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Ry Cooder: la guitarra más influyente del planeta

8 Ago

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por Carlos Fuentes

En tiempo de música gratis y descargas a tropel, cada vez son más los que piensan que los anaqueles de la cultura están obligados a vender mercancía como un supermercado despacha marca blanca. Pague dos y lleve tres. Algo así ocurre con la música en directo. Se valora mejor el concierto que es más largo. Como si el artista se vendiera al peso, como si el músico fuera un plato barato cocinado al por mayor.

Por fortuna, todavía sobreviven creadores que plantean su oferta escénica con actitud sibarita: raciones escasas, calidad cinco estrellas. Gran ejemplo de este compromiso pata negra es Ry Cooder, el influyente guitarrista californiano que durante las dos últimas décadas se ha arrimado, con tino y muy buen gusto, a algunos de los campos sonoros más nutritivos del planeta. Una trayectoria de enjundia que oscila entre las raíces del blues, como el audaz disco africano Talking Timbuktu, al sentido homenaje al patrimonio cultural chicano de Chávez Ravine, pasando por la gloriosa época de las músicas tradicionales cubanas que rescató del olvido en los discos Buena Vista Social Club.

Quince años después de su aventura con el bluesman malí Ali Farka Touré, que en 1995 obtuvo el primer premio Grammy por un músico africano, y a punto de cumplirse un cuarto de siglo de la banda sonora de la película Paris Texas, que hizo crecer mucho el interés por las músicas para cine, Ry Cooder desembarcó en tres escenarios españoles (Barcelona, Madrid y Bilbao) para presentarse en formato de trío junto a Nick Lowe y a su hijo baterista Joachim Cooder.

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Conocido el elenco, del que a última hora se cayó el tejano Flaco Jiménez, convenía no perderse la clase magistral que ofrecieron estos dos veteranos de mil batallas en la escena hippie de la costa oeste y de la estirpe más elegante del mejor pop británico de todos los tiempos. Ahora, cuando se aprende a tocar la guitarra en baratos cursos on-line, Ry Cooder y Nick Lowe se las apañaron para completar un recorrido comprimido por la amplia gama de sonidos de las seis cuerdas.Con un guiño a los primeros años 90 (Fool who knows, grabada como Little Village junto a Lowe, John Hiatt y Jim Keltner) arrancó un concierto en el que Ry Cooder llevó la voz cantante.

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Su patrimonio musical ha crecido como pocos con el paso de los años. Bien demostrado quedó con Fool for a cigarette (Feelin’ good) que las margaritas no se plantan para que coman los cerdos: en 1974, cuando fue editada, esta pieza apenas alcanzó los puestos bajos de las listas éxitos. Un cuarto de siglo después, como ocurre con Tears on my pillow y Little sister, ha alcanzado aromas de clásico. Y por ese camino va Chinito, chinito, crónica simpática de la emigración asiática la costa oeste que en Madrid cantaron en ágil castellano Juliette Commagère (antes había abierto la velada con la aventura alienígena El U.F.O. cayó) y Emily Reppun.

¿Y Nick Lowe? Pues sobrado, elegante y simpático. Quien no conozca a este veterano debería visitar al médico o, más sencillo, dedicarle buen tiempo a su capacidad probada para rescatar las crónicas cotidianas de la vida moderna. Emocionante hasta no poder más con piezas de eficacia probada como la irónica Half a boy, half a man (“sería mejor que cerraran sus casas y metan a los niños dentro, aquí llega la última estafa del siglo XX”) y (What’s so funny ‘bout) peace, love and understanding, sí, la canción que Elvis Costello, de quien Nick Lowe fue productor en cinco discos y padrino al frente de The Attractions, situó en la memoria colectiva del mejor pop de todos los tiempos.

Pero volvamos a Ry Cooder, de largo el rey de la noche con una destreza con la guitarra slide a prueba de ataque nuclear. Se ha escrito, y mucho, que fueron Mick Jagger y Keith Richards quienes, caraduras, robaron sus líneas maestras para Tonky honk women, y que en Let it bleed The Rolling Stones le chuparon la sangre al guitarrista californiano, tan reacio a los focos de la fama fútil como, y hubo varios intentos, a aceptar la invitación para sumarse al grupo millonario de las satánicas majestades. Y todo porque Ryland Peter Cooder (Los Ángeles, 1947) ha preferido siempre jugar al margen de las grandes ligas comerciales.

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Más partidario de la calidad (con Van Morrison, que gasta fama de arisco pero que sí acreditó sus aportaciones, grabó el seminal Into the music) que de ser un bufón acompañante de superhéroes efímeros. Un ejemplo de honestidad artística que, por poner un ejemplo en las antípodas, contrasta con guitarristas tan bien dotados como complacientes como Carlos Santana o Gary Moore.

En el Palacio de Congresos, que no se llenó del todo aunque contó con una fiel audiencia de aficionados ya entrados en años, la raíz blues-rock de Ry Cooder quedó retratada con esmero de orfebre en temas añejos como Vigilante man, Losing boy, Crazy about an automobile, You gotta pay, One meat ball, Jesus on the mainline y, en clave de ranchera, Impossible. Se echó en falta, no obstante, una aproximación más profunda a esas músicas de pueblo que en los últimos años han sido objeto de desvelo para el maestro californiano.

Reconoció una vez Ry Cooder que no le gusta llegar tarde a las obras de artistas veteranos, él que ya rescató de las profundas sombras del olvido al pianista Rubén González (“una mezcla entre Thelonius Monk y Félix El Gato”, Cooder dixit) y al Nat King Cole cubano Ibrahim Ferrer en Buena Vista Social Club, y también a los genios chicanos Ersi Arvizu y Lalo Guerrero en el antológico Chávez Ravine. Quizá por eso sonó a demasiado poco que de la tragedia social que tumbó un barrio emigrante para dar paso a la construcción de un estadio de fútbol americano para los Dodgers apenas interpretara, como despedida, la conmovedora Poor man’s Shangri-La. Fue, digamos, la única sombra de una noche espléndida, noventa minutos para grabar a fuego en el disco duro. Pero ya se sabe que aquí nadie es perfecto, incluso Ry Cooder. Que vuelva cuando quiera.

