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Cesária Évora: “África se merece una vida mejor”

7 Dic

Cesária Évora

por Carlos Fuentes

En la distancia que impone una conversación telefónica, la voz de Cesária Évora suena cansada. Pero también suena feliz. Es lunes y la cantante africana que con su música de melancolía y nostalgia ha puesto en el mapa de las músicas del mundo al humilde archipiélago de Cabo Verde está satisfecha. En febrero [de 2004] recibió el premio Grammy al mejor disco contemporáneo y el pasado sábado recogió en París el premio anual Victoria que concede la música francesa.

Ambos reconocimientos llegan por Voz d’amor, su noveno disco, que presentará en concierto en el Auditorio de Tenerife. Cesária Évora nació en la ciudad marinera de Mindelo, en la isla de São Vicente, y tiene ahora 62 años. Aunque han sido los últimos diez los que han marcado la vida de esta mujer que, pese a ganar con el tiempo cariños y reconocimientos, no renuncia a sus raíces, a vivir en su pueblo natal. Huye del falso halago y de creerse más que otros caboverdianos como Teófilo Chantre, Biús, Tito París o Simentera. “Prefiero pensar que, por fortuna, mis músicas han servido para abrir puertas a otros artistas de mi país, que han tenido la oportunidad de emprender carreras en el mercado occidental”, explica desde París.

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Con cuatro millones de discos vendidos en todo el mundo de sus ocho álbumes anteriores, la cantante de Cabo Verde a quien la crítica de París bautizó “la diva de los pies desnudos” tras su aparición en 1993 con Sodade valora el interés que su música ha merecido en la última década. “La acogida de Voz d’amor está siendo muy cálida”, asegura, “durante la promoción internacional estoy comprobando que el público está pendiente de lo que hago y satisface comprobar una vez más el aprecio que tiene el público europeo por mi música”.

Inmersa en una nueva gira europea, que hasta finales de abril la llevará a países como Alemania, Lituania, Estonia, Bélgica y, en especial, a Francia, donde ofrecerá trece recitales (con tres noches consecutivas en el teatro Grand Rex de París), Cesária Évora mantiene su devoción por las gentes de Cabo Verde, los primeros que disfrutaron de su moma melancólica en las tabernas portuarias de Mindelo. “Tengo buenos recuerdos de mi tierra porque todavía vivo allí, aunque salga a cantar a muchos sitios en el extranjero”, señala, “sé que en el mundo hay muchos lugares bonitos, pero prefiero seguir viviendo en mi pueblo, en mi casa, porque allí tengo mis raíces”.

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Observadora privilegiada de la evolución de los países africanos poco favorecidos, Cesária Évora es consciente de que la visión idílica, romántica, que sus canciones ofrecen de África no se corresponde, por desgracia, con la realidad. De las plagas de corrupción, las guerras y el subdesarrollo, la cantante caboverdiana habla con tristeza, pero con esperanza de prosperidad. “Espero que las cosas cambien para mejor, pero desgraciadamente no puedo influir en los problemas que ocurren en el mundo”, asume, “aunque tengo esperanza de que esta situación mejore, sobre todo para África. Todos los pueblos de África se merecen una vida mucho mejor”.

El trasiego internacional por los escenarios de medio mundo no impide que Cesária Évora tenga una visión real de la inmigración clandestina, quizá el mayor mal que asola a los jóvenes africanos. ¿Actúa Europa con justicia ante el drama del nuevo siglo? “La actitud siempre podría ser mejor, pero en mis viajes compruebo que, no sólo los africanos sino otras personas, han encontrado una oportunidad para mejorar sus vidas en Europa y en América”, explica quien hace unos años fue confundida con una emigrante irregular en el bulevar de Cartagena. “Estos viajes son buenos para el progreso de África: sus pueblos pueden ver que existe otra forma de vida, creo que hay sitio para la comunidad africana en estas sociedades”.

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Además del compromiso africano, Cesária Évora ha prestado su voz y sus canciones a experimentos modernos. En 2003 artistas electrónicos como Carl Craig, 4 Hero o Señor Coconut remezclaron piezas como Angola, Bésame mucho y Miss Perfumado para el disco Club Sodade. “No es mi estilo original, pero creo que ayuda a lograr un mayor interés de las nuevas generaciones, a ampliar el destino de mis canciones y de mi voz”, dice divertida la cantante, “y estoy feliz por ello, pero es evidente que ese no es mi estilo de hacer música”.

