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Rubén Blades: “Escribes canciones sobre asuntos difíciles, pero la música se hace fuerte y te respetan”

23 Jun

por Carlos Fuentes

Ha pasado un cuarto de siglo desde que entregó su obra maestra, Buscando América, pero el notario mayor del barrio latino no ha perdido su olfato de francotirador. Ministro de Turismo de Panamá hasta el próximo 1 de julio de 2009, Rubén Blades afila su verbo fotográfico, dispara palabras en tiempo real, rearma su conciencia y prepara disco nuevo. Mucho queda todavía de aquel chico audaz que pasó de mozo de almacén a capitanear la primera división de la salsa.

Vocero cronista de la vecindad, Rubén Blades Bellido de Luna (Ciudad de Panamá, 1948) trasciende con creces el rol de músico, cantautor o como usted quiera llamarlo. Compositor de largo recorrido, abogado y actor, luego político y ahora ministro, concita admiración y respeto por su capacidad probada para pergeñar con canciones el mapa social y emocional de América Latina.

Después de cuatro años de retiro voluntario tras ser nombrado ministro de Turismo por el nuevo presidente panameño, el socialdemócrata Martín Torrijos Espino, Rubén Blades regresó por un rato a los escenarios españoles con el grupo Son de Tikizia. En una suerte de ensayo general de su retorno a la música, el cine y el teatro, el cronista mayor de América Latina afirma que la política le ha permitido crecer como persona y ampliar puntos de vista sobre el futuro del pueblo latinoamericano. “Me ha hecho mejor ciudadano, mejor ser humano, más solidario, menos egoísta, más paciente”. Pero el músico que lleva dentro se rebela: “Cuando vuelva a escribir lo haré con la honestidad de siempre”.

No es fácil ser Rubén Blades, por tiempos alternos músico, actor o político. A mitad de los años ochenta, cuando el cantante panameño entregó su trilogía mayor –Buscando América (1984), Escenas (1985) y Agua de luna (1987)– quince dictadores regían todavía los destinos de otros tantos países latinoamericanos. Él ya había completado su grabación primera con la orquesta de Pete Rodríguez, el disco De Panamá a Nueva York (1970). Cinco años después se graduó abogado en Panamá y en 1973, con su familia de raíces británicas y colombianas, se exilió en Estados Unidos lejos del tirano Noriega.

Desde entonces, y hasta la reconciliación con Panamá en 2004, Rubén Blades grabó una veintena de discos propios y cantó en otros tantos álbumes ajenos: de Willie Colón y Cheo Feliciano a Paul Simon y Calle 13, de Sting a Los Lobos, de Héctor Lavoe a Los Fabulosos Cadillacs. También formó parte durante una década, en los gloriosos años setenta, de la poderosa alineación de la Fania All Stars. Cuando todos los focos del universo latino iluminaban a la salsa.

Gorra calada, apenas camiseta y tejanos (“nadie me ha sabido explicar para qué sirve una corbata, salvo para que te ahorquen con ella”), Rubén Blades toma asiento y retira un cartel postizo que anuncia al ministro de Panamá. Él mismo lo explica (“tengo una licencia de tres semanas sin sueldo y una de vacaciones”), así que quien ahora empieza a hablar es el músico. Será una charla a tres tandas en dos semanas, en persona, ampliada por correo electrónico y, al final, con varias reflexiones extraídas de su bitácora digital, El Show de Rubén Blades.

¿Cómo interpreta hoy el mensaje del disco Buscando América? ¿Siguen vigentes los problemas que denunció en 1984? “Todavía tenemos mucho que hacer para producir gobiernos eficientes y respuestas claras para la población, desde la salud hasta la educación. Y la vigilancia para impedir el regreso de los abusos contra los derechos humanos no puede ser suspendida. La posibilidad de que cometamos los mismos errores se verá limitada solo a través de una continua y consistente participación civil”, explica el autor de Desapariciones, una de esas canciones emblema que resumió los sangrientos años de plomo en América.

Porque Rubén Blades no baja la guardia, reivindica su vocación política en Panamá (“fundé un partido independiente y participé como candidato presidencial planteando respuestas fuera de la partidocracia tradicional y las propuestas ideológicas de siempre”) y reconoce ya algunos beneficios tangibles. “Uno de mis defectos es la impaciencia. Decido algo y lo hago. Pero en la administración pública no es así, hay esquemas estúpidos, y ahora tengo un mayor nivel de paciencia, que es algo que ayuda no cometer equivocaciones”.