Publicado en La Opinión de Tenerife en julio de 2009

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Buena Vista Social Club: memoria cubana del son

4 May

Buena Vista Social Club

por Carlos Fuentes

Fue el último bolero del siglo XX. Hace casi veinte años, una casualidad logró reunir en La Habana a los supervivientes de la época dorada de las músicas cubanas. Ahora el disco Lost and Found rescata piezas inéditas de aquellas sesiones antológicas. Omara Portuondo, Eliades Ochoa y el productor Nick Gold glosan a Compay Segundo, Ibrahim Ferrer, Cachaíto y Rubén González en memoria del montuno, el cha cha chá, la guajira y el danzón.

Todo surgió de repente en La Habana. Nick Gold y Juan de Marcos González tenían estudio, pero no muchos músicos. Sí estaban Eliades Ochoa y Cachaíto López. Luego se sumaron Ibrahim Ferrer, Compay Segundo, Rubén González y Omara Portuondo. También Guajiro Mirabal, Puntillita y Pío Leyva. Seis días de marzo de 1996 para grabar lo que sería el álbum de resurrección de una de las músicas más poderosas del planeta, con el aliento de Ry Cooder siempre detrás. Con ocho millones de copias vendidas desde su publicación a final del año siguiente, Buena Vista Social Club fue luego película de Wim Wenders, colección de discos individuales (hasta una docena además del álbum titular), premio Grammy, gira mundial aún en marcha y, en fin, todo un acto de justicia histórica con los escasos supervivientes de la época dorada de la música en Cuba. “Sentía que me había estado preparando toda la vida para esto”, dijo Ry Cooder, que viajó a Cuba vía México para burlar el bloqueo norteamericano a la isla de los barbudos. Otros tiempos, casi ayer. Así renació el son montuno.

Buena Vista Social Club (1999)

OMARA PORTUONDO: LA REINA DEL BOLERO

Antes fue la novia del filin, aquel bolero preñado de jazz que hizo fortuna en los años 50, pero Omara Portuondo (La Habana, 1930) es mucho más que una voz cualquiera de mujer. En 1996, en una carrera con altibajos (cantó con Nat “King” Cole en Tropicana, luego su eco se opacó), anuló una gira por Vietnam para quedarse en La Habana. “La culpa de todo fue del inglés. Quería grabar con unos africanos y con Celina González, pero aquellos músicos africanos no llegaron y, como no tenían dama, me llamaron a mí”, explica divertida. Era un ajuste de cuentas con la historia. “Así es la vida. La música cubana se había olvidado, como ocurre en la vida con otras muchas cosas. Mira el rock, aún se hace en todas partes y los jóvenes no saben que por mucho tiempo la música cubana fue así. En todos lados se cantaba bolero, mambo y son campesino. La música tradicional es tan de Cuba como el guajiro o la bandera, y no exagero”.

Ya no están Compay Segundo (1907-2003), Rubén González (1919-2003) ni Ibrahim Ferrer (1927-2005). ¿Cómo era trabajar con ellos? “Muy fácil, todos eran magníficas personas. Eran tres maravillas de hombres”. Desde París, poco antes de volar para cantar en Australia, la voz de Silencio evoca también el tesoro humano del club de la Buena Vista. “Aquel éxito descubrió al mundo a esos grandes artistas, también sus historias humanas, que a veces no fueron tan alegres como parece”. Omara sabe de lo que habla: de reinar en la noche habanera a casi eclipsarse en discos de pobre repercusión en los duros años ochenta. Y ha hecho casi de todo. “He sido bailarina de rumba, mambo y cha cha chá”, dice. “Canté bolero, que nació para enamorar a las muchachas, y esa ha sido mi suerte, he podido hacer de casi todo. Y seguiré cantando hasta que me llegue el momento. La canción es parte de mi vida; sin ella me siento mal”.

En Lost and Found (World Circuit-Music As Usual, 2015), Omara interpreta dos piezas nutritivas: el seminal bolero-son de Matamoros Lágrimas Negras, grabado a última hora en las sesiones de 1996; y un guiño histórico registrado ocho años después: una versión de Tiene Sabor con el etéreo aire vocal que el cuarteto Las D’Aida interpretaba con Nat “King” Cole en las noches únicas del mítico salón de Marianao. “Era un tipo muy inteligente y como persona, muy decente. Cantaba muy bien, tenía un conocimiento musical extraordinario. En Cuba entonces había mucha afinidad con los músicos norteamericanos, venían a La Habana para gozar e intentar coger influencias de nuestro ambiente”.

Eliades Ochoa

ELIADES OCHOA: EL GUAJIRO DEL SON

Secundó en su grabación postrera al legendario Ñico Saquito, rescató al añejo Cuarteto Patria y mantuvo viva la llama del son cubano frente al olvido hasta la aparición de Compay Segundo con la antología Semilla del Son de Santiago Auserón. Guajiro de monte adentro, Eliades Ochoa (Santiago de Cuba, 1946) domina como pocos en Cuba la guajira campesina que hizo grande Portabales. Él ya estaba en el estudio EGREM cuando prendió la chispa de Buena Vista. “Me dijeron de grabar con africanos, pero esa gente nunca llegó. Y el productor decidió hacer un disco con los cubanos. A mí no me fueron a buscar, ya estaba sentado esperando para grabar”, recuerda el músico de Oriente, cuna del son. “Y me alegro de haber estado. Este disco abrió las puertas del mundo a las músicas cubanas. Los sonidos tradicionales estaban algo abandonados y llegó una ráfaga fuerte. Con Buena Vista todo lo que tenía olor a son cubano salía para el extranjero. Fue tremendo: llamaban desde cualquier rincón del mundo”.

