, verdura”, explica Dorota Malecka. “La función de estos rastros es social más que de compra, es un lugar de encuentro con los amigos”.

Hala Targowa Cracovia

También en la añeja Cracovia, Tomasz Lelek suele ir a los puestos callejeros que los sábados se instalan en el animado mercadillo de Hala Targowa, en la avenida Josefa Dietla, frente a la galería Krakowska. Tomasz busca libros, discos y antigüedades entre recuerdos de la época comunista, ropas militares y medallas con la hoz y el martillo. Este joven arquitecto de 28 años participa en movimientos ciudadanos para mejorar su ciudad natal. “Nuestro Proyecto Miejski se abre al ciudadano para recibir propuestas sobre el funcionamiento de los espacios públicos”, cuenta Tomasz Lelek, quien antes de volver a Cracovia cursó estudios de Arquitectura en la Universidad Politécnica de Madrid.

Plac Nowy Cracovia

“Queremos escuchar a expertos, artistas y activistas, pero también a los vecinos de nuestra ciudad”, señala este joven desde Plac Nowy, otro lugar singular de Cracovia. En esta zona del barrio judío, entre sinagogas y lugares de culto, un puñado de antiguos edificios del siglo XVII y XVIII alberga a colectivos de artistas, cafés de ambiente animado y mucha vida nocturna. “Y también hay espacio para venta callejera, tiendas de antigüedades, objetos de colección y puestos al aire libre con recuerdos típicos, verduras y bisutería”, indica Tomasz mientras merienda un zapiekanka. Todo un acontecimiento en Cracovia esta suerte de bocadillo de una sola cara compuesto por media baguete untada con queso, mayonesa o salsa de tomate y surtida de verduras picadas, champiñones o aceitunas. Una receta polaca de comida rápida que hace verdadero furor en los puestos populares que están instalados en el centro de Plac Nowy.

Cracovia coche

¿De dónde viene la tradición polaca por la compra-venta? “Quizá no sea muy diferente a otros países del norte de Europa, donde ahora está muy de moda comprar objetos antiguos y volver a las costumbres de antes, eso que en inglés llaman vintage“, explica Dorota Malecka, que pone como ejemplo de este auge el gran mercado dominical de Kolo, en el barrio homónimo de Varsovia.

Es en la capital de Polonia, en la extensa y bonita Varsovia, donde los paseos entre muebles de época, libros antiguos y jarrones del siglo pasado pueden ser interminables. Y, además, se puede ir a llenar la cesta de la compra. “En un país con tanta tradición agrícola como Polonia, mucha gente aprovecha el día de descanso para pasear con familiares y amigos y para comprar la comida de la semana, en especial verduras, frutas y flores”, explica Tomasz. “Mi madre, por ejemplo, lo hace todos los sábados en Cracovia porque puede comprar directamente al agricultor, los productos son más frescos y a precios baratos”.

Publicado en el diario Público en agosto de 2011

Cinco siglos de historia ante quince kilómetros de mar

10 Jun

Cabo Verde mapa 1746

CABO VERDE

por Carlos Fuentes

Puede hacerlo en cómodo autobús o en bicicleta, incluso a pie. Apenas quince kilómetros separan Praia, la capital del archipiélago de Cabo Verde, de su añeja vecina, Cidade Velha, la primera población fundada hace cinco siglos en estas islas africanas. Quinientos años de recorrido entre vestigios del auge colonial, reposada vida callejera, huellas de religión antigua y, ya hoy, una tranquila ciudad comercial y turística abierta al oceáno Atlántico.

La historia del archipiélago de Cabo Verde, situado a algo más de seiscientos kilómetros al oeste de la costa continental africana de Dakar (Senegal) y a unos mil seiscientos kilómetros al sur de las islas Canarias, arrancó en el año 1456 con una controversia entre caballeros de ley por la autoría de la primera noticia de su descubrimiento. Porque tres hombres de mar son aún los aspirantes al hallazgo de estas diez islas africanas: el explorador genovés Antonio da Noli, el navegante veneciano Luis Cadamosto y el viajero portugués Diogo Gomes de Sintra. Suele atribuirse la gloria a este último marino, aunque los tres nobles trabajaban para el infante Henrique de Avis “El Navegante” (1394-1460) y, a la postre, el reino de Portugal sumó la conquista de una decena de islas deshabitadas que, en los siglos siguientes, se iban a convertir en puertos fundamentales para el desarrollo de las importantes rutas comerciales atlánticas hacia destinos de América y Asia. Fue durante este intenso trasiego histórico cuando, poco a poco, se tejió para siempre la singular personalidad social y cultural del pueblo caboverdiano.