De un reto actual, la emigración, la voz del político ayuda a moldear la posición del músico. ¿Qué opina de la directiva de la vergüenza aprobada por la Unión Europea para controlar a los trabajadores extranjeros? “Todos los países tienen derecho a una política de desarrollo de la emigración. Hay que considerar la capacidad de carga”, reflexiona Rubén Blades. “Acá será cuestión de decidir cómo se responde, pero no se debe fundamentar una política migratoria en función de raza, sexo o procedencia. No es lo que se espera de una sociedad”.

Compositor de referencia de lo que se vino a acuñar como salsa intelectual, Rubén Blades rebosa compromiso social. No vende sueños, él es la calle. Y domina como pocos la jerga del barrio, aunque este recurso literario no es más que el medio propio de expresión que busca un fin. “Escribes sobre temas difíciles que logran que las personas se sientan menos solas. La música se hace fuerte y entonces te respetan, son argumentos honestos”, arguye el ganador de seis premios Grammy. “Nunca sé cuándo voy a escribir. Imagino que el proceso es súbito. Y ese proceso no es como sentarse a hacer zapatos. Muchas canciones de contenido social las escribí porque me sentí indignado por cosas que veía. Es como el bolero: se escriben boleros cuando el amor comienza y cuando el amor termina. No hay boleros en el medio porque a nadie le importa. Es la pasión del inicio y el dolor, la miseria, del final del amor. Nadie escribe del medio”.

De entre todas sus canciones a tumba abierta cita Cuentas del alma. “La mujer latinoamericana nunca ha sido reconocida en su aporte al desarrollo del hogar, y tampoco en términos emocionales ni espirituales. Porque la mujer, en general, por la condición machista de nuestra sociedad, aunque va cambiando, no llega a desarrollar todo su potencial. No le dan las oportunidades que merece”.

Observador afilado de voces que están a la vuelta de la esquina, Rubén Blades valora la influencia de la salsa en el gran pueblo latinoamericano, aunque matiza un pronóstico sobre su porvenir. “La salsa va a ser redescubierta porque su futuro ya no se escucha solo en el Caribe. Y continuará siempre al ser un género con mucha vitalidad y energía, y con un baile tan físico. Ya se sabe: baile de lejos, baile de pendejos. La salsa está bien, gracias”, dice con sonrisa de medio lado.

¿Y formar parte del gran negocio de la música es bueno para que no se perviertan los mensajes? “¿Y cuál es el gran negocio?”, se pregunta en voz alta. “En el mundo de la música lo usual es que los piratas se lucren ilegalmente con nuestras canciones, con el apoyo de quienes no entienden que no es correcto”. Pero viéndolo en la política, en el dinero, uno teme que aquel francotirador del barrio haya desaparecido. ¿No se habrá convertido usted en un muchacho plástico? “Es equivocado asumir que todos los que entramos al servicio público estamos en el dinero. Es totalmente falso y forma parte de esos mitos que algunos intereses, apoyados en la ignorancia y la ausencia de criterios, pretenden crear alrededor de toda persona en la gestión política. Imagino que lo preguntas para provocarme. A mis sesenta años, ¿cómo voy a ser un muchacho plástico?”.

Aunque el vate panameño anuncie un “redescubrimiento” de la salsa más allá de las fronteras hispanoparlantes, por ahora a nivel comercial mandan el pop latino más accesible y el rescate de viejas grabaciones de la época dorada de la música latina en Nueva York. Incluso Rubén Blades está regrabando ahora sus discos antiguos para recuperar el control total sobre su obra músical de largo recorrido. ¿Queda por aparecer algo tan bonito y sabroso como las músicas populares de los años setenta y ochenta en América Latina? “Cada generación produce éxitos y fracasos. No sé qué se presentará en el futuro, pero imagino que se producirá atendiendo a las circunstancias y a las realidades que definen su momento. Es inútil tratar de repetir tiempos pasados bajo condiciones pasadas”, reflexiona el veterano músico panameño. “Cada generación brinda su punto de vista. Cada cual vive su momento y reacciona de acuerdo al entorno”.