Eliades Ochoa asume la herencia que recibió de los veteranos desaparecidos. “Eran los verdaderos maestros de nuestras músicas. Ahora tratamos de seguir su ejemplo para conservar la riqueza de su obra, su seriedad en el trabajo y la manera de proyectarse sobre el escenario. Marcaron el camino para llegar, nos señalaron una autopista para la música cubana”, indica el cantante, que ahora rescata Macusa a dos voces con Compay Segundo, similar combinación que bordó el emblemático Chan Chan que abre el disco original. “¿Qué me queda por hacer? Todavía mucho. Estoy empeñado en llevar estas músicas que tanto bien hacen por el ánimo de la gente a todos los rincones del mundo. Allá donde voy me reciben con cariño, con amor, y eso me da las fuerzas necesarias para continuar mi trabajo. Amor con amor se paga, y mientras respire y pueda mover mis manos, allí estaré enseñando al mundo qué es la música cubana”, añade Ochoa, a quien le gustaría ser recordado “como lo que soy, el Eliades que soy, un tipo de pueblo que camina por las mismas calles que camina el pueblo”.

Rubén González & Nick Gold NICK GOLD: NUESTRO HOMBRE EN LA HABANA

El productor Nick Gold (Londres, 1961) todavía se emociona cuando habla de aquellos días en La Habana. “Hace poco volví a escuchar las cintas originales y fue muy extraño: la música, como se grabó, me transportó de nuevo al estudio. Nunca creímos que fuera a pasar lo que pasó, ni tampoco nos dimos cuenta de lo que estábamos haciendo. Siempre había un ambiente increíble, la confianza de los músicos era absoluta, todos tocando para todos con mucho entusiasmo. La atmósfera era extraordinaria, muy orgánica, energética”, explica el director de World Circuit, disquera para la que nada fue igual tras editar Buena Vista. “Lo que vino después nos sorprendió a todos. El fenómeno fue creciendo poco a poco, empezó con el primer disco y fue cogiendo camino cuando se editaron los discos de cada músico. Ayudó mucho actuar en Amsterdam y Nueva York, también la película, por supuesto. A los tres años aquello ya era imparable”.

Para Gold, que antes había grabado al bluesman malí Ali Farka Touré y luego rescató a la senegalesa Orchestra Baobab, el éxito fue cuestión de apostar por la calidad dormida de los últimos de Cuba. “Nunca había escuchado una voz como la de Ibrahim. Era un maestro en las piezas lentas y también muy bueno con las bailables. Como persona era un tesoro, siempre amable y disciplinado. Nunca se creyó que era una estrella”. También añora los ratos compartidos con Rubén González. “Era un tío increíble. Tuve una suerte extraordinaria al poder sumarlo al proyecto. No podía parar de tocar, en 1996 ya llevaba mucho tiempo sin piano en casa. Y en el estudio estaba realmente on fire. Era muy inventivo, con un talento enorme y un gran sentido del humor. Cuando no tocaba, y eso ya era raro, siempre estaba con bromas”, explica el productor, quien apunta el primer disco en solitario del pianista como su capítulo preferido de la aventura cubana. “Aún recuerdo su grabación, a dos días de dejar el estudio. Él llegaba siempre muy temprano, siempre era el primer músico en llegar, y ya tenía en la cabeza todo lo que quería tocar. En ese disco yo sólo tuve que pulsar el botón de grabación, de algún lado de su memoria emergía una música poderosa”.

Catorce años después de Buena Vista Social Club, Nick Gold rescató aquella idea original de grabar con músicos africanos y cubanos. En Madrid logró reunir a Eliades Ochoa, Toumani Diabaté y Bassekou Kouyate para registrar el disco Afrocubism (2010). Son y guajira con kora y ngoni, pero ese ya es otro cantar.

Carnegie Hall

Aquel sonido ardiente y pegajoso

El mundo siguió girando tras Buena Vista Social Club y, en Londres, World Circuit continuó publicando buenas músicas cubanas y africanas, aquí bajo distribución primero de Nuevos Medios y ahora de Music As Usual. El disco más reciente, además, ajusta otra cuenta histórica. Abelardo Barroso fue una voz suprema de la música bailable del ecuador del siglo XX en Cuba. Lideró la Orquesta Sensación y, sorpresa, su fama engordó en África, donde su voz de exboxeador se equipara en popularidad con las de Benny Moré o la primera Celia Cruz. “Es otro cantante que realmente adoro. Escuché por primera vez su voz en algún lugar de África, Malí o Senegal, porque en toda África occidental sus canciones son tremendamente populares”, explica Nick Gold, satisfecho de poder invertir los réditos cubanos en redescubrimientos de la época dorada.

En la isla de Cuba, no obstante, tardó en calar el sonido añejo del rescate histórico del son y el bolero, músicas con las que se reconcilió buena parte de la población más joven que no conoce otra Cuba que la revolucionaria. El productor habanero René Espí dirigía Los Grandes Todos en Radio Ciudad de La Habana, una de las escasas ventanas a las gloriosas músicas de ayer en Cuba, e incide ahora en que “lo más positivo” del fenómeno Buena Vista Social Club “fue, sin duda, las oportunidades que dio a algunos músicos muy veteranos para reaparecer tras demasiados años de silencio y ostracismo”. “Compay Segundo, Ibrahim Ferrer y Rubén González tuvieron la segunda oportunidad de sus vidas”, explica el autor de la antología La Habana era una fiesta. “Por aquellos días en La Habana, el público más avezado, el más veterano, echaba en falta el empaste, la calidez y el timbre sólido que tenían los conjuntos cubanos en la época dorada”. En el disco, el ingeniero Jerry Boys apostó por un sonido más reposado que atlético. “Quizás fuera intencionado, quizás Ry Cooder tuviera en su cabeza el sonido de una casete reproducida hasta el desgaste absoluto”.

Publicado en la revista Rockdelux en abril de 2015

 

El último blues africano del imperial Ali Farka Touré

3 Oct

por Carlos Fuentes

Pudo exiliarse en la opulencia y el lujo, acomodarse en una vida de primera división, pero eligió siempre permanecer junto a su gente. En el quinto país más pobre del mundo. Cuando se cumplen cuatro años de su muerte, el blues eterno de Ali Farka Touré vuelve a latir. El sello británico World Circuit publica hoy la última grabación que el influyente músico africano realizó poco antes de fallecer por un cáncer óseo el 7 de marzo de 2006. Ali & Toumani, un disco grabado en apenas tres días junto al príncipe de la kora, Toumani Diabaté, y al contrabajista cubano Orlando “Cachaíto” López, reivindica el papel crucial que el guitarrista de Malí jugó en el amplio reconocimiento internacional del blues africano.