Cabo Verde campoMedio millón de personas residen actualmente en Cabo Verde, cuyas diez islas suman una extensión total de poco más de cuatro mil kilómetros cuadrados. En lo relacionado con la actividad económica, comercial y turística de Cabo Verde, tres islas sobresalen por su importancia: la isla de Santiago, donde se ubica la ciudad de Praia como capital de la república; la isla de Sal, centro de actividad turística con un aeropuerto de escala internacional; y la isla de San Vicente, en cuya capital Mindelo late el corazón cultural de los caboverdianos. Es curioso el caso de Cabo Verde: muchas personas no han sido capaces de dar su ubicación concreta hasta la aparición de una cantante menuda que cautivó al mundo con sus canciones de melancolía, morriña y nostalgia. Con Cesária Évora no solo se conoció la morna, esa canción emblemática del folclor caboverdiano, ya que al mismo tiempo muchos lograron, por fin, situar a este archipiélago en un mapa. Y por cerrar el círculo musical, no sólo de morna vive el caboverdiano, aficionado desde siempre a otros ritmos bailables como el funaná y las festivas coladeiras.

 Aunque todo empezó cinco siglos antes. En 1462 el primer asentamiento tomó el nombre de Ribeira Grande y se convirtió en el primer núcleo poblacional de un país europeo más allá de la cornisa mediterránea del Magreb, ya al sur del gran desierto del Sáhara. Posteriormente, en el año 1532, con la concesión de la bula del papa Clemente VII, Cidade Velha acogió la primera diócesis de la iglesia católica asentada en la costa occidental de África. Estos factores de desarrollo incipiente elevaron la importancia social, económica y comercial del primer puerto de la isla de Santiago. En épocas posteriores por su bahía pasaron marinos ilustres como el portugués Vasco de Gama, que en 1497 se detuvo en Cabo Verde en su ruta marítima hacia la India, y el genovés Cristóbal Colón, que se aprovisionó en Cidade Velha en su tercer viaje a América realizado en 1498. También son famosas las visitas del corsario inglés Francis Drake, que asaltó la ciudad varias veces entre 1578 y 1585. Menos orgullo causa el protagonismo que esta ciudad antigua tuvo durante los siglos XV y XVI debido al tráfico de esclavos y al comercio de madera, caña de azúcar, algodón y frutas tropicales.

Praia Chaves (Boavista, Cabo Verde)

En Cidade Velha la historia late en las calles y en su patrimonio arquitectónico. Designada en 2009 ciudad patrimonio de la humanidad por la Unesco, una ruta turística por la añeja capital de Cabo Verde ofrece visitas a edificios singulares como las iglesias de Gracia y de Nuestra Señora del Rosario, el templo colonial más antiguo del mundo y superviviente de media docena de iglesias de la época portuguesa dedicados a la Virgen de la Concepción, Santa Lucía y San Pedro. En la parte baja de la ciudad se encontraba la casa hospital de la Misericordia y el antiguo centro de la Compañía de Jesús, muy próximos al Palacio Episcopal y a las ruinas de la catedral de Cidade Velha, edificada en estilo renacimiento tardío en 1705 y arrasada siete años después. Aquí sobreviven la fortaleza real de San Felipe, que vigila la bahía desde 120 metros de altura; el convento de San Francisco, construido a mediados del siglo XVI y luego saqueado por piratas franceses liderados por Jaques Cassard en 1712; y una picota o “pelourinho” con rollo de mármol esculpido en estilo manuelino sobre tres peldaños en 1520. Es el símbolo del esplendor colonial de Cidade Velha, antigua capital de las islas de Cabo Verde, que aún se mantiene entre las siete maravillas históricas de origen portugués en el mundo junto a sitios de Brasil, India, China y Marruecos.

El relevo de Cidade Velha como capital del archipiélago, estado independiente desde el 5 de julio de 1975, lo había tomado la ciudad de Praia en el año 1769. En la actualidad esta urbe portuaria de 125.000 habitantes ofrece razonables oportunidades para pasear con tranquilidad y disfrutar de sus atractivos turísticos. En Praia se desarrollan también buena parte de las actividades comerciales y empresariales del país, e incluso en algunos lugares emblemáticos de la ciudad es posible combinar el ocio con el negocio al aire libre. Uno de los paseos recomendables transcurre entre árboles y calles de tierra por el popular mercado central de Sucupira, un laberinto de tiendas y puestos móviles ubicado en el barrio de Várzea en el que cada día se ofrecen las mercancías más diversas. En este amplio centenar de establecimientos populares se venden desde las típicas telas africanas estampadas de colores a un importante catálogo de productos artesanales destinados para la mesa o el salón. Todo siempre ambientado con música popular isleña, pasatiempos de ocasión y sabrosas comidas tradicionales caboverdianas. Junto a este epicentro comercial de uso diario, la ciudad de Praia también ofrece visitas interesantes al Palacio de la Cultura, al Museo Etnográfico, al cuartel de Jaime Mota y al Archivo Histórico Nacional. Asimismo, en la parte baja de la ciudad se encuentra el animado campus de la Universidad de Cabo Verde, muy cerca de las plazas de Luis de Camões y Alejandro de Albuquerque.

