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Ry Cooder: la guitarra más influyente del planeta

8 Ago

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por Carlos Fuentes

En tiempo de música gratis y descargas a tropel, cada vez son más los que piensan que los anaqueles de la cultura están obligados a vender mercancía como un supermercado despacha marca blanca. Pague dos y lleve tres. Algo así ocurre con la música en directo. Se valora mejor el concierto que es más largo. Como si el artista se vendiera al peso, como si el músico fuera un plato barato cocinado al por mayor.

Por fortuna, todavía sobreviven creadores que plantean su oferta escénica con actitud sibarita: raciones escasas, calidad cinco estrellas. Gran ejemplo de este compromiso pata negra es Ry Cooder, el influyente guitarrista californiano que durante las dos últimas décadas se ha arrimado, con tino y muy buen gusto, a algunos de los campos sonoros más nutritivos del planeta. Una trayectoria de enjundia que oscila entre las raíces del blues, como el audaz disco africano Talking Timbuktu, al sentido homenaje al patrimonio cultural chicano de Chávez Ravine, pasando por la gloriosa época de las músicas tradicionales cubanas que rescató del olvido en los discos Buena Vista Social Club.

Quince años después de su aventura con el bluesman malí Ali Farka Touré, que en 1995 obtuvo el primer premio Grammy por un músico africano, y a punto de cumplirse un cuarto de siglo de la banda sonora de la película Paris Texas, que hizo crecer mucho el interés por las músicas para cine, Ry Cooder desembarcó en tres escenarios españoles (Barcelona, Madrid y Bilbao) para presentarse en formato de trío junto a Nick Lowe y a su hijo baterista Joachim Cooder.

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Conocido el elenco, del que a última hora se cayó el tejano Flaco Jiménez, convenía no perderse la clase magistral que ofrecieron estos dos veteranos de mil batallas en la escena hippie de la costa oeste y de la estirpe más elegante del mejor pop británico de todos los tiempos. Ahora, cuando se aprende a tocar la guitarra en baratos cursos on-line, Ry Cooder y Nick Lowe se las apañaron para completar un recorrido comprimido por la amplia gama de sonidos de las seis cuerdas.Con un guiño a los primeros años 90 (Fool who knows, grabada como Little Village junto a Lowe, John Hiatt y Jim Keltner) arrancó un concierto en el que Ry Cooder llevó la voz cantante.

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Su patrimonio musical ha crecido como pocos con el paso de los años. Bien demostrado quedó con Fool for a cigarette (Feelin’ good) que las margaritas no se plantan para que coman los cerdos: en 1974, cuando fue editada, esta pieza apenas alcanzó los puestos bajos de las listas éxitos. Un cuarto de siglo después, como ocurre con Tears on my pillow y Little sister, ha alcanzado aromas de clásico. Y por ese camino va Chinito, chinito, crónica simpática de la emigración asiática la costa oeste que en Madrid cantaron en ágil castellano Juliette Commagère (antes había abierto la velada con la aventura alienígena El U.F.O. cayó) y Emily Reppun.

¿Y Nick Lowe? Pues sobrado, elegante y simpático. Quien no conozca a este veterano debería visitar al médico o, más sencillo, dedicarle buen tiempo a su capacidad probada para rescatar las crónicas cotidianas de la vida moderna. Emocionante hasta no poder más con piezas de eficacia probada como la irónica Half a boy, half a man (“sería mejor que cerraran sus casas y metan a los niños dentro, aquí llega la última estafa del siglo XX”) y (What’s so funny ‘bout) peace, love and understanding, sí, la canción que Elvis Costello, de quien Nick Lowe fue productor en cinco discos y padrino al frente de The Attractions, situó en la memoria colectiva del mejor pop de todos los tiempos.

Pero volvamos a Ry Cooder, de largo el rey de la noche con una destreza con la guitarra slide a prueba de ataque nuclear. Se ha escrito, y mucho, que fueron Mick Jagger y Keith Richards quienes, caraduras, robaron sus líneas maestras para Tonky honk women, y que en Let it bleed The Rolling Stones le chuparon la sangre al guitarrista californiano, tan reacio a los focos de la fama fútil como, y hubo varios intentos, a aceptar la invitación para sumarse al grupo millonario de las satánicas majestades. Y todo porque Ryland Peter Cooder (Los Ángeles, 1947) ha preferido siempre jugar al margen de las grandes ligas comerciales.

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Más partidario de la calidad (con Van Morrison, que gasta fama de arisco pero que sí acreditó sus aportaciones, grabó el seminal Into the music) que de ser un bufón acompañante de superhéroes efímeros. Un ejemplo de honestidad artística que, por poner un ejemplo en las antípodas, contrasta con guitarristas tan bien dotados como complacientes como Carlos Santana o Gary Moore.

En el Palacio de Congresos, que no se llenó del todo aunque contó con una fiel audiencia de aficionados ya entrados en años, la raíz blues-rock de Ry Cooder quedó retratada con esmero de orfebre en temas añejos como Vigilante man, Losing boy, Crazy about an automobile, You gotta pay, One meat ball, Jesus on the mainline y, en clave de ranchera, Impossible. Se echó en falta, no obstante, una aproximación más profunda a esas músicas de pueblo que en los últimos años han sido objeto de desvelo para el maestro californiano.

Reconoció una vez Ry Cooder que no le gusta llegar tarde a las obras de artistas veteranos, él que ya rescató de las profundas sombras del olvido al pianista Rubén González (“una mezcla entre Thelonius Monk y Félix El Gato”, Cooder dixit) y al Nat King Cole cubano Ibrahim Ferrer en Buena Vista Social Club, y también a los genios chicanos Ersi Arvizu y Lalo Guerrero en el antológico Chávez Ravine. Quizá por eso sonó a demasiado poco que de la tragedia social que tumbó un barrio emigrante para dar paso a la construcción de un estadio de fútbol americano para los Dodgers apenas interpretara, como despedida, la conmovedora Poor man’s Shangri-La. Fue, digamos, la única sombra de una noche espléndida, noventa minutos para grabar a fuego en el disco duro. Pero ya se sabe que aquí nadie es perfecto, incluso Ry Cooder. Que vuelva cuando quiera.

Publicado en La Opinión de Tenerife en julio de 2009

Luis Alberto Spinetta: “El rock latino es comida basura”

31 Mar

Luis Alberto Spinetta

por Carlos Fuentes

“Es el destino, siempre estuve más o menos en el mismo lugar y si ahora vine es más por destino que por lógica”. Fiel a una trayectoria de coherencia que hunde sus raíces en la recta final de los años 60, el músico argentino Luis Alberto Spinetta (Buenos Aires, 1950) condensa con aire metafísico el porqué de su debut en los escenarios españoles cuatro décadas después. Desembarca aquí con el disco Viejas canciones, una compilación retrospectiva formada por veinte piezas del compositor y guitarrista porteño que artistas como Charly García, Fito Páez o Gustavo Cerati reivindican como parte importante, sin duda crucial, del mejor rock compuesto en español.

Luis Alberto Spinetta culmina en la ciudad de Granada una gira de conciertos que le trae por primera vez a los escenarios españoles después de liderar proyectos de enjundia como Almendra, Pescado Rabioso, Invisible o Jade. Cuatro aventuras esenciales para comprender a carta cabal la cara más nutritiva del rock hecho en castellano. Sentado en el anonimato sorprendente de un hotel de medio pelo situado en las proximidades de la añeja Estación del Norte de Madrid, el seminal músico bonaerense reafirma pronto sus principios. “Me interesa la gente, no vender. Vengo a cantar, no a vender porque no lo hice ni en mi lugar y mal haría si lo hiciera acá. Aunque este disco titulado Viejas canciones no coincide con lo que estoy presentando en estos recitales, un nuevo disco llamado Para los árboles. Y con ese eclecticismo de intenciones es con el que quiero conectar con el público español porque el público argentino ya consumió mi mito. Ahora pretendo contactar con este público y brindarle la lírica, que es nuestra lengua común”.