Más cómoda se siente Cesária Évora con socios musicales más naturales como el brasileño Caetano Veloso (Regresso), el pianista cubano Chucho Valdés (Negue), el maliense Salif Keita (Yamore) o Jacques Morelenbaum (Café Atlántico). “Todas fueron buenas experiencias porque ayudan a ampliar las influencias en la música, en la mía y en las de ellos”, asegura la caboverdiana para recordar su dúo con el cantautor Pedro Guerra en la canción Tiempo y silencio, de su disco São Vicente di Longe. ¿Existe una particular sensibilidad isleña? “Hay muchas similitudes, en las culturas y en los instrumentos que usamos”, reflexiona Cesária Évora, “porque nuestras culturas son muy parecidas y cantar con él fue una experiencia muy bonita”.

Siempre generosa, Cesária Évora habla con cariño sincero de los amigos que le ha regalado la música, pero no se olvida del público. De su público, al que nunca ha dado la espalda pese al aluvión de músicas étnicas que abundan en los anaqueles. ¿Por qué nadie se aburre de Cesária? Ella se quita méritos: “Es el público el que te lleva al éxito y es el público el que sigue queriendo escucharme. No sé decir por qué ocurre, solo que estoy muy contenta de que sea así”.

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Publicado en el periódico Diario de Avisos en marzo de 2004

 

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Té a la menta y dulces de pistacho y miel para celebrar el Año Nuevo Islámico

15 Dic

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por Carlos Fuentes

Son setenta mil en Canarias, veinte mil en Tenerife. En el sur de esta isla reside una nutrida comunidad de musulmanes que eligieron hacer aquí sus vidas. Formaron familias, educaron a sus hijos y, en fin, aquí comparten la realidad insular con isleños y turistas. Algunos ya cuentan nietos. Y todos valoran con satisfacción la buena acogida por la sociedad canaria ahora que no es fácil ser emigrante.

Aquí no hay cava frío ni turrones, ni mucho menos trajes o corbatas. Huele a té verde con hortelana y las bandejas rebosan de baklava, los ricos pasteles de hojaldre, almendras y pistachos bañados en miel típicos del mundo musulmán. En la mezquita de Adeje están de fiesta para celebrar el Año Nuevo Islámico, el año 1437 según el calendario musulmán que marca la hégira, la peregrinación del profeta Mahoma de la Meca a la ciudad de Medina en el verano del año 622 de la era cristiana. Este primer día de Muharram es la fiesta anual de una comunidad musulmana que es cada vez más numerosa en la isla de Tenerife. Aquí residen veinte mil de los setenta mil musulmanes que viven en Canarias.

Para la mayoría de los cincuenta mil vecinos de Adeje, hoy es un miércoles más de otoño, el 14 de octubre para ser exactos. Nada del otro jueves. Pero un nutrido grupo de voluntarios trabaja contra el reloj (aunque la entrada del año depende del ciclo lunar y en cada país musulmán varía según la geografía, es común celebrar con la puesta de sol) para que nada falte en la mezquita de este importante municipio turístico del sur de Tenerife. En el casco urbano, el templo islámico situado en el 23 de la calle Piedra Redonda apenas llama la atención. De no ser por un par de rótulos escritos en árabe, podría pasar por un local comercial más. Muy discreto entre una tienda de mascotas y una librería.

Dentro reina el silencio. No se oye un alma. Un modesto mihrab fabricado con madera barata orienta hacia el este, a la alquibla en dirección a la Meca. Y guía cinco veces al día a los fieles que acuden a cumplir con las cinco oraciones diarias, uno de los cinco preceptos fundamentales del Islam. En la mezquita de Adeje, que se llama Al-Ihsan utilizando un término que significa espiritualidad y caridad, los protocolos sociales y los formalismos civiles quedan en la puerta. Como en el resto de las doce mezquitas que hay en Canarias, el local funciona como recinto religioso, pero también como un lugar de encuentro, convivencia y apoyo para los musulmanes de diferentes países que residen en las islas.

En Adeje la mayoría de los fieles musulmanes residentes proceden del Magreb, sobre todo del norte de Marruecos. También del sur, de la costera Agadir y de varias ciudades del Sáhara Occidental. Este colectivo musulmán del sur de Tenerife se completa con otros musulmanes venidos de países como Jordania, Argelia, Túnez, Libia y Turquía. Muchos ya están arraigados desde hace años en Tenerife, con familia criada e hijos ya escolarizados. E incluso algunos con nietos, los primeros nacidos aquí. La mayoría trabajando, los que pueden, en el turismo, en tiendas de playa y hoteles situados en la comarca turística del sur.