Quizás por eso, audaz, Rubén Blades contempla el hip hop y el reggaetón como ágiles lenguajes musicales de los tiempos que corren. El producto urbano de décadas de influencias culturales y musicales entre los dos lados de América. ¿Tendrán estas nuevas músicas latinas urbanas un recorrido y una autoridad más allá de la explosión popular actual? “Cada generación interpreta la realidad de acuerdo a sus condiciones y capacidades. No sé qué va a pasar con eso. Acabo de colaborar con el grupo Calle 13 en su reciente disco, en una pieza sobre el barrio de La Perla, en San Juan de Puerto Rico. Es música urbana, es arte urbano. Si tiene o no calidad sostenible que haga que el género sobreviva a la moda, el tiempo lo dirá. Y las futuras generaciones lo defenderán o lo olvidarán”.

Novedades aparte, Rubén Blades también asume que los días que se van no vuelven (“hay que usar el tiempo y usarlo viciosamente. Soy consciente del paso del tiempo y de que me quedan muchas cosas por hacer”) y ya planea nuevos retos para el día después que deje de ser ministro: “Hacer más cine, dirigir teatro y escribir sobre mi experiencia como latino en Estados Unidos. Y comenzaré mi reinserción en la música y en el cine, que es mi trabajo”. ¿Cómo le gustaría ser recordado para la posteridad? “No me detengo a definir la forma en que seré recordado. Eso sería una vana necedad. Sobre cuál ha sido mi aporte, ese es un asunto que habrán de definirlo quienes sepan qué fue lo que hice”. ¿Y le produce nervios la perspectiva de volver en 2009? “Tendía dudas porque cantar es un ejercicio físico que depende del diafragma, que sabemos que es un músculo. Y porque para un artista parar cuatro años es como dar un beso a la muerte”.

Tiempo antes de que a Thom Yorke se le iluminara la bombilla digital, Rubén Blades ya había experimentado con la venta de su música a través de Internet. En 2003 el panameño colgó unas cuantas canciones y espero reacciones. El invento no funcionó del todo, pero el autor de Siembra (1978) y Maestra Vida (1980), que ya ha participado en una treintena de discos grandes que se publicaron en ocho sellos distintos, no renuncia a las posibilidades del mercado gigante de la era digital. “Si de mí dependiera, el sistema sería colgar los discos en Internet y que la gente mandase al artista el dinero que cree que vale el disco. Siendo serios, sospecho que muy pocos se tomarían la molestia”.

El éxito efímero del disco de Radiohead In Rainbows (2007) vendría luego a darle la razón. Y ahora, ¿qué retos plantean las descargas para garantizar el futuro de las nuevas generaciones de autores? “El reto mayor será cómo mantener la vigencia del producto creativo, a nivel comercial, con tanta oferta que hay en todo el mundo”, admite el músico panameño. “Tiene que darse un nivel de calidad excepcional y consistente para sobrevivir en un mundo tan competitivo como el que plantea mercadear producto por Internet”.

Sabe Rubén Blades que la música no cotiza al alza en la red, pero prefiere agarrarse a estos aprovechamientos nuevos. Al rescate, por ejemplo, de lustrosas grabaciones de antaño. En El Show de Rubén Blades (cómo no, solo en Internet), el cronista de ex señoritas que no saben qué hacer, el creador del Quijote del Harlem, hizo recuento de algunos de sus discos latinos favoritos. A saber: Steppin’ Out (1963), de Joe Cuba Sextette; Jala Jala y Boogaloo (1967), de Ricardo Ray; la canción Perfume de rosa, de los imperiales Rafael Cortijo e Ismael Rivera; Superimposition (1971), de Eddie Palmieri; el tema Montuneando, de Ralph Robles; y el álbum Cosa nuestra (1971), de Willie Colón y Héctor Lavoe. “No son los mejores discos ni las mejores canciones, sino los que más me gustan por estar amarrados a una vivencia”.