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“Conquistar es propio de una mente de conquistador y eso no es lo mío. Nunca lo fue. Yo solo creo ser capaz de conquistar pero a un nivel muy efímero. La idea es mostrar mi música para que agrade sin la finalidad de vender nada. Que me vean y saquen sus propias conclusiones”, explica Luis Alberto Spinetta sin concesión alguna a la fama en este desembarco tardío en los escenarios españoles. “No hay estrategia porque es un plan sin plan. Aspiro a conectar a partir del lenguaje común que hablamos argentinos y españoles, que es la riqueza de nuestra lengua, y también volcar poesía en nuestro idioma. Porque nuestra historia literaria es inmensa y tanto el español como el argentino hoy muestra una decadencia muy grande. Quisiera ser como un Rimbaud en castellano, quisiera ser poeta además de músico. Y que el espectador español reflexione sobre su lengua y sobre todo lo que brinda esa parte ínfima que yo puedo expresar en mis canciones”.

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¿Y cuánto pesa la ambición en Spinetta? “Acá, en España, se conoce el mito de Luis Alberto Spinetta, pero yo nunca he sido un comemetas, alguien que únicamente quiera realizar su meta. La mía ha sido escribir y cantar, y eso es lo único que sé hacer bien. Ya es un halago poderme cruzar hasta acá y encontrar un lugar para mostrar en público mis canciones. Es un gran honor y a la vez un gran desafío destruir mi propio mito. Que pase del estado de la idealización al estado de la carne que está encima de la tarima”.

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Treinta y tres años después de su aparición inesperada con aquel pionero álbum homónimo firmado por el grupo Almendra que compartió con Edelmiro Molinari, Emilio del Guercio y Rodolfo García, el llamado nuevo rock latino copa ahora revistas y canales de televisión. “Ese rock latino apesta porque ahora son ‘shakiras’ y ‘juanes’, cosas comerciales como A Dios le pido… y eso ya lo escuché desde que mi madre me disfrazaba de baturro. Suena tan antiguo como cualquier canción que me cantaba mi abuela. Si vos escuchás algo así (y comienza a tararear la canción El alma al aire de Alejandro Sanz), eso me gusta, no todo pero por lo menos tiene una lírica, un vuelo. O las canciones de Joan Manuel Serrat, que fue uno de los inspiradores de mis primeros discos en Argentina. Ahora hemos pasado de Tu nombre me sabe a hierba al A Dios le pido, es decir, que vamos evolucionando a peor”.

En esta controversia sobre la valía efectiva de la canción contemporánea en español, Luis Alberto Spinetta no calla. “Vende el rock latino como vende la comida rápida, esa fast food y no la comida del chef. Esas canciones de rock latino son fast food musical, comida basura que se vende dentro de un fenómeno universal que no solo afecta a la música sino que también afecta a todo el lenguaje humano. Llegan artistas presionados para triunfar a toda costa, a cualquier precio, débiles mentales, pero eso no es un triunfo. El triunfo son Charly García, Fito Páez, Gustavo Cerati… ellos sí tienen esencia, no es solo una misión de papel, en sus canciones hay lingote en el fondo”.

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Autor de piezas memorables como El anillo del capitán Beto, Muchacha (ojos de papel) o Los libros de la buena memoria, Luis Alberto Spinetta cuestiona el atajo fácil hacia la moda, hacia la tendencia efímera y el éxito fútil. Una corriente de la que no excluye a su compatriota Andrés Calamaro, por ahora afincado en Madrid después de ganar fama con el grupos Los Rodríguez. “Le critico su facilidad para parecerse a Gipsy Kings, que me parecen increíbles al lado de lo que vino luego. Es fácil copiar una fórmula y adaptarla para el gran público como él hizo en Sin documentos, pero esa tonada de rumba ya la escuché millones de veces. Bien es cierto que [Calamaro] ya ha huido un poco de ese tópico, pero sigue muy lejos de lo que hizo allá en la Argentina”.

¿Comparte, entonces, la definición de surrealista maldito que siempre rodea a Spinetta? “Surrealismo es una palabra práctica que globaliza, pero todo argentino que se parezca un poco a Spinetta sufre el hecho de vender poco aunque tenga una obra trascendente. Es un bien y un mal, pero de manera automática deja de vender y muchos no están dispuestos a la clandestinidad porque quieren un éxito palpable. También yo lo he querido, pero ya no. Me importa poco si me llega o no en esta vida. Lo importante es que el alma vibre al escribir y que pueda ser una contraseña para otras generaciones futuras”.

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Ante el reciente álbum español Viejas canciones, publicado por la disquera independiente Nuevos Medios por empeño personal de su director, Mario Pacheco, el seminal escritor y compositor argentino advierte del riesgo de la variedad de estilos. El álbum incluye canciones en clave de rock, de blues y de tango. Él, que siempre fue un especialista en dotar a cada grabación de una personalidad propia indiscutible. “Es producto de un eclecticismo de épocas y sentidos por el que temo ser malentendido acá, pero estoy orgulloso de lograr el amor de esta gente en España para publicar porque lo más grande que uno puede tener como artista es el interés por el interés, sin pensar en beneficios ni rendimientos económicos a corto plazo”, asegura Luis Alberto Spinetta.

Ganancias que también se echan en falta en el mercado cultural de Buenos Aires, ahora que las producciones musicales apenas dan réditos por la costumbre nueva de la copia barata de discos y la piratería digital a través de la red. ¿Qué ocurre en Argentina? ¿Qué futuro artístico puede tener un artista de largo recorrido como Spinetta? “Esta situación es un pequeño espejo del mundo. Reflejo de que ahora triunfa la comida basura, el éxito rápido, el artista de reality show barato. Es una ecuación utilitarista planteada por las compañías discográficas, que están más interesadas en llenarse los bolsillos sin ver cómo ni por qué. Mi futuro es poder seguir escribiendo con intensidad. Mi forma de paliar el desastre es una forma heroicista de combatirlo. Es mi trabajo y mi amor, y no me importa mucho si reviento o me arruino mañana”.

Publicado en Diario de Avisos en julio de 2002

Corizonas, el triunfo del rock en una economía de guerra

29 Nov

Corizonas

por Carlos Fuentes

Música comunal para hacer de la necesidad virtud. Hace un año, dos grupos españoles de rock unieron esfuerzos para capear tiempos de crisis e intentar encontrar alternativas a la recesión de la industria. Del quinteto madrileño Los Coronas y del trío vallisoletano Arizona Baby surgió Corizonas, una suerte de banda madre para explorar sonidos del rock con acento americano y aromas campestres. El plan cuajó: Corizonas creció en la carretera, grabó conciertos y, al tiempo, fue cosechando una audiencia creciente. Y fiel. Ahora, ya de vuelta a los escenarios, Corizonas defiende su primer disco con canciones propias, The News Today, en una gira que arrancó el año en el Festival Actual Logroño, pasó por Madrid y continuará hasta finales de marzo por otras nueve ciudades.

Fernando Pardo saluda sonriente, parece feliz con Corizonas. Músico de largo recorrido en la escena nacional (en 1985 fundó los seminales Sex Museum), el guitarrista habla del nuevo proyecto con cierto romanticismo: “Empezamos con ánimo de jugueteo, aventura y reto a la vez. A ver qué podía pasar. Y ya en los primeros conciertos vimos que funcionaba, que podía salir algo chulo y había la suficiente comunicación entre las dos bandas para que todo funcionara bien, y nos tiramos de cabeza”. Su homólogo en Arizona Baby, Rubén Marrón, tira de tópico sincero: “Parece que nos conociéramos de toda la vida, coincidíamos en festivales y generamos interés recíproco, porque hay mucho que nos conecta”.

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No obstante, ambos músicos admiten que el momento complejo de la escena musical actuó como catalizador de esta alianza de fuerzas. “Algo así ocurrió, pero llevábamos tanto tiempo trabajando con economía de guerra que cuando ha llegado la guerra no nos hacía falta mucha adaptación. Conocíamos bien las salas, su capacidad, cómo negociar un concierto o una gira cuando llegó el momento en el que se derrumbó la forma de funcionar al viejo estilo, nosotros ya llevábamos tanto tiempo funcionando de otra manera que tomamos ventaja inmediatamente. Cuando el resto estaba mirando dónde estaba la línea de salida, nosotros ya estábamos ahí”, explica Pardo, que ahonda en un análisis de urgencia. “Algunos grupos que dependen de managers o de compañías grandes han tenido que repensar cómo hacer las cosas y para nosotros, sin embargo, ha sido un puro río revuelto, ganancia de pescadores. Nos ha venido bien que se hayan caído grandes estructuras que tenían monopolizada la prensa y ciertos circuitos, sobre todo en el verano”.

