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Músicas populares… cuando el tamaño no importa

26 Jul

zydeco

por Carlos Fuentes

“La miel nunca es buena en una sola boca”. Ali Farka Touré solía repetir este viejo proverbio africano cuando le preguntaban por el motivo que le llevaba a salir de su pueblo, Niafunké, en el desértico norte de Malí, para enseñar al mundo dónde nació el blues. Y explicaba el carismático guitarrista malí que la música popular, en su más amplia extensión, sólo cumple su papel de altavoz de los pueblos cuando sirve para tender puentes con otras regiones, con otras culturas. Hasta aquí, todos podríamos estar de acuerdo. Pero la pregunta aún sigue sin encontrar una respuesta justa: ¿Qué es, en verdad, música popular?

Si respetamos el valor semántico del término popular, las músicas tradicionales son aquellas que han logrado llegar a nuestros días después de cubrir una ruta con mil etapas, de generación en generación, para ofrecer un retrato sobre las costumbres, aspectos étnicos y hechos relevantes de la historia de los pueblos que las albergan. Hasta aquí, otra vez, todos de acuerdo. Pero, ¿son entonces músicas tradicionales el flamenco de España, el tango de Argentina, el soukous de Congo y, ejem, el rock de Estados Unidos? Sin duda. Como también lo son la bossa y el samba en Brasil, la cumbia en Colombia, la plena en Puerto Rico, la guajira, el son y el bolero en Cuba, la ranchera en México, el chaabi en los países del Magreb, el ágil mbalax en Senegal y la marrabenta en Mozambique.

music stampsHasta aquí llega el consenso. Pero, ¿qué papel juega ahora la música popular? ¿Son buenos tiempos para la lírica que nace en las calles, en los bares y en las fondas? Podemos convenir, que no es poco, que las músicas populares están disfrutando del respeto creciente del público mayoritario. No es casual que este giro a las raíces coincida ahora con el mayor auge de la técnica y la tecnología vinculada a la creación sonora. Hace unos meses, un portal de subastas puso a la venta una copia del primer álbum de Ali Farka Touré, editado en Francia a finales de los años 70, de tirada mínima y nunca más editado en disco de vinilo. Tras una semana de pujas, el disco grande superó un precio de cien dólares. E igual revalorización de lo antiguo disfrutan nuevas ediciones en formato digital de grabaciones africanas, latinas o europeas de difícil acceso hasta entonces. Por no hablar del giro vintage que han experimentado campos que definen la identidad y los hábitos de un colectivo como la alimentación, el vestuario, las lecturas, el cine o los viajes. Hoy mola lo viejo, y mola lo viejo porque, digamos, es auténtico. Se regresa al mueble de madera noble después de que nuestra generación anterior, nuestros padres, malvendieran el viejo arcón de la abuela para poder comprar una librería de contrachapado. Una mesita de metacrilato.

Hasta aquí esta somera observación sociológica, un arrebato de antropología. Porque usted se preguntará: ¿no veníamos aquí para leer sobre música? Sí, faltaría más. Pero primero hay que saber de dónde venimos para atisbar hacia dónde nos dirigimos. Podemos coincidir, si no es mucho pedir, que la actual era de velocidad con banda ancha y conexiones inalámbricas portátiles, en tiempos de wi-fi callejero como servicio público, está determinando pautas de consumo y de producción de bienes. Tangibles o no. Y es un mercado sobreexcitado el que contagia la confusión entre contenido y continente. Hoy, a lo peor, parece que es (mucho) más importante comprar un dispositivo digital que sea capaz de almacenar más de un millar de discos que velar por la calidad de las doce mil canciones en cuestión. En los tiempos del trending-topic diario parece que el motivo de orgullo está en el tamaño de la herramienta y no en su buen uso.

samba brazilQuizá por esta corriente cultural contagiosa, más pendiente de las formas que del fondo, la reacción del consumidor de música con fundamento lucha ahora por evitar lo que el anterior ministro brasileño de Cultura y unos de los padres fundadores del tropicalismo, Gilberto Gil, denuncia como “econometría” feroz de la dictadura del capitalismo: “una econometría que mide todo y que provoca un cambio extraordinario en el alma humana, en la psique y el cuerpo humano”. Pero no todo progreso es malo. El paulatino abaratamiento de los medios de grabación y producción musical también ha ayudado a la recuperación y, por qué no decirlo, puesta en valor de las músicas tradicionales. Ya no hace falta movilizar a un regimiento de ingenieros de sonido para viajar hasta los centros comunales de conservación e interpretación de las músicas populares y lograr enseñar al mundo que abundan músicas por descubrir más allá de las ciudades de distribución del primer mundo. Otra vez Ali Farka Touré, el recuerdo de un músico genuino y sincero: “la miel nunca es buena en una sola boca”.