Iglesia Cidade Velha Cabo verdeY en Cabo Verde no hay historia antigua en la que no aparezca una iglesia centenaria. Aquí la tradición conserva un hito fundamental para comprender la propagación intercontinental de la fe cristiana. La Iglesia de Nuestra Señora del Rosario es el templo más importante del archipiélago africano. Y no es una iglesia cualquiera: está considerado el primer recinto sagrado católico que se construyó en la costa occidental de África y, sin duda más importante, la primera iglesia construida en suelo colonial. Levantada en 1495 con una obra de estilo manuelino portugués, el templo situado en el corazón de Cidade Velha, que fue capital nacional en la isla de Santiago hasta el año 1769, se mantiene en pie gracias a su restauración con fondos portugueses y españoles. Similar a la Iglesia de Nuestra Señora de la Luz, otro ejemplo del gótico tardío portugués ubicado en Mindelo, isla de San Vicente, este templo de Cidade Velha acogió en 1652 al padre Antonio Vieira en la ruta de apostolado hacia Brasil. Todavía hoy se puede asistir a misa domingo y recordar la generosa descripción del lugar que hace tres siglos y medio hizo el religioso portugués: “Hay aquí padres tan negros como azabache. Pero sólo aquí son diferentes de los de Portugal, porque tan doctos, tan bien criados, tan buenos músicos que dan envidia a los mejores de las mejores catedrales de Portugal”.

Publicado en la revista NT en junio de 2013

Morir en el centro del mundo

7 Abr

Jemaa el-Fna Marrakech

Por Carlos Fuentes

Si en África la vida es la calle, Yemaa El Fna es el salón de Marraquech. Y por aquí desfila el trasiego cotidiano del millón de vecinos de la ciudad matriz de este país que una vez fue imperio. Plantada en el siglo XI, esta plaza con forma de flecha acoge cada día una metamorfosis infinita: amanece con aromas de té verde y ruido de venta ambulante, gangocheros de menta y limón, zumos de clementinas recién exprimidas, pero también fulleros con dentaduras postizas de segunda boca y encantadores de cobras drogadas. El mediodía es la hora de los vivos: guías de ocasión que buscan turistas de euro fácil, extranjeros temerosos de entrar solos en el avispero del zoco. Pero si el miedo es gratis, se regatea al doblar la esquina. No hay que temer al moro amigo; no engaña más allá de la triquiñuela de ocasión. Botellas de Orange Crush que no están frescas, aunque sonría el fresco detrás del mostrador. Y luego lo contará, feliz, a sus compinches, cigarrillo de quif a pachas, mientras aguarda la puesta de sol.

No hay ocaso como el de Yemaa El Fna, apenas comparable con el que luego vimos en la plaza Naghsh-i Jahan de Isfahán. Luz trémula que abre las noches para el aterrizaje de carromatos que trocan en parrillas con corderos al carbón, bandejas con pastela de carne de pichón y dulce baklava de pistacho con miel de azahar. Es la fiesta del final de cada día, que el turista bebe a sorbos desde la terraza del Café de France o en el martirizado restaurante Argana, a los pies de la intangible Kutubía. Los más listos, con una cerveza helada en el Hotel du Tazi, entre flores secas y flirteos de sexos iguales. Volveremos a Marraquech, quizá mañana, para ver la vida más viva. Para escuchar el eco de las letanías del repentista de halqa y celebrar que aún estamos vivos. Aunque pueda venir, escondido y cobarde, un abyecto a intentar matarnos en el centro del mundo.

Publicado en el periódico Diario de Avisos en abril de 2011

Enamorado de la vida (aunque a veces duele)

6 Ene

MARIO PACHECO

por Carlos Fuentes

En un país huérfano de grandes productores, Mario Pacheco brilló sobre la medianía durante el último cuarto de siglo. Con ingenio y entusiasmo timoneó la renovación del flamenco, amplió miras más allá de las fronteras y logró lo que cualquier disquero sueña: vender música por prestigio de marca. Nuevos Medios, el sello que creó en 1982, atesora un catálogo crucial para el universo independiente.