Abdesalam Hammaud tiene 47 años, trabajo y tres hijos. Se siente afortunado. Con raíces en el rural Rif marroquí y familia originaria de Monte Arruit, llegó a Tenerife en el verano de 1988, primero a buscar trabajo. Vivió en Lanzarote y Fuerteventura del dinero del ladrillo, pero luego eligió Tenerife para quedarse. “Aquí me sentí bien tratado, mejor que en otros sitios de España. En Canarias soy un paisano más”, asegura Hammaud. “Hemos aportado gente pacífica, sin buscar conflictos sino convivir con canarios y turistas, y espero que la confianza mutua siga creciendo desde el respeto”. A su lado, Mhamad El-Fahmi asiente con la cabeza. Él procede de Nador y lleva quince años en Tenerife. Gestiona una tienda de zapatos en Playa del Duque y preside la Comunidad Musulmana de Adeje. Casado y con dos hijas, valora el encaje de los musulmanes. “Aquí hay cariño, respeto, y eso no abunda fuera para un emigrante”, dice Mhamad. “Tengo amigos que han probado fuera, en Alemania, Holanda o Francia, y vuelven rápido. Prefieren ganar mil euros aquí que trabajar allá por dos mil”.

Como para tantos isleños, el empleo es una inquietud para los musulmanes del sur de Tenerife, incluso hay quien ve pasar la crisis a la vez como empleado y empresario. Moussa El Bouaazzati trabaja al cuidado de una piscina en un hotel de Playa de las Américas. Aquí lleva doce años, ganándolo tan bien que ha podido abrir una carnicería halal en Ruzafa (Valencia). “Se vive bien aquí, estamos integrados y es difícil ver un problema”. También lo ve así el saharaui Moussa El Mojhdi, 32 años, casi un recién llegado a Adeje tras una década en Lanzarote. “La convivencia es buena”, afirma este saharaui de Tan Tan, ahora ayudante de cocina en un restaurante de Los Cristianos. Más experiencia tiene Ali Abouhammadi, de 46 años. Trabajador en un bazar de Puerto de Santiago, este marroquí de Nador llegó a la isla el último año del siglo pasado, “según vuestro calendario”, y sonríe. Está casado y tiene tres hijos. En Marruecos estudió Derecho y Políticas, allí buscó sin éxito trabajo seis años y apostó por venir a Tenerife con un visado de turista. “No hay quejas, de verdad, ninguna”.

La visita del alcalde de Adeje impone ahora cierta cortesía. Viene a felicitar el Año Nuevo Islámico y departe con interés con sus vecinos musulmanes. Kefah Jibil agradece el gesto de José Miguel Rodríguez Fraga. Ella sabe bien lo que es no tener un lugar en el mundo. Nació hace 35 años en una familia palestina emigrada a Jordania, y en Tenerife lleva desde 2005. Primero vino su marido, a esta hora trabajando como repartidor de muebles, y luego ella y sus tres hijos solicitaron la reagrupación familiar. “Todo fue fácil, pero al principio es verdad que me preguntaba cómo me iban a ver aquí con el pañuelo”, admite Kefah, que trabajó como vendedora ambulante en Alcalá y Los Cristianos, aprendió a hablar español y ahora da clase de árabe a los niños musulmanes de Adeje.

Como madre de tres niños, otra preocupación de Kefah Jibil fue la comida de cada día. Es decir, si en Tenerife habría posibilidad de comprar alimentos halal elaborados bajo rigurosos preceptos musulmanes que prohíben comer carne de cerdo y cualquiera de sus derivados ya sea en embutidos o en repostería. “Cuando llegué era más complicado encontrar algunos productos, pero ahora ya tenemos hasta seis carniceros en el sur de Tenerife”, dice Kefah. Y cuando se le hace ver la paradoja de no comer cerdo en la isla de los guachinches y la carne-fiesta, ella se encoge de hombros y sonríe. Como dejando pasar la vez.