 

Publicado en la revista Rockdelux en octubre de 2008

Del solar a Nueva York

30 Jun

BUENA VISTA SOCIAL CLUB

Por Carlos Fuentes

Nació por casualidad, pero llegó justo a tiempo de rendir tributo en vida a los supervivientes de la época dorada de la música en Cuba. Buena Vista Social Club, el disco que esquivó el olvido, resucita ahora con la edición del concierto que la alineación titular de la orquesta cubana ofreció el 1 de julio de 1998 en el Carnegie Hall de Nueva York. Están todos: Compay Segundo, Ibrahim Ferrer, Rubén González, Omara Portuondo, Pío Leiva… y Ry Cooder, el hombre que encontró petróleo donde ya solo había un pozo de tristeza y resignación.

El cuento Buena Vista Social Club tuvo final feliz, aunque vino de improviso. En marzo de 1996, el productor británico Nick Gold viajó a La Habana para grabar a músicos cubanos y africanos. Los segundos, griots de Malí, nunca llegaron. Y Juan de Marcos González propuso aprovechar el estudio Egrem ya contratado para reunir a viejas glorias de la música isleña. El líder de Sierra Maestra buscó a Ibrahim Ferrer, que cantó con Benny Moré y ahora limpiaba zapatos; a Rubén González, pianista retirado que vivió el auge del cha cha chá en la orquesta del compositor y violinista Enrique Jorrín, y a Compay Segundo, veterano de mil bailes, mitad del dúo Los Compadres y antiguo socio de Ñico Saquito.

También a los cantantes Puntillita, Pío Leiva y Omara Portuondo, la novia del filin; al trovador Eliades Ochoa, al trompetista Guajiro Mirabal, a Cachaíto López, ex contrabajista de la Orquesta Cubana de Música Moderna, y al guitarrista Manuel Galbán, de Los Zafiros. Por fin, ellos eran las estrellas y el resto (Ry y Joachim Cooder, Angá Díaz, Amadito Valdés, Papi Oviedo…), secundarios de una aventura sentimental que iba a marcar época.

Ibrahim Ferrer contaba que solo los cincuenta dólares que pagaban por cantar un tema le convencieron. Pero él no llegó el primer día. Nick Gold lo recuerda: “Fuimos al estudio y estaba cerrado. Iba con el ingeniero Jerry Boys y junto a nosotros, sentado en la calle, había un señor mayor. No sabía quién era. Al abrir, corrió a sentarse al piano y empezó a tocar. Era Rubén González, que tocaba la música de tus sueños”. De ese primer sonido del pianista que Ry Cooder definió como “una mezcla entre Thelonius Monk y el gato Félix”, Nick Gold evoca algo “increíblemente bello y a la vez provocador”.

Buena Vista Social Club comenzó a armarse sobre trozos del cancionero cubano. Clásicos de Isolina Carrillo (Dos gardenias), Sergio Siaba (El cuarto de Tula), María Teresa Vera y Guillermina Aramburu (Veinte años), Guillermo Portabales (El carretero) y El Guayabero (Candela). Pero también tres piezas con historia: Buena Vista Social Club, danzón que Cachao dedicó a la sociedad negra que existió desde 1932 en el popular barrio habanero de Marianao; La bayamesa, escrita por Sindo Garay en 1869, y el añejo arranque de Chan chan (“de Alto Cedro voy para Marcané, luego a Cueto voy para Mayarí…”).

Grabado en seis días, el disco originó una saga y gira mundial, e inspiró el documental homónimo de Win Wenders. También provocó gritos, amenazas de bomba y recitales anulados en Miami. Pero ocho millones de copias vendidas hacen de Buena Vista Social Club el disco cubano más popular de todos los tiempos. Y Rolling Stone lo incluyó en la lista de 500 álbumes imprescindibles.

En esta historia de amor, la noche del Carnegie Hall fue quizá el momento más emblemático. Allí estaban, en lo que Salman Rushdie llamó luego “el verano del Buena Vista”, los supervivientes de la trova y del jazz afrocubano para tocar en el corazón de Manhattan. “Antes del concierto hubo nervios porque algunos preparativos fueron algo caóticos. Había una energía enorme: aquella gente llevaba mucho tiempo esperando que algo así ocurriera, y allí estaban, en Estados Unidos, en Nueva York”, recuerda Nick Gold en conversación desde Londres. “Había mucha emoción. Y un increíble nivel artístico, inaudito. Había una atmósfera eléctrica por tanto talento”.