Leyenda de su tiempo, Mario Pacheco Villarejo (Madrid, 1950-2010) vivió la vida que quiso, a caballo entre su inicial pasión por la fotografía y la dedicación a tiempo completo en labores de producción discográfica y promoción musical. Catalizador de la escena cultural que tuvo delante, siempre persona antes que personaje, su ojo de francotirador de vanguardia situó en órbita sonidos que casi nadie había escuchado antes, amparó artistas esquinados en lo marginal y, con el timón firme del entusiasmo, faenó en aguas internacionales para acercar grupos y álbumes que permitieran mirar más allá de la punta del muelle en la España que llegó después de la dictadura. Pasará a la historia por su proyecto más logrado, la disquera Nuevos Medios, que creó en 1982 para dar salida a las nuevas generaciones del flamenco que tocaban a la puerta detrás de Caracol, Camarón y Paco de Lucía. Pero Mario Pacheco, antes que nada buena gente, también se caracterizó por su desobediencia a corsés sociales, a divisiones por cuestión de raza, origen social o nivel económico. Tanta atención prestaba al nuevo álbum de Keith Jarrett como a la ocurrencia juvenil de unos gitanos que venían a revolucionar los conceptos rígidos del flamenco. Cuesta, y mucho, escribir en pasado, pero esta es la historia del hombre que sacudió la caspa cutre de la espalda al nuevo patrimonio inmaterial de la humanidad.

EL FOTÓGRAFO DE WIGHT

En 1970, Pacheco se escapó del verano de Londres para su primera audacia. Bajó hasta la isla de Wight para fotografiar la tercera edición del festival hippie. Y aquel 31 de agosto captó la salida a escena de Jimi Hendrix, primera de sus imágenes icónicas. Lo recordó dos semanas antes de fallecer en conversación con Diego A. Manrique para El País: “Llevaba un carrete y una Rolleiflex, nada adecuada para un foso lleno de gente. Iban pasando Moody Blues, Jethro Tull y muchos más; yo esperé y pillé a Hendrix en una pose perfecta”. Otro mito, ya español, también cayó en su objetivo. En 1979, PolyGram pensaba envolver a Camarón en una imagen de discoteca, estilo Los Chichos, para la portada del transgresor álbum La Leyenda del Tiempo. Pero Mario Pacheco ofreció una alternativa: un humeante perfil en claroscuro del cantaor de la Isla que se ganó el apoyo del productor Ricardo Pachón. Años después siguió retratando a sus jóvenes flamencos, hasta que en 2007 plasmó en crudo blanco y negro a Los Planetas para La Leyenda del Espacio. “De todos los que empezaron con sellos independientes en los 80, Mario fue el más íntegro y siempre se mantuvo fiel a sus principios, a su independencia”, dijo J tras conocer su fallecimiento, ocurrido el pasado 25 de noviembre en Madrid.

PROMOTOR DE LO IMPOSIBLE

Como era difícil vivir del arte (y lo intentó como promotor de conciertos para Smash, Silvio, Toti Soler o Sisa en universidades y colegios mayores, incluso en un garaje junto a Iván Zulueta), Pacheco conectó con Edigsa y amplió al sur el catálogo del sello barcelonés. En 1971 debutó como productor con Pau Riba, al que grabó Jo, la dona i el gripau apenas con un magnetófono Nagra. “Pau quería grabar en su casa de Formentera, donde no tenía luz ni agua ni nada, y en Edigsa dijeron: “A ver cómo se las apaña este tío para producir el disco”. Yo lo monté todo como pude, con medios pedestres, pero conseguimos terminar el trabajo”, recordó en 2001 a Luis Lapuente. Tras salir de Edigsa (“rechazaron a Alaska y Paraíso, me cortaron las alas. Ya no me divertía, y me largué”), Mario Pacheco se lanzó a la autogestión: nacía Nuevos Medios. Punto y aparte.

Como distribuidor, primero logró licencias de Hannibal, ECM y Rough Trade. Con Tony Wilson sumó a Factory Records, el mítico sello que agitó el baile en The Haçienda: “Nuestra relación nació de la manera más insospechada. Había oído cosas suyas, no sé cómo conseguí el teléfono, arreglé una cita y me planté en Manchester para cerrar un trato. Allí ni sabían lo que era España, creo que fui el primer español que veían. Cuando llegué se acababa de morir Ian Curtis, pero yo ni lo sabía. Vino a esperarme Tony Wilson a la estación y la relación fue divina desde el principio. Entre nosotros no había facturas ni promoción, éramos marginales de verdad, casi antisistema. Factory era independiente con todas las consecuencias; no querían hablar más que con un tipo como yo, un español que no sabían ni quién era, nada de multinacionales”. En 1983, siete minutos y medio hicieron historia. El maxi Blue Monday, de New Order, se vendió como pan dulce y esas cincuenta mil copias permitieron que Nuevos Medios impulsara su flanco editorial sin abandonar catálogos de Stax, Fania, Egrem, World Circuit, Melopea o Discos Fuentes. Mérito suyo es el aprecio español por artistas como The Smiths, Violent Femmes, Happy Mondays, Bola de Nieve, Spinetta, Litto Nebbia, Ali Farka Touré, María Teresa Vera, Benny Moré…