Tijani El Bouji puede estar tranquilo. Este joven marroquí ejerce desde 2011 como imán de la mezquita de Adeje, uno de los doce centros musulmanes que existen en Tenerife. Formado en la Universidad de Qarawiyyin de la ciudad de Fez, uno de los centros islámicos más antiguos y prestigiosos del mundo, El Bouji preside la Federación Islámica de Canarias. Su móvil no para de sonar, pero atiende con gusto al visitante. “El perfil más habitual es un ciudadano de origen marroquí, con familia y con un arraigo consolidado en Tenerife”, indica el religioso, que atiende cinco veces al día, seis días a la semana, el rezo en la mezquita, no solo templo religioso sino también lugar para el encuentro social y que dos días después albergará una jornada altruista de donación de sangre.

Cae el primer sol de 1437 y la fiesta casi termina en la mezquita de Adeje. En una esquina, siempre discreto, el veterano de la comunidad musulmana pasa casi de puntillas. Más por timidez que por otra cosa. Pero, otra vez, la suya es una historia que merece la pena escuchar. Abdillah Lakdar tiene 63 años y lleva veintitrés viviendo en Canarias, primero en Gran Canaria y desde 1998 en Tenerife. Se acaba de jubilar de trabajos en el mar y el campo. Fue pescador en aguas del Sáhara Occidental y terminó como peón agrícola en el norte de la isla. Abuelo de dos nietos y padre de seis hijos, Abdillah retrata la mejor cara de los residentes marroquíes en las islas. “Todo ha ido demasiado bien”, indica con discreción porque sabe que otros compatriotas no tuvieron tanta suerte. “Aquí encontramos todo lo que necesitábamos, trabajo, escuela para los chicos y un buen servicio de sanidad”, explica Lakdar. Ahora, ventajas de la jubilación, el abuelo pasa dos o tres meses al año con sus nietos en Agadir, su ciudad natal. Pero siempre vuelve a la isla. Quizá ya más canario que marroquí. “No hay por qué elegir”, responde con educación, “nadie sabe dónde va a morir”.

“Somos gente de paz con  ganas de mejorar la sociedad” 

Desde Los Cristianos, la Federación Islámica de Canarias agrupa a la mayoría de asociaciones de musulmanes que residen en las islas. En Tenerife, donde gestiona la actividad social y religiosa de doce mezquitas, promueve algunos objetivos básicos: buscar la prosperidad de los musulmanes, mejorar la imagen de la comunidad, aumentar el aprecio social por el colectivo, así como fomentar la colaboración entre las comunidades de musulmanes. “Nos gusta vivir en este lugar, es tranquilo y se nos aprecia”, explica Esam Masad, natural de Jordania y residente en Tenerife desde hace once años. “Nunca tuve ningún problema”.

Escrita en la mezquita de Adeje, una azora del Corán recuerda el compromiso de los fieles musulmanes con la solidaridad entre los pueblos: “Tu señor, si hubiera querido, habría hecho de los hombres una sola comunidad”. Tijani El Bouji, imán del modesto templo islámico que ocupa un antiguo local comercial, avala la idea. “Somos gente de paz, trabajamos como todos nuestros vecinos y tenemos ganas de ayudar a mejorar la sociedad en la que vivimos cada día”, explica el joven religioso de origen marroquí. “Porque el verdadero islam es una religión de paz y convivencia, hermandad, colaboración, armonía, y desde aquí trabajamos cada día para lograrlo”.

Publicado en la revista C Magazine en noviembre de 2015

Pedro Juan Gutiérrez: “Mi vida ha sido tan intensa que vale por tres o cuatro vidas normales”

16 Nov

Pedro Juan Gutiérrez

por Carlos Fuentes

Vuelve el animal tropical. El escritor y poeta cubano Pedro Juan Gutiérrez reveló las caras ocultas de La Habana cotidiana en cinco novelas incendiarias sobre el barrio de Centro Habana. Ahora el autor matancero publica Fabián y el caos (Anagrama), la historia real de una amistad entre dos jóvenes durante los días (y las noches) de revolución, frustración y represión en la primera Cuba comunista de los años 60.

A Pedro Juan Gutiérrez (Matanzas, 1950) le fueron a joder la vida cuando lo botaron de Bohemia. En la revista cubana vivió 26 años haciendo periodismo. Fue despedido, sin explicaciones, en enero de 1999. Tres meses antes había publicado Trilogía sucia de La Habana, libro guía de su nueva vida como escritor, y aquello fue un no parar. En cinco años encadenó otras cuatro novelas sobre su barrio de Centro Habana. En el año 2000 Animal tropical obtuvo un premio en Tenerife, la isla de su abuelo, emigrante de Santa Úrsula, y logró luego el italiano Sud del Mondo por Carne de perro. Ahora presenta Fabián y el caos, una historia armada con hechos reales sobre una amistad juvenil en la revolución y la represión en la Cuba comunista de los años 60.