Ali Ibrahim Touré nunca supo con exactitud qué día de 1939 vino al mundo. Nació en la villa de Kanau, en el noroeste de Malí. Su madre, campesina, había parido antes a nueve hijos, pero Ali fue el primero que superó la infancia. Por eso fue apodado Farka, que significa asno, animal bien considerado en la sociedad rural africana por su fortaleza. Su padre, alistado en el ejército francés, murió mientras combatía a los nazis en la II Guerra Mundial y la familia se mudó a Niafunké, uno de los pueblos desérticos situados en la ribera del Níger.

Ali Farka Touré (perfil)Hijo del río, como gustaba definirse, Ali comenzó pronto a interesarse por la música. Construyó su primer instrumento con una lata de sardinas. Tenía una sola cuerda. De joven no cursó estudios, primero había que trabajar. Fue aprendiz de sastre, conductor de taxis y ambulancias fluviales, y también mecánico. Durante un viaje africano realizado en 1956 conoció al guitarrista guineano Keita Fodeba. “Tras verlo tocar juré que yo también sería guitarrista. Aún no conocía la guitarra, pero ya sentía la música dentro y pensé que podía expresarla”, contó, ya enfermo, durante su penúltimo recital europeo, en el teatro Bozar de Bruselas, en enero de 2005.

Pero la música tuvo que esperar. En 1968 viajó por primera vez al extranjero para actuar en el Festival de la Juventud de Sofía (Bulgaria), donde compró su primera guitarra. Ese año, un amigo le hizo escuchar unos cuantos discos norteamericanos: James Brown, Otis Redding y… John Lee Hooker. “Cuando escuché su blues lo primero que pensé fue que Hooker era africano, aunque no entendía en qué idioma cantaba”, recordaba Touré entre risas. Tanta sorpresa dejó huella. Dos años después, ya establecido en Bamako, logró trabajo como ingeniero de sonido en los estudios de Radio Malí. Allí, con ayuda de su amigo Boubacar Traoré, aprovechaba las horas libres en el estudio para grabar sus primeras canciones. Su música, espiritual como pocas, tuvo la capacidad de ensamblar las tradiciones sonoras de las etnias songhai, peul y tamascheq que conocía bien gracias a los siete idiomas tribales que aprendió de joven.

Ali Farka Touré & Ry Cooder

Su prestigio cruzó fronteras en África. Y llegó hasta París gracias al sello Sonodisc, que editó sus primeros discos en Europa. Uno de ellos llegaría hasta Londres. Su suerte estaba a punto de cambiar. Porque en 1986 Anne Hunt, cofundadora del sello británico World Circuit, viajó hasta Bamako para intentar localizar al misterioso padre del blues africano. Con ayuda de Toumani Diabaté puso un anuncio en la radio nacional y, casualidad, Ali Farka Touré captó el mensaje y se presentó en la emisora. Fue un encuentro que iba a hacer historia.

Ali Farka Touré (Niafunké)

Al año siguiente visitó Londres, donde actuó y grabó su primer disco con World Circuit. De esta relación salió una de las discografías de mayor enjundia en África, aunque el primer compromiso de Ali Farka fue el campo. En 2000, en pleno éxito, abandonó cinco años los escenarios y aceptó la alcaldía de Niafunké (“primero soy campesino, luego artista, y la cosecha es lo más importante”, contó en 2003 en el documental Feel like going home, de Martin Scorsese) para potenciar el cultivo de regadío en una de las tierras más duras del planeta. “Para Ali, su pueblo fue lo primero. Estaba comprometido con el futuro de su gente, siempre se consideró agricultor. Gastó mucho dinero en la agricultura. Y en los viajes aprovechaba para entrevistarse con alcaldes en Roma o Lisboa para reclamar más cooperación para el desarrollo de África. Por eso, su herencia es mucho más que su música. Touré dio sentido a las vidas de mucha gente en África”, indica el productor británico Nick Gold. “Fue un gran amigo. He tenido pocos héroes en la música: John Lee Hooker, Charlie Parker, Ali y pocos más”.

Ali & Toumani (live)

Similar opinión tiene Salif Keita, el otro gran ídolo de la canción maliense. “Ali Farka Touré fue una de las personas a las que tuve, y tendré siempre, en alta estima. Hizo muchas cosas buenas por su gente. Amaba y creía en lo que hacía. Este tipo de personas son extraordinarias. Hemos perdido a un hombre que hizo grandes cosas por su pueblo. Llevó las músicas de Malí al público occidental, a Europa y América. Contribuyó mucho al reconocimiento de las músicas de África en los mercados internacionales”, explica el cantante albino, protagonista de uno de los momentos más emocionantes de los últimos días de Ali Farka. A principios de 2006, con el cáncer asfixiando la vida del guitarrista, Ali mandó llamar al autor de Soro. No quería despedirse sin limar asperezas, desencuentros antiguos. Y en el momento postrero hubo un abrazo fraternal, no hicieron falta muchas palabras. En marzo de 2007, este cronista fue testigo de la influencia de esa reconciliación. Durante un viaje a Niafunké, la caravana musical organizada para asistir al primer festival-homenaje a Touré no necesitó mejor visado para franquear los puestos de control en las complicadas carreteras del norte de Malí que mostrar una foto de Ali Farka Touré y Salif Keita abrazados entre sonrisas. “Estos dos hombres han hecho más por nuestro país que todos los políticos”, dijo entonces, orgulloso, un militar armado con un fusil Kalashnikov.