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El eco creciente de Corizonas se ha plasmado en la buena recepción del disco de canciones propias The News Today, editado por Subterfuge Records. “Con la gira compartida nos rodamos como grupo, ganamos fluidez”, indica Marrón. “Empezamos a funcionar como una sola banda”, añade Fernando Pardo. ¿Y cómo nacen las canciones? “También con naturalidad”, insiste Pardo. “Tocamos todos los meses, había la química necesaria para funcionar con un grupo y meternos a grabar. Y desde el principio, quizá porque no quedaba otra y porque es buen método, decidimos hacerlo muy rápido. Nos reunimos cuatro días en el local y, poco a poco, fueron saliendo canciones. Teníamos claras las jerarquías y muy rodado el trato entre todos, no hubo quejas porque un grupo tirara más que el otro o a alguien no se le hiciera caso. Quizá fue cosa del buen humor del verano, pero funcionó”. Rubén Marrón asiente: “Estas cosas son fruto de la suerte. Quizá el éxito de Corizonas esté en ser un plan poco premeditado, poco pensado, y con mucha espontaneidad”.

Publicado en el diario Público en enero de 2012

Ataúd Vacante: del casete de Aries al iPhone de Silver

28 Oct

iPhone Ataúd Vacante

por Carlos Fuentes

“Lo único mejor que la música es hablar de música”. Dicen que lo dijo Gabriel García Márquez, aunque se lo escuché algo después a un grande de la música en España. Un hombre bueno que no escribió nunca un acorde, ni siquiera una letra, pero sin el que no se entendería a carta cabal la evolución de la música contemporánea en el último cuarto de siglo en este país. Puede que no corran buenos tiempos para las charlas de tertulia, tampoco para debatir sobre cultura, menos aún de música, “hablar de música”, como dicen que dijo Gabo, aunque a veces conviene alzar la voz y no caer en la dulce tristeza de la melancolía. Conviene hablar, y hablar de música. Que es una gran manera de resistir.

No recuerdo cuándo fue la primera vez que escuché a Ataúd Vacante. Era No hay revolución, pero no podría precisar si fue la versión de la casete Lenguaje abierto (Discos Aries, 1986) o la posterior del mini-álbum Nichiquitaunamosca (Discos Medicinales, 1987). Pero no es detalle que revista mucha importancia. Porque supongo que usted no ha llegado hasta aquí para leer cuentos de viejo y, carajo, todos mantenemos memoria histórica de nuestras primeras músicas. Quizá ocurra que no importa el instante, porque lo importante es el momento. Y con Ataúd Vacante el rock hecho en Canarias aspiró a reventar a puntapiés la imagen descafeinada, aquel pop inofensivo, de las llaves de la moto que se llevó Lucy. En aquellos años de eclosión efervescente en los hogares isleños, o al menos en algunas casas canarias, se pasaba del añejo pick-up heredado del abuelo a los primeros equipos de lo que se vino a llamar alta fidelidad. Y con ella llegó el punk. El punk, aquel hijo putativo del rock, el primer rock de los indignados, etiqueta urbana que todavía no había tomado la plaza del pueblo.

Ataúd Vacante

Nunca dejan de sorprender frases fáciles como que “no hay que tomarse tan en serio la música”. Expresiones fútiles que retratan esa opinión generalizada en el común de que la música no es importante. Porque la música, creen muchos, es la menor de las artes, apenas sonidos que están ahí y que suenan de fondo. Este (pobre) aprecio por la música no se da con otras artes: no ya en la pintura, quizá arte mayor, de museo de pago; tampoco en el cine, aunque pulula mucho cine que no es arte sino entretenimiento. En literatura ocurre algo así: abundan libros best-sellers y mucha letra de toalla y sombrilla, pero a nadie se le ocurre poner en solfa la importancia de los escritores. ¿Y la música? ¿Qué pasa con la música? Miremos alrededor: si el músico tiene un éxito grande, ese artista es visto como personaje de telenovela, un triunfador. Por el contrario, si no llega al gran circuito comercial, es mal visto como un raro, apenas un amargado más de tabernas, catres y bajos fondos. Entre drogas y putas. Aunque luego, como acaba de ocurrir con Lou Reed, a tu muerte te santifiquen como artista maldito.

JESÚS LÓPEZ Ataúd Vacante (Parque Viera y Clavijo, 1989)

Ataúd Vacante nació cuando los actuales cambios tecnológicos no estaban, ni se les esperaban. Ahora, cuando la música sufre esta, digamos, “basurización”, vía formato digital y descargas gratuitas, el ciudadano común ha depreciado aún más la (escasa) consideración que tiene por los músicos. Son tiempos de fama fácil y poca memoria colectiva. Le sonará este ejemplo: alguien compra un reproductor digital con, ejem, treinta gigas de capacidad y alardea de llevar “ocho mil canciones aquí dentro”… sin caer en la cuenta que lo que de verdad importa no son esas ocho mil canciones sino qué ocho mil canciones, con qué criterios las escucha y qué alimenta con esa música. En esta fase, cuando ya se impuso el continente sobre el contenido, la estupidez utiliza banda ancha y, vaya paradoja, cuando la red amplía (casi) hasta el infinito la conexión distante y, por tanto, el intercambio (casi) infinito de información, en fin, conocimiento, la plaga de las descargas rápidas ha devenido en un peor nivel de los contenidos que la mayoría del público consume. Hay más oferta, pero se selecciona peor. Y ocurre en un momento crucial: por primera vez en la historia, los oyentes ya no desean poseer o siquiera almacenar la música. Hoy a una mayoría creciente le basta con escuchar música en red, compartiendo el “producto” vía streaming sin coste alguno, ya sea en YouTube, MySpace, SoundCloud, Vimeo o Spotify.

Ataúd Vacante 1984

Y en este escenario de confusión entre continente y contenido, ¿qué rol tiene la música? ¿Es la música eso, apenas otro entretenimiento cada vez más barato y cada vez más malo? Pero la música es, de veras, el arte que mejor retrata los orígenes y la evolución de un pueblo, de un país. El mejor testigo de los rasgos sociales y culturales de cualquier colectivo. Y no sólo la música como sonido, música como estilo, sino de músicas (en plural) con perspectiva antropológica. Otro ejemplo: ¿por qué el rock logró simbolizar la rebeldía de una generación? ¿Por qué el rock, primero sus padres y luego sus hermanos musicales, derribó barreras sociales durante los años 40 y 50? ¿Y por qué esa gente del ecuador del siglo eligió el rock y no sólo las novelas, el cine o la televisión para romper cadenas culturales con su pasado? Es la perspectiva más interesante, de ahí nuestro respeto (casi) reverencial a la figura de Elvis Aaron Presley, aquel chico pálido que logró que sus amigos blancos quisieran bailar como negros.

El rock como vehículo de rebeldía, como catalizador de cambios sociales. Más allá del rito, y la distribución por estilos o el análisis a cualquier artista son ritos comerciales, interesa saber por qué un chaval que quiso romper su ADN social en los años 40 agarró la guitarra y no el piano. ¿Por qué aporrear la batería era un ejercicio rompedor en cualquier familia bien? ¿Por qué surgió una juventud que, de pronto, se interesó por la música de los negros y fue a bailar con ellos? La música como herramienta de cohesión social, como palanca para romper y cambiar convencionalismos del pasado. He aquí el gran cambio que se produjo en la sociedad norteamericana blanca de los años 50. Y en este proceso, el rol de Elvis es referente imprescindible. Su figura, más que música, sintetizó aquel proceso de asimilación de las grandes migraciones desde el sur rural al norte en vías de industrialización. Porque el rock de Elvis convirtió en paisaje urbano un sonido que hasta entonces apenas sonaba en los campos, pero quizá más importante es que Elvis cambió el lamento negro por cierta rebeldía pública, sin distinción de raza o clase social. Otra vez, el rock como catalizador del cambio, que es el aspecto que, a la postre, logró afianzar al rock como sonido mundial. Lo explica muy bien Greil Marcus en su seminal ensayo Mistery train, que no por casualidad rescata el título, como genuina metáfora del destino y el deseo, del último single que Elvis Presley publicó en 1955 en la disquera Sun Records.