Esta novela casi autobiográfica le costó remover heridas antiguas al escritor matancero. “Es biográfica hasta donde puede ser una novela en aquellos años vertiginosos, caóticos en lo político y en lo social. Años crueles marcados por la testosterona que jodieron la vida a mucha gente mientras otros se lo pasaban bien”, recuerda. “Los escritores cubanos tenemos que escribir sobre esa época para dejar por escrito cómo se vivió, no tanto desde la política sino desde la vida misma”, explica Pedro Juan Gutiérrez sobre una etapa oscura que vio nacer campos de trabajo forzado en el interior de Cuba, la infame UMAP (Unidad Militar de Ayuda a la Producción), para confinar a personas homosexuales, vagos y religiosos. “Durante veinte años pensé si debía escribirla o no por razones de ética”, reflexiona, “hasta que comprendí que era necesario remover el pasado; de hecho, ese es el trabajo del escritor”.

Pedro Juan Gutiérrez en Centro Habana

De aquella amistad en tiempos de cólera entre Pedro Juan y el joven Fabián por las calles efervescentes de la primera Cuba comunista surge un relato intenso, a ratos volcánico y descorazonado “porque habla de todo lo que queremos porque no lo tenemos”. “Detesto hablar de héroes, estoy de héroes hasta la punta de la coronilla, porque el ser humano es un animal con luces y sombras. Nunca se me ocurren personajes luminosos”. ¿Señal de que el animal de Centro Habana aún muerde? “El diablo se tranquiliza de noche para dormir, con los años se ha tranquilizado un poco, aunque la intensidad de vivir es un gran bagaje para escribir. Mi vida ha sido tan intensa que vale por tres o cuatro vidas normales, y mi barrio está igual y así seguirá muchos años”. Continúa Cuba en periodo especial, ¿cambiará la nueva relación con Obama? “El proceso actual no tiene nada que ver con los años 60, de hecho este es un proceso antiheróico en el que la gente está tratando de incorporarse al mundo moderno, al mercantilismo. Vendrán cambios, seguro, pero al ritmo cubano”.

La historia (triste) de un amigo en Cuba

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Despuntan los años 60 en Cuba y dos chicos, el inefable Pedro Juan, fuerte, seductor, y Fabián, flaco e inseguro, miope y homosexual, a priori sin nada en común, se hacen amigos genuinos en los agitados primeros instantes de la Revolución. Viviendo deprisa de espaldas al discurso oficial, buscando siempre esquinas de libertad. Son los mimbres de Fabián y el caos pergeñados por el escritor al que una vez llamaron “el Bukowski habanero” (y no le hace ninguna gracia) por su obra directa, atlética, sórdida e inflamable.

Publicado en la revista C Magazine en octubre de 2015

Chris Dercon: “El gran reto de un destino turístico es buscar una forma positiva de integrar a residentes y visitantes”

16 Oct

 

Chris Dercon 1

por Carlos Fuentes

Chris Dercon entra, despacio, en el centro cultural El Tanque. Con la curiosidad de un navegante, el director de la Tate Modern observa a ciegas este océano metálico de oscuridad. En un círculo de paredes negras, bajo una telaraña de acero. Dercon anotará luego que el ojo humano “necesita 900 segundos” para acostumbrarse a la ausencia de luz. Y dirá que esta singularidad predispone a la visita del viejo depósito de petróleo reconvertido en espacio cultural en 1997.

El belga Chris Dercon (Lier, 1958) está en Tenerife para defender una alianza entre arte y turismo con la puesta en valor de recursos naturales y tecnologías. Aprender del medio, pero también tener la valentía para abrir el escenario al mundo. Un buen símbolo es la Tate Modern, abierta el año 2000 en una vieja central eléctrica al sur de Londres. Desde entonces es uno de los museos más visitados del planeta: siete millones de visitantes al año. Toda una resurrección. Chris Dercon participa en los Encuentros Denkbilder sobre el papel de los museos y las salas de arte en el mundo contemporáneo.