Ali & Toumani DiabatéTambién conmueve escuchar a Toumani Diabaté, que en 2005 compartió con Ali Farka el segundo Grammy africano por el álbum In the heart of the moon. Diabaté recuerda que su amigo era un héroe para los más pobres. “Para los malienses fue muy importante que un compatriota lograra reconocimiento mundial. Ali siempre habló con orgullo de su tierra, de sus orígenes, sin ninguna impostura. Habló sobre este enorme país que ha sido marginado, pero cuya cultura es muy rica. Malí es el gran corazón cultural del África occidental. Es un país complejo en el que cada región tiene su propia música, sus cosas que decir, pero todos tenemos puntos en común y Ali lo sabía. Vivió y luchó para enseñar al mundo el significado de tener una cultura genuina”, subraya Diabaté. “Ali Farka Touré fue un regalo. Era un fenómeno musical, un pionero. Creo que fue creado por Dios con ese objetivo. Su misión era promover las culturas africanas, la cultura malí, y trabajó toda su vida para lograr ese objetivo. No hizo música sólo para Malí, sino para África y el mundo entero. Fue una persona única. Un historiador, un marabú, nuestro curandero. Ali Farka Touré fue un ser multidimensional”, zanja emocionado Diabaté.

Publicado en el diario Público en febrero de 2010

Fanáticos en el desierto africano donde nació el blues

21 Ene

por Carlos Fuentes

¿Se puede hacer cultura, cultura grande, desde la pobreza cotidiana? No hay una fórmula matemática que dé respuesta a esta pregunta, pero sí abundan los ejemplos que permiten negar, sin ambages, que la falta de medios materiales origina, porque sí, un erial cultural. De hecho, suele ocurrir justo lo contrario: buscar virtud en la necesidad para continuar la evolución social y cultural de un pueblo poco agraciado por los bienes fungibles. Y Malí, el gran país africano que marca la frontera entre el Magreb y el corazón negro del continente, está ahí para probarlo. Hace quince, veinte años, cuando Malí era el tercer país más pobre del planeta, un pelotón de artistas de riesgo se las apañó para enseñar al mundo un folclor legendario y verosímil. Músicas producto de cinco, seis siglos de tradicionales orales y aislamiento respecto a los países africanos ribereños. Pero una cosa es luchar contra el hambre consuetudinaria en la esperanza de que el tiempo que venga sea mejor y otra, muy distinta, enfrentar la amenaza del disparo fácil del Kalashnikov. Y así está hoy Malí, entre la bala y la pared.

Salif Keita 1El nuevo episodio de la ancestral rivalidad entre tuaregs y malíes negros, que hunde sus raíces en la segunda década del siglo pasado, ha degenerado ahora en la ocupación del desértico norte malí por tropas tuaregs bien armadas por el incontrolado trasiego de cañones y fusiles a raíz del derrocamiento del régimen libio de Muamar el Gadafi, en cuyas filas combatieron guerrilleros tuaregs. Con la derrota hace un año de Gadafi, muchos tuaregs lograron escapar al sur libio más desértico, zona en la que reside alrededor de un millón de hombres azules que se mueven, casi sin control oficial, por Níger, Argelia, Burkina Faso y Malí. Pero el Sáhara ya no estaba tan desierto. En su pedregal sin fin había anidado un movimiento fundamentalista vinculado a Al-Qaeda en el Magreb, cuya tropa se alió primero con los tuaregs y, poco después, fagocitó el dominio de la zona. Las consecuencias de este giro fanático ya están a la vista: zonas como Kidal, Gao y Tombuctú están sometidas ahora a la ley islámica (sharia) y sus vecinos han empezado a sufrir el martirio en carne propia. Se han prohibido la música y la radio, también la fuma y el alcohol. ¿Sentencias? Lapidaciones por adulterio, amputaciones a presuntos ladrones, prisión domiciliaria para las mujeres, cierre de escuelas, pérdida de cultivos, matanza de animales… y éxodo forzado hacia el sur, al amparo de la capital, Bamako, donde el ejército malí exige una acción contra la declaración unilateral de secesión tuareg en la zona llamada Azawad.

toumani diabate¿Y la cultura? Camino de la catástrofe. El conflicto militar y la ola de fanatismo, dos factores que anuncian una intervención internacional más pronto que tarde, han provocado la huida de muchos músicos desde zonas como Niafunké, aldea ribereña del Níger desde la que el guitarrista Ali Farka Touré enseñó al mundo los orígenes del blues. Fallecido el patriarca, el primer africano que obtuvo un Grammy con Talking Timbuktu, grabado en 1994 junto a Ry Cooder (luego obtendría otro Grammy por In The Heart Of The Moon, con Toumani Diabaté), sus hijos se han refugiado en casas de parientes en Bamako. También su pupilo y amigo Afel Bocoum se ha visto obligado a escapar del violento norte aunque la capital también paga la factura de la violencia. Cada semana cierran locales de música en vivo, se clausuran hoteles y se reducen hasta cero todos los viajes de artistas foráneos. Y no es una consecuencia baladí: en las últimas décadas Malí acogió proyectos de enjundia protagonizados por músicos locales y aliados occidentales como Damon Albarn, Dee Dee Bridgewater, TV On The Radio, Taj Mahal, Eric Bibb o Arnaldo Antunes. Y el cineasta Martin Scorsese produjo aquí, en 2003, el documental Feel Like Going Home sobre el origen de las músicas que los esclavos llevaron a los campos de algodón en América.

En el limbo han quedado proyectos culturales que aspiraban a revertir entre los ciudadanos de Malí la cosecha de tantos siglos de tradicionales musicales. Hay dos ejemplos con nombres propios. En 2001 el albino Salif Keita, la voz dorada de África, regresó a su país para compensar a su audiencia nacional por todos los años pasados en París. En Bamako escribió Moffou, antológico episodio de reconciliación cultural en el que participaron Cesaria Évora, Kanté Manfila y Mino Cinelu, idea que tres años después continuó con el imperial M´Bemba. En la capital malí Keita coincidió con Oumou Sangaré, la volcánica cantante de la región de Wasulú que, además de gran voz femenina africana, ha dedicado buena parte de sus ganancias al desarrollo del turismo (posee un hotel y una sala de conciertos) y el comercio mayorista (importa arroz chino y automóviles coreanos). Ahora ambos artistas se debaten entre mantener la apuesta cultural por su país o, como ya hicieron otros, buscar acomodo en una capital europea donde sus carreras musicales, y su integridad física, corran riesgos menores. Es la fórmula que ha pergeñado la joven Fatoumata Diawara para proyectar su carrera en solitario después de haber despuntado junto a Dee Dee Bridgewater y Oumou Sangaré en el disco colectivo Imagine liderado por Herbie Hancock.

