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Buena Vista Social Club: memoria cubana del son

4 May

Buena Vista Social Club

por Carlos Fuentes

Fue el último bolero del siglo XX. Hace casi veinte años, una casualidad logró reunir en La Habana a los supervivientes de la época dorada de las músicas cubanas. Ahora el disco Lost and Found rescata piezas inéditas de aquellas sesiones antológicas. Omara Portuondo, Eliades Ochoa y el productor Nick Gold glosan a Compay Segundo, Ibrahim Ferrer, Cachaíto y Rubén González en memoria del montuno, el cha cha chá, la guajira y el danzón.

Todo surgió de repente en La Habana. Nick Gold y Juan de Marcos González tenían estudio, pero no muchos músicos. Sí estaban Eliades Ochoa y Cachaíto López. Luego se sumaron Ibrahim Ferrer, Compay Segundo, Rubén González y Omara Portuondo. También Guajiro Mirabal, Puntillita y Pío Leyva. Seis días de marzo de 1996 para grabar lo que sería el álbum de resurrección de una de las músicas más poderosas del planeta, con el aliento de Ry Cooder siempre detrás. Con ocho millones de copias vendidas desde su publicación a final del año siguiente, Buena Vista Social Club fue luego película de Wim Wenders, colección de discos individuales (hasta una docena además del álbum titular), premio Grammy, gira mundial aún en marcha y, en fin, todo un acto de justicia histórica con los escasos supervivientes de la época dorada de la música en Cuba. “Sentía que me había estado preparando toda la vida para esto”, dijo Ry Cooder, que viajó a Cuba vía México para burlar el bloqueo norteamericano a la isla de los barbudos. Otros tiempos, casi ayer. Así renació el son montuno.

Buena Vista Social Club (1999)

OMARA PORTUONDO: LA REINA DEL BOLERO

Antes fue la novia del filin, aquel bolero preñado de jazz que hizo fortuna en los años 50, pero Omara Portuondo (La Habana, 1930) es mucho más que una voz cualquiera de mujer. En 1996, en una carrera con altibajos (cantó con Nat “King” Cole en Tropicana, luego su eco se opacó), anuló una gira por Vietnam para quedarse en La Habana. “La culpa de todo fue del inglés. Quería grabar con unos africanos y con Celina González, pero aquellos músicos africanos no llegaron y, como no tenían dama, me llamaron a mí”, explica divertida. Era un ajuste de cuentas con la historia. “Así es la vida. La música cubana se había olvidado, como ocurre en la vida con otras muchas cosas. Mira el rock, aún se hace en todas partes y los jóvenes no saben que por mucho tiempo la música cubana fue así. En todos lados se cantaba bolero, mambo y son campesino. La música tradicional es tan de Cuba como el guajiro o la bandera, y no exagero”.

Ya no están Compay Segundo (1907-2003), Rubén González (1919-2003) ni Ibrahim Ferrer (1927-2005). ¿Cómo era trabajar con ellos? “Muy fácil, todos eran magníficas personas. Eran tres maravillas de hombres”. Desde París, poco antes de volar para cantar en Australia, la voz de Silencio evoca también el tesoro humano del club de la Buena Vista. “Aquel éxito descubrió al mundo a esos grandes artistas, también sus historias humanas, que a veces no fueron tan alegres como parece”. Omara sabe de lo que habla: de reinar en la noche habanera a casi eclipsarse en discos de pobre repercusión en los duros años ochenta. Y ha hecho casi de todo. “He sido bailarina de rumba, mambo y cha cha chá”, dice. “Canté bolero, que nació para enamorar a las muchachas, y esa ha sido mi suerte, he podido hacer de casi todo. Y seguiré cantando hasta que me llegue el momento. La canción es parte de mi vida; sin ella me siento mal”.

En Lost and Found (World Circuit-Music As Usual, 2015), Omara interpreta dos piezas nutritivas: el seminal bolero-son de Matamoros Lágrimas Negras, grabado a última hora en las sesiones de 1996; y un guiño histórico registrado ocho años después: una versión de Tiene Sabor con el etéreo aire vocal que el cuarteto Las D’Aida interpretaba con Nat “King” Cole en las noches únicas del mítico salón de Marianao. “Era un tipo muy inteligente y como persona, muy decente. Cantaba muy bien, tenía un conocimiento musical extraordinario. En Cuba entonces había mucha afinidad con los músicos norteamericanos, venían a La Habana para gozar e intentar coger influencias de nuestro ambiente”.

Eliades Ochoa

ELIADES OCHOA: EL GUAJIRO DEL SON

Secundó en su grabación postrera al legendario Ñico Saquito, rescató al añejo Cuarteto Patria y mantuvo viva la llama del son cubano frente al olvido hasta la aparición de Compay Segundo con la antología Semilla del Son de Santiago Auserón. Guajiro de monte adentro, Eliades Ochoa (Santiago de Cuba, 1946) domina como pocos en Cuba la guajira campesina que hizo grande Portabales. Él ya estaba en el estudio EGREM cuando prendió la chispa de Buena Vista. “Me dijeron de grabar con africanos, pero esa gente nunca llegó. Y el productor decidió hacer un disco con los cubanos. A mí no me fueron a buscar, ya estaba sentado esperando para grabar”, recuerda el músico de Oriente, cuna del son. “Y me alegro de haber estado. Este disco abrió las puertas del mundo a las músicas cubanas. Los sonidos tradicionales estaban algo abandonados y llegó una ráfaga fuerte. Con Buena Vista todo lo que tenía olor a son cubano salía para el extranjero. Fue tremendo: llamaban desde cualquier rincón del mundo”.

Eliades Ochoa asume la herencia que recibió de los veteranos desaparecidos. “Eran los verdaderos maestros de nuestras músicas. Ahora tratamos de seguir su ejemplo para conservar la riqueza de su obra, su seriedad en el trabajo y la manera de proyectarse sobre el escenario. Marcaron el camino para llegar, nos señalaron una autopista para la música cubana”, indica el cantante, que ahora rescata Macusa a dos voces con Compay Segundo, similar combinación que bordó el emblemático Chan Chan que abre el disco original. “¿Qué me queda por hacer? Todavía mucho. Estoy empeñado en llevar estas músicas que tanto bien hacen por el ánimo de la gente a todos los rincones del mundo. Allá donde voy me reciben con cariño, con amor, y eso me da las fuerzas necesarias para continuar mi trabajo. Amor con amor se paga, y mientras respire y pueda mover mis manos, allí estaré enseñando al mundo qué es la música cubana”, añade Ochoa, a quien le gustaría ser recordado “como lo que soy, el Eliades que soy, un tipo de pueblo que camina por las mismas calles que camina el pueblo”.