Ataúd Vacante 2007

Medio siglo después de Elvis, las chicas de Pussy Riot se enfrentan a Putin con rock y no con pop o guitarras de cantautor, porque en Rusia el rock es aún revolucionario. Como una vez lo fue en América. Pero no siempre ocurrió así. Cuando The Rolling Stones llegaron antes de la hora convenida a los estudios Sun de Memphis, allí encontraron a un hombre que limpiaba las ventanas. Era Muddy Waters, que completaba con cristales lo que ganaba en bares de mala muerte. Pero con Elvis esto empezó a cambiar. De pronto el blanco quiso bailar como un negro y la música fue su primer vehículo de integración. Pero a pesar de la conquista histórica sin la que no se entendería la sociedad actual, la música continuó arrastrando otro sambenito oportunista. Música como sonido de fiesta, poco más. Cierto es que la fiesta ya no distinguía razas, o al menos fue cayendo la segregación de tantos siglos, pero la música, esa música para negros y blancos, seguía ceñida al ámbito lúdico. Y aquí se sitúa el subrayado ante la importancia antropológica de otra referencia inevitable. Si con Elvis el rock rompió barreras raciales, con Bob Dylan el rock y algunos hijos darían un salto intelectual sin parangón. Si con Elvis el rock salió del campo y llegó a la ciudad, con Bob Dylan y su generación folk eléctrica el rock consiguió entrar en las universidades, en la vida cultural de las ciudades norteamericanas y, por supuesto, en buena parte de la mejor literatura (¿o es que se entiende sin rock a Kerouac o a Burroughs?) y también en el mejor cine como retrato de su tiempo, ¿o no son genuinas películas rock Apocalypse now o Easy rider?

Ataúd Vacante banda

Nunca he preguntado a Silver, Fafe, Manolo y Pistol si crearon Ataúd Vacante para cambiar el mundo. Serían dos estupideces: la pregunta y el intento, ay, de cambiar el mundo. Pero sí estoy convencido de que el grupo nació en Tenerife para intentar cambiar su pequeño mundo insular. Este patio cercado por el mar, cárcel de muros azules, como dijo Pedro Lezcano. Y la vez que Ataúd Vacante estuvo más cerca de alterar el rumbo de la música contemporánea en las islas ocurrió con Chorros de amor (JaJa Records-Manzana, 1988), con su paleta de rock a borbotones con pespuntes de glam y, al fondo, cierto soniquete billy. No es el mejor disco de Ataúd Vacante, quizá tampoco hace justicia a la poderosa fuerza de directo que desplegaba el grupo en concierto, pero para el momento fue una atlética carta de presentación del nuevo rock hecho en Canarias. Y no fue 1988 un año cualquiera: AC/DC publicó Blow up your video, Public Enemy confirmó su apuesta con It takes a nation of millions to hold us back, lo mismo hizo Jane´s Addiction con Nothing’s shocking, Guns N’ Roses explotaba Appetite for destruction y Living Colour debutó con Vivid. Por cerrar la foto de época, el 25 de junio moría por sobredosis Hillel Slovak, guitarrista fundador de Red Hot Chili Peppers. Faltaban tres años para Blood sugar sex magik.

“Antes que Elvis no había nada”. Dicen que lo dijo John Lennon. Suena duro, pero tiene su explicación. Quien escuche a Skip James, Robert Johnson, John Lee Hooker, y también a Chuck Berry, Johnny Cash o Ritchie Valens entenderá que antes de Elvis ya existía música. Pero lo que Lennon intentó destacar con “nada” es el uso de la música como elemento de rebeldía masiva entre gentes de toda raza y clase social. Hasta el mismo Dylan lo reconoció al afirmar que cuando escuchó a Elvis por primera vez supo que nunca sería empleado de nadie, que nunca tendría un jefe: “Escuchar a Elvis fue como salir de la cárcel”. Es la importancia social que da valor a la obra de Presley, aunque tiene mayor enjundia el desarrollo posterior del rock como elemento contracultural actual, las manifestaciones contra Vietnam, la ruptura con la cultura sexual obsoleta de trabajo, familia e hijos, con el modelo de familia blanca americana, con poesía de riesgo y su influencia creciente en política, la nueva relación con las drogas, la nueva tendencia de viajar y conocer mundo… en definitiva, cuando el rock se convirtió en el sonido rebelde que anunció cambios en el mundo, y hasta hoy.

LAURA SÁNCHEZ Silver (Plaza del Cristo, 22.9.2007)

De vuelta a casa, en la última década del siglo pasado, Ataúd Vacante intentó representar esa rebeldía de vivir deprisa. Y el conjunto del barrio de Duggi aún escribió otros cuatro capítulos clave para comprender el sonido rock fabricado en Canarias. En 1990 se editó en vinilo En facturation (JaJa Records-Manzana) y, ya en compacto, Tractores surgió como nombre nuevo en el recopilatorio de 1992 Ataúd Vacante Fin, el último eslabón de la carrera del grupo en Manzana. Subiremos al cielo, disco nonato de 1995, marcó la etapa más difusa de Ataúd Vacante y ¡Dejen eso!, otra compilación (no) editada en 2007, con la excusa de la noche de regreso en la plaza del Cristo, vino a evidenciar que aquí aún hay energía útil. Porque conviene dejarlo claro: Ataúd Vacante no fue el mejor grupo canario de rock. Ni tampoco creo que ellos buscaran serlo. Nunca tuvieron manos libres en sus producciones, cedieron a veces a la presión de la industria, quizá en el anhelo de encontrar una autopista hacia el cielo nacional.

Pero los cuatro de Duggi sí pueden ser reconocidos como el grupo más potente en concierto de todos los que han pisado escenarios isleños. Atesoran méritos ganados a pulso en jardines, plazas, salas y teatros. Aquí van cuatro estampas de la memoria: aquella tarde de 1989 en el parque Viera y Clavijo con Silver botando con un pie enyesado; abriendo para Los Ronaldos en Santa Cruz de La Palma, con la alineación del CD Tenerife anunciando al grupo el 10 de julio de 1990; en el Festival de Ruido, en el pub La Calle de Las Palmas, un tórrido 14 de agosto de 1993, con la primera división del rock regional; en su ciudad, en la plaza de España, aquí en Santa Cruz, en la fiesta del Día de Canarias de 1994, cuando Silver trepó los focos y cantó Tú seré agarrado a la vida como mono de feria; y, quizá el cuarto de hora de gloria más logrado, el 25 de mayo de 1995, en la sala Revólver de Madrid, en la mayor muestra de rock hecho en Canarias que jamás pisó suelo peninsular. También en periódicas apariciones de Ataúd Vacante (entonces D-Tractores, ya con Sito Morales, el mejor quinto hombre) en la sala Ruta 66, aquel hito independiente que Tenerife, y Canarias, dejó morir de pena tras haber puesto a las islas en el mapa nacional del rock.

Ataúd Vacante - Fafe

Pero no quiere ser este ejercicio retrospectivo una excusa para el lamento, dios nos libre. Es preferible anotar en rojo la historia reciente, recobrar energías y celebrar el nuevo siglo con los hijos musicales de estos cuatro pibes que, respeto, pelearon por lo suyo en un momento que también era el nuestro. Lo dijo Mario Pacheco, y dicen que antes lo dijo Gabo: no hay nada mejor que hablar de música. Así que otro día rescataremos la llegada a África de las primeras guitarras eléctricas, ah, aquel instrumento del diablo. Del efecto que tuvo la guitarra de rock progresivo en la escena peruana de los años 70 o de cómo un grupo chileno hizo el sonido que más se acercó a la etapa lisérgica anglosajona (una chanza que una vez escuché en Santiago: ah, Pink Floyd, ¿esos no son los que hicieron lo mismo que Los Jaivas en Inglaterra?). De aquel pibe argentino que soñó con sonar como The Police cantando en español y, carajo, lo logró.

De Amiri Baraka, autor de aquella frase memorable (“si Elvis era el rey, ¿quién es James Brown? ¿Dios?”) y su influyente ensayo Blues people: negro music in white America sobre el origen de la música popular entre la población negra en Estados Unidos. O de aquel otro ejemplo envidiable del respeto debido al rock: hace un año David Letterman invitó a Tom Waits a presentar el disco Bad as me. Después de presenciar la actuación en directo en el estudio, Letterman saludó, uno por uno, a los músicos del bardo de Pomona. No sólo hubo respeto entre estrellas, también por los músicos, entre ellos David Hidalgo de Los Lobos. ¿Se imagina usted algo similar aquí? ¿Se imagina, ay, a tal Vázquez y sus triunfos saludando a la orquesta? Ah, no, que con la crisis ya no hay para pagar a la orquesta. A partir de ahora la música en televisión será play-back. Me temo.