En un país desértico donde la cultura es (mucho) más que puro entretenimiento a la usanza occidental, donde la muerte de un griot se lamenta como si ardiera una biblioteca milenaria, este cronista fue testigo del respeto incomparable del pueblo por sus músicos. Marzo de 2007, primer aniversario de la desaparición de Ali Farka Touré. Dos militares, y dos Kalashnikov, detienen la caravana que hace la ruta Bamako-Niafunké. De nada valen los permisos oficiales, los avales políticos, los contactos telefónicos urgentes. Los dos soldados solo dejan paso franco cuando, orgullosos, ven la fotografía, pegada en el cristal del coche, del abrazo de reconciliación entre Ali Farka Touré y Salif Keita. “Ellos son lo mejor del país”, y arriman a la cuneta un par de bidones de gasolina utilizados como barrera de control en medio de la inmensa nada. Salvoconducto musical para este país gigante (casi tres veces España) donde el estado no es efectivo en todos sus confines, allí donde suena la emocionante música malí que durante siglos narró batallas y leyendas, fiestas y costumbres añejas. Música que hoy, otra vez la guerra (por ahora, con un millar de muertos y más de doscientos mil desplazados), ya no tiene trovadores que la escriban. Ni vecinos que la bailen.

Publicado en la revista Rockdelux en noviembre de 2012

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África, capital Londres

17 Jul

por Carlos Fuentes

Si atendemos a las estadísticas, Londres podría ser una de las ciudades más pobladas de africanos del planeta. Según el último censo urbano, realizado hace una década en la capital británica y que en estos momentos está en pleno proceso de actualización, más de trescientas mil personas de origen africano residen en una ciudad que acoge a 7,7 millones de los 63 millones de habitantes que viven actualmente en el Reino Unido. [Por unos días, Londres será la primera capital africana del planeta durante los Juegos Olímpicos de Londres 2012, que arrancan el próximo 27 de julio].

Importantes colectivos de nigerianos, keniatas, ghaneses, surafricanos, somalíes y ugandeses protagonizan la foto fija de un colectivo de oriundos africanos cuya presencia en la capital inglesa hunde sus raíces desde el siglo XVI. En la actualidad, esta importante comunidad de ciudadanos hace valer sus derechos a una cultura distinta, con sus usos sociales, alimenticios y laborales particulares. Aunque no siempre fue así. La presencia africana en la ciudad es el resultado del esfuerzo por hallar un lugar en la ciudad del Támesis.

Para dibujar el mapa de la presencia africana en Londres, Brixton es el primer lugar de referencia. Situado al sur de la ciudad, en este barrio cosmopolita y obrero reside el mayor colectivo de africanos de Inglaterra. Aproximadamente uno de cada cuatro de sus 65.000 habitantes es de raza negra, aunque esta cifra incluye también a las comunidades de emigrantes afro-americanos que han llegado de las antiguas colonias británicas en el mar Caribe, y en especial de Jamaica. A mediados del siglo pasado se produjo la primera gran oleada de emigrantes de raza negra, ciudadanos que con el paso del tiempo han logrado convertir sus costumbres culturales en una seña de identidad de Brixton, ahora reconocido como la capital negra de Londres.

En sus calles conviven tiendas de franquicias europeas con pequeños restaurantes de comida africana donde es posible combinar un chebuyén (arroz con pescado y verduras) o una rica supucanye (sopa de verduras con arroz blanco) de Senegal con un kebab de origen asiático o el muy popular plato británico de pescado con papas fritas. También el comercio retrata la identidad mestiza de Brixton. En sus puestos callejeros se venden especias africanas y en las tiendas de discos, con una presencia bastante superior a la media de los barrios londinenses, abundan las músicas negras: del reggae marfileño al hip hop senegalés pasando por discos de vinilo de clásicos africanos como Kasse Mady Diabaté o King Sunny Adé. “La mayoría de mis clientes son africanos o amantes de la música de África y el Caribe”, explica Tom Fisher, que desde 1998 gestiona la tienda Rat Records.

Algo más al norte, cerca de Candem, que desde finales de los años sesenta del siglo pasado se ha caracterizado por su atmósfera mestiza y sus inagotables caballerizas con tiendas de ropa, se encuentra Dalston. Este barrio es otro lugar que cualquier rastreador de la presencia africana en Londres debe pisar. Situado en la parte baja del distrito de Hackney, su actividad comercial y cultural está ubicada a lo largo de la avenida Kingsland, donde cada mañana abre un centenar amplio de tiendas dedicadas al comercio de productos procedentes de África y Asia. En su plaza de mercado, situada justo enfrente de la estación de trenes, se vende desde pescado de Mozambique a telas de Malí, pasando por música africana en discos compactos seleccionados por expertos oriundos y bisuterías étnicas.

Varios locales de la avenida principal ofrecen servicios de comunicaciones y de envío de remesas en efectivo a países de origen. “Muchos de nuestros clientes son habituales, trabajadores africanos, asiáticos y de países del este de Europa que vienen una o dos veces por mes para enviar dinero a sus familias”, explica Josephine, una joven nigeriana que atiende un despacho de Western Union en la avenida Kingsland. “Aunque ahora la libra esterlina no tiene un buen cambio respecto al euro, sí que es rentable enviar dinero que los destinatarios reciben en nairas nigerianos o en francos CFA de los países del oeste de África”, indica la responsable de este puesto de envío de remesas que también ofrece enlace a Internet por media libra por hora y, con cita previa, asesoría laboral y jurídica a los emigrantes africanos y asiáticos. Entre los primeros, especial importancia tiene en Dalston el colectivo procedente de Ghana, que ronda cincuenta mil personas y que en los días de este recorrido celebraba el empate logrado por su selección de fútbol en un partido amistoso disputado contra el combinado de Inglaterra en el estadio de Wembley. Con gol de Asamoah Gyan en el último minuto del choque contra los de Capello, el 1-1 de los africanos supo a victoria.