EL DIRECTOR DEL SILENCIO

Aunque se estrenó en 1982 con el sencillo Coplas Retrógradas, de Chicho Sánchez Ferlosio, el camino editorial de Nuevos Medios ganó velocidad con su apuesta por el flamenco y el jazz. Con su compañera, Cucha Salazar, Pacheco frecuentaba garitos de lo jondo (“no teníamos dinero y nos quedábamos en la barra”), donde firmó a Pepe Habichuela. Y el guitarrista marcó el rumbo: Pata Negra (Blues de la Frontera, mejor disco español de los años 80 para la revista Rockdelux), Ketama… Nacía el nuevo flamenco: Ray Heredia, La Barbería del Sur, Martirio, José El Francés, Miguel Poveda, Mayte Martín, Diego Carrasco, Duquende, Tomasito, Willy Giménez y Chanela, Son de la Frontera… “Al principio”, recordaba su ideólogo, “el público se lo tragaba, pero los medios no. Y los músicos tampoco tanto. No estaba tan preparado nadie, ni nosotros”. Tampoco fue fácil, sin confundir al público, combinar la apuesta por el flamenco con el acercamiento a la nueva ola. Vaya, la Movida. “Al principio me parecía una chorrada, pero luego nos dimos cuenta de que estaba bien, de puta madre. Recapacité y fiché a Golpes Bajos y a La Mode. No eran pop anglosajón, no eran ni pop ni rock en realidad, y tenían cierto componente literario, lírico”. Con El Eterno Femenino, segundo disco de La Mode, Pacheco rozó lo perfecto y con Golpes Bajos, uno de sus grandes éxitos comerciales. “La Mode nunca gozó del consenso general que arropó a Golpes Bajos, con los que todos estaban de acuerdo. Todo el mundo se puso de acuerdo en que era el primer grupo de la Movida que realmente tocaba. Eran los más originales, salían con detallitos soul, y Germán Coppini triunfaba como cantante. Sus letras no eran tan sencillotas, eran mucho más elaboradas, más poéticas. Lo nuestro empezó con el típico contrato de servilleta de cafetería: aquí te pillo, aquí te mato”.

A medio camino entre dos mundos, con el paréntesis glorioso grabado con el dúo Vainica Doble (Taquicardia), apareció la música africana y el jazz híbrido de flamenco. En 1988, Pacheco y su amigo Joe Boyd (al que luego prologó su libro de memorias, Blancas Bicicletas) pergeñaron la aventura que iba a anunciar la eclosión de la música étnica. Con ayuda de la periodista Lucy Durán reunieron en Londres al malí Toumani Diabaté, a los gitanos de Ketama y al bajista Danny Thompson. Del encuentro de kora y cajón nació el disco Songhai, quizá el mejor resumen sonoro de la filosofía de riesgo que identifica a Nuevos Medios, continuado seis años después con Songhai 2. “Quiero pensar que esa fórmula inspiró a Nick Gold para Buena Vista Social Club o a Fernando Trueba para Lágrimas Negras. Otra veta descubierta fue el jazz bastardo, putativo del flamenco. “Porque el jazz es la máxima verdad de la música”. Carles Benavent, Jorge Pardo (suya es la mejor definición de Mario Pacheco: “el director del silencio”, con permiso de Litto Nebbia: “quizá el mejor productor de música de buen gusto en España durante los últimos 20 años”) y Joan Albert Amargós prestigiaron la labor de una compañía que, sin ambages, se convirtió en la Motown del flamenco. “Siempre hemos hecho lo que hemos querido. Nunca quisimos ser modernos por obligación. Me gusta vivir en un país donde puedes comprar una cinta de la Niña de los Peines en una gasolinera, pero es terrible que te ignoren. Hemos dado la talla, pero la radio y la televisión no han estado a la altura. Radio 3 se llena de licenciados que odian la música y la caspa invade Madrid. Es terrible”.

Para el logotipo de Nuevos Medios, Mario Pacheco y David Miró persiguieron al abuelo del segundo y al final Joan Miró, cansado de tanta pejiguera, agarró dos bolígrafos y pintó en un cuaderno, de azul y rojo, el emblema de la disquera del parque del Retiro. Veinte años después, en 2002, Pacheco aceptó elegir trece discos como resumen de lo mejor de dos décadas de producción musical para la revista EfeEme. En su selección coexisten las almas distintas de Nuevos Medios, el flamenco y el pop, el jazz y la canción latinoamericana. Por orden de preferencia, como producciones originales, destacan El Eterno Femenino, de La Mode (1982); A Santa Compaña, de Golpes Bajos (1984); Taquicardia, de Vainica Doble (1984); Estoy Mala, de Martirio (1986); Blues de la Frontera, de Pata Negra (1987); Songhai, de Ketama, Toumani Diabaté y Danny Thompson (1988); Songhai 2, de Ketama, Toumani Diabaté y José Soto (1994); Quien No Corre, Vuela, de Ray Heredia (1991); Veloz Hacia Su Sino, de Jorge Pardo (1993); y Túmbanos Si Puedes, de La Barbería del Sur (1995). Entre las antologías brillan Las Grandes Canciones del Genial Artista Cubano, de Bola de Nieve (1990); Criollísima, de Chabuca Granda (2000); y Afrodisia presenta Spanish Grooves (2001). En el decimocuarto lugar de la lista bien podría entrar La Habana Era Una Fiesta, disco que Mario Pacheco dejó terminado junto al productor cubano René Espí para rescatar las huellas musicales españolas en las radios habaneras durante los años 40 y 50, en plena dictadura de Batista.

