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Rubén Blades: “Escribes canciones sobre asuntos difíciles, pero la música se hace fuerte y te respetan”

23 Jun

por Carlos Fuentes

Ha pasado un cuarto de siglo desde que entregó su obra maestra, Buscando América, pero el notario mayor del barrio latino no ha perdido su olfato de francotirador. Ministro de Turismo de Panamá hasta el próximo 1 de julio de 2009, Rubén Blades afila su verbo fotográfico, dispara palabras en tiempo real, rearma su conciencia y prepara disco nuevo. Mucho queda todavía de aquel chico audaz que pasó de mozo de almacén a capitanear la primera división de la salsa.

Vocero cronista de la vecindad, Rubén Blades Bellido de Luna (Ciudad de Panamá, 1948) trasciende con creces el rol de músico, cantautor o como usted quiera llamarlo. Compositor de largo recorrido, abogado y actor, luego político y ahora ministro, concita admiración y respeto por su capacidad probada para pergeñar con canciones el mapa social y emocional de América Latina.

Después de cuatro años de retiro voluntario tras ser nombrado ministro de Turismo por el nuevo presidente panameño, el socialdemócrata Martín Torrijos Espino, Rubén Blades regresó por un rato a los escenarios españoles con el grupo Son de Tikizia. En una suerte de ensayo general de su retorno a la música, el cine y el teatro, el cronista mayor de América Latina afirma que la política le ha permitido crecer como persona y ampliar puntos de vista sobre el futuro del pueblo latinoamericano. “Me ha hecho mejor ciudadano, mejor ser humano, más solidario, menos egoísta, más paciente”. Pero el músico que lleva dentro se rebela: “Cuando vuelva a escribir lo haré con la honestidad de siempre”.

No es fácil ser Rubén Blades, por tiempos alternos músico, actor o político. A mitad de los años ochenta, cuando el cantante panameño entregó su trilogía mayor –Buscando América (1984), Escenas (1985) y Agua de luna (1987)– quince dictadores regían todavía los destinos de otros tantos países latinoamericanos. Él ya había completado su grabación primera con la orquesta de Pete Rodríguez, el disco De Panamá a Nueva York (1970). Cinco años después se graduó abogado en Panamá y en 1973, con su familia de raíces británicas y colombianas, se exilió en Estados Unidos lejos del tirano Noriega.

Desde entonces, y hasta la reconciliación con Panamá en 2004, Rubén Blades grabó una veintena de discos propios y cantó en otros tantos álbumes ajenos: de Willie Colón y Cheo Feliciano a Paul Simon y Calle 13, de Sting a Los Lobos, de Héctor Lavoe a Los Fabulosos Cadillacs. También formó parte durante una década, en los gloriosos años setenta, de la poderosa alineación de la Fania All Stars. Cuando todos los focos del universo latino iluminaban a la salsa.

Gorra calada, apenas camiseta y tejanos (“nadie me ha sabido explicar para qué sirve una corbata, salvo para que te ahorquen con ella”), Rubén Blades toma asiento y retira un cartel postizo que anuncia al ministro de Panamá. Él mismo lo explica (“tengo una licencia de tres semanas sin sueldo y una de vacaciones”), así que quien ahora empieza a hablar es el músico. Será una charla a tres tandas en dos semanas, en persona, ampliada por correo electrónico y, al final, con varias reflexiones extraídas de su bitácora digital, El Show de Rubén Blades.

¿Cómo interpreta hoy el mensaje del disco Buscando América? ¿Siguen vigentes los problemas que denunció en 1984? “Todavía tenemos mucho que hacer para producir gobiernos eficientes y respuestas claras para la población, desde la salud hasta la educación. Y la vigilancia para impedir el regreso de los abusos contra los derechos humanos no puede ser suspendida. La posibilidad de que cometamos los mismos errores se verá limitada solo a través de una continua y consistente participación civil”, explica el autor de Desapariciones, una de esas canciones emblema que resumió los sangrientos años de plomo en América.

Porque Rubén Blades no baja la guardia, reivindica su vocación política en Panamá (“fundé un partido independiente y participé como candidato presidencial planteando respuestas fuera de la partidocracia tradicional y las propuestas ideológicas de siempre”) y reconoce ya algunos beneficios tangibles. “Uno de mis defectos es la impaciencia. Decido algo y lo hago. Pero en la administración pública no es así, hay esquemas estúpidos, y ahora tengo un mayor nivel de paciencia, que es algo que ayuda no cometer equivocaciones”.

De un reto actual, la emigración, la voz del político ayuda a moldear la posición del músico. ¿Qué opina de la directiva de la vergüenza aprobada por la Unión Europea para controlar a los trabajadores extranjeros? “Todos los países tienen derecho a una política de desarrollo de la emigración. Hay que considerar la capacidad de carga”, reflexiona Rubén Blades. “Acá será cuestión de decidir cómo se responde, pero no se debe fundamentar una política migratoria en función de raza, sexo o procedencia. No es lo que se espera de una sociedad”.

Compositor de referencia de lo que se vino a acuñar como salsa intelectual, Rubén Blades rebosa compromiso social. No vende sueños, él es la calle. Y domina como pocos la jerga del barrio, aunque este recurso literario no es más que el medio propio de expresión que busca un fin. “Escribes sobre temas difíciles que logran que las personas se sientan menos solas. La música se hace fuerte y entonces te respetan, son argumentos honestos”, arguye el ganador de seis premios Grammy. “Nunca sé cuándo voy a escribir. Imagino que el proceso es súbito. Y ese proceso no es como sentarse a hacer zapatos. Muchas canciones de contenido social las escribí porque me sentí indignado por cosas que veía. Es como el bolero: se escriben boleros cuando el amor comienza y cuando el amor termina. No hay boleros en el medio porque a nadie le importa. Es la pasión del inicio y el dolor, la miseria, del final del amor. Nadie escribe del medio”.

De entre todas sus canciones a tumba abierta cita Cuentas del alma. “La mujer latinoamericana nunca ha sido reconocida en su aporte al desarrollo del hogar, y tampoco en términos emocionales ni espirituales. Porque la mujer, en general, por la condición machista de nuestra sociedad, aunque va cambiando, no llega a desarrollar todo su potencial. No le dan las oportunidades que merece”.

Observador afilado de voces que están a la vuelta de la esquina, Rubén Blades valora la influencia de la salsa en el gran pueblo latinoamericano, aunque matiza un pronóstico sobre su porvenir. “La salsa va a ser redescubierta porque su futuro ya no se escucha solo en el Caribe. Y continuará siempre al ser un género con mucha vitalidad y energía, y con un baile tan físico. Ya se sabe: baile de lejos, baile de pendejos. La salsa está bien, gracias”, dice con sonrisa de medio lado.

¿Y formar parte del gran negocio de la música es bueno para que no se perviertan los mensajes? “¿Y cuál es el gran negocio?”, se pregunta en voz alta. “En el mundo de la música lo usual es que los piratas se lucren ilegalmente con nuestras canciones, con el apoyo de quienes no entienden que no es correcto”. Pero viéndolo en la política, en el dinero, uno teme que aquel francotirador del barrio haya desaparecido. ¿No se habrá convertido usted en un muchacho plástico? “Es equivocado asumir que todos los que entramos al servicio público estamos en el dinero. Es totalmente falso y forma parte de esos mitos que algunos intereses, apoyados en la ignorancia y la ausencia de criterios, pretenden crear alrededor de toda persona en la gestión política. Imagino que lo preguntas para provocarme. A mis sesenta años, ¿cómo voy a ser un muchacho plástico?”.

Aunque el vate panameño anuncie un “redescubrimiento” de la salsa más allá de las fronteras hispanoparlantes, por ahora a nivel comercial mandan el pop latino más accesible y el rescate de viejas grabaciones de la época dorada de la música latina en Nueva York. Incluso Rubén Blades está regrabando ahora sus discos antiguos para recuperar el control total sobre su obra músical de largo recorrido. ¿Queda por aparecer algo tan bonito y sabroso como las músicas populares de los años setenta y ochenta en América Latina? “Cada generación produce éxitos y fracasos. No sé qué se presentará en el futuro, pero imagino que se producirá atendiendo a las circunstancias y a las realidades que definen su momento. Es inútil tratar de repetir tiempos pasados bajo condiciones pasadas”, reflexiona el veterano músico panameño. “Cada generación brinda su punto de vista. Cada cual vive su momento y reacciona de acuerdo al entorno”.

Quizás por eso, audaz, Rubén Blades contempla el hip hop y el reggaetón como ágiles lenguajes musicales de los tiempos que corren. El producto urbano de décadas de influencias culturales y musicales entre los dos lados de América. ¿Tendrán estas nuevas músicas latinas urbanas un recorrido y una autoridad más allá de la explosión popular actual? “Cada generación interpreta la realidad de acuerdo a sus condiciones y capacidades. No sé qué va a pasar con eso. Acabo de colaborar con el grupo Calle 13 en su reciente disco, en una pieza sobre el barrio de La Perla, en San Juan de Puerto Rico. Es música urbana, es arte urbano. Si tiene o no calidad sostenible que haga que el género sobreviva a la moda, el tiempo lo dirá. Y las futuras generaciones lo defenderán o lo olvidarán”.

Novedades aparte, Rubén Blades también asume que los días que se van no vuelven (“hay que usar el tiempo y usarlo viciosamente. Soy consciente del paso del tiempo y de que me quedan muchas cosas por hacer”) y ya planea nuevos retos para el día después que deje de ser ministro: “Hacer más cine, dirigir teatro y escribir sobre mi experiencia como latino en Estados Unidos. Y comenzaré mi reinserción en la música y en el cine, que es mi trabajo”. ¿Cómo le gustaría ser recordado para la posteridad? “No me detengo a definir la forma en que seré recordado. Eso sería una vana necedad. Sobre cuál ha sido mi aporte, ese es un asunto que habrán de definirlo quienes sepan qué fue lo que hice”. ¿Y le produce nervios la perspectiva de volver en 2009? “Tendía dudas porque cantar es un ejercicio físico que depende del diafragma, que sabemos que es un músculo. Y porque para un artista parar cuatro años es como dar un beso a la muerte”.

Tiempo antes de que a Thom Yorke se le iluminara la bombilla digital, Rubén Blades ya había experimentado con la venta de su música a través de Internet. En 2003 el panameño colgó unas cuantas canciones y espero reacciones. El invento no funcionó del todo, pero el autor de Siembra (1978) y Maestra Vida (1980), que ya ha participado en una treintena de discos grandes que se publicaron en ocho sellos distintos, no renuncia a las posibilidades del mercado gigante de la era digital. “Si de mí dependiera, el sistema sería colgar los discos en Internet y que la gente mandase al artista el dinero que cree que vale el disco. Siendo serios, sospecho que muy pocos se tomarían la molestia”.

El éxito efímero del disco de Radiohead In Rainbows (2007) vendría luego a darle la razón. Y ahora, ¿qué retos plantean las descargas para garantizar el futuro de las nuevas generaciones de autores? “El reto mayor será cómo mantener la vigencia del producto creativo, a nivel comercial, con tanta oferta que hay en todo el mundo”, admite el músico panameño. “Tiene que darse un nivel de calidad excepcional y consistente para sobrevivir en un mundo tan competitivo como el que plantea mercadear producto por Internet”.

Sabe Rubén Blades que la música no cotiza al alza en la red, pero prefiere agarrarse a estos aprovechamientos nuevos. Al rescate, por ejemplo, de lustrosas grabaciones de antaño. En El Show de Rubén Blades (cómo no, solo en Internet), el cronista de ex señoritas que no saben qué hacer, el creador del Quijote del Harlem, hizo recuento de algunos de sus discos latinos favoritos. A saber: Steppin’ Out (1963), de Joe Cuba Sextette; Jala Jala y Boogaloo (1967), de Ricardo Ray; la canción Perfume de rosa, de los imperiales Rafael Cortijo e Ismael Rivera; Superimposition (1971), de Eddie Palmieri; el tema Montuneando, de Ralph Robles; y el álbum Cosa nuestra (1971), de Willie Colón y Héctor Lavoe. “No son los mejores discos ni las mejores canciones, sino los que más me gustan por estar amarrados a una vivencia”.

 

Publicado en la revista Rockdelux en octubre de 2008

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Cheikha Rimitti: “Sin mí, Khaled no tendría que cantar”

12 May

 

por Carlos Fuentes

Nació en el puerto mediterráneo de Orán, la segunda ciudad de Argelia, allí donde hace sesenta años abandonó su pobre adolescencia para, a los dieciséis, apenas adolescente, comenzar a ganarse el pan cantando en burdeles de marineros y diletantes. En su vida de largo recorrido ha cantado como nadie composiciones populares ancestrales, surgidas hacia el año 1900 desde la poesía árabe y la música tradicional beduina, pero primero fue famosa por sus letras contestatarias. En el ecuador del siglo pasado puso en solfa aspectos de la vida tradicional para reivindicar los derechos de la mujer en el mundo árabe.

Con 76 años, Cheikha Rimitti exprime su vitalidad en Nouar, un nuevo disco de raï comprometido contra la plaga de fundamentalismo que asola su país. Tantos años ya de guerra. “Canto a las cosas buenas, el amor y la libertad, la rosa y su perfume”, explica la cantante argelina mientras enciende otro cigarrillo y saborea un café negro en un salón desvencijado del madrileño Hotel París.

Vestida con una falda verde, que hace juego con la camiseta de la selección de fútbol de Argelia que lleva puesta, Cheikha Rimitti es el vivo reflejo de la picardía veterana que dan los años. Deja atrás el álbum Sidi mansour, su aventura discográfica en clave tecno-raï pergeñada en 1993 junto a músicos procedentes del rock como Robert Fripp (King Crimson) y Flea (Red Hot Chili Peppers). Un invento moderno con el que la abuela genuina del raï no quedó muy contenta.

Desde Sidi mansour han transcurrido siete años. ¿Qué ocurrió con Cheikha Rimitti?

“Ese disco fue una mala experiencia, cogieron mi voz para hacer la producción sin consultarme nada. Y no lo considero un disco mío. Ahora he recuperado el control de mi carrera para hacer Nouar, que son mis canciones. Nouar es rosa, aroma, todo lo que venga de buena voluntad, amor, cosas buenas… por fin hay un disco de la reina del raï, que soy yo: Cheikha Rimitti”.

Ahora tiene más público, gente joven que descubrió a Rimitti con Sidi mansour

“Y espero que Nouar guste más que el disco anterior. Ojalá, porque al ser más mío, deseo que guste más. Pero no hay que confundirse con el éxito de Sidi mansour, que fue un triunfo sólo en Europa. Con las canciones de Nouar espero triunfar en todo el mundo, en los países árabes”.

En seis décadas de música, hasta el mundo ha cambiado. ¿Y sus canciones? ¿A qué canta hoy Cheikha Rimitti?

“Al amor y la vida, los sentimientos de siempre. Mi canción tiene raíz en la música andalusí del sur de España, sus contenidos no han cambiado demasiado. Sólo el mercado ha forzado algunos cambios por arreglos modernos, pero las canciones son las de siempre. Han llegado jóvenes del raï, Khaled, Faudel, Orchestre National de Barbès… pero están cantando las mismas canciones que yo canto hace años”.

Usted viaja con frecuencia a Orán. ¿Se siente Rimitti respetada por nuevos artistas de raï?

“No. No reconocen que sin mis canciones no tendrían nada que cantar. Llevan mucho tiempo ocultando al público europeo que existe una reina del raï, que se llama Cheikha Rimitti. Estoy muy decepcionada, porque son famosos pero lo han sido a costa de Rimitti. Sin Rimitti no existiría el raï con el que triunfan”.

Entonces, ¿cuál es su referencia musical actual? ¿Escucha nuevos ritmos del Magreb?

“Mi padre sería la flauta y mi madre, la darbouka. Son los instrumentos de mi vida. Puede haber sobre el escenario un montón de sintetizadores, batería y guitarras eléctricas, pero la sonoridad de la flauta y la darbouka es inimitable. Si tuviera que elegir, me quedaría con ella. Pero iré a Estados Unidos a presentar Nouar, ja, ja… a ver qué les parece a los americanos tras Sidi mansour”.

En Argelia, su mensaje optimista choca con la cruel realidad del fundamentalismo. ¿Qué acogida tuvo allí Nouar? ¿Es posible disfrutar en esa vida?

“Ha tenido un éxito sin precedentes en la música raï, el pasado verano fue un gran triunfo. Espero que mis canciones sirvan de ayuda para recuperar la ilusión y olvidar los problemas, Cheikha Rimitti sólo puede esperar eso. ¡Ojalá!”, exclama la cantante antes de recuperar su optimismo de mujer. Se levanta, regala tres besos al periodista y le da un consejo de longevidad: “Esta noche haz el amor, y mañana ven a bailar con Rimitti”.

Publicado en el periódico Diario de Avisos en abril de 2001

 

Cesária Évora: “África se merece una vida mejor”

7 Dic

Cesária Évora

por Carlos Fuentes

En la distancia que impone una conversación telefónica, la voz de Cesária Évora suena cansada. Pero también suena feliz. Es lunes y la cantante africana que con su música de melancolía y nostalgia ha puesto en el mapa de las músicas del mundo al humilde archipiélago de Cabo Verde está satisfecha. En febrero [de 2004] recibió el premio Grammy al mejor disco contemporáneo y el pasado sábado recogió en París el premio anual Victoria que concede la música francesa.

Ambos reconocimientos llegan por Voz d’amor, su noveno disco, que presentará en concierto en el Auditorio de Tenerife. Cesária Évora nació en la ciudad marinera de Mindelo, en la isla de São Vicente, y tiene ahora 62 años. Aunque han sido los últimos diez los que han marcado la vida de esta mujer que, pese a ganar con el tiempo cariños y reconocimientos, no renuncia a sus raíces, a vivir en su pueblo natal. Huye del falso halago y de creerse más que otros caboverdianos como Teófilo Chantre, Biús, Tito París o Simentera. “Prefiero pensar que, por fortuna, mis músicas han servido para abrir puertas a otros artistas de mi país, que han tenido la oportunidad de emprender carreras en el mercado occidental”, explica desde París.

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Con cuatro millones de discos vendidos en todo el mundo de sus ocho álbumes anteriores, la cantante de Cabo Verde a quien la crítica de París bautizó “la diva de los pies desnudos” tras su aparición en 1993 con Sodade valora el interés que su música ha merecido en la última década. “La acogida de Voz d’amor está siendo muy cálida”, asegura, “durante la promoción internacional estoy comprobando que el público está pendiente de lo que hago y satisface comprobar una vez más el aprecio que tiene el público europeo por mi música”.

Inmersa en una nueva gira europea, que hasta finales de abril la llevará a países como Alemania, Lituania, Estonia, Bélgica y, en especial, a Francia, donde ofrecerá trece recitales (con tres noches consecutivas en el teatro Grand Rex de París), Cesária Évora mantiene su devoción por las gentes de Cabo Verde, los primeros que disfrutaron de su moma melancólica en las tabernas portuarias de Mindelo. “Tengo buenos recuerdos de mi tierra porque todavía vivo allí, aunque salga a cantar a muchos sitios en el extranjero”, señala, “sé que en el mundo hay muchos lugares bonitos, pero prefiero seguir viviendo en mi pueblo, en mi casa, porque allí tengo mis raíces”.

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Observadora privilegiada de la evolución de los países africanos poco favorecidos, Cesária Évora es consciente de que la visión idílica, romántica, que sus canciones ofrecen de África no se corresponde, por desgracia, con la realidad. De las plagas de corrupción, las guerras y el subdesarrollo, la cantante caboverdiana habla con tristeza, pero con esperanza de prosperidad. “Espero que las cosas cambien para mejor, pero desgraciadamente no puedo influir en los problemas que ocurren en el mundo”, asume, “aunque tengo esperanza de que esta situación mejore, sobre todo para África. Todos los pueblos de África se merecen una vida mucho mejor”.

El trasiego internacional por los escenarios de medio mundo no impide que Cesária Évora tenga una visión real de la inmigración clandestina, quizá el mayor mal que asola a los jóvenes africanos. ¿Actúa Europa con justicia ante el drama del nuevo siglo? “La actitud siempre podría ser mejor, pero en mis viajes compruebo que, no sólo los africanos sino otras personas, han encontrado una oportunidad para mejorar sus vidas en Europa y en América”, explica quien hace unos años fue confundida con una emigrante irregular en el bulevar de Cartagena. “Estos viajes son buenos para el progreso de África: sus pueblos pueden ver que existe otra forma de vida, creo que hay sitio para la comunidad africana en estas sociedades”.

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Además del compromiso africano, Cesária Évora ha prestado su voz y sus canciones a experimentos modernos. En 2003 artistas electrónicos como Carl Craig, 4 Hero o Señor Coconut remezclaron piezas como Angola, Bésame mucho y Miss Perfumado para el disco Club Sodade. “No es mi estilo original, pero creo que ayuda a lograr un mayor interés de las nuevas generaciones, a ampliar el destino de mis canciones y de mi voz”, dice divertida la cantante, “y estoy feliz por ello, pero es evidente que ese no es mi estilo de hacer música”.

Más cómoda se siente Cesária Évora con socios musicales más naturales como el brasileño Caetano Veloso (Regresso), el pianista cubano Chucho Valdés (Negue), el maliense Salif Keita (Yamore) o Jacques Morelenbaum (Café Atlántico). “Todas fueron buenas experiencias porque ayudan a ampliar las influencias en la música, en la mía y en las de ellos”, asegura la caboverdiana para recordar su dúo con el cantautor Pedro Guerra en la canción Tiempo y silencio, de su disco São Vicente di Longe. ¿Existe una particular sensibilidad isleña? “Hay muchas similitudes, en las culturas y en los instrumentos que usamos”, reflexiona Cesária Évora, “porque nuestras culturas son muy parecidas y cantar con él fue una experiencia muy bonita”.

Siempre generosa, Cesária Évora habla con cariño sincero de los amigos que le ha regalado la música, pero no se olvida del público. De su público, al que nunca ha dado la espalda pese al aluvión de músicas étnicas que abundan en los anaqueles. ¿Por qué nadie se aburre de Cesária? Ella se quita méritos: “Es el público el que te lleva al éxito y es el público el que sigue queriendo escucharme. No sé decir por qué ocurre, solo que estoy muy contenta de que sea así”.

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Publicado en el periódico Diario de Avisos en marzo de 2004

 

Luis Alberto Spinetta: “El rock latino es comida basura”

31 Mar

Luis Alberto Spinetta

por Carlos Fuentes

“Es el destino, siempre estuve más o menos en el mismo lugar y si ahora vine es más por destino que por lógica”. Fiel a una trayectoria de coherencia que hunde sus raíces en la recta final de los años 60, el músico argentino Luis Alberto Spinetta (Buenos Aires, 1950) condensa con aire metafísico el porqué de su debut en los escenarios españoles cuatro décadas después. Desembarca aquí con el disco Viejas canciones, una compilación retrospectiva formada por veinte piezas del compositor y guitarrista porteño que artistas como Charly García, Fito Páez o Gustavo Cerati reivindican como parte importante, sin duda crucial, del mejor rock compuesto en español.

Luis Alberto Spinetta culmina en la ciudad de Granada una gira de conciertos que le trae por primera vez a los escenarios españoles después de liderar proyectos de enjundia como Almendra, Pescado Rabioso, Invisible o Jade. Cuatro aventuras esenciales para comprender a carta cabal la cara más nutritiva del rock hecho en castellano. Sentado en el anonimato sorprendente de un hotel de medio pelo situado en las proximidades de la añeja Estación del Norte de Madrid, el seminal músico bonaerense reafirma pronto sus principios. “Me interesa la gente, no vender. Vengo a cantar, no a vender porque no lo hice ni en mi lugar y mal haría si lo hiciera acá. Aunque este disco titulado Viejas canciones no coincide con lo que estoy presentando en estos recitales, un nuevo disco llamado Para los árboles. Y con ese eclecticismo de intenciones es con el que quiero conectar con el público español porque el público argentino ya consumió mi mito. Ahora pretendo contactar con este público y brindarle la lírica, que es nuestra lengua común”.

Spinetta retrato

“Conquistar es propio de una mente de conquistador y eso no es lo mío. Nunca lo fue. Yo solo creo ser capaz de conquistar pero a un nivel muy efímero. La idea es mostrar mi música para que agrade sin la finalidad de vender nada. Que me vean y saquen sus propias conclusiones”, explica Luis Alberto Spinetta sin concesión alguna a la fama en este desembarco tardío en los escenarios españoles. “No hay estrategia porque es un plan sin plan. Aspiro a conectar a partir del lenguaje común que hablamos argentinos y españoles, que es la riqueza de nuestra lengua, y también volcar poesía en nuestro idioma. Porque nuestra historia literaria es inmensa y tanto el español como el argentino hoy muestra una decadencia muy grande. Quisiera ser como un Rimbaud en castellano, quisiera ser poeta además de músico. Y que el espectador español reflexione sobre su lengua y sobre todo lo que brinda esa parte ínfima que yo puedo expresar en mis canciones”.

Spinetta gafas

¿Y cuánto pesa la ambición en Spinetta? “Acá, en España, se conoce el mito de Luis Alberto Spinetta, pero yo nunca he sido un comemetas, alguien que únicamente quiera realizar su meta. La mía ha sido escribir y cantar, y eso es lo único que sé hacer bien. Ya es un halago poderme cruzar hasta acá y encontrar un lugar para mostrar en público mis canciones. Es un gran honor y a la vez un gran desafío destruir mi propio mito. Que pase del estado de la idealización al estado de la carne que está encima de la tarima”.

Spinetta camiseta

Treinta y tres años después de su aparición inesperada con aquel pionero álbum homónimo firmado por el grupo Almendra que compartió con Edelmiro Molinari, Emilio del Guercio y Rodolfo García, el llamado nuevo rock latino copa ahora revistas y canales de televisión. “Ese rock latino apesta porque ahora son ‘shakiras’ y ‘juanes’, cosas comerciales como A Dios le pido… y eso ya lo escuché desde que mi madre me disfrazaba de baturro. Suena tan antiguo como cualquier canción que me cantaba mi abuela. Si vos escuchás algo así (y comienza a tararear la canción El alma al aire de Alejandro Sanz), eso me gusta, no todo pero por lo menos tiene una lírica, un vuelo. O las canciones de Joan Manuel Serrat, que fue uno de los inspiradores de mis primeros discos en Argentina. Ahora hemos pasado de Tu nombre me sabe a hierba al A Dios le pido, es decir, que vamos evolucionando a peor”.

En esta controversia sobre la valía efectiva de la canción contemporánea en español, Luis Alberto Spinetta no calla. “Vende el rock latino como vende la comida rápida, esa fast food y no la comida del chef. Esas canciones de rock latino son fast food musical, comida basura que se vende dentro de un fenómeno universal que no solo afecta a la música sino que también afecta a todo el lenguaje humano. Llegan artistas presionados para triunfar a toda costa, a cualquier precio, débiles mentales, pero eso no es un triunfo. El triunfo son Charly García, Fito Páez, Gustavo Cerati… ellos sí tienen esencia, no es solo una misión de papel, en sus canciones hay lingote en el fondo”.

Spinetta ventana

Autor de piezas memorables como El anillo del capitán Beto, Muchacha (ojos de papel) o Los libros de la buena memoria, Luis Alberto Spinetta cuestiona el atajo fácil hacia la moda, hacia la tendencia efímera y el éxito fútil. Una corriente de la que no excluye a su compatriota Andrés Calamaro, por ahora afincado en Madrid después de ganar fama con el grupos Los Rodríguez. “Le critico su facilidad para parecerse a Gipsy Kings, que me parecen increíbles al lado de lo que vino luego. Es fácil copiar una fórmula y adaptarla para el gran público como él hizo en Sin documentos, pero esa tonada de rumba ya la escuché millones de veces. Bien es cierto que [Calamaro] ya ha huido un poco de ese tópico, pero sigue muy lejos de lo que hizo allá en la Argentina”.

¿Comparte, entonces, la definición de surrealista maldito que siempre rodea a Spinetta? “Surrealismo es una palabra práctica que globaliza, pero todo argentino que se parezca un poco a Spinetta sufre el hecho de vender poco aunque tenga una obra trascendente. Es un bien y un mal, pero de manera automática deja de vender y muchos no están dispuestos a la clandestinidad porque quieren un éxito palpable. También yo lo he querido, pero ya no. Me importa poco si me llega o no en esta vida. Lo importante es que el alma vibre al escribir y que pueda ser una contraseña para otras generaciones futuras”.

Spinetta abanico

Ante el reciente álbum español Viejas canciones, publicado por la disquera independiente Nuevos Medios por empeño personal de su director, Mario Pacheco, el seminal escritor y compositor argentino advierte del riesgo de la variedad de estilos. El álbum incluye canciones en clave de rock, de blues y de tango. Él, que siempre fue un especialista en dotar a cada grabación de una personalidad propia indiscutible. “Es producto de un eclecticismo de épocas y sentidos por el que temo ser malentendido acá, pero estoy orgulloso de lograr el amor de esta gente en España para publicar porque lo más grande que uno puede tener como artista es el interés por el interés, sin pensar en beneficios ni rendimientos económicos a corto plazo”, asegura Luis Alberto Spinetta.

Ganancias que también se echan en falta en el mercado cultural de Buenos Aires, ahora que las producciones musicales apenas dan réditos por la costumbre nueva de la copia barata de discos y la piratería digital a través de la red. ¿Qué ocurre en Argentina? ¿Qué futuro artístico puede tener un artista de largo recorrido como Spinetta? “Esta situación es un pequeño espejo del mundo. Reflejo de que ahora triunfa la comida basura, el éxito rápido, el artista de reality show barato. Es una ecuación utilitarista planteada por las compañías discográficas, que están más interesadas en llenarse los bolsillos sin ver cómo ni por qué. Mi futuro es poder seguir escribiendo con intensidad. Mi forma de paliar el desastre es una forma heroicista de combatirlo. Es mi trabajo y mi amor, y no me importa mucho si reviento o me arruino mañana”.

Publicado en Diario de Avisos en julio de 2002

Té a la menta y dulces de pistacho y miel para celebrar el Año Nuevo Islámico

15 Dic

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por Carlos Fuentes

Son setenta mil en Canarias, veinte mil en Tenerife. En el sur de esta isla reside una nutrida comunidad de musulmanes que eligieron hacer aquí sus vidas. Formaron familias, educaron a sus hijos y, en fin, aquí comparten la realidad insular con isleños y turistas. Algunos ya cuentan nietos. Y todos valoran con satisfacción la buena acogida por la sociedad canaria ahora que no es fácil ser emigrante.

Aquí no hay cava frío ni turrones, ni mucho menos trajes o corbatas. Huele a té verde con hortelana y las bandejas rebosan de baklava, los ricos pasteles de hojaldre, almendras y pistachos bañados en miel típicos del mundo musulmán. En la mezquita de Adeje están de fiesta para celebrar el Año Nuevo Islámico, el año 1437 según el calendario musulmán que marca la hégira, la peregrinación del profeta Mahoma de la Meca a la ciudad de Medina en el verano del año 622 de la era cristiana. Este primer día de Muharram es la fiesta anual de una comunidad musulmana que es cada vez más numerosa en la isla de Tenerife. Aquí residen veinte mil de los setenta mil musulmanes que viven en Canarias.

Para la mayoría de los cincuenta mil vecinos de Adeje, hoy es un miércoles más de otoño, el 14 de octubre para ser exactos. Nada del otro jueves. Pero un nutrido grupo de voluntarios trabaja contra el reloj (aunque la entrada del año depende del ciclo lunar y en cada país musulmán varía según la geografía, es común celebrar con la puesta de sol) para que nada falte en la mezquita de este importante municipio turístico del sur de Tenerife. En el casco urbano, el templo islámico situado en el 23 de la calle Piedra Redonda apenas llama la atención. De no ser por un par de rótulos escritos en árabe, podría pasar por un local comercial más. Muy discreto entre una tienda de mascotas y una librería.

Dentro reina el silencio. No se oye un alma. Un modesto mihrab fabricado con madera barata orienta hacia el este, a la alquibla en dirección a la Meca. Y guía cinco veces al día a los fieles que acuden a cumplir con las cinco oraciones diarias, uno de los cinco preceptos fundamentales del Islam. En la mezquita de Adeje, que se llama Al-Ihsan utilizando un término que significa espiritualidad y caridad, los protocolos sociales y los formalismos civiles quedan en la puerta. Como en el resto de las doce mezquitas que hay en Canarias, el local funciona como recinto religioso, pero también como un lugar de encuentro, convivencia y apoyo para los musulmanes de diferentes países que residen en las islas.

En Adeje la mayoría de los fieles musulmanes residentes proceden del Magreb, sobre todo del norte de Marruecos. También del sur, de la costera Agadir y de varias ciudades del Sáhara Occidental. Este colectivo musulmán del sur de Tenerife se completa con otros musulmanes venidos de países como Jordania, Argelia, Túnez, Libia y Turquía. Muchos ya están arraigados desde hace años en Tenerife, con familia criada e hijos ya escolarizados. E incluso algunos con nietos, los primeros nacidos aquí. La mayoría trabajando, los que pueden, en el turismo, en tiendas de playa y hoteles situados en la comarca turística del sur.

Abdesalam Hammaud tiene 47 años, trabajo y tres hijos. Se siente afortunado. Con raíces en el rural Rif marroquí y familia originaria de Monte Arruit, llegó a Tenerife en el verano de 1988, primero a buscar trabajo. Vivió en Lanzarote y Fuerteventura del dinero del ladrillo, pero luego eligió Tenerife para quedarse. “Aquí me sentí bien tratado, mejor que en otros sitios de España. En Canarias soy un paisano más”, asegura Hammaud. “Hemos aportado gente pacífica, sin buscar conflictos sino convivir con canarios y turistas, y espero que la confianza mutua siga creciendo desde el respeto”. A su lado, Mhamad El-Fahmi asiente con la cabeza. Él procede de Nador y lleva quince años en Tenerife. Gestiona una tienda de zapatos en Playa del Duque y preside la Comunidad Musulmana de Adeje. Casado y con dos hijas, valora el encaje de los musulmanes. “Aquí hay cariño, respeto, y eso no abunda fuera para un emigrante”, dice Mhamad. “Tengo amigos que han probado fuera, en Alemania, Holanda o Francia, y vuelven rápido. Prefieren ganar mil euros aquí que trabajar allá por dos mil”.

Como para tantos isleños, el empleo es una inquietud para los musulmanes del sur de Tenerife, incluso hay quien ve pasar la crisis a la vez como empleado y empresario. Moussa El Bouaazzati trabaja al cuidado de una piscina en un hotel de Playa de las Américas. Aquí lleva doce años, ganándolo tan bien que ha podido abrir una carnicería halal en Ruzafa (Valencia). “Se vive bien aquí, estamos integrados y es difícil ver un problema”. También lo ve así el saharaui Moussa El Mojhdi, 32 años, casi un recién llegado a Adeje tras una década en Lanzarote. “La convivencia es buena”, afirma este saharaui de Tan Tan, ahora ayudante de cocina en un restaurante de Los Cristianos. Más experiencia tiene Ali Abouhammadi, de 46 años. Trabajador en un bazar de Puerto de Santiago, este marroquí de Nador llegó a la isla el último año del siglo pasado, “según vuestro calendario”, y sonríe. Está casado y tiene tres hijos. En Marruecos estudió Derecho y Políticas, allí buscó sin éxito trabajo seis años y apostó por venir a Tenerife con un visado de turista. “No hay quejas, de verdad, ninguna”.

La visita del alcalde de Adeje impone ahora cierta cortesía. Viene a felicitar el Año Nuevo Islámico y departe con interés con sus vecinos musulmanes. Kefah Jibil agradece el gesto de José Miguel Rodríguez Fraga. Ella sabe bien lo que es no tener un lugar en el mundo. Nació hace 35 años en una familia palestina emigrada a Jordania, y en Tenerife lleva desde 2005. Primero vino su marido, a esta hora trabajando como repartidor de muebles, y luego ella y sus tres hijos solicitaron la reagrupación familiar. “Todo fue fácil, pero al principio es verdad que me preguntaba cómo me iban a ver aquí con el pañuelo”, admite Kefah, que trabajó como vendedora ambulante en Alcalá y Los Cristianos, aprendió a hablar español y ahora da clase de árabe a los niños musulmanes de Adeje.

Como madre de tres niños, otra preocupación de Kefah Jibil fue la comida de cada día. Es decir, si en Tenerife habría posibilidad de comprar alimentos halal elaborados bajo rigurosos preceptos musulmanes que prohíben comer carne de cerdo y cualquiera de sus derivados ya sea en embutidos o en repostería. “Cuando llegué era más complicado encontrar algunos productos, pero ahora ya tenemos hasta seis carniceros en el sur de Tenerife”, dice Kefah. Y cuando se le hace ver la paradoja de no comer cerdo en la isla de los guachinches y la carne-fiesta, ella se encoge de hombros y sonríe. Como dejando pasar la vez.

Tijani El Bouji puede estar tranquilo. Este joven marroquí ejerce desde 2011 como imán de la mezquita de Adeje, uno de los doce centros musulmanes que existen en Tenerife. Formado en la Universidad de Qarawiyyin de la ciudad de Fez, uno de los centros islámicos más antiguos y prestigiosos del mundo, El Bouji preside la Federación Islámica de Canarias. Su móvil no para de sonar, pero atiende con gusto al visitante. “El perfil más habitual es un ciudadano de origen marroquí, con familia y con un arraigo consolidado en Tenerife”, indica el religioso, que atiende cinco veces al día, seis días a la semana, el rezo en la mezquita, no solo templo religioso sino también lugar para el encuentro social y que dos días después albergará una jornada altruista de donación de sangre.

Cae el primer sol de 1437 y la fiesta casi termina en la mezquita de Adeje. En una esquina, siempre discreto, el veterano de la comunidad musulmana pasa casi de puntillas. Más por timidez que por otra cosa. Pero, otra vez, la suya es una historia que merece la pena escuchar. Abdillah Lakdar tiene 63 años y lleva veintitrés viviendo en Canarias, primero en Gran Canaria y desde 1998 en Tenerife. Se acaba de jubilar de trabajos en el mar y el campo. Fue pescador en aguas del Sáhara Occidental y terminó como peón agrícola en el norte de la isla. Abuelo de dos nietos y padre de seis hijos, Abdillah retrata la mejor cara de los residentes marroquíes en las islas. “Todo ha ido demasiado bien”, indica con discreción porque sabe que otros compatriotas no tuvieron tanta suerte. “Aquí encontramos todo lo que necesitábamos, trabajo, escuela para los chicos y un buen servicio de sanidad”, explica Lakdar. Ahora, ventajas de la jubilación, el abuelo pasa dos o tres meses al año con sus nietos en Agadir, su ciudad natal. Pero siempre vuelve a la isla. Quizá ya más canario que marroquí. “No hay por qué elegir”, responde con educación, “nadie sabe dónde va a morir”.

“Somos gente de paz con  ganas de mejorar la sociedad” 

Desde Los Cristianos, la Federación Islámica de Canarias agrupa a la mayoría de asociaciones de musulmanes que residen en las islas. En Tenerife, donde gestiona la actividad social y religiosa de doce mezquitas, promueve algunos objetivos básicos: buscar la prosperidad de los musulmanes, mejorar la imagen de la comunidad, aumentar el aprecio social por el colectivo, así como fomentar la colaboración entre las comunidades de musulmanes. “Nos gusta vivir en este lugar, es tranquilo y se nos aprecia”, explica Esam Masad, natural de Jordania y residente en Tenerife desde hace once años. “Nunca tuve ningún problema”.

Escrita en la mezquita de Adeje, una azora del Corán recuerda el compromiso de los fieles musulmanes con la solidaridad entre los pueblos: “Tu señor, si hubiera querido, habría hecho de los hombres una sola comunidad”. Tijani El Bouji, imán del modesto templo islámico que ocupa un antiguo local comercial, avala la idea. “Somos gente de paz, trabajamos como todos nuestros vecinos y tenemos ganas de ayudar a mejorar la sociedad en la que vivimos cada día”, explica el joven religioso de origen marroquí. “Porque el verdadero islam es una religión de paz y convivencia, hermandad, colaboración, armonía, y desde aquí trabajamos cada día para lograrlo”.

Publicado en la revista C Magazine en noviembre de 2015

Pedro Juan Gutiérrez: “Mi vida ha sido tan intensa que vale por tres o cuatro vidas normales”

16 Nov

Pedro Juan Gutiérrez

por Carlos Fuentes

Vuelve el animal tropical. El escritor y poeta cubano Pedro Juan Gutiérrez reveló las caras ocultas de La Habana cotidiana en cinco novelas incendiarias sobre el barrio de Centro Habana. Ahora el autor matancero publica Fabián y el caos (Anagrama), la historia real de una amistad entre dos jóvenes durante los días (y las noches) de revolución, frustración y represión en la primera Cuba comunista de los años 60.

A Pedro Juan Gutiérrez (Matanzas, 1950) le fueron a joder la vida cuando lo botaron de Bohemia. En la revista cubana vivió 26 años haciendo periodismo. Fue despedido, sin explicaciones, en enero de 1999. Tres meses antes había publicado Trilogía sucia de La Habana, libro guía de su nueva vida como escritor, y aquello fue un no parar. En cinco años encadenó otras cuatro novelas sobre su barrio de Centro Habana. En el año 2000 Animal tropical obtuvo un premio en Tenerife, la isla de su abuelo, emigrante de Santa Úrsula, y logró luego el italiano Sud del Mondo por Carne de perro. Ahora presenta Fabián y el caos, una historia armada con hechos reales sobre una amistad juvenil en la revolución y la represión en la Cuba comunista de los años 60.

Esta novela casi autobiográfica le costó remover heridas antiguas al escritor matancero. “Es biográfica hasta donde puede ser una novela en aquellos años vertiginosos, caóticos en lo político y en lo social. Años crueles marcados por la testosterona que jodieron la vida a mucha gente mientras otros se lo pasaban bien”, recuerda. “Los escritores cubanos tenemos que escribir sobre esa época para dejar por escrito cómo se vivió, no tanto desde la política sino desde la vida misma”, explica Pedro Juan Gutiérrez sobre una etapa oscura que vio nacer campos de trabajo forzado en el interior de Cuba, la infame UMAP (Unidad Militar de Ayuda a la Producción), para confinar a personas homosexuales, vagos y religiosos. “Durante veinte años pensé si debía escribirla o no por razones de ética”, reflexiona, “hasta que comprendí que era necesario remover el pasado; de hecho, ese es el trabajo del escritor”.

Pedro Juan Gutiérrez en Centro Habana

De aquella amistad en tiempos de cólera entre Pedro Juan y el joven Fabián por las calles efervescentes de la primera Cuba comunista surge un relato intenso, a ratos volcánico y descorazonado “porque habla de todo lo que queremos porque no lo tenemos”. “Detesto hablar de héroes, estoy de héroes hasta la punta de la coronilla, porque el ser humano es un animal con luces y sombras. Nunca se me ocurren personajes luminosos”. ¿Señal de que el animal de Centro Habana aún muerde? “El diablo se tranquiliza de noche para dormir, con los años se ha tranquilizado un poco, aunque la intensidad de vivir es un gran bagaje para escribir. Mi vida ha sido tan intensa que vale por tres o cuatro vidas normales, y mi barrio está igual y así seguirá muchos años”. Continúa Cuba en periodo especial, ¿cambiará la nueva relación con Obama? “El proceso actual no tiene nada que ver con los años 60, de hecho este es un proceso antiheróico en el que la gente está tratando de incorporarse al mundo moderno, al mercantilismo. Vendrán cambios, seguro, pero al ritmo cubano”.

La historia (triste) de un amigo en Cuba

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Despuntan los años 60 en Cuba y dos chicos, el inefable Pedro Juan, fuerte, seductor, y Fabián, flaco e inseguro, miope y homosexual, a priori sin nada en común, se hacen amigos genuinos en los agitados primeros instantes de la Revolución. Viviendo deprisa de espaldas al discurso oficial, buscando siempre esquinas de libertad. Son los mimbres de Fabián y el caos pergeñados por el escritor al que una vez llamaron “el Bukowski habanero” (y no le hace ninguna gracia) por su obra directa, atlética, sórdida e inflamable.

Publicado en la revista C Magazine en octubre de 2015

Adiós a Doudou N’Diaye Rose, matemático del ritmo africano

4 Nov

Doudou NDiaye Rose 1

por Carlos Fuentes

Cuando las emisoras de radio de Dakar anunciaron su fallecimiento, muchas personas salieron a las calles en señal de duelo. Se repitieron concentraciones en las esquinas, en las plazas de la populosa capital de Senegal. Había muerto un músico, una leyenda africana, pero sobre todo un artista identificado con su gente, siempre con su pueblo. Doudou N’Diaye Rose, uno de los percusionistas que más han hecho por el reconocimiento y la difusión internacional de los vigorosos ritmos del oeste de África, murió el pasado 19 de agosto.

En medio de las vacaciones, a este lado del mar su desaparición pasó, casi, sin pena ni gloria. Aunque su muerte, sin duda, supone un eslabón importante en la extinción de una especie artística. La generación de los primeros músicos africanos que lograron derribar fronteras, ganar prestigio para los sonidos del continente y, también, devolver parte de todo lo recibido al pueblo con la puesta en marcha de la primera escuela para la enseñanza de la percusión en Dakar.

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La historia vital de Doudou N’Diaye reproduce el patrón de los más valiosos protagonistas de la cultura africana contemporánea. Hijo de una familia de griots, esa suerte de notarios del devenir de los pueblos del oeste africano cuyas estirpes van pasando de generación en generación, N’Diaye Rose nació en el verano de 1930 en la Medina, uno de los barrios con mayor solera de la ciudad de Dakar y que décadas después daría uno de los artistas más reconocidos de África, Youssou N’Dour, quien por cierto también comenzó su carrera artística como instrumentista de percusión antes de lanzar su carrera internacional como cantante. N’Diaye Rose fue llamado Mamadou, aunque muy pronto fue apodado Doudou por sus familiares y amigos, y también empezó muy rápido a familiarizarse con instrumentos de percusión aún siendo adolescente, al tiempo que ayudaba a la familia con apaños de fontanería y trabajos en la construcción. Aunque su suerte cambió pronto con la independencia de Senegal en 1960.

Ese año, que luego pasó a la memoria colectiva como el Año de África por ser la fecha en la que varias antiguas colonias africanas lograron la emancipación de las metrópolis europeas, en esencia de Francia y los Países Bajos, Doudou N’Diaye Rose fue ayudado por la diva Josephine Baker, una de las primeras artistas de carrera internacional que tuvo interés por las percusiones africanas y por ayudar a ampliar los horizontes comerciales de sus intérpretes.

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Y cuando llegó esa oportunidad, Doudor N’Diaye Rose ya era un maestro del sabar, tambor alto característico de Senegal y de Gambia a partir de su origen en la comunidad serer, que utilizaba su repique como medio de transmisión de noticias entre aldeas y poblados alejados. Junto al sabar, que luego paseó por los principales escenarios del mundo, N’Diaye Rose también manejaba con destreza otros instrumentos de percusión y, acompañado por más de un centenar de instrumentistas, actuó en las celebraciones de la independencia de Senegal ante el primer presidente del nuevo país, el político y poeta Leopold Sedar Senghor. Muy pronto se hizo cargo de la tarea rítmica en el Instituto Nacional de las Artes y también en el Ballet Nacional de Senegal. Comenzaba así su pasión por la enseñanza de los ritmos africanos, una labor docente que con el tiempo le hizo merecer el reconocimiento de todo su pueblo senegalés y la denominación cariñosa de El Matemático de los Ritmos.

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Ya durante los años 80, posiblemente la década más importante para el prestigio y la proyección internacional de las músicas africanas contemporáneas, Doudou N’Diaye Rose desembarcó en Francia para actuar en un festival de jazz en la ciudad de Nancy. Allí desembarcó con un grupo de cincuenta percusionistas. Fue tal el estrépito del concierto, la destreza y la versatilidad de los ritmos de África, que el cineasta Martin Scorsese apostó por esas músicas para incluir algunos pasajes de percusión en la banda sonora de su largometraje La última tentación de Cristo. Después vendrían más aportaciones al cine y, sobre todo, la confianza ganada entre los músicos occidentales como maestro de las percusiones con esos ritmos tradicionales que nacieron para ambientar ceremonias de boda y actos sociales africanos. Con calor y color, el sabar iba a conquistar el mundo.

El siguiente artista europeo en apostar por la destreza rítmica de Doudou N’Diaye Rose fue el compositor francés de músicas celtas Alan Stivell. Después llegarían sus trabajos con artistas de la talla de Dizzy Gillespie, Miles Davis, The Rolling Stones y Peter Gabriel. Con este último, además, produjo uno de los álbumes más influyentes de las percusiones africanas, Djabote (1994), que en otro signo de compromiso con su pueblo senegalés fue registrado en vivo en Gorée, la pequeña isla situada en la bahía de Dakar desde donde se realizó gran parte del infame tráfico de esclavos negros hacia Europa y América.

Ya en 1988 se había producido su primera presentación en Estados Unidos con un concierto celebrado en el teatro Beacon de Nueva York junto a treinta percusionistas, un recital que generó comentarios entusiastas en The New York Times. “Incluso sin contemplar la puesta en escena”, escribió entonces el crítico norteamericano Jon Pareles, “la riqueza de estos ritmos africanos llevaría hasta el límite a cualquier percusionista occidental”.

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La desaparición de Doudou N’Diaye Rose provocó sentidas manifestaciones de duelo entre los ciudadanos senegaleses, también en las autoridades africanas que en 2006 impulsaron su reconocimiento como tesoro vivo de la humanidad por parte de la Unesco. Aunque quizá haya sido un músico joven el que mejor ha puesto en valor al gran maestro del sabar para las nuevas generaciones. Apenas conocer su fallecimiento (que, por cierto, coincidió con la desaparición de otro genio de la percusión senegalesa, Vieux Sing Faye, músico de la todopoderosa Super Êtoile liderada por Youssou N’Dour), el rapero Didier Awadi afirmó que “Doudou N’Diaye Rose conocía el lenguaje de nuestros tambores porque para muchos africanos los instrumentos de percusión fueron los primeros teléfonos móviles para comunicar noticias importantes entre pueblos”. “Y él fue capaz de convertir los sonidos de un centenar de tambores en una sinfonía delicada”, incidió el fundador de Positive Black Soul, que en 2010 se apoyó en el ritmo veterano de Doudou N’Diaye Rose para abrir con Dans mon revê su proyecto Presidents of Africa en uno de los videoclips mejor facturados en lo que va de siglo XXI en las músicas de toda África.

Publicado en El Confidencial en septiembre de 2015