Para el productor, cuya reputación se ha forjado entre África y Cuba, el éxito de Buena Vista Social Club fue pura justicia. “El impacto emocional fue muy grande. Ellos estaban orgullosos de su cultura, de su música… Rubén había tocado con Arsenio Rodríguez, Compay hizo grandes innovaciones en la música de Santiago de Cuba… habían ayudado a crear esa música genuina. Y ese nivel de músicos se ha perdido para siempre”.

A esa generación pertenece Omara Portuondo. Con 78 años, la cantante de Cayo Hueso ha relanzado su carrera, aunque no olvida los días del milagro. “Buena Vista Social Club llegó cuando tenía que llegar, en el momento justo. Se juntaron la experiencia y la sabiduría, y unas canciones que nunca pasarán de moda. Fue todo tan espontáneo y tan lindo, nada rebuscado. Así es la vida, llovió de suerte”, recuerda Omara, la novia del filin, “muy contenta” de que el público no olvide a las voces que ya se fueron. “Ellos son como El manisero o Lágrimas negras, lindas cosas cubanas que la gente nunca va a olvidar”. O Silencio, el bolero emocionante que la cantante llenó de nardos y azucenas con su amigo Ibrahim Ferrer. “A él le gustaba mucho el bolero, las piezas lentas, todo lo sentimental. Siempre decía, y yo lo creo, que el bolero no caduca. Mientras exista el amor, habrá boleros”, cuenta la cantante desde La Habana.

Ry Cooder jugó un papel esencial en el retrato añejo de las músicas cubanas. Entró en La Habana vía México para burlar el embargo, armó un conjunto con músicos de edades comprendidas entre 13 y 89 años y, rápido, organizó las descargas. ¿El hombre correcto en el lugar correcto? “Absolutamente”, afirma Nick Gold. “Ajustó a los músicos en el estudio, los reunió muy cerca para que tocaran en directo. Y evitó el abuso de percusión, sin congas ni timbales. Grabamos un disco clásico, con los micrófonos muy cerca de los músicos. En muchos sentidos, Ry abrió el camino”, asegura el timonel de World Circuit.

Él fue el primer sorprendido por la explosión posterior. “No estábamos preparados. Nunca pensamos en un fenómeno así. Al grabar, éramos conscientes de que algo especial estaba ocurriendo y que lo estábamos capturando en las cintas. Pero no teníamos ni idea del éxito que vino luego”, admite Nick Gold, quien, sin embargo, anota otros dos proyectos (Introducing Rubén González y el álbum de Cachaíto) como sus dos discos preferidos de la saga Buena Vista Social Club. “Era gente muy especial, es difícil destacar a uno. Rubén, Ibrahim, Compay… es imposible elegir solo a uno. Todos tenían ese sonido delicado, con alma, bello, increíble. Esa música cubana tiene un poder como no había visto antes”, comenta el productor británico.

En Cuba, la emoción es compartida. Eliades Ochoa se entusiasma al recordar la grabación de 1996. “Nadie puede decir, y cada día quedan menos, que esperaba ese éxito”, explica el líder del Cuarteto Patria. Ochoa, heredero del acervo rural de Saquito y Portabales, habla de Buena Vista Social Club como un ajuste de cuentas con las músicas del oriente cubano. “En todo el mundo, se aprecia su dulzura, esa cosa que nació en Santiago, cuna del son y del bolero. Es una ciudad musical: allí el que no toca, baila y el que no baila, brinca”. Ahora, Eliades Ochoa espera escuchar el disco del Carnegie Hall: “Seguro que rebosa la energía que sentimos esa noche. Fue sentirse realizado de por vida. Es imposible olvidar un momento que supuso tanto para los artistas y también para la música cubana”.

Otro pilar del Buena Vista, Cachaíto López, sonríe satisfecho. El sobrino de Cachao ya tocaba con diecisiete años para Arsenio Rodríguez, pero admite que pasó mucho tiempo “sin oportunidades para hacer la música que más nos gustaba”. El veterano de la Orquesta Sinfónica de Cuba agradece aquel rescate histórico de su generación. “La música cubana empata con el alma de todos los públicos; no sé muy bien por qué, pero hasta en Alemania he visto a mucha gente divertirse con nuestras canciones”, explica Cachaíto desde La Habana. “Quizá el secreto del éxito esté en todos los músicos que participaron. Hubo una buena caída de gente, nos conocíamos de antes y nos llevábamos muy bien. No fue difícil trabajar juntos, y ahora los echo de menos”.