Ataúd Vacante - Caminando sin mirar

Publicado en el libro Caminando sin mirar

Editorial Los 80 Pasan Factura, 2014

Fotos de Jesús López, Ventura Mendoza y Laura Sánchez

 

Músicas populares… cuando el tamaño no importa

26 Jul

zydeco

por Carlos Fuentes

“La miel nunca es buena en una sola boca”. Ali Farka Touré solía repetir este viejo proverbio africano cuando le preguntaban por el motivo que le llevaba a salir de su pueblo, Niafunké, en el desértico norte de Malí, para enseñar al mundo dónde nació el blues. Y explicaba el carismático guitarrista malí que la música popular, en su más amplia extensión, sólo cumple su papel de altavoz de los pueblos cuando sirve para tender puentes con otras regiones, con otras culturas. Hasta aquí, todos podríamos estar de acuerdo. Pero la pregunta aún sigue sin encontrar una respuesta justa: ¿Qué es, en verdad, música popular?

Si respetamos el valor semántico del término popular, las músicas tradicionales son aquellas que han logrado llegar a nuestros días después de cubrir una ruta con mil etapas, de generación en generación, para ofrecer un retrato sobre las costumbres, aspectos étnicos y hechos relevantes de la historia de los pueblos que las albergan. Hasta aquí, otra vez, todos de acuerdo. Pero, ¿son entonces músicas tradicionales el flamenco de España, el tango de Argentina, el soukous de Congo y, ejem, el rock de Estados Unidos? Sin duda. Como también lo son la bossa y el samba en Brasil, la cumbia en Colombia, la plena en Puerto Rico, la guajira, el son y el bolero en Cuba, la ranchera en México, el chaabi en los países del Magreb, el ágil mbalax en Senegal y la marrabenta en Mozambique.

music stampsHasta aquí llega el consenso. Pero, ¿qué papel juega ahora la música popular? ¿Son buenos tiempos para la lírica que nace en las calles, en los bares y en las fondas? Podemos convenir, que no es poco, que las músicas populares están disfrutando del respeto creciente del público mayoritario. No es casual que este giro a las raíces coincida ahora con el mayor auge de la técnica y la tecnología vinculada a la creación sonora. Hace unos meses, un portal de subastas puso a la venta una copia del primer álbum de Ali Farka Touré, editado en Francia a finales de los años 70, de tirada mínima y nunca más editado en disco de vinilo. Tras una semana de pujas, el disco grande superó un precio de cien dólares. E igual revalorización de lo antiguo disfrutan nuevas ediciones en formato digital de grabaciones africanas, latinas o europeas de difícil acceso hasta entonces. Por no hablar del giro vintage que han experimentado campos que definen la identidad y los hábitos de un colectivo como la alimentación, el vestuario, las lecturas, el cine o los viajes. Hoy mola lo viejo, y mola lo viejo porque, digamos, es auténtico. Se regresa al mueble de madera noble después de que nuestra generación anterior, nuestros padres, malvendieran el viejo arcón de la abuela para poder comprar una librería de contrachapado. Una mesita de metacrilato.

Hasta aquí esta somera observación sociológica, un arrebato de antropología. Porque usted se preguntará: ¿no veníamos aquí para leer sobre música? Sí, faltaría más. Pero primero hay que saber de dónde venimos para atisbar hacia dónde nos dirigimos. Podemos coincidir, si no es mucho pedir, que la actual era de velocidad con banda ancha y conexiones inalámbricas portátiles, en tiempos de wi-fi callejero como servicio público, está determinando pautas de consumo y de producción de bienes. Tangibles o no. Y es un mercado sobreexcitado el que contagia la confusión entre contenido y continente. Hoy, a lo peor, parece que es (mucho) más importante comprar un dispositivo digital que sea capaz de almacenar más de un millar de discos que velar por la calidad de las doce mil canciones en cuestión. En los tiempos del trending-topic diario parece que el motivo de orgullo está en el tamaño de la herramienta y no en su buen uso.

samba brazilQuizá por esta corriente cultural contagiosa, más pendiente de las formas que del fondo, la reacción del consumidor de música con fundamento lucha ahora por evitar lo que el anterior ministro brasileño de Cultura y unos de los padres fundadores del tropicalismo, Gilberto Gil, denuncia como “econometría” feroz de la dictadura del capitalismo: “una econometría que mide todo y que provoca un cambio extraordinario en el alma humana, en la psique y el cuerpo humano”. Pero no todo progreso es malo. El paulatino abaratamiento de los medios de grabación y producción musical también ha ayudado a la recuperación y, por qué no decirlo, puesta en valor de las músicas tradicionales. Ya no hace falta movilizar a un regimiento de ingenieros de sonido para viajar hasta los centros comunales de conservación e interpretación de las músicas populares y lograr enseñar al mundo que abundan músicas por descubrir más allá de las ciudades de distribución del primer mundo. Otra vez Ali Farka Touré, el recuerdo de un músico genuino y sincero: “la miel nunca es buena en una sola boca”.

Porque si hay algo mejor que la música, como solía decir el productor Mario Pacheco (a quien van dedicadas estas líneas apresuradas), ese algo mejor es hablar de música. Y conversar sobre música significa continuar hasta el infinito la cadena oral de transmisión de unos sonidos populares que llegaron una vez al mundo para hacer la vida más interesante y entretenida, para tejer toda una memoria colectiva y sentar acta del desarrollo de los pueblos que las albergan. Ya se lo recordó Quincy Jones hace unos meses al periodista Carlos Galilea, apelando a un viejo consejo que el productor de Thriller (el disco más vendido de la historia, verdadera crónica popular contemporánea) recibió del saxofonista Ben Webster: “Allá donde vayas, escucha la música que escucha la gente del lugar, come la comida que comen, y aprende treinta o cuarenta palabras de su idioma”. Para continuar alimentando la cultura popular…

Publicado en el anuario de la SGAE en 2011

Cabeza Borradora: retrato efímero de un sueño pop

20 Jun

Cabeza Borradora (2013)

por Carlos Fuentes

1993, Tenerife. Cinco pibes hacen música con nombre de David Lynch… y dos veranos después Cabeza Borradora ya no era el título de una película de culto. Más bien fue una sorpresa, una presencia inesperada. Con un discurso musical poco visto hasta esa fecha en el pop de Canarias y letras de enjundia pergeñadas en inglés, el quinteto nucleado en torno al cantante Carlos Robles y al multiinstrumentista Jomi González se defendió pronto como líder destacado del pelotón de grupos isleños que buscaban, cada uno por su vera, conectar con las seminales corrientes sonoras de los bailables años noventa. Hubo entonces en las islas Canarias cierto efervescente (y efímero) instante en el que, al menos un par de grupos, pujaron por alcanzar la primera división del pop español. En aquellos días de surrealismo y amores soviéticos. Entre noches en escenarios de alcurnia indie y tardes de fotomatón para revistas con pedigrí rock.

Cabeza Borradora (disco)Cabeza Borradora no fue el único conjunto isleño que lo intentó, quizá sí el que más cerca estuvo, ay, de vivir de su canción. Pero por aquel sueño ya marchito de alimentarse del pop no cabe melancolía. Si no hubo derrota, no cabe la pena retrospectiva. Tal vez cierto anhelo de lo que pudo ocurrir y no fue (sí, la culpa es un invento poco generoso) que recordamos ahora, veinte años después, con este doble álbum, Everything Went Wrong, con treinta y cuatro canciones, testimonio sonoro de aquel momento evanescente que tocó gozar. Y sin dejar de caer en la tentación de pensar, apenas por un segundo, qué hubiera sido de aquellos cinco hijos putativos de Henry Spencer en este febril Madrid de 2013.

Publicado en el disco Everything Went Wrong (2013)

Polaroid de una voz extraordinaria

1 Mar

FITO PAEZ.JPG

por Carlos Fuentes

Su voz surgió en época de emergencia, cuando Argentina apenas sacaba la cabeza de un pozo de terror y miseria. Con el dolor latente por la perdida de las Malvinas, Rodolfo Páez Avalos (Rosario, 1963) se armó de voz y teclados para entregar un disco premonitorio. Del 63 marcó camino entre la new wave y la canción introspectiva. Veinticinco años y veinte discos después, Fito Páez entregó [hace cuatro años] el disco No sé si es Baires o Madrid, grabado en directo en 2008 junto a músicos amigos como Pablo Milanés, Joaquín Sabina, Ariel Rot, Pereza, Marlango y Gala Évora.