ÁFRICA ESTÁ DE MODA

Sigamos de camino. Bastante más conocidos que los barrios del sur y del este de Londres son Candem y Portobello, dos de las zonas comerciales famosas en la ciudad por sus mercadillos callejeros de fin de semana y su interesante oferta cultural. Aunque desde el incendio de 2008 los canales de Candem han perdido gran parte de su atmósfera bohemia y arrabalera, conviene visitar las tiendas ubicadas en lo que a primeros de siglo XIX eran las caballerizas más amplias de Londres. También Portobello, situado en el elitista barrio de Notting Hill, ofrece abundante presencia de vendedores de bisutería africana, comida afro-caribeña y, cómo no, mucha música negra.

No obstante, la evolución de la oferta comercial no convencional de Londres se ha trasladado a las calles que rodean Brick Lane, donde los domingos se puede comprar desde ropas étnicas y comida africana hasta mapas antiguos de colonias inglesas en África y Asia. La curiosa metamorfosis que se produce en Brick Lane cada domingo, cuando los puestos semanales de comidas asiáticas dejan paso al mercadillo callejero, se repite también en otra zona comercial con solera. En Petticoat Lane, junto al renovado antiguo mercado de Spitalfields, comerciantes africanos, sobre todo procedentes de Togo y Benín, ofrecen un amplio catálogo de telas estampadas como las que se comercian, también de fabricación holandesa, en mercadillos de Bamako y Dakar. Eso sí, la cercanía al centro turístico de la ciudad se paga: la pieza de cinco yardas de tela (4,5 metros) cuesta el doble que en Kingsland.

Hasta aquí llega la radiografía urbana de la creciente presencia de colectivos africanos en Londres, pero conviene no ceñir el rastreo a la economía informal y al mercadillo callejero. Con los años, la comunidad africana en la capital británica ha ganado en presencia y también en importancia. Ayuda mucho el auge que la cultura africana goza en la vida cultural británica. Sirvan dos ejemplos. Una galería situada en el corazón de la ciudad inauguró en marzo de 2011 la primera exposición que realiza en Europa el fotógrafo malí Hamidou Maiga. Contemporáneo de los titanes de la imagen popular de Bamako Seydou Keita y Malick Sidibé, este retratista presentó en sociedad una colección de treinta fotografías originales realizadas en los años sesenta en la capital malí.

Talking Timbuktu, bautizada como el legendario disco que el guitarrista malí Ali Farka Touré grabó con Ry Cooder en 1994, primer álbum africano que obtuvo el premio Grammy, recupera imágenes de alegría y efervescencia, propias de la ilusión que llegó a muchos países africanos con la recobrada independencia de las potencias coloniales europeas en los años 60. Lo explica Jack Bell, propietario de la galería homónima: “Durante esos años, las fotografías de Hamidou Maiga son un testimonio fiel de lo que fue la transición africana de presencia colonial francesa al orgullo como sociedad libre tras haber recobrado la independencia. Hasta ahora sólo conocíamos los retratos de Keita y Sidibé, aunque la obra de Hamidou Maiga no desmerece a sus contemporáneos. Y con estas imágenes únicas se refleja al mismo tiempo la personalidad de sus clientes, pero también la identidad colectiva africana y su entusiasmo por entrar en la modernidad”.

Concluye aquí este recorrido apresurado por las huellas africanas en la capital británica, por si usted planea unas vacaciones africanas… en Londres.

Publicado en la revista digital GuinGuinBali en marzo de 2011

Buena Vista Social Club: del solar de Cuba a Nueva York

30 Jun

por Carlos Fuentes

Nació por casualidad, pero llegó justo a tiempo de rendir tributo en vida a los supervivientes de la época dorada de la música en Cuba. Buena Vista Social Club, el disco que esquivó el olvido, resucita ahora con la edición del concierto que la alineación titular de la orquesta cubana ofreció el 1 de julio de 1998 en el Carnegie Hall de Nueva York. Están todos: Compay Segundo, Ibrahim Ferrer, Rubén González, Omara Portuondo, Pío Leiva… y Ry Cooder, el hombre que encontró petróleo donde ya solo había un pozo de tristeza y resignación.

El cuento Buena Vista Social Club tuvo final feliz, aunque vino de improviso. En marzo de 1996, el productor británico Nick Gold viajó a La Habana para grabar a músicos cubanos y africanos. Los segundos, griots de Malí, nunca llegaron. Y Juan de Marcos González propuso aprovechar el estudio Egrem ya contratado para reunir a viejas glorias de la música isleña. El líder de Sierra Maestra buscó a Ibrahim Ferrer, que cantó con Benny Moré y ahora limpiaba zapatos; a Rubén González, pianista retirado que vivió el auge del cha cha chá en la orquesta del compositor y violinista Enrique Jorrín, y a Compay Segundo, veterano de mil bailes, mitad del dúo Los Compadres y antiguo socio de Ñico Saquito.

También a los cantantes Puntillita, Pío Leiva y Omara Portuondo, la novia del filin; al trovador Eliades Ochoa, al trompetista Guajiro Mirabal, también a Cachaíto López, excontrabajista de la Orquesta Cubana de Música Moderna, y al guitarrista Manuel Galbán, de Los Zafiros. Por fin ellos eran las estrellas y el resto (Ry y Joachim Cooder, Angá Díaz, Amadito Valdés, Papi Oviedo…), actores secundarios de una aventura sentimental que iba a marcar época.

Ibrahim Ferrer contaba que solo los cincuenta dólares que pagaban por cantar un tema le convencieron. Pero él no llegó el primer día. Nick Gold lo recuerda: “Fuimos al estudio y estaba cerrado. Iba con el ingeniero Jerry Boys y junto a nosotros, sentado en la calle, había un señor mayor. No sabía quién era. Al abrir corrió a sentarse al piano y empezó a tocar. Era Rubén González, que tocaba la música de tus sueños”. De ese primer sonido del pianista al que Ry Cooder definió como “una mezcla entre Thelonius Monk y el gato Félix”, Nick Gold evoca algo “increíblemente bello y a la vez provocador”.