Publicado en el diario Público el 11 de octubre de 2008

Rubén Blades: “La corrupción es un problema moral; no te compran si tú no te vendes”

11 Jul

Por Carlos Fuentes

Todos vuelven, y Rubén Blades ha vuelto. El cantante panameño retorna a la música tras cinco años como ministro de Turismo. Rebosante de energía y con quince proyectos simultáneos en camino. Está regrabando sus discos clásicos, prepara un álbum de tangos, otro en portugués y colaboraciones con su compatriota Cheo Feliciano y con el guitarrista flamenco Paco de Lucía. “Voy a grabar un disco de boleros con mi ídolo. Aún tenemos que discutir cómo, cuándo y cuánto, pero hace tiempo que deseamos trabajar juntos y es ahora o nunca. Es un honor porque Paco tiene una calidad especial como músico y como persona, lo quiero mucho”, señala el autor de Buscando América después de reivindicar el compromiso de “defender el argumento en la calle, asumir riesgos desde la trinchera pública” y combatir la “calamidad” de la corrupción. “Se requiere una conciencia nacional, pública y privada, sin egoísmo, sin falta de solidaridad y sin una obsesiva persecución de lo material a expensas de lo espiritual”, afirma el compositor, actor y licenciado en leyes en conversación desde Panamá antes de actuar en escenarios de Madrid, Huesca, Vitoria y Barcelona. “La gente quiere la tortilla, pero sin que le rompan los huevos”, lamenta el compositor del reciente Cantares del subdesarrollo.

¿Quién es Rubén Blades después de haber sido político?
“Tengo varias facetas que forman parte de una misma persona. Nunca he tenido que ubicarme en un plano y abandonar otro porque todo lo que hago tiene integridad, forma parte de un núcleo. Lo que pienso, digo y hago son una sola cosa, todo está conectado. No he dejado de ser político por ahora volver a la música, como tampoco dejé de ser músico por incursionar en la política, ni dejo de ser actor por ser músico o político. Más importante aun, tampoco he dejado de ser persona o de verme afectado por lo que ocurre a mi alrededor por ejercer distintas aptitudes. O perseguir múltiples intereses que influyen en mi educación general y en mi interpretación del mundo”.

¿Y qué ha aportado la experiencia política al músico?
“Mi trabajo público, servir al país, a mi pueblo, fue un ejercicio de solidaridad social, algo real. En cinco años no hice discos, ni películas, y eso me hizo un ser menos egoísta, más paciente, más educado en la realidad política. No es sólo cantar, denunciar, proponer o protestar. También hay que salir a defender el argumento a la calle, asumir riesgos desde la trinchera pública. Enfrentar la contradicción que se plantea cuando nuestra actividad artística sostenida por comentario urbano nos crea una situación económica holgada, distinta a la de lo que describimos. Salir de la comodidad que plantea la distancia del hecho criticado y encararlo en el terreno del riesgo personal da validez y consistencia al argumento musical, que empezó en 1969 con
Juan González. La experiencia política me hace mejor ser humano y me da derecho a sentir orgullo por tener coherencia, saber que lo que escribo no es simplemente una pose, un cuento. Todo me hace mejor cantante, mejor músico y escritor, mejor ser humano”.