Fito Páez está satisfecho con su cosecha de primavera y asegura que atesora la misma energía de los años ochenta. ¿Queda mucho de aquel pibe del 63? “Todo confía, es inevitable ser hijo de tu madre y de tu padre. Vas creciendo y ves el desconcierto del mundo, pero aquella cosa de arrancar a cantar y tocar música está intacta, por suerte”. ¿Y como persona, qué fue de aquel flaco de Rosario? “Tendríamos que llamar al psicoanalista para hacer eso, no sé. Seré un cretino para algunos y buena gente para otros, pero la vida se trata de eso. Es así”.

Fito Páez reivindica los valores íntimos. Canciones como un mapa sentimental. “Uno siempre hace las cosas con amor. Está la coyuntura, el momento de cada lugar, inenarrable, pero la única imagen que se repite es un hombre encerrado en un cuarto con lápiz, papel y un piano. De eso podría hablar, no de cómo se ve eso desde fuera. El mejor momento para hacer cosas es cuando estás mal. Pero tampoco podría decir que es la únicamanera”, explica el cantante argentino.

No sé si es Baires o MadridNo sé si es Baires o Madrid fotografía los tiempos de un país, quizá dos, que crece entre convulsiones. ¿Hace justicia este disco a una carrera tan nutritiva? “Es que no creo que haya carrera”, zanja Páez. “Fue insólito porque no se pensó como disco, simplemente queríamos registrar una noche en Madrid. No primó la idea de hacer un álbum, pero después escuchamos el material y recién ahí apareció la idea del disco”.

Rotundo suena también cuando defiende la valía de sus invitados, un grupo heterogéneo sobre el que es inevitable la tentación de pensar que no todos están a la altura de las exigencias. Indiscutibles Pablo Milanés, Joaquín Sabina y Ariel Rot, ¿no hay luego medianías prematuras? “No. Explícalo tú porque yo jamás pensaría así. Son colegas que hacen música, gente que escuché y me encantó. Fue muy emocionante todo lo que pasó aquella noche de abril”.

Con Sabina, además, Contigo viene a sellar una reconciliación pública tras el experimento fallido de Enemigos íntimos y la guerra feroz que vino después. “Ya nos habíamos encontrado en Buenos Aires. Acá está la cámara y se ve todo, pero no hubo reconciliación. Es la relación que tienes con la gente, con la gente de buen corazón que siempre tiene como probable recuperar el vínculo”. ¿Mereció la pena pleito tan agrio? “Ocurrió. Estábamos los dos muy pasados de rosca. Él estaba en una ciudad ajena, viviendo de hotel. Y yo esperando a que él terminara sus cosas una cantidad de inconvenientes que hicieron una pelea pública que ni él ni yo quisimos”. Cineasta a tiempo parcial, Fito Páez vendió 750.000 discos de El amor después del amor, cifra récord en Argentina. Quizá por eso dice que Internet “es una suerte de democracia muy pobre, hay mucha promiscuidad”.

Publicado en el diario Público en marzo de 2009

Leve susurrar de canciones

9 Dic

Juana Molina

JUANA MOLINA

Por Carlos Fuentes

Nunca la etiqueta cantautora sonó tan reduccionista. Ni el adjetivo electrónica distorsionó tanto la comprensión cabal de un universo musical tan delicado. Abstracto verso suelto en el país del rock en castellano, la argentina Juana Molina es todavía una incógnita rara para el público hispano. La mujer que cambió éxito televisivo por canción inteligente habla aquí de fuegos fatuos, África y bosques melódicos.

juana molinaLa casa de Juana Molina es una escapatoria del ruido. Y de la fiebre de vivir. El pueblo de Ricardo Rojas está treinta kilómetros tierra argentina adentro, frente a la capital y al río de la Plata, al costado de la carretera panamericana. Llegar hasta aquí ha llevado dos horas en transporte público y, ahora, por esta calle estrecha, en una esquina perdida de un poblado periférico del conurbano de Buenos Aires, pasa un viejo Ford Falcón color gris verdoso. Guiño de memoria metálica al peor tiempo de la dictadura que, en 1976, obligó al exilio a la familia de la anfitriona. Juana Molina (Buenos Aires, 1962), hija del cantante de tangos Horacio Molina y de la actriz Chunchuna Villafañe (con ella huyó de la vesania y el horror, seis años de exilio, primero Madrid, luego París), ultima los ensayos para dos conciertos solitarios. Está en plena transición tranquila entre discos. El último, Un día (Domino Records), data ya de 2008. Atrás quedan otros cuatro, como Tres Cosas (2002), su osadía equiparada en méritos por The New York Times con Brian Wilson (Smile), Björk (Medúlla) y Kanye West (The College Dropout). Juana Molina sabe que se la espera, pero no tiene prisa. “Las giras me han impedido sentarme a componer. Y no soy de las que componen en los viajes”, explica esta voz leve de la canción pespuntada con electrónica amable.

¿Cómo nace una de sus canciones?

Necesito unos días para sumergirme en el futuro mundo. Y la distracción no me ayuda. Empiezo superficialmente y, de golpe, entro en la historia para ver hacia dónde quiero ir. Esto lleva dos, tres semanas, y una vez dentro no me detengo. Es un túnel por el que voy. Ahí las cosas vienen solas, si vienen de otra forma no me interesan: suelen ser superficiales y probablemente descartables. Cada canción tiene su surgir, una línea musical, una sucesión de acordes o de notas te inspiran hacer otra cosa. Al final llegan las letras, siempre tras la música. Me interesa más la música, la letra es una excusa para cantar melodías. Cuando canto siempre aparece alguna palabra o frase incluida en la melodía, ese es el tema de la canción. A veces resuelvo rápido, otras veces cuesta más porque cuando pongo letra siento que la canción pierde su lenguaje propio y abstracto. De golpe, con la letra, se hace más terrenal. Muchas veces dudo: me convenzo de que esa melodía necesita una letra para ser cantada, pero a veces veo que las letras sacan a las melodías de su lugar y la música se vuelve más pesada.

juana molina poster

¿Qué llevó a este sonido tan cálido en el país del rock en castellano?
No lo sé. Quizá por eso me costó tanto ser acá, siempre me sentí sapo de otro pozo. Será eso. Cada uno es sus influencias, las influencias son despertadores y no son voluntarias. Ocurre aunque no quieras. Y hay otras que te gustan y no te quedan, no son para vos. Cuando era más chica me gustaba mucho el funk y la música negra, pero de eso no hay nada en mí. Me gustaría citarlas como influencias, pero no hay nada en lo que hago. Sí están Ravel, Eduardo Mateo, Beatles, Stewart Copeland, Violeta Parra… los escuché, pero no sé qué tengo de ellos. Nacer en una familia muy crítica hizo que mi forma de escuchar sea tan crítica. Por eso me critico mucho y compongo cosas que luego descarto… son necesarias para limpiarme, aunque me lleve tiempo hacerlas. Sé que no van a ir a ningún lugar, pero me salen y no puedo evitarlo. Lo único que puedo evitar es que se publiquen. Muestro lo que quiero dar. No es lo mismo que te critiquen por algo que te gusta que lo hagan por algo que ni a ti misma te gusta.

¿Utiliza la electrónica como fin o más como medio?
Me sorprende cada vez que me preguntan por la electrónica. No siento que use electrónica, uso teclado. Si un teclado es electrónica, entonces sí. Me gustaría hacer música electrónica, es uno de los lenguajes que más me interesan pero no lo sé manejar. Querría hacer un disco bailable, pero no sé cómo. Imagino algo, pero lo hago y suena a otra cosa. De la idea al hecho hay muchos filtros, las capacidades, las posibilidades. Como un nadador que cree que mueve los brazos como el otro, pero el otro tiene un estilo hermoso y no se sabe bien por qué.