Buena Vista Social Club comenzó a armarse sobre trozos del cancionero cubano. Clásicos de Isolina Carrillo (Dos gardenias), Sergio Siaba (El cuarto de Tula), María Teresa Vera y Guillermina Aramburu (Veinte años), Guillermo Portabales (El carretero) y El Guayabero (Candela). Pero también tres piezas con historia: Buena Vista Social Club, danzón que Cachao dedicó a la sociedad negra que existió desde 1932 en el popular barrio habanero de Marianao; La bayamesa, escrita por Sindo Garay en 1869, y el añejo arranque de Chan chan (“de Alto Cedro voy para Marcané, luego a Cueto voy para Mayarí…”).

Grabado en seis días, el disco originó una saga y gira mundial, e inspiró el documental homónimo de Win Wenders. También provocó gritos, amenazas de bomba y recitales anulados en Miami. Pero ocho millones de copias vendidas hacen de Buena Vista Social Club el disco cubano más popular de todos los tiempos. Y Rolling Stone lo incluyó en la lista de 500 álbumes imprescindibles.

En esta historia de amor, la noche del Carnegie Hall fue quizá el momento más emblemático. Allí estaban, en lo que Salman Rushdie llamó luego “el verano del Buena Vista”, los supervivientes de la trova y del jazz afrocubano para tocar en el mejor teatro del corazón de Manhattan. “Antes del concierto hubo nervios porque algunos preparativos fueron algo caóticos. Había una energía enorme: aquella gente llevaba mucho tiempo esperando que algo así ocurriera, y allí estaban, en Estados Unidos, en Nueva York”, recuerda Nick Gold en conversación desde Londres. “Había mucha emoción. Y un increíble nivel artístico, inaudito. Había una atmósfera eléctrica por tanto talento”.

Para el productor británico, cuya reputación con World Circuit se ha forjado entre África y Cuba, el éxito de Buena Vista Social Club fue pura justicia. “El impacto emocional fue muy grande. Ellos estaban orgullosos de su cultura, de su música… Rubén había tocado con Arsenio Rodríguez, Compay hizo grandes innovaciones en la música de Santiago de Cuba… habían ayudado a crear esa música genuina. Y ese nivel de músicos se ha perdido para siempre”.

A esa generación pertenece Omara Portuondo. Con 78 años, la cantante de Cayo Hueso ha relanzado su carrera, aunque no olvida los días del milagro. “Buena Vista Social Club llegó cuando tenía que llegar, en el momento justo. Se juntaron la experiencia y la sabiduría, y unas canciones que nunca pasarán de moda. Fue todo tan espontáneo y tan lindo, nada rebuscado. Así es la vida, llovió de suerte”, recuerda Omara, la novia del filin, “muy contenta” de que el público no olvide a las voces que ya se fueron. “Ellos son como El manisero o Lágrimas negras, lindas cosas cubanas que la gente nunca va a olvidar”. O Silencio, el bolero emocionante que la cantante llenó de nardos y azucenas con su amigo Ibrahim Ferrer. “A él le gustaba mucho el bolero, las piezas lentas, todo lo sentimental. Siempre decía, y yo lo creo, que el bolero no caduca. Mientras exista el amor habrá boleros”, cuenta la cantante desde La Habana.

Ry Cooder jugó un papel esencial en el retrato añejo de las músicas cubanas. Entró en La Habana vía México para burlar el embargo, armó un conjunto con músicos de edades comprendidas entre 13 y 89 años y, rápido, organizó las descargas. ¿El hombre correcto en el lugar correcto? “Absolutamente”, afirma Nick Gold. “Ajustó a los músicos en el estudio, los reunió muy cerca para que tocaran en directo. Y evitó el abuso de percusión, sin congas ni timbales. Grabamos un disco clásico, con los micrófonos muy cerca de los músicos. En muchos sentidos, Ry abrió el camino”, asegura el timonel de World Circuit.

Nick Gold fue el primer sorprendido por la explosión cubana que vino luego. “No estábamos preparados. Nunca pensamos en un fenómeno musical así. Al grabar sí éramos conscientes de que algo especial estaba ocurriendo y que lo estábamos capturando en las cintas. Pero no teníamos ni idea del éxito que llego después”, admite Nick Gold, quien sin embargo anota otros dos proyectos (Introducing Rubén González y el álbum de Cachaíto) como sus dos discos preferidos de la saga Buena Vista Social Club. “Era gente muy especial, es difícil destacar a uno. Rubén, Ibrahim, Compay… es imposible elegir solo a uno. Todos tenían ese sonido delicado, con alma, bello, increíble. Esa música cubana tiene un poder como no había visto antes”, comenta el productor.

En Cuba, la emoción es compartida. Eliades Ochoa todavía se entusiasma cuando recuerda la grabación de 1996. “Nadie puede decir, y cada día quedan menos, que esperaba ese éxito”, explica el líder del Cuarteto Patria. Ochoa, heredero del acervo rural de Ñico Saquito y Guillermo Portabales, habla de Buena Vista Social Club como un ajuste de cuentas con las músicas del oriente cubano. “En todo el mundo se aprecia su dulzura, esa cosa que nació en Santiago, cuna del son y el bolero. Es una ciudad musical: allí el que no toca, baila y el que no baila, brinca”. Ahora, Eliades Ochoa espera escuchar el disco grabado la noche del Carnegie Hall: “Seguro que rebosa toda la energía que sentimos esa noche. Fue sentirse realizado de por vida. Es imposible olvidar un momento que supuso tanto para los artistas y también para la música cubana”.

Otro pilar del Buena Vista, el contrabajista Cachaíto López, sonríe satisfecho. El sobrino de Cachao ya tocaba con diecisiete años para Arsenio Rodríguez, pero admite que pasó mucho tiempo “sin oportunidades para hacer la música que más nos gustaba”. El veterano de la Orquesta Sinfónica de Cuba agradece aquel rescate histórico de su generación. “La música cubana empata con el alma de todos los públicos; no sé muy bien por qué, pero hasta en Alemania he visto a mucha gente divertirse con nuestras canciones”, explica Cachaíto desde La Habana. “Quizá el secreto del éxito esté en todos los músicos que participaron. Hubo una buena caída de gente, nos conocíamos de antes y nos llevábamos muy bien. No fue difícil trabajar juntos, y ahora los echo de menos”.

Publicado en el diario Público el 11 de octubre de 2008