¿Comparte la indignación del pueblo, en especial de la gente joven, cuando critica lo que entiende como un pobre trabajo de los políticos?
“Claro. Pero le indico al pueblo, joven o adulto, que la culpa de que en política y sector privado haya gente corrupta, sinvergüenza, mediocre, sin imaginación y sin deseo verdadero de servir al país la tenemos todos. La corrupción no es un problema político: es un problema moral, espiritual, es una calamidad nacional. Es una soberana estupidez afirmar que el que va al Gobierno va a robar, o que el Gobierno corrompe a la gente. Lo que ocurre en muchos casos es que pocos ciudadanos participan en el proceso político de forma responsable. Votan por gente sin tener realmente intención de fiscalizar el desempeño de quien envían al trabajo administrativo, o no consideran personalmente reemplazar a los que critican, participando de la administración pública. Lo escuché una y otra vez: “No entro en el Gobierno porque me ensucio”. Es absurdo. Si no cambiamos a los que criticamos, ¿cómo carajo vamos a salir de ellos? Cuando trabajé cinco años lo hice con afecto, espíritu y no robe, ni actué deshonestamente. Dejé de ganar dinero como artista y dí mi tiempo completo, cinco años, a hacer bien las cosas y educar a través del ejemplo. Pocos hacen eso, por desgracia, dejar sus ocupaciones exitosas, que dan bienestar económico, y trabajar en el Gobierno, hacerse responsables ante el pueblo. Sobre los jóvenes, voten con sensatez y participen del proceso. Y acuérdense de esto: no te compran si no te vendes”.

Latinoamérica crece en estadísticas, pero la desigualdad social aún es un reto por superar. ¿Ha cambiado su perspectiva acerca del objetivo y los medios para lograrlo después de estar cerca de políticos y empresarios?
“Todas las respuestas existen, los programas existen, las capacidades existen. Lo que no hay es voluntad de solucionar problemas. E incluyo al sector privado. Las desigualdades sociales no pueden simplemente ser explicadas desde una perspectiva de diferencias materiales, económicas o falta de oportunidades. Se manifiestan en forma de actitud abandonada; existen en educación, en falta de solidaridad social, pobreza de espíritu, ausencia de amor patrio. Hay gente que no quiere a su país ni a su prójimo. ¿Cómo arreglas eso? Fui el único de cinco hermanos en graduarse de universidad. ¿Por qué? Aprendí desde el Gobierno, en el campo de acción, que si hay voluntad y claridad de objetivos, el Gobierno funciona y la gente se beneficia. Salí convencido de que el proceso político puede dar resultados. Se requiere conciencia nacional, pública y privada, y no egoísmo, el “juega vivo”, falta de solidaridad y una obsesiva persecución de lo material a expensas de lo espiritual. La gente quiere el omelette [tortilla] pero sin que le rompan los huevos. Pero eso sólo pasa en las [películas] cómicas”.

¿Veremos algún día una Latinoamérica unida? ¿Qué impide esta unión?
Décadas atrás le preguntaron a un presidente de Panamá qué necesitaba su país para ser como Suiza, y él respondió: los suizos. Esa unión no se ha dado por la infección que existe en los espíritus de nuestra gente, por la ausencia de credibilidad en las instituciones públicas y falta de liderazgo nacional dirigido a un objetivo claro y posible. No es nuevo. Lo que pasó con Simón Bolívar sigue vigente. Los beneficios de la integración latinoamericana serían enormes, de la capacidad de negociación internacional en materias múltiples de interés hasta complementar nuestras economías compartiendo fortalezas para disminuir las carencias con un mercado común. Pero los nacionalismos mal entendidos, los egos, la ignorancia de gran parte de nuestras poblaciones, la falta de confianza en los argumentos políticos y la ausencia de un sentido nacional de propósito… todo eso nos derrota. Debajo de la costra del colonialismo está la no resuelta realidad del complejo, personal y colectivo. Seguimos siendo dedos, no hemos aprendido aún a ser manos. Podemos, y por eso hay que seguir intentándolo. Si no se acaba el mundo en 2012, voy a intentar doctorarme en Derecho en la Universidad de Columbia. Quiero plantear nueva propuesta de administración, basándola en una revisión absoluta de nuestros paradigmas organizativos, de la Constitución a los códigos que reglamentan nuestro funcionamiento social”.

Política aparte. Pronto cumplirá 63 años. ¿En qué forma se encuentra? ¿Se escribe mejor con tantos años acumulados de experiencia?
“Por ahora me siento bien y, aunque en términos médicos estoy bien, después de los 50 nadie vuelve a estar sano. Espiritualmente me siento más fuerte y es sumamente importante. Se escribe mejor con el tiempo, se entiende mejor lo que se escribe y por qué. Se edita uno con más claridad, va al punto, entiende que a nuestra edad el mejor momento para hacer las cosas es ahora. Escribí
Maestra vida con 32 años, más cerca del personaje de Ramiro que de Carmelo. Ahora estoy más cerca de Carmelo y entiendo esa letra mucho mejor, ya no como testigo [sino] como protagonista. He tenido la suerte de aprender y evolucionar. No se escribe mejor simplemente por cumplir años. Hay que entender para proponer con sentido. Aunque la ausencia de comprensión jamás ha disuadido al ignorante de compartir su ignorancia con nosotros”.