Rubén González & Nick Gold NICK GOLD: NUESTRO HOMBRE EN LA HABANA

El productor Nick Gold (Londres, 1961) todavía se emociona cuando habla de aquellos días en La Habana. “Hace poco volví a escuchar las cintas originales y fue muy extraño: la música, como se grabó, me transportó de nuevo al estudio. Nunca creímos que fuera a pasar lo que pasó, ni tampoco nos dimos cuenta de lo que estábamos haciendo. Siempre había un ambiente increíble, la confianza de los músicos era absoluta, todos tocando para todos con mucho entusiasmo. La atmósfera era extraordinaria, muy orgánica, energética”, explica el director de World Circuit, disquera para la que nada fue igual tras editar Buena Vista. “Lo que vino después nos sorprendió a todos. El fenómeno fue creciendo poco a poco, empezó con el primer disco y fue cogiendo camino cuando se editaron los discos de cada músico. Ayudó mucho actuar en Amsterdam y Nueva York, también la película, por supuesto. A los tres años aquello ya era imparable”.

Para Gold, que antes había grabado al bluesman malí Ali Farka Touré y luego rescató a la senegalesa Orchestra Baobab, el éxito fue cuestión de apostar por la calidad dormida de los últimos de Cuba. “Nunca había escuchado una voz como la de Ibrahim. Era un maestro en las piezas lentas y también muy bueno con las bailables. Como persona era un tesoro, siempre amable y disciplinado. Nunca se creyó que era una estrella”. También añora los ratos compartidos con Rubén González. “Era un tío increíble. Tuve una suerte extraordinaria al poder sumarlo al proyecto. No podía parar de tocar, en 1996 ya llevaba mucho tiempo sin piano en casa. Y en el estudio estaba realmente on fire. Era muy inventivo, con un talento enorme y un gran sentido del humor. Cuando no tocaba, y eso ya era raro, siempre estaba con bromas”, explica el productor, quien apunta el primer disco en solitario del pianista como su capítulo preferido de la aventura cubana. “Aún recuerdo su grabación, a dos días de dejar el estudio. Él llegaba siempre muy temprano, siempre era el primer músico en llegar, y ya tenía en la cabeza todo lo que quería tocar. En ese disco yo sólo tuve que pulsar el botón de grabación, de algún lado de su memoria emergía una música poderosa”.

Catorce años después de Buena Vista Social Club, Nick Gold rescató aquella idea original de grabar con músicos africanos y cubanos. En Madrid logró reunir a Eliades Ochoa, Toumani Diabaté y Bassekou Kouyate para registrar el disco Afrocubism (2010). Son y guajira con kora y ngoni, pero ese ya es otro cantar.

Carnegie Hall

Aquel sonido ardiente y pegajoso

El mundo siguió girando tras Buena Vista Social Club y, en Londres, World Circuit continuó publicando buenas músicas cubanas y africanas, aquí bajo distribución primero de Nuevos Medios y ahora de Music As Usual. El disco más reciente, además, ajusta otra cuenta histórica. Abelardo Barroso fue una voz suprema de la música bailable del ecuador del siglo XX en Cuba. Lideró la Orquesta Sensación y, sorpresa, su fama engordó en África, donde su voz de exboxeador se equipara en popularidad con las de Benny Moré o la primera Celia Cruz. “Es otro cantante que realmente adoro. Escuché por primera vez su voz en algún lugar de África, Malí o Senegal, porque en toda África occidental sus canciones son tremendamente populares”, explica Nick Gold, satisfecho de poder invertir los réditos cubanos en redescubrimientos de la época dorada.

En la isla de Cuba, no obstante, tardó en calar el sonido añejo del rescate histórico del son y el bolero, músicas con las que se reconcilió buena parte de la población más joven que no conoce otra Cuba que la revolucionaria. El productor habanero René Espí dirigía Los Grandes Todos en Radio Ciudad de La Habana, una de las escasas ventanas a las gloriosas músicas de ayer en Cuba, e incide ahora en que “lo más positivo” del fenómeno Buena Vista Social Club “fue, sin duda, las oportunidades que dio a algunos músicos muy veteranos para reaparecer tras demasiados años de silencio y ostracismo”. “Compay Segundo, Ibrahim Ferrer y Rubén González tuvieron la segunda oportunidad de sus vidas”, explica el autor de la antología La Habana era una fiesta. “Por aquellos días en La Habana, el público más avezado, el más veterano, echaba en falta el empaste, la calidez y el timbre sólido que tenían los conjuntos cubanos en la época dorada”. En el disco, el ingeniero Jerry Boys apostó por un sonido más reposado que atlético. “Quizás fuera intencionado, quizás Ry Cooder tuviera en su cabeza el sonido de una casete reproducida hasta el desgaste absoluto”.

Publicado en la revista Rockdelux en abril de 2015

 

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Les Ambassadeurs de Bamako: aquí (en África) empezó todo

10 Abr

Les Ambassadeurs du Motel de Bamako

por Carlos Fuentes
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Pocas veces un regreso ha estado a la altura de la leyenda. En los años 70 reinaron en los guateques de África con un sonido ardiente pespuntado de soul, rock y jazz, también de valse musette, tango y aromas latinos. Se extinguieron en 1985 entre el éxodo europeo y la desidia africana. Salif Keita, Amadou Bagayoko y Cheick Tidiane Seck traen de vuelta a Les Ambassadeurs du Motel de Bamako.

La línea ferroviaria que comunica Bamako (Malí) y la capital de Senegal, Dakar, se estira 1.287 kilómetros sobre la tierra dura del Sahel. La cicatriz que separa el gran Sahara de la enorme sabana africana. Creado a finales del siglo XIX por las autoridades coloniales francesas para llevar cosechas y minerales, el tren se convirtió pronto en vehículo de cohesión para malíes y senegaleses. Y las estaciones finales, puntos de encuentro con las culturas de ambos países. En este escenario febril surgieron en 1970 dos conjuntos musicales dedicados a amenizar las horas de espera en la estación ferroviaria y el hotel de Bamako, y que iban a sentar las bases de las músicas nutritivas del oeste africano: la Rail Band y Les Ambassadeurs. Proyectos comunicantes (pero distintos: la Rail Band más clásica, Les Ambassadeurs más cosmopolita y chic), con músicos que cambiaban a veces de bando, estos grupos integran una seminal lista de artistas africanos de ámbito supranacional junto a la guineana Bembeya Jazz, la congoleña OK Jazz de Franco o la Orchestra Poly-Rythmo de Cotonou.

En tres lustros de vida, en plena efervescencia por la independencia nacional lograda en 1960, Les Ambassadeurs encarnó los anhelos de panafricanismo, negritud y socialismo. Y pergeñó la banda sonora para toda una generación de africanos que, por vez primera en siglos, se sentía libre del cepo colonial. Eran años de música social, con debido respeto a la tradición ancestral de los griots, en los que una orquesta solo era orquesta si combinaba con descaro ritmos y bailes: soul, rock y jazz, pero también vals, mambo, tango y pachanga. Porque cada noche, el salón del motel de Bamako fulgía como el crisol que África quiso ser. Ahora, casi tres décadas después de su desaparición, Les Ambassadeurs vuelve a los escenarios con su trilogía de comandantes al frente: la voz líquida del albino Salif Keita, la guitarra sinuosa de Amadou Bagayoko y el teclista y arreglista Cheick Tidiane Seck. El 25 de julio abre gira mundial en La Mar de Músicas (Cartagena). Con una música que, según Toumani Diabaté, el imperial griot malí de la kora, “es nuestro algodón, nuestro oro, nuestros diamantes”.