Publicado en la revista Rockdelux en enero de 2011

Las canciones de verdad tienen curvas

10 Sep

LA MAR DE MÚSICAS

por Carlos Fuentes

44 conciertos en 22 días, casi la mitad en plena calle. Quince veranos lleva La Mar de Músicas escribiendo la banda sonora de julio en Cartagena. Marruecos contó con cuota amplia como país invitado, aunque lo mejor vino de lejos. Aquí, de más a menos, un paseo de dos semanas por un festival de altos vuelos.

A Mélissa Laveaux le tocó avivar la llama de Khaled y Pablo Milanés tras la apertura. Subió nerviosa a la Catedral Antigua, pero pronto se sacudió la prisa. Su canción, híbrido de autor con ligero aire hip hop, gana en la distancia corta. A trío, con orgullo de nieta de haitianos, cantó en francés, inglés y criollo. Defendió con solvencia su único disco, Camphor & Copper, y acabó bordando a Elliot Smith (Needle in the hay) y Eartha Kitt (I want to be evil). Rokia Traoré ya es un valor seguro. Y en alza. Tan diestra en bámbara y con n´goni como haciendo de crooner, guitarra en mano, para recordar a Billie Holliday (The man I love) y Miriam Makeba (Pata Pata). También se acordó de Fela Kuti, y en Tounka pidió comprensión con la emigración: “En Europa es un problema, para África es un drama”. Con Madeleine Peyroux hay idéntico feeling: sigue creciendo. Da igual que haga canción de arrabal, “de alcohol”, dijo entre risas, en Don´t wait too long, se arrime al blues (You can´t do me), cante a la tristeza (Our lady of Pigalle) o al amor (La Javanaise). Ojo con La Mala es el invento audaz de la Mala Rodríguez, Refree y la Original Jazz Orchestra del Taller de Músics. Hip hop con metales, DJ y teclados al mando de Raül Fernández. María habla en plata, pletórica, cada vez más lo que es: la gran cantante de este tiempo. Deslenguada, sobre arreglos jazzy del ingeniero de Refree, encandenó rimas soberbias (Tengo un trato, Lo fácil cae ligero, La niña), algún momento brutal (¿Por qué tienen sed?) y se despidió desafiante (Nanai, Déjame entrar). Grande. En su palo, lo mejor de la temporada.

Randy Weston fue otro regalo. Con su quinteto y The Master Gnawa Musicians of Morocco, el pianista de Brooklyn paseó por las medinas añejas de Tánger y Marraquech, fundiendo jazz y misticismo (Blue moses). Recordó a Gillespie y Pozo (African sunrise), amparó solos galácticos de contrabajo, saxo y trombón, conmovió con piano arrimado al africanismo y se fue sobre el traqueteo incesante de las qraqeb. Menos nutritivo estuvo Yann Tiersen. Jugando al despiste, ni rastro de Amélie Poulain, el bretón dedicó una hora al rock ácido, epiléptico, apoyado en las guitarras de Matt Elliott y en los aires presuntuosos del Ondas Martenot. Para cerrar la zona alta nadie mejor que Oumou Sangaré. Es la mujer con más voz de África, pero no se duerme. Poderosa y versátil, la reina malí de Wasulú maneja el patio a su antojo, ya sea con aires tradicionales de kamele n´goni, porque no hubo kora, (Sounsoumba, Seya) o para levantar la cara por la mujer (Wele wele wintou). “No woman, no life”, gritó al bailar Yala. Como una ola, dejó a muchos con la boca abierta.

Cerca de pleamar, Marianne Faithfull merece crédito aparte. Cuida los detalles, consciente de que la voz (a veces) no está a la altura del mito. Con Roger Eno vigilando todo, la musa de swinging London elige bien el repertorio, de lo humano a lo divino. De Dolly Parton (Down from Dover) a Bessie Smith (Easy come, easy go), con paradas en Randy Newman (In Germany before the war), Morrissey (Kimbie) y Nick Cave (Crazy love). Pareció reírse de sí misma en Sister morphine y se fue, elegante, con Sing me back home before I die. Más voz le queda al franco-argelino Faudel, cada vez más accesible y cercana al pop. Mucho rai de teclados y demasiada versión (My way, Aicha, Didi) en la noche magrebí que abrió el chaabi popular de la cantante Najat Aâtabou.