El jefe de la Tate Modern defiende una mayor integración en el tejido social de las ciudades, visitantes incluidos. ¿En plena era smartphone? “Claro, los museos son lugares para descubrir o redescubrir una velocidad más razonable. Son sitios clave de presente y futuro porque aportarán experiencias al margen del ritmo de vida. Y ganarán espacio propio como ya hicieron el cine, la ópera e incluso la televisión. Cuando nos sentamos a ver una buena serie ya no hacemos tanto caso al móvil. De hecho, creo que series como The Wire o Breaking Bad demuestran su éxito al ser capaces de sentarte una hora ante la televisión. El museo será un lugar de sosiego y también un lugar de encuentro, grandes espacios de intercambios alrededor de la cultura”. Entonces, de prohibir móviles y tabletas ni hablar. “No, no. El museo ofrecerá una experiencia física en torno al arte, pero también una experiencia digital. Sería ridículo que una sala excluyera móviles y aplicaciones cuando con ellos yo puedo mejorar mi experiencia en la visita. Aunque se necesitará un equilibrio entre lo digital y la confrontación directa con las obras”.

Chris Dercon 3

¿Coexisten arte y turismo en tiempos de crisis? “El gran reto de destinos como Tenerife, y por extensión todas las islas de Canarias, es buscar una manera positiva de integrar a residentes y turistas. No solo en Canarias, también en Barcelona, Londres o Berlín. El gran reto es cómo gestionar la integración del turismo que llega. Actualmente Tenerife acoge muchos turistas por su patrimonio natural, que es increíble, pero la isla también puede desarrollar un turismo de cultura. El turismo en sí mismo no es malo ni bueno, depende de las formas. Por eso es tan importante lograr un buen vínculo entre visitante y entorno social. Con el tiempo, el turista será más curioso y va a pedir nuevos espacios, nuevas experiencias. Y la cultura puede mejorar mucho la calidad turística del destino, respetando siempre el territorio y sus tradiciones”.

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No ha sonado un móvil, pero el tiempo apremia. Aunque Chris Dercon prefiere seguir hablando de arte y naturaleza. ¿Qué parece el Teide? André Breton salió fascinado de aquí hace 80 años, puro surrealismo. “Y también el gran explorador alemán Humboldt”, recuerda el director de la Tate Modern. “Ahora entiendo por qué esta montaña es patrimonio de la humanidad. La visita es una experiencia que debes vivir por ti mismo. Pasear entre esos ríos de lava donde solo pocos microorganismos logran sobrevivir, ese suelo es fascinante”.

Publicado en la revista C Magazine en septiembre de 2015

Tinariwen: “El pueblo tuareg no renunciará a su identidad”

16 Ene

Otoño Cultural - Tinariwen. Espacio Cultural de Cajacanaias © Aarón S. Ramos

por Carlos Fuentes

Su música narra la vida nómada al norte del mayor desierto del planeta, una tradición con más de diez siglos de historia. Tinariwen, grupo de Malí ganador de un Grammy al mejor disco de músicas étnicas, reivindica la forma de vida del pueblo tuareg, sus ansias de desarrollo pacífico en el corazón de África y el deseo de autogobierno en la región de Azawad.

Eyadou Ag Leche frisa dos metros de altura. Impresiona este músico tuareg de edad mediana (“en el desierto no celebramos cumpleaños, allí cada día es un regalo”) que timonea el rumbo de Tinariwen, grupo de Malí que ha sorprendido al mundo con una música intensa, espesa y tremendamente emotiva. Sonidos con olor a blues macerados en el norte del desierto del Sáhara que lograron un Grammy en 2012 y, quizás más importante, el respeto de artistas de alcurnia como Keith Richards o Tom Yorke. De vuelta a estas islas para actuar en la Fundación CajaCanarias, el bajista y director musical de Tinariwen aborda la situación de su país, sacudido por cíclicas revueltas en el norte, la amenaza del fundamentalismo y la necesidad social de un mayor desarrollo económico que frene la sangría de la emigración clandestina de africanos hacia Europa.

Otoño Cultural - Tinariwen. Espacio Cultural de Cajacanaias © Aarón S. Ramos

“En Malí la vida es problemática porque hay muchos refugiados que salieron al exilio por culpa de los combates. Pero mi pueblo está feliz porque ve cerca el momento de la liberación de Azawad y está luchando por defender su vida como tuaregs. Se está negociando una solución, aún no hay resultados, pero los tuaregs esperamos novedades”, explica el músico. Eyadou Ag Leche habla sereno, quizá con la tranquilidad que da la distancia. “Emmaar”, sexto disco de Tinariwen, se grabó en el desierto de California para esquivar el conflicto armado en Malí. “El desierto en América es como Azawad, está en un país rico pero es igual de desierto”, indica el bajista para conectar con el deseo de autogobierno tuareg. “Defendemos nuestros ideales de vida, la vida nómada en un sitio tan duro como el desierto. Europa es responsable de mucho de lo que está pasando en África. La colonización se hizo sin respetar a sus pueblos. Se repartieron nuestro continente como si fuera un campo de fútbol, como si allí no viviera gente. Trazaron fronteras que antes no existían en el mapa de África”.