Quizá porque ha sabido encontrar lo hermoso en la sencillez eléctrica…

El tilde de folktrónica que se puso a mi música, que no me parece errado, se debe al simple hecho de que uso guitarra acústica. Si yo hiciera lo mismo con una eléctrica no sé cómo lo llamarían. Uso acústica porque es la que tengo, con la que me siento cómoda, pero si encontrara una guitarra eléctrica igual de cómoda y que me sugiriera la misma cantidad de cosas… son los instrumentos los que te sugieren qué hacer. No es lo mismo una guitarra que otra, no es lo mismo un sonido que otro. Para mí no existe el demo. No me sale componer pensando en que luego sonará distinto, porque ya el timbre del instrumento me sugiere lo próximo que vendrá encima. Y ese timbre no puede ser distinto. Es como un bosque lleno de árboles: el sonido de un demo es el tronco del árbol y el timbre son todas las ramas. Cuando entras a un bosque, las ramas ya están mezcladas, los timbres se van mezclando. Si cambiara todos los instrumentos y tocara la misma música con otros, sería como un bosque sin ramas. ¿Cómo llegó a mi sonido? Es una pregunta sin respuesta, llego yendo.

Juana Molina¿Le sorprende el alcance de su obra en países de habla no hispana?

Siempre tengo miedo de que no venga nadie a mis conciertos, siempre viví con ese miedo dentro. No sé muy bien por qué ocurre. La primera vez que toqué en Londres, desde las primeras notas sentí una comunión increíble con el público. Fue estupendo, capté que las trescientas personas aprobaban lo que hacía. No sé si es masivo, pero siento que hay una comunión. Me siento muy celta, lo celta me conmueve, su música, las gaitas me conmueven. No sé dónde tengo ese gen celta, pero en algún lado lo tengo. Yo veo roca, pasto y niebla y ya me siento como en casa. Siento algo mío, aunque nací en Argentina, hija de un cantante de tango y nieta de españoles. Pero escucho canciones de Thomas Campion cantadas por Alfred Deller y no puedo estar con alguien. Me conmuevo, entro en estado casi de shock. La música antigua inglesa me deshace, me deshace realmente porque me llega a un lugar al que no llegan otras. También me pasa con algunas cosas africanas: me dejan perpleja, deshecha, desarmada… es algo realmente profundo que está dentro. No sé de dónde viene, pero lo tengo.

¿Y ayudó esta huella para su conexión africana con Congotronics?

Fue una experiencia muy intensa, por decirlo de la forma más cercana que se pueda decir. Había choques culturales muy fuertes, no fue simple. Los códigos son fundamentales para llevar algo adelante y, al principio, piensas que todos lo entendieron, pero al primer mes ves que nadie entendió nada de nadie. Pero me interesó intentar llegar a entendernos un poco. Es lo que más me gustó de esa experiencia. Ver cómo sienten, por qué sienten, por qué sienten una cosa y no otra. Fui más observadora que otra cosa, como nunca, porque yo de natural soy muy activa. Siempre estoy sacando punta al lápiz para trazar una línea fina a las cosas. Sentí que había mucho que no se decía, muchos percibíamos que había algo flotando que no se decía. Y quise descifrar eso para sentirme más cómoda y no quedarnos en sí, bien, esto es un encuentro con africanos en un proyecto multicultural pero no entendemos nada de nadie. Lo sufrí, pero al final logré lazos fuertes, verdaderos. Fue complejo, pero igual me encantó hacerlo.

Juana Molina en Lunes del ParaninfoDifícil imaginar la carrera de Juana Molina sin una disquera extranjera…

¡Yo qué sé! En Argentina se dio una situación incómoda cuando empezaba: muchos iban a verme porque conocían mi nombre por la televisión. De ese público, y era enorme, no sé cuántos quedaron porque les gustaba. Iba a un concierto y a la mitad había mucha menos gente. Al final, apenas cincuenta. Pero era un alivio, y yo algunas veces preguntaba: ¿empezamos de nuevo ahora que estamos los que queremos estar? A partir de ellos se fue formando otro público. Fichar por Domino hizo que más gente se enterara y se diera ese titular ridículo: “Vuelve triunfante de Europa”. Pero no creo que eso te dé más público, sí da posibilidad de que más gente te conozca. Hoy no estamos para que un disco tenga dos oportunidades, estoy condenada a que a mucha gente nunca le guste lo que hago. Sé que jamás me va a dar segunda oportunidad. Cuando empecé me decían que estaba loca, ¿no quieres poner algunas otras cosas a tus canciones? (risas) Pero yo no sacrifiqué una exitosa carrera de actriz para hacer algo que no me guste. No lo hago para tener éxito, lo hago porque si no lo hago me muero. Y muy de a poco, pero a paso seguro, empecé a tener más adeptos. Aunque sé que a la mayoría de la gente no le gusta mi música a la primera: escucharme es como aprender a aprender otro idioma.

Congotronics vs Rockers

África y las cintas robadas

Lo último de Juana Molina fue el proyecto Congotronics vs Rockers (2011), la reunión de grupos occidentales (Deerhoof, Skeletons, Wildbirds & Peacedrums) con la polirritmia febril de los congoleños Konono Nº1 y Kasai All Stars. Para la argentina era una cuenta pendiente y un mal recuerdo: “Tuve curiosidad por lo africano cuando vivía en Francia, pero ocurrió una desgracia lamentable que no pude remediar. En 1982, cuando ya volvía de Europa, pasé meses grabando discos prestados y programas de radio en cintas caseras. Reuní cuatrocientos casetes de noventa minutos, pero me robaron todo al llegar acá. Y nunca más recuperé esa música”, explica. “No me pude recuperar de la pérdida de gran parte del alimento musical de seis años en Europa, fue como si me hubieran lobotomizado. Olvidé esas músicas y ya nunca más compré discos”. Y ahora, ¿cómo se guía? “Hay tal cantidad de oferta que antes debes informarte, leer para saber qué quieres comprar. Voy a una tienda de discos, me quedo parada en medio de las góndolas y me voy sin nada porque no sé qué elegir”,  admite Juana Molina. “Por suerte, existe YouTube y descubro cosas por casualidad, pero me falta curiosidad. No soy tan curiosa para estar investigando”.

Publicado en la revista Rockdelux en octubre de 2012

Regreso a La Mar de Músicas

11 Jul
Falta una semana para La Mar de Músicas,
así sonó el año pasado el festival de Cartagena
www.lamardemusicas.com

Canciones al dente para todos

Por Carlos Fuentes

No hay nada como las apreturas económicas para incentivar la imaginación. En Cartagena, donde ya es milagro que un festival de sonidos étnicos sobreviva con la que está cayendo, la última finta a la crisis ha sido reducir presupuesto, acortar el calendario y, sobre todo, combinar un cartel de pesos pesados con medianías de menor caché pero efectivas entre el público menos avezado. No es mala fórmula para sobrevivir, en la confianza de que venga un tiempo mejor.

CANCIÓN DE LUNA LLENA

En una edición, la decimoséptima, dedicada a Italia, la primera grata sorpresa llegó precisamente del país invitado. De Nina Zilli ya se sabía por 50 mila, la pieza que Ferzan Özpetek incluyó en su película Mine vaganti. Pero resulta que la cantante piacentina es mucho más que un éxito de temporada. Resuelta sobre las tablas, Zilli enarboló su pop con pespuntes soul, sonido que ya busca heredera, con canciones agradecidas como L’uomo Che Amava Le Donne y Cera Una Volta, más puntales adaptaciones de la matriz Motown (My Girl), algunas en clave italiana (You can’t hurry love/L’amore Verrà). Desembarco brasileño hubo por dos: Gilberto Gil dejó la política para mayor gloria de la canción y, vaya, con 69 años sigue en plena forma. El maestro bahiano regaló un recorrido nutrido por los sonidos del nordeste: forró, baião, xote, maxixe… y mucho tropicalismo flotando en dos horas largas que duró la lección. Gigante Gil, no se esperaba menos, profesor absoluto de la guitarra brasileña, ya sea si se arrima al folclor propio (Dança Da Moda, Óia Eu Aqui De Novo, Lamento Sertanejo) como si rescata su homenaje reggae a Marley (Não Chore Mais). Se fue dejando dos mil almas boquiabiertas con O Livre Atirador e a Pegadora, antes de regresar rápido como invitado para susurrar Esses Moços. Abrió sesión nocturna Adriana Calcanhotto, elegante, la gaucha más nutritiva de la penúltima hornada. Vino con el estreno de su disco de sambas, pero es su pop mayestático, puro expresionismo, el que termina por cautivar a quien no la conoce. Ya se sabe de su cancionero rebosante, también del ojo clínico con el que elige parceiros (Lancelotti, Continentino, Morães), incluso de sus golpes de efecto (percusión con pozuelos de café, distorsión con megáfono infantil… hasta un secador de pelo entre confetis). Pero que nadie caiga en la confusión: Adriana Calcanhotto retrata lo cotidiano como pocas (y pocos) hoy en Brasil. De músicas añejas sabe, y mucho, Mavis Staples. Rescatada del olvido por Jeff Tweedy, la gran dama de Chicago inauguró la noche dedicada al blues y, quizá porque sabía lo que vino después, condensó en una hora medio siglo de sabiduría popular. Bastó escuchar su voz trémula rompiendo espejos de edad con Last Train, la resurrección You Are Not Alone o, ya arrimada al gospel, Creep Along Moses. Cierto que regateó esfuerzo, pero su hora de gloria cotizó en quilates mucho más que el simulacro que llegó luego. Y de África, la escasa cuota recayó en el senegalés Cheikh Lô. Más sosegado que en visitas anteriores, el amable baye fall completó un recital espléndido. Sin aspaviento, con tama y batería amortiguados ante una voz que devuelve el precio de la entrada. Se volcó en Jamm, repasó su mbalax lo-fi y reiteró ser el gran exponente del acervo caribeño en el oeste africano: Seyni, preñada de Cuba. Barroso y Portabales: baile bonito y sabroso en la memoria.