Novalima y Otros Aires asumen riesgos. Los peruanos del nuevo afro han dado con una fórmula entre folclor y electrónica que funciona en disco y en directo. Se bailó con Coba Coba, Ruperta y Bandolero. Son a Lima lo que Gotan Project a Buenos Aires, y Miguel Di Génova sabe de qué va la historia. Encabeza Otros Aires, para mayor gloria de Manzi y Pugliese, con sample de Gardel (Milonga sentimental) y un ojo en la rumba catalana (Rotos en el Raval). Canciones de noche y humos, aunque el cuarteto se defendió a media tarde. De noche saltó Calle 13 al auditorio grande. Pletóricos, aunque su música urbana pierda algún entero en directo, Residente y Visitante repitieron el concierto de Madrid. Cómodo no cambiar cuando el invento funciona (La cumbia de los aburridos, Pa´l Norte), porque lo intentaron una vez (Mala suerte con el 13, con la Mala Rodríguez) y el tiro salió por la culata. Chiwoniso y Fez City Clan son dos versiones de África. La zimbabuense revitaliza la mbira con pespuntes de funk, y los cinco de Marruecos batallan hip hop con la actitud del pionero en tierra extraña. Chatarra fina la de Konono Nº1. La sensación de la temporada (ay, indies) no sorprende como en mayo de 2006, pero el oído no se olvida de la letanía de likembés. Con el maestro Mingiedi marcando ritmo en un timbal al que Congotronics, y Björk, han puesto por un rato en el centro del mundo posmoderno. De Congo llegaron también Kasai All Stars para cerrar con sus máscaras pintadas, agitados bailes tribales, y bajo fuegos de artificio.

Más que rentabilizados están Emir Kusturica & No Smoking Band y Buena Vista Social Club. Es difícil asumir que tan buen ojo de cine tenga tan mal oído. Disfrazado del Che, banda de cabra y teclado colchonero, el autor de Tiempo de gitanos perpetró un rato tan divertido (y gustó mucho) como anodino. Salvo La vida es un milagro, su banda de dúo Sacapuntas no dio para más. Se agradeció que el himno soviético anunciara el final del circo. Algo similar transmitió Buju Banton, monótono dance hall sudoroso y ragga a piñón fijo, pero hábil llenando bolsillos. Más pena da ver en lo que se ha convertido el club de la Buena Vista. Sin padres fundadores a que agarrarse (está Manuel Galbán, y ya no para mucho trote), Cuba se vende ya en peso convertible. Buche y pluma ná más. Voces chirriantes. Idania Valdés no es Omara y un tal Calunga ni roza a Ibrahim o Leyva. Están la trompeta de Guajiro Mirabal, el laúd de Bárbaro Torres y el trombón de Aguaje, pero ya es poco para defender la canción de monte adentro (Chan Chan, De camino a la vereda). Marchitaron hasta Dos gardenias, un destrozo.

Publicado en la revista Rockdelux en septiembre de 2009

¡Qué bueno que viniste!

27 Nov

Por Carlos Fuentes

Vino para intentar cambiar el mundo, para remover conciencias. Esquivando censura y represión militar, el rock argentino reivindicó en los años sesenta unas formas musicales modernas y, sobre todo, la utilización del castellano como vehículo narrativo de sus crónicas cotidianas. Ahora, un grupo de músicos argentinos se reúne en Casa América de Madrid para festejar los cuarenta años del primer gran concierto de rock celebrado en Buenos Aires. Como timonel ejerce Claudio Gabis, influyente guitarrista que encabezó Los Gatos y Manal antes de dedicarse a la enseñanza musical en España. Junto al pionero, en el recital están Ariel Rot, Coti, Andy Chango y Marcelo Champanier.

Claudio Gabis (Buenos Aires, 1949), enciclopedia viva del rock en español, formó parte del núcleo fundacional de aquel sonido callejero, que pronto se convirtió en seña de identidad para la maltratada juventud argentina. Aunque hubo intentos previos, todo empezó en 1968 alrededor del bohemio barrio de Once, en boliches como La Cueva y La Perla. “Fue un año de cambios, muy importante social, política y musicalmente”, explica Gabis. “Aparecieron artistas interesados en formas nuevas de expresión, gente que entendió la utilización del castellano. Antes se había cantado en inglés, con sonido beat, pero Los Gatos, Manal y Almendra queríamos que el público nos entendiera. Había muchas cosas por decir y la ciudad fue el territorio en el que se generó esa música”. Más allá de influencias británicas y americanas, los pioneros del rock argentino se nutrieron de un país cultivado, literario. Incluso del mundo golfo del tango. “Al principio costó admitir que había conexión con el tango, pero utilizamos el lunfardo para hablar de situaciones vernáculas. Entendimos que el castellano era un idioma digno para generar una poética en la música”, recuerda Gabis.