Política aparte, Eyadou Ag Leche asume que un reto por resolver es la sangría de la emigración clandestina. Un freno al desarrollo de África. “Mucha gente no tiene la más mínima oportunidad de vivir una vida digna. Es un gran problema que África arrastra hace mucho, demasiado tiempo, y ahora sus jóvenes se han cansado de esperar una oportunidad y piden resultados a sus gobernantes”, subraya el bajista, para quien la música juega un papel esencial en África. “Es una fuente de energía tremenda para el pueblo tuareg”, asegura, “nuestras tradiciones musicales tienen muchos siglos y la gente está orgullosa de ellas: representan nuestras costumbres y nos han dado esta identidad como pueblo”.

Publicado en la revista NT en enero de 2015

 

Maud Westerdahl, eslabón del surrealismo en Canarias

7 Ene

Maud

por Carlos Fuentes

Es un tópico, y quizá no del todo ecuánime, pero que ha hecho fortuna: junto a un gran hombre suele encontrarse una gran mujer. Y con la artista de origen francés Maud Westerdahl esa idea común de nuestra sociedad tuvo un ejemplo a seguir. Nacida como Madeleine Bonneaud en la ciudad de Limoges en 1921, su trayectoria artística y vital representó como pocas la versión femenina del importante movimiento surrealista que anidó en Canarias en el primer cuarto del siglo pasado con Gaceta de Arte. Suya es la visión de mujer de la corriente artística que intentó cambiar el rumbo del arte contemporáneo hace ya un siglo.

De profesión esmaltadora y licenciada en Letras por la Universidad de Poitiers, Maud Bonneaud encontró un camino propio en el mundo del arte después de conocer al gran teórico del surrealismo, su compatriota André Breton, cuando era colaboradora de revistas de arte francesas como Cahiers du Sud y Profil Littéraire de la France. Ya en 1943 se trasladó a París para ampliar contacto con los miembros del grupo surrealista de la capital francesa. Por esa época también conoce al colectivo de artistas españoles en el exilio, grupo en el que Pablo Picasso era una referencia imprescindible. En Alemania, con Jean-Paul Sartre, se encarga de la decoración para el montaje teatral de Las moscas.

Con otro pintor, el titán del surrealismo tinerfeño Óscar Domínguez, comparte aventuras en París, donde termina por contraer matrimonio con el apóstol de las decalcomanías. La pareja duraría hasta el invierno de 1954, momento en el que Maud viaja a Tenerife y Gran Canaria tras aceptar una invitación del crítico de arte isleño Eduardo Westerdahl. Con él contrae segundas nupcias y tiene en 1957 a su único hijo, Hugo, ahora convertido en músico de referencia para las nuevas corrientes sonoras en la escena española. En Madrid, Maud, ya Maud Westerdahl, expone junto a César Manrique y, de vuelta a su domicilio en la avenida Reyes Católicos de Santa Cruz, potencia su labor literaria y artística.

Suyos son una serie de trabajos en esmalte de calidad puntera incluso a nivel internacional, su biblioteca de arte, su colección de arte africano y asiático, así como obras representativas de los pintores y escultores con los que trabajó o trabó sincera amistad. De Picasso a Man Ray, de Baumeister a Tàpies y Dora Maar o Kandinsky; por supuesto, con presencia de primeros espadas en el arte isleño como César Manrique, Manolo Millares, Martín Chirino o Lola Massieu. Su última exposición, Fabulario, se desarrolló en 1980 en la galería Rodin de Santa Cruz, ciudad en la que veinte años antes había promovido la feria de arte por Navidad en el Círculo de Bellas Artes. Falleció Maud en el invierno de 1991 dejando atrás su vida vivida con plenitud y valentía. Un ejemplo que no muere.