Salif Keita Les Ambassadeurs

¿Por qué regresa Les Ambassadeurs y por qué ahora? (Salif Keita): “Por nostalgia, sin duda. Estoy en un punto de inflexión en mi carrera y quiero revivir esos grandes momentos”. (Amadou Bagayoko): “Teníamos ganas de revivir ese pasado, redescubrir la música que hicimos juntos”. (Cheick Tidiane Seck): “Estábamos unidos por fuertes vínculos, éramos una familia musical y social. Y ahora queremos sentir otra vez la unión sagrada que nos convirtió en orquesta legendaria. Hoy el mundo necesita aún más alegría y un mensaje de paz”.

¿Y qué puede ofrecer un grupo como Les Ambassadeurs después de 30 años? ¿Cómo será uno de sus conciertos? (Seck): “Revisitaremos nuestro añejo repertorio. El instinto de juventud nos obliga y, lo dijo Amadou Hampâté, “el viejo es el que posee el conocimiento”. Preferimos ser jóvenes de sesenta porque, digamos, somos viejos de diecisiete que dominan su trabajo”. (Keita): “Queremos sumergirnos en la nostalgia de aquellos momentos mágicos que vivimos en el motel de Bamako, aunque allí no hacíamos conciertos sino unas sesiones de baile nocturno. Guardo muy buenos recuerdos de aquellos viejos tiempos”. (Bagayoko): “Nuestros nuevos conciertos se van a parecer a los que dábamos en aquella época, porque la gente quiere volver a escuchar esas canciones”. (Seck): “Nuestra sinceridad musical es nuestra única arma real”.

Les Ambassadeurs de Bamako

Nostalgia genuina para tiempos de crisis. Pero mucho ha cambiado la escena musical en África desde 1970, cuando Les Ambassadeurs se convirtió en grupo de referencia para gran parte de la juventud negra en África occidental. Ahora los músicos del continente poseen estimable cuota de mercado (world music la llaman), algunos incluso atesoran cierto éxito mundial (Miriam Makeba, Cesária Évora,  Youssou N´Dour, Ali Farka Touré, Khaled) y no dejan de surgir relevos de enjundia (Femi Kuti, Bassekou Kouyaté, Konono Nº1). Pero nada como Salif Keita y su vida entre dos mundos: ya estrella en la Rail Band y luego en Les Ambassadeurs (su marcha en 1973, junto al guitarrista Kanté Manfila, provocó un cisma histórico y marcó un hito en el reclamo por los derechos del músico en África: “como si Mick Jagger se hubiera ido a The Beatles en 1964”, asegura Andy Morgan), la voz de Malí dio el salto europeo año antes de la desaparición de Les Ambassadeurs. Desde 1984 el autor de discos seminales como Soro y Moffou conoce los claroscuros del negocio musical. Y habla por experiencia.

¿Qué ha cambiado de la música africana en este tiempo? (Keita): “Hoy la música es demasiado eléctrica por las aportaciones de los DJ´s. Cada vez es más techno. Las nuevas tecnologías traen muchas cosas interesantes, pero no debemos perder de vista la esencia de las músicas”. (Seck): “En la música africana, como en la universal, la aparición de nuevas máquinas ha cambiado el concepto de la producción. Parece como si hubiera acabado la necesidad de dominar un instrumento. Y han aparecido productores y discográficas que no saben ni qué es una clave de sol. Hubo un tiempo en el que para grabar había que hacerlo todos juntos, sin equivocarse, porque no existían multipistas. Había que conocer el instrumento y saber tocarlo en beneficio de todos”. (Bagayoko): “Mucho cambió. Hubo mucha mezcla entre música la africana y la occidental”.

Mirando atrás, ¿qué aportó África a la escena cultural actual? (Bagayoko): “Las músicas africanas trajeron cierto sentido de la rítmica, melodías originales y, por supuesto, la aportación de nuestros instrumentos musicales tradicionales”. (Keita): “La música africana ha aportado su contenido y sonoridad, y ha permitido inspirarse a músicos de otros ámbitos para realizar algunas mezclas extraordinarias”. (Seck): “Las músicas africanas han restituido las bases fundamentales de la cultura contemporánea e incluso más”.

Ambassadeurs

El regreso europeo de Les Ambassadeurs conecta, además, con una lectura en clave africana. Y no sólo desde el prisma cultural. Amparadas, y algunas veces creadas desde los gobiernos de turno, estas orquestas tuvieron un rol social y político en la creación de conciencia de país en las sociedades africanas de la última mitad del siglo pasado. En 1960, el año del África libre, el continente era un conglomerado de colonias separadas con escuadra y cartabón. En 2014 su población es cinco veces mayor, los jóvenes piden el relevo en las calles y, ay, el hambre y la violencia duran ya tanto que parecen plagas bíblicas. Pero no siempre fue así: en los años setenta la ilusión contagiaba todo. Y en el oeste de África, los clubes de Bamako, Dakar o Abiyán bailaban con Les Ambassadeurs y compañía mientras Malick Sidibé captaba unos retratos que son leyenda de época. Imagínese usted cómo estaba el patio que en 1974 se tuvo que disputar en Bamako una batalla de orquestas para, voto popular, elegir la mejor. Ganó, por cierto, Les Ambassadeurs con una pieza, Kibaru, de veintiún minutos.

¿Cómo ayudó la música africana a crear conciencia de África después de la independencia? (Seck): “Como fenómeno sociocultural ha acompañado siempre toda la evolución de la sociedad africana. En momentos de dolor o de alegría, la música ha sido elemento omnipresente en las vidas de los africanos. Y es una suerte de espejo de nuestra sociedad tras siglos de esclavitud y de colonización”. (Keita): “Ha logrado dar a conocer el continente, su gente y sus culturas”. (Bagayoko): “Entonces la música tuvo gran papel. Hubo auge de músicas africanas que apoyaron al pueblo ante la nueva situación política”.

¿Y aquellos sueños de África se hicieron realidad? (Keita): “Sí, porque los países han conocido la democracia. Sin embargo, no todo es perfecto. El lado negativo es que la democracia no ha sido bien entendida, no está realmente al servicio de la población, de los ciudadanos”. (Seck): “África está progresando, pero sus sueños mueren. La dependencia y la corrupción ligada a la pobreza son los problemas principales. Y hay que decir que las grandes potencias no nos ponen las cosas fáciles. Tengo la esperanza de que África deje atrás todo esto”. (Bagayoko): “Algunos sueños se hicieron realidad, pero otros jamás”.

¿Y los sueños de sus músicos? Porque si un artista africano no graba con una disquera occidental parece que no existe… (Keita): “Es triste, pero esto es lo que se constata tristemente. Y ahora la música está en peligro por la piratería y las descargas ilegales”. (Seck): “Hay muchos artistas africanos que han sido reconocidos por el trabajo hecho en África como Fela Kuti o Youssou N´Dour, sólo por mencionar algunos. Y a pesar de la masiva inmigración de artistas africanos al extranjero, tenemos derecho a hacernos valer. Luchamos para tener más visibilidad y más reconocimiento. Mi visión del mundo de la música es que no debe estar bajo el control del poder, se debe abrir a una verdadera mezcla de culturas, fuera del control del sistema”. (Bagayoko): “Es cierto que puedes ser reconocido trabajando solo en África, pero es innegable que si eres reconocido fuera se te abre un público mayor. Porque el futuro de la música pasará por las nuevas experiencias entre los países del norte y el sur. El futuro de la música está en su lado universal que permite esos encuentros”.

Guía (mínima) por el guateque de África

Les Ambassadeurs du Motel de BamakoNo es sencillo trazar la hoja de ruta de la discografía africana de los efervescentes años 60 y 70. Tiempos marcados por la independencia en lo político y por una amplitud de estilos y ritmos ejecutados por mil orquestas en lo sociocultural. Pero también por las limitaciones de la incipiente industria musical en el continente. No es fácil seguir la pista de Les Ambassadeurs du Motel de Bamako, el nombre oficial que tomó un proyecto auspiciado por el Ministerio del Interior y el militar golpista Tiékoro Bagayoko para rivalizar con la Rail Band du Buffet Hotel de la Gare de Bamako promovida por el Ministerio de Transporte. Aunque la alineación de los embajadores era imbatible: el saxo de Moussa “Vieux” Cissoko, las voces de Salif Keita y Ousmane Dia, las guitarras de Kanté Manfila y Amadou Bagayoko, también el griot guineano Mory Kanté (ausente ahora por enfermedad) y el teclista y arreglista Cheick Tidiane Seck.

De 1975, bajo la dirección de Kanté Manfila, es el sencillo Ambassadeur/Mana Mana (Sonafric). En esta disquera saldría un primer álbum en 1976, titulado como el grupo, y al año siguiente, dos discos sin título que gozarían de gran popularidad. En 1978 el sello Amons editó la epopeya mandinga Mandjou a una banda ya convertida en Ambassadeur International y afincada en Costa de Marfil. A principios de los años 80, la orquesta encadenó cinco discos notables (luego reeditados) como Seydou Bathily, Bithiéloulé, Mani Mani, Tounkan o Djougouya. En 2010 Universal editó Mandjou y Toukan en sendos discos dobles. ¿Habrá nuevo álbum? Cheick Tidiane Seck lanza el reto (“sería un broche de oro para esta gira, se debería hacer”), Salif Keita deja una puerta abierta (“vamos a ver, Dios dispondrá”) y Toumani Diabaté, que vio triunfar a Les Ambassadeurs, aplaude la vuelta inesperada: “No solo fueron embajadores verdaderos, lograron que el talento musical malí del siglo XX conquistara el mundo. Les Ambassadeurs son un símbolo de Malí como potencia cultural”.

Publicado en la revista Rockdelux en julio de 2014

 

El último blues africano del imperial Ali Farka Touré

3 Oct

por Carlos Fuentes

Pudo exiliarse en la opulencia y el lujo, acomodarse en una vida de primera división, pero eligió siempre permanecer junto a su gente. En el quinto país más pobre del mundo. Cuando se cumplen cuatro años de su muerte, el blues eterno de Ali Farka Touré vuelve a latir. El sello británico World Circuit publica hoy la última grabación que el influyente músico africano realizó poco antes de fallecer por un cáncer óseo el 7 de marzo de 2006. Ali & Toumani, un disco grabado en apenas tres días junto al príncipe de la kora, Toumani Diabaté, y al contrabajista cubano Orlando “Cachaíto” López, reivindica el papel crucial que el guitarrista de Malí jugó en el amplio reconocimiento internacional del blues africano.

Ali Ibrahim Touré nunca supo con exactitud qué día de 1939 vino al mundo. Nació en la villa de Kanau, en el noroeste de Malí. Su madre, campesina, había parido antes a nueve hijos, pero Ali fue el primero que superó la infancia. Por eso fue apodado Farka, que significa asno, animal bien considerado en la sociedad rural africana por su fortaleza. Su padre, alistado en el ejército francés, murió mientras combatía a los nazis en la II Guerra Mundial y la familia se mudó a Niafunké, uno de los pueblos desérticos situados en la ribera del Níger.

Ali Farka Touré (perfil)Hijo del río, como gustaba definirse, Ali comenzó pronto a interesarse por la música. Construyó su primer instrumento con una lata de sardinas. Tenía una sola cuerda. De joven no cursó estudios, primero había que trabajar. Fue aprendiz de sastre, conductor de taxis y ambulancias fluviales, y también mecánico. Durante un viaje africano realizado en 1956 conoció al guitarrista guineano Keita Fodeba. “Tras verlo tocar juré que yo también sería guitarrista. Aún no conocía la guitarra, pero ya sentía la música dentro y pensé que podía expresarla”, contó, ya enfermo, durante su penúltimo recital europeo, en el teatro Bozar de Bruselas, en enero de 2005.

Pero la música tuvo que esperar. En 1968 viajó por primera vez al extranjero para actuar en el Festival de la Juventud de Sofía (Bulgaria), donde compró su primera guitarra. Ese año, un amigo le hizo escuchar unos cuantos discos norteamericanos: James Brown, Otis Redding y… John Lee Hooker. “Cuando escuché su blues lo primero que pensé fue que Hooker era africano, aunque no entendía en qué idioma cantaba”, recordaba Touré entre risas. Tanta sorpresa dejó huella. Dos años después, ya establecido en Bamako, logró trabajo como ingeniero de sonido en los estudios de Radio Malí. Allí, con ayuda de su amigo Boubacar Traoré, aprovechaba las horas libres en el estudio para grabar sus primeras canciones. Su música, espiritual como pocas, tuvo la capacidad de ensamblar las tradiciones sonoras de las etnias songhai, peul y tamascheq que conocía bien gracias a los siete idiomas tribales que aprendió de joven.

Ali Farka Touré & Ry Cooder

Su prestigio cruzó fronteras en África. Y llegó hasta París gracias al sello Sonodisc, que editó sus primeros discos en Europa. Uno de ellos llegaría hasta Londres. Su suerte estaba a punto de cambiar. Porque en 1986 Anne Hunt, cofundadora del sello británico World Circuit, viajó hasta Bamako para intentar localizar al misterioso padre del blues africano. Con ayuda de Toumani Diabaté puso un anuncio en la radio nacional y, casualidad, Ali Farka Touré captó el mensaje y se presentó en la emisora. Fue un encuentro que iba a hacer historia.

Ali Farka Touré (Niafunké)

Al año siguiente visitó Londres, donde actuó y grabó su primer disco con World Circuit. De esta relación salió una de las discografías de mayor enjundia en África, aunque el primer compromiso de Ali Farka fue el campo. En 2000, en pleno éxito, abandonó cinco años los escenarios y aceptó la alcaldía de Niafunké (“primero soy campesino, luego artista, y la cosecha es lo más importante”, contó en 2003 en el documental Feel like going home, de Martin Scorsese) para potenciar el cultivo de regadío en una de las tierras más duras del planeta. “Para Ali, su pueblo fue lo primero. Estaba comprometido con el futuro de su gente, siempre se consideró agricultor. Gastó mucho dinero en la agricultura. Y en los viajes aprovechaba para entrevistarse con alcaldes en Roma o Lisboa para reclamar más cooperación para el desarrollo de África. Por eso, su herencia es mucho más que su música. Touré dio sentido a las vidas de mucha gente en África”, indica el productor británico Nick Gold. “Fue un gran amigo. He tenido pocos héroes en la música: John Lee Hooker, Charlie Parker, Ali y pocos más”.

Ali & Toumani (live)

Similar opinión tiene Salif Keita, el otro gran ídolo de la canción maliense. “Ali Farka Touré fue una de las personas a las que tuve, y tendré siempre, en alta estima. Hizo muchas cosas buenas por su gente. Amaba y creía en lo que hacía. Este tipo de personas son extraordinarias. Hemos perdido a un hombre que hizo grandes cosas por su pueblo. Llevó las músicas de Malí al público occidental, a Europa y América. Contribuyó mucho al reconocimiento de las músicas de África en los mercados internacionales”, explica el cantante albino, protagonista de uno de los momentos más emocionantes de los últimos días de Ali Farka. A principios de 2006, con el cáncer asfixiando la vida del guitarrista, Ali mandó llamar al autor de Soro. No quería despedirse sin limar asperezas, desencuentros antiguos. Y en el momento postrero hubo un abrazo fraternal, no hicieron falta muchas palabras. En marzo de 2007, este cronista fue testigo de la influencia de esa reconciliación. Durante un viaje a Niafunké, la caravana musical organizada para asistir al primer festival-homenaje a Touré no necesitó mejor visado para franquear los puestos de control en las complicadas carreteras del norte de Malí que mostrar una foto de Ali Farka Touré y Salif Keita abrazados entre sonrisas. “Estos dos hombres han hecho más por nuestro país que todos los políticos”, dijo entonces, orgulloso, un militar armado con un fusil Kalashnikov.

Ali & Toumani DiabatéTambién conmueve escuchar a Toumani Diabaté, que en 2005 compartió con Ali Farka el segundo Grammy africano por el álbum In the heart of the moon. Diabaté recuerda que su amigo era un héroe para los más pobres. “Para los malienses fue muy importante que un compatriota lograra reconocimiento mundial. Ali siempre habló con orgullo de su tierra, de sus orígenes, sin ninguna impostura. Habló sobre este enorme país que ha sido marginado, pero cuya cultura es muy rica. Malí es el gran corazón cultural del África occidental. Es un país complejo en el que cada región tiene su propia música, sus cosas que decir, pero todos tenemos puntos en común y Ali lo sabía. Vivió y luchó para enseñar al mundo el significado de tener una cultura genuina”, subraya Diabaté. “Ali Farka Touré fue un regalo. Era un fenómeno musical, un pionero. Creo que fue creado por Dios con ese objetivo. Su misión era promover las culturas africanas, la cultura malí, y trabajó toda su vida para lograr ese objetivo. No hizo música sólo para Malí, sino para África y el mundo entero. Fue una persona única. Un historiador, un marabú, nuestro curandero. Ali Farka Touré fue un ser multidimensional”, zanja emocionado Diabaté.

Publicado en el diario Público en febrero de 2010

Fanáticos en el desierto africano donde nació el blues

21 Ene

por Carlos Fuentes

¿Se puede hacer cultura, cultura grande, desde la pobreza cotidiana? No hay una fórmula matemática que dé respuesta a esta pregunta, pero sí abundan los ejemplos que permiten negar, sin ambages, que la falta de medios materiales origina, porque sí, un erial cultural. De hecho, suele ocurrir justo lo contrario: buscar virtud en la necesidad para continuar la evolución social y cultural de un pueblo poco agraciado por los bienes fungibles. Y Malí, el gran país africano que marca la frontera entre el Magreb y el corazón negro del continente, está ahí para probarlo. Hace quince, veinte años, cuando Malí era el tercer país más pobre del planeta, un pelotón de artistas de riesgo se las apañó para enseñar al mundo un folclor legendario y verosímil. Músicas producto de cinco, seis siglos de tradicionales orales y aislamiento respecto a los países africanos ribereños. Pero una cosa es luchar contra el hambre consuetudinaria en la esperanza de que el tiempo que venga sea mejor y otra, muy distinta, enfrentar la amenaza del disparo fácil del Kalashnikov. Y así está hoy Malí, entre la bala y la pared.

Salif Keita 1El nuevo episodio de la ancestral rivalidad entre tuaregs y malíes negros, que hunde sus raíces en la segunda década del siglo pasado, ha degenerado ahora en la ocupación del desértico norte malí por tropas tuaregs bien armadas por el incontrolado trasiego de cañones y fusiles a raíz del derrocamiento del régimen libio de Muamar el Gadafi, en cuyas filas combatieron guerrilleros tuaregs. Con la derrota hace un año de Gadafi, muchos tuaregs lograron escapar al sur libio más desértico, zona en la que reside alrededor de un millón de hombres azules que se mueven, casi sin control oficial, por Níger, Argelia, Burkina Faso y Malí. Pero el Sáhara ya no estaba tan desierto. En su pedregal sin fin había anidado un movimiento fundamentalista vinculado a Al-Qaeda en el Magreb, cuya tropa se alió primero con los tuaregs y, poco después, fagocitó el dominio de la zona. Las consecuencias de este giro fanático ya están a la vista: zonas como Kidal, Gao y Tombuctú están sometidas ahora a la ley islámica (sharia) y sus vecinos han empezado a sufrir el martirio en carne propia. Se han prohibido la música y la radio, también la fuma y el alcohol. ¿Sentencias? Lapidaciones por adulterio, amputaciones a presuntos ladrones, prisión domiciliaria para las mujeres, cierre de escuelas, pérdida de cultivos, matanza de animales… y éxodo forzado hacia el sur, al amparo de la capital, Bamako, donde el ejército malí exige una acción contra la declaración unilateral de secesión tuareg en la zona llamada Azawad.

toumani diabate¿Y la cultura? Camino de la catástrofe. El conflicto militar y la ola de fanatismo, dos factores que anuncian una intervención internacional más pronto que tarde, han provocado la huida de muchos músicos desde zonas como Niafunké, aldea ribereña del Níger desde la que el guitarrista Ali Farka Touré enseñó al mundo los orígenes del blues. Fallecido el patriarca, el primer africano que obtuvo un Grammy con Talking Timbuktu, grabado en 1994 junto a Ry Cooder (luego obtendría otro Grammy por In The Heart Of The Moon, con Toumani Diabaté), sus hijos se han refugiado en casas de parientes en Bamako. También su pupilo y amigo Afel Bocoum se ha visto obligado a escapar del violento norte aunque la capital también paga la factura de la violencia. Cada semana cierran locales de música en vivo, se clausuran hoteles y se reducen hasta cero todos los viajes de artistas foráneos. Y no es una consecuencia baladí: en las últimas décadas Malí acogió proyectos de enjundia protagonizados por músicos locales y aliados occidentales como Damon Albarn, Dee Dee Bridgewater, TV On The Radio, Taj Mahal, Eric Bibb o Arnaldo Antunes. Y el cineasta Martin Scorsese produjo aquí, en 2003, el documental Feel Like Going Home sobre el origen de las músicas que los esclavos llevaron a los campos de algodón en América.

En el limbo han quedado proyectos culturales que aspiraban a revertir entre los ciudadanos de Malí la cosecha de tantos siglos de tradicionales musicales. Hay dos ejemplos con nombres propios. En 2001 el albino Salif Keita, la voz dorada de África, regresó a su país para compensar a su audiencia nacional por todos los años pasados en París. En Bamako escribió Moffou, antológico episodio de reconciliación cultural en el que participaron Cesaria Évora, Kanté Manfila y Mino Cinelu, idea que tres años después continuó con el imperial M´Bemba. En la capital malí Keita coincidió con Oumou Sangaré, la volcánica cantante de la región de Wasulú que, además de gran voz femenina africana, ha dedicado buena parte de sus ganancias al desarrollo del turismo (posee un hotel y una sala de conciertos) y el comercio mayorista (importa arroz chino y automóviles coreanos). Ahora ambos artistas se debaten entre mantener la apuesta cultural por su país o, como ya hicieron otros, buscar acomodo en una capital europea donde sus carreras musicales, y su integridad física, corran riesgos menores. Es la fórmula que ha pergeñado la joven Fatoumata Diawara para proyectar su carrera en solitario después de haber despuntado junto a Dee Dee Bridgewater y Oumou Sangaré en el disco colectivo Imagine liderado por Herbie Hancock.

En un país desértico donde la cultura es (mucho) más que puro entretenimiento a la usanza occidental, donde la muerte de un griot se lamenta como si ardiera una biblioteca milenaria, este cronista fue testigo del respeto incomparable del pueblo por sus músicos. Marzo de 2007, primer aniversario de la desaparición de Ali Farka Touré. Dos militares, y dos Kalashnikov, detienen la caravana que hace la ruta Bamako-Niafunké. De nada valen los permisos oficiales, los avales políticos, los contactos telefónicos urgentes. Los dos soldados solo dejan paso franco cuando, orgullosos, ven la fotografía, pegada en el cristal del coche, del abrazo de reconciliación entre Ali Farka Touré y Salif Keita. “Ellos son lo mejor del país”, y arriman a la cuneta un par de bidones de gasolina utilizados como barrera de control en medio de la inmensa nada. Salvoconducto musical para este país gigante (casi tres veces España) donde el estado no es efectivo en todos sus confines, allí donde suena la emocionante música malí que durante siglos narró batallas y leyendas, fiestas y costumbres añejas. Música que hoy, otra vez la guerra (por ahora, con un millar de muertos y más de doscientos mil desplazados), ya no tiene trovadores que la escriban. Ni vecinos que la bailen.

Publicado en la revista Rockdelux en noviembre de 2012

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Cuerdas no tan lejanas

21 Oct

ARNALDO ANTUNES, EDGARD SCANDURRA & TOUMANI DIABATÉ

por Carlos Fuentes

Si fuera boxeo, sería un combate (sin golpes) de pesos pesados. La última pirueta de los brasileños Arnaldo Antunes y Edgard Scandurra es A Curva da Cintura, un disco compartido con el emperador malí de la kora Toumani Diabaté. ¿World music? Qué va: genuino vaso comunicante entre dos culturas no tan lejanas.

La idea es más fácil de explicar que de alcanzar: trazar un puente sonoro entre los instrumentos de cuerdas de Brasil y Malí. Y nadie mejor para intentarlo que el cantautor tribalista Arnaldo Antunes y el tañedor de kora Toumani Diabaté. El proyecto surgió en 2010 cuando el músico paulista y su socio guitarrista Edgard Scandurra coincidieron en Río de Janeiro con el africano para compartir recital en el festival Back2Black. Aquel intento embrionario despertó el apetito de unos artistas versátiles que antes colaboraron, anoten por el lado del exmiembro del grupo Titãs, con Chico Buarque, Tom Zé o Marisa Monte. Y Toumani Diabaté tampoco sabe lo que es estar quieto: Ali Farka Touré, Björk, Herbie Hancock, Taj Mahal y el Cuarteto Patria de Eliades Ochoa. “Quisimos acercarnos a la kora sin la pretensión de hacer un disco de “world music”, más bien crear algo completamente nuevo que trasciende una (im)posible y previsible sonoridad”, explican los dos músicos brasileños. “El álbum permitirá que la música de Malí sea conocida en un país donde estaban olvidando sus conexiones con África. Y hay colores que nunca se habían visto antes en las músicas de Brasil”, asegura Toumani Diabaté.

A Curva da Cintura, editado por el sello Um Discos, incluye catorce canciones que oscilan entre el pop ágil de los brasileños y la destreza a prueba de bomba del malí. Y en las catorce letras abundan referencias a la melancolía cotidiana, quizá el principal signo de identidad del también poeta Arnaldo Antunes, aunque es el campo sonoro de este cruce de orillas lo más deslumbrante. Laten, claro, esencias del samba y de la bossa-nova, también un ligero aroma de melismas árabes flotando entre guitarras brasileñas y kora. “Hay gran musicalidad entre ambos instrumentos, que se acercan a través de la improvisación. Y hay ritmos que mezclan de forma estupenda con las influencia del blues”, señala Edgard Scandurra. “Como ya ocurrió con Björk y otros artistas que han viajado a Malí, la atmósfera que se respira allí para crear es algo muy especial, y es muy difícil que suceda en una ciudad occidental. Bamako tiene otra magia”, dice Toumani Diabaté, “y ellos fueron valientes al aceptar el reto de mi invitación, no se arrepintieron”.

En efecto, A Curva da Cintura se trabajó en los dos países. En São Paulo, en una etapa inicial, Antunes y Scandurra pergeñaron el esqueleto sonoro. Luego, en el estudio de Bamako, los tres músicos completaron un viaje sin precedente entre los sonidos de Brasil y África occidental. Nos dimos cuenta de que sería una sonoridad única, una gran afinidad musical, y no podíamos dejar pasar esa oportunidad. La mezcla entre la guitarra eléctrica y la kora es genial”, reivindica el guitarrista brasileño. “Como llevo demostrando hace más de veinte años, la kora conecta con todo y con todos. Aunque no existan precedentes, la realidad es que funciona. Y se aprecia en mi hijo Sidiki, de veinte años, la generación número 72 de la familia Diabaté que toca la kora, que ha grabado efectos que no habían sido registrados antes con la kora. Muchos piensan que es la guitarra eléctrica”, indica Diabaté sobre piezas de satén como Ir, mão, Kaira o Grão de chãos que, además, ponen banda sonora a un documental que retrata el viaje africano.

Sorprende la cosecha si se valora el desconocimiento recíproco previo. Porque Antunes y Scandurra supieron del tañedor de kora en la reunión negra de Río de Janeiro, “pero luego hicimos una intensa búsqueda de sus discos, también a través de YouTube”, admite el guitarrista. Para Toumani Diabaté, la única referencia previa del dúo paulista era Tribalistas, el disco de pop que Antunes grabó en 2002 con Marisa Monte y Carlinhos Brown. “No fue algo premeditado. En una creación a tres bandas cada uno aporta sus experiencias, y en nuestros casos ya son muchas y muy variadas”, explica el malí. “Es la primera grabación entre músicos de Brasil y Malí, quisimos acercarnos a la kora y a esa habilidad que tiene Toumani con pop y rock; es lo mismo que Arnaldo y yo hacemos en Brasil. Me siento ciudadano del mundo que recibe informaciones e influencias, y que busca transcribirlas a sus composiciones. Nunca quisimos hacer un disco folclórico, solo teníamos samba o ritmos africanos”, añade Edgard Scandurra.

De hecho, A Curva da Cintura nació sin un pasaporte cultural predeterminado. “Siempre compusimos sin pensar si debería tener orígenes brasileños o latinos. Hacemos música y punto. Sin embargo, vivimos en una ciudad donde existen grandes influencias del mundo. He escuchado mucho flamenco y, tal vez por eso, hay ciertas influencias árabes en mis canciones. Y Toumani, por vivir en un viaje permanente a través del mundo, también hay cogido otras influencias. Eso explica su internacionalidad”, indica el guitarrista. “No conozco lo suficiente de los ritmos brasileños, pero que en su mayor parte tienen origen en África es algo que no se debe olvidar”, subraya Diabaté. “Y nuestro objetivo es el mismo de siempre: defender la cultura aunque la economía sea la que mande. Porque sin la cultura no vamos a ninguna parte. Y como olvidemos esto, entonces sí habrá crisis. Yo, como griot que soy, estoy aquí para recordarlo a todas horas”.

Publicado en la revista Rockdelux en julio de 2012

AfroCubism, la rumba cubana que se bailó en el desierto

28 Jul

por Carlos Fuentes

¡Comandante!”. La carcajada se oye en todo el salón. Es Bassekou Kouyate recibiendo al trovador cubano Eliades Ochoa. Luego se unirá Toumani Diabaté para cerrar el triángulo que ha hecho posible la reunión de músicos de Cuba y Malí en el proyecto AfroCubism. Heredero del espíritu de aquella maravilla por accidente llamada Buena Vista Social Club, este segundo intento de unión de las dos orillas del productor británico Nick Gold regresa ahora a España para presentarse el jueves en Madrid. “Esta música no pertenece a Cuba ni a Malí, pero al mismo tiempo es patrimonio de los dos pueblos”, afirma el tañedor de kora Toumani Diabaté, ilusionado como niño con zapatos nuevos después de haber grabado con Ali Farka Touré, Taj Mahal, Björk, Ketama y Damon Albarn.

AfroCubism es hijo del empeño. Cuando la discográfica World Circuit impulsó Buena Vista Social Club en 1996, la reunión en La Habana estaba prevista con músicos cubanos y malíes. Pero la burocracia retrasó los pasaportes africanos (“el consulado cubano está en Burkina Faso y envié mi documentación, pero el visado no llegó a tiempo”, se lamenta aún Kouyate). Y lo que era reunión transatlántica quedó en la antología del son, el bolero y la guajira con Compay Segundo, Omara Portuondo, Ibrahim Ferrer, Rubén González y Orlando ‘Cachaíto’ López más Ry Cooder. Luego vinieron la película de Win Wenders, una gira sinfín… y doce millones de discos vendidos en todo el mundo.

Catorce años después, Gold levantó el teléfono y volvió a llamar a Bamako: “Bassekou, ¿sigues interesado en grabar con los cubanos?”. Por supuesto, el as del ngoni (pequeño ancestro del banjo) ni dudó. “Imagínate que el tren pase dos veces por delante de tu casa”, bromea quien, no olviden el nombre, será la próxima estrella de la música africana. El productor inglés puso lugar y fecha: invierno de 2008 en un estudio de Coslada (Madrid). Nacía AfroCubism.

afrocubism

¿Pero qué es AfroCubism? “Es un hermanamiento sincero, con todo corazón. Cuba siempre tuvo la música africana muy cerca, quizá por la emigración. Allá tenemos muchos toques de origen africano y en Malí aún late la influencia del son cubano de los años 60”, explica Eliades Ochoa, líder del Cuarteto Patria, el hombre que junto a Santiago Auserón rescató del olvido a Compay Segundo. “Somos una familia que se ha encontrado por la música”, anota Bassekou Kouyate. “Hemos aprendido mucho unos de otros porque sabemos que la vida es una escuela y el que se crea que ya lo sabe todo, mal va. Siempre hay algo que aprender y en AfroCubism tenemos una escuela con puertas abiertas que marcará época”, añade Eliades Ochoa sobre un proyecto que completan la voz de Kasse Mady Diabaté, Djelimady Tounkara (guitarra), Lassana Diabaté (balafón), Baba Sissoko (tama) y el Cuarteto Patria.

AfroCubism es más que Buena Vista Social Club, no es lo mismo y no son comparables”, remata Toumani Diabaté, el imperial griot de la kora de Malí. “Este proyecto une dos músicas poderosas que han estado muchos años madurando con calidad. Y de la mezcla sale algo nuevo que nadie había escuchado antes. Es música nacida del amor, de la solidaridad y la humildad. Cantamos a la paz, al amor, a la historia de nuestros pueblos. No cantamos a gente famosa sino al campesino de Cuba y Malí, a nuestro patrimonio cultural de tantos siglos. No es música para beber cerveza y salir de fiesta, no; aquí tocamos en nombre de la leyenda, de la historia y la geografía”.

bassekou-kouyate

No es nueva la querencia caribeña de los africanos. En los años 60, el padre de la independencia de Malí, Modibo Keita, impulsó un programa de estudios musicales de artistas africanos en La Habana. Y de esa semilla latina nació una generación de artistas malíes arrimados al universo sabroso de la rumba y el son montuno. Conjuntos como Maravillas de Mali, Rail Band y Orquesta Nacional amenizaban la ola de optimismo que inundó los clubes de Bamako. “En los años 70 bailábamos con la Orquesta Aragón, todos sabíamos cantar Guantanamera y El manisero”, recuerda Toumani Diabaté mientras tararea el ritmo pegajoso del Oriente cubano, “y muchos artistas aprendimos a tocar la música con la que nos divertíamos. Incluso compusimos canciones en honor a Lumumba con clave cubana, con congas y todo lo que tanto nos influyó”. “¡Es que yo escuché antes Guantanamera que la música malí!”, anota Kouyate.

Se nota que los músicos de AfroCubism están contentos. Acaban de triunfar en el Royal Albert Hall de Londres (allí recogieron el premio Songlines a la mejor colaboración intercultural de la temporada), en festivales de jazz de Dinamarca, Marruecos, Estados Unidos y Francia. Ya les esperan en Noruega, Suecia y Finlandia. Señores, ¿les queda algo por hacer? “Por supuesto, siempre nos va a quedar algo por intentar. Llevar AfroCubism a La Habana, a Cuba”, afirma Eliades Ochoa. “¡Y a Malí!”, exclama Toumani Diabaté. “Sería una inmensa alegría para todos los artistas que han participado en el proyecto, una gran felicidad para el pueblo de Cuba y para todos los malienses. Sería el mayor regalo que podríamos llevarnos a casa. Sería como ganar dos premios Grammy mandados a hacer de encargo para AfroCubism”. Y las carcajadas retumban por tres, a medio camino entre Malí y Cuba.

Publicado en el diario Público el 28 de julio de 2011

Canción grande entre ruido rojo

12 Sep

Por Carlos Fuentes

Hace tres lustros que está marcado en el santoral de las músicas del mundo. Como cada julio, Cartagena congregó buena parte de la oferta nacional de ritmos étnicos (aunque no solo de África vive el hombre) en el festival La Mar de Músicas. En su decimosexta edición, con Colombia como país invitado, este clásico del verano musical osciló entre los valores consagrados, media docena de revelaciones al alza y lo que está por descubrirse. Vayamos por partes.

AUDITORIO DE ESTRELLAS

El Parque Torres albergó las actuaciones de pedigrí. Abrió el estreno mundial de AfroCubism, experimento cubano-malí que rescata el plan de lo que en 1994 debió ser Buena Vista Social Club. Eliades Ochoa y Toumani Diabaté capitanean, aunque el verdadero puntal es Bassekou Kouyaté. O, mejor dicho, su ngoni, con punteos a lo Hendrix. Encaja bien la guajira, a mayor gloria de Portabales y Ñico Saquito, con el tintineo del balafón de Lassana Diabaté (Al vaivén de mi carreta), convencen también La Culebra y el rico son Para Los Pinares se va Montoro, con la kora imperial de Toumani Diabaté que no deja rumba escapar viva. Se añora, ay, a los que ya no están, aunque compensa la voz crepuscular de Kasse Mady Diabaté. En esencia, el encuentro de cuerdas de Cuba y Malí bien podría ser Guajira Guantanamera, que a seis manos (Eliades-Toumani-Bassekou) sonó a gloria. Lástima que la educación de muchos prefiriera la tertulia ruidosa para esperar al muchachito de turno.

También de estreno llegaron Toumani Diabaté & Orquesta Sinfónica de Murcia. Como un cuento para escuchar con ojos cerrados y dudar de si los cuarenta músicos se han metido dentro de la calabaza. Con sus violines, chelo y contrabajo balanceándose como bailarinas en África (Djourou Kara Nani, Kaira, Elyne Road). Ante tan espectral belleza, hasta las gaviotas dejaron de graznar para escuchar la música más bella después del silencio.

Volvieron a Cartagena Salif Keita y Youssou N´Dour. El malí, pletórico, no regateó esfuerzos como dos meses antes en Madrid. Afro-pop sólido como roca del desierto, una voz de cuchillo afilado que parece no envejecer. Y un puñado de canciones imbatibles (La différence, Madam, Yambo Yambo), que tuvieron contrapunto acústico (Awa) ante un silencio de sepulcro. Más se podría discutir del arrebato reggae del león de Dakar, cuya voz líquida termina por aburrir entre tanto teclado colchonero. No es Dakar-Kingston joya de su corona, aunque el mbalax que vino luego dejó las cosas en su sitio. Y si ataca Ndakarou o Lima Wessu, mejor dejamos a Bob Marley descansar en paz.

A Patti Smith la anuncia el mito, pero ella sigue a su altura. Ya no suena tanto punk, el punk está en su actitud. Irreprochable, contundente, la chica del Chelsea Hotel picoteó en Stones (Play With Fire) y Van Morrison (Gloria), rescató la honestidad de Horses (Redondo Beach, Free Money), Easter (Because The Night) y alentó la revolución cotidiana (People Have The Power) en recuerdo de su admirado Roberto Bolaño. Lo dicho, gloriosa.

PATIOS DE SILENCIO

A Melody Gardot le tocó cantar ante la euforia ajena, la noche roja del golazo solitario. Y no se dejó amedrentar por cláxones, gritos y cohetes que sonaban fuera. La suya es una historia de superación, y del hospital regresó con jazz y swing de Copa del Mundo. Tenue como seda, a veces ágil cual gata en celo. Siempre con ese savoir-faire que tan bien rinde en inglés (Worrisome Heart, fraseos de A Love Supreme incluidos; My One and Only Thrill) o en francés (Les Etoiles). Quienes ahorraron vítores con el fútbol bien los gastaron aquí.

El azerí Alim Qasimov es maestro del melisma, de la devoción que obliga el mugam estepario. Su voz en trance, que replica su hija Ferghana y Kronos Quartet se encarga de pespuntar con delicadeza, conmocionó el Parque de Artillería. Hubo deserciones antes de tiempo, que se entienden por lo árido del paisaje que viaja en las cuerdas del laúd tar y del violín azerbayano kamancha.

Más cercana está la gama de músicas folk que hacen hervir The Penguin Café, versión renacida de la orquesta visionaria de Simon Jeffes. Con su hijo Arthur al frente, más músicos de Suede y Gorillaz, el homenaje ya tiene ramas propias (Swining The Cat) surgidas del robusto tronco original (Music For a Found Harmonium, Telephone And Rubber Band). Músicas para celebrar la vida antes de emocionar con minimalismo en nombre del padre (Harry Pers). Algo que intentan Kings of Convenience. Tan divertido como melifluo, el dúo noruego retrata este país de segunda división del que no nos saca ni el gol de Iniesta. A cualquier nacional se le crucificaría por la sobredosis de insulina de Erlend Øye y Eirik Glambek. Pero Albacete nos es Bergen. O será que uno ya no está para timos indies. Mejor la paulista Céu, que en la Catedral Antigua presentó su tratado del novo Brasil con samba, scratches y afrobeat bailables.

PARA TODOS LOS PÚBLICOS

La fiesta quedó en manos de veteranos. Os Mutantes, aún con fuerza para defender el influyente legado de la tropicália; y Staff Benda Bilili, quienes desde el zoo de Kinshasa desembarcaron en Europa en sillas de ruedas para demostrar que hay que mirar más allá de las apariencias. Su soukous de baja velocidad, su frenético satonge (violín casero fabricado con una lata vieja de leche en polvo y una sola cuerda) y su ejemplo optimista cosecharon la ovación de la noche. Y quizá la más merecida del festival. Dirty Projectors se sacuden la sombra del amigo Ezra Koenig con un directo ágil, quizá no original pero sí bien armado sobre síncopas imparables. Más genuinos que la nueva ola a la que están subidos.

En la plaza del ayuntamiento, abierto al paseante, el escenario callejero es uno de los principales valores de La Mar de Músicas. Su vocación didáctica siempre depara alegrías, este año con la rumana Mahala Raï Banda (a los nietos y abuelos del público solo les faltó recibir gominolas) y Quantic & His Combo Bárbaro (gustó mucho su verbena de parabólica). Palabras mayores se merecen el colombiano Cholo Valderrama, emocionante con joropos del llano que cuentan más y mejor que una novela del boom latinoamericano; y la mítica Orchestre Poly-Rythmo de Cotonou. Han tardado cuarenta años en venir desde Benín, pero su estreno colmó expectativas. Africanos con tumbao en el escalón anterior a la eclosión del afrobeat. Tremenda bomba final.

Publicado en la revista Rockdelux en septiembre de 2010