¿Y es consciente de la importancia que tuvo, tiene, “Buscando América” para todos los que hablamos español?
En realidad no debo comentar, el tiempo lo dirá, o las investigaciones académicas. Mis temas tienen aún vida y por eso sigo trabajando, aunque no suenen en la radio frecuentemente. Es interesante que en Latinoamérica se han producido, desde Siembra, cambios políticos que se veían imposibles en 1978, por partidos y tendencias políticas que no tenían la menor oportunidad de llegar al poder en elecciones populares. Alguien me comentó que el cambio de actitud fue también consecuencia del trabajo de muchos artistas latinos. Eso lo definirá mejor otra persona; no puedo hacerlo, ni puedo comentar sobre eso”.

Dijo una vez que los chicos de la música urbana, de Calle 13 a Tego Calderón, son los trovadores del tiempo presente. En otra clave musical, quizá con otro lenguaje, pero son los cronistas del barrio latino…
Cada generación inventa su lenguaje y su forma de expresión. Tienen toda la validez que les da su existencia como representantes urbanos, describiendo la realidad de un momento específico. No sé si lo que hacen durará en el tiempo. Nadie lo sabe cuando se empieza. Pero lo que están diciendo tienen que decirlo y refleja una realidad actual, aunque no nos guste o no la admitamos. Ellos no necesitan ser comparados con otra cosa para tener validez. Son lo que son: importantes y necesarios a mi entender”.

Publicado en el diario Público en julio de 2011

 

El cronista del barrio latino

1 Dic

TEGO CALDERÓN

Por Carlos Fuentes

El tipo que todo el mundo estaba esperando entregó disco nuevo en el verano de 2006. Del puertorriqueño Tego Calderón (Santurce, 1972) ya se sabía por El Abayarde (2003) y la recopilación El Enemy de los Guasíbiri (2004), pero lo que vino después es otra cosa. Vampirizando el altavoz comercial del reggaetón, ese hip hop criollo tan polémico como sabroso que está por ver adónde conduce, Tego Calderón mezcló como nunca se había hecho antes reggae, pop y dancehall con el ADN más atlético de la cocina afro-latina (salsa, bomba, plena, cumbia…). Todo, además, cantado en ágil español para mayor gloria de Rubén Blades, Ismael Rivera y Héctor Lavoe, tres referentes de la canción latina más comprometida. Álbum definitivo para entender la evolución contemporánea de la canción urbana en los barrios de clase media del Caribe, The Underdog/El Subestimado revela al cronista por excelencia. Dotado de un vocabulario desmedido, callejero, enciclopédico. Un artista idóneo para el retrato cotidiano de la vida agitada en el vecindario. Sin ambages: “no vendo sueños, yo soy la calle”.

Con buena parte de la artillería del latin quarter a sus espaldas (Oscar D´León, Julio Voltio, Don Omar, Eddie Dee, Yandel, Chyno Nyno…), estas veintitrés canciones (“ahora viene el disco nuevo pa´ ver quién es quién, lo cojo suave, lo mío está seguro, El Underdog, yo le vendo dos por uno”) dibujan el complejo mapa social del barrio latino, entre el genuino orgullo de raza y la simple razón de ser. Luego, sin dormirse en los halagos, después de asociarse con Cypress Hill, Vico C, La Mala Rodríguez, Calle 13 o Víctor Manuelle (busquen, escuchen, la ágil revisión de Che Che Colé en el disco colectivo Los Cocorocos), el negro Calde conservó verbo suficiente para repetir golpe, al año siguiente, con el notable El Abayarde contraataca. Se afirmó aquí entonces, y se cuestionó luego en la votación de los lectores, que Tego Calderón es el mejor cantante caribeño surgido después del ex ministro de Panamá. No era una boutade. Si se mira sin prejuicios, ya es una estrella en su galaxia. Tradicional a lo bravo.

Publicado en la revista Rockdelux en diciembre de 2009