En España, por contra, el rock fue primero ñoño, superficial. “Es que allá se vivía una realidad política y cultural muy diferente. España estaba dormida, aplastada por el franquismo”. ¿Y apareció el rock como vehículo de expresión o como herramienta para el cambio? “Más herramienta de cambio, pero también vehículo de expresión de la gente joven. Esos años se produce una ruptura generacional violenta, con una forma de ser muy controladora, que se había exacerbado con golpes militares y con la presión conservadora y tradicionalista”, explica el músico para apuntar que las bases de este rock fueron el lumpen y el barrio. Aparecen, entonces, artistas como Tanguito, Moris, Litto Nebbia, Luis Alberto Spinetta, Billy Bond, Miguel Abuelo o Pipo Lernoud, que acceden a influencias exteriores y se reconcilian con el tango porteño, en los tugurios de Once y en espacios como el Instituto Di Tella. Gabis estaba allí: “Se abrió el espacio cultural en pleno centro de Buenos Aires y allí se refugiaron las vanguardias artísticas, que tenían más que ver con Nueva York y Londres que con lo que nos rodeaba en Argentina”.

El 12 de noviembre de 1968, el Teatro Apolo acogió la presentación de Manal, apoyado por el estreno de Mandioca, la primera discográfica argentina. “Esa primera ola duró cinco años, con tres años de gran explosión. Después, a raíz de la disolución de los Beatles y de las muertes de Jimi Hendrix, Jim Morrison y Janis Joplin, el rock fue absorbido por la industria. El sistema político empezó a manejar al rock, que perdió la ilusión”, y así, recuerda, es como se llegó al final del sueño en los setenta. “Se mantuvieron formas, pero la fuerza original no logró su meta”.

En las generaciones venideras, el rock primigenio dejó huella. Lo explica Ariel Rot (Buenos Aires, 1960), alumno de Gabis antes de exiliarse en España para formar Tequila. “Aportó poesía y voz propias, con un lenguaje muy personal. Hacer ese cóctel propio en un lugar tan alejado de todo tuvo mucho mérito, y sobre esa base de letras poco terrenales, con mucho vuelo y mucha poesía, se siguió construyendo un edificio sólido”, anota Rot. “Ahora no todos los grupos tienen una calidad exquisita como antes, pero ellos inspiraron riesgo, personalidad y locura a aquel rock progresivo, que vino a romper moldes”.

Andy Chango (Buenos Aires, 1970) subraya la importancia de los pioneros. “Ese rock me marcó entre los diez y catorce años. Tuve la suerte de que existieran Los Gatos en una Argentina con militares. Era un niño hippie, un hippie de juguete, pero también un pequeño rockero en una época que estaba predestinada para cosas mucho peores. El rock y los conciertos eran una puerta enorme a la ilusión juvenil”, recuerda Chango, cuyo primer recital fue el regreso de Moris en 1981. “Se respiraba un clima que no era sólo musical. El rock fue una válvula de escape para una sociedad que estaba siendo castigada y reprimida”, cuenta Andy Chango, que asegura que, más que mover caderas, aquella música era un compromiso con el dolor y con el anhelo de libertad.

Once fue el barrio donde nació el rock argentino y donde, en 2004, quizá firmó su defunción con la tragedia de la discoteca República Cromañón, que causó 194 muertos la penúltima noche del año durante un concierto de Callejeros. “No lo había pensado, pero es verdad”, admite Claudio Gabis, sobre el epicentro del rock ubicado en Miserere. “En el eje de la avenida de Pueyrredón estaban la plaza Francia, que fue centro del movimiento hippie. Pueyrredón es la frontera entre el centro de Buenos Aires y los barrios, allí se produce la división urbana”, cuenta Gabis. En ese escenario se curtieron personajes inclasificables del rock argentino. De Tanguito a Andrés Calamaro, pasando por Charly García. “Charly es una creación shakesperiana, como un personaje de Burroughs. A Andrés lo conozco desde que tenía cinco años, era compañero de colegio de mi hija, y le he visto desarrollar su carisma”, explica Claudio Gabis, que deja el remate a Andy Chango. “El rockero argentino no es de salir a tocar y luego cenar antes de dormir. Uno pensaba que ser rockero era hacerse el loco, buscarse problemas e intoxicarse, estábamos confundidos”.

Más reflexivo, Claudio Gabis hace diana. “Venimos de un país muy raro, muy exagerado, lleno de mitomanía”, reconoce. “En Argentina aún hay carteles que dicen Perón vive, Evita vive. Incluso hay una religión dedicada a Maradona. Y Charly es un personaje de Homero, ya es leyenda”, y deja clara la tendencia al mito. Para lo bueno y para lo malo, porque existe un defecto grande, como él mismo dice, que es el de “destruir a esas mismas figuras cuando las cosas no van tan bien”.

Publicado en el diario Público el 27 de noviembre de 2008