Publicado en la revista Canarias Gráfica en junio de 2014

 

 

María Mérida, voz popular de Canarias que se hizo universal

17 Dic

María Mérida

por Carlos Fuentes

Encarnó como nadie el folklore de las islas Canarias con una rotunda voz de mujer. De la pequeña isla de El Hierro al mundo, la historia vital de María Mérida viene a retratar lo local con una proyección global. Niña de la isla cuando la isla estaba en guerra, nacida en el pueblo de Valverde el 5 de junio de 1925, María Mérida Pérez destacó pronto como el talento precoz de una generación que vería fulgir las diferentes formas del folklore canario a nivel mundial. Inició una carrera de largo recorrido cuando apenas era una adolescente: en 1937 ganó cantando unas folías un concurso de canción popular celebrado en el Parque Recreativo de Tenerife. Tenía doce años y por aquel primer triunfo le pagaron cinco duros. La hija de Ricardo y Adolfa repitió éxito pronto en otro concurso musical organizado por Radio Club. Allí el premio fue un reloj pero ella, ay, lo olvidó en el baño. Tiempos de Navidad y Masa Coral.

Primer viaje a Madrid. En 1942 canta en El Escorial en una muestra de Coros y Danzas. Repitió aventura, al año siguiente, en el teatro María Guerrero. Siempre con éxito, incluso en la vida íntima. Hubo boda en la iglesia de la Concepción el 3 de agosto de 1944. La fiesta fue en la Masa Coral, quizá su primer y más querido hogar artístico. En Santa Cruz de Tenerife, en la plaza de toros, cantó embarazada y allí mismo conoció a una parte importante del folklore canario que vino, también, de la isla de El Hierro: Valentina la de Sabinosa.

Su segundo hijo en Madrid, en la muy castiza calle de Goya. Nacía entonces el Hogar Canario y allí uno de los grupos que escribieron su primera banda sonora: Los Guanches. Llegaba la televisión, pero primero fue la radio. Su segunda casa artística. En RNE en Madrid aprendió casi todos los trucos del oficio de ganarse la vida con la voz. Y la voz de Canarias pronto comenzó a aprender con Lola Flores, Pepe Blanco, Carmen Morel, Nati Mistral, Tony Leblanc… mientras las folías, las malagueñas y las isas comenzaban a ganar adeptos en las ondas. En toda la Península, y en buena parte de América Latina, se escuchó por vez primera el arrorró que le cantaban a los niños campesinos en Canarias.

En 1947 cantó a Néstor Álamo en el disco que marcó un hito en la difusión de las formas del folklore isleño. Un diez pulgadas del sello Columbia (para posteriores discos propios fue retratada por el fotógrafo húngaro Gyenes), le pagaron 1.800 pesetas y lo celebró en casa con algunos amigos futbolistas. Eran los años del Madrid de los canarios: Molowny, Silva, Rosendo Hernández… con 25 años llegó el salto a Europa, también a América. En París se habló de “la Edith Piaf de Canarias”. 1950 fue año italiano: éxitos en Florencia, Pisa y Milán, también en Roma con recepción de Pío XII. Canadá y San Antonio de Texas, arropada por la diáspora canaria. A Nueva York llegó en barco, cantándole a Cantinflas en un camarote de primera. Triunfo en el Carnegie Hall, elogios del New York Times.   

En Madrid María Dolores Pradera habló de María Mérida como la gran cantante de lo popular. Estampa canaria para el ballet de El Greco, otra vez América. Hollywood. Cenas con Bing Crosby y Burt Lancaster, actuaciones en la ONU con Maurice Chevalier y Sofía Loren. Los periódicos hablan de la cuarta voz del mundo”. A ella le gusta más “la dama de la canción canaria”, como decían en el Portugal de su amiga Amália Rodrigues. Frío en Alemania, y tristeza de madre. Regreso a El Hierro, primera Bajada de la Virgen. Otra vez Madrid y Venezuela. Viudedad. Gran Canaria y Mary Sánchez, otra gloria de la canción de estas islas. Palabra de amiga: “Su voz es espléndida y su temperamento es inigualable”. Carnavales y homenajes. Violeta del Teide. Una trayectoria que no acaba. Una modesta calle a su nombre en El Toscal, su barrio pobre, donde estaba la casa de El Charquete. Y un libro para que la historia de canción grande de María Mérida nunca se olvide: “Cuando me quede dormida y mi voz se haya apagado, no crean que ya está muerta, que ella seguirá cantando. Y al llegar al cielo, junto a mis canarios, isas y folías seguirán sonando”.

Publicado en la revista Canarias Gráfica en septiembre de 2014