CUARTO CRECIENTE

Quiso poner a bailar como salvajes y lo consiguió, aunque al final diera aspecto de más fiesta que chicha. Stewart Copeland encontró en la tarantella y la pizzica aquel espíritu que utilizó para domesticar el ritmo del punk vía new wave. Baterista proteico, eso no se discute, desembarcó con tanta energía que más que abrir puertas salió disparado por la ventana. Triunfó entre multitudes, quizá porque se esperaba una hipérbole, e hipérbole hubo, pero cabe dudar si el percusionista mejor dotado de su generación está sólo para animar la fiesta. Menos efervescencia en el público encontró El Guincho, pero su propuesta de directo sigue madurando. Ya con guitarra y bajo de cuerpo presente, Pablo Díaz-Reixa parece haber encontrado la fórmula que haga accesible el torrencial despliegue de Alegranza y Pop Negro. Su catarata de ganchos a las caderas admite poco debate: Bombay suena casi mejor que en disco y los hermanos mayores (Palmitos Park, Kalise, Fata Morgana) siguen con el viento en las velas. En otro código, también Russian Red continúa en maduración. Ajena a polémicas fanáticas, Lourdes Hernández defendió con solvencia la cosecha nueva de Fuerteventura, con esa veta autoconfesional (Nice Thick Feathers, Braver Soldier) y cierta cadencia beat (I Hate You But I Love You). Camino consolidado que ya tiene Julieta Venegas. Llegó superviviente del Festival de Benicàssim, pero el sonido se la jugó: apenó ver al ruido fagocitar crónicas tan bien armadas. Algo así ocurrió con Instituto Mexicano del Sonido, con la diferencia de que Camilo Lara parece buscar adrede una sobreactuación que termina por empalagar su híbrido cancionero bailable; y Balkan Beat Box, entremés, ejem, mestizo sin mayor enjundia. Para inventos inflamables están Fréderic Galliano y sus chicos contagiosos del Kuduro Sound System. Música urbana de alto octanaje, orgullo y poder. Aviso: no apta para todos los públicos.

AMENAZA DE LLUVIA

Si no se sabe, no se puede. Cindy Lauper convocó una noche de blues con sabor a Memphis y terminó convenciendo, es un decir, con su pop avejentado de regusto kitsch. Se pasó una hora de quiero y no puedo (Down Don’t Bother Me, Crossroads, Don’t Cry No More), entre saltitos de ridículo y ceremonias de autocomplacencia. Apenas levantó vuelo, y es otro decir, con True Colors, Time After Time y, obvio, Girls Just Want To Have Fun. Más barato hubiera salido un karaoke. Es lo que tiene generar expectativas. Aprendida se tiene la lección Third World, que hizo lo que sabe. Ni más ni menos. Neo-reggae de fácil consumo, pero con dignidad. Casi como Afro Celt Sound System: pocos conciertos te hacen sentir tan viejo. Y pensar que Simmon Emerson, en 1994, produjo el atlético Firin’ in Fouta de Baaba Maal. Pero para potajes mal cocinados Ojos de Brujo, con su penoso camelo transgénico. Tantos años de intentos de mezclar a Run DMC con faldas de lunares para este triste simulacro que el invitado Peret deja con el culo al aire en diez minutos. Buche y pluma ná más… ahora (dicen) se van. Si es verdad, no se echarán en falta sus fruslerías.

Publicado en septiembre de 2011 en la revista Rockdelux

Música para un murciélago surrealista

3 Jul

MURSEGO

Por Carlos Fuentes

¿Es música el recitado de una receta de atún con pisto? Maite Arroitajauregi cree que sí. Es más, ya la cocinó. Hegaluzea pistoarekin forma parte de Bi (2), su segundo disco como Mursego, proyecto individual de una joven compositora de formación clásica que se ha hecho un hueco en la nueva hornada artística de Euskadi, gracias a sus colaboraciones instrumentales con la cantautora Anari y el grupo de post-rock Lisabö. Su proyecto Mursego, que significa murciélago en portugués, vuela sobre el pop de vanguardia en el festival Tanned Tin de Castellón.

Hasta esas asociaciones en campo ajeno, Maite Arroitajauregi (Eibar, 1977) había pasado desapercibida. Apenas los más avezados lectores de créditos sabían de su existencia, pero su chelo ya era instrumento cotizado en la nueva música independiente vasca. “Llevaba mucho tiempo acompañando a bandas, actuando con Anari y grabando en los discos de Lisabö, aunque siempre tuve ganas de hacer algo sola, no ceñirme a acompañar canciones compuestas por otros”, explica. “Necesitaba hacer algo sola, algo por mí misma. Y también es verdad que es más práctico tocar en solitario que depender de otras personas”.

Hace dos años, se aventuró a producir su primera entrega individual, el disco Bat (1). ¿Influencias? “Tengo una formación musical clásica, que es una gran influencia, pero también canciones de Hello Cuca, Lidia Damunt, el hardcore de Fugazi y el rock de Pixies y Sonic Youth. Mi música es muy ecléctica porque contiene influencias de las músicas populares, de Atahualpa Yupanqui y Víctor Jara a Mikel Laboa. Y Matt Elliot, que es una influencia desde que lo escuché con un chelista en Tanned Tin. Son referencias que siempre están presentes”, explica esta profesora de infantil de música en las escuelas de Eibar y Amorebieta.

¿Y qué papel juega la música clásica? “Más bien tiene un no papel aclara en el sentido de que viví ese mundo con cierta rebeldía. Me costó mucho estudiar en el conservatorio, nunca me sentí a gusto. No es un acto de rebeldía, porque ya no tengo edad para rebeldías, pero Mursego va un poco a la contra: es mi forma de decir que con el chelo se puede hacer otra música que no sea culta”.

Compositora audaz, Arroitajauregui comenzó a intercalar el sonido matriz de su chelo con pespuntes de nueva tecnología como el loop e instrumentos de recorrido antiguo como el ukelele o el theremin. “Cada canción ha nacido de formas diferentes. Puedo aprovechar una idea que venga de un ámbito no musical, como hice con la canción del atún, para retratar el comienzo del verano”.

También el cine desempeña un papel importante: “De la gran pantalla han surgido ideas para varias canciones”. A saber: Iraganik gabeko emakumea está basada en Un hombre sin pasado, de Aki Kaurismäki; Vidas rebeldes, de John Houston, inspiró Zaldi basatiak; y Argia zara recupera una idea de Déjame entrar, de Hans Tomas Alfredson. Esta última es su preferida, porque “habla de la soledad que siente alguien que es inmortal y ve cómo van muriendo sus seres queridos”, precisa Mursego, que también bebió de la cultura del videojuego para escribir Donki Kongu.

Mursego acaba de finalizar un trabajo de encargo para el director Óscar Alegría. Junto al madrileño Abel Hernández, ha compuesto e interpretado la banda sonora de un documental inspirado en Emak Bakia, el surrealista poema visual que Man Ray rodó en 1926 junto a Kiki de Montparnasse en una casa del País Vasco francés. ¿Habrá futuro para las músicas del murciélago? “Sí, me gustaría seguir”, admite Mursego, “pero no sé dónde me llevará este camino, prefiero seguir sin algo demasiado planificado”.

Publicado en el diario Público el 3 de febrero de 2012