Porque si hay algo mejor que la música, como solía decir el productor Mario Pacheco (a quien van dedicadas estas líneas apresuradas), ese algo mejor es hablar de música. Y conversar sobre música significa continuar hasta el infinito la cadena oral de transmisión de unos sonidos populares que llegaron una vez al mundo para hacer la vida más interesante y entretenida, para tejer toda una memoria colectiva y sentar acta del desarrollo de los pueblos que las albergan. Ya se lo recordó Quincy Jones hace unos meses al periodista Carlos Galilea, apelando a un viejo consejo que el productor de Thriller (el disco más vendido de la historia, verdadera crónica popular contemporánea) recibió del saxofonista Ben Webster: “Allá donde vayas, escucha la música que escucha la gente del lugar, come la comida que comen, y aprende treinta o cuarenta palabras de su idioma”. Para continuar alimentando la cultura popular…

Publicado en el anuario de la SGAE en 2011

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Rumbas y orgullo africano en el jardín del zoo de Kinshasa

15 Sep

STAFF BENDA BILILI

por Carlos Fuentes

Se anuncian como lo nunca visto en África, y parece cierto. Staff Benda Bilili es un grupo formado en Kinshasa, capital de la República Democrática del Congo, por músicos afectados por la poliomielitis. Sus canciones han sido el pasatiempo preferido durante el trabajo que realizaban como taxistas entre Kinshasa y Brazzaville, capital de Congo, aprovechando una exención de impuestos autorizada por el gobierno. Los músicos tunearon sus vehículos especiales en vistosos triciclos y, a la sombra del jardín del zoológico nacional, comenzaron a fabricar canciones que tienen una pata en el sonido palm-wine y otra, más marcada, en influencias melódicas afrocubanas. Imagine usted rumba zaireña en versión lo-fi con letras preñadas de compromiso social y el sonido espiritual del satonge, un laúd de una sola cuerda. Su disco de estreno, Très très fortlleva cinco meses liderando la lista europea de músicas étnicas.

La aparición de Staff Benda Bilili, revelada al mundo tras la visita que Damon Albarn (Blur, Gorillaz) y los músicos de Massive Attack realizaron hace dos años a África, ha encandilado al público occidental. “Valió la pena venir hasta aquí sólo para conocerlos”, afirmó Robert del Naja, conmovido ante la voluntad de hierro del conjunto congoleño, que grabó bajo un árbol apenas con ayuda de un ordenador portátil enchufado al motor del bar local. La tenacidad y no poca audacia ante las adversidades de la enfermedad son, sin duda, las primeras lecciones que transmite Staff Benda Bilili, cuyo nombre significa “mira más allá de las apariencias”. Su productor, el veterano músico belga Vincent Kenis, está de acuerdo. “Una de las cosas que más me han gustado de este proyecto es el entusiasmo que pusieron todos los músicos para hacer su trabajo. A los dos minutos de estar ante los micrófonos, allí ya nadie se acordaba de los problemas”, explica el responsable del mayor éxito africano de la temporada.

Y no es el primer hallazgo de Kenis. En 2004 ya asombró al mundo con el rescate de Konono Nº1, banda formada en los años setenta que despliega una tormenta de distorsión utilizando varios pianos de pulgar llamados likembés y vetustos amplificadores fabricados con chatarra. La cantante islandesa Björk, que los fichó para su disco Volta, cayó rendida ante la ceremonia de ruido de los congoleños, que acaban de triunfar en los festivales Sónar (Barcelona) y La Mar de Músicas (Cartagena). Más allá de modas posmodernas, la historia de superación de Staff Benda Bilili merece ser contada. En las calles de las grandes ciudades de la República Democrática del Congo sobreviven alrededor de cincuenta mil jóvenes sin hogar. Allí son denominados sheges, al parecer por una derivación para mayor gloria del guerrillero argentino Ernesto “Che” Guevara, quien en 1965 llegó a Kisangani para apoyar la incipiente rebelión congoleña.

Instalados en barrios periféricos rodeados de basura y chatarra, las llamadas bidonvilles, los congoleños de la calle se ganan la vida con empleos de tercera división, limpiando botas, vigilando aparcamientos o con la venta de frutos agrícolas. En los años setenta, lograda ya la independencia de Bélgica, el nuevo gobierno congoleño aprobó una supresión de impuestos para las personas afectadas por movilidad reducida. Pronto este colectivo se agrupó y, organizado en torno al sindicato Plataforma, impulsó una modalidad de negocio que con los años ha florecido con el continuo trasiego de mercancías entre las dos ciudades que separa el caudaloso río Congo, Brazzaville al norte y Kinshasa al sur. No sólo se dedicaron a comerciar. También se promovió un sistema de ayuda social para permitir, primero, la vacunación de niños contra la polio y, a medio plazo, armar un sistema educativo con colegios adaptados a sus necesidades especiales.

Benda-Bilili

Ahora, Staff Benda Bilili es la banda sonora de esta ilusión. Los músicos, que se consideran los voceros de la vida cotidiana en Kinshasa, reflejan en sus canciones cualquier aspecto destacado de la actualidad congoleña, ya sea el aumento del precio de los alimentos o la importancia que tiene la vacunación de los niños contra la polio. “Porque la única discapacidad real no está en el cuerpo sino en la mente”, dicen, orgullosos, en posición de guardia constante contra una enfermedad que, según la Organización Mundial de la Salud, aún afecta de manera endémica a cuatro países en vías de desarrollo, Afganistán, India, Nigeria y Pakistán. Por eso, la batalla vital de Staff Benda Bilili continúa: “Mientras un solo niño siga infectado por el virus de la polio, los niños de todos los países correrán riesgo de contraer la enfermedad, porque puede propagarse con rapidez entre las poblaciones no inmunizadas, especialmente en menores”.

En lo musical, el disco publicado por el sello belga Crammed condensa con esmero el vasto patrimonio sonoro de la región vecina de los grandes lagos. Allí nació el soukous, la rumba zaireña que a este lado del mar ha hecho populares a músicos como Kékélé, Papa Wemba o Kanda Bongo Man. Sin embargo, la vieja escuela tiene como héroes a dos cantantes que ya no están: el influyente Wendo Kolosoy y el orondo Pépé Kallé. A su manera, Staff Benda Bilili amplía el campo de acción de la rumba africana con un sonido más sosegado, muchas veces acústico y, sorpresa, menos bailable. “No se ha cambiado demasiado lo que ellos ya hacían, únicamente los reuní delante del equipo de sonido, busqué una nueva amplificación y trabajamos juntos en los arreglos. Quería grabar lo que había escuchado la primera vez, nada más”, precisa Vincent Kenis. “Ellos suenan naturales, aunque fueron necesarios algunos ajustes en determinados instrumentos tradicionales que requerían algo más de fuerza, menos distorsión. También las percusiones se mejoraron porque las originales eran primitivas, apenas unas latas que golpeaban con palos corrientes”, explica su productor.

Staff Benda Bilili
El origen del encanto musical de Staff Benda Bilili se nutre de las raíces mestizas que tienen las músicas en el centro de África, pero también han jugado factores externos vinculados a la política convulsa en la región. “El sonido del grupo está relacionado con su origen. Ellos viven en el centro de Kinshasa y tienen acceso a influencias muy variadas en las calles. Por allí pasan visitantes blancos, soldados enviados por Naciones Unidas y algunos pocos turistas. Todos, sin darse cuenta, van dejando músicas diferentes a las congoleñas”, anota Vincent Kenis para buscar otros factores influyentes en los tiempos pasados. “Es importante saber que en Congo existió durante mucho tiempo una especie de autarquía cultural provocada por la prohibición del terrorífico régimen de Mobutu a toda influencia extranjera. Allí se impuso que la cultura extranjera era mala por definición, lo que provocó un desconocimiento grande sobre la música foránea. Eso va cambiando y Staff Benda Bilili es un ejemplo”.

El disco Très très fort desembarcó en el mercado musical occidental al calor del éxito mayúsculo logrado por los conjuntos congoleños Konono Nº1 y Kasai All Stars en la serie Congotronics. ¿Hay hueco ahora en el gran mercado para una apuesta más serena, menos estrambótica? “Por supuesto que sí”, afirma su productor. “Staff Benda Bilili serán más grandes que Konono Nº1. Primero, porque hacen una música más accesible, y también porque con Konono Nº1 el público europeo reacciona cuando ya han pasado veinte minutos de concierto. Con Staff Benda Bilili, la sorpresa y el entusiasmo son inmediatos, a los cinco minutos. Y tendrán mayor impacto en la audiencia europea, seguro”, avanza Vincent Kenis, que ya tiene ideas para continuar el trabajo con otro disco. “Tenemos dos o tres canciones nuevas”, anuncia, “pero ahora debemos esperar a que acabe la gira europea de otoño”. Serán veinte conciertos entre octubre y diciembre. Para enero queda el proyecto de regresar a Congo y ampliar el catálogo musical con la banda del zoo de Kinshasa.

Publicado en el diario Público en